La tablita cambiaria de Martínez de Hoz: críticas, respuestas y los debates en el interior del equipo económico


Julián Zícari1

Resumen

Este artículo se propone reconstruir parte de las polémicas y discusiones suscitadas por la tablita. Así, para hacer esto, se abordan dos puntos. Uno es repasar las críticas más habituales que se le han hecho al esquema cambiario de Martínez de Hoz, pero buscando prestar atención a las respuestas que este dio a dichas objeciones. El otro es reconstruir los debates internos que pudieran existir por parte de los propios miembros del equipo económico con respecto a aquella medida y sus resultados.

Introducción

En los dos años transcurridos entre 1979 y 1980 rigió en el país el esquema económico que se conoció como “tablita cambiaria” o simplemente “la tablita”. Dicho esquema se trataba del otorgamiento de las pautas cambiarias hacia el futuro (lo que era, en los hechos, devaluaciones preanunciadas) para dar certeza sobre el tipo de cambio, anclar las expectativas y así reducir gradualmente la inflación. El esquema tuvo como soporte teórico el llamado “enfoque monetario de balance de pagos”, propio de la escuela monetarista, en boga por aquellos años. Según Martínez de Hoz, quien fue el ministro de Economía que implementó aquella medida, los resultados alcanzados fueron sumamente exitosos. De hecho, este cuenta que “Mcnamara [secretario del Departamento de Estado de los Estados Unidos] siempre me decía, y está escrito en los diarios de la época, que lo repetían, que él creía que estábamos escribiendo un nuevo capítulo para los libros de economía de lograr vencer una inflación sin provocar recesión ni desocupación” (entrevista a Martínez de Hoz, en RAHO, 2005). Según el exministro, gracias a la tablita la inflación argentina pudo, prácticamente, desaparecer, al haber logrado que el índice entre precios internos y externos pudiera confluir. Como lo celebraba el exministro en su libro de memorias: “Para el cuarto trimestre de 1980 […] La convergencia entre ambos porcentajes se había pues logrado […] Precisamente, en este último trimestre del año 1980, el ritmo de ajuste de la paridad cambiaria, más el 1,5 por ciento de inflación internacional, representaba, anualizado, el 37 por ciento. La convergencia se había logrado” (1981: 101-102 y 235). Sin embargo, a pesar de presentar su esquema económico como sumamente adecuado y exitoso, en otro relato el mismo ministro señala algo aparentemente contradictorio, pues admite que dicha herramienta antiinflacionaria era detestada por todos los sectores económicos: “La ‘tablita’ llegó a transformarse prácticamente en una mala palabra, seguramente porque el esfuerzo resultó demasiado prolongado” (1991: 209). Como se ve, parece haber una extraña combinación de miradas con respecto a la tablita: algunos de los miembros del equipo económico la consideraban a veces como un “éxito rotundo”, pero a la vez recibió una gran cantidad de críticas y convivió con el repudio generalizado.

Para tratar de entender por qué existe un choque de visiones tan marcado, este artículo se propone reconstruir parte de las polémicas y discusiones suscitadas por la tablita. Así, para hacer esto, nos propondremos recorrer dos puntos. Por un lado, repasar cinco de las críticas más habituales que se le han hecho al esquema cambiario de Martínez de Hoz, pero buscando prestar atención a las respuestas que dio el exministro a dichas objeciones. Por otro, nos internaremos en las críticas internas y los debates que se produjeron entre los propios miembros del equipo económico con respecto a aquella medida, con el fin de explorar su mirada y entender cómo sopesaron los aspectos tanto negativos como positivos de sus años finales de gestión.

Los elementos y materiales que utilizaremos para llevar a cabo estos objetivos serán las distintas entrevistas, artículos periodísticos y libros de memorias de los integrantes del equipo económico que dirigió Martínez de Hoz durante su gestión como ministro durante la última dictadura militar (1976-1981), voces que han sido muy pocas veces tenidas en cuenta en los análisis.2 En todo caso, más allá de las problemáticas que pudiera implicar manejar este tipo de fuentes, con todas las precauciones y dificultades que representan, lo cierto es que vale la pena considerarlas.3 No solo porque darles voz a los protagonistas ofrece mejores elementos para comprender las prácticas por ellos realizadas, sino también porque reconstruir los debates sobre su gestión nos permitirá conocer mejor la elaboración de políticas públicas y algunas de las pautas por las cuales transitó la historia económica argentina en aquellos años.

Las críticas a la tablita y sus justificaciones

Como hemos señalado en la introducción, la tablita fue un esquema económico muy polémico, plagado de objeciones y críticas. En esta sección nos proponemos recuperar cinco de las críticas más destacadas y reconstruir, a la vez, las respuestas dadas por Martínez de Hoz.

En este sentido, la primera crítica, y quizás la más obvia, es que la tablita conllevó un destructivo atraso cambiario para la economía argentina. En efecto, parte de la estrategia se basó en que la tasa de devaluación siempre fuera detrás del ritmo del aumento de los precios, por lo que, en términos reales, se vivió un proceso de apreciación cambiaría cada vez más marcado. Sin embargo, a pesar de ser esto bastante claro y acentuado, Martínez de Hoz ha buscado minimizarlo, asegurando que, en realidad, la tablita no generó un atraso cambiario tan grande como el que se acusa. “Señalamos repetidas veces como un error de enfoque el querer identificar o indexar el ajuste de la paridad cambiaria al ritmo del aumento del nivel de precios internos. Ello implica intentar fijar una equivalencia entre dos indicadores que reflejan cosas distintas” (1991: 201). Eso es, en sí mismo, curioso, porque en su discurso de asunción, el mismo Martínez de Hoz se quejaba de los gobiernos anteriores que para “disimular los efectos de la inflación sobre el costo de vida, se ha seguido la tendencia a sobrevaluar la relación de cambio del peso argentino con respecto a la divisa extranjera” (discurso del 2/4/1976), algo que, con la tablita, él mismo terminó por realizar y repetir.

Al problema del atraso cambiario se sumaba un segundo gran problema y que era su consecuencia directa: la enorme pérdida de competitividad local que produjo, la cual, a su vez, se agravó con la apertura económica y su posterior radicalización en julio de 1980. Frente a esta crítica, Martínez de Hoz ha intentado señalar dos tipos de excusas. La primera fue indicar que el atraso cambiario debía forzar a las empresas a mejorar, a partir de modernizarse para competir con los productos extranjeros, o, de no hacerlo, cerrar: “La politización de las cosas hizo que se quisiera tergiversar. En realidad, el tipo de cambio era favorable para esa inversión, que tenían que exportar; por ejemplo, algunas industrias que no se habían modernizado, era una manera de forzarlas a modernizarse” (entrevista a Juan Alemann, en Vercesi, 2008: 330). No obstante esta evasiva, parte del equipo económico entiende el grave daño que se produjo con el tipo de política económica aplicada y el porqué de la queja empresarial, tanto del sector rural como del industrial:

Y un descontento. La gente del campo, por ejemplo… Le subían todos los costos y el tipo de cambio no se mejoraba, los precios internacionales caían […] Y la Unión Industrial porque los que trabajaban con la competencia de productos importados, los que hacían sustitución de importaciones cerraban todos: empresas textiles, empresas de calzado. Y se produjo una gran cantidad de quebrantos. Por eso se lo acusaba a Martínez de Hoz de haber liquidado la industria argentina, porque la sobrevaluación del peso genera una competencia no prevista (entrevista a Luis García Martínez, en Vercesi, 2008: 422).

La otra excusa con respecto al atraso cambiario fue admitir, directamente, que se generó un gran perjuicio productivo y, sobre todo, en el tejido industrial, pero que eso ocurrió porque se priorizó la cuestión inflacionaria antes que la productiva:

La aplicación de la política industrial debió convivir, simultáneamente, con una política antiinflacionaria fijada como prioridad […] Ello llevó a muchos a cuestionar la política industrial en sí misma, sin advertir que ciertos efectos negativos no deseados a algunos sectores industriales […] [Es] que estas dramáticas opciones planteadas al gobernante por el flagelo inflacionario no tienen soluciones óptimas ni indoloras (Martínez de Hoz, 1981: 166).

Lo mismo fue señalado por Luis García Martínez, que era el jefe de asesores: “Vos tenés este esquema cambiario que te va llevando a la sobrevaluación del peso y querés acelerar la convergencia bajando, con esa resolución famosa [de reducción de aranceles] […] te ves obligado a explicar que la prioridad es la inflación y no la estrategia de desarrollo” (entrevista a Luis García Martínez, en RAHO, 2005).

La tercera crítica se debe a la frecuente acusación de aquella época de haber generado una política llamada de ‘plata dulce’. Es decir, de dólar barato, ya sea para viajes de turismo al exterior, fuga de capitales o especulación financiera. La respuesta de Martínez de Hoz a ello fue clara y contundente:

Otra crítica muy frecuente que se escucha de mi gestión es que la deuda externa aumentó por la fuga de divisas y los viajes al exterior de los argentinos […] Estas acusaciones confunden los pagos por turismo, que se financian con ingresos corrientes, con la deuda que […] tuvo su contrapartida en importantes inversiones en infraestructura […] Nunca creí que los argentinos viajaran al exterior pudiera ser algo malo (2014: 122).

En otro libro amplió su justificación:

No es ‘malo’ que un argentino pueda viajar internacionalmente. Por el contrario, es una forma de romper nuestro aislamiento mental y tecnológico, poder comprobar el progreso de otros países que no se han quedado estancados como el nuestro […] Los argentinos no tienen por qué ser ciudadanos de segunda clase en este mundo moderno (1991: 192).

Como vemos, no hay reflexión ni aceptación de lo ocurrido. No se pone en consideración el alto costo en divisas que provocó, las consecuencias en el balance de pagos, las implicancias productivas o si acaso los beneficios valían la pena.

La cuarta crítica articula todas las anteriores, pues la política de ‘plata dulce’, atraso cambiario y dinero barato generó otro problema, ya que la liberalización de tasas de interés producto de la reforma financiera de 1977, con el motivo de ‘remonetizar la economía’, hizo que las tasas locales se volvieran muy altas, incluso a nivel internacional, lo que generó que ingresaran al país una gran cantidad de capitales especulativos. Esta situación, al tener un tipo de cambio semifijo, provocó una expansión monetaria bastante pronunciada, la cual era todo lo opuesto al programa monetarista previo basado en la astringencia. Esto representa entonces otra importante contradicción de la gestión económica. Así, si el déficit fiscal fue identificado inicialmente como la principal causa de la inflación por la emisión monetaria que generaba, y luego fue solucionado a fuerza de ajustes fiscales, a partir de la tablita la entrada de capitales y el sector externo se convertirían en los principales responsables de la nueva emisión (Zícari, 2022). En palabras de Martínez de Hoz:

Ese año [1978] el sector público dejó de ser un factor expansivo [de la emisión monetaria], pero en cambio [desde entonces] el sector externo contribuyó a la expansión de la oferta monetaria más allá de lo que se previó inicialmente al existir un importante saldo favorable en la balanza comercial, que no podía ser equilibrada por insuficientes importaciones y que llevaba al Banco Central a comprar en el mercado de divisas no demandadas […] El superávit del sector externo se convirtió así en impulsor de la inflación debido a la acumulación de reservas en una economía aún sin suficiente apertura externa (en 1979, el 85% de la expansión monetaria tenía su origen en el sector externo) (1991: 195).

La quinta crítica es de orden más bien teórico o doctrinario. En este caso se acusa a Martínez de Hoz de no ser un ‘auténtico liberal’, ni creer en el libre mercado, pues utilizó con la tablita el control cambiario como estrategia antiinflacionaria. Su respuesta a ello fue argumentar que otros sistemas monetarios clásicos defendidos por los liberales funcionaron de igual manera: “Se nos ha acusado de utilizar el instrumento cambiario en forma incoherente con los principios de libertad, de economía abierta y de mercado. Cabría recordar, sin embargo, que el ‘patrón oro’ clásico, compatible con estos principios, fue un régimen de tipo de cambio fijo y dinero pasivo” (1981: 96). Siguiendo esta dirección, frente a las acusaciones de otros exministros de Economía, como José Gelbard y Álvaro Alsogaray, para diferenciarse de esos programas respondió:

En el nuestro, donde todas las variables estaban libres salvo una […] mientras los demás estén libres no se puede hablar de inflación reprimida. También debe señalarse que el supuesto ‘retraso’ afectaba a todos los sectores por igual, lo que no sucedió con las prácticas de tipo de cambio diferenciales y los derechos de exportación que nuestro programa había desechado y que perjudicaban notablemente al sector agropecuario (1991: 212).

Los debates en el interior del equipo económico

En la sección anterior repusimos algunas de las objeciones realizadas a la tablita y las respuestas públicas a ellas dadas por Martínez de Hoz. No obstante, más interesante aún es conocer los debates y reparos internos del equipo económico, ya que muchos de ellos piensan que la tablita no terminó funcionando del todo bien. Para ello aducen varios problemas de implementación. Seis fueron los puntos de mayores reproches realizados por los mismos protagonistas.

Uno de ellos es el referido al sistema de ajuste general de la economía, el cual, sostienen los integrantes del equipo económico, debió haber incluido otras variables además del tipo de cambio. Como señala Juan Alemann, que era secretario de Hacienda: “La tablita tuvo otro error muy grande. Para tener la tablita usted tiene que tener todo el sistema indexatorio interno con la misma tablita. No puede tener una indexación para precios internos y la tablita para el tipo de cambio […] distorsiona” (entrevista a Juan Alemann, en Vercesi, 2008: 379). Este reparo es compartido por Ricardo Arriazu, un importante miembro en la dirección del Banco Central:

El desequilibrio se causó en febrero del año 80 cuando los salarios subieron completamente fuera de lo que decía la regla […] No estaba previsto para nada. Eso fue una medida política. Y ahí uno tuvo que quedarse mientras se quedó [Adolfo] Diz [presidente del Banco Central] por un problema de lealtades. Pero yo dije ‘chau, se acabó’ […] la referencia es que los militares querían ser populares. En el fondo, querían seguir la misma política de Perón. En el año 80 subieron los salarios reales un 28% a principios de enero, pero en dólares. Por cómo estaba funcionando el sistema cambiario, fue un aumento de casi el 50%. Eso rompió totalmente el equilibrio a principios del año 80 (entrevista a Ricardo Arriazu, en Vercesi, 2008: 405).

En este sentido, se suma un segundo punto también repetido bastante por Alemann, referido a los ‘límites políticos’ con los cuales cargaba la gestión económica y que implicaron, según su mirada, el motivo central que impidió que la inflación cayera: la imposibilidad de bajar el gasto público. En sus palabras: “El problema de fondo, en realidad, era el desequilibrio fiscal, que no tenía y que no podía evitar porque tenía que haber reducido el presupuesto militar, que no se podía, y teníamos que parar todas las inversiones públicas, que tampoco se podía. Yo tenía un gasto que era infinanciable” (entrevista a Juan Alemann, en RAHO, 2005). Aquí, nuevamente, resuena el que había sido el diagnóstico original más importante sobre las causas de la inflación y que a lo largo de la gestión fue desapareciendo del discurso público. Recordemos que las causas identificadas al inicio de la gestión fueron el alto gasto fiscal, el déficit implicado en ello y la emisión monetaria que, como consecuencia, generaba.4 No obstante, la evidencia empírica resultó muy débil: en los momentos de mayor astringencia monetaria y reducción del déficit fiscal (entre mediados de 1977 y mediados de 1978), la inflación, lejos de bajar, subió. Luego, durante la vigencia de la tablita, como vimos, existió un crecimiento de la emisión monetaria por el ingreso de capitales externos; sin embargo, en dicho período la inflación bajó a la mitad. Por lo tanto, el argumento fiscalista/monetario no parece contar con respaldo empírico para ser válido, sino, al contrario, más bien parece refutar dichas ideas.

El tercer punto de crítica interna fue responsabilizar a la guerrilla y al mandato, por esto de que la economía debía tener pleno empleo, algo que fue fuertemente repetido por todo el equipo económico como un gran problema para lograr la estabilización y que la inflación se redujera. Como lo explicó Martínez de Hoz: “Recuerde que había todavía un alto nivel de terrorismo. Entonces ese terrorismo no había penetrado en los sindicatos […] Pero, si [por] esta paralización industrial se llegaba a producir una desocupación masiva, nadie podía saber lo que podía pasar. Había una gran preocupación en ese sentido” (entrevista a Martínez de Hoz, en RAHO, 2005). Alejandro Estrada, secretario de Comerio Interior, explicaría: “Había mucho temor a que esta política de cambio estructural generara desocupación. Y, básicamente, recuérdense que se daba un problema, que había guerrilla aún, a veces localizado. Entonces tenían miedo de que una condición laboral difícil favoreciera, digamos, el acto de terrorismo, que lo hiciera más popular” (entrevista a Alejandro Estrada, en RAHO, 2005). Juan Alemann, secretario de Hacienda, diría lo mismo: “Cuando Martínez de Hoz asume el país estaba virtualmente en un estado de guerra interno contra el terrorismo organizado […] Los jefes militares decían entonces que no podía haber desocupación, ya que cada desocupado era un guerrillero en potencia. Esto fue una limitación para la política económica” (en La Nación, 24/3/1996). Luis García Martínez destacó lo mismo: “Decían que la guerrilla, si se producía el problema de desempleo y todo lo demás, iba a conseguir adeptos” (entrevista a Luis García Martínez, en Vercesi, 2008: 420).

El cuarto punto de crítica interna fue que, al generarse un tipo de cambio semifijo como era el esquema de la tablita, la economía local quedaba muy vulnerable frente a los shocks externos, que, cuando ocurrieron, distorsionaron todas las previsiones originales e hicieron al sistema menos efectivo. Como lo señaló Alemann: “El problema de fondo se produjo en 1980, cuando la Reserva Federal de los Estados Unidos, dirigida entonces por el duro Paul Volcker, implementó una política monetaria muy restrictiva que llevó las tasas de interés al 20% en dólares. En 1979, la OPEC aumentó los precios del petróleo, que de unos 12 dólares por barril llegaron a más de 35 […] Para la Argentina esa política monetaria [de Volcker] fue catastrófica” (en La Nación, 24/3/1996), a lo que añadió: “Se nos iba el dinero. Y con la tablita eso era incompatible. Además, porque facilitamos la salida de capitales, porque sobrevaluamos el peso” (entrevista a Juan Alemann, en Vercesi, 2008: 378-379).

El propio Martínez de Hoz ha presentado un quinto punto de crítica para explicar por qué la tablita no terminó bien ni produjo un control de la inflación en el largo plazo. Según su opinión, hubo que invertir los primeros años para hacer que la población cambiara su mentalidad con respecto al funcionamiento previo de la economía, que era estatista, cerrada y ligada a la puja distributiva entre precios y salarios. Según él, “toda la economía giraba entonces en torno a la ‘espiral precios-salarios’, que al final de nuestra gestión era solo un recuerdo” (1981: 110). Sin embargo, a pesar de que el cambio estaba operando, no logró consolidarse por culpa de la gestión siguiente a la suya, al asumir el general Viola en marzo de 1981, quien no continuó con su política económica:

Estaba en la mentalidad inflacionaria. ¿De cuántos años? Treinta años el adoctrinamiento de la inflación en las empresas y en las poblaciones en general. Había que cambiar la mentalidad. Tenían que aprender a rebajar costos, que no tenían ninguna necesidad de hacerlo antes. Porque en toda la mentalidad inflacionaria esto se pasaba costos sobre costos a los precios finales y después pedían devaluación. Y esto costó mucho [cambiarlo]. Y, lamentablemente, cuando ya estábamos actuando y la mentalidad empezaba a cambiar, después, con el gobierno que sucedió al presidente Videla, se dio vuelta, se tomó 180 grados de dirección en contraria: acuérdese de las grandes devaluaciones que hubieron en el año 81. Se optó por la salida más fácil y se estropeó todo ese gran esfuerzo anterior que se había hecho (entrevista a Martínez de Hoz, en RAHO, 2005).

El sexto y último punto de crítica interna fue el balance entre costos y beneficios. Porque si bien los objetivos inflacionarios fijados por la tablita se consiguieron, por lo menos en parte, ya que la presidencia de Videla terminó con dos dígitos de inflación, el sacrificio general de la economía fue demasiado alto para una medida que, finalmente, no garantizó la estabilización ni logró índices de precios bajos ni tampoco permitió que perduraran sus magros resultados positivos. Como recapacita García Martínez:

Cuando se logró en el año 80 que la inflación fuera de alrededor de un 75%, 80% anual, se decía ‘bueno, habíamos conseguido [menos de] tres dígitos [de inflación]’. Sí, pero cuál era la situación: corrida bancaria, un estado de efervescencia general del agro y de la industria en contra de la conducción económica y del gobierno total por el problema de la competencia del exterior y el problema de las tasas de interés (entrevista a Luis García Martínez, en RAHO, 2005).

Conclusión

A lo largo de este trabajo hemos intentado repasar las diversas críticas y debates con respecto a la llamada tablita cambiaria vigente entre 1979 y 1980. Como hemos visto, Martínez de Hoz trató, a su manera, de dar respuestas, aunque fueran superfluas, a muchas de las objeciones realizadas, mediante las cuales tuvo la oportunidad de defenderse frente al repudio generalizado. Si bien las respuestas no ofrecen un valor teórico de peso, al menos nos sirven para saber qué pensaba el ministro frente a varias de las desventajas que ofrecía su esquema cambiario.

Por otra parte, también intentamos darle lugar a un punto todavía más jugoso, que es el de la discusión en el interior del equipo económico frente a los resultados finales que terminó por arrojar la tablita. Allí vimos que los distintos miembros de la conducción económica ofrecen diversas respuestas y alegatos para explicar por qué la tablita no funcionó según lo previsto originalmente ni resultó una medida de fondo para resolver la cuestión inflacionaria. En este caso, las respuestas y los debates son más ricos y honestos, pues ofrecen otras perspectivas para analizar los dilemas y dificultades hallados por los funcionarios y a la vez mostrar una reflexión crítica más matizada.

En todo caso, tanto las cinco críticas revisadas como los seis puntos de debate interno nos dan mejores elementos para comprender parte de la cocina económica y de la gestión, y comprender así de modo más acabado uno de los períodos más críticos y significativos de nuestra historia.

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Entrevista a Juan Alemann, reproducida en Vercesi (2008).

Entrevista a Luis García Martínez (2005), Red de Archivos de Historia Oral (RAHO).

Entrevista a Luis García Martínez, reproducida en Vercesi (2008).

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“Martínez de Hoz: Videla es un patriota”, La semana, 29/12/1983.


1 CONICET, UBA, UNDAV.

2 En general, la recuperación de la voz de los protagonistas del gobierno dictatorial ha sido realizada, esencialmente, con vistas a las prácticas represivas. Ver, al respecto, Feld y Salvi (2019). Por su parte, las investigaciones de análisis político que han utilizado las palabras de dichos actores han sido muy pocas, como Canelo (2008) y Novaro y Palermo (2006). En el caso del análisis económico, nunca suelen ser utilizadas como herramienta central de análisis, sino, en el mejor de los casos, como herramientas periféricas o anecdóticas.

3 Un abordaje sobre algunas de las problemáticas que implica el relato escrito y oral posterior a los hechos por parte de los protagonistas de la última dictadura militar argentina puede encontrarse en Feld y Salvi (2016).

4 Sobre los debates de las distintas políticas antiinflacionarias llevadas a cabo por el equipo de Martínez de Hoz, ver Zícari (2023).