“El niño resentido: una experiencia de la desigualdad feroz”1

Reseña del libro El niño resentido, de César González, Reservoir Books, 2023, 189 pp. ISBN: 978-987-3818-24-0.

Malvina Silba*

El niño resentido de César González, libro editado en 2023 por Reservoir Books, es audaz, atrevido y desgarrador en todos los sentidos. Está escrito con vértigo y con la urgencia de narrar una historia sobre la desigualdad feroz a la que fueron sometidas las clases populares durante el apogeo de las políticas neoliberales de los años 90.

En un clima hostil, construido a partir del relato sobre la vida en la villa Carlos Gardel al oeste del Conurbano Bonaerense, donde el autor nació y aún vive con su familia, el hambre, el hacinamiento, la falta de oportunidades y el hartazgo frente a condiciones de vida indignas, moldean las condiciones de posibilidad de una vida delictiva.

Ese niño que comenzó siendo ciruja, como su padre, se paseaba por los barrios de clase media cercanos al suyo, mirando las casas con sorpresa y con el deseo de “habitar el sueño” de una vida mejor en algunos de esos chalets con los que se cruzaba a diario. Mientras lo hacían, él y sus amigos eran perseguidos por la policía, la misma que años después los iba a maltratar y humillar ante cada cruce en esquinas y pasillos de la villa.

Del libro se destaca una vocación por recuperar el valor de las políticas públicas como herramientas que combaten esa desigualdad: el hospital público (el Posadas, ubicado a unas cuadras de la villa, el cual fue refugio para César y muchos de sus familiares, amigos y vecinos durante años), se destaca a lo largo de las páginas; y la urbanización de la villa Carlos Gardel durante los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner es un dato que el autor repuso en la presentación del libro pero que no figura en él por una decisión editorial. También aparece la escuela pública y la iglesia evangélica, como dos espacios de contención que se habitaban intermitentemente. Así, todas estas instituciones se representan como mundos porosos, que se tocan, atraviesan y contraponen todo el tiempo.

Otro punto fuerte que ofrece el libro es una fotografía de la difícil relación entre juventudes y territorios en los años 90, la cual necesita complejizarse para poder comprender las múltiples experiencias y desigualdades que atravesaron los jóvenes que protagonizan las historias, antes de terminar robando para comprar droga o darse algunos lujos momentáneos. Esos lujos desaparecían, se desvanecían o perdían valor cuando había que volver a repartir la poca comida entre muchas bocas, al tiempo que se luchaba contra las adicciones o, peor aún, contra las abstinencias.

Una imagen que queda del libro es la de los saqueos del 2001 vistos desde otro lugar. El autor construye en tres capítulos (“19 de diciembre”, “20 de diciembre” y “Noche Buena”) una descripción sociológica de esos tiempos tan aciagos, mientras narra lo que significó para él, su familia y sus vecinos salir a saquear con hambre, coraje y desesperación, para luego terminar celebrando una abundancia dionisíaca de comida y bebida. En esas páginas se puede ver la contracara de las imágenes que circularon profusamente sobre esos días –la de los supermercados saqueados y sus propietarios llorando o defendiéndose con distinto tipos de armas–. “… Un nuevo apocalipsis, donde los villeros éramos dueños del fuego” y donde el orden social parecía haberse esfumado. El capítulo Noche Buena muestra la opulencia en la celebración de una navidad en la que por primera vez no faltaron provisiones en cada una de las mesas. El detalle de señalar cómo “cada mesa [navideña] superaba estéticamente a la anterior” muestra el empeño del autor en rescatar los placeres plebeyos como parte de la vida de personas a las que siempre se narra desde la carencia, la falta de buen gusto, las inadecuaciones y los distintos tipos de violencias, pero nunca desde el goce.

Si los capítulos sobre los saqueos nos permiten revisitar el estallido social de 2001, los que narran la conexión clandestina a la televisión por cable por primera vez nos obligan a reflexionar sobre la educación sentimental de diferentes generaciones. Pero también los horizontes de posibilidades que se abren a través de los encuentros con la ficción que permite, claramente, imaginar, moldear, desear un mundo distinto. Dice González que para obtener la conexión al cable había que “cruzar la frontera entre la villa y la sociedad”, representada por la Avenida Marconi, esa misma que era escenario habitual de cruces entre pibes chorros, víctimas y policías y que sin duda marcaba un límite territorial pero también moral con un afuera. Cuando lograron conectarse, cuenta, “se hizo la magia” y un “asombro perturbador” invadió todo, “me enamoré de todo lo que aparecía en la pantalla… la televisión era la mejor mentira para la verdad de nuestra miseria”. Quizás en esa experiencia originaria puede encontrarse la raíz más pujante para explicar la vocación de cineasta que el autor desarrolló a lo largo de los años que le siguieron a su salida de la cárcel, cuando desarrolló videoclips, cortometrajes, largometrajes y documentales.

¿Qué lugar ocupan las mujeres que maternan en la historia que se cuenta? Sean estas madres, abuelas, tías o vecinas, atraviesan la narración de principio a fin, mostrando la energía vital que las define por momentos, así como el abandono real o simbólico que las determina en otros. Cuando la madre de César cae presa, logra desarrollarse un vínculo más sólido entre ellos, por el tiempo compartido durante las visitas. Cuando la abuela lo obliga a ir a la iglesia evangélica, ese niño que leía la Biblia desde los cuatro años, comenzó a convencerse de que podía ser una promesa de pastor y, desde ese lugar, aceptar la vida miserable que Dios había elegido para él. Muchas de las madres que aparecen en el relato parieron a sus hijos aproximadamente a los dieciséis años, eran consideradas madres solteras, adolescentes e inexpertas, que traían hijos al mundo para que los criaran sus abuelas o los salvasen sus vecinas. En la jerga de hoy serían mamás luchonas pariendo futuros pibes chorros, como si los estigmas y estereotipos se aunaran en una voluntad común de reproducirse y reforzarse sin solución de continuidad. Sin embargo, eran esas mismas madres-abuelas las que la gran mayoría de las veces paraban la olla, haciendo milagros con pocos recursos para que las pibas y los pibes no se fueran a dormir con la panza vacía.

¿Es El niño resentido una apología del delito? González respondió que en todo caso “es una apología de la verdad, porque lo que está ahí es lo que yo viví”2. ¿Por qué cuesta tanto aceptar este relato como parte de una verdad tan incómoda como real? ¿Cuáles son los delitos de los llamados pibes chorros que más incomodan a la sociedad? ¿Perder sus pertenencias o que esos jóvenes pobres se animen a desafiar el statu quo desde tan chicos? Cuando salen de la cárcel, después del disciplinamiento feroz al que son sometidos, con malos tratos al por mayor y la encarnizada experiencia del desprecio por la vida del que algunos son capaces, estos jóvenes asumen, según el autor, un discurso de arrepentimiento; éstos escriben y hablan desde una moral que parece obligarlos a decir que lo que hicieron estuvo mal y que prometen, con todas sus fuerzas, no volver a caer en las garras del delito. El libro, entonces, tensiona los límites de la moral del contrato social más elemental al preguntarse por qué los pobres deben resignarse a condiciones de vida miserables para vivir dentro de la misma sociedad que los margina, los condena y discrimina cada vez que puede.

Es allí que el autor se pregunta, desde la intuición más animal, más primigenia: ¿Por qué algunos tienen tanto y otros tenemos tan poco? La duda que genera la respuesta conformista “porque Dios lo quiso así” se constituye en el soporte desde el cual se erige la otra pregunta: “¿Cómo fue encallando el resentimiento en mí?”. Con una fuerte crítica a la cultura del trabajo, a la que tildó de “chamuyo”, González se ocupa de desarmar los principios y valores que rigen en un mundo en donde hay abundancia de alimentos y gente que todos los días muere de hambre. La desigualdad feroz, a la que hacíamos alusión al principio, no es más ni menos que esa perversa distribución de bienes materiales y simbólicos, en donde las grandes mayorías deben acostumbrarse a que el hambre es la norma, hasta que un estallido social o un golpe de suerte les permite espasmódicos períodos de abundancia, que duran lo que dura el rearme de las clases dominantes para un nuevo ataque contra las clases populares y cada uno de sus derechos (cualquier parecido con la realidad actual, no es pura coincidencia).

Entonces, estos jóvenes ¿robaban [solo] porque tenían hambre? La respuesta es, sin dudas, negativa. Ellos necesitaban arañar a la clase media a través del delito y reivindicar en ese gesto al hedonismo villero. “Robábamos por un goce estético y espiritual… todos queríamos las últimas Nike”, pero también mostrar que podían alterar un orden social mezquino y perverso, que les había enseñado que el goce no es para los pobres, sino potestad de las clases medias y altas. Frente a eso, dice el autor, “es necesario reivindicar la literatura villera, el arte villero [ya que] la experiencia de la villa es desconocida para la mayoría”.

Todo esto moldea las condiciones de posibilidad de este niño resentido, que sin embargo parece haber transformado ese resentimiento en un motor social de transformación individual y colectiva, convirtiendo el odio y el dolor en un arte, y una escritura, tan incómodos como cautivantes. En épocas tan infaustas, la literatura de César González es una invitación a la reflexión sobre el impacto de la desigualdad y la miseria en la vida cotidiana de los que menos tienen, pero también un grito de esperanza que sucede cuando se cruzan la sensibilidad del arte con la experiencia callejera y marginal del mundo.

* Malvina Silba es Doctora en Ciencias Sociales y Licenciada en Sociología por la Universidad de Buenos Aires, Especialista en Sociología de la cultura y en Culturas Juveniles, docente en grado y posgrado en la Escuela IDAES/UNSAM y en FSOC-UBA. Autora de Juventudes y producción cultural en los márgenes (Grupo Editor Universitario, 2018) y de varios capítulos de libros y artículos en revistas internacionales y nacionales, investigadora en proyectos sobre cultura de masas, culturas populares en su cruce con clivajes etarios, de clase, género y territorio. Correo electrónico: malvina.silba@gmail.com


1 Agradezco a César González, Evangelina Caravaca y Waldemar Cubilla por algunas de las ideas que aquí se discuten y que fueron expuestas durante la presentación del libro en la Escuela Interdisciplinaria de Altos Estudios Sociales, Universidad Nacional de San Martín, el día 6 de diciembre de 2023.

2 Presentación del libro en la Escuela IDAES/UNSAM.