reseña
Muchas capas y un método: una investigación colectiva sobre las formas
de desaparición social
Reseña de Vidas Des-contadas, Equipo ViDes (La oveja roja, Madrid, 2025, 297 pp.)
Carolina Schillagi*
Todo este país, dijo papá, es un enorme cementerio, pero sólo a algunas personas les tocan tumbas como dios manda, porque la mayoría de las vidas no importan. La mayoría de las vidas son borradas, se pierden en el torbellino de basura que llamamos historia, dijo.
Desierto sonoro. Valeria Luiselli
Vidas que están fuera de relato, fuera de registro, fuera de “lo que se tiene en cuenta”. ¿Cómo escribir sobre ellas? ¿Qué pasa cuando un grupo de sociólogas, antropólogos y cronistas ensaya un lenguaje para narrarlas y así “dar cuenta”?
Podría decirse que cuando leer un libro activa un resorte interno que impulsa a escribir, es porque una conexión potente se produjo. Alguna nervadura se irrigó. Y eso es lo que sucede al leer Vidas Des-contadas, el reciente libro del equipo ViDes formado por David Casado-Neira, Gabriel Gatti, Elixabete Imaz, Ignacio Irazusta, Carolina Kobelinsky, María Martínez, Mariana Norandi, Daniela Rea, Iñaki Rubio Mengual y Álvaro Villar. Este grupo reúne a investigadorxs de países diferentes, pero inquietudes similares. Hace varios años que transitan (y publican) temas relacionados con las identidades colectivas, el mundo de las víctimas, las formas de desaparición social, entre otros.
Pero en este caso, la urgencia que produce la lectura tiene que ver con algo que no abunda en el mundo académico: la frescura y la libertad de decir, de contar, aunque no del modo habitual. Las reglas y el estilo académico son un marco que, como todo marco contiene, y a la vez constriñe. Y, a menudo, eso genera incomodidades. El equipo ViDes, como autor colectivo, lo sabe: allí donde hay un lenguaje ya bastante ajado para hablar de ciertas cuestiones es necesario crear. Sobre todo, cuando esas cuestiones son las de un mundo en que parece no haber más lugar para algunas vidas. Y de ahí todo el vocabulario que se despliega para hablar de situaciones, lugares, personas, experiencias y objetos cuya naturaleza o, mejor, cuya deriva no es accesible con las categorías clásicas de “la teoría heredada”. Así, la crónica, el ensayo, la fotografía, las notas de campo, los mensajes y comentarios por celular, las ilustraciones, conforman un tejido de materiales que tienen la virtud de despertar una sensibilidad particular a través de imágenes y lenguajes accesibles a potenciales lectorxs, sean especializadxs o no.
Acercarse a las formas de desaparición social, a las vidas sin protecciones ni refugio (las vidasdemierda) requiere no sólo la hibridez de géneros sino, además, un método que permita contarlas, relatarlas y conocerlas. Entonces el equipo imaginó uno y lo llamó la cata. Una manera de registrar y luego escribir lo que se registró. Una etnografía express que se vuelve familiar a medida que avanzamos en la lectura. “Catar es resistir la tentación del mapa, de la serie, de la explicación, de la historia”. Pero, aunque no haya serie, hay, sin embargo, conexiones. Y aunque no haya mapa, hay, sin embargo, marcas que permiten seguir trayectorias cortas, indicios de capas y rastros.
Inspirado en “La teoría de la bolsa de la ficción” de Ursula Le Guin –la bolsa, ese objeto que, al mismo tiempo que contiene, también hace que las cosas entren en contacto, se toquen– el libro está organizado en cuatro “contenedores” que en un formato tradicional serían capítulos o partes. Pero no es dentro del texto que nos topamos con el primer contenedor sino en su tapa. La imagen es fuerte: una persona tiene la mitad de su cuerpo adentro de un contenedor de residuos. ¿Es la persona la que busca o es el artefacto el que engulle? ¿Ambas cosas, quizás? Los límites se desdibujan y nos dejan pensando.
“De contenedor en contenedor, vamos hacia abajo. A más se cae, la vida más se pierde; a más se adentra el lector en el libro, las protecciones más se desdibujan.”, nos advierte la introducción. Caminamos hacia el abandono radical.
Lugares tan diferentes como París, Tijuana, Buenos Aires o Bilbao son escenarios de vidas a la intemperie, de existencias que se llevan en maletas o que se funden con mantas y plásticos, que se mezclan con deshechos, con palomas, bajo aleros, puentes o en la cercanía de un hospital. A veces son imágenes fotográficas tomadas por el equipo, otras, figuras dibujadas que juegan en los márgenes de las páginas como miniaturas errantes –hermosas ilustraciones de Daniel Piqueras Fisk– hay textos cortos que dejan con ganas de más, otros de estilo más analítico, con algunas referencias, pero pocas. Queda flotando la pregunta sobre la particularidad de las condiciones que circundan estas vidas, ¿cuánto de esas realidades sociales, políticas y culturales tan disímiles moldean las formas y los matices de las intemperies? No es un propósito la comparación, eso está claro: “La catadora viaja, pero no compara, deja resonar”. Pero en algunos textos estas cuestiones se cuelan. Por ejemplo: “Hacer catas implica estar alerta para detectar situaciones, dejarse llevar por el ‘efecto guau’. Esto último no es difícil cuando siendo europea se vive por un tiempo en un lugar como Buenos Aires. El lugar está repleto de gentes obligadas a vivir malas vidas, de refugios más que menos improvisados, y de ‘refugiados sin refugio.”
Olores, hedores, tufillos, vapores. Cuerpos que a veces son más percibidos o intuidos que abiertamente visibles. Sonidos, aullidos, gritos. El equipo ViDes se ocupa de los sentidos y los cuerpos, los hace aparecer y les da un lugar relevante en los relatos. La fusión parece ser la forma que mejor se ajusta para narrarlos: “cuerpoasfalto, cuerpotienda, cuerpomaleta”. Si acudiéramos a Donna Haraway hasta podríamos aventurar la imagen de “cuerpos-cyborg” o, también, si pensáramos con aires latourianos, hacerlo con la idea de ensamblajes. Hay textos que posan su atención en los dientes de quienes asisten a una olla popular, otros que relatan la historia de Paola, víctima de un trans-feminicidio cuyas compañeras logran darle un nuevo entierro a su cuerpo, esta vez con reconocimiento de su nombre elegido, historias de cuerpos que se confunden con las bolsas de basura. Todas estas historias se están preguntando por el “registro de sensibilidad que corresponde a esa existencia, ya fundida con eso que es y le cobija”. Interrogante que resulta todo un desafío epistemológico, ético y político.
Algo que podemos hallar en este libro son preguntas. Muchas. Los textos están repletos de interrogantes sobre lo que Saskia Sassen llamaría las “dinámicas de expulsión”, Achille Mbembe el devenir “brutalista” del mundo, Gabriel Gatti las “cartografías del abandono” y podríamos seguir. Pero sin embargo lo hace de un modo que elude las formas clásicas, tradicionales, de presentar los problemas de investigación. Este modo de trabajar acompaña muy bien las realidades fragmentarias, móviles e inestables, muchas veces inasibles, en las que el equipo indaga. Es un modo de investigar que, además, hace explícitas –muestra– las dudas de quienes investigan: “¿Cómo hacer para trabajar en lo nuestro cuando tenemos delante evidencias de situaciones ajenas a nuestra capacidad perceptiva? ¿Cómo gestionamos la sorpresa de que algo que está ahí no se capta?” o también: “No sabría decir si debajo hay una persona, o un cuerpo. Entre las vías masivas que cruzan por encima me parece divisar algún colchón más. No saco foto porque están lejos y porque dudo de mi sobre-interpretación”.
En Vidas Des-contadas las capas abundan. Nada (ni las personas, ni el territorio, ni un muro, ni un jardín) es sólo lo que vemos en el presente ni tampoco es sólo lo que se ve desde una mirada horizontal y plana. “La cata conecta capas de realidades precarias (…) trabaja en la profundidad vertical del arqueólogo”. En varios de los textos hay un ir y venir entre temporalidades y escalas, entre transformaciones urbanas, viejos refugios y territorios arrasados por incendios o deforestaciones. Por ejemplo, sobre los incendios en Galicia: “Son capas de una materialidad extraña, no son objetos lo que se nos desvela, sino prácticas que dejan el registro sobre el terreno. No solo el incendio descubre e inicia dinámicas fruto de su propia génesis y posterior extinción, sino que también visibiliza otras que nada tienen que ver con esta”.
Los huecos y recovecos que casi nadie ve en el trajín desorbitado de la vida en la ciudad son sedimentaciones de antiguas huellas que sólo se hacen visibles si hay quien excava en las historias y de algún modo las conecta. En este sentido, la propuesta dialoga muy bien con algunos enfoques antropológicos que se centran en “metodologías negativas”, en las ausencias, en los silencios, en lo inconmensurable, y cuyo propósito no es arribar a una narrativa totalizadora sino, por el contrario, partir de la imposibilidad de hacerlo. El estudio de los detalles etnográficos y su transformación en huellas aparece, por ejemplo, en los trabajos de Yael Navaro-Yashin o los de Valentina Napolitano: “(…) un detalle etnográfico se convierte en huella cuando anima (a menudo violentamente) la condensación y el anudamiento de historias y estéticas de diferentes marginalidades y alteridades sociales” (Napolitano, 2015, p. 61-62). Aunque Navaro-Yashin (2020) se ha centrado sobre todo en las secuelas de violencias o atrocidades masivas –lo que podríamos llamar también la devastación– su perspectiva y las herramientas metodológicas que pone en juego pueden resultar apropiadas para pensar acerca de las formas de desaparición social o las vidas des-.
El libro propone también, en sus casi trescientas páginas, un espacio para reflexionar sobre cómo la investigación social acudiendo a aparatos conceptuales tradicionales, no llega a “dar cuenta de”. Conceptos como ciudadanía, protección social, clase, exclusión o pobreza, por citar sólo algunos, no alcanzan, no se ajustan, no expresan. Es esa una discusión central que conecta con el plano de la escritura y el lenguaje del que hablábamos al inicio, dado que cada aparato conceptual, como sabemos, encarna en palabras y términos que acercan o alejan de las ideas y nociones que se proponen representar. Bruno Latour dice que “la buena sociología tiene que estar bien escrita; si no, lo social no aparece a través de ella” (2008, p. 182). En este caso diríamos más bien que si no hay un intento por pensar formas de escribir que vayan más allá de las reglas impuestas por el canon para la publicación y circulación de las investigaciones y los estudios académicos, es posible que el objeto quede desprendido de las intenciones analíticas y comprensivas que conllevan las ciencias sociales y humanas.
Entonces. En Vidas Des-contadas resuena una pregunta muy potente que formula Yael Navaro-Yashin para ejercitar la mirada sociológica y antropológica: “¿Qué ocurriría con los métodos de investigación antropológica si la muerte política y social ocupara un lugar central en nuestras conceptualizaciones y estudios del mundo?” Quizás ocurriría que habría que crear.
*Carolina Schillagi es Doctora en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de General Sarmiento y el Instituto de Desarrollo Económico y Social (UNGS-IDES). Es investigadora-docente del Área de Sociología del Instituto de Ciencias de la UNGS. Investiga sobre procesos de producción social de víctimas, movilizaciones sociales y problemas públicos. Correo: cschillagi@gmail.com
Bibliografía
Gatti, G. (2022). Desaparecidos. Cartografías del abandono. Madrid: Turner
Latour, B. (2008). Reensamblar lo social. Hacia una teoría del actor-red. Buenos Aires: Manantial
Mbembe, A. (2022). Brutalismo. Barcelona: Paidós
Napolitano, V. (2015). “Anthropology and Traces”. Anthropological Theory, Vol. 15(1) 47–67
Navaro-Yashin, Y. (2020). “The Aftermath of Mass Violence: A Negative Methodology”. Annual Review of Anthropology, 49:161–73
Sassen, S. (2014). Expulsiones. Brutalidad y complejidad en la economía global. Buenos Aires: Katz Editores
Otoño 2026 | año 13, n.24
https://doi.org/ensambles.1629
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