Hacia una mirada local de los problemas públicos. Apuntes teóricos y metodológicos para el análisis de las dinámicas de la inseguridad como problema estabilizado

Towards a local perspective of social problems. Theoretical and methodological notes for the analysis of the dynamics of unsafety as a stabilized problem

Violeta Dikenstein1

Resumen

En este artículo nos proponemos hacer un recorrido por los distintos aspectos teóricos y metodológicos que conllevó la construcción de nuestro problema y objeto de investigación, desde la perspectiva de los problemas públicos para el análisis de una escala local, concretamente, un barrio del sur de la ciudad de Buenos Aires, en el marco de la realización de nuestra tesis doctoral. Esta mirada teórica presenta cierto sesgo a concentrarse en el alcance nacional de tales procesos, pero poco se ha desarrollado sobre los modos de circulación de un problema ya estructurado en una escala local. De este modo, nos propusimos abordar las dinámicas de la inseguridad como problema público en una escala local-barrial. Uno de los hallazgos principales de nuestro trabajo consistió en observar que los problemas públicos no flotan en abstracto en estos escenarios, sino que encuentran anclajes concretos donde son tematizados, discutidos e incluso resistidos. Afirmamos que en la escala local la suma compleja y no concertada de actores diversos recrea, sostiene, reinventa y resignifica, pero, sobre todo, mantiene con vida la inseguridad como problema de relevancia.

Palabras claves: problemas públicos, inseguridad, escala local, metodología, categorías.

Abstract

In this article we propose to review the different theoretical and methodological aspects involved in the construction of our problem and object of research from the perspective of social problems for the analysis of a local scale, specifically, a neighborhood in the south of the City of Buenos Aires, in the context of the production of our doctoral thesis. This theoretical view has a certain bias towards concentrating on the national scope of such processes, but little has been developed about the circulation of a problem already structured on a local scale. Thus, we set out to address the dynamics of unsafety as a social problem on a local-neighborhood scale. One of the main findings of our work consists in observing that public problems do not float in the abstract in these scenarios, but find concrete anchors where they are thematized, discussed, and even resisted. We argue that at the local scale, the complex and non-concerted sum of diverse actors recreates, sustains, reinvents and resignifies, but, above all, keeps insecurity alive as a relevant problem.

Keywords: social problems, unsafety, local scale, methodology, category.

Introducción

En un barrio del sur de la ciudad de Buenos Aires, los residentes utilizan la popular red social Facebook para alertar a otros habitantes de los episodios de delito que acontecieron recientemente. A su vez, luego de una serie de hurtos que ocurrieron en el barrio, un grupo de vecinos emprendió una serie de tareas para devolver mayor seguridad a la zona: juntaron firmas, se reunieron con funcionarios y protagonizaron marchas. Después de este derrotero, no volvieron a ser los mismos de antes. Todos los primeros jueves de cada mes, en una comisaría del barrio, se reúnen algunos vecinos, altos funcionarios del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, miembros de la Junta Comunal número 4 y los comisarios de turno. En ese mismo barrio, algunas muertes en ocasión de robo provocaron grandes movilizaciones de los familiares y allegados de las víctimas. No obstante, no todos desean que esas muertes sean leídas como “casos de inseguridad”.

En diversos momentos, escenarios y de distintas formas, la inseguridad –un problema público consolidado desde hace más de dos décadas– aparece tematizada y problematizada. En este artículo nos proponemos desarrollar el desafío y las decisiones teórico-metodológicas que implicó utilizar la perspectiva de la sociología de los problemas públicos para analizar una escala cotidiana y local, en el marco de la realización de nuestra tesis de doctorado.

En ese sentido, nuestro interés de investigación consistió en explorar las particularidades que asume la noción pública de “inseguridad” dentro de un plano barrial. Nos preguntamos acerca de los modos en que una categoría mentada en la esfera pública circula y se emplea en una escala local-barrial. Ahora bien, la sociología de los problemas públicos ha privilegiado el análisis de la génesis de estos problemas en una escala nacional. De esta manera, desde esta mirada teórica se ha privilegiado el análisis de las profesiones y la actividad desarrollada por profesionales (policías, jueces, abogados, médicos psiquiatras, etcétera) (Holstein y Miller, 2017; Schneider, 1985; Becker y Cefaï, 2018; Joas, 1990), así como las técnicas que inciden en su génesis, su estabilización y su encarnación institucional a través del derecho o la política pública. No obstante, poco se ha indagado y, por ende, conceptualizado acerca del modo en que ese problema público exitoso es reapropiado por los actores en el contexto de la esfera cotidiana, más allá del quehacer de los profesionales y organismos burocráticos orientados a regular, definir, etiquetar y narrar de acuerdo con las categorías socialmente disponibles que produce un problema consolidado.

Así, en nuestro trabajo nos centramos en una arista poco estudiada dentro de la perspectiva de los problemas públicos,2 bajo la premisa de que variar la escala de observación conlleva un efecto de conocimiento, la emergencia de nuevas realidades y la obtención de un tipo de información novedosa (Revel, 2015). Abordamos, también, la vida posterior a un problema: en lugar de estudiar sus raíces y su historia natural, nos detuvimos en la adultez y el arraigo de un problema público estabilizado. Así, la propuesta consistió en “seguir” un problema público en una escala distinta de la nacional, y para ello elegimos un barrio del sur de la ciudad de Buenos Aires. En ese contexto, rastreamos los usos de esta categoría pública, que puede circular con distintos propósitos y hacer sentido en el marco de situaciones no necesariamente idénticas a su sentido público o hegemónico. Para ello, realizamos un estudio cualitativo basado en una triangulación de fuentes y técnicas: realización de entrevistas, observaciones participantes, análisis de prensa y foros online, entre otros.

Para delimitar el escenario de lo local, elegimos el barrio de Barracas por diversos motivos. En principio, los barrios instituyen un tipo de frontera específica, y si bien son construidos históricamente, no son unidades meramente administrativas, sino que constituyen un modo de nombrar el paisaje y las relaciones, de distinguir entre vecinos o áreas alejadas, en suma, se trata de un modo constitutivo del modo de vivir en la ciudad, de significarla y actuar en ella (Grimson, 2009). Los barrios porteños son lugares de identificación social, de fuerte sentido de pertenencia. En efecto, nuestros entrevistados guardan fuertes lazos afectivos con el barrio: se reconocen como parte de él y se preocupan por los acontecimientos graves que allí ocurren, entre ellos la llamada inseguridad. Asimismo, Barracas se trata de un barrio socialmente heterogéneo: en su interior hay áreas habitadas por sectores medios y medios altos, y también se encuentra uno de los enclaves precarios más grandes de la ciudad, la Villa 21-24. De este modo, la selección del barrio opera a la vez como unidad de observación y como hipótesis de trabajo, ya que nos interesaba el modo en que esta categoría tomaba forma en un barrio con determinadas particularidades, un barrio que a su vez integra la Capital Federal, usina de representaciones nacionales (Galar, 2017a). Con esto no queremos decir que el barrio sea una unidad autónoma desanclada del resto de la ciudad. En todo caso, nos interesaba el barrio como recorte posible de lo local para pensar un problema público nacional, sin que eso signifique desanclarlo de procesos más vastos.

En este artículo haremos un recorrido por los distintos aspectos teóricos y metodológicos que conllevó la construcción de nuestro problema y objeto de investigación, así como por los principales hallazgos y la riqueza de indagar desde lo local una perspectiva teórica que ha privilegiado el análisis de lo nacional, pero que mucho tiene para decir sobre otras dimensiones de la vida social. En un primer apartado reconstruimos el devenir de la inseguridad como un problema público estabilizado a nivel nacional y reflexionamos sobre el correlato que esa consolidación puede implicar en la vida cotidiana y en los planos locales. En un segundo momento, detallamos el modo en que nos apropiamos de la sociología de los problemas públicos para elaborar nuestra propia perspectiva de análisis, basada en la indagación de las narrativas locales de la inseguridad, los actores que motorizan el problema en la escala barrial y en los escenarios donde el problema es dramatizado. Posteriormente, nos detenemos en los desafíos metodológicos que implicó el uso de una perspectiva mayoritariamente pensada para una escala nacional, así como en las estrategias que utilizamos para sortearlos. Por último, nos detenemos en los principales hallazgos que implica indagar localmente en un problema público. El artículo se cierra con una serie de consideraciones sobre las posibles líneas de análisis que permite la indagación de los problemas públicos más allá de las escalas nacionales.

La inseguridad como problema público estabilizado

Para analizar los modos en que se implica, imbrica y reapropia en la vida cotidiana un problema público, seleccionamos un problema de esa naturaleza que, al momento de realizar la investigación, ya gozaba de un carácter estabilizado. En efecto, de manera sostenida –aunque con ciertos vaivenes–, la inquietud por el delito y la seguridad ha ganado un lugar relevante en la agenda pública y en las preocupaciones de los ciudadanos y las ciudadanas.

Evolución de la categoría “Delincuencia/seguridad pública” como problema más importante del país en la Argentina (1995-2018)

Fuente: elaboración propia a partir del Latinobarómetro (1995-2018). Variable: “Principal problema del país”.

Como puede observarse en el gráfico, en un lapso de 10 años, la consideración de la delincuencia y la seguridad pública como problema más importante del país trepó de un 2,1% en 1995 a un 36,6% en 2010, cuando alcanzó su pico máximo. Asimismo, a partir del año 2006 este tópico pasó a ocupar el primer lugar en la serie, hasta 2016. A partir de ese año, se observa un notable descenso de la problemática como principal problema, aunque, cabe destacar, continuó ocupando un lugar de importancia considerable. En efecto, en ese período la delincuencia y la seguridad pública comenzaron a “competir” con otras cuestiones en la atención de los argentinos (como la economía o los problemas económico-financieros, la situación política y el desempleo) a la hora de evaluar la problemática más grave del país.

Pero la inseguridad no solo devino problema púbico por alcanzar un nivel elevado de preocupación en las encuestas de opinión, sino que también atravesó una serie de “pasos” que contribuyeron a constituirse como tal. Ciertamente, resultó central el accionar de algunos actores, puntualmente políticos y periodistas, quienes mediante sus intervenciones públicas conformaron narrativas y dotaron de visibilidad a la problemática. Antes de su constitución como un problema de estas características, la temática era asunto de un reducido abanico de actores que operaban en la trastienda de las agendas mediáticas y políticas (Lorenc Valcarce, 2009). En efecto, el delito y su tratamiento institucional eran asuntos de competencia específica de abogados, miembros del Poder Judicial, de las Fuerzas Armadas y de Seguridad, de periodistas de páginas policiales y de investigadores periodísticos que operaban en los estrechos confines de las instancias oficiales competentes en este dominio. Según Lorenc Valcarce, fue a partir de dos escándalos de gran resonancia mediática que se catapultó el tema a las grandes esferas de la visibilidad pública: la noticia de la participación de algunos policías en el atentado contra la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) y el caso Cabezas en enero de 1997. Luego de estos casos, la inseguridad se convirtió en uno de los ejes de la campaña electoral de ese año. A partir de entonces, las agendas política y mediática retroalimentaron la centralidad de la inseguridad en la agenda pública, al tiempo que el juego de sus actores originales se mediatizaba: los policías, los jueces, los criminólogos y los penalistas adquirieron visibilidad pública y mediática.

En paralelo, en los medios de comunicación se produjo un incremento cuantitativo en la información sobre el delito: creció su frecuencia en las notas de tapa, al tiempo que ganó protagonismo en los programas televisivos (Martini, 2009). Asimismo, comenzaron a registrarse acciones colectivas motivadas específicamente por la inseguridad, que llegaron a su máxima expresión y visibilidad en el año 2004 con el “caso Blumberg” (Galar, 2017a), cuando el joven Axel Blumberg fue secuestrado y asesinado. Ante la muerte de su hijo, Juan Carlos Blumberg convocó a manifestaciones que alcanzaron gran magnitud y repercusión mediática, y que en poco tiempo desembocaron en la transformación de una serie de artículos del Código Penal y del Código Procesal Penal de la Nación que, entre otras cosas, tendieron al endurecimiento de los castigos (Calzado, 2015). Así, de manera paulatina, la inseguridad devino un guion cultural privilegiado para abordar y encuadrar la agenda de la violencia y la seguridad. Disímiles casos de muertes violentas pasaron a ser públicamente procesados a través de las definiciones asociadas a la inseguridad (Galar, 2016).

A más de 20 años de su génesis y posterior estabilización como problema público nacional, nos interesamos por indagar en la “adultez” de este problema y en su funcionamiento en un contexto local. En lugar de estudiar su historia natural y su génesis, nos detuvimos en el arraigo de un problema público estabilizado.

Cuando un problema público es “exitoso” y además es “maduro” –como el caso que aquí estudiamos– produce narrativas que ganan capacidad de circulación. En efecto, la configuración de un problema público da cuenta de la aparición de un mundo en común. La sociología de los problemas públicos afirma que las historias que se tejen en las narrativas de los problemas de este tipo dan lugar a esquemas de interpretación que pueden ser utilizados por los actores en su vida cotidiana y aplicarse para categorizar su experiencia práctica. Ese mundo en común que se erige en las historias de un problema público consolidado circulan y pueden influenciar los modos de dar sentido y tipificar sus vivencias diarias (Loseke, 2007). Es que, como bien sabemos, las palabras, las categorías o los valores morales no son inocentes, sino que tienen consecuencias prácticas. De este modo, podemos afirmar que las categorías provenientes de los problemas públicos constituyen un acervo de conocimiento a mano particular. Como afirma Schutz (1974), experimentamos el mundo a través de categorías que no creamos nosotros mismos, el mundo intersubjetivo de la vida cotidiana existía antes de nosotros y era interpretado por nuestros predecesores como un mundo organizado. Esa herencia que se nos ofrece como esquema de referencia nos ha sido transmitida para interpretar nuestra experiencia. Ahora bien, los problemas públicos constituyen un esquema de referencia con ciertas singularidades en las escalas locales. Estrictamente hablando, esos esquemas no provienen únicamente de la transmisión producto de la socialización, sino que nos llegan por múltiples canales: “Cuanto más exitoso es el problema social, más probable es que aparezcan imágenes de aquel en los medios, libros, panfletos, debates en el aula y carteles… y esto podría alentarnos a pensar en esos términos” (Loseke, 2007: 129, traducción propia).

Así, el acervo de conocimiento que hace a los problemas públicos como esquemas de referencias cotidianos puede dar lugar a ciertos modos locales de procesar eventos de la vida diaria. Y no solo de pensar y categorizar esa dimensión de la vida, sino que también, como aquí observaremos, puede activar diversas dinámicas locales: esferas de discusión barriales, medios de circulación y de debate sobre la problemática y cierto tipo de activismo barrial, entre otras que aquí revisitaremos.

Cabe aclarar que los usos locales que se hacen de estas categorías en la esfera cotidiana no son unívocos ni estables en el tiempo. Por el contrario, consideramos que los usos cotidianos de las categorías públicas, en este caso asociadas a la inseguridad, pueden circular con distintos propósitos y hacer sentido en el marco de situaciones de diversa índole, no necesariamente idénticas a su sentido público o hegemónico. Considerar la existencia de la inseguridad como narración pública compartida no equivale a afirmar que estos relatos se utilicen en los mismos términos en los espacios locales. A continuación pasaremos a desarrollar algunos aspectos centrales de esta perspectiva teórica, así como el modo en que nos apropiamos de este enfoque conceptual para analizar la dimensión local.

Hacia un enfoque local de los problemas públicos: narrativas, actores y escenarios de dramatización

La sociología de los problemas públicos surgió en los Estados Unidos entre fines del siglo XIX y principios del XX por parte de los reformadores sociales que buscaban atender y resolver la “cuestión social” que aquejaba en aquella época (inmigraciones recientes, delincuencia, adicciones, pobreza, etcétera). Durante esta primera etapa, de la mano del funcionalismo y de los teóricos de la desviación social, se asumía que los problemas sociales existían “empíricamente” y que el rol del especialista consistía en realizar un análisis de sus indicadores objetivos (Guerrero et al., 2018). Luego, esta definición fue ampliamente criticada por Spector y Kitsuse (1973), quienes aportaron un nuevo punto de vista para analizar los problemas sociales al subvertir su objeto de análisis. En efecto, los autores definieron un problema público como “las actividades de los grupos que hacen afirmaciones de quejas y reclamos con respecto a algunas condiciones putativas”3 (Spector y Kitsuse, 1973: 146). Si anteriormente el análisis de los problemas se centraba en las condiciones objetivas de estos, ahora el eje estaría en su dimensión subjetiva. A partir de entonces, la visión predominante dentro de esta línea teórica ha estado vinculada a una perspectiva constructivista (Schneider, 1985). En efecto, el corazón de esta vertiente teórica se basa en que las condiciones objetivas no son inherentemente problemáticas: los problemas sociales son definiciones colectivas (Blumer, 1971). Para que una condición sea tildada de problemática para un gran número de personas, hace falta un proceso de creación de significado que la señale como tal, y esto guarda gran riqueza analítica para la sociología, al tiempo que trasluce sus raíces teóricas provenientes de la entometodología. Así como Garfinkel (2006) afirmaba que toda referencia al “mundo real” (incluso los eventos físicos o biológicos) es una referencia a las actividades organizadas de la vida cotidiana, desde la postura constructivista se afirma una clara división entre los indicadores objetivos de un problema y las preocupaciones que este genera. Para que un problema exista como tal, debe ser nombrado y dotado de su significado problemático.

Ahora bien, ¿qué implica definir una condición como problema público? En principio, un problema implica una definición moral: indica algo que está mal, que provoca un daño. A su vez, para que algo adquiera ese estatus es necesario que sea de carácter extendido y afecte a un número significativo de personas. Un problema público requiere, también, una dosis de optimismo, es decir, puede ser modificado y reparado por medio de la acción humana. Finalmente, se refieren a situaciones que consideramos que deben ser cambiadas: algo debe hacerse al respecto (Loseke, 2007). De este modo, los nombres, las categorías y el lenguaje, en suma, el modo en que los problemas son narrados por los actores sociales, son de gran relevancia desde este prisma teórico y constituyeron, por lo tanto, un eje de nuestro análisis. En efecto, la constitución de un problema público está estrechamente ligada a la actividad de denuncia realizada por individuos o grupos u otro tipo de actores colectivos (Pereyra, 2017). Esta actividad da lugar a la conformación de demandas en las que se construye una trama acerca de la situación considerada problemática. Así, para reconocer una situación y juzgarla como inquietante, es necesario un sistema de categorías para definir la realidad que identifique determinadas situaciones como problemáticas en desmedro de otras (Guerrero et al., 2018; Loseke, 2007).

Son muchas las implicancias al considerar el carácter narrativo de un problema público. En principio, en su elaboración se trazan nexos causales, se señalan culpables, víctimas y responsables en resolverlo. En efecto, mediante operaciones de tipificación, se construyen tipos sociales de personas (Holstein y Miller, 2017). De manera que las narrativas sobre los problemas están cargadas de significado y nos orientan a mirar nuestro entorno de una determinada forma. En este sentido, entrañan un orden cognitivo, pues habilitan un cierto modo (y no otros) de aprehender la realidad que nos rodea. Ciertamente, la configuración de un problema público da lugar a representaciones colectivas, a marcos que devienen saber popular, un cuerpo de conocimiento creíble y aceptable (Gusfield, 2014). Al enunciar el problema, las categorías que componen su narrativa nos exigen ver nuestro entorno de un modo particular, pues requieren ver similitudes entre las cosas, situaciones o personas que son, objetivamente hablando, increíblemente diversas (Loseke, 2007). En definitiva, las categorías públicas pueden funcionar como un mapa cognitivo: convierten el mundo en un lugar dotado de cierto orden, moralmente comprensible.

Pero para que las demandas sean exitosas y trepen a la escala nacional, hace falta el trabajo de emprendedores activos que las enarbolen, que consideren la situación intolerable y actúen para que sea modificada. De esta manera, otro eje de indagación de la perspectiva –y que también recuperamos en nuestro trabajo– se basa en el análisis de los grupos o agencias que definen alguna condición como problema e intentan hacer algo al respecto, pues “preguntarse cuáles son las causas efectivas de los problemas sociales, o qué hace que las actividades de problemas sociales continúen, es preguntar qué mantiene en pie a estos grupos” (Kitsuse y Spector, 1973: 415). De este modo, el análisis de los problemas públicos debe comprender las actividades de cualquier grupo que realiza reclamos por medidas de mejora, remuneración material, alivio de desventajas sociales, políticas, legales, económicas u otras consideraciones. Este tipo de análisis entraña, entonces, la observación de la actividad de ciertos actores particulares. En torno a la categoría “inseguridad” se agencian actores, “emprendedores morales” que intentan mejorar las condiciones de vida de las personas (Becker, 2009). Las dinámicas de problematización son el resultado de correlaciones de fuerza o conflictos de interés puestos en juego entre diferentes sectores (Cefaï, 2014). Algunos actores buscarán hacerse de la propiedad del problema, esto es, erigirse como las voces autorizadas, capaces de definirlo y enmarcarlo (Gusfield, 2014). De esta manera, nos centramos en esta dinámica característica de los problemas públicos, focalizando en estas “arenas públicas”, en las que actores de fuerza desigual disputan por conducir las acciones en torno al problema en nombre del bien común (Schillagi, 2011; Cefaï, 2002).

Asimismo, un problema público tiene una modalidad particular de enunciación, pues se ponen en escena, están a la vista: se dramatizan. En estas puestas en forma del problema se representa el mundo ordenado que suponen los problemas de esta naturaleza. Es decir, las características que antes mencionábamos acerca de las narrativas que los problemas conllevan, sus víctimas y victimarios, su carácter moral, etcétera, son representadas en una esfera de visibilidad en la que se enfatiza la atención que el problema merece. Es que los problemas públicos no pueden ser directamente experimentados: son una entidad abstracta. Nadie atraviesa personalmente las tasas de delito, las olas de inseguridad, la caída o la baja de los homicidios, nadie observa hurtos o asesinatos todos los días. No obstante, tenemos creencias sobre la sociedad que son públicas en dos sentidos: porque son compartidas y porque aluden a un conjunto de acontecimientos que nosotros no vivenciamos ni podemos vivenciar (Gusfield, 2014). En ese sentido, dramatizar el problema es comunicarlo, y al hacerlo se presenta una descripción lógica y consistente acerca de aquel, en la que el problema aparece como serio y digno de ser atendido.

Así, a modo de recapitulación, nuestro análisis se focalizó en tres ejes conceptuales, tres entradas para acceder a la dimensión local de los problemas públicos: las narrativas, los actores que sostienen la vigencia de las demandas y los escenarios de dramatización del problema. Ahora bien, este armado conceptual fue un punto de llegada y no de partida. A continuación pasaremos a detallar el modo en que fuimos tejiendo nuestro trabajo en un diálogo no siempre fluido entre teoría y materiales empíricos.

Acerca de la estrategia metodológica para acceder a la especificidad de la dimensión local de un problema público

El estudio de los problemas públicos conlleva la indagación de más de un aspecto de la vida social. En efecto, la puesta en forma de un problema de este tipo involucra un proceso de configuración a partir del cual la actividad de distintos actores, en diversos ámbitos, da como resultado la conformación de un problema público. De este modo, su análisis implica una gran flexibilidad para seguir la tarea que los actores realizan en el mundo social para definir o movilizar demandas y para ofrecer pruebas acerca de la relevancia de ciertos temas. Es, como afirma Pereyra (2017), un modo de reconstruir el proceso de configuración de entidades de la realidad social.

Para indagar sobre un problema público en su dimensión local, el enfoque nos llevó por el mismo sentido: más de un aspecto de la vida barrial fue indagado, aunque, claro está, no son los mismos aspectos que se indagarían en una esfera pública.

El foco de interés de esta investigación radicó en la dimensión vivencial y local de un problema público. Lejos de ceñirse a secuencias lineales, los diseños cualitativos se caracterizan por su flexibilidad, pues avanzan por medio de procesos circulares e iterativos en un ida y vuelta entre la teoría o los conceptos y los datos empíricos que el investigador va recabando. Hacer investigación cualitativa implica también estar abiertos a lo inesperado y reformular constantemente los supuestos que llevamos al campo.

Como desarrollamos en el apartado anterior, nuestro trabajo se estructuró en tres grandes pilares conceptuales: las narrativas locales de la inseguridad, la actividad de demanda que desarrollan ciertos actores barriales y los escenarios donde la inseguridad es dramatizada en esta escala. Ahora bien, ese esquema fue el punto de llegada de un proceso inductivo en el cual trabajo de campo y teoría se fueron retroalimentando en un diálogo no siempre fluido. En efecto, si bien excede las posibilidades de este artículo dar cuenta de todos los vaivenes entre teoría y trabajo empírico, vale decir que ese pasaje fue sinuoso, pues, como ya mencionamos, esta perspectiva ha privilegiado como esfera de indagación la escala nacional en el proceso de configuración de un problema, En efecto, si bien el enfoque goza de una gran riqueza para pensar los múltiples factores que intervienen en la configuración de un problema público a escala nacional, no siempre esos conceptos eran directamente traducibles a lo que emergía en el curso del trabajo de campo a la hora de buscar captar la especificidad de lo local. Si bien desde la sociología de los problemas públicos se afirma que los problemas exitosos generan categorías que pueden ser utilizadas en la vida cotidiana, poco se desarrolló acerca de cómo se produce aquella circulación. Posiblemente, esta dificultad radicó en el hiato inevitable entre teoría y trabajo empírico. De todos modos, sin que conllevara una ruptura epistémica con el enfoque, ocurría que los conceptos pensados para la escala nacional resultaban a veces lejanos para pensar una escala microsociológica. Pero cabe destacar que la sociología de los problemas públicos no se corresponde con una perspectiva de investigación macrosocial; su objeto no es el estudio de la estructura social, de las instituciones, del sistema social, etcétera (Sautu, 2003). Por el contrario, esta tradición teórica se corresponde con una mirada sobre el modo en que diversos actores, eventos y dinámicas van configurando un problema público nacional. El vacío con el que nos topamos, como ya dijimos, consistía en que, a pesar de esa mirada compleja, poco se había reflexionado sobre la circulación local de los problemas públicos consolidados.

Como decíamos en el comienzo de este apartado, el armado conceptual de nuestro trabajo no surgió desde un principio, sino que fue el resultado de un ida y vuelta entre la teoría y el trabajo de campo. Así, nuestro trabajo constó de una serie de etapas. Una primera fase aconteció entre los años 2015 y 2016, en la que realizamos una serie de entrevistas en profundidad a diversos residentes del barrio bajo estudio. De las entrevistas comenzaron a emerger cuestiones no previstas originalmente. En efecto, los entrevistados traían a colación ciertas muertes en situación de delito que tiempo atrás habían acontecido en el barrio. Así, incorporamos al análisis dos casos de asesinato en ocasión de robo, casos que no fueron seleccionados arbitrariamente, sino que emergieron de las entrevistas y fueron recuperados por el análisis a los fines analíticos.

Asimismo, a mediados de 2016 comenzaron a retirar los prefectos que custodiaban el barrio,4 lo que desencadenó las primeras manifestaciones de vecinos para reclamar por mayor seguridad. Asistimos a cortes de calles y a reuniones de vecinos preocupados por la reciente desprotección del barrio. Pero el trabajo daría un giro fundamental a comienzos de 2017, cuando conocimos a un grupo de vecinos particularmente involucrados en la seguridad del barrio y logramos acompañarlos en algunas de sus actividades (reuniones con funcionarios medios y altos del Gobierno de la Ciudad, reuniones en foros de seguridad ciudadana, eventos y festejos en la comisaría, etcétera). A comienzos de ese año se inauguró el Programa Comisarías Cercanas5 y comenzamos a participar de esos encuentros, a los que también asistían los vecinos referidos.

En paralelo, a lo largo de esos años, continuamos realizando entrevistas, recabamos información de archivo sobre los casos e integramos los diversos grupos de Facebook de seguridad que se encuentran activos en el barrio. Durante aquella observación regular decidimos que esa esfera de discusión era una parte de nuestro objeto de investigación y fue incorporada al análisis.

De esta manera, a partir de un trabajo inductivo, nos dedicamos a “seguir” el problema bajo análisis en diversos ámbitos de circulación y tematización. Hicimos esto valiéndonos de una suerte de doble flexibilidad: aquella propia del trabajo cualitativo, que posibilita advertir las situaciones inesperadas que conducen a nuevas preguntas, la adopción de nuevas técnicas de recolección de datos y la reformulación de las preguntas iniciales (Mendizábal, 2006); y también, como mencionamos en el comienzo de este apartado, aquella propia del enfoque teórico, que conduce a rastrear y recorrer los distintos senderos por los que un problema público halla eco y es tematizado. Es decir, si bien, por un lado, esta mirada teórica presentaba un sesgo hacia la escala nacional, a la vez también habilitó y orientó la búsqueda inductiva de las múltiples esferas por las que un problema público puede llegar a tener asidero en una escala local.

Como resultado de esa sinergia, los distintos materiales y escenarios observados fueron sistematizados e interpretados valiéndonos de la mirada teórica que nos orientaba. Así, en la etapa de análisis de los materiales obtenidos y de la escritura del trabajo final decidimos organizar el manuscrito en los tres ejes conceptuales mencionados.

Para el primero de esos ejes: las narrativas locales acerca de un problema público, nos valimos de los testimonios de los entrevistados, en los que observamos que entraban en juego teorías causales sobre el problema, lecturas morales en torno a los personajes que cometen delitos, así como las medidas que son consideradas necesarias para resolverlos. Asimismo, ampliamos el modo en que las narrativas entran en juego en la esfera online, más precisamente en el más concurrido grupo de Facebook de seguridad del barrio.

Luego de un tiempo relativamente prolongado de compartir experiencias, actividades y sinsabores de los vecinos agenciados por la seguridad barrial, comprendimos que estas acciones (que requieren una gran inversión de energía, tiempo y perseverancia) eran sustanciales para sostener con cierta vigencia la problemática. Concluimos que estos actores desarrollaban un cierto activismo local por la seguridad y analizamos sus repertorios de actividades, los procesos de aprendizaje y los conocimientos específicos que entraña asumir este rol e instituirlo, así como las diversas situaciones en las que el rol que estos actores se fabrican se encuentra en jaque y debe ser negociado ante diversas instancias de autoridad.

A diferencia de los problemas privados, los problemas públicos cuentan con un gran acervo de categorías y narrativas. Si bien en el barrio de Barracas los problemas eran muchos, no todos ellos tenían la misma oportunidad de ser dramatizados. De este modo, analizamos dos escenarios en los que la inseguridad era puesta en forma como un problema de gravedad que debe ser resuelto. Los consideramos esferas locales en las que era posible trascender la insatisfacción en un plano individual o privado y pasar a instancias públicas barriales en las que poder compartir con otros igual de preocupados las inquietudes que provoca. En este sentido analizamos lo observado en el Programa Comisarías Cercanas, a partir del cual vecinos y autoridades se encontraban cara a cara mensualmente para conversar acerca de los problemas de inseguridad en el barrio. La inseguridad también tiene asidero a escala barrial en eventos puntuales que le dan entidad. Desde ese marco interpretamos los dos casos de muertes que reconstruimos a lo largo del trabajo de campo. A continuación desarrollaremos de modo más o menos conciso los resultados que arrojó nuestra investigación; fundamentalmente procuraremos señalar los principales hallazgos que implica indagar localmente un problema público.

El problema público desde el prisma local

En nuestro trabajo recorrimos diversos planos de análisis, en los que, dentro de los límites de un barrio, la inseguridad fue el objeto de nuestra indagación. El modo de ir recortando esos planos conllevó, en parte, una serie de decisiones analíticas, y al mismo tiempo fue resultado de un trabajo inductivo basado en atender las esferas en las cuales la inseguridad emergía como una cuestión de relevancia. Si ensayamos una mirada de conjunto, es posible advertir que los distintos aspectos recorridos conforman una suerte de circuito que hace a las dinámicas locales que la inseguridad como problema público implica en el barrio de estudio, es decir, distintas instancias barriales que de modo no necesariamente concertado van retroalimentando el anclaje local del problema.

Como ya mencionamos, uno de los aspectos indagados fueron las narrativas locales sobre la inseguridad. Mediante entrevistas en profundidad y el análisis de un foro de seguridad en Facebook, reconstruimos las narrativas acerca de la inseguridad entre los residentes del barrio de Barracas. Si los problemas públicos contienen una trama, una historia narrada del problema, en las escalas locales ese guion tiene ciertas especificidades. En principio, no dimos con una única narrativa, sino que hallamos al menos dos modos particulares –y relativamente opuestos– de problematizar la inseguridad. En efecto, en esta trama se apela a teorías causales, víctimas y victimarios, y responsables de ocasionar y resolver el problema. Pero los personajes, las causas y los responsables no son los mismos en un guion u otro. Brevemente, para algunos, los delincuentes son personas que sufrieron todo tipo de carencias a lo largo de sus vidas y se ven empujadas a delinquir,y el responsable causal del problema es el Estado ausente, que no protege a los ciudadanos vulnerables. Del otro lado, otro grupo de entrevistados acentúa factores de índole meso o microsociales a la hora de reflexionar sobre el origen del delito: se otorga un mayor peso a las atribuciones individuales de aquel que comete el delito (su moral degradada, su desinterés por el otro, etcétera), o bien a ciertas instituciones mediadoras de la sociedad que deberían contener y encauzar a los individuos: la familia, la educación. Estas narrativas se amplifican y multiplican online.

Ahora bien, ¿qué rol cumplen estas narrativas en el barrio estudiado y en nuestro esquema de análisis? En principio, funcionan como mapa cognitivo:6 son un modo de ordenar eventos de la vida, episodios que le ocurrieron a otros o fueron experimentados en primera persona, que pueden integrarse en una trama mayor: la inseguridad. Son, entonces, una manera de utilizar este acervo de conocimientos a mano particular mediante el guion cultural que se conforma cuando un problema público es exitoso. Pensar un acontecimiento bajo este esquema permite apelar a determinadas tipificaciones y construir personajes que están enlazados dentro de ciertas teorías causales. Las cosas, entonces, ocurren por algo, y se enmarcan acontecimientos que ocurrieron en el país, procesos históricos de larga data que atravesaron la sociedad argentina en las últimas décadas. La inseguridad, problema público que provee un guion eficiente para interpretar el delito, es apelada en este contexto particular.

Asimismo, además de funcionar como una esfera en que las narrativas entran en juego, los foros de Facebook cumplen otro rol dentro de la escala barrial que analizamos y que es clave para comprender el aspecto dinámico y móvil que asume la inseguridad en el barrio estudiado. En efecto, el foro analizado y los otros existentes en el barrio operan como ámbitos de publicitación del problema, pues gracias a ellos los habitantes toman conocimiento de lo que acontece en las zonas que no habitan ni transitan, de los presuntos delincuentes que hay en el barrio e incluso de las modificaciones en el modo de gestionar la seguridad por parte de los gobiernos de turno. Ciertamente, los posteos más frecuentes suelen versar sobre hechos de delito acontecidos recientemente, sufridos por la misma persona que postea, o bien porque un miembro de su familia fue víctima de algún delito o porque sencillamente presenció el episodio. El tipo de delito en cuestión puede ser un robo de auto o alguno de sus componentes, un asalto o el hurto de un celular, y lo que más indignación genera entre los participantes es el robo a algún comercio de la zona. Estos posteos suelen verse acompañados de videos que registran el hecho (sobre todo en los casos de los comercios, en los que se apela a las cámaras de seguridad para viralizar el episodio delictivo) o bien de imágenes del auto ultrajado en cuestión. Por ejemplo, el 5 de septiembre de 2018, los dueños de una cervecería de la zona escribieron en el foro alertando a los vecinos del barrio sobre un reciente hurto en el local: “Buenas noches para todos, como sabrán no va a ser la primera vez que ven un hecho así en barracas, hoy miércoles 5/9/18 entraron a mi local tres personas armadas, afuera había dos más que hicieron de campana, como podrán ver”.

También, así, se confirma que el problema sobrevuela a todos los habitantes: “Esta vez nos tocó a nosotros”, “No es la primera vez que ven un hecho así”, afirman los participantes cuando anotician al resto sobre un episodio vivenciado. Los foros son, además de un canal de comunicación y conexión, un medio que mantiene vivo el problema, actualizado y vigente.

El rol de los vecinos activistas también es fundamental para sostener con vida el problema.7 Así como estos actores tienen una gran importancia en la escala pública, también gozan de una existencia central en las escalas barriales. Signados por otros desafíos, escenarios de interacción y limitaciones, los demandantes en minúsculas son también fundamentales para “darles vida” a los problemas públicos en la esfera local.

Ciertamente, estos actores, en el devenir de su actividad, motorizan la problemática por diversos canales: crean foros de seguridad en Facebook y postean en los ya existentes, asisten a reuniones en comisarías y foros ciudadanos, juntan firmas en manifestaciones y difunden las acciones que planean realizar, y desde sus comercios y en sus tránsitos cotidianos conversan con vecinos sobre la gravedad del problema (y, por supuesto, sobre todo lo que ellos están realizando en torno a aquél). En efecto, estos actores desarrollan una serie de acciones en las que, sin proponérselo, se pueden detectar ciertos patrones comunes. En primer lugar, operan como espías de lo cotidiano. Varios episodios, actores o lugares pueden ser foco de esta vigilia: comercios no habilitados que venden bebidas alcohólicas, casas tomadas, personajes sospechosos que deambulan por el barrio o presuntos delincuentes. Se trata de una atención específica, una vigilia atenta de las irregularidades en el barrio en torno a ciertos focos predilectos para desarrollarla. Los vecinos activistas suelen intentar congregar a los vecinos del barrio para discutir cuestiones ligadas a la seguridad. Redactan también petitorios a las autoridades locales y, en ocasiones, lograron acceder a reuniones con altos funcionarios del Ministerio de Seguridad de la Ciudad. En suma, los activistas de la seguridad tienen un rol esencial para que la inseguridad se sostenga como un problema de relevancia en el barrio bajo estudio.

Asimismo, el gobierno porteño también hace su contribución para que la inseguridad persista como un problema de preocupación barrial. De un lado, el problema suscita malestares entre los habitantes del barrio; del otro, desde las esferas de autoridad se elaboran instancias de diálogo para canalizar esta desazón, específicamente un programa de participación ciudadana en seguridad, el Programa Comisarías Cercanas. Además, funcionan como una oportunidad para comunicar y explicar las diversas medidas que se implementan en la zona. Allí, los participantes se anotician sobre otros episodios que sufrieron sus vecinos, o bien confirman la gravedad que asume el problema en el barrio. También es una ocasión para encarnar el rol de víctima, salir del padecimiento solitario que puede llegar a provocarles el problema y canalizarlo junto con sus pares, así como demandar medidas y soluciones (Dikenstein, 2021).

Como afirmábamos antes, la inseguridad es un poderoso guion para interpretar los acontecimientos ligados al delito, que articula esos eventos con personajes envueltos en tramas morales y en el que están en juego teorías causales. En las dos muertes violentas que analizamos, el guion sale a la luz, así como el modo en que los actores lo utilizan bajo sus propios términos o lo resisten. En efecto, los dos episodios de muerte que analizarnos tenían mucho en común (dos varones jóvenes asesinados de un balazo en ocasión de robo), pero el modo de tematizar el suceso fue muy distinto por parte de sus allegados. En un caso, buscaron encuadrar el episodio como un caso de inseguridad, mientras que en el otro procuraron lo opuesto (Dikenstein, 2020).

Ciertamente, en uno de los casos bajo análisis se movilizaron en torno a la figura del padre una serie de “vecinos” y asociaciones vecinales. Para estos actores, el suceso había representado un caso de inseguridad y por ello realizaron esfuerzos para denunciar el problema. Así, establecieron reuniones con funcionarios nacionales y porteños, orquestaron eventos de protesta con la presencia de varios medios de comunicación y del mismo Juan Carlos Blumberg. Aquí, el hecho se asociaba al “delito impune” y a la “seducción de jóvenes postergados” para fines políticos. De este modo, se demandaban medidas que implicaban más control policial, así como una mayor dotación de insumos para las fuerzas de seguridad en la zona, al tiempo que se señalaba como foco de ese control a “los asentamientos ilegales” presentes en el barrio.

Por su parte, en el otro caso analizado se agenciaron una serie de actores de otras características: organizaciones políticas y cooperativas, jóvenes militantes, amigos y ciertos familiares se movilizaron en pos de darle una impronta determinada al suceso. En efecto, y en virtud de la identidad y la trayectoria política del joven como militante del Movimiento Evita, estos actores se encontraron ante la necesidad de, por un lado, oponer resistencia a una eventual mediatización y el consecuente encuadre que querían evitar a toda costa: el de la inseguridad como sinónimo de represión policial y de estigmatización de los inmigrantes y los sectores populares. A su vez, se pusieron en movimiento para plantear su propia visión del problema: la inseguridad tenía como causa “la falta de derechos” y oportunidades, por “años de exclusión, falta de dignidad y de trabajo” para los sectores más desaventajados. Esto no se resolvería con gatillo fácil ni expulsando a los extranjeros, sino mediante “una mayor justicia social”, redoblando los esfuerzos de militancia, saliendo del replegamiento que genera el dolor, transformando “el dolor en lucha”. En este caso, los esfuerzos fueron destinados a evitar ocupar el rol de víctimas.

Por lo tanto, observamos que, en ambos casos, las personas deben desplegar actos para dramatizar tanto la adhesión al guion como su resistencia. Se trata de acciones y escenarios de dramatización, ya sean del padecer o del rechazo a ese modo de leer lo sucedido.

Consideraciones finales

En virtud de este recorrido, consideramos que uno de los hallazgos principales de nuestro trabajo consiste en que los problemas públicos no flotan en abstracto en las escalas locales, no son meras ideas que sobrevuelan las mentes de las personas, sino que encuentran anclajes concretos. Tampoco subsisten de manera inercial: su circulación involucra un trabajo activo de actores locales.

A su vez, al tiempo que contribuyen a sostener la inseguridad como un problema vivo y de relevancia en la escala local, las dinámicas aquí descriptas tienen su especificidad. Cada una de ellas configura mediaciones de la vida cotidiana en las que el problema es recreado, reinventado, reescrito y revivido.

Las narrativas son una parte relevante de este engranaje porque urden la historia que permite encuadrar los eventos de la vida diaria. Gracias a ellas, los hechos no pasan desapercibidos, sino que son confirmatorios de la existencia de la problemática.

Los activistas de la seguridad recorren las calles del barrio con su mirada incisiva para detectar los focos de la inseguridad y luego instalar en tordas sus esferas de acción que el problema existe, que es grave y que debe hacerse algo al respecto. Son mediadores, actores en la bisagra entre la sociedad y el Estado, recabadores de historias locales que luego exponen por los pasillos ministeriales, cuando logran acceso.

La inseguridad como problema público tiene anclaje a nivel local, también, gracias a ciertas políticas públicas a partir de las cuales el problema toma forma. Allí, los actores corroboran que en Barracas hay casos de inseguridad, que la situación es grave. Asimismo, en esta esfera el problema se dramatiza: se señalan culpables, se construyen víctimas. En suma, estos dispositivos contribuyen a estabilizar y a anclar el problema a nivel local. Al mismo tiempo, los casos de muerte en ocasión de robo, así como las acciones que los actores movilizan en torno a aquellos tienen una función similar: contribuyen a confirmar la existencia del problema y a que no pase desapercibido, son testimonios concretos de que la inseguridad es un asunto de relevancia en el barrio. Los casos suscitan una fuerte reacción moral, de indignación colectiva de la comunidad, y desde esos episodios se demanda que se haga algo al respecto, que la situación cambie, que el problema se resuelva.

En las escalas locales también hay esferas de publicitación que les son propias: antes de las redes sociales, así funcionaban los periódicos barriales, luego Facebook ocupó su lugar. Pero, más allá del soporte, lo cierto es que hay vías locales de circulación del problema que lo mantienen vigente. Así, mediante estas instancias, la inseguridad se recrea y persiste como tema de relevancia en la esfera local estudiada.

En definitiva, en una escala local la suma compleja y no concertada de actores diversos recrea, sostiene, reinventa y resignifica, pero, sobre todo, mantiene con vida la inseguridad como problema de relevancia.

Ahora bien, ¿es la inseguridad el único problema que suscita malestar entre sus residentes?, ¿es el único que provoca movilizaciones sociales, activismos y protestas? Ciertamente, no. En Barracas hay otros problemas, sus habitantes son conscientes de ello y muchos se involucran en diversas acciones para resolverlos. En la Villa 21 se registraron numerosos casos de niños con plomo en sangre por residir próximos a la cuenca Matanza-Riachuelo, uno de los sitios más contaminados del país. Los miembros de la Junta Vecinal Villa 21/24 y otras organizaciones barriales denunciaron y se manifestaron por esta situación en numerosas ocasiones.8 De acuerdo con los testimonios de algunos entrevistados, en Barracas no hay espacio suficiente en las escuelas públicas de la zona ante el crecimiento de la matrícula escolar.

Barracas tiene otros problemas, pero no todos ganan la misma visibilidad dentro del barrio. Los problemas públicos guardan esa cualidad selectiva. Problemas sociales hay muchos, pero unos pocos devienen una preocupación nacional y, en nuestro caso, encuentran cierta capacidad de amplificación en una escala barrial.

En función de lo expuesto, ciertas líneas pueden continuarse a futuro. Una de ellas atañe a las dinámicas que pueden despertar otro tipo de problemas públicos en un plano local: ¿qué ocurre con la inflación o con las desigualdades de género, por ejemplo, en los planos locales?, ¿qué tipo de actores locales se agencian en torno a ellos, si lo hacen?, ¿qué tipo de actividades llevan a cabo? Es probable que cada problema guarde su especificidad en las dinámicas, narrativas y prácticas de todo tipo en los planos locales, en los que quizás los límites del barrio no resulten tan productivos como modo de circunscribirlas. En ese sentido, antes que un punto de partida, el carácter y alcance de lo local es parte de la definición del objeto de investigación.

El enfoque local abre una fértil y novedosa línea de análisis dentro de la sociología de los problemas púbicos, no como mero ejercicio intelectual, sino como modo de aproximación a los procesos sociales de construcciones problemáticas.

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  1. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), Escuela Interdisciplinaria de Altos Estudios Sociales (Idaes), Universidad Nacional de San Martín, Argentina, vdikenstein@unsam.edu.ar.↩︎

  2. Para ahondar en esta línea, cabe destacar el trabajo de Galar (2016), quien también se valió de la perspectiva de los problemas públicos en una escala no nacional, específicamente, para el análisis de muertes violentas en espacios públicos locales (ciudades capitales).↩︎

  3. Cabe señalar que esta asimilación de un problema social con las actividades de definición fue ampliamente criticada, pues, entre otras cosas, no contemplaba el análisis del modo en que las demandas exitosas generan definiciones colectivas que son utilizadas por los actores en sus contextos de vida cotidiana como esquemas de interpretación para categorizar su experiencia práctica (Pereyra, 2017).↩︎

  4. Hasta el año 2017, en Barracas se encontraba vigente el Operativo Cinturón Sur, que significó el envío de gendarmes y prefectos para reemplazar en casi todas sus funciones a la Policía Federal en los barrios del sur de la ciudad (Zajac, 2017). Entre fines de 2016 y principios de 2017, el programa fue desarticulado.↩︎

  5. Se trata de una política de participación ciudadana en seguridad impulsada por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, cuyo objetivo es acercar la policía a la “comunidad” o procurar la prevención del delito.↩︎

  6. Cabe aclarar que esto no significa que los actores no oscilen entre ambos tipos de lecturas.↩︎

  7. Para profundizar acerca de la naturaleza de la actividad de estos actores, ver Dikenstein (2018, 2019).↩︎

  8. Ver https://www.telam.com.ar/notas/201605/146996-villas-ciudad-aysa-agua-potable-reclamo.php; https://www.pagina12.com.ar/172917-cerca-de-mil-familias-en-riesgo.↩︎