Resumen: Aquí se intenta ver el celibato bajo una luz contemporánea, más allá de connotaciones religiosas o laicas, puesto que ello es posibilitado por las propias vida y obra de Kierkegaard, las cuales permiten desplazar el concepto del celibato al territorio puramente existencial. En la decisión del danés de permanecer soltero cabría la conjetura de que ésta comportaba ya la de elegirse a sí mismo, de transformarse a sí mismo, en definitiva, en un poeta religioso.
Palabras clave: Kierkegaard, celibato, matrimonio, amor
Abstract:
Here we try to see celibacy in a contemporary light, beyond religious or secular connotations, since this is made possible by Kierkegaard’s own life and work, which allow us to shift the concept of celibacy to the purely existential territory. In the Dane’s decision to remain unmarried, one might assume that this already involved choosing himself, transforming himself, ultimately, into a religious poet.
Keywords: Kierkegaard, celibacy, marriage, love
Datos autor:
Elsa Elia Torres Garza
Licenciada, maestra y doctora en Filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)
Docente de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.
Ha publicado recientemente el libro: La dramaturgia filosófica de Kierkegaard y su influencia en el drama moderno.
Miembro del Consejo Asesor de la revista Estudios Kierkegaardeanos
Me he planteado la difícil tarea de tratar el celibato moderno de manera desacostumbrada, quizá sacrílega para algunos. Como sabemos celibato proviene del latín caelebs, caelibibis, el estado de soltero y, por lo general ha tenido siempre una connotación religiosa acompañada de la abstención del deseo carnal, o sea la observancia de la castidad. Llámense eunucos, anacoretas, sacerdotes o monjes, su ser célibes les viene de ser castos.
Sin embargo, la intención de ver el celibato bajo una luz contemporánea, más allá de connotaciones religiosas o laicas, es posibilitada por las propias vida y obra de Kierkegaard, las cuales nos permiten desplazar el concepto del celibato al territorio puramente existencial.
El que la ruptura del noviazgo (entiéndase compromiso matrimonial), de Søren con Regina Olsen sea un tema multirreferenciado, esto no radica sólo en el peso social e íntimo que esta disolución significó para el filósofo, sino porque marcó una decisión fundamental para la consecución de una tarea inaplazable y que consistiría en continuar, a fuerza de cincel, una escritura extensa y acuciosa, radicalmente crítica y desafiante de la Cristiandad, abrazando una religiosidad patética en su sentido más puro, es decir, tocada definitivamente por el pathos y, sin embargo, de difícil aplicación en la praxis. Peter Vardy, dice que Kierkegaard buscaba “volver a introducir el cristianismo en la Cristiandad”1, tarea que sin exagerar fue tan mortalmente difícil como extraordinaria. Sin embargo Kierkegaard asumía una actitud modesta frente a ésta: “Muy sencillo: yo quiero sinceridad. No soy el rigor cristiano frente a una dulzura cristiana corriente. Soy la sinceridad humana” –decía2.
Mas esta decisión de la ruptura fue sin embargo tremendamente angustiosa para Kierkegaard (sus Diarios de 1841-1842 son espejos fieles), no estuvo exento de rozar el amor pecaminoso de quitarse la vida, pero comprendió que “la habría perjudicado, […] desencadenando un huracán en su cabeza”. Incluso se interpela a sí mismo diciéndose: “Debes saber que consideras tu dicha haber amado únicamente a ella y que pones tu honor en no amar a ninguna otra mujer”3. Y el devenir posterior de su vida demuestra que este voto fue cumplido. Por supuesto en las razones de Kierkegaard de deponer el matrimonio no había una postura adversa a éste, sino por el contrario lo apreciaba en su valor de compromiso y pacto ético. Los escritos del autor B de O lo uno o lo otro, en un texto intitulado “La validez estética del matrimonio”, que no puede ser más que de la autoría del Juez Wilheim, se revela éste como un amante de las alturas espirituales en el ámbito ético.
Esto quiere decir que Wilheim está convencido que la estética se encuentra al servicio de la ética y no al revés, el matrimonio puede arrojar las mieles maduras del amor. Por medio del recurso epistolar el juez interpela al autor A (de modo especial a Juan el seductor) de la primera parte de O lo uno o lo otro señalándole que “todo cuanto hubo de bello en el erotismo pagano tiene su validez en el cristianismo en la medida en que puede ponérselo en relación con el matrimonio”4. Esta valoración define los límites entre estética, ética y erótica en lo que señala como una situación vital, constantemente rejuvenecedora, en clara oposición a las maneras del seductor que como un bandido roba la felicidad ajena, guardándola como una sombra en el bolsillo “como el larguirucho de Schlemil” (personaje de El hombre que vendió su sombra, de Adalberto von Chamisso)5, según aduce el autor de la carta. Y entonces B refiere el voto matrimonial por su valor interior: “Hay en el matrimonio una infinitud interior mayor aún que la del primer amor, pues la infinitud interior del matrimonio es una vida eterna”6.
Una prueba de que los estadios de la existencia estética, ética y religiosa no son compartimentos estancos, radica en que éstos se actualizan en una dinámica constante intercambiando potencias. Kierkegaard muestra en todo momento la honestidad de ese tránsito y ese intercambio que según cada estadio será vislumbrado de manera fructífera desde otros ángulos. No se piense que en la dialéctica de los estadios se suprima alguno de éstos. Se va saltando de uno a otro estadio a golpe de elección y aunque no hay retroceso sí hay avance hacia una eclosión superior del yo. Tomadas de prestado las palabras de Karl Jaspers. “Kierkegaard se niega a entregarse a ninguna de esas figuras […] quiere tan solo una cosa: que el hombre acceda a la seriedad”7.
Volviendo a la decisión de Kierkegaard de permanecer soltero cabría la conjetura de que esta decisión comportaba ya la de elegirse a sí mismo, de transformarse a sí mismo, como parece indicarlo el momento de su ruptura, puesto que él ya tenía un proyecto entre manos: el oficio de escritor ya se había tornado “en el más adocenado de todos”8. Pero por encima de todo la melancolía que lo separaba de ella, fuera asimismo el pivote que lo lanzara a un decisivo autodescubrimiento. Melancolía que hubo de disfrazar de frivolidad para abrirle el camino a Regina, tratando de evitarle lo más posible la pena del desconcierto de una ruptura dolorosa.
La decisión de Kierkegaard de optar por la soltería no respondía únicamente al vivir fuera de la pareja, sino en asumir la soledad. El vivir solos es una forma de enfrentarse a la muerte, mas en Kierkegaard, en una estrategia muy hábil de comunicación (recordemos al maestre de los hermanos cosepultos, muertos en vida y también a Anticlimacus), la muerte es también una asunción: para bien morir es necesario dejar atrás la desesperación. Kierkegaard lo sabía desde un principio. Y, por supuesto pudo mirar, desde un humor desafiante, el acto de una interioridad básicamente vitalista.
El estado de la soltería permite una relación de fidelidad prismática con lo que se es uno mismo. Por supuesto se requiere de una importante dosis de honestidad, aunque existan fisuras en el ideal de perfección. Siguiendo a Jaspers Kierkegaard es el paradigma de la honestidad. La sinceridad del danés no tiene dobleces, la fuerza de su comunicación (indirecta o bien directa) se tornó en táctica para ejercer una pugna y una tribuna desde la cual tener un intercambio las más de las veces álgido con sus contemporáneos y con la Iglesia. Al mismo tiempo la soledad estaba preñada de un sentimiento de esoterismo místico, pues aunque la experiencia religiosa no podía advertirse ni con “unos gemelos para el teatro”, al decir del Hermano Taciturno, su tarea estaba impregnada de poesía religiosa. La soledad le abriría el paso a la bienaventuranza.
Su soledad escaparía de las atmósferas románticas que impregnaban su siglo. No obstante, su soledad y su celibato llegan hasta nuestros días sin la impronta de los románticos que los define en su tiempo, poniéndonos en cambio frente a él como uno de nuestros contemporáneos, al igual que otros célibes solitarios como Proust y Kafka, cuya obra palpita mostrando diferentes reflejos de la soledad y la soltería actuales. Para Proust la soledad de la soltería significó un matrimonio definitivamente entregado a la obra artística. Se desposó con el arte. Kafka, al igual que Kierkegaard, decidió terminar con sus relaciones para dedicarse a una obra que equivaldría a un testimonio del desarraigo humano, y del horror y el absurdo del ámbito de lo General, de la legalidad jurídica y ética. La soledad de Kafka, intransferible como todas, refleja la perplejidad del ser humano frente a fuerzas que desconoce y padece sordamente. No estamos a salvo de ello ninguno de nosotros, la metamorfosis de Gregorio Samsa está aquí, frente a nuestros ojos. La monstruosidad es sólo humana.
El celibato moderno es la asunción de la soledad sin tanto sufrimiento, es la adopción de un estilo de vida no necesariamente en oposición al matrimonio, sino una decisión que desmiente el viejo prejuicio de que una persona sólo se realiza en pareja. La base está en el poder de elección, en la libertad. El amor no sufre deterioro o pérdida. Las formas de relación se diversifican y se enriquecen de otra manera. Las ventajas de la soltería no son menores al celibato tradicional que implicaba la renuncia al placer sexual.
Debemos aceptar que la soltería de Kierkegaard habría de decantarse más hacia una asunción de la soledad que a una adopción expresamente célibe. Cuando Kierkegaard aborda el prolegómeno entre el apóstol o el genio se inclina no por el apóstol sino por el genio. Él está fuera de las exigencias del pastor, emite discursos edificantes volcado en los pasajes evangélicos y en sus actores pero fuera del cabildo. Se ha parado fuera de la teología racional y de la dialéctica hegeliana. Se halla solo y en medio de sus crisis. Su carácter excepcional radica en decir “las verdades del barquero”, que son enseñas, charadas, nunca una interpretación cerrada, él mismo dice fungir como “una boya marina, de la que nos servimos para orientarnos, pero que evitamos al pasar”9.
Si dejamos de lado aquellos rasgos tóxicos de algunos solitarios: cierta misantropía, la impotencia de relacionarse en pareja, o la simple existencia sombría y depresiva. La soledad y el silencio que la acompaña permite el amor de sí y el amor al Otro, en su radical sentido de alteridad. Kierkegaard le dio complexión a todo ello sin necesidad de dormir en el duro suelo, llevar un cilicio y quererse un santo.
Vardy, Peter, Kierkegaard, trad. Maite Solana, Barcelona, Herder, 1997, p. 129.↩︎
Cit. en Jaspers, Karl, “Kierkegaard hoy”, en J.-P Sartre et al., Kierkegaard vivo. Una reconsideración, Madrid, Encuentro Ed., 2005, p. 52.↩︎
SKS 19: 229 / DI: 94.↩︎
SKS 3: 20 / OO II: 19.↩︎
SKS 3: 20 / OO II: 20.↩︎
SKS 3: 66 / OO II: 62.↩︎
Cfr. Jaspers, Karl, op. cit., p. 51.↩︎
Cfr. SKS 18: 170 / DI: 111.↩︎
Cit. en Jaspers, Karl, op. cit., p. 52.↩︎