Discursos normativos sobre la maternidad, experiencias plurales y sentidos móviles: algunas claves para desarmar rigideces

Normative discourses on motherhood, plural experiences and mobile meanings: some keys to dismantle rigidities

Ana Sabrina Mora ⃰
Graciela Tabak ⃰ ⃰
Juliana Verdenelli ⃰ ⃰ ⃰

RESUMEN: El objetivo de este artículo es cuestionar y problematizar sentidos extendidos y discursos normativos sobre la maternidad que circulan entre las mujeres de sectores medios urbanos en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA, Argentina). Mediante un ejercicio de escritura colectiva que integra relatos autoetnográficos y campos de conocimiento diversos, se reflexiona acerca de la relación entre experiencia, cuerpo y sentido. Así, se abordan una serie de tensiones entre los discursos normativos sobre la maternidad y la heterogeneidad de vivencias y corporalidades maternas. Se concluye que, para poder convertirse en auténticos soportes de la pluralidad de experiencias, los discursos sobre la maternidad deben volverse móviles, inestables, parciales e inclusivos. Esperamos que este texto sea una contribución para propiciar el debate sobre las maternidades en el contexto de los feminismos latinoamericanos contemporáneos.

Palabras clave: maternidades, feminismos, cuerpos, experiencias, soportes

ABSTRACT: The aim of this article is to question and problematize extended meanings and normative discourses on motherhood that circulate among urban middle class women in the Metropolitan Area of Buenos Aires (AMBA, Argentina).Through a collective writing exercise that integrates autoethnographic stories and diverse fields of knowledge,we reflect on the relationship between experience, body and meaning. Thus, a series of tensions between normative discourses on motherhood and the heterogeneity of maternal experiences and corporalities are addressed. It is concluded that,in order to become authentic supports for the plurality of maternal experiences, discourses on motherhood must become mobile, unstable, partial and inclusive. We expect that this text will be a contribution to the debate on motherhoods in the context of contemporary Latin American feminisms.

Key words: motherhoods, feminisms, bodies, experiences, supports

Introducción: moverse en lo deshecho

En la Introducción a Deshacer el género (2006 [2004]), Judith Butler sostiene que los ensayos allí compilados “tratan de la experiencia de ser deshecho, de formas buenas y malas” (2006: 12). Aunque la maternidad no es una de las experiencias tratadas en tales ensayos, las tres autoras nos sentimos interpeladas por este enunciado, que constituye un buen modo de iniciar este texto. Proponemos una reflexión basada en nuestras propias experiencias y las de otras mujeres cercanas, experiencias de embarazo, parto y puerperio; experiencias de quedar deshechas, de formas buenas y malas. Sobre todo, experiencias heterogéneas y signadas por no saber qué hacer con lo deshecho, con lo estallado, con lo roto o con lo disuelto.

Deshacer el género, esto es, deshacer una concepción normativa del género, puede iniciarse a partir de la crítica o del “ejercicio del pensamiento” sobre el pensamiento que nos piensa, que nos permite pensar otras formas de ser pensados y de pensar el mundo; ejercicio que para Michel Foucault (2015 [1994]) tiene un gran potencial transformador. Pero también puede iniciarse revisando ciertos malestares que se hacen presentes cuando esta normativa nos atraviesa y nos hace sujetos. En términos corporales, una posibilidad es buscar esos malestares a partir de las sensaciones de comodidad o incomodidad, de encontrarnos a gusto o disgusto en aquella postura o posición que adoptamos. Mejor aún, puede iniciarse articulando ambas cosas, potenciando las productividades de ambos puntos de partida.

En este artículo proponemos deshacer el género poniendo en cuestión un conjunto de postulados que bajo la apelación a un supuesto orden natural se constituyen en imperativos morales sobre qué madres debemos ser o cómo debemos serlo. Para ello, abordaremos una serie de tensiones entre los discursos normativos sobre la maternidad y la heterogeneidad de vivencias y corporalidades maternas, con el objetivo de cuestionar y problematizar sentidos extendidos y explorar la relación entre cuerpo y experiencia. Luego, propondremos otras miradas que contemplen la diferencia y que tengan en cuenta la diversidad de experiencias y modos de ser y hacer con los cuerpos. Haremos esto a partir de un acontecimiento vital que hemos experimentado como un momento en que nosotras mismas íbamos quedando deshechas, con poco en el horizonte que nos hablara de una nueva costura más o menos feliz.

La experiencia de la maternidad nos deshizo, pero hemos podido encontrar maneras de rehacernos. Una de esas maneras fue la reflexión crítica sobre todo aquello que nos deshacía. Es importante notar que esta reflexión se produjo de manera colectiva, no sólo entre nosotras sino también con otras mujeres (algunas de ellas aparecerán en las páginas que siguen, otras no, sería extenso enumerarlas a todas). El pensar juntas fue también hablar, contar, escuchar, llorar, disfrutar y sentir, acompañadas, buscando y dándonos soporte. En los momentos de desesperación, este soporte (tanto el soporte material del cuerpo y de la escucha, como la noción teórica de soporte) apareció como el pájaro verde de Pandora. Nos permitió revisar los vacíos en la construcción de sentidos plurales e inclusivos sobre la maternidad y buscar una propuesta superadora capaz de ofrecer verdaderos sostenes y soportes que nos acompañaran en el tránsito por las maternidades.

Este experimentar juntas es lo que queremos compartir aquí, indagando a la vez sobre la efectividad de una serie de discursos que siguen tomando a nuestros cuerpos como un campo de batalla y reclamándolos para sí. ¿Qué tipo de experiencias de maternidad promueven o configuran estos discursos? ¿Qué prácticas legitiman y cuáles dejan por fuera de nuestros horizontes de inteligibilidad? ¿Qué espacios habilitan para la escucha de las personas gestantes con sus miedos, deseos y particularidades? ¿Dónde se pueden alojar la pluralidad y diversidad de experiencias y corporalidades maternas?

Para Joan Scott (2001) la experiencia está siempre en disputa y, por lo tanto, siempre es política. Ni estable ni inmediata, la experiencia es capaz de transformar paulatinamente al lenguaje, a la par que es moldeada y estructurada por éste. Lejos de pensar a la experiencia como algo dado, evidente o transparente, esta autora nos recuerda que “no son los individuos los que tienen la experiencia, sino los sujetos los que son constituidos por medio de la experiencia” (Scott, 2001: 49). La experiencia no es el origen de la explicación, sino aquello que requiere de interpretación: “la experiencia es, a la vez, siempre una interpretación y requiere una interpretación” (2001: 72). La tarea del investigador consiste, por tanto, en revelar el andamiaje discursivo sobre el que se configuran las categorías que organizan la experiencia social en un momento determinado.

En este artículo ofrecemos un relato autoetnográfico (Anderson, 2006) que unifica las experiencias de las tres autoras. Leon Anderson (2006) utiliza el término autoetnografía analítica para referirse a la investigación en la que el investigador es, en primer lugar, miembro del grupo o del entorno de investigación. En segundo lugar, visible como miembro del grupo en los textos publicados y, en tercer término, implicado en el desarrollo de la investigación teórica para comprender fenómenos sociales más amplios. Considera que la autoetnografía analítica es heredera del interaccionismo simbólico y que puede encajar productivamente en otras tradiciones de investigación etnográfica o cualitativa. En este aspecto, Anderson cuestiona la suposición, ampliamente compartida, de que la autoetnografía es una forma radicalmente no tradicional de investigación.

Siguiendo estos aportes, la exploración que aquí proponemos busca anclarse en la intersección entre biografía y sociedad para pensar nuestras experiencias maternas. Somos mujeres, madres, heterosexuales, adultas, blancas, de clase media, profesionales con formación académica y artística. Pero, más allá de estas coincidencias que sin duda han configurado nuestras posibilidades objetivas y nuestras opciones de vida en relación con la maternidad, lo que ha hecho posible unificar los tres trayectos de vida en un mismo relato es que, además de compañeras en el trabajo académico, somos amigas que han compartido charlas muy íntimas en torno a lo que vivimos, sentimos y pensamos. Las reuniones de trabajo, la discusión de bibliografía y las conversaciones sobre la vida cotidiana y los afectos, quedaron siempre especialmente enlazadas cuando el tema a tratar era la maternidad.

La búsqueda de formas de sentirnos mejor y de hacer más llevadero el día a día, solía ir de la mano con la reflexión para comprender lo que nos pasaba tomando en cuenta la sociedad y la cultura, el contexto de sentido en el que nos encontrábamos inmersas, las formaciones discursivas que nos estaban afectando. Nuestras biografías, nuestros ámbitos de pertenencia, las distintas esferas de acción que tenemos en común, hacían que fueran inseparables los comentarios sobre las frustraciones, incertidumbres, problemáticas e incomodidades ligadas a la maternidad, y las charlas sobre la efectividad de ciertos repertorios discursivos que apelan a la naturaleza para invisibilizar una pluralidad y diversidad de experiencias y corporalidades.

De este modo, comenzaremos ofreciendo un relato que pone en una misma línea narrativa las experiencias que cada una tuvo por separado. Cada una escribió, primero, su propio relato. Buscamos luego los puntos en común y las partes compartidas dentro de las experiencias disímiles, pero también tomamos puntos salientes que, aunque hubieran sido vividos por una sola, las otras podíamos comprender profundamente. Algo de lo compartido iba más allá de la singularidad de cada experiencia. Leyeron o escucharon nuestros relatos otras mujeres: la identificación, el entendimiento, se fueron repitiendo, más allá de las diferencias. No afirmamos de ningún modo que la experiencia de maternidad puede ser absorbida por un relato único; de hecho, esto es precisamente lo que queremos discutir aquí.

Retomando los planteos de Donna Haraway (1995), en este trabajo proponemos una epistemología de la localización y de la situación, que también implica reconocer los posicionamientos múltiples del sujeto que conoce: cada persona está inserta en una compleja red de posiciones, clivajes identitarios y puntos de vista múltiples, inestables, incluso contradictorios, y cargados de relaciones de poder. Destacamos, así, la importancia de identificar el posicionamiento de quien investiga como un modo de disputar las visiones “desde arriba” o “desde ninguna parte” en la ciencia social.

Entendemos que explorando lo común, lo repetido en nuestras vivencias, emergen ciertas regularidades que dan cuenta de procesos que exceden a lo singular. Por eso apostamos por la construcción colectiva y ofrecemos nuestro relato en una sola voz, que es a la vez una voz en plural; por un lado, como decisión de estilo, y por otro, porque llegamos a un punto en el que no podíamos recuperar qué reflexión salió de cuál historia. Hace muchos años que hablamos sobre nuestras maternidades y finalmente compartimos palmo a palmo la primera maternidad de la menor de las autoras; éste fue el contexto en el cual comenzó a producirse este texto. El relato que presentamos en el apartado que sigue es, entonces, de las tres y de ninguna. Un relato que busca reconocer la pluralidad de voces que confluyen en la escritura etnográfica y que apuesta por la parcialidad como condición necesaria para la producción de conocimiento situado.

Desde una mirada antropológica, resaltamos el carácter cultural y socialmente construido –y no innato y esencial– de las experiencias afectivas ligadas a la maternidad (entre otras: Rosaldo, 1979; Badinter, 1991; Nari, 2004; Felitti, 2011). Como afirma Karina Felitti (2011), esta mirada requiere considerar que las prácticas sociales que se han agrupado bajo la denominación de maternidad han conocido diversas transformaciones a lo largo de la historia, que encierran en sí diversas acepciones y que presentan una importante variabilidad cultural en cada contexto. Partiendo de esta mirada plural sobre las maternidades, asumimos la perspectiva de género como una forma particular de ver el mundo y nuestras experiencias cotidianas. Asumir esta mirada conlleva, por un lado, visibilizar y cuestionar las relaciones de poder y opresión basadas en las diferencias sexo-genéricas y, por otro, abrazar una propuesta que entre sus horizontes políticos proclama la consolidación de un orden social más justo y abre la interrogación sobre los modos en que las sociedades tratan, ordenan y organizan los cuerpos.

Hacerse madres: lo íntimo colectivo

Tuvimos la suerte de quedar embarazadas casi al mismo tiempo en el que comenzamos a fantasear con la idea de ser madres. Probablemente eso nos evitó muchas angustias y ansiedades, pero también potenció el desborde emocional y la sensación de incertidumbre que nos atravesó durante el embarazo y la etapa que vendría después.

Teníamos presente la posibilidad de elegir no ser madres y tuvimos la posibilidad de decidir en qué momento, con quién y de qué manera queríamos serlo. Fuimos construyendo el deseo y apropiándonos lentamente de la idea1. Teníamos algunos marcos de referencia (nuestras propias experiencias como hijas, primas, hermanas, los relatos de nuestras madres y abuelas, algunas pocas amigas que ya habían sido madres, algunas ideas construidas viendo programas de televisión y leyendo libros), pero hubo muchos momentos en el día a día en que nada de esto parecía ayudarnos. Una pregunta nos estallaba insistentemente en la cara: ¿si yo quise, si todo salió tan bien, si todo está tan bien, por qué me siento tan inquieta?

Los embarazos fueron placenteros, los partos ambivalentes, los puerperios abismales y volcánicos. Creíamos estar preparadas. Mirábamos alrededor y no estábamos solas2. Había quien diera una mano. Había quien escuchara. Había miradas silenciosas de mujeres queridas que entendían por lo que estábamos pasando y que nos consolaban en ese comprender, en ese haber pasado por lo mismo, pero que no tenían ningún consejo para darnos, justamente porque sabían. Hubo momentos en que la tranquilidad de alguna abuela nos convenció de que todo pasa, de que no es para tanto, de que todo puede ser más simple. Hubo ocasiones en que hasta pudimos reírnos de nosotras mismas, de lo que nos pasaba, de la tragedia. Hubo quien explicara alguna cosa útil. Y, siempre, estábamos solas. Sin nosotras mismas siquiera, sin las que éramos. Con un bebé.

Durante los embarazos nuestros cuerpos cambiaban, eran nuestros y a la vez no lo eran, eran habitados por otros cuerpos, se adecuaban a su presencia. No teníamos control sobre esos cambios, respondían a las necesidades de esos otros que estaban creciendo. En este extrañamiento nuestros cuerpos adquirieron una presencia ineludible e inocultable, de una marcada centralidad, desde vivencias agradables como el sentir los movimientos de ese otro que nos habitaba, y también desagradables como los dolores o los malestares. Nos encontramos con algunas lecturas que nos hablaban del cuerpo animal que afloraba en este momento; estos discursos chocaban estrepitosamente con nuestro lado reflexivo y con nuestra formación intelectual, pero aun así algo nos conectaba con ellos, a algo le ponían palabras.

A medida que nuestros cuerpos se redondeaban y nuestras curvas se pronunciaban, aumentaban también las charlas con personas desconocidas o apenas conocidas en el espacio público: ascensores, festejos, reuniones, oficinas, clases, comercios, veredas o pasillos. Cualquier lugar era propicio para que la gente nos abordara con un sinfín de recomendaciones, sugerencias, comentarios, anécdotas, observaciones, advertencias y consejos de lo más variados e insólitos. De pronto, estos cuerpos nuestros también eran un poco de los demás, de todos, de una totalidad social y de un bien común que nunca se habían hecho tan concretos. Distintas personas se atribuían el derecho a describirlos, a intervenirlos, a direccionarlos o a disciplinarlos con sus palabras: “¿a vos te parece bien lo que le estás haciendo a tu bebé?”, “tenés que pensar en lo mejor para el bebé”, “¿cómo pensás recuperar tu cuerpo después del parto?”, “engordaste bastante ¿no?, yo que vos empiezo a cuidarme”, “te felicito, qué poco engordaste”, en una sucesión interminable. No faltaban quienes se sentían con derecho a poner la mano en nuestras panzas. En todos lados, nos encontrábamos con madres que opinaban, sentenciaban, juzgaban, discutían y decían saber. Mientras, nos sorprendíamos dando explicaciones que nos resultaban inverosímiles, comiendo al borde del llanto o aceptando con un respetuoso silencio cargado de bronca la mayoría de las observaciones que nos parecían absolutamente fuera de lugar. No sabíamos cómo responder a todo eso nuevo que comenzaba a generarse alrededor nuestro.

Desde un comienzo, nos propusimos abrazar los cambios vertiginosos que experimentaban nuestros cuerpos gestantes y aceptar ese período de pocas certezas. Sentíamos que se abría algo nuevo y que debíamos sumergirnos en esas vivencias, también, como parte de un intento por evitar “intelectualizar” lo que sucedía. De alguna manera, tratábamos de desafiar nuestros modos habituales de hacer y aprovechar la oportunidad para “pensar menos y sentir más”. Terminamos creyendo que colocar el sentir y el pensar en lugares opuestos y antagónicos fue un error.

En nuestros embarazos, particularmente en los primeros, leímos sobre el parto natural y asistimos a algunos cursos interesantes de preparación para el parto. Creímos que iba a alcanzar con eso. Llegamos a parir por primera vez cargando con nuestro miedo a las camillas, a las agujas, a las chatas y a las rutinas hospitalarias en general, a la par de nuestra necesidad de institución con ciencia contenedora y neonatología inmediata por cualquier eventualidad. Leyendo esos libros e informándonos sobre los derechos durante y después del parto3 nos angustiamos un poco al imaginar el escenario que nos tocaría vivir, suponiendo que se alejaría bastante de las circunstancias ideales descritas en estos textos, intuyendo que en el parto pasarían cosas que no podíamos prever ni controlar. Los partos domiciliario o en el agua eran una posibilidad que caía ante nuestras dudas, ante el apego por nuestras obstetras o ante la cantidad de dinero que exigían para cubrirlos. Desconfiábamos de la faceta de negocio montado detrás de las justificaciones de estos partos alternativos y sabíamos de la posibilidad de partos respetados en clínicas y hospitales.

Llegaron nuestros partos, un supuesto punto de llegada que se torna en espacio-tiempo liminar y luego en punto de partida de otra cosa, de lo verdaderamente difícil. Cada parto fue distinto: llegar al hospital a los gritos un día feriado y pedirle a la profesional de guardia que no pusiera luces fuertes y que dejara que el cordón terminara de latir antes de cortarlo; recibir una episiotomía espantosa que dejó una cicatriz que todavía molesta; hacer todo bien, no perder nunca el control y ser tan buenita que al terminar el parto recibimos un beso en la frente y un “te portaste como una dama” de una enfermera anciana; pedir a los gritos que saquen al bebé rápido porque nos queríamos ir de ahí; caminar libremente por la sala de pre-parto hablando con otras mujeres que estaban en la misma situación; ser esperada pacientemente por la obstetra que permanecía atenta, observaba y hablaba sólo cuando le parecía necesario; padecer a una partera que se ocupó de vulnerar sistemáticamente la mayoría de los derechos que conocíamos pero que no podíamos decir ni defender; cerrar los ojos tratando de ausentarnos; estar con un obstetra que compartía y entendía el odio a las camillas por su parecido con aquellas donde había sido torturado; estar rodeada de especialistas con discursos mágicos, cuyos recursos y palabras nos producían irritación; abrir la boca para emitir sonidos para relajar la vagina y respirar de maneras extrañas; notar de a ratos a nuestro lado a nuestras parejas que no sabían por qué estaban ahí, ni qué hacer, y que repetían consignas absurdas que, creían, nos ayudaban o que les hacían sentir que cumplían algún rol; tolerar la infantilización; sentirse una heroína al rechazar la anestesia peridural; encontrarse gratamente con la mascarilla de oxígeno; conocer el dolor.

Nuestros primeros partos son imposibles de incluir en un mismo relato. Y los segundos partos también fueron distintos, llegamos a ellos más tranquilas. La anticipación exaltada que nos acompañó en los primeros fue reemplazada por un cansancio anticipado (“otra vez el parto”), rodeado de más preocupaciones por la logística cotidiana que por la experiencia vital y transformadora. Así, los cargamos de menos presiones y menos incertidumbre.

Le siguieron a los partos momentos confusos, inciertos, incomprensibles, borrosos. El intensísimo encuentro con nuestras hijas y nuestros hijos, la aparición de nosotras mismas como madres, la vida que no será nunca más la misma. Desgarro, intensidad y pasaje. Pasaje, desgarro e intensidad. Intensidad, pasaje y desgarro. Términos que nombran lo innombrable de manera insistente en nuestros recuerdos, charlas y escrituras. La ruptura y lo roto, estar deshechas y desmontadas, ya no integradas, otras.

Luego de los nacimientos de nuestras hijas e hijos no fue fácil aprender a caminar entre lo roto. Nos habíamos preparado mucho para el momento del parto, pero apenas podíamos imaginar lo que vendría después. Estábamos heridas, doloridas, suturadas, angustiadas, agotadas y maltrechas, pero debíamos recomponernos para amamantar, contener y sostener a esos bebés que dependían de nosotras. Esos primeros tiempos de olernos, tocarnos, mirarnos y reconocernos se conformaron, sin lugar a duda, en la experiencia más profunda, íntima, transformadora, demandante y difícil de nuestras vidas. Una ruptura absoluta de nuestra subjetividad, un estallido de nuestra identidad y de todo aquello que hasta ese momento nos definía: nuestro cuerpo, nuestros intereses, nuestras profesiones, nuestras pasiones o nuestras opiniones, todo había sido arrasado y se encontraba patas para arriba. Nuestro eje de rotación había cambiado abruptamente. Nos parábamos frente al espejo y nos mirábamos intentando reconocernos en la imagen que nos devolvía. Anotábamos en una libretita los horarios, el tiempo y el lado en que nuestro bebé había tomado la teta (a demanda, claro), día y noche, intentando darle un poco de estabilidad, previsibilidad y coherencia a un mundo sin piso ni sustrato.

Durante nuestros puerperios escribimos. Al mismo tiempo que los textos que nos demandaban nuestras tareas de trabajo y de estudio, algunas veces de manera superpuesta, escribimos sobre nuestras maternidades. En forma de poesía, de crónica, de texto académico. En uno de estos textos tironeamos de la filosofía contemporánea para hacerle decir cosas sobre la experiencia del parto y el puerperio, tan difícil de sondear: lo definimos con Gilles Deleuze y Félix Guattari como “un rasgo intensivo (que) se pone a actuar por su cuenta, una percepción alucinatoria, una sinestesia, una mutación perversa, un juego de imágenes (que) se liberan” (1994a: 20), como un “cuerpo sin órganos […] lleno de alegría, de éxtasis, de danza” (1994b: 156), como “una meseta, que comunica con las otras en un plan de consistencia […], que es habitada por intensidades que hace pasar, produce y distribuye” (1994b: 163); con inspiración merlaeu-pontyana hablamos de la fusión con el bebé como una experiencia que no es traducible racionalmente de forma completa, sino una sensación corporal y emocional, pre-reflexiva, salida de la experiencia de la carne, de la sensación; con inspiración spinoziana hablamos de la sensación de poder generada tras el parto, afirmando que el hecho de haber experimentado lo que el propio cuerpo puede hacer (crear una nueva vida, parirla, maternarla, sobrevivir al cansancio extremo), genera una sensación de poder que se ve reflejada en otros ámbitos de la vida, y en el modo en que el propio cuerpo es percibido, valorado y experimentado; con las palabras de Suely Rolnik sobre Lygia Clark, afirmamos que en el puerperio nos podemos dejar conducir hacia la frontera, hacia un estado en el que podamos escuchar y vivir nuestro “cuerpo-bicho”, entrar en un territorio desconocido que nos cuestiona y nos desestructura para volver a construirnos; con inspiración nietzschiana afirmamos que el puerperio es un momento en que sentimos que bailamos al borde del abismo, y con inspiración foucaultiana buscamos su capacidad de resistencia.

Entre todas estas citaciones (que por algún motivo nos remitieron en aquel momento a lo que nos estaba pasando y a partir de las cuales establecimos conexiones que ahora no podemos ver con claridad), aparecen algunas descripciones más íntimas: la aparición de un cuerpo que se experimenta de una nueva forma, que no se reconoce, que se siente vacío, que duele y que también da felicidad; el pasar de ser dos en el cuerpo de una, a luego ser una que a la vez es dos, viviendo en dos cuerpos, conectados de múltiples maneras; el surgimiento de una zona de intensidad, rebalsada por intensidades; el sentirse deshecha, rota, desmontada; la sensación de “ser animal” en el estar desnuda, lastimada, suturada, sangrando y chorreando leche, siendo “carne” (Mora, 2009). En síntesis, nuestro puerperio aparecía como una experiencia de discontinuidad, de inestabilidad, de caos, como algo que irrumpió, nos afectó intensamente, nos trastocó, nos desarticuló, nos desequilibró, actuando en nuestra subjetividad desde un nivel microperceptivo que no siempre es posible nombrar.

En esta etapa de puerperio, como en el embarazo, volvimos a recurrir a los libros (del mismo modo que buscamos algo de nosotras en ellos desde la infancia y la adolescencia) y nos aferramos a ellos y a su contenido. Esos mismos libros que nos habían hablado de un parto que no fue nuestro parto. Esos libros en los que todavía creíamos, que nos daban un orden. Estas lecturas, una vez más, nos apoyaron al darle nombre y explicación a lo que no podíamos entender del todo, a lo que nos desbordaba. Le pusieron palabras a la enorme, profunda, intensa conexión que estábamos experimentando con nuestras hijas y nuestros hijos, nombraban lo que nos resultaba imposible nombrar; pero también nos brindaban herramientas para argumentar nuestras posiciones frente a nuestras familias y a otras personas, que solían acusarnos a nosotras y a nuestras hijas e hijos de distintas cosas. Por entonces, estas lecturas nos permitieron enumerar los beneficios del colecho, de la lactancia exclusiva y a demanda, o de cargar al bebé en brazos tanto como nos fuera posible, entre otras prácticas con las que nos sentíamos cómodas. Para tomar las palabras de Michel de Certeau (1996 [1979]), el lector toma del texto lo que necesita en el momento que lee.

Con más o menos personas cercanas y atentas, vivimos nuestros embarazos (muy especialmente los primeros) en cierta soledad. Una soledad que se transitaba en medio de un mundo muy opinador y juzgador; la maternidad es algo sobre lo que todos hablan, opinan y tienen posición tomada. Los libros y algunas páginas de internet estuvieron disponibles ante la necesidad de encontrar un anclaje en medio de tantos cambios y de tanta incertidumbre, y nos proporcionaron un lugar donde ubicarnos en ese mapa de posiciones sobre la maternidad que apenas comenzábamos a vislumbrar. Echamos mano a un itinerario de lecturas, recomendadas por mujeres que estimamos intelectualmente, sobre el parto natural y la crianza con apego. Estas lecturas, en un primer momento, nos contuvieron emocionalmente y nos volvieron inteligible el mundo (al menos el imaginado) sobre la maternidad. De esta manera armamos nuestra primera biblioteca materna, con el bebé humano como mamífero, parir con placer, parir con pasión, el encuentro con la propia sombra, crianza con apego, fusión mamá-bebé, mimos y teta a demanda, entre los principales tópicos. No faltaban los libros con dibujos que mostraban paso a paso lo que pasaba dentro de nuestros úteros, nos resultaba tranquilizador, detallado, científico. Pero, así como el estallido subjetivo del puerperio había hecho volar por los aires todas las certezas que habían construido las lecturas realizadas durante el embarazo, las lecturas del puerperio muy pronto dejaron de proporcionarnos una voz y un sentido. Estas lecturas, y las certezas que habíamos construido junto con ellas, no nos alcanzaban, no nos servían o nos hacían mal. Nos encontramos nuevamente deshechas y solas, sintiéndonos presas de los mandatos sobre la maternidad y las expectativas sobre la “buena madre”. Sin punto de anclaje, sin sostén ni soporte.

Fueron surgiendo los primeros cuestionamientos a todos estos libros y teorías. Lo primero fue percibir que algo de ellos era cuestionable, “esto no me cierra”, “esto me está haciendo mal”; discursos que entraban en contradicción con nuestras propias posturas políticas. Comenzamos a sospecharles, a percibir que no daban lugar para sentimientos ambivalentes o desbordes emocionales, a notar que no siempre era posible llevar a la práctica todas sus propuestas, ya que existen muchos factores limitantes, tanto estructurales como subjetivos. Sentimos que lejos de hacer nuestra maternidad más vivible, estas teorías estaban llenándonos de sentimientos de culpa, de sensaciones de falta o carencia, de no estar a la altura, de que algo en nosotras andaba mal. La urgencia de resolver el sentirnos tironeadas entre el deseo del afuera, de volver a disfrutar de momentos personales, de salidas, trabajo o actividades propias, y la necesidad del apego mamá-bebé dentro del hogar. En pleno malestar, nos contamos con mayor sinceridad lo que nos pasaba. Y emergieron, afortunadamente, las primeras pistas.

Una de esas pistas apareció cuando nos reíamos con la Guía Inútil para Madres Primerizas (2015 [2007])4, con Según Roxy5 o con Mamá Mala (2015)6. Frente a las concepciones normativas de la maternidad, que nos hacían sentir deshechas e inadecuadas (inclusive en aquellas en las que supuestamente íbamos a encontrar la liberación), en nuestras charlas y en las producciones de estas mujeres encontramos una oportunidad para desmontar esas concepciones rígidas y llenas de certezas, para reírnos de nosotras mismas y para hacer nuestras vidas con bebés mucho más llevaderas. En el humor encontramos la cercanía, la incerteza; la rigidez iba dejando paso a otra cosa, no sabíamos bien a qué, pero era algo más relajado y placentero; que nos permitía distanciarnos momentáneamente de las determinaciones y los mandatos socioculturales hacia la maternidad y que se convertía en un modo de procesar las múltiples contradicciones y tensiones que atravesábamos en nuestras vidas cotidianas.

Lo personal es político
(pero tus pezones son del bebé y tu vagina de la naturaleza)

Muy pronto, comprendimos la necesidad de preguntarnos por qué ciertos discursos habían impactado de tal manera en nuestras subjetividades. Luego de escribir los relatos de las experiencias que confluyeron en la narrativa que ofrecimos en el apartado anterior, y que permiten ubicarse en el mundo afectivo y biográfico de quienes nos dejamos tomar por ellos, volvimos a indagar en la literatura académica.

Las primeras respuestas aparecieron de la mano de un texto tan clásico como La antropología estructural (1977) de Claude Lévi-Strauss. De acuerdo con Lévi-Strauss, a diferencia de otros modos de cura shamánica, en los cantos que los Cuna utilizan ante los partos difíciles ocurre algo interesante: la integridad física y el proceso del parto se restituyen ante la intervención de un shamán (y de los miembros de la comunidad que acompañan a la parturienta) por medio de cantos, que organizan una narrativa. En esta narrativa, “todo pasa como si el oficiante tratara de conseguir que una enferma cuya atención a lo real se encuentra sin duda disminuida –y exacerbada su sensibilidad– debido al sufrimiento, reviva de una manera muy precisa e intensa una situación inicial y perciba mentalmente los menores detalles” (1977: 217). El relato de lo que está ocurriendo –un relato que toma forma teatral, donde el cuerpo y los órganos internos de la mujer que está pasando por un parto complicado son escenario y actores–, busca “restituir una experiencia real” (ibídem: 218), mediante la escucha del detalle de “un itinerario complicado, verdadera anatomía mítica que corresponde menos a la estructura real de los órganos genitales que a una suerte de geografía afectiva, que identifica cada punto de resistencia y cada dolor” (ibídem: 219). Con el objetivo de lograr que el parto se produzca (recién tras el nacimiento la curación concluye), el canto parece tener por objeto principal “el de describirlos a la enferma y nombrárselos, de presentárselos bajo una misma forma que pueda ser aprehendida por el pensamiento consciente o inconsciente” (ídem).

Por lo tanto, la cura consiste en “volver pensable una situación dada (…) y hacer aceptables para el espíritu los dolores que el cuerpo se rehúsa a tolerar” (ibídem: 221). Esto se torna posible porque la parturienta cree en esa realidad y es miembro de una sociedad que también cree en esa realidad: “lo que no acepta son dolores incoherentes y arbitrarios que, ellos sí, constituyen un elemento extraño a su sistema, pero que gracias al mito el shamán va a colocar de nuevo en un conjunto donde todo tiene sustentación” (ídem). Al comprender lo que le está ocurriendo, se produce la curación, o, en este caso, se produce el parto. El shamán proporciona

(…) un lenguaje en el cual se pueden expresar inmediatamente estados informulados e informulables de otro modo. Y es el paso a esta expresión verbal (que permite, al mismo tiempo, vivir bajo una forma ordenada e inteligible una experiencia actual que, sin ello, sería anárquica e inefable) lo que provoca el desbloqueo del proceso fisiológico, es decir la reorganización, en un sentido favorable, de la secuencia cuyo desarrollo sufre la enferma” (ibídem: 221).

La narrativa, que restituye el sentido, determina una modificación de las funciones orgánicas afectas.

Aunque no estábamos atravesando por ningún proceso patológico (ni siquiera complicado clínicamente), las tres autoras recurrimos a todo un itinerario de lecturas, narraciones y prácticas corporales para “volver pensable” e inteligible nuestro momento vital. Esos discursos sobre la maternidad que nos encontramos circulaban entre las mujeres de clase media de Buenos Aires a través de las recomendaciones de otras mujeres madres o en diversas prácticas corporales, como por ejemplo esferodinamia, eutonía, yoga, biodanza, entre otras7. También eran reforzados por mujeres formadoras de opinión en cuestiones de maternidad, por diversos especialistas en temas de crianza o por algunas revistas femeninas de circulación masiva. Eran discursos heterogéneos que abarcaban distintas producciones y formatos que iban desde blogs y redes sociales, hasta libros de gran impacto editorial, películas, documentales, series de ficción o clases corporales.

Frente a nuestros múltiples cuestionamientos a los imperativos sociales que nos decían que había que “volver a la normalidad” rápidamente después del parto, que teníamos que “recuperar el cuerpo” anterior al embarazo o que debíamos arbitrar los medios necesarios para restituirnos lo más pronto posible en la vida laboral, nos encontrábamos ante la necesidad de buscar discursos que narraran otras vivencias e incluyeran nuevos sentidos y posibilidades. Para ello, habíamos decidido hurgar en otros modos de decir y hacer, en herramientas que nos permitieran poner en palabras y en movimientos, comprender y justificar, las transformaciones profundas y vertiginosas que estábamos experimentando durante esos momentos vitales. Encontramos, así, muchos discursos que interpelaban la hegemonía del discurso biomédico, que reivindicaban el rol protagónico de la mujer durante el embarazo, el parto y el puerperio y que confrontaban el imaginario negativo sobre el cuerpo de las mujeres.

Todos esos saberes organizaron cierta narrativa que en algún momento nos contuvo, que nos ofreció un encuadre y que nos permitió expresar esos estados que hasta entonces experimentábamos como “informulables” e “intransferibles”. Pero después esto mismo se volvió una especie de “prisión” a la que debíamos circunscribirnos. El itinerario de lecturas a las que venimos aludiendo y los discursos que nos atravesaron de distintas maneras a partir de nuestros embarazos, se entrecruzaron de formas muy particulares con nuestras propias experiencias de maternidad y con nuestras historias como hijas y mujeres, atrapándonos en una serie de preceptos que, lejos de tranquilizarnos, liberarnos o brindarnos placer, nos atormentaron con un sinfín de mandatos rígidos, responsabilidades asfixiantes y sentimientos de culpa apenas soportables. ¿Cómo comprender analíticamente las razones por las que estos discursos dejaron de aliviarnos? ¿Por qué ya no nos sentíamos habladas o contenidas por ellos? ¿Cuáles eran los principales puntos problemáticos que encontrábamos en esta relación entre el pensamiento y la experiencia?

Durante los embarazos, nuestras lecturas de cabecera nos decían que el bebé es un mamífero y que podíamos parir con placer. Aunque algunos enunciados que encontramos ahí aún nos siguen resultando interesantes −e incluso nos encontramos más de una vez repitiéndolos en conversaciones con otras mujeres−, en términos generales en vez de ayudarnos sumaron a nuestras “mochilas maternas” una serie de remordimientos, angustias, culpas y frustraciones vinculadas con no haber podido llevar a la práctica todas sus recomendaciones.

Se dice que parir es algo natural, que sólo hay que dejar “hablar al cuerpo”. Que el problema es que no nos dejan (o no nos dejamos a nosotras mismas) parir con nuestro “cuerpo paleolítico”, pero que podemos hacer cosas para que éste emerja y el “parto paleolítico” se produzca. Que llegado el momento nuestro cuerpo sabrá qué hacer, que estamos preparadas para ello, que las mujeres siempre parieron y que toda mujer puede parir y que, entonces, esa capacidad va a aflorar si nos “dejamos llevar”. Muchas veces se habla de un cuerpo que actúa con autonomía, que tiene un saber propio, que guarda la historia de la especie y que esa historia puede recuperarse. Un cuerpo sin historia individual, sin subjetividad, sin cicatrices. En estos repertorios discursivos, la postulación de esta supuesta verdad del cuerpo biológico (un saber del cuerpo trans-histórico y natural), solo encontraba su limitante ante la imposición de la cultura (representada negativamente por la intervención médica, el mundo del trabajo, el patriarcado y, en general, la vida pública).

Por fuera (un afuera cercano) de los libros y las redes sociales, las respuestas más habituales que encontramos al manifestar nuestros miedos, incomodidades o preocupaciones fueron “relajate”, “no te hagas malasangre, va a estar todo bien”, “no tenés que pensar tanto”. Esto, muchas veces convivía con el otro polo del debate: “confiá en tu médico”, “entregate y dejá que el profesional decida, para algo estudió tanto”, “en mi época no nos hacíamos tanto problema ni había tanta información disponible”, entre otros. No sólo es un cuerpo que actuará de manera autónoma en el momento de parir o de amamantar o de entender qué quiere el bebé; es un cuerpo que puede ser fácilmente manipulado y moldeado por un saber experto. Un cuerpo universal que no carga con una historia personal o que no debería hacerlo. Un cuerpo propio que es hablado por otros.

La apelación a la naturaleza como medio de regulación social ha sido destacada, entre otros, por Verena Stolcke (en Ventura, 2011), quien ha investigado sobre la justificación de desigualdades sociales por “causas naturales”. Esta autora afirma que la naturalización de las desigualdades se manifiesta de distintas formas (racialización, racismo, etnitización, etcétera); y que, en nuestra sociedad meritocrática, esencialista y biologicista, se apela al culturalismo para justificar la desigualdad, porque aparentemente esto haría que la justificación fuese más benévola al saber que la cultura es modificable. Al mismo tiempo, resalta que, en muchos de los actuales procesos de naturalización, los términos del debate se encuentran valorativamente invertidos y que se carga a la cultura con las características antes atribuidas a la naturaleza: aunque la cultura es ineludiblemente transformación y dinamismo, en el uso cotidiano es referenciada como algo que se tiene, que se porta, que se hereda pasivamente, que es inmodificable. De esta manera, se la valora negativamente, asociándola con lo artificial, con lo que nos aleja de un “ser verdadero”, en oposición a la naturaleza, asociada con lo bueno, lo puro, lo auténtico. Esta atribución de verdad a la naturaleza, es uno de los usos de la naturaleza y es una de las formas de la naturalización. Esta justificación no sólo se da a un nivel ideológico, sino que opera a nivel sociológico, ordenando nuestras prácticas y configurando nuestras experiencias.

Los discursos que venimos desarrollando generalmente pretenden abarcar y explicar la totalidad de la experiencia materna y no dejar nada por fuera, movilizando una serie de repertorios morales en pos de delimitar las buenas y las malas prácticas maternales. Se trata de discursos que buscan fijar y homogeneizar prácticas y experiencias ligadas a la maternidad y que no le hacen lugar a la contradicción, la inestabilidad, el dinamismo o la heterogeneidad. Frente a estas concepciones normativas de la maternidad, los relatos de otras mujeres madres que se reían de sus propias ambivalencias o desbordes emocionales y las conversaciones o los chistes entre amigas funcionaron como una grieta que nos permitió sortear, al menos en parte, las múltiples demandas e imperativos morales que se nos presentaban en la vida cotidiana y que nos decían cómo teníamos que hacer o sentir. Fue así como pudimos, poco a poco, comenzar a hacerle lugar a la escucha personal, habilitar ciertos sentimientos y reflexiones colectivas o reconciliarnos con nuestras contradicciones.

Este texto, entonces, nace de una suma de experiencias, situadas en el espacio social entre otras vivencias y búsquedas similares y diferentes, con la intención de propiciar el debate colectivo y político sobre la rigidez de los discursos de maternidad y crianza que circulan entre las mujeres de clase media urbana en la actualidad. Retomando las preguntas de la introducción, pensamos que estos discursos no permiten pensar la pluralidad y diversidad de experiencias y corporalidades maternas ni habilitan espacios para la escucha de las personas gestantes con sus particularidades, miedos y deseos -que son siempre, claro está, constituidos culturalmente y que están atravesados por múltiples desigualdades y relaciones de poder-.

Es justamente la diferencia la que nos permite mirar. Pero no cualquier tipo de diferencia, sino aquella que habilita la experiencia de lo ajeno, de lo extraño que sin embargo nunca queda tan extraño. Como afirma Esteban Krotz (1994), la pregunta antropológica por la alteridad se dirige hacia aquellos seres vivientes que nunca quedan tan extraños, que le parecen tan similares al ser propio que toda diversidad observable puede ser comparada con lo acostumbrado, y que sin embargo son tan distintos que la comparación se vuelve un reto teórico y práctico. Es la pregunta por los aspectos singulares y por la totalidad de los fenómenos humanos afectados por esa relación. Una pregunta “que implica tanto la alteridad experimentada como lo propio que le es familiar a uno; es la pregunta por condiciones de posibilidad y los límites, por las causas y el significado de esta alteridad, por sus formas y sus transformaciones” (1994: 7)

Durante su trabajo de investigación en un hospital público, una de nosotras conoció a una mujer embarazada que tenía una prótesis en su pierna izquierda y estaba preocupada por los agarres de las sillas de parto: “¿para mí será posible parir?”, se preguntaba. Al conversar sobre este recuerdo nos preguntamos por la diversidad de cuerpos que gestan y van a parir y su inclusión (o no) en las prácticas y discursos de profesionales e instituciones de la salud: ¿Qué pasa con las mujeres discapacitadas o con los cuerpos no hegemónicos?, ¿con las mujeres que gestan a edades avanzadas? ¿Y con las masculinidades gestantes? En el estudio al que nos referimos en el párrafo anterior los profesionales médicos no parecían darle demasiado lugar a la pregunta por esta diversidad. En sus discursos el cuerpo aparecía como “sede” del futuro bebé y se mostraba como algo “natural” el hecho de sentir miedos, molestias o dolores. Solo consideraban un cuerpo biológico que debía “dejar hacer a la naturaleza” y consideraban al trabajo corporal durante el embarazo en términos de “parte física” caracterizada por “hacer ejercicios”.

Como lo entendemos en este trabajo, el cuerpo, tanto en sus ritmos como en sus gestos, su expresividad o su silencio, sus límites y su espacio, está determinado por las relaciones sociales en las que el sujeto es también productor activo. Los movimientos, los gestos y las actitudes son productos de una relación contextuada. El campo de significaciones generadas por el cuerpo y el movimiento en relación constituye las señales de su salud, su desarrollo, y su lugar en el mundo. Por eso hablamos de la importancia de pluralizar: el punto de partida es la igualdad en la diferencia y el punto de llegada es el reconocimiento de cada singularidad histórica, social y culturalmente situada. Es éste un saber que requiere de un pensar sensible, al aceptar la presencia del otro y dejarse afectar por su demanda profunda de vivir en el mundo. Comprender que en lo homogéneo no hay una posibilidad de estar, hacer y decir con o desde el cuerpo. Abrimos, así, la pregunta por cómo hacer espacio a los diversos modos del cuerpo (Tabak, 2018) durante momentos vitales como el embarazo, el parto y el puerperio.

Nuestros cuerpos sexuados no son solo un campo de batalla de discursos que los reclaman para sí: también son un campo de fuerzas con una variedad de puntos de tensión, que se redefinen todo el tiempo en un diálogo adentro-afuera (Louppe, 2011). Pensamos que es en ese juego de tensiones entre el adentro y el afuera, entre lo propio y lo ajeno, o entre lo individual y lo compartido, donde radica la clave para pensar otros modos de sostén y soporte de las experiencias maternas.

Escapando de la rigidez: la búsqueda de soportes

Durante nuestras conversaciones en vistas a elaborar este artículo, una de las autoras, que es psicomotricista, encontró en este campo de conocimiento una serie de nociones que terminarían siendo centrales al momento de comenzar a pensar una propuesta superadora, luego de elaborar el análisis crítico que compartimos aquí.

La psicomotricidad es una disciplina que toma como objeto de estudio al cuerpo y sus producciones y que entiende al cuerpo como una construcción social, que comprende lo psíquico, lo neurobiológico, el encuentro con los otros y el contexto. Esta disciplina se ocupa del cuerpo en relación, desde una perspectiva que toma en cuenta el particular nexo entre tono y emoción. Y se orienta a observar, comprender e intervenir sobre el cuerpo en sus producciones, como son los gestos, la mirada, la voz, entre otras.

Desde esta perspectiva, la disponibilidad corporal (Tabak, 2017) es aquello que permite administrar las distancias y los diferentes modos del sostén, para garantizar la seguridad afectiva, y al mismo tiempo favorecer la autonomía desde la atención al propio cuerpo, a las resonancias que generan las situaciones o los encuentros. Es sólo desde esta atención a la propia postura y al propio sentir, que se puede habilitar una disponibilidad corporal hacia el otro. La posibilidad de estar disponible corporalmente se ve habilitada por la variabilidad del tono corporal, esto es, la posibilidad de la fluctuación entre diversos estados de tensión, de manera de generar un acuerdo tónico con otro (si es lo que se busca) o un desacuerdo tónico (escenario de las tensiones que nombramos más arriba). Nos referimos aquí al tono como fenómeno nervioso complejo que constituye la trama de los movimientos y que no desaparece en la inactividad, dado que toma parte en todas las funciones motrices y es también un vehículo en la expresión de las emociones, de manera variable para cada individuo (Barraquer Brodas, 1957).

Siguiendo a Henri Wallon (1965), podemos decir que “cualquier actitud, cualquier posición, tanto en el sueño como en la vigilia, dependen de la actividad tónica, es decir de esa actividad que da a los músculos un grado de consistencia y una forma” (1965: 31-32). A su vez, Benoit Lesage (2014) destaca que el nivel tónico consiste “en una preparación para”, en el sentido de una intención que sostiene y soporta la disposición corporal, que remite al sentido de sí mismo que tiene el sujeto y que define una manera particular de ver, oír, tocar y sentir.

En la crianza, el soporte del lado del adulto funciona como un soporte físico y, al mismo tiempo, puede brindar al niño o a la niña la seguridad afectiva necesaria para que él o ella vaya construyendo su propio eje tónico postural. Mientras que el sostén hace referencia a un esfuerzo que se realiza para que algo no se derrumbe, e implica una fuerza y una acción por parte de quien lo ofrece; el soporte (término asociado, pero diferente) involucra algo que permite una acción para otro, o que permite que algo se desenvuelva. Es en este proceso, que acompaña al desarrollo del niño y que es necesario para su constitución como sujeto, que podemos pensar en el soporte en tanto aquello que permite o hace posible una organización particular, bajo el requerimiento de la presencia de un otro que habilite y soporte (Tabak, 2017).

Y aquí llegamos a algo que es fundamental para nuestra propuesta: soportes y sostenes, para ser tales, deben ser flexibles, deben estar atentos, abiertos y disponibles; en cambio, si son rígidos e inflexibles, no pueden constituir efectivos sostenes ni soportes. En términos de disponibilidad corporal, presentarse como soporte para un niño o niña implica estar a la escucha de lo que hace o quiere hacer y regular las distancias, las miradas, las palabras y los tonos; de modo tal de favorecer el despliegue de su acción, su juego o su interacción con el medio, sin perder la escucha al propio cuerpo que “resuena” en la tonalidad de ese niño o niña.

Estas ideas de sostén, soporte y disponibilidad corporal se convirtieron en útiles herramientas para pensar la relación entre los discursos sobre la maternidad y nuestras experiencias. En primer lugar, pudimos reflexionar sobre el importante rol que había tenido la necesidad de ser “soportadas” por los discursos circulantes sobre maternidad que habían signado las etapas más tempranas de nuestras maternidades. Haciendo foco en esta relación con los soportes, es posible pensar la verticalización o el enderezamiento, como el proceso que permite alejarse del soporte del piso y de los brazos del otro, para encontrar otro modo de relación con la gravedad. Se trataría entonces de un tiempo donde se entrelazan las condiciones del equipamiento, la calidad de los intercambios y la experiencia vivida. Es en este sentido que buscaremos articular aquí aquello que permite una organización postural con relación a la gravedad y el valor de la experiencia y el soporte ofrecido por un otro significativo. En palabras de Lesage (2014) podemos pensar la verticalización como la “vivencia que una estructura sustenta”. Encontramos que en aquel momento vital nos habíamos sentido “sin piso”, sin soporte. Sin el auxilio del sostén que nos proveían anteriormente los vectores de nuestra existencia social y nuestra identidad; haciéndonos madres, estos soportes se diluían, se aflojaban, se hacían más complicados, incluso se desvanecían. En ese contexto, estos nuevos discursos nos proveyeron de un nuevo sostén, de un marco explicativo e interpretativo que, a la manera de un encuadre, constituyó, por un tiempo, un nuevo soporte que nos permitió seguir caminando sin caernos.

En segundo lugar, este modo de entender el sostén y el soporte nos permitió comprender por qué estos discursos –más allá de la crítica que fue posible hacer respecto de ellos mediante las herramientas que nos brindaba la teoría feminista y la ciencia social–, dejaron de constituir un marco interpretativo tranquilizador o al menos organizador de algo infinitamente desorganizado. Es decir, nos permitió comprender por qué fueron tan limitados a la hora de brindarnos el lenguaje para expresar “estados informulados e informulables”, para usar los términos de Lévi-Strauss, y por qué revelaron rápidamente su incapacidad para proporcionarnos un verdadero soporte.

Se trataba de comprender, desde el cuerpo y el movimiento, que no hay construcción armoniosa del eje (postural o emocional) sin noción de desequilibrio e inestabilidad, que el conflicto y el balance son elementos interdependientes y bidireccionales. Llevados al terreno de nuestras vivencias maternas, el soporte se hizo palpable recién cuando lo pensamos en términos de una estructura inestable y móvil que se organizaba y se reorganizaba todo el tiempo (Verdenelli, 2020).

Esto implicaba atender a los diferentes elementos que entraban en diálogo en nuestras experiencias vitales y que modificaban apoyos, energías, necesidades y relaciones. Que eran receptáculo de las inscripciones de los encuentros con los otros y que necesitaban de un diálogo constante con el entorno. De este modo, logramos concebir ese soporte como algo dinámico, complejo, fluctuante y en permanente redefinición. Así como la organización del eje tónico-postural del cuerpo es un proceso que incluye aspectos biomecánicos, puntos de apoyo, huellas emocionales y que permite funciones de soporte, integración, recepción y fluctuación tónica (Tabak, 2013); la búsqueda de nuestros propios modos de ser madres aparecía como un proceso complejo y fluctuante que se (re)definía y se (re)negociaba constantemente a partir de necesidades que eran personales, vinculares y que dependían, en diversos grados, de las posibilidades estructurales y lo que nos devolvía el entorno (Verdenelli, 2020).

Reflexiones finales

En este artículo nos propusimos tensionar algunos discursos sobre la maternidad y problematizarlos a la luz de nuestras propias vivencias de embarazo, parto y puerperio. Para ello, elaboramos un relato autoetnográfico que unificó las experiencias de las tres autoras y desandamos el itinerario de lecturas compartidas, discursos expertos y prácticas corporales a las que recurrimos para comprender y elaborar estos momentos vitales.

Si bien todos esos saberes organizaron cierta narrativa que en algún momento nos contuvo, que nos ofreció un encuadre y que nos permitió construir sentido y expresar estados que hasta entonces experimentábamos como “informulables” e “intransferibles”, notamos que con el paso del tiempo también se volvieron una especie de “prisión” a la que debíamos circunscribirnos, fuente de angustia, culpa e inseguridad. Estos discursos construían una maternidad ideal, única y perfecta, incapaz de alojar la diversidad de experiencias y corporalidades maternas. Aparecía, así, una clara tensión entre las prescripciones normativas y las vivencias situadas de maternidad, que muchas veces implicaban una serie de miedos, ambivalencias, imposibilidades o contradicciones que no encontraban un canal para ser formuladas o habilitadas.

A partir de un ejercicio del pensamiento que integró campos de conocimiento diversos, concluimos que para poder convertirse en auténticos soportes de la pluralidad de experiencias es necesario que los discursos sobre la maternidad se vuelvan móviles, inestables, parciales e inclusivos. Discursos que busquen hacer lugar a cuerpos, prácticas, voces e historias heterogéneas. Que puedan constituirse como redes de afecto, en el ejercicio del soporte. Lo que sostiene, en última instancia, es saberse envueltas en un tejido que permite descansar, confiar y recuperar.

Con estas reflexiones abrimos algunos ejes de orientación a nuevos caminos de investigación en torno a la experiencia de la maternidad. Uno de ellos gira en torno a la implementación en nuestro país de la Ley de Parto respetado, las modalidades de atención y cuidado que implica y el reconocimiento de sus alcances por parte de la población. Otro tiene que ver con las modalidades de acompañamiento de las experiencias diversas de maternidades, las posibilidades de las instituciones y agentes de salud para alojar los miedos y las incertidumbres que envuelven al embarazo, el parto y el puerperio. Un tercer eje refiere a los modos de pensar las corporalidades y su influencia en la atención y acompañamiento de embarazos, partos, lactancias. Y, por último, la posibilidad de investigar desde qué lugares, perspectivas e ideologías se sostienen las diferentes normativas discursivas que rodean las experiencias de maternidades.

Consideramos que es necesario que la teoría feminista abandone la pretensión de descubrir una descripción unitaria de la maternidad. Proponemos en cambio destacar y valorar la multiplicidad de experiencias y corporalidades maternas, comprendiendo que se trata de construcciones culturales, sociales e históricamente situadas, que son necesariamente parciales y que no admiten grandes generalizaciones ni relatos totalizantes.

Recibido el 2 agosto de 2023. Aceptado el 27 de noviembre de 2023.

*Ana Sabrina Mora

Es Doctora en Ciencias Naturales (orientación antropología) y Licenciada en Antropología (FCNyM/UNLP). Investigadora de CONICET, con lugar de trabajo en el Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de La Plata (IdIHCS-UNLP). Es profesora en dicha casa de estudios y en posgrados de distintas universidades. Correo electronico: sabrimora@gmail.com

**Graciela Tabak

Es Magister en Educación para la Primera Infancia (FFyFL/UBA) y Licenciada en Psicomotricidad (UNTREF). Profesora en Artes del Movimiento (IUNA) y de Expresión Corporal (Escuela Nacional de Danzas “María Ruanova”). Miembro del Grupo de Estudio sobre Cuerpo (IdIHCS-UNLP). Correo electronico: gratabak@gmail.com

Juliana Verdenelli ***

Es Doctora en Antropología Social (IDAES/UNSAM). Becaria posdoctoral del CONICET (IdIHCS-UNLP). Integra el Grupo de Estudio sobre Cuerpo (IdIHCS-UNLP), el Núcleo de Estudios Antropológicos sobre Danza, Movimiento y Sociedad (IDAES-UNSAM) y el equipo de Estudios Interdisciplinarios sobre Trabajo y Artes (EITyA/UBA). Correo electronico: juliverdenelli@gmail.com

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1 Como afirma Patricia Schwarz (2016), el deseo de tener un hijo, al igual que los demás deseos humanos, está permeado de subjetividad y mediaciones simbólicas y no responde a una cualidad innata ni natural en las mujeres, del mismo modo que los cuidados que un hijo requiere son aprendidos por medio de la cultura. Como todo proceso de ejercicio y transmisión de conocimiento, dirá Schwarz, la práctica maternal “implica relaciones de poder y dominio” (2016: 24).

2 Si bien nos encontrábamos en pareja con los padres de nuestros hijos e hijas en los momentos considerados aquí (embarazos, partos, puerperios), no hemos incluido el vínculo con ellos en este artículo, dado que llevarían a adentrarnos en una complejidad que excede los límites de este texto; así como tampoco hemos incluido el vínculo con otras personas significativas que participaron de estos momentos.

3 En Argentina diversos colectivos de mujeres han pugnado por la des-medicalización y la des-patologización del parto y han logrado la sanción de la Ley de Parto Humanizado. En continuidad con una serie de avances jurídicos en materia de igualdad civil y ampliando el reconocimiento de derechos sexuales y reproductivos sancionados por distintas leyes desde fines del 2002 hasta el 2015, la Ley 25.929 de Parto Humanizado fue sancionada el 25 de agosto de 2004 y reglamentada el 1 de octubre de 2015.

4 La guía (inútil) para madres primerizas es un antimanual que, valiéndose del humor mordaz de sus autoras, se propone tirar por la borda la versión “edulcorada” de la maternidad.

5 En esta serie de ficción Julieta Otero encarna a Roxi, una “mami progre y alterada” que comparte en clave humorística sus angustias, desbordes y ambivalencias diarias como madre trabajadora, porteña y de clase media.

6 Según su autora, Carolina Justo Von Lurzer, Mamá Mala es un personaje que nació de la profundidad de la experiencia del nacimiento de su segundo hijo. Afirma que es un ejercicio “catártico-reflexivo” que comenzó en la red social de Facebook y que después se transformó en un libro en el que se visibiliza el “alevoso malestar” que puede aparejar la maternidad, incluso cuando es deseada.

7 Son técnicas corporales que incluyen una variedad de abordajes centrados en el autoconocimiento, que suelen promover una mirada holística sobre la salud y pensar al cuerpo como el centro de la experiencia. Se orientan a la conciencia corporal en el movimiento, al encuentro de una regulación del tono muscular, a incorporar objetos (como pelotas grandes) para modificar posturas y movimientos, al ejercicio de posturas (asanas) para encontrar una regulación corporal o a inducir vivencias integradoras por medio de la música, el canto y el movimiento.