Resumen: El concepto de amor ocupa un lugar central en la obra del pensador danés Søren Kierkegaard. El tratamiento existencial de este concepto por parte de él nos indica las posibilidades que se abren en su relación con la muerte y las relaciones entre los que amamos, el duelo que aparece ante la pérdida de estos y la vida que queda sobre la tierra ya sin esos seres queridos. Llamamos amor malogrado a todas esas relaciones mediadas por aspectos inauténticos, es decir, mediadas por el interés particular que anula la individualidad y la existencia de los otros como seres dignos de una subjetividad que rechaza ser afirmada simplemente como objeto, como cosa. Aunque parezca extraño, cierto tiente materialista puede acompañar las consideraciones de Kierkegaard sobre el amor y la muerte, este trabajo trata de mostrar esta relación.
Palabras clave: Kierkegaard, amor, muerte, otros
Abstract: The concept of love occupies a central place in the work of the Danish thinker Søren Kierkegaard. The existential treatment of this concept by him indicates us the possibilities that open up in his relationship with death and the relationships between those we love, the mourning that appears before the loss of these and the life that remains on earth no longer. those loved ones. We call failed love to all those relationships mediated by inauthentic aspects, that is, mediated by the particular interest that annuls the individuality and the existence of others as beings worthy of a subjectivity that refuses to be affirmed simply as an object, as a thing. Although it seems strange, a certain materialistic tendency can accompany Kierkegaard's considerations on love and death, this work tries to show this relationship.
Keywords: Kierkegaard, love, death, others
Datos del autor:
Leandro Sánchez Marín
Egresado de la carrera de Filosofía de la Universidad de Antioquia, Colombia.
Docente del Instituto de Filosofía de la Universidad de Antioquia.
Miembro del Grupo de Filosofía Política de la Universidad de Antioquia.
En memoria de Jairo Escobar Moncada.
Amigo y maestro.
Se puede exhalar el grito que niega que la amistad cesa de vivir. No se puede decir la muerte advenida sin herir aún. Renuncio a ello, habiéndolo intentado, para, a pesar mío llevar más allá mi homenaje. Me acojo no obstante al recuerdo de lo que sentí del hombre en un momento para él de amarga paciencia.
―Jacques Lacan.
Este trabajo se propone reconstruir el pasaje del texto Las obras del amor de Søren Kierkegaard donde éste hace una deliberación sobre el lugar de los muertos en la vida de los vivos: “La obra del amor que consiste en recordar a un difunto”. Junto con esta reconstrucción se hará una interpretación materialista de la argumentación del autor danés, que no resulta forzada si nos detenemos en el pasaje mencionado y advertimos su tinte también materialista. Esta reconstrucción e interpretación, se enfocará en mostrar la estrecha relación que existe entre la vida y la muerte en función de abrir las posibilidades de una existencia emancipada de las formas envilecidas en que se configura la sociedad moderna: el interés particular, el egoísmo extremo y otras formas dañinas en que se manifiesta el amor y que desdicen de los vínculos humanos logrados entre los vivos y también con el recuerdo que tenemos de nuestros muertos. Además, lo que aquí se llamará amor autentico, será la condición para esta emancipación, no haremos un concepto de esta noción, pues estamos convencidos de que su potencial crítico se perdería si tratamos de llenarlo de contenido. Al respecto sólo comentaremos los tres rasgos que, según Kierkegaard, debe tener todo amor auténtico. Estos tres rasgos guardan una fuerte contraposición contra todas las formas que lo detienen en su realización. Así pues, el lente crítico de Kierkegaard nos servirá para elaborar una crítica de la relación amorosa en el contexto de sociedades como la nuestra donde todavía el amor autentico no se manifiesta como configuración existencial de los seres humanos.
La vida del hombre es miserablemente corta.
―Blaise Pascal.
La muerte es una situación de la cual todos tendrían algo por decir. El único que quizás no puede decir algo sobre ella es el que fallece. Que todos los muertos fueron buenos en vida es la consigna reiterada del sentido común frente al advenimiento de un deceso humano, el muerto siempre fue amigo de todos, contó con características excepcionales en vida y nunca ofendió a nadie, etc. Lo único seguro de todo esto es que “cuando nos afligimos, el muerto parece estar, en cierto sentido, en todas partes: el mundo nos proporciona una corriente interminable de recordatorios de la persona que hemos perdido”1. El cese de signos vitales no es sólo el fin de la presencia de un ser sobre la Tierra, no representa simplemente el frío cadáver que queda después del evento mortal, también tiene que ver con aquellos que se quedan a vivir sin esa persona que ahora no verán más con vida: “La muerte de alguien que nos importa constituye una ruptura brutal con nuestro pasado”2. El recuerdo de los difuntos, de los difuntos significativos para uno, es un ejercicio doloroso, a veces amargo, pero siempre necesario. Para Søren Kierkegaard recordar a un difunto es la manifestación del amor “más desinteresado, más libre y más fiel de todas”3. En este ejercicio no hay ninguna pretensión de retribución, el muerto no devuelve nada al vivo, no puede hacerlo porque está muerto, su condición de cadáver le impide siquiera sonreír en señal de aprobación o fruncir el ceño como signo de molestia. La exigencia de recordar a un difunto nos pone de cara al cuestionamiento de nuestra actitud frente a los vivos, no sólo porque nos hace pensar inmediatamente que ellos también pueden cesar de ser, que son mortales, sino también porque dice mucho de la forma en cómo amamos y lo que eso significa para nosotros como condición humana vinculante con los otros seres que hacen parte del mundo. La pretensión de Kierkegaard está en función de esto último porque para él la muerte funge como una situación que hace que nos encarguemos, por contraste, de la vida y de las formas que adquiere nuestra existencia en el mundo de los vivos. Que la muerte sea este fenómeno difícil de entender, a veces confuso y algo perturbador, nos informa de lo complejo que es el mundo humano, que la muerte sea una cuestión que se espera, inevitable, ineludible y azarosa, puede definir su aceptación como algo natural, pero, como dice Mefistófeles en el Fausto, “La muerte sin embargo no es nunca para el hombre bienvenida”4.
En Las obras del amor existe un apartado muy especial. Este apartado es el único de todo el libro que abiertamente da cuenta de los rasgos más materialistas del pensamiento de Kierkegaard5. Allí, la reflexión sobre la muerte y sobre el recuerdo de los seres queridos que ya no están con vida es el motor para cualificar el amor que es el motivo central de la construcción de semejante obra. Este último concepto es uno de los aspectos centrales del pensamiento de Kierkegaard en general y, particularmente, encuentra, en su enfrentamiento con ciertas formas de inmediatez, un punto de partida que se cualifica todo el tiempo en función de explorar tenazmente la dimensión moral de los seres humanos:
Aunque el tema del amor aparezca constantemente en la obra de Kierkegaard, formulado de modos diversos, siempre está sujeto a la misma lógica conceptual. El amor puede ser pensado como deseo, decisión o deber. No obstante, jamás adquiere sentido pleno si no es a partir de la superación del deseo inmediato, que se lleva a cabo cuando la conciencia es capaz de advertir la necesidad de que el amor devenga objeto de la obligación moral6.
En este contexto, la escogencia de la muerte como situación límite está justificada por el danés en la medida en que ella “es el arquetipo más conciso de la vida, o bien [porque] la vida es restituida a su más concisa figura en la muerte”7. La muerte como reflejo de la vida es importante porque constituye una de las crisis existenciales más álgidas de los seres humanos. La pregunta por la infinitud y la respuesta que dice que ella no se logra para los seres humanos en este mundo, es uno de los primeros fundamentos sobre los cuales se empieza a delinear la relevancia de asumirnos como seres mortales.
La condición de la muerte es un factor vinculante entre los seres humanos ya que da cuenta de las diferencias sobre las cuales todo sujeto quiere fundar su individualidad. Es decir, en la revelación de la muerte como un estado que se comparte con los demás, así aún no se haya consumado, surge, de rebote, la posibilidad de fijarnos en nuestra conducta dentro del propio desarrollo vital. En este sentido, de las dos vías que establece Patricia Dip como posibles interpretaciones de asunto del amor a los muertos, la segunda podría servir para explicar este rebote que genera una preocupación relevante por las formas del amor entre los vivos. El postulado de Dip es el siguiente: “O bien el amor a los muertos se presenta como el ideal paradigmático de amor, o bien se trata de un método de prueba para evaluar el amor de los vivos”8. Que el fenómeno de la muerte de otros, abra de manera decisiva la posibilidad de considerar crítica y moralmente la forma del amor entre los vivos, ciertamente se constituye como una de las exigencias más elevadas para los seres humanos. Amar no es fácil, establecer como amor algo falso parece sencillo y, sin embargo, el amor sigue estando a prueba una y otra vez, frente a todos los escenarios de las relaciones que implican la complejidad de la condición humana. Así, la muerte se hace importante de nuevo entonces porque señala que
aunque todos los seres humanos son consanguíneos, es decir, de una misma sangre, este parentesco de la vida es negado con mayor frecuencia en la vida; en cambio, que todos sean de un mismo humus, este parentesco de la muerte, es algo que no se puede negar9.
Kierkegaard aprovecha este parentesco para instalarnos en el ejercicio del recuerdo de los difuntos y abre así la posibilidad de asumir esta tarea como un deber de amar en la tierra a los vivos: “ve una vez más con los muertos, para ahí tener en el punto de mira a la vida”10.
Si este escenario es el lugar donde se puede apreciar con mayor claridad las relaciones vitales de los seres humanos, entonces Kierkegaard tiene razón cuando insiste en la necesidad de recordar a los difuntos para cuestionar la forma de vida que lleva cada uno como ser mundano. No se trata de arrojar una enseñanza ni de guiar la acción, no se trata de sugerir de manera absoluta qué hacer, solamente se pretende cuestionar, comparar y, a partir de ello, desarrollar un ejercicio vital que tenga en cuenta la construcción de la subjetividad en consideración con los demás. El ser humano no habita el mundo en soledad, el ser humano es sí mismo y la especie, por ello la exigencia de tener en cuenta a los demás a la hora de decidir sobre nuestros actos en el mundo. Pero de ninguna manera esto está en función de determinar nuestras acciones a conveniencia del conjunto social y en detrimento del individuo, no obstante, el amor como noción vinculante se esfuerza por dejar de lado el egoísmo y fundar la confianza en un otro que le permita construir una relación amorosa autentica, no la copia de ella en las formas mundanas que la ideología nos presenta como amor verdadero.
La relación entre dos seres humanos siempre esta mediada por lo que uno piensa del otro, por sus biografías, por sus errores, por sus virtudes, etc. Así, siempre hay condicionamientos que no permiten dejar ver con claridad la forma en que se ama. Por ello, la relación con un difunto desnuda esta forma, ya que un difunto está presente pero no en vida, no puede responder, no puede mirar al otro, su demanda sólo puede ser una demanda de atención precisamente porque es un muerto, pero no puede levantase de la tumba y hablar con nosotros nuevamente en la sala de la casa, acompañarnos de paseo o discutir sobre cuestiones fundamentales de la vida. Por ello:
No hay ninguna relación en la que uno esté como si dijéramos tan solo que cuando se las ha con un muerto, ya que un muerto no es ninguna realidad; desde luego, nadie, absolutamente nadie, puede “anonadarse” como un muerto, puesto que un muerto es “nada”11.
En esta relación con los difuntos que enfrenta a los vivos consigo mismos, se lleva a cabo la observación más transparente de su acción. La primera característica de esta relación que aparece aquí es que el amor que se expresa hacia los muertos no está mediado por los intereses mundanos, no hay allí un deseo de ser alabado por sus acciones puesto que se está en frente de un difunto que fue querido en vida y por ello este vínculo que se tiene con él en el recuerdo no está adherido a ninguna exigencia de corte social que traiga consigo algún tipo de vanidad. Lo que no quiere decir que la pregunta por la muerte del otro, relacionada con el amor, no permita plantear cierta autorreferencialidad en la medida de la preocupación por el amor de uno mismo:
La relación con alguien fallecido es, en cierto sentido, una relación con uno mismo, recordar a alguien fallecido es una prueba de lo más profundo de uno, una prueba del amor de uno, de la medida en que es libre, inmutable y fiel12.
La agudeza de Kierkegaard nos instala así en una instancia donde no puede surgir el interés particular, en términos de un egotismo excluyente, y donde la observación de la relación del vivo con sus muertos nos dice muchas cosas respecto de la forma en que éste se relaciona con los vivos, pues: “un difunto es indudablemente un hombre pícaro, que se ha situado por completo al margen y no tiene la menor influencia, ni perturbadora ni favorecedora, sobre el vivo que mantiene relaciones con él”13 pero que, sin embargo, entraña la vinculación más auténtica de un ser humano con alguien que ha sido importante para él. Por este motivo no deja de ser extraño que Kierkegaard considere que no hay ninguna influencia del difunto en esta relación, pues claramente la actitud del vivo se muestra como transparente porque ello lo logra de cierta manera el difunto, pues él es “la ocasión que pone al descubierto constantemente lo que habita en el vivo que se relaciona con él, o la ocasión que ayuda a que se haga patente cómo es el vivo que no se relaciona con él”14 y “debido a que la persona fallecida no es real, porque está en silencio, ella brinda la oportunidad de descubrir el tipo de amor que reside en la vida”15.
No obstante, Kierkegaard tiene razón sobre la no influencia del difunto, pero en otro aspecto: cuando señala las motivaciones de la conducta humana en su lazo con los muertos que son motivo de recuerdo. Si alguien buscase una recompensa a partir de la relación con un difunto, encontraría vano este ejercicio, pues “el muerto no nos ofrece en ningún sentido recompensa alguna”16, antes bien, sólo deja al descubierto la forma en que el vivo ama y se relaciona ya no sólo con los muertos sino también con los vivos, si el recuerdo de un difunto es un ejercicio falaz, encubridor de vergüenzas y maquillaje de bondad, entonces quedará inmediatamente al descubierto, pues en la relación con nuestros difuntos tales pretensiones no tienen piso alguno que las pueda hacer perdurar. La vinculación con un difunto no soporta la falsedad, el recuerdo de un muerto querido blinda contra la impostura del amor. El recuerdo de los difuntos es el ejemplo de la forma de amor mejor lograda en el mundo, descubre las potencias de un ser humano a la hora de relacionarse con los demás. Por ello, “el difunto es aquel a quien hemos amado con un amor preferencial, pero que, al partir, al morir, se ha convertido en el motivo silencioso pero exigente de nuestro amor”17. Este motivo silencioso es la posibilidad del fortalecimiento y calidad de nuestra relación con los vivos, es la exigencia de amar al prójimo sin exigir nada a cambio.
Podrían aparecer otras formas del amor aparentemente desinteresadas. El amor de los padres hacia sus hijos es el caso que pone Kierkegaard para hacer una comparación. Es cierto que los padres se entregan a sus hijos de manera abnegada, que sus cuidados no están condicionados más que por el bienestar de sus hijos, pero esto no es del todo desinteresado. Esta forma de amar guarda en el fondo una pretensión de recompensa que se proyecta hacia un futuro donde los hijos puedan ofrecer algo a sus padres así sea en la simple forma de alegrar un poco su vejez. De ahí la importancia de insistir en que “el muerto no aporta ninguna recompensa”18, el vínculo que tenemos con él es absolutamente desinteresado, una forma transparente de amar, pues existe la certeza de que él no se volverá sobre nosotros ni siquiera para abrazarnos.
Porque un muerto no crece ni se desarrolla de cara al futuro, como sucede con el niño; lo único que hace un muerto es ser cada día más segura presa de la corrupción. Un muerto no alegra al que le recuerda como el niño alegra a la madre; no le alegra como el niño a ésta, cuando preguntándole a quién ama más, aquél responde: “¡A mamá!”19.
Así pues, el desinterés que se expresa en la relación con nuestros muertos marca la pauta de conducta amorosa hacia los demás. La exigencia radical de Kierkegaard nos enfrenta con esta debilidad que también es fortaleza. Debilidad porque desnuda nuestra acción y la deja ver despojada de toda opacidad y fortaleza porque muestra, a la misma vez, toda la potencia con la cual un ser humano puede construir vínculos amorosos. La preocupación de Kierkegaard está dada por la forma malograda en la cual el amor mundano sustituye al amor auténtico. Las relaciones mundanas no saben construir este vínculo, se configuran de manera egoísta y reproducen una hostilidad brutal a la que etiquetan muchas veces con el nombre de amor. Por ello, la obra del amor que se manifiesta en la relación con nuestros muertos es sin duda excepcional, no quiere decir ello que no pueda ser extendida a otro tipo de vínculos, por el contrario, esta es la exhortación del danés todo el tiempo, de ahí la insistencia por la realización del ser amoroso que se presupone como potencia de la especie humana.
Por eso, si los seres humanos estuvieran acostumbrados a amar de veras, desinteresadamente, recordarían sin duda a los difuntos de una manera muy distinta a como suelen hacerlo de ordinario, una vez que ha pasado el primer periodo de luto, con frecuencia muy corto, y en el que han dado muestras de amar a los muertos de una forma bastante desordenada con tantos gritos y alborotos20.
Lo anterior pone de manifiesto la dificultad que ve Kierkegaard en lo pasajero del amor hacia nuestros muertos. Como tendencia, él identifica aquella según la cual el amor al difunto sólo tiene fuerza en el momento inmediato en que ocurre el cese de la vida y en un corto tiempo después donde aún está fresca su imagen como vivo. Sin embargo, no deja de ser chocante que el danés trate de contraponer la costumbre de amar desinteresadamente a una forma desordenada y en medio del alboroto en que se recibe la noticia de la muerte de un ser querido. No estamos preparados para afrontar este hecho de acuerdo con la costumbre, pues no todos los días y a toda hora deja de acompañarnos aquél a quien tanto queremos y del cual tanto nos dolería su ausencia.
Otra característica de amor que se manifiesta en el vínculo con nuestros muertos es el de la libertad que se expresa en esta relación. La obra de amor que consiste en recordar a un difunto no está mediada por ninguna obligación. No hay ningún tipo de coacción que obligue a recordar y amar a nuestros muertos. Sucede en otro tipo de vínculos que siempre se está condicionado por factores externos que imponen la forma en que se debe amar y que no permiten mantener el amor como una manifestación desinteresada y libre. Si se tiene que cuidar de los hijos, si se tiene que amar a la pareja, entonces el amor que allí surge es un amor condenado a repetirse y a mantener una relación de dominio sobre el individuo y recordemos que para Kierkegaard “cuanto más fuerte es sea el motivo que a uno le hace violencia, tanto menos libre será el amor”21. El amor y la atención que se le ofrece a un difunto no está dado por ninguna obligación, el vivo no está empujado por ninguna circunstancia a vincularse con él. Su elección de recordarlo y amarlo no reflexiona sobre sus alcances ni sus motivos. Así como existe una demanda de atención en el niño lactante, mediante su llanto, así también ésta se encuentra ausente por parte del difunto:
El muerto no grita como hace el niño, ni se hace tener presente en la memoria como acostumbran los necesitados, ni implora una limosna como el mendigo, ni le obliga a uno con determinadas consideraciones, o mostrándole el espectáculo de la miseria, o asaltándole como hace la viuda con el juez…, no, el muerto se calla, no dice ni una sola palabra, está completamente tranquilo y sin moverse del sitio para nada; ¡ah, y probablemente tampoco sufra ningún mal! No hay nadie que menos importune a un vivo que un muerto, y tampoco hay nadie a quien un vivo pueda evitar con mayor facilidad como a un muerto22.
Como se puede ver, no hay nada que obligue a amar a un difunto de la manera en que sí podría suceder en otro tipo de relaciones. En palabras de Theodor Adorno, esta relación encierra implícitamente un potencial emancipatorio que cuestiona la dominación: “contra la sociedad capitalista, la relación con el muerto persevera en la idea de la libertad de las relaciones humanas respecto de toda finalidad”23, lo que indica que el vínculo con el difunto no tiene ningún propósito dado de antemano que condicione el vínculo mismo de acuerdo con alguna utilidad. El muerto no puede tomar parte en ningún asunto, no puede decidir, su acción en el mundo se ha cristalizado, pues “el muerto sólo existe para los otros”24, no tiene ya la posibilidad de determinar su vida, pues ya no la posee. Por ello, la forma en que se ama a un muerto no impone las condiciones de su desarrollo, no dice cómo hacerlo, no dice cuándo y no se propone nada más que amarlo incondicionalmente, “tampoco habrá ninguna autoridad que se entrometa en la cuestión de si recuerdas o no recuerdas a un determinado difunto, ya que semejante relación no es de la competencia de ninguna autoridad terrestre”25. Por ello, la relación con nuestros muertos debe ser modelo para una relación extensible a otras esferas de la vida. Esto queda condensado en la siguiente sugerencia: “la memoria amorosa tendrá que defender su libertad en recordar contra todo aquello que pretenda forzarle a uno a olvidar”26, pues el olvido es la primera alerta de la ausencia de confrontación con el mundo y con uno mismo en la gran batalla que es la vida.
Un tercera y última característica del amor vinculado a los muertos es la fidelidad. Kierkegaard nos sugiere que es común encontrar como un problema en las relaciones amorosas de los seres humanos la infidelidad. Casi siempre se deposita la responsabilidad del asunto en el otro. El cambio, que rompe con el para siempre del amor mundano, es el punto de partida de este conflicto. La inevitable transformación de los seres humanos a lo largo de su vida muestra lo ingenua que es la pretensión de construir una noción de amor que sea duradera en el tiempo siempre de la misma manera. El amor que trata de retener al otro en una postura invariable no es fidelidad, la fidelidad es dejarlo ser, reconocer que deviene y que esto no mina de ninguna manera la relación que éste tiene con los demás. Si una relación se vuelve caduca habrá que preguntarse por otros motivos, pues no se explica solamente por el carácter de una persona que ha faltado a su “fidelidad”.
La ideología de la fidelidad mina de entrada las posibilidades de una forma de amor vinculante y no dañina. Esta ideología consiste en confundir la fidelidad con la congelación del tiempo. En cuanto al difunto, éste hace que nuestra forma de relacionarnos con él sea fiel, pues no ponemos nuestra atención en su capacidad de cambio pues ya no la tiene más porque ha muerto. Un difunto es un difunto, no puede ser otra cosa, ha dejado de ser en el mundo como vida y eso hace de él un motivo especial para la manifestación del amor autentico:
A un muerto nunca le podrás decir que se ha ido haciendo viejo, y que ésa es la explicación de que tu conducta haya cambiado respecto de él; no, nunca podrás decírselo, ya que un muerto no envejece nunca. A un muerto tampoco le podrás decir que fue él quien con el decurso del tiempo se fue también enfriando; ya que el muerto sigue hoy tan frío como aquel día en que tú te sentías tan encendido27.
La relación entre el vivo y el muerto no comprende reglas, no se propone interferir de manera peligrosa en el desarrollo de la subjetividad, al contrario, si algo se pudiera llegar a decir sobre esta relación, y las implicaciones que de ella se derivan, es que señala la forma en que el amor ha encontrado todas las resistencias posibles gracias al aferramiento humano a la mundanidad. Las formas del amor de sí, del amor pasional y del amor de acuerdo a fines que podríamos llamar formas de amor instrumental son las formas que no puede adquirir la relación con nuestros difuntos. El vínculo con los difuntos no puede reventar la individualidad en tanto la cuestiona y a partir de allí exigir del sujeto formas no malogradas de amor; formas auténticas de relacionarse en el mundo con los demás. El arquetipo de la muerte es el que muestra con más claridad esta cuestión, pues cuenta con un lado de la relación que no cambia, “un muerto es, aunque no lo parezca, una personalidad vigorosa; posee la fortaleza de la inmutabilidad”28.
La pretensión de Kierkegaard con estas consideraciones sobre el amor y el recuerdo hacia los difuntos es eminentemente práctica. Es el modelo correcto de relacionarse auténticamente entre los seres humanos a través de un amor del mismo tipo. No obstante, no se trata de concebir a los demás como muertos, sino de elaborar una práctica que reconozca las potencialidades amorosas que hay en los demás en función de impedir un vínculo o ruptura a través de los prejuicios.
De esta manera, el guardar amorosamente memoria de los difuntos es la obra de amor más desinteresado, más libre y más fiel de todos. Decídete, pues, a ponerlo en práctica; recuerda así a algún muerto, y cabalmente con ello aprenderás a amar a los vivos con un amor desinteresado, libre y fiel. En la relación con un difunto tienes la pauta a que has de ajustarte29.
Ahora bien, que el modelo sea el de la relación con los muertos no desvía la atención del mundo de los vivos, como ya se ha dejado entrever líneas atrás. No hay una vida humana no dañina entre los vivos que no reconozca sus muertos como parte constitutiva de lo que está siendo. La construcción de la vida sobre la Tierra no puede olvidar a sus muertos, reconocerlos, reivindicarlos, recordarlos y amarlos como muertos es un deber que posibilitaría el cese de la hostilidad mundana. Como se ve en lo que sigue, Kierkegaard tiene muy claro que las dimensiones de la vida y la muerte están reunidas en una estrecha relación: “la deliberación [la de recordar a los muertos] nos dice que hay dos dimensiones: el valor de hacer la buena acción como tal (para honrar a los muertos) y el valor de aprender de ella algo sobre cómo amar a los vivos”30.
A la reflexión de Kierkegaard sobre los difuntos agregamos el siguiente motivo que va en una línea materialista del asunto. Mientras el mundo siga produciendo la muerte de manera indiscriminada, mientras ésta siga siendo un producto social a través del ejercicio violento del poder y mediante el empuje excesivo hacia la miseria, nuestros muertos tendrán que ser tenidos en cuenta como alarma de lo que ha pasado y sobre lo cual no hemos dejado de construir en medio de la violencia y la muerte, pues:
no aquéllos que mueren, sino aquéllos que mueren antes de lo que deben y quieren morir, aquéllos que mueren en agonía y dolor, son la gran acusación. También testimonian contra la culpa irredimible de la humanidad. Su muerte despierta la dolorosa conciencia de que fue innecesaria, de que pudo ser de otro modo31.
La acusación y señalamiento de un mundo que igual que el que vio Kierkegaard rasga a los seres humanos mediante su propia acción, es quizá el elemento más crítico de todo este análisis sobre la muerte y la forma en que nos relacionamos con ella. El capitalismo como configuración moderna de un modelo humano despreciable, es el enemigo más grande y peligroso de nuestros días. Mientras siga existiendo, las posibilidades del amor auténtico en este mundo estarán bloqueadas, pues los vivos seguirán en la cornisa del menoscabo que este sistema produce y “tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo, si éste vence. Y este enemigo no ha cesado de vencer”32.
Hemos llegado a un punto fundamental de la mano de Kierkegaard, las relaciones humanas en nuestro tiempo siguen impidiendo la realización de manifestaciones amorosas que no estén contaminadas de una actitud egoísta y particularista. En los rasgos del amor auténtico (desinterés, libertad y fidelidad) podemos ver que Kierkegaard insiste en las formas opuestas en que se han desarrollado estas condiciones. El vínculo con los muertos sirve de modelo para ilustrar gérmenes de un vínculo amoroso que rechace los prejuicios y las excusas como formas de endilgar a otros las tareas que debemos asumir para vencer una tiranía ideológica del amor que se nos impone y que cobra cada vez más fuerza mientras dejamos que este problema siga su curso sin despeinarnos. La exigencia de Kierkegaard, la práctica que pretende derivar de esta deliberación sobre el amor a los muertos, es un principio que deja entrever el potencial humano que, como especie, guarda en sí las posibilidades del amor y su realización tanto entre vivos como entre vivos y muertos, pues el hilo que nos ata con lo que hemos sido necesariamente incluye a nuestros muertos como condición para el desarrollo de nuestro presente.
Stokes, P. “Duties to the Dead? Earnest Imagination and Remembrance” en Kierkegaard and Death. Bloomington, Indiana University Press, 2011, p. 264.↩︎
Beauvoir, S. La vejez, trad. Aurora Bernárdez, Bogotá, Random House Mondadori, 2013, p. 454.↩︎
SKS 9: 351 / OA II: 243.↩︎
Goethe, J.W. Fausto I, trad. Manuel Matta, Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, 2003, p. 119.↩︎
Respecto del carácter materialista de Kierkegaard, Patricia Dip sugiere que no es preciso plantear una tendencia materialista, social o política, del pensamiento del autor danés. Para ella, en contraste con otros autores contemporáneos a él, Kierkegaard es continuador de un modelo del pensamiento espiritual fundamentado en el hegelianismo: “Mientras Feuerbach inicia con dificultad el camino del materialismo sensualista que luego transitará Marx en la formulación de su materialismo histórico, Kierkegaard sigue preocupado por las transformaciones del ‘espíritu’, siendo en este punto, continuador de la filosofía del ‘espíritu’ de Hegel”. Dip, P. Teoría y praxis en Las obras del amor. Un recorrido por la erótica kierkegaardiana, Buenos Aires, Editorial Gorla, 2010, p. 13. No obstante, también podríamos decir que las tendencias materialistas de Feuerbach y Marx son una “continuación” del pensamiento hegeliano a través de ciertas superaciones dialécticas, por ejemplo, del concepto de libertad y razón. De la misma manera, no resulta descabellado insistir, como es mi propósito, en una tendencia materialista del pensamiento kierkegaardiano, incluso teniendo en cuenta las idas y vueltas de Kierkegaard respecto de Hegel, a quien a veces critica con dureza igual que lo han hecho Feuerbach y Marx.↩︎
Dip, P. op. cit., 2010, p. 13.↩︎
Ibid., p. 413.↩︎
Dip, P. op. cit., 2010, p. 140.↩︎
Ibid.↩︎
Ibid.↩︎
SKS 9: 341 / OA II: 226 – 227.↩︎
Søltoft, P. “The Presence of the Absent Neighbor in Works of Love” en Kierkegaard Studies Yearbook, 1998, p. 125.↩︎
Ibid., p. 416.↩︎
Ibid.↩︎
Llevadot, L. “Kierkegaard, Levinas, Derrida: The Death of the Other” en Kierkegaard and Death. Bloomington: Indiana University Press, 2011, p. 214.↩︎
SKS 9: 343 / OA II: 229.↩︎
Llevadot, L. Op. cit., 2011, p. 214.↩︎
SKS 9: 344 / OA II: 230.↩︎
SKS 9: 344 / OA II: 231.↩︎
SKS 9: 345 / OA II: 232.↩︎
SKS 9: 345 / OA II: 233.↩︎
SKS 9: 345 – 346 / OA II: 233 – 234.↩︎
Adorno, T. Kierkegaard. Construcción de lo estético, trad. Joaquín Chamorro, Madrid, Ediciones Akal, 2006, p. 210.↩︎
Sartre, J-P. “Retrato del aventurero” en Problemas del marxismo 1, trad. Josefina Martínez, Buenos Aires, Editorial Losada, 1965, p. 11.↩︎
SKS 9: 346 / OA II: 234.↩︎
SKS 9: 347 / OA II: 237.↩︎
SKS 9: 350 / OA II: 241.↩︎
SKS 9: 350 / OA II: 241.↩︎
SKS 9: 351 / OA II: 243.↩︎
Ferreira, J. Love’s Grateful Striving. A Commentary on Kierkegaard’s Works of Love, Oxford, Oxford University Press, 2001, p. 209.↩︎
Marcuse, H. Eros y civilización, trad. Juan García, Barcelona, Editorial Planeta de Agostini, 1968, pp. 213-214.↩︎
Benjamin, W. Tesis sobre la historia y otros fragmentos, trad. Bolívar Echeverría, Bogotá, Ediciones desde abajo, 2010, p. 22.↩︎