Cuatro relatos sobre pandemia, cuidados y trabajo docente universitario
Mariángeles Camusso*
RESUMEN: Este artículo presenta hallazgos y reflexiones sobre la relación entre trabajo docente universitario y cuidados en el marco de la pandemia COVID 19 que forman parte de mi tesis de Maestría en Estudios Culturales, denominada “La facu en casa. Conflictos y conciliaciones entre trabajo remunerado y trabajo de cuidados. Experiencias y relatos de docentes universitarias durante la pandemia COVID-19”. El trabajo de investigación realizado se centró en indagar las tensiones generadas en torno al trabajo doméstico y las tareas de cuidado y su relación con la vida laboral en docentes universitarias en un contexto de convivencia entre la institucionalización de luchas y discursividades feministas con una alteración significativa de las rutinas cotidianas por las políticas de aislamiento social obligatorio dispuestas para evitar la propagación del coronavirus. A partir de un contrapunto entre epistemologías feministas, estudios culturales y conceptos provenientes de autores enmarcados dentro del “giro afectivo”, en esta presentación compartimos un mapeo que sintetiza configuraciones de sentido en torno a los cuidados presentes en los relatos de las entrevistadas.
Palabras clave: pandemia, docencia universitaria, crisis de cuidados
ABSTRACT: This paper presents findings and thoughts on the relationship between the work of university teachers and care tasks in the context of the COVID-19 pandemic which are part of my Master's thesis in Cultural Studies, called “College at Home. Conflicts and Conciliations between Paid Work and Care Work. Experiences and Stories of University Teachers during the COVID-19 Pandemic”. The research work carried out focused on investigating the tensions generated around domestic work and care tasks and their relationship with the working life of female university teachers, in a context of coexistence between the institutionalization of feminist struggles and discourses and a significant alteration of daily routines due to mandatory social isolation policies established to prevent the spread of the coronavirus. Starting from a counterpoint between feminist epistemologies, cultural studies and concepts from authors framed within the “affective turn”, in this paper we share a mapping that condenses meaning configurations surrounding the care work mentioned by the interviewees in their accounts.
Keywords: pandemic, university teaching, care crisis
El significado de “lo doméstico”, los cuidados, el trabajo reproductivo y su (in)conciliación con el trabajo productivo no es un tema nuevo ni original, sino más bien recurrente. Ha sido abordado de diferentes formas y con distintos enfoques en cada oleaje de la teoría y la praxis feminista, desde perspectivas económicas, sociológicas, políticas. Esta profusión de investigaciones y discursividades militantes, lejos de agotarlo, da cuenta de preocupaciones persistentes que se renuevan a la luz de acontecimientos particulares.
La emergencia de la pandemia COVID-19 y las políticas de aislamiento social obligatorio (ASPO) desarrolladas por diferentes gobiernos del mundo, generó una trasformación de las rutinas cotidianas que puso en el centro de la agenda pública y mediática discusiones en torno a la complejidad de la relación entre trabajo remunerado y trabajo de cuidado.
El presente artículo se propone compartir un apartado puntual de la investigación realizada en el marco de mi tesis de Maestría1, centrada en indagar las configuraciones de sentido en torno al trabajo doméstico y las tareas de cuidado, así como las tensiones que estas producen en relación con la vida laboral docente, utilizando como disparador las circunstancias inusuales provocadas por la pandemia. El trabajo de campo que sustentó este análisis consistió en la realización de entrevistas a docentes universitarias, con el fin de recuperar sus experiencias concretas y opiniones, así como sus percepciones y valoraciones en torno a las transformaciones de la relación entre trabajo y vida cotidiana en el mencionado contexto.
En esta oportunidad nos centraremos en exponer un mapeo que, a partir de una síntesis de las entrevistas realizadas, permitió delimitar cuatro tipologías de relatos sobre estas experiencias. Cada una de ellas despliega un modo diferente de percibir y narrar la propia cotidianidad estableciendo cierto tipo de relación con la historia personal familiar por una parte y con los discursos circulantes en torno al cuidado por otro. En principio, realizaremos una breve mención al marco teórico que guió nuestro trabajo, resaltando el interés por poner en tensión dos acercamientos diferentes a la problemática de los cuidados: el amplio espectro de investigaciones desarrolladas por la economía feminista y las reflexiones provenientes de estudios que se inscriben dentro del “giro afectivo”.
En segundo lugar nos interesa detallar las decisiones metodológicas asumidas tanto para el momento de recopilar los datos como en el proceso de análisis e interpretación de la información obtenida, argumentando su inscripción dentro de las metodologías feministas.
Finalmente exponemos los hallazgos que nos permitieron delimitar y caracterizar los cuatro tipos de relatos que constituyen el eje central de este artículo. Tomando como disparador para conversar las transformaciones en las rutinas cotidianas generadas por la pandemia COVID-19, propusimos interrogantes en torno a la significancia de “lo doméstico” para el colectivo de profesionales docentes universitarias y el impacto que esta dimensión ha tenido en sus biografías y trayectorias profesionales.
Estas preguntas estuvieron atravesadas por el interés por comprender los modos de percibir y narrar las propias experiencias de la cotidianidad, en el marco de la emergencia y circulación de discursos y perspectivas feministas contemporáneas que, entre otras cuestiones, han puesto en el centro de sus demandas y reivindicaciones la problemática de los cuidados y el trabajo reproductivo.
2. Breve caracterización del marco teórico
Este trabajo se inscribe en un diálogo permanente entre las epistemologías feministas y los estudios culturales por una parte y entre la economía feminista y el “giro afectivo”, por otro. Hemos buceado en estas tradiciones teóricas seleccionando nociones y conceptos que nos permitieran abordar una pluralidad de relatos intentando comprender lo común en la singularidad de las experiencias.
Nuestra hipótesis inicial de trabajo sostenía que la división sexual del trabajo (Pateman, 1995) construida social e históricamente -que asigna tradicionalmente a las mujeres e identidades feminizadas una responsabilidad central en la realización y gestión de tareas de cuidado- constituye uno de los núcleos patriarcales más difíciles de deconstruir, en parte debido a que las tareas de cuidado implican una imbricación afectiva emocional para las personas involucradas en ella. No obstante también nos interesaba observar cómo este aspecto de la cotidianidad emerge como zona de conflicto, cuestionamiento y confrontación para las mujeres2 -y las docentes universitarias no son excepción- atravesadas por la dificultad de conciliar sus trabajos remunerados y no remunerados.
A partir de esta premisa apuntamos a conocer los significados atribuidos por las propias sujetas de investigación a estas dimensiones de la vida social teniendo en cuenta que las configuraciones de sentido desplegadas se encuadraban en un contexto donde se entrecruzaban: la dislocación de lo cotidiano habitual provocada por la pandemia COVID-19; la crisis de la organización social de los cuidados (Ezquerra, 2012), (Rodriguez Enriquez, 2015) y los discursos y prácticas activistas de la Cuarta Ola feminista que pusieron especial énfasis en problematizar el trabajo no remunerado de las mujeres (Figueroa, 2020).
Para abordar el núcleo complejo de los relatos de las entrevistadas comenzamos precisando las nociones de cuidado, domesticidad y conciliación propuestas por las miradas feministas de la economía. Estas miradas problematizan el valor social de las tareas que se realizan “en pos de la reproducción y la sostenibilidad de la vida” (Pérez Orozco, 2014; Rodríguez Enríquez, 2015). Estas actividades han sido nombradas a lo largo de la historia como trabajo doméstico, trabajo reproductivo, trabajo no remunerado, trabajos de cuidado. Estos términos no son sinónimos sino que implican diferentes matices pero, en conjunto, refieren no solo a las acciones que se realizan cotidianamente para asegurar la supervivencia biológica de las personas humanas, sino también para permitir su desarrollo físico, intelectual y afectivo, su sociabilidad, su inscripción en la cultura.
Un aspecto central de la economía feminista es la voluntad de poner en evidencia la desigual distribución de estas tareas (más allá de que se las denomine domésticas, de cuidado, reproductivas) al interior de las familias (Esquivel, Faur y Jelin, 2012) (INDEC, 2013; 2020; 2022). También el impacto que esto tiene en las oportunidades de desarrollo de las mujeres. Al respecto, señala Corina Rodríguez Enríquez (2005) “la división sexual del trabajo de cuidado está en la raíz de las inequidades de género, que se manifiestan en este y otros espacios (particularmente en el mercado laboral)” (: 2).
Ahora bien, los enfoques económicos -aún los feministas- no alcanzan para abarcar las múltiples dimensiones que se entrecruzan en la noción de cuidados. Por esta razón, apelamos a conceptos provenientes de teorías enmarcadas dentro del “giro afectivo” (Berlant, 1998, 2011; Hochschild, 2008, 2020; Ahmed, 2014, 2019; Illouz, 2007, 2019; Cuello, 2019) para pensar las emociones, sentimientos y afectos que atraviesan la domesticidad. Siguiendo estas autorías entendemos que los vínculos entre cuidados y afectos, permiten problematizar “el rol que éstos (los afectos) cumplen en el ámbito de la vida pública y su operatividad en la gestión, reproducción y continuidad de las estructuras de poder que organizan las relaciones sociales” (Cuello, 2019 : 13).
Señala Ahmed (2004) que las emociones no son estados psicológicos sino prácticas sociales y culturales, que no suponen una autoexpresión que se vuelca hacia afuera sino más bien se asumen desde el cuerpo social, que brindan cohesión, al mismo tiempo que son esenciales para el aparato psíquico y social, que están ligadas a objetos no siempre conscientes, que son inseparables de las sensaciones corporales y suponen tanto ligazón como movimiento (Ahmed, 2004; Arfuch, 2016). Entendemos, siguiendo a Crosa y Song (2020) que el problema de la feminización del cuidado implica, en síntesis, problematizar cómo ciertas emociones se “pegaron” a tales actividades y tienen efectos sobre las prácticas cotidianas.
La tensión entre esas emociones y la percepción del cuidado como una dimensión económica entre las personas entrevistadas fue uno de los aspectos centrales a indagar. Justamente el objetivo de desentrañar los modos en que trabajo y afecto se relacionan en las experiencias individuales fue clave para el diseño de los guiones de las entrevistas.
3. Reflexiones metodológicas feministas
Para llevar adelante el trabajo de tesis que sustenta este artículo se realizaron entrevistas semiestructuradas a docentes universitarias de la Facultad de Ciencia Política y RRII de la Universidad Nacional de Rosario, que tuvieran responsabilidades de cuidado durante el periodo de ASPO/DISPO. Se contemplaron variables vinculadas a edades, tipo o categoría de cargo docente y dedicación horaria, configuraciones familiares y las vinculaciones con los activismos y teorías feministas.
Retomando el clásico texto de Harding (1998) sostenemos que este trabajo se inscribe dentro de las epistemologías feministas en la medida en que, para su formulación, hemos atendido a las tres dimensiones que la autora propone como claves de este tipo de investigaciones. Por un lado, partimos de las experiencias de mujeres (en plural), en tanto campo problemático, es decir en tanto experiencias que dan lugar a interrogantes. Los intercambios informales sostenidos con compañeras docentes universitarias de una institución académica particular, en el contexto delimitado, propiciaron la formulación de preguntas sobre los modos genéricamente diferenciados de atravesar la complejidad de una situación desconocida, inesperada y socialmente traumática como la generada por la pandemia COVID-19. El impulso estuvo dado por comprender las interrelaciones entre esta situación particular y la trama de significados que constituyen sus experiencias cotidianas de conciliación e (in)conciliación entre trabajo docente y trabajo doméstico y de cuidado. Este primer momento exploratorio permitió observar que estábamos ante un problema inédito y que los protagonistas de esta investigación -las mujeres docentes universitarias- lo definían como tal al tiempo que lo padecían.
En segundo lugar, este trabajo se realizó con la intencionalidad manifiesta de “brindar explicaciones” -en el sentido de contribuir a hacer inteligibles estas y otras problemáticas- a esas mismas mujeres sobre ciertos aspectos de su realidad cotidiana. Harding, considera que cumplir con esta condición implica “estar a favor de las mujeres”. En este sentido nos preocupamos por poner los cuidados, el trabajo doméstico, su desigual distribución al interior de los hogares y las conflictivas relaciones con el trabajo remunerado, en el centro de la discusión sobre la vida de la institución universitaria en contexto de pandemia y post-pandemia.
Por último, la autora enuncia como rasgo absolutamente distintivo de las buenas investigaciones feministas la necesidad de que “el investigador o la investigadora se sitúen en el mismo plano crítico del objeto explícito de estudio” (s/p). Es decir que revisen y expongan los rasgos constitutivos y distintivos de su propia construcción subjetiva -género, raza, clase, etc.- dando cuenta sobre los modos en que éstos influyen en su propia mirada y en la construcción de su proyecto de investigación. Paradojalmente, dice Harding, este rasgo reflexivo contribuye a la objetividad en tanto pone en evidencia los elementos subjetivos que intervienen en cualquier investigación.
Atendiendo a esta recomendación, esta investigación implicó la realización de un trabajo de introspección permanente, en la medida en que se centra en el análisis de la experiencia y los relatos de compañeras con las que compartimos un espacio de trabajo, una historia común; con algunas, un rango etario, cierta configuración familiar; con otras, algo que podríamos llamar reconocimiento -o, en palabras de Skeggs, respetabilidad (2019)- social. Me diferencio de ellas porque tengo un cargo de gestión en la Facultad: estoy al frente de la Secretaría de Género y Sexualidades; tengo un reconocimiento institucional a la vez que responsabilidades en la planificación y ejecución de acciones que puedan mejorar las brechas de género existentes en la institución.
Justamente es Skeggs (2019) quien nos permitió reconocer que esta “posición como académica feminista, con conocimientos de sociología de estudios culturales, que proviene de un medio económico, social y cultural similar al de ellas” (: 71) tiene incidencia directa en el guión semiestructurado de las preguntas, así como en las interpretaciones realizadas. También que estas posiciones diferenciadas en los ámbitos institucionales deben ser reconocidas como relaciones de poder que se atraviesan en la micro política del proceso de investigación (: 75). Así es que, en el transcurso del trabajo de campo la pregunta sobre cómo operó esta distinción en la interacción con las entrevistadas ha estado muy presente: ¿generó censura o estimuló un relato demandante hacia la institucionalidad que yo represento? De igual manera, el uso del lenguaje inclusivo por parte de varias de las entrevistadas provocó interrogantes: ¿lo utilizan habitualmente o constituyó una decisión performática destinada a mi persona?
La utilización de los relatos de las entrevistadas como corpus fundamental de este trabajo supone inscribirse metodológicamente en una tradición que coloca la experiencia de las mujeres en la base de la producción teórica feminista pero entendiendo que estas experiencias son procesadas a través del discurso y su interpretación (Skeegs, 2019).
En este sentido, entendimos que el eje convocante para invitar a las entrevistas -la experiencia docente durante la emergencia COVID-19- implicaba una revisión de acontecimientos recientes que, por su proximidad temporal, se encontraba en un estadío interpretativamente “virgen” y permitía la emergencia de observaciones y reflexiones con ciertos niveles de espontaneidad. No obstante, el diseño de los guiones de entrevistas propició la inscripción de estas vivencias en la trama de las trayectorias vitales y profesionales de cada entrevistada. Esta orientación no estuvo destinada a documentar o comprobar los hechos que efectivamente (les) sucedieron sino a explorar las formas en que estos hechos mutaban en experiencias, en la medida que adquirían significado al ser puestos en relación con la memoria y el relato biográfico (Meccia, 2020: 25).
En concreto, el relato de las transformaciones cotidianas que la pandemia COVID-19 y la situación de ASPO generaron en cada entrevistada fue puesto en relación con recuerdos, evocaciones, reflexiones e interpretaciones sobre la vida anterior a la pandemia. En estas narraciones sobre lo anterior, lo actual y los imaginarios sobre el porvenir buscamos las tensiones entre el yo y el mundo, entre lo personal y lo político.
De ahí que inscribimos esta investigación dentro de los métodos biográficos, apuntando a reconocer “el conjunto de racionalizaciones y desplazamientos, y convenciones retóricas y temáticas presentes en el relato de un conjunto de personas que vivieron un episodio traumático” (Meccia, 2020: 39).
Siguiendo a Eduardo Meccia interesa aquí dejar en claro la diferenciación entre vidas vividas, vidas experimentadas y vidas narradas, entendiendo que las metodologías biográficas permiten detectar las tensiones entre experiencia y narración mientras que las vidas efectivamente vividas quedan por fuera del abordaje realizable a través de las entrevistas. Hablamos de narrativas para referirnos a conjuntos textuales producidos por la acción discursiva de las sujetas entrevistadas quienes organizan en una trama ciertos acontecimientos, con el objeto de localizar sus experiencias en el mundo, producir sentido para sí mismas y para sus interlocutores, en el marco de los límites y posibilidades que otorgan diferentes guiones culturales (Meccia, 2020: 70).
4. Análisis de los relatos: contar los cuidados, entre la pulsión explicativa y la narrativa de los afectos
En este apartado compartimos el análisis realizado sobre los relatos de las entrevistadas a partir de la definición de ciertas mallas o filtros que nos permitieron realizar lecturas e interpretaciones que excedieran la singularidad de cada caso.
Para analizar esos relatos nos guiamos por el esquema metodológico propuesto por Ernesto Meccia, identificando temáticas (qué dicen, sobre qué hablan las entrevistas), describiendo estructuras narrativas (cómo se cuentan las cosas) y observando las interacciones que se producen en el discurso (con quién/quiénes dialoga). Sabíamos que el momento de la entrevista reviste una enorme complejidad, en la medida en que la imagen que la persona entrevistada tiene de su entrevistadora afecta -como sostiene cualquier manual de comunicación- tanto lo que se dice, el cómo se dice y lo que no se dice (Blanchet, 1985; Guber, 2001; Meccia, 2020) y en consecuencia, fue un aspecto tenido en cuenta en el procesamiento de la información recabada. En este análisis nos interesó escuchar los modos en que las entrevistadas relataron sus experiencias de articulación entre el trabajo productivo docente y el trabajo de cuidado durante la pandemia, pero también sus teorías sobre esta articulación y sus sentires e interpretaciones en torno a las mismas.
El trabajo de campo que sustentó la tesis -de la cual exponemos aquí un aspecto puntual- fue realizado durante el período denominado de “aislamiento selectivo”: no funcionaban las instituciones escolares, no había reuniones masivas, pero estaban permitidos los traslados y los encuentros entre pocas personas. Todas las entrevistadas tuvieron la opción de realizar el encuentro a través de videoconferencia o en forma presencial, visitándolas en su casa o encontrándonos en un espacio neutro. Como resultado, las elecciones fueron parejas: la mitad de las entrevistas fueron cara a cara, la otra mitad a través de plataformas; sin embargo, solo cuatro entrevistas presenciales fueron realizadas en la propia casa de las entrevistadas. No es objetivo de este trabajo profundizar en los impactos que sobre el relato ejercen cada uno de estos dispositivos conversacionales, pero no podemos dejar de señalar que cada uno de ellos implica una configuración diferente entre teatralidad pública y backend3 privado. Tampoco podemos desconocer que esa misma elección de espacio para el despliegue de las entrevistas se encuentra afectada por mi rol institucional (como ya he señalado en este trabajo) tanto como por mi identificación con la discursividad y la política feminista. Esta particularidad hizo que los encuentros tuvieran alguna dosis de interacción y alguna dosis de performance (Goffman, 2001, :26) y, en ese sentido, abrir o no las puertas de la propia casa implicó proponer cierto encuadre a una suerte de disputa entre la fachada social y la fachada personal4 de cada entrevistada.
En líneas generales, quienes escogieron ser entrevistadas en su casa parecieron proponer una suerte de escena documental, que expusiera ante la entrevistadora pruebas de la “verdad” de sus relatos. Otras entrevistadas eligieron que los encuentros se produjeran en la facultad5 y, ciertamente, esta preferencia situó las conversaciones en un escenario en el cual la institucionalidad -con sus reglas explícitas e implícitas, sus jerarquías, sus formalidades- se encontraba materialmente presente. Por último, las entrevistas a través de plataformas implicaron la pérdida de información valiosa sobre el medio, pero también sobre las corporalidades y los gestos. Sin embargo, posibilitaron cierta distancia con la entrevistadora, cierto corrimiento de la mirada que, como el confesionario o el diván del analista, tal vez facilitaron la emergencia de declaraciones que difícilmente se dijeran en la copresencialidad.
Como ya se ha señalado, tenemos conciencia de que estas actuaciones se encuentran afectadas por el rol institucional que ocupo y que ciertas inflexiones, terminologías y también silencios son inseparables de esta condición. No obstante, lo cierto es que declaraciones que hacen referencia a lo íntimo, lo profundo, hasta lo secreto, fueron una constante, independientemente de la modalidad de la entrevista. Aunque el objetivo no era reconstruir las historias de vida, la afectación personalísima que los cuidados implican generó una dinámica dialógica que incorporó a la escena narrativa la emergencia de recuerdos y racionalidades relacionadas con las familias de origen de las entrevistadas, con sus vínculos de pareja, con sus vivencias en la institución, e implicó momentos de cierta sorpresa en relación a los propios relatos:
“Esto que te estoy contando es como muy íntimo”. (E4)
“Ay!!!, eso me lo traes (…) no quiero que sea una sesión de psicoanálisis, pero me traes justo esto que tiene que ver con… con lo que fue el cuidado de la familia, ¿eh?”. (E9)
Si, tal como sostiene Arfuch, todos los sujetos biográficos son hablados por guiones culturales, en las narrativas encontradas se entrecruzan de manera disímil: la historia oficial de las carreras académicas, la cadencia emocional del relato de pequeñas épicas familiares -”mi padre inmigrante”; “la primera generación de universitaries”-; la retórica explicativa de las cientistas sociales; cierta dosis de glosa sindical y mucha autorreflexión marcada por la experiencia del psicoanálisis y la discursividad feminista.
En la medida en que estas narrativas enredadas requieren un ordenamiento, propusimos recorrer estos relatos a través del prisma de dos ejes de análisis: uno vinculado a la emocionalidad del relato y otro vinculado a la politicidad del mismo. La decisión de utilizar estas categorías como variables organizadoras del análisis -entre otras posibles- emerge de lecturas minuciosas de los textos de las entrevistas, de sus regularidades y disrupciones. Estos dos ejes fueron elegidos porque posibilitan vincular las particularidades de las historias individuales con categorías centrales del marco teórico trabajado. Tanto la teoría feminista (Maffia, 2007) como el giro afectivo (Zembylas, 2019; Macon, 2022) problematizan y ponen en tensión la dicotomía razón-emoción. La escucha atenta evidenció que esta tensión se encontraba presente en las diferentes entrevistas, por lo que, la utilización de estos tópicos como valores contrapuestos de la variable emocionalidad resultó útil para la construcción de un mapeo que organizara los matices detectables en las narrativas.
Aquí nos interesa recuperar las observaciones que Arlie Hochschild realiza sobre las tensiones que se producen en torno a la reglamentación de los sentimientos. Hochschild (2008) señala como interrogante clave para interpelar los cuidados la pregunta sobre el modo en que la cultura establece lo que imaginamos que deberíamos o no deberíamos sentir en diferentes circunstancias. Para abordarlo, propone la definición de un yo sensible que supere la diferenciación sociológica entre el yo consciente -que calcula sus acciones en función de los resultados que espera conseguir- y el yo emocional inconsciente -actuamos por razones que nosotros mismos desconocemos y que solo son accesibles en términos terapéuticos-. Este yo sensible tiene capacidad de sentir, pero también conciencia de esta característica (p. 114) y nos permite definir nuestros estados subjetivos a partir de la interrelación entre experiencias previas y una diversidad de sentimientos culturalmente disponibles. El yo sensible permite considerar el valor epistémico de “las emociones normales que sentimos en la oficina, la facultad, la escuela y el hogar” (p. 117; el destacado es propio, sustituyendo retóricamente el sustantivo “fábrica” del original), comprendiendo que nuestro acceso a las mismas está mediado por el discurso pero también por la negociación interna que cada persona establece entre lo que espera sentir, lo que quiere sentir y lo que imaginamos que deberíamos sentir. En este proceso narrativo se produce lo que Hochschild denomina “elaboración de las emociones”, es decir un acto de configuración de los propios sentimientos que puede adquirir dos grandes modalidades: la evocación o la supresión. En “la evocación, el foco cognitivo se dirige al sentimiento deseado que en el inicio está ausente, y en la supresión, el foco cognitivo se dirige a un sentimiento no deseado que en el inicio está presente” (p. 141). Estas elaboraciones no se generan en un vacío semiótico ni en un campo de batalla interior e individual, sino que se ligan con reglas (en contextos normativos), con expresiones (en contextos expresivos), y también con sanciones (en contextos políticos)” (p. 127). El eje emocionalidad que definimos nos permite distinguir estos matices en los sentimientos de las personas entrevistadas a partir de las definiciones que ellas mismas compartan sobre sus sentires.
Por su parte, el eje politicidad6 (Nair Calvo, 2004) que refiere a “las sensibilidades políticas de las entrevistadas, a sus creencias, a sus actitudes y a sus formas de relacionarse con los debates y las decisiones de la esfera pública”, también es un tópico constitutivo de las epistemologías y discursividades feministas (Maffía, 2008; Murillo, 2006; Amorós, 1994). En el uso que aquí hacemos, pone en juego la contraposición entre público y privado, y permitió observar, en la madeja de relatos, de qué manera se vinculan las experiencias individuales con las experiencias colectivas.
La intersección de estos ejes posibilitó establecer, clasificar y sistematizar cuatro tipos de relatos, ubicado cada uno en un cuadrante, en función de la prevalencia de los tópicos que tensionan cada una de las dicotomías, tal como puede observarse en la figura 1:

Figura 1. Los cuatro tipos de relatos. Fuente: elaboración propia.
Esta elaboración amerita dos aclaraciones. Por una parte, pese a que las variables que se oponen en cada uno de los ejes son, en términos teóricos, exhaustivas y excluyentes (Maffía, 2007), en el uso que aquí hacemos se proponen como ordenadoras: lo emocional no presupone ausencia de racionalidad, del mismo modo que “lo privado” no implica carencia de politicidad. Por otra parte, cada una de las tipologías de relatos propuestas no apunta a caracterizar a cada una de las personas entrevistadas, dado que en cada conversación pueden encontrarse huellas de todas las clasificaciones que proponemos, aunque predomine una sobre otra.
Hechas estas salvedades, a continuación se desarrollan las particularidades de cada tipología. Aunque hemos advertido que las tipificaciones no se corresponden de manera unívoca con el relato de cada persona, introducimos cada una de ellas con una descripción que puede considerarse paradigmática de ese tipo de relato. Estas descripciones contemplan no solo el análisis de lo dicho en cada conversación sino también la observación de modalidades del decir: gestos, modulaciones de voz, miradas. También silencios.
La entrevistada no espera que cumpla con los requisitos formales, que le pregunte si puedo grabar la entrevista, que encienda el grabador. Empieza a hablar y casi no permite interrupciones, hace un relato, va y viene en el tiempo, explica, interpreta, se cuestiona. Intento formular las preguntas que proyecté pero su verborragia hace que recorra todos los tópicos de la entrevista antes que de que le pregunte; habla con voracidad, describe con detalle. Cabe preguntarse si estaba esperando contar todo esto.
Varias son las entrevistas que pueden identificarse con esta narrativa: un relato catártico7, que ansía poner en palabras la intensidad del acontecimiento vivido, que quiere contarlo, expresar sus enojos, angustias, desbordes.
“Yo creo que fue, o sea como que estábamos dentro de la Matrix directamente metidos, o sea, porque no había límites, o sea, la pandemia no había límites de horario de trabajo de reuniones, o sea, como encima no contabas con el tiempo de desplazamiento para decir, por ejemplo, bueno termina una reunión a las tres, no puedo estar a las 3:05 en otro lado, pero sí podías porque te desconectabas y te conectabas otra vez… fue arrasador para mí fue tremendo y encima con re poco reconocimiento en general, no se no tanto de las autoridades, de la… de la gente en general, o sea los estudiantes también reconocieron, pero digo el discurso era los docentes están al pedo en su casa, nada más alejado que eso… ojalá yo, o sea, medio que rogamos que vuelva la presencialidad porque fue un nivel de demanda…” (E13)
No aparece un destinatario ni una intencionalidad explícita, pero se intuye una necesidad de que alguien escuche y reconozca esas experiencias. En un registro similar, otra entrevistada relata su desazón ante la necesidad de certificar antecedentes académicos:
“ y en el ámbito académico, el tema de los antecedentes sería todo esto de un tema porque vos o sea, si en comparación o cualquier compañero o varón por la misma lógica de la licencia … Yo es obvio que de acá tres años no voy a tener un puto antecedente, porque … no puedo, no por más que fuerce una cosa de mis prioridades no, no puedo físicamente (…) Este año en el momento que nos pidieron que llenemos por el Instituto de Investigación y me dicen que tenés que presentar una memoria y le digo qué quiere que ponga en la memoria, o sea, estuve medio año sosteniendo la virtualidad de las páginas, armando y medio año para parir digamos, y cuidando un bebé recién nacido. Yo qué… qué, qué voy a poner? Ya le dije… le dije a mi directora, le digo… ‘poné que tuve un pibe’… Si no qué voy a poner…” (E7)
El carácter emocional de estos relatos se manifiesta en la emergencia de referencias sentimentales (“me voy a morir”; “yo soy insoportable”, “todo eso es un montonazo para mí, un montonazo”), de insultos coloquiales (“estoy tan cansada de haber dormido tan para el culo”) tanto como en el modo atropellado de relatarlas. Entendemos, por otra parte que, en el eje politicidad, el relato se ubica en el polo público en la medida en que podemos rastrear formas confrontativas, referencias al carácter colectivo de la experiencia y en la generación de un prodestinatario (Verón, 1987) -a veces indefinido, a veces identificado con la institución universitaria- con el cual polemizar.
Una de las entrevistadas me recibe en su casa, nos sentamos en el jardín para seguir manteniendo los protocolos de distanciamiento sanitario. Aceptó la entrevista de buen grado y su conversación también es detallada y minuciosa, también manifiesta lo complejo de la experiencia atravesada, pero lo hace estableciendo una distancia emocional con su propia historia: no se desborda, no se enoja; cuenta y explica. Todas y cada una de las respuestas están atravesadas por algún concepto teórico: habla de heterocispatriarcado, habla de alienación, habla de plusvalía.
“tengo una hipótesis: para mí eso (se refiere a las negociaciones cotidianas para organizar las tareas de cuidado) nos expuso también a las dos -y a muchas otras parejas, supongo que también - a un mayor nivel de tensión y de conflicto porque es permanentemente estar acordando cosas… y mañana cómo hacemos y esta tarde cómo hacemos y…”. (E5)
“yo ya me organicé de esta manera y perder la corporalidad que implica las presencia; pensar que el sistema en realidad quiere eso, quiere que cada vez más estemos en esta individualización y nos retraigamos y prefiramos bueno, no me reúno por zoom todas estas estas estas cosas también hoy reconfiguran a esa universidad y a esa facultad”. (E5)
Estas inflexiones han sido quizá las más comunes en las entrevistas realizadas. La pertenencia disciplinar a las ciencias sociales y el vínculo institucional que une a entrevistadora y entrevistadas se manifiesta en estas respuestas: la voluntad explicativa se antepone a la emergencia de las emociones. La interlocución está dirigida hacia la simbología de ese rol institucional, que resulta ineludible en el momento de responder.
“institucionalmente faltó el espacio en el que uno pudiera decir estas cosas; incluso cuando había reuniones docentes el tono era como muy celebratorio de todo lo que habíamos este conseguido, eh? Que es cierto, la verdad, (…) pero a nadie se le ocurrió, que discutiéramos a que costo, eh?
“te da vueltas todo el tiempo en la cabeza también esta cosa que se generó el año pasado que es como responsabilizar a los equipos de Cátedra por el éxito o el fracaso digamos de la experiencia y la virtualidad: uno se pone la mochila, de ¿qué estaremos haciendo que no evitamos el desgranamiento? y en realidad es mucho más estructural me parece la respuesta que la onda que le ponga la cátedra” (E6)
Emerge una intencionalidad testimonial -se percibe cierto placer en contar la propia historia-, y a la vez política: tratar de entender, de encontrarle algún tipo de sentido, actual o futuro a lo que está sucediendo, en términos de experiencia colectiva.
Estamos en una oficina de la facultad, no hay gente circulando en los pasillos y las condiciones de confidencialidad son apropiadas; sin embargo, la entrevistada mide cada una de sus palabras. Responde con monosílabos o con respuestas breves. Mira con cierta desconfianza. Todas sus respuestas son medidas, parcas, a veces esboza una media sonrisa, muchas veces creo ver que los ojos se le empañan.
El relato reticente manifiesta cierta desconfianza hacia la entrevistadora; las entrevistadas parecen alertas, atentas a las preguntas, pero también a su propio discurso, que cuidan hasta el escamoteo de información. La reticencia, dice el diccionario, se expresa a través de enunciados incompletos, que dan a entender el sentido de lo que no se dice, y a veces más de lo que se calla. (RAE) La reticencia requiere de un esfuerzo extra de la entrevistadora, que debe completar, hipotetizar, reponer el sentido de eso que se calla. La reticencia expresa también la conflictividad de los tópicos de las entrevistas, la resistencia a hablar de los dolores que provoca la gestión y la negociación en torno a los cuidados.
“eso me posibilitó dar clases a un grupo muy reducido de alumnos y tener un acercamiento y trabajar algunos contenidos en profundidad. Y fue muy… más allá de todo este contexto, fue… muy lindo, fue muy lindo.” (E14)
Definimos el relato reticente como un relato más próximo a la variable racional, porque en la puesta en escena de la entrevista se percibe un esfuerzo por no dejar avanzar la emocionalidad. A propósito de esto, el sitio de definiciones ABC, sostiene “Los seres humanos muestran reticencia no sólo por sensaciones o por instinto, sino también a partir de la racionalización de ciertos eventos o circunstancias”.8
Como ejemplo de esta tipología, el testimonio de una entrevistada alude en varios momentos de la conversación a situaciones difíciles de su historia pero nunca las relata o explicita:
“Siempre me he propuesto hacerlo todo como una elección y estoy contenta con algo respecto de mí… yo venía muy en automático, muy en automático muy en automático y la vida me ha llevado a parar la pelota, no por elección quizás, pero… a repensar y eso está bueno”. (E 4)
Aunque las referencias al carácter colectivo de la experiencia de atravesar la pandemia no faltan, el relato reticente también evita -consciente o inconscientemente- la confrontación con otras racionalidades o discursividades, no manifiesta un posicionamiento, no discute; se remite a la narración de su experiencia y, en todo caso, se pregunta cómo habrá sido para otras personas.
Una posible entrevistada me envía un audio y me dice que no, que no puede… que no está preparada para hablar de estas cosas. Se le quiebra la voz, no quiere que sea público, que se sepa quién lo dijo, decirlo… ¿Qué hay de vergonzoso en hablar de los cuidados?
En esta categorización de los relatos no podía faltar una mención especial a las entrevistas que no pudieron ser. La negativa a participar, a ser entrevistada dice tanto sobre el tema que nos ocupa como los relatos de cualquiera de las personas que aceptaron las entrevistas.
“No estoy preparada para hablar sobre esto”, dice una docente con muchos años de experiencia, muchos años de análisis y mucho trabajo sobre el género y sus incidencias. Hablar de los cuidados, evidentemente, no es gratuito, tiene costos emocionales altos: implica revisar negociaciones, reconocer dificultades, lidiar con frustraciones. El no relato puede pensarse, quizá, como otra expresión de la impostación que las docentes universitarias construimos en pos de nuestro yo público académico. Hablar de los cuidados nos enfrenta, desde otro ángulo, con el síndrome de la impostora9; dudamos no tanto de nuestra experticia académica como de nuestro rol dentro del colectivo feminista, o al menos, dentro de una discursividad pública donde las mujeres actúan, o deben actuar, empoderamientos.
Ubicamos esta categoría de relato en el cuadrante que reúne los tópicos más emocional y más privado, porque entendemos que es justamente la experiencia de una emocionalidad individual -y podría decirse que vergonzante- que no logra ser objetivada ni puesta en relación con la experiencia colectiva a través de la palabra lo que impide enfrentarse a la situación de entrevista.
5. El eje politicidad: percepciones y discusiones sobre el feminismo.
Interesa aquí hacer un apartado especial sobre el eje politicidad en la medida en que sintetiza las indagaciones sobre el lugar que ocupaba la discursividad feminista en la trama argumental de las diferentes historias de vida. Como describimos al inicio de este trabajo, nos interesaba conocer su incidencia en las prácticas y en las percepciones de las entrevistadas en un momento de efervescencia y masificación de las discusiones propias del movimiento. Sobre todo porque las disputas de sentido propuestas por esta eclosión de los feminismos versan sobre los dos ejes centrales del mapeo propuesto: la relación entre lo privado y lo público, que se expresa en la célebre máxima “lo personal es político”, y la relación entre trabajo de cuidado y afecto, que hace lo propio con la frase “eso que llaman amor es trabajo no pago”.
Resultó clave, en consecuencia, observar las menciones que las entrevistadas hacían sobre el feminismo, sus luchas, sus conceptualizaciones y sus prácticas. Así es que pudimos advertir en los relatos cierta voluntad de manifestar algún tipo de posicionamiento hacia esa discursividad. Posicionamientos que iban de la adhesión militante al distanciamiento y el reparo.
En algunos casos, el feminismo se constituye como una suerte de colectivo de identificación (Verón, 1987), dando por sentada una comunión de ideas con la entrevistadora, que busca ser constatada o reforzada en las conversaciones.
“me parece que esa posibilidad de… de… de… trascender lo que es la propia experiencia porque… creo que esa es una enorme responsabilidad en todo sentido de las mujeres, sobre todo las que estamos, por ejemplo, en una cátedra o en una institución o con esa posibilidad de... de… trascender la propia experiencia”. (E4)
“yo tenía un acercamiento más teórico siempre un tema de discusión, ¿eh? Siempre formó parte digamos del radar este, ¿eh? Que orientaba las discusiones de cátedra, con la gente que trabajé, ¿eh? Pero una cosa, a ver, yo no podría decir que milité en los movimientos de mujeres, no para nada ¿eh? Tenía un acercamiento teórico (…) porque uno… a ver, teóricamente siempre había pensado que lo personal es político, ¿eh? (E5)
En otras ocasiones aparece una adhesión crítica, donde la pertenencia al feminismo se matiza o se problematiza, se expresa adhesión, pero se establecen distancias, se plantean –tímidamente- hiatos que expresan contradicciones entre la discursividad pública y la propia vida:
“hablo con las pibitas de 17 años por ahí me dan vueltas a la cabeza, entonces ya incluso me superan y hay cosas como no sé si las puedo asumir sin tanto prejuicio, o sea, lo reconozco honestamente digamos como que, ¿eh? (…) Digamos la lucha como Ni Una Menos, o sea, eso sí, realmente me moviliza y, además, así como que veo que es un movimiento internacional re zarpado que bueno creo que va a ser, que es…, así como una revolución cultural. (E1)
“obviamente el primer… aquel 3 de junio me parece fundacional en términos colectivos, lo noté en mi vida, (…) son cosas que por ahí decís esto ya está medio… los feminismos también están en una… medio careta, que se yo, criticás o pensando… hay como mucha policía del feminismo y es un garrón, (E8)
Por último, también encontramos un discurso confrontativo con la forma nominal10 (Verón, 1987) feminismo; una confrontación que se plantea sobre el terreno de la praxis política antes que sobre el componente ideológico: no aparece una oposición a los principios o valores del movimiento sino a ciertas prácticas o, quizás, a ciertos posicionamientos:
“no está bueno generalizar, decir “las mujeres” porque no todas sentimos a los hijos de esa misma forma; en mi caso sí… yo prefiero resignar ingresos a que… a que mis hijos quizás estén al cuidado de otras personas. (E14)
“a mí me re impacta porque para mí, mi lucha es cotidiana, o sea, yo te milito acá todos los días, por eso te digo… esta es mi lucha (…) yo la verdad es que no soy de ir a marchas, no uso el lenguaje inclusivo, tengo una mirada distanciada con algunas cuestiones, pero yo te lucho … O sea, para mí, el feminismo es el punto de vista de obtener condiciones de equidad para la mujer, que le permita tener condiciones de libertad de poder elegir lo que quiere, porque también acepto -capaz que cuando era más chica no lo aceptaba, pero a esta altura acepto incluso que las mujeres que eligen otra cosa; yo tengo amigas que son madres nada más, cuando era más chica me hacía más ruido, me indignaba más y ahora como que ya lo entiendo- Pero sí que la lucha es acá. Yo siento que tengo muchas amigas que son re feministas pero que vos hacés un poquito (hace un gesto como de rascar la superficie)… y decís, loco…”. (E3)
Es interesante señalar que estas respuestas manifiestan explícitamente una relación de exterioridad con los feminismos, que se erige como un discurso a discutir y/o rebatir o quizá, más precisamente, a “desnudar”, demostrando sus limitaciones o hipocresías. No parece casual que sean formuladas ante una entrevistadora que, en tanto Secretaria de Género de la facultad, aparece como representante de ese discurso. Así, en la escena de las entrevistas, opera como eventual contradestinataria.
Los hallazgos que posibilitó el trabajo de investigación exceden el aspecto puntual desarrollado en este artículo y quedarán para ser compartidos en futuras publicaciones. Entre ellos podemos nombrar una documentación detallada de las diversas prácticas que posibilitaron durante los dos años de distanciamiento social, mantener en funcionamiento las instituciones en general y la institución que nos reunía -la Facultad de Ciencia Política y RRII de UNR- en particular. Esas prácticas, que implicaron reformular las lógicas del trabajo docente, fueron simultáneas no solo a la imprescindible reorganización de los trabajos de cuidado, sino también a la reinvención de los vínculos afectivos y sociales.
Comprobamos que la particularidad del proceso de rediseño de la vida cotidiana que generó la pandemia hizo más evidente las tensiones entre trabajo remunerado y trabajo de cuidados no remunerado. Podemos sostener, a partir de los relatos, que la distribución de tareas de cuidado al interior de las organizaciones familiares continua siendo dificultosa, generizada y conflictiva y que los mecanismos de reglamentación de los sentimientos (Hochschild, 2008), no por analizados y criticados, han perdido peso en las prácticas cotidianas.
A lo largo de las entrevistas intentamos comprender de qué manera las emociones, modeladas durante más de dos siglos, que se manifiestan en la consolidación de cierta disposición al cuidado (Skeggs, 2019) y en la expectativa generada por la promesa de un ideal de felicidad (Ahmed, 2019) operan en las vidas cotidianas aún en un contexto de eclosión de la crítica cultural feminista.
Atendiendo particularmente a las dimensiones aquí expuestas pudimos corroborar por una parte que relatar los cuidados y su conciliación e (in)conciliación con la vida laboral docente implica entretejer una trama narrativa que pone en diálogo historias de vida, saberes y experticias teóricas con emociones y afectos, y que los relatos resultantes no están exentos de dolores y contradicciones. También que la discursividad feminista de la Cuarta Ola está presente en la retórica de las entrevistadas pero opera mucho más en términos de percepciones y construcción de racionalidades críticas que como insumo para la transformación de las prácticas. Esta distancia entre conciencia y acción es, a su vez, fuente de malestares y, en ocasiones, coloca a los feminismos en el lugar de un nuevo mandato.
Vale señalar que las diferencias de edades, dedicaciones docentes o estructuras familiares no representan diferencias en relación a la construcción de sentido en torno a la experiencia atravesada sino que se manifestaron en los aspectos más pragmáticos de los relatos: el cuidado de bebés requiere de atenciones y actuaciones muy diferentes a las que se necesitan para atender a personas mayores. Por otra parte, el hecho de que hayamos concentrado este trabajo sobre docentes mujeres nos enfrenta a la necesidad de dar respuesta a los interrogantes sobre qué significa el cuidado para los docentes varones, qué peso tienen en sus decisiones profesionales y cómo afecta sus vidas cotidianas. Esta observación abre puertas, por supuesto, a la continuación de una investigación necesaria para comprender las dificultades que entraña la deconstrucción de los mandatos generizados sobre el cuidado.
Recibido el 15 de septiembre de 2023. Aceptado el 15 de diciembre de 2023.
*Mariángeles Camusso es Licenciada en Comunicación Social y Magíster en Estudios Culturales por la Universidad Nacional de Rosario, a donde se desempeña como Docente e investigadora. Co-directora del CIFEG (Centro de Investigaciones Feministas y Estudios de Género); miembro del CIM (Centro de Investigaciones en Mediatizaciones) de la UNR y del CAECS (Centro de Altos Estudios en Ciencias Sociales) de la Universidad Abierta Interamericana. Correo electrónico: mariangeles.camusso@gmail.com
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1 Maestría en Estudios Culturales, denominada “La facu en casa. Conflictos y conciliaciones entre trabajo remunerado y trabajo de cuidados. Experiencias y relatos de docentes universitarias durante la pandemia COVID-19”
2 Aunque entendemos el significante mujeres desde una perspectiva identitaria –es decir, centrada en la autopercepción- en este trabajo solo se entrevistó a mujeres cis, dado que no hay identidades trans dentro de la planta docente de la Facultad de Ciencia Política donde se desarrolló la investigación.
3 El término backend proviene de la informática y refiere a aquellos procesos, invisibles o imperceptibles para el usuario de un sitio web, pero que son centrales para el funcionamiento del sistema. Se utiliza aquí como metáfora de los aspectos de la vida cotidiana que no se muestran e público pero cuya organización tiene impacto en la vida pública de las personas.
4 Goffman (2001) denomina fachada a la parte de la actuación de los individuos que funciona regularmente de modo general y prefijado, mientras que la fachada personal refiere a los elementos que se identifican íntimamente con el actuante.
5 Se produjeron en un momento donde podíamos asistir por cuotas a la facultad, pero aún no había actividades regulares y circulaba muy poca gente. Esto permitía mantener largas conversaciones en oficinas con buenas condiciones de privacidad y sin ser interrumpidas.
6 En el marco del desarrollo de su Tesis de Maestría en Investigación en Ciencias Sociales, Dolores Nair Calvo (2004) explica “Definimos este concepto como las dimensiones referidas a las sensibilidades políticas de los actores, a sus creencias, a sus actitudes y a sus formas de relacionarse con los debates y las decisiones de la esfera pública. El término politicidad se halla en estrecha relación con el concepto de cultura política. Consideramos que la noción de politicidad permite una aproximación más conveniente a las cuestiones referidas a la cultura política. Si ponemos en relación ambos conceptos, la politicidad da cuenta de la forma en que la cultura política es incorporada en (y por) los actores. De forma tal que la politicidad encuentra una referencia más inmediata en las prácticas que genera, en el cómo se constituye la cultura política”.
7 En términos de diccionario, catártico es un elemento que acelera la defecación, un sinónimo de purgante. Analógicamente, para los antiguos griegos significaba purificación ritual de personas o cosas afectadas de alguna impureza. Este efecto liberador también era provocado por la tragedia en los espectadores suscitando la compasión, el horror y otras emociones. Este sentido es recuperado por la psiquiatría para aludir a la posibilidad de que un tratamiento terapéutico desbloquee, mediante el habla, recuerdos o emociones traumáticas. (Figueroa, G. , 2014)
8 vía D.ABC https://www.definicionabc.com/general/reticencia.php
9 El síndrome de la impostora es un término que alude a una falta de autoestima que lleva a muchas mujeres a dudar constantemente de su potencial y a sentir que sus éxitos son solo fruto de la buena suerte. Este sentimiento, sostienen algunas autoras, es producto de la socialización patriarcal. (Cadoche, 2021) En otros tramos de la tesis de maestría utilizamos este concepto para dar cuenta de malestares que algunas entrevistadas manifestaron sufrir a raíz de la exposición de la vida privada en las cámaras durante el dictado de clases virtuales. Interpretamos que esta intromisión de lo laboral en el ámbito hogareño ponía en crisis las “fachadas” construidas para ejercer roles académicos.
10 Verón llama forma nominal a un componente específico del discurso político que se caracteriza por su “poder explicativo”; su utilización, señala, constituye una clave de interpretación, “un efecto de inteligibilidad” para el prodestinatario del discurso. (Verón, 1987). En los casos que estamos analizando, el término “feminismo” implica una base de significados compartidos, aun cuando se haga mención a situaciones o prácticas controversiales.