El silencio de Martensen

Presentación
Desde comienzos del año 1847 Kierkegaard comienza a volcar en sus notas personales una serie de observaciones negativas en torno al obispo Jacob Peter Mynster (1775 – 1854), cabeza de la Iglesia danesa. El núcleo de esta crítica, que irá escalando con el transcurso del tiempo, es el carácter acomodaticio del cristianismo predicado por Mynster. No obstante, la relación personal de Kierkegaard con quien fuera el confesor personal de su padre se mantuvo dentro de un registro cordial y amigable a pesar de algunas situaciones incómodas. El volcán haría erupción tras la muerte de Mynster el 30 de enero de 1854. El teólogo y profesor universitario Martensen pronuncia un sermón en memoria de Mynster en el cual llama a la imitación de la fe del difunto obispo y lo llama “testigo de la verdad”. Pocas semanas después, Martensen es nombrado en el cargo que Mynster había dejado vacante. Las palabras de Martensen causaron el enojo de Kierkegaard; sin embargo, su posición recién se haría pública hacia fines de 1854. En un artículo aparecido el 18 de diciembre de 1854 en Fædrelandtet, Kierkegaard arremete contra Mynster y Martensen, su sucesor. “La predicación cristiana del obispo Mynster -dice Kierkegaard- atenúa, oculta, silencia, omite lo que es más decisivo en el cristianismo, lo que a los seres humanos nos resulta más incómodo, lo que haría fatigosa nuestra vida, lo que nos impediría gozar de la vida, es decir, el morir al mundo”. Diez días más tarde, Martensen contestaría desde las páginas del periódico conservador Berlingkse Tidende. Además de acusar a Kierkegaard de hipocresía, Martensen señala que el cristianismo de Herr Doktor Kierkegaard no tiene ningún anclaje institucional, ni tradición ni comunidad que lo sustente y no es más que una religión privada. Kierkegaard respondió con una andanada de más de 20 artículos que no tuvieron ninguna respuesta pública de Martensen. El 26 de mayo de 1855 Kierkegaard condenaría el silencio de la máxima autoridad eclesiástica nacional con un artículo publicado en Fædrelandtet. Ponemos a disposición del lector, por primera vez en castellano, el texto de Kierkegaard, el último de sus escritos antes de los 10 números de la revista El Instante.

Que el silencio del Obispo Martensen es 1) cristianamente indefendible; 2) ridículo; 3) estúpido-sagaz; 4) en más de un sentido, despreciable1

1) Que eso, cristianamente, es indefendible. Como también subrayó un apóstol, es siempre un deber del cristiano estar dispuesto a defenderse en lo que concierne a la esperanza que hay en él, es decir, en lo que concierne a su cristianismo2. Y es así por completo como debe ser; un cristiano, este amante y seguidor de la verdad, ¿no debería estar siempre dispuesto a responder por sí mismo y su concepción, siempre dispuesto a testimoniar por la verdad y contra la mentira y, más que nada, aborrecer escabullirse hacia algo o de algo mediante el silencio?

¡Y ahora un obispo cristiano, y el obispo supremo del país! El obispo supremo del país; es a él a quien presta atención la congregación, de él espera una guía, confía en que él dará testimonio contra la mentira y se declarará en favor de la verdad.

¿Y cómo se comporta el obispo supremo de este país? Más o menos como los muchachos en la noche de fin de año, cuando aprovechan la ocasión para arrojar una olla a la puerta de la gente3, y luego toman por otra calle para que la policía no los atrape: así, durante el gran revuelo en ocasión de mi artículo sobre el obispo Mynster4, creyó ver el obispo Martensen su oportunidad y arrojó sobre mí un tacho de basura de insultos y groserías — y luego se alejó. A partir de ese instante, guardó el más profundo silencio, aunque, de hecho, la cosa sólo empezó a ponerse más seria después de ese tiempo, ya que con cada artículo posterior en Fædrelandet la cosa se volvió, de hecho, mucho más seria que la cuestión acerca de si yo realmente había ofendido a un muerto.

Pero el obispo Martensen guarda el más profundo silencio. Y eso a pesar de que había sido retado a expresarse, en tanto que en el Berlingske Tidende aparecía un artículo anónimo, que desaconsejaba al obispo Martensen responder a ese reto5.

Y esto (que recuerda a Leporello y su réplica: «No respondo, quienquiera que sea»)6, esto va a ser defendible por un testigo de la verdad, un obispo cristiano, el más alto del país, ¡de quien puede depender la congregación! No, un silencio semejante es, cristianamente hablando, indefendible, y una miseria semejante es, cristianamente hablando, peor que si el obispo se hubiera entregado a la bebida.

2) Es ridículo. Dondequiera que haya ridículo, como enseña uno de mis pseudónimos7, también hay una contradicción. Lo mismo pasa con el silencio. Un silencio puede tener muchas características diferentes en dirección al bien o al mal, pero el silencio es ridículo cuando tiene la maldita característica de que: habla. Esto es harto ridículo: un silencio que habla, habla bien alto, y dice lo que esconde para que todos puedan oírlo, dice justo lo que se quiere esconder por medio del silencio. Como cuando la condesa Orsini le dice a Marinelli: "Te susurraré algo" y después grita muy fuerte lo que ella quiere decir8 : así este silencio grita muy fuerte lo que esconde. Como hacerse invisible poniéndose un palillo blanco en la boca9 — con lo cual sólo se consigue que se vea más que uno tiene un palillo blanco en la boca: así grita este silencio más fuerte que la más solemne declaración del obispo: estoy en un aprieto. Grita tan claro que no sólo pueden oírlo los más competentes, sino también la gente, el hombre común, puede entenderlo; y tan fuerte lo grita que hasta puede oírse en un país vecino.

3) Es estúpido-sagaz. No es simplemente estúpido, no; es estúpido al querer ser sagaz, estúpido-sagaz. Es como cuando hay algo que un maestro no sabe, lo cual puede muy bien suceder, y no dice directamente "no lo sé", sino que finge sagazmente como si supiera y, luego, los discípulos se encargan de extraer en privado lo que concluyen de ello para restárselo a su reputación. Es probable que este silencio sea muy sagaz ; pero, aun así, sigue siendo una estupidez, pues por cada día que el obispo Martensen calla, se resta en privado su reputación. Incluso si un silencio no tiene la fatal característica de que traiciona lo que esconde, no obstante, para poder resistir, debe haber, si el adversario no es una persona por completo insignificante, una reputación adquirida y mantenida durante muchos años. Y he aquí un principiante en el obispado10, y un principiante que empezó tan lamentablemente como el obispo Martensen con su discurso en el Berlingske Tidende, y la otra parte está, intelectual y literariamente, al menos en perfecta igualdad de condiciones con él, sólo que yo no tengo, en sentido cristiano, la ridícula característica de ser Asesor de Conferencias [Episcopales] y ganar miles de salario.

No, este silencio es estúpido-sagaz. Incluso pueden verlo aquellos que no tienen el verdadero criterio de lo que significa este silencio.

El obispo Martensen y yo, como dicen, no somos del todo desconocidos el uno para el otro. Durante muchos años hemos tenido una cuenta pendiente. Pero mientras vivió el viejo obispo, que era en otros tiempos tan amigo de la calma, yo cuidé (también por devoción a mi difunto padre) que todo pudiera seguir tranquilamente. Y se siguió muy tranquilamente con eso del sistema, en el que no ganó la partida el obispo Martensen. Yo no quería atacarlo con su nombre — y el obispo Martensen guardó silencio. Incluso cuando aquel que bien puede ser considerado por el obispo Martensen como el más peligroso para decirlo, aun cuando el Profesor Nielsen, en forma impresa, le dio a entender que mi seudónimo había acabado con él, y que justo después el Dr. Stilling, por cierto, para él, el más peligroso junto al Profesor Nielsen, de nuevo en forma impresa, le dio a entender, y más tarde, en forma impresa, se lo haya dicho sin rodeos, Martensen guardó silencio11.

Luego creyó que me había propasado al hablar del obispo Mynster, que mi estado de ánimo [Stemning] me jugaba en contra, y ahora se veía por su artículo cómo quería colmarme de groserías, es decir, cómo de buena gana quería hablar sólo si creía sacar provecho.

¡Y entonces otra vez adoptará el silencio! Sí, como el silencio estúpido-sagaz, este silencio merece llamarse silencio martenseniano, diferente del silencio de un Brutus12, de un Orange13.

4) Es, en más de un sentido, despreciable. Sólo querría destacar dos puntos. Cuando uno es hombre, es despreciable no comportarse como un hombre, no hacer frente al peligro virilmente para ganar o perder en forma inequívoca, sino para tratar de escabullirse de él. Y es doblemente despreciable cuando uno permite que le pague el Estado por ocupar un cargo directivo y, por cierto, quizás hacerse el director.

Y este silencio es despreciable porque está como calculado para que pueda significar cosas diferentes, todas con vistas al resultado.

La sagacidad mundana enseña: “Nunca te involucres con un fenómeno”.* 14

Y yo, supongo, he de clasificar bajo la determinación “fenómeno”; en efecto, soy una de esas heterogeneidades que no han hecho su esfuerzo conmensurable con un cargo de gobierno y cosas por el estilo.

Entonces uno se queda en silencio. Si luego resulta que el fenómeno prevalece en todo, ¡oh, válgame Dios!, por supuesto, uno no ha dicho nada, su silencio fue respeto o, quizá, “resignación cristiana” — ventaja que por desgracia el profesor Nielsen le dio a Martensen en mano sin tomar siquiera la precaución de dejar que, al menos, el obispo Martensen se retractara de sus groserías15; pues de lo contrario, si es lo mismo la resignación cristiana que calla después de haber desparramado todas las groserías, una resignación tal es más o menos como el arrepentimiento de haber robado y quedarse con las cosas robadas. — Si en cambio resulta que el fenómeno no prevalece en todo — sí, entonces su silencio es arrogancia, cosa que se busca, mientras sea incierto el resultado, para debilitar el fenómeno lo mejor que se pueda.

¡Cuán despreciable es este silencio que, en lugar de actuar, quiere esperar el resultado para estafarse a sí mismo sobre lo que ha significado su silencio!

S. Kierkegaard

Postdata

Esta es, en sentido religioso, la causa que tengo que perseguir; por lo tanto, debo hacer lo que estoy haciendo, sea, en lo personal, a mi favor o en contra.

Comprendo muy bien que cuando uno, a una edad tan temprana como la del obispo Martensen16, ha sido — sí, cuando pienso en el Nuevo Testamento y el juramento, ¡es del todo satírico! — ha sido tan feliz (!) como para hacer una carrera (!) tan brillante (!), comprendo muy bien que, entonces, uno pueda anhelar el sosiego (pero el cristianismo del Nuevo Testamento es justamente desasosiego) a fin de disfrutar (pero el cristianismo del Nuevo Testamento es sufrir) estas cosas mundanas: los ricos ingresos, el alto prestigio en la sociedad, el placer de tener influencia en el bienestar de muchas personas.

También (y esto, claro, en algún sentido, no sirve para menoscabo del obispo Martensen) comprendo muy bien que el obispo Martensen no pudiera querer ser lo bastante audaz como para declarar públicamente, con su nombre y como obispo, que el cristianismo oficial es el cristianismo del Nuevo Testamento o, incluso, sólo un esfuerzo en esa dirección, y que en cierto modo (pues, desde luego, primero hizo un intento de hablar, sumamente desgraciado para el silencio) debía llegar a la conclusión de que el silencio era para él la única salida o escapatoria. Pero de ello no se sigue que yo me atreva a callar ante este silencio o ante lo que, aunque impotente, incluso quizá desvergonzado, apunta a que una persona que fue especialmente señalada desde muy temprano por el Gobierno [de Dios] y poco a poco fue educada para una tarea especial — y este es mi caso —, una persona que, con un desinterés, un esfuerzo y una aplicación casi únicos en nuestro medio, ha querido una sola cosa — también en recompensa, quizá, de haber renunciado de manera cabal, a ambicionar, cristianamente hablando, lo cuestionable: ganancias, rango, título, condecoraciones, etc. — que una persona tal llegue a dar la impresión de una especie de gritón a quien el alto clero no encuentra digno de una respuesta, de modo que el hombre común, confiado en el alto clero, pueda considerarse justificado al concluir que lo que dice este gritón— lo que dice es, desde luego, cristianamente hablando, quizá ¡la más justificada objeción que se haya hecho jamás! — es un disparate, cosa que, en efecto, ya se ha intentado afianzar.

Fue en Dagbladet, un anónimo — ¡presumiblemente un consejero espiritual! Aun cuando fue, por cierto, tan bueno como para reconocerme “grandes aptitudes“, pero no obstante se las ingenió para decir que al hombre común lo que yo digo se le presenta como un “disparate”. Concienzudo consejero espiritual íntegro, honesto: di que el hombre común lo dice — ¡para hacer que él lo diga! No obstante, yo soy de otra opinión, yo, que quizá también conozco al hombre común lo suficiente. Pues no es cierto que tú, hombre común, puedas comprenderlo muy bien — quiero decir que sólo tú puedes comprenderlo mucho más fácil y mejor que los pastores desmoralizados y una nobleza depravada — no es cierto que tú puedas comprender esto de modo soberbio, que una cosa es ser perseguido, torturado, azotado, crucificado, decapitado y demás, y que otra cosa es, adaptado cómodamente, con una familia, en ascenso, vivir de relatar cómo otro fue azotado, etc. — pero esta es también una diferencia entre el cristianismo del Nuevo Testamento y el oficial.

Si ahora, con motivo de los artículos del Profesor Nielsen, una vez más aquí, o quizás hasta de Noruega17, debieran llegar al Berlingske Tidende artículos anónimos que le aconsejan al obispo Martensen no involucrarse, entonces el pueblo comprenderá sin duda poco a poco lo que tiene que significar tal cosa y estar agradecido al obispo Martensen por esta contribución que él llega a brindar a la diversión pública por medio de artículos anónimos que le aconsejan no involucrarse. O bien si el obispo Martensen debiera elegir (que, según escucho, será el caso de contados pastores aquí en la ciudad)18 una u otra cosa en una iglesia, entonces no es culpa mía si debe terminar con que alguien llegue a reírse en la iglesia, pues, considerado desde el punto de vista cómico, este procedimiento es una contribución muy valiosa para iluminar lo que “los testigos de la verdad” entienden por “dar testimonio”.

*

* *

No me malinterpretes, como si mi intención con lo que estoy escribiendo aquí fuese querer incitar al obispo Martensen a una discusión, pensando que entonces llegaríamos a saber algo de mucha importancia y de instructivo. De ningún modo; en este sentido, he terminado esencialmente con el obispo Martensen; sé muy bien qué está pasando aquí. No, pero el obispo Martensen es el clérigo supremo de la iglesia; gracias a él logré tener un marco sobre este tema de los “testigos de la verdad” y, como he dicho, es en sentido religioso la causa que tengo que perseguir; por eso, es mi deber también utilizar lo que sucede para hacerla visible, para que el que quiera ver pueda ver: 1) cómo se articula en esencia con estos “testigos de la verdad”; que aquello que los ocupa no es la verdad, sino mostrar o mantener una apariencia; 2) qué miserables medios se emplean, por cuyo motivo también se terminará fracasando; 3) que la cuestión del orden eclesiástico establecido no es una cuestión religiosa sino financiera; que lo que mantiene el orden establecido son los mil profesores autorizados por la realeza que mantienen el orden establecido en su calidad de accionistas que con toda razón guardan silencio sobre lo que hablo, porque yo, en efecto, no tengo poder para quitarles sus ingresos; 4) hasta qué punto tiene perfecto derecho y razón en estar sereno y despreocupado aquél que, por la causa de la salvación, se fía de “los testigos de la verdad”.

Por último: lo que era deseable para la causa (y tan deseable que desconfiaba de ello, pues estaba perfectamente preparado para que el obispo Martensen guardara silencio desde el principio) se ha logrado. Se trataba de conseguir que el obispo Martensen hablara una sola vez para que, al fin y al cabo, quien quiera ver pueda tener un criterio respecto de cuánta fuerza tiene él. Eso sucedió. Luego, se trataba, en lo posible, de forzarlo de vuelta al silencio. Eso sucedió. Ahora, déjalo que sólo juegue al sagaz con el silencio; cuando uno sabe lo que tiene que significar su hablar, también sabe lo que tiene que significar su silencio; con su silencio alcanza, quizás y apenas lo suficiente, para engañarse a sí mismo, pero a ninguno que quiera ver — algo que bien merecido tiene.


  1. Este artículo, que concluye el conflicto sobre los testigos de la verdad, contra Martensen está compuesto por un texto principal y una posdata que consta de dos partes. En el Diario (cf. Papirer XI3B251.1), está fechado el 16 de mayo de 1855, es decir, el mismo día en que se publicó la segunda edición de Ejercitación del cristianismo, casi seis meses antes de la muerte de Kierkegaard.↩︎

  2. Alusión a 1 Pedro, 3, 15, donde dice: “Estad siempre dispuestos a defenderos con mansedumbre y reverencia ante cada uno que os pida cuenta de la esperanza que hay en vosotros” (Ny Testamente- 1819).↩︎

  3. Era una costumbre generalizada que en la noche de fin de año los niños y los jóvenes ‘golpearan ollas en las puertas’, es decir, tiraban ollas viejas y rotas y otras basuras en las puertas de la gente, o llenaban con residuos, esquirlas, cenizas, etc., una olla agrietada y la arrojaban —tras abrir las puertas— dentro de sus zaguanes o pasillos.↩︎

  4. La reacción inmediata al primer artículo de Kierkegaard “¿Era el obispo Mynster ‘un testigo de la verdad’, uno de los legítimos testigos de la verdad — ¿es eso verdad?” del 18 de diciembre de 1854 (véase SKS 14, 121-126), fue una docena de artículos periodísticos, en los que la mayoría culpaba a Kierkegaard de atacar a un muerto. Diez días después de ese artículo de Kierkegaard, el 28 de diciembre de 1854, siguió el artículo polémico y detallado del obispo Martensen “En ocasión del artículo del Dr. S. Kierkegaard en Frædelandet nro. 295”, donde defiende y da razones de lo dicho en el sermón que pronunciara el 5 de febrero de 1854, durante la ceremonia del funeral del obispo Mynster, acerca de que éste había sido uno de los eslabones en la cadena sagrada de los testigos de la verdad.↩︎

  5. Quien invitaba a Martensen a expresarse era el profesor Rasmus Nielsen en un artículo titulado “Til Høivelbaarne Høiærværdige Biskop Martensen. Et Spørgsmaal” [A Su Señoría Ilustrísima, el Obispo Martensen. Una pregunta] el 16 de enero de 1855. El obispo Martensen (quien en escritos anteriores se había burlado de Kierkegaard sin nombrarlo) no se expresó, pero al cabo de dos días, el 18 de enero de 1855, en el Berlingkse Tidende, apareció un escrito anónimo de alguien que se hacía llamar ‘X’, quien cerraba el caso diciendo que la pregunta de Nielsen era ‘inoportuna e injustificada’, que sólo serviría para echar ‘aceite al fuego’ y que, por ‘el bien de la paz y el futuro’, no se daba ninguna respuesta.↩︎

  6. Referencia a una escena del Don Giovanni de Mozart, en la que Leporello, el criado de don Giovanni, disfrazado de su amo, es perseguido por todos, y dice esa frase mientras trata de esconderse.↩︎

  7. Se refiere al seudónimo Johannes Climacus, quien, en el Postscriptum no cientítifico y definitivo a “Migajas filosóficas” (1846), define lo cómico como una contradicción indolora.↩︎

  8. Alude a la 5ta. escena del acto IV de Emilia Galotti, una tragedia de Gotthold Ephraim Lessing, en la que la condesa Galotti, tras haber sido rechazada por el príncipe, perturba la conversación con Marinelli, el chambelán del príncipe, al llevarlo a un lugar más apartado y decirle que quiere confiarle un secreto para después gritar desaforadamente: “¡El príncipe es un asesino!” La obra se representó 54 veces en el Teatro Real, de 1775 a 1837, la última el 12 de enero de 1837.↩︎

  9. Según una creencia popular, uno podía volverse invisible poniéndose un pequeño palo descortezado o un palillo en la boca.↩︎

  10. Martensen era obispo desde hacía menos de un año.↩︎

  11. Se refiere a la controversia entre fe y conocimiento librada entre 1849 y 1851. En 1849, Martensen publicó Den christelige Dogmatik [La dogmática cristiana], en cuyo prefacio, sin mencionar el nombre de Kierkegaard, calilificó sus obras como “Divagaciones y aforismos, ocurrencias y fulgores”, a lo cual Kierkegaard no repondió, pero sí lo hicieron el profesor Rasmus Nielsen y el Dr. Peter M. Stilling, ambos filósofos muy cercanos a Martensen. El primero con un artículo polémico Mag. S. Kierkegaards “Johannes Climacus” og Dr. H. Martensens “Christelige Dogmatik”. En undersøgende Anmeldelse (1849) [“Johannes Climacus” de Magister S. Kierkegaard y “La dogmática cristiana” del Dr. H. Martensen. Una reseña indagatoria], en la que Martensen fue sometido a una crítica tajante. Lo mismo hizo Stilling con su Om den indbildte Forsoning af Tro og Viden med særligt Hensyn til Prof. Martensens “christelige Dogmatik.” Kritisk-polemisk Afhandling, (1850) [Sobre la reconciliación imaginaria entre fe y conocimiento con especial referencia a “La dogmática cristiana” del Prof. Martensen. Ensayo crítico polémico]. A partir de ese momento se produjo un extenso debate. Con esos escritos y otros, Nielsen y Stilling habían formado un frente contra Martensen y sus seguidores. La réplica de Martensen fueron sus Dogmatiske Oplysninger. Et Leilighedsskrift (1850) [Informaciones dogmáticas. Un escrito de ocasión], en el que, sin nombrar a Kierkegaard, dice: “mi conocimiento de esta profusa literatura es, como dije, paupérrimo y fragmentario, lo que se debe, entre otras cosas, a que soy menos receptivo, tanto debido al curso de mis estudios como de mi orientación espiritual individual, hacia una presentación experimental de las verdades más elevadas, y busco ante todo mi instrucción concerniente a estas verdades en escritores tales que utilicen la comunicación directa”. Eran comentarios despectivos como este los que, según Martensen, habían vuelto loco a Søren Kierkegaard. En una carta a su amigo Ludvig Gude dice: “Sí, si tuviera que sobrevenir una disputa con Kd [Kierkegaard], incluso es posible que en algunos puntos deba recurrirse a las Dogmatiske Oplysninger. Sin embargo, estas son, en efecto, las que han quemado a Kd y sus repercusiones acicatean con la última explosión” (Véase Biskop H. Martensens Breve. Breve til L. Gude). Nielsen respondió el escrito de Martensen en Dr. H. Martensens dogmatiske Oplysninger belyste (1850) [Informaciones dogmáticas de H. Martensen aclaradas] y Stilling cerró el caso con Er Religionsforskerens Forhold til den saakaldte Aabenbaring det samme som Naturforskerens Forhold til Naturen? (1853) [¿Es la relación del investigador de la religión con la así llamada Revelación lo mismo que la relación del naturalista con la naturaleza?], pero el propio Søren Kierkegaard nunca publicó una respuesta.↩︎

  12. Posible alusión a Marcus Junius Brutus (85–42 a. C.), que participó en la conspiración para asesinar a Julio César, hecho que tuvo lugar en los idus de marzo (15 de marzo 44), y que, según la representación en la tragedia Julio César de Shakespeare, Bruto debió sacrificar a sus propios hijos por violar la ley que él mismo había introducido (cfr. SKS 4: 152 / TT: 147).↩︎

  13. Alude a Guillermo I, Príncipe de Orange (1533-1584), héroe de la libertad holandesa, conocido como Guillermo el Silencioso.↩︎

  14. Por medio de ese asterisco, Kierkegaard remite a un fragmento de su obra Ejercitación del cristianismo, donde se presenta el juicio de los sabios sobre Jesús, en este caso el del político, y dice así: “Yo lo considero [al humillado Jesús] como un fenómeno, con el cual —y esto no se hace jamás con un fenómeno— es prudente no relacionarse, ya que es completamente imposible calificarlo o pronosticar la catástrofe de su vida.” (SKS 12: 62 / EC: 93).↩︎

  15. Se refiere al artículo de Rasmus Nielsen “En god Gjerning”, publicado en Fædrelandet, nro. 8, el 10 de enero de 1855, donde dice que se puede hacer un uso más suave del lenguaje en lo que respecta al testimonio de la verdad.↩︎

  16. Martensen, nacido el 19 de agosto de 1808, tenía 45 años cuando fue nombrado obispo en 1854. Era muy joven si se compara con Mynster, que lo fue en 1834, a los 58 años.↩︎

  17. Referencia al Christiania-Posten, de Noruega, que traía, en forma regular, actas de las disputas de la iglesia. Desde febrero a mayo de 1855, se sucedieron distintos artículos de Martensen, Kierkegaard, Paludan-Müller y, algunos de ellos, ataques directos y anónimos contra Kierkegaard, el primero de los cuales fue reimpreso por el diario Flyveposten de Copenhague el 15 de marzo de ese año.↩︎

  18. Varios pastores hablaron contra Kierkegaard desde el púlpito, pero el que despertó especial atención fue cuando Grundtvig el 1ro. de abril de 1855 se volvió contra Kierkegaard. Sobre esto, el obispo Martensen escribe en una carta a Ludvig Gude, fechada el 2 de abril de 1855: “Ayer, Grundtvig pronunció un sermón completo contra S. Kierkegaard, a quien incluyó bajo la categoría de ‘los burladores’, que nosotros, que somos servidores de Cristo, debemos vivir en la más negra pobreza, etc. ‘Los burladores’ deben decir también del sepelio del Señor que era ‘demasiado costoso para un testigo de la verdad’. Los burladores exigen que debemos predicar nosotros mismos fuera del mundo y azotar a los incrédulos para destacarse con odio manifiesto, etc. Utilizó el relato de la mujer que ungió al Señor. Tanto mi esposa como Paulli, que escucharon por casualidad este sermón, estaban sumamente satisfechos. En efecto, no pude menos que regocijarme al saber esto, pues ahora está claro cómo toda la orientación de Grundtvig se sitúa frente a Kierkegaard, lo cual no estaba del todo claro al principio.” [Cfr. Biskop H. Martensens Breve. Breve til L. Gude, bd. 1, s. 142f. (Cartas del obispo H. Martensen. Carta a L. Gude, volumen 1, pág. 142 y sig.)]↩︎