Kierkegaard. El fin del idealismo filosófico

Walter Benjamin

Presentación

Benjamin, Walter, Gesammelte Schriften III, Herausgegeben von Hella Tiedemann-Bartels, Frankfurt am Main., Suhrkamp, 1991, pp. 380-383. Recención de Benjamin a: Theodor Wiesengrund-Adorno. Kierkegaard. Konstruktion des Ästhetischen. Tübingen: Verlag von J. C. B. Mohr (Paul Siebeck) 1933. 166 S. (Beiträge zur Philosophie und ihrer Geschichte. 2.). Las citas de los pasajes del libro de Adorno se han traducido según las cita Benjamin. Sin embargo, en nota al pie se indican la referencia a la siguiente edición en castellano: Adorno, Theodor, Kierkegaard. Construcción de lo estético, Madrid, Akal, 2006.

El último intento de asumir o continuar de manera ininterrumpida el mundo intelectual (Gedankenwelt) de Kierkegaard provino de la “teología dialéctica" de Karl Barth. Las ondas de este movimiento teológico se tocan en sus extremos con los círculos causados por el pensamiento existencial de Heidegger. El presente ensayo, Kierkegaard, de Theodor Wiesengrund-Adorno, se aproxima al objeto desde un ángulo completamente diferente. En dicho ensayo, Kierkegaard no avanza, sino que regresa: regresa al interior del idealismo filosófico, bajo cuya influencia la verdadera intención teológica del pensador danés quedó condenada a la impotencia.

Por lo tanto, el planteamiento de Wiesengrund es, si se quiere, histórico. Sin embargo, en su elaboración, él demuestra cuáles son los intereses de suma actualidad de los que surgió su metódica y sumamente cuidadosa investigación. Ésta conduce a una crítica del idealismo alemán, y su interpretación se hace desde su período tardío. Pues Kierkegaard es una flor tardía. La naturaleza doble de su apariencia literaria, tan felizmente caracterizada por Wiesengrund, que muy frecuentemente parece hacer de sus productos bastardos de la poesía y del conocimiento, da una visión de los elementos más ocultos del idealismo que obran en él. En el idealismo estético del romanticismo, generalmente se revelan los elementos míticos del idealismo absoluto. Y su presentación lógica e histórica constituye el corazón de la investigación de Wiesengrund.

El autor muestra lo mítico no sólo en la filosofía existencial de Kierkegaard, sino en “todo idealismo del espíritu absoluto”1. Sin embargo, en ningún lugar —ni siquiera en los Schelling y Baader tardíos— ha encontrado su expresión en formas tan originales, actuales y reveladoras como en Kierkegaard. La muy precisa descripción y el exhaustivo descubrimiento de dichas formas, da a algunas páginas de la investigación un aspecto fantasmagórico. Pero nunca —como suele ocurrir con la “historia cultural”—, se enjuicia o ataca en detrimento de la exactitud crítica. Y sin embargo, ninguna historia cultural del siglo XIX podrá competir con la fuerza pictórica de las constelaciones en las que, desde el centro de su pensamiento, Kierkegaard entra en relación, ya con HegeI, ya con Wagner, ya con Poe, ya con Baudelaire. La apertura en lo ancho del siglo corresponde a la profundidad del pasado. Pascal y el alegórico infierno del Barroco son aquí el atrio de la celda en la que Kierkegaard se entrega al duelo y que irónicamente comparte con su falsa novia.

Pero a este mundo de imágenes, en cuyos laberintos y reflexiones consisten las experiencias más esenciales de Kierkegaard, él mismo lo experimentaba como algo insignificante, arbitrario, idiosincrásico; y toda la altiva reivindicación de su filosofía existencial se basa en la convicción de que en ella, en tanto terreno de lo “interno", de la “espiritualidad pura", la apariencia ha sido vencida por la “decisión", lo existencial, en definitiva por medio de la actitud religiosa. En un penetrante análisis del concepto de existencialismo, Wiesengrund se convierte aquí en el crítico incorruptible de Kierkegaard. Mira hasta el fondo de la «engañosa teología de la existencia paradójica». Y así, Wiesengrund decreta que “la «profundidad» de Kierkegaard, si uno quiere aferrarse a tan gastado concepto, en ningún caso consiste en haber restaurado, bajo la envoltura de formas de pensamiento idealistas, un sentido originario, religioso y absoluto”2. Más bien, Kierkegaard, así como con el sentido originario del propio idealismo, “ha permitido que ese contenido mítico sea absorbido en su declive histórico como algo igualmente histórico”3.

Así alcanza la interioridad kierkegaardiana su lugar determinado en la historia y en la sociedad. Su modelo es la interioridad burguesa en la que se entrelazan los rasgos míticos e históricos. Con buen tino, Wiesengrund ha recopilado una buena cifra de descripciones de dicha interioridad en la obra de Kierkegaard. En dichas descripciones, se muestra la interioridad como “la cárcel histórica del ser humano prehistórico”4. Pero no es, como opina Kierkegaard, el “salto”, con el poder mágico de la “paradoja” lo que libera al ser humano de esa opresión. En ningún lugar llega tan profundo Wiesengrund como allí donde, desestimando los patrones de la filosofía de Kierkegaard, busca la clave en sus reliquias mejor guardadas, las imágenes, parábolas, alegorías. Se trata, como ha sido transmitido por los cuentos de hadas chinos, de un movimiento de desaparición (del pintor) en el cuadro (auto-pintado) lo que él distingue como la última palabra de esta filosofía5. El yo será “salvado desapareciendo por disminución”6. Esa entrada en el cuadro no es una redención, pero es un consuelo. El consuelo cuya fuente es la fantasía, “como organon del tránsito sin ruptura de lo histórico-mítico a la reconciliación”7.

Este libro contiene mucho en un espacio pequeño. Es muy posible que de este se originen posteriores libros del autor. En cualquier caso, pertenece a esa escasa clase de primeras obras en las que aparece un pensamiento alado en el devenir crisálida de la crítica.


  1. Adorno, Theodor, Kierkegaard. Construcción de lo estético, Madrid, Akal, 2006, p. 74.↩︎

  2. Ibíd., p. 146.↩︎

  3. Ibíd.↩︎

  4. Ibíd., p. 80.↩︎

  5. Se trata de una antigua leyenda china según la cual un pintor le había sido arrebatada su libertad para trabajar en el palacio del emperador como pintor de la corte. Presa de la nostalgia por su pueblo y ante esa terrible condena, el pintor huye introduciéndose en el cuadro que él mismo pintó. Una brillante recreación de esta leyenda la encontramos en Marguerite Yourcenar en su relato De cómo se salvó Wang-Fô que hace parte de su obra Cuentos orientales. [N. del T.].↩︎

  6. Ibíd., p. 162.↩︎

  7. Ibíd., p. 174.↩︎