Sebastían Botticelli y Samuel Cabanchik, Humanismo y posthumanismo. Crisis, restituciones y disputas. (Ciudad de Buenos Aires: Teseo, 2021).

Santiago Dechecco

Universidad de Morón, Argentina

Esta compilación tiene el mérito de sustraerse de la encerrona que todo enfrentamiento especular supone. Los artículos que la componen configuran un horizonte que escapa de esta lógica. Y por los tiempos que corren, en los cuales la ley del mercado no desbarata encerrona alguna (sino que más bien las amplifica, las infla), no caer en contiendas de orden moral cobra sumo valor.

La elección de los capítulos tiene la virtud de ofrecerle a quien lee el poder recorrerlos sin sentir que está siendo testigo de una pulseada que se estaría disputando en pos de instalar, ya sea al humanismo o al posthumanismo, como el camino a seguir. No estamos ante una reversión del combate entre Etéocles y Polinices por el trono de Tebas. Y qué dicha que así sea, porque ya se sabe cuál es el derrotero de estos hermanos.

Deleuze y Guattari abren Mil Mesetas con una frase formidable: se escribe siendo muchos. Dirán que un libro se compone “de materias diversamente formadas, de fechas y de velocidades muy diferentes”1. Encuentro esta idea muy pertinente a la hora de reseñar un libro que es una obra colectiva. Como todo libro, se me podrá decir. Pero ya que recurrir al nombre propio puede ser un efecto de la rutina y nada más, tal cual lo afirman los autores de Capitalismo y Esquizofrenia, tendré que decir que es a mí a quien le toca reseñar esta compilación realizada por Samuel Cabanchik y Sebastián Botticelli.

Yo soy un lector que aloja multitudes de lecturas. Entonces, si se escribe siendo muchos, otro tanto sucede cuando se lee. Ríos de heterogeneidades vinieron a contaminar el pasaje por estas páginas. El saldo es una lectura repleta de impurezas, de conexiones que no pueden deshacerse de ciertos restos de arenilla; más aún si tenemos en cuenta que quien lee lo hace desde esa plataforma teórico-discursiva conocida como psicoanálisis: disciplina que pone el acento en la supremacía de la materialidad significante. Pero, tal cual lo anticipan los autores en la introducción, los senderos se entrecruzan y la apuesta por el encuentro es fecunda.

En El Anti Edipo, Deleuze y Guattari denuncian que con suma rapidez los psicoanalistas paramos la oreja cuando leemos en Nietzsche lo que este escribe en relación con la muerte de Dios. Aguzamos el oído, es cierto. Lo mismo me pasó con algunos capítulos de este libro. Samuel Cabanchik cita a Sloterdijk para expresar algo similar: “resonancia en lugar de autonomía” (p. 239). Por lo tanto, esto que sigue es un intento por dar cuenta de los efectos de reverberación que estas páginas tuvieron sobre mí.

Alejandro Boverio (“Sobre la idea de lo humano”) sostiene que acaso el humanismo sea eso, una pérdida, lo que nos falta. Vaya tentación esta frase para un psicoanalista. Continúa su exposición recalcando que el soporte pantalla pone de manifiesto lo antedicho. De hecho, ciertas pantallas son el nuevo espejo: superficies en las que desfila lo imaginario en su vano intento por encubrir eso que no hay. El autor acentúa que hay un gesto que en esta época brilla por su ausencia y que tiene que ver con el calor que significa estar juntos. Encuentra en este movimiento una forma de afrenta al avance de la ultramodernidad algorítmica y la técnica. Es que aquello que propicia una transmisión no podrá emanar de la ley del espejo ni de la ley de la pantalla-mercado. ¿Se podrá pensar en una reunión de cuerpos motivados por el “cuidado de sí”, tal cual la lectura que Adrián Cangi hace de este concepto foucaultiano? ¿O se perpetuará esta dispersión producto del diseño narcisista de sí?

Para resistir los embates de la imagen se torna necesario recuperar lo que Shirley Catz (“Metáforas levinasianas: un humanismo más allá”) escribe sobre la capacidad de la metáfora para ir más allá. Es que, hoy en día, es impostergable poner en valor el esfuerzo por producir un bien-decir que horade la maquinaria de producción de imágenes que empujan hacia identificaciones con semblantes que no se soportan en ninguna instancia simbólica; y, en esa perspectiva, resistir con la palabra que crea, que abre nuevos mundos, para no caer en imágenes cuyo efecto totalizador pareciera dejarnos sin tiempo.

Yanina Lo Feudo (“Restos de lo humano, la libertad”) señala que la lógica identitaria percibe a la alteridad como algo inferior, que ocupa el polo del objeto. Resulta indispensable la lectura de este artículo en los tiempos que corren, en los cuales hay un intento calculado por erradicar las diferencias e instalar libertades individuales a cualquier costo. ¿Acaso no son la crueldad y la indiferencia por los otros que no se agrupan bajo la lógica de la mismidad el reverso siniestro del devenir individuos libres? ¿Qué sentido tiene abogar por la libertad si seremos siempre sujetos del lenguaje que están a un paso, a una palabra de decir algo que contenga un excedente o un déficit que muestre cuán endeble es esa exaltación del Yo en el que esta época quiere consolidarse?

Por su parte, el artículo escrito por Roberto Mario Magliano (“Posmodernidad, burbuja y posthumanismo”) pone el acento en la necesidad de producir un andamiaje metafórico que permita pensar lo real. Si es el registro simbólico desde donde tal producción es posible, esto implica una suerte de contaminación en el orden de los registros: inadecuación mediante, lo simbólico se aproxima a lo real para plagarlo con sus metáforas. Lo real es dicho y, en ese gesto, la primacía de lo inmunológico tiene que retroceder ante la supremacía de la palabra. La burbuja que sueña con el fin de los conglomerados se pincha.

Me demoro, en este sentido, un párrafo más con el propósito de rescatar una idea que el autor del artículo Posmodernidad, burbuja y posthumanismo retoma de Sloterdijk. Dirá que la ontología del Uno pierde terreno ante la filosofía de la relación. Y aunque el psicoanálisis no es una filosofía, aquí ambas disciplinas vuelven a entrecruzarse. Lo Uno, como sede ontológica de lo que se afirma a sí mismo, es idéntico a sí y autónomo. Pero la lógica del significante destituye a lo Uno porque, en tanto este no puede significarse a sí mismo, se necesita al menos dos para situar al sujeto con el que trabaja el psicoanálisis. “Dejo así que la ontología empiece con el número Dos” (p. 175) –escribe Sloterdijk–. Aun cuando Lacan en su Seminario 11 dice que el estatuto del inconsciente es no-óntico, no dejamos de hallar resonancias entre estas afirmaciones.

Caídas, en fin, las coordenadas del individualismo metafísico, marchamos desustancializados y desontologizados, virando la pregunta por el quién y por el cómo hacia el dónde. Esta pregunta también está en consonancia con el sujeto con el que trabaja el psicoanálisis. Tal cual lo escribe Alfredo Eidelsztein, al sujeto (tal como se lo encuentra en la experiencia analítica) hay que ir a buscarlo en el intervalo, en el entre. Dirá que se trata de un sujeto intervalar. Es decir que, si hay que ir a buscarlo, la pregunta que sobrevuela dicha operación es la de dónde.

Siguiendo esta misma línea, resulta de sumo interés otra cuestión que Cabanchik (“Comunicación y silencio en el sentido ético de nuestra crisis”), rescata de Sloterdijk. Siguiendo al filósofo alemán, dirá que el espacio íntimo es un espacio exhalado. ¿No resuena, acaso, esta manera de conceptualizar la espacialidad con el neologismo extimidad acuñado por Lacan? Los puntos de contacto son claros: la constitución del sujeto propio del discurso psicoanalítico se da en coordenadas éxtimas. Lo éxtimo condensa referencias que aluden hacia aquello que es tan íntimo como extranjero. En otras palabras, las referencias empiezan a disolverse para darle lugar a “una dimensión ambigua en la cual las fronteras entre lo exterior y lo interior no pueden, con claridad, ser discernidas”2

Por ejemplo, para Jaques-Alain Miller la extimidad refiere a que esa “lengua mía, en la que expreso mi intimidad, es la del Otro”3. Lo éxtimo implicaría, entonces, un orden de intimidad que se origina con la exhalación del Otro, con su potencia para soplar una materialidad significante sobre el sujeto, cuya operación también echa por tierra la idea del individuo. Es a partir de esto que Eidelsztein cree encontrar justificación para la existencia del psicoanálisis. En tanto sujeto y Otro se articulan de manera indisoluble, este tándem se contrapone al individualismo propio de nuestra época. 

En el último capítulo de esta compilación, Cabanchik analiza lo que podríamos llamar una crisis ético-lingüística. Aun cuando no examinemos por qué es que este autor introduce este planteo, sí nos interesa aquel punto que permite una interlocución con una pregunta muy cara para el psicoanálisis: qué es un padre. Retengo, para dicho diálogo, una frase bellísima utilizada por Cabanchik: “la bondad de Dios radica en esto: que no nos sueña, que se calla, que hace silencio para que podamos existir” (p. 237). Es decir que, al igual que un padre, se retira hacia su silencio generando un claro en el paño para que de esa forma “poblemos ese silencio con nuestra palabra” (p.238).

Alejandro Ariel lo precisa con mucha claridad cuando escribe “obedeced a vuestros padres en ese lugar en donde ningún padre es Dios”4. Dicho de otra forma, en ese lugar donde el padre no opera desde el capricho ni la obstaculización de la vía que discurre en las coordenadas del deseo. Es en este punto en donde la pregunta por el padre se articula con el Dios del que habla Cabanchik. Si se hace silencio para que nuestra palabra advenga, este Dios se asemeja al padre cuya generosidad hace lugar para que el hijo se transforme en amante y activo y, de esa forma, pueda hacer sus primeras experiencias en el orden de un sujeto. 

Este mismo capítulo testimonia una gran cantidad de interrogantes que interpelan y estremecen con crudeza. En él, Cabanchik escribe que “el efecto-espectáculo de la Gran Red nos desarraiga de la historia al sumergirnos en una infancia monstruosa, condenada a no acceder a su madurez lingüística-vital” (p. 249). Miquel Bassols, psicoanalista español, argumenta que el instante de mirar es el que define el sustrato sexual infantil. Parece que es allí donde la Gran Red nos atrapa al instalarnos en ese suelo viscoso que extrae su rédito a partir de nuestras pulsiones del placer de ver y de exhibir. Con su catarata infinita y ruidosa de imágenes nos sentencia a postergar el tiempo de comprender y el momento de concluir. Sobre el cierre de su trabajo, Cabanchik escribe que “tal vez no se trata, en nuestra crisis, de la transformación de la vida humana, sino de su liquidación final” (p. 250). Me pregunto, entonces, si será por eso que no llega nunca el momento de concluir.


1. Gilles Deleuze y Félix Guattari, Mil Mesetas, trad. José Vázquez Pérez (Valencia: Pre-Textos, 2002), 9.

2. Santiago Dechecco y Bernardita Sarmiento, “Farsa, ficción y extimidad: Una lectura espacial de la película The Wonder”. Ética y Cine (2025), https://www.eticaycine.org/The-Wonder-Potestad

3. Jaques-Alain Miller, Extimidad, trad. Nora González (Buenos Aires: Paidós, 2010), 21.

4. Alejandro Ariel, “La responsabilidad de ser padre. Magnolia, Aesthethika. vol. 20, nº1 (abril – agosto 2024) https://www.aesthethika.org/Magnolia.

Licenciado en Psicología por la Universidad de Morón

Docente de la carrera de Psicología de la Universidad de Morón.