América Latina, retrocesos y potencialidades
Ricardo Aronskind
Otra Economía, vol. 13, n. 23: 3-27, enero-junio 2020. ISSN 1851-4715
América Latina, retrocesos y potencialidades
América Latina, retrocessos e potencialidades
Latin America, setbacks and potentialities
Ricardo Aronskind *
Resumen: La reciente oleada de tomas de gobierno por intereses anti populares en nuestra región guarda estrechísima relación con el debilitamiento estructural –económico, político, cultural– de nuestros países, las tensiones de una globalización neoliberal que ha entrado en crisis sin que haya un proyecto alternativo definido, y las limitaciones políticas de los espacios progresistas, nacionales-populares o de izquierda latinoamericanos para cohesionar sus sociedades en torno a un modelo superador del neoliberalismo. América Latina parece envuelta en un largo período de retroceso en cuanto a los logros que supo obtener en las décadas que fueron del ´30 al ´80 del siglo pasado, lo que lleva a una degradación de su ubicación en el orden internacional y a la profundización de su dependencia de las fuerzas imperantes en el orden global. En el presente trabajo trataremos de pasar revista a las razones estructurales que están operando en nuestra región, para tratar de aportar a una caracterización que nos permita explicar el rol transitorio que ocupan los gobiernos de derecha en el presente momento latinoamericano.
Palabras clave: globalización, desarrollo, hegemonía
Resumo: A recente onda de aquisições governamentais por interesses antipopulares em nossa região está intimamente relacionada ao enfraquecimento estrutural –econômico, político, cultural– de nossos países, às tensões de uma globalização neoliberal que entrou em crise sem um projeto alternativo definido e as limitações políticas dos espaços progressistas, popular nacional ou de esquerda da América Latina para unir suas sociedades em torno de um modelo que supera o neoliberalismo. A América Latina parece estar envolvida em um longo período de declínio em termos das conquistas que conseguiu obter entre as décadas de 30 e 80 do século passado, o que leva a uma deterioração de sua posição na ordem internacional e ao aprofundamento da sua dependência das forças predominantes na ordem global. Neste artigo, tentaremos revisar as razões estruturais que estão operando em nossa região, para tentar contribuir com uma caracterização que nos permita explicar o papel transitório que os governos de direita ocupam no atual momento latino-americano.
Palavras-chave: globalização, desenvolvimento, hegemonia
Abstract: The recent wave of government takeovers by anti-popular interests in our region is closely related to the structural weakening –economic, political, cultural– of our countries, the tensions of a neoliberal globalization that has entered a crisis without a defined alternative project, and the political limitations of the progressive, national-popular or left-wing Latin American spaces to unite their societies around a model that overcomes neoliberalism. Latin America seems to be involved in a long period of decline in terms of the achievements it was able to obtain in the decades between the 30s and 80s of the last century, which leads to a deterioration in its position in the international order and to the deepening of its dependence on the prevailing forces in the global order. In this paper we will try to review the structural reasons that are operating in our region, trying to contribute to a characterization that allows us to explain the transitory role that right-wing governments occupy in the present Latin American moment.
Keywords: globalization, development, hegemony
La globalización y América Latina
La globalización no es sólo un fenómeno “material”, tecnológico, financiero, organizacional, plausible de ser descripto con meros indicadores cuantitativos. Es un proceso histórico que abarca múltiples aspectos de la vida humana, y que está en un momento de creciente dificultad para la continuación de su despliegue global.
La globalización es también un conjunto articulado de cambios en las técnicas productivas (incorporación de la TICs, robotización, inteligencia artificial), en la organización global de la producción (fragmentación y articulación global de la producción), en la comunicación humana y la forma de hacer negocios (actividades en tiempo real, mercados interconectados), en el ordenamiento institucional global y el ejercicio de la soberanía por parte de los estados (refuerzo del poder mandatario de ciertas instituciones multilaterales y extensión de la legislación global a favor de los países centrales), y en la disolución de los consensos en materia de relaciones internacionales que se plasmaron en la Carta de las Naciones Unidas al final de la segunda guerra mundial (igualdad entre naciones, no intervención en asuntos internos, no amenaza o utilización de la fuerza en la resolución de conflictos).
Tan significativos como los cambios “materiales” han sido los cambios culturales, que están transformando todos los aspectos de la civilización y de la subjetividad humana.
Pero además de un conjunto de cambios multidimensionales significativos, la globalización debe ser entendida desde una perspectiva política: se trata de la constitución de un entramado político-institucional que posibilita, promueve y garantiza el contexto mundial adecuado para la expansión y maximización de la ganancia de las corporaciones multinacionales y del capital financiero provenientes de los países centrales.
En este sentido, es un proceso de extensión colectiva del capital de las principales potencias sobre la totalidad del globo, de apropiación de medios de producción, recursos naturales y fuentes de renta periféricas, para lo cual ha habido un sistemático esfuerzo promovido por las principales potencias occidentales –lideradas por los Estados Unidos– para afianzar instituciones globales que ordenen y garanticen el “libre movimiento de capitales” por el globo.
La nueva institucionalidad global ha implicado crecientes recortes a las capacidades de los estados para definir sus políticas económicas, lo que ha tenido impactos desiguales para las grandes naciones promotoras de las “reglas globales” y para la mayoría de las naciones que han debido adaptarse a esos nuevos condicionamientos externos.
Las desregulaciones, las aperturas, las privatizaciones-extranjerizaciones verificadas a lo largo y a lo ancho del mundo, así como los cambios introducidos en las legislaciones locales para adaptarlas a las “normas internacionales” han formado parte de ese proceso, que ha sido inducido por presiones de muy diversa índole por parte de las potencias occidentales y de las instituciones que reflejan sus intereses.
Tan significativa como el fortalecimiento de instituciones regulatorias supranacionales (Banco Mundial,2 Fondo Monetario Internacional, 3 Organizacon Mundial del Comercio4), ha sido la falta de mecanismos de coordinación global que protejan a los países de los vaivenes y arbitrariedades de los mercados financieros, de las maniobras de evasión impositiva de las firmas multinacionales, o que impidan los chantajes a los que son sometidos los estados por los diversos actores privados capaces de desestabilizar a la mayoría de las economías del globo.
También esa situación de volatilidad e imprevisibilidad es una construcción de los poderes hegemónicos, aun cuando parezca más el resultado de “retrasos” regulatorios, o desacuerdos circunstanciales, ya que existen propuestas regulatorias concretas, muy serias y articuladas, para construir una “nueva arquitectura financiera internacional”, que han sido rechazadas o boicoteadas desde hace más de treinta años por las potencias hegemónicas.
En un sentido más sociológico-económico, la globalización es el reino del capital concentrado, crecientemente liberado de las ataduras de los estados y de los deberes con el resto de los actores sociales, y en especial con el mundo del trabajo, al que han logrado debilitar estructuralmente mediante las nuevas “reglas de juego” que debilitan derechos y atomizan la organización sindical.
Sin embargo, más allá del discurso público liberal, es importante señalar que ese proceso no es equivalente a la liberalización plena de los mercados. No es casual que no exista –porque es severamente reprimido– el libre movimiento de trabajadores y poblaciones a través de las fronteras, y que sólo sea parcial, regulada y dirigida, la “libre” circulación de mercancías y servicios.
Las fronteras parecen inútiles frente a los capitales financieros, ya que son crecientemente perforadas por sus movimientos, pero son sumamente sólidas para regular otros movimientos que podrían ser disruptivos para el orden actual, construido a partir de una tensa y variable combinación de intereses de las grandes naciones industrializadas, y de las corporaciones globalizadas, que no siempre coinciden con los intereses de sus países de origen.
Uno de los aspectos centrales que caracterizan a la globalización reciente es el acondicionamiento institucional del planeta para facilitar la acumulación de las firmas multinacionales, lo que ha implicado la adaptación e internalización en las legislaciones nacionales de los países periféricos, de un conjunto de requerimientos para facilitar y garantizar la operación y obtención de altísimos beneficios por parte de las grandes firmas globales. Estos cambios legislativos, realizados para satisfacer las demandas de las corporaciones globales respaldadas por los principales estados, constituyen una fuerte limitación interna a las políticas públicas nacionales necesarias para promover un decidido esfuerzo de desarrollo nacional.
Otros elementos que caracterizan un proceso en continua mutación son la estandarización de los consumos y costumbres globales, la homogenización cultural, la creación de un perfil de trabajador abstracto universal con saberes estandarizados, adecuado a los requerimientos de movilidad y multiimplantación de las corporaciones multinacionales, y el consiguiente amoldamiento de las subjetividades a través de la difusión masiva de la cultura desarrollada en los centros para adecuarlas a los requerimientos del consumo global. En un sentido cultural profundo, la globalización implica un proceso mundial de desnacionalización de la identidad de aquellas naciones que presentan rasgos diferenciados de los países centrales.
La globalización como discurso ideológico
Pero además de sus características económicas o culturales observables, la globalización es una ideología, es decir una explicación del orden que busca generar consentimiento general sobre la inevitabilidad del mismo. Se pretende, en este sentido, que la globalización sea vista como un proceso “espontáneo” generado a partir de los cambios tecnológicos –que serían a su vez casuales o azarosos–, que por su novedad y originalidad está llamado a destruir todo el marco de ideas previas en el amplio campo de las ciencias sociales y humanas.
En ese sentido, la ideología de la globalización es un canto apologético de la tecnología, de la cual se derivaría todo el orden vigente en el planeta. El orden político, no sería otra cosa que un orden técnico derivado de y adaptado a las continuas novedades provenientes del mundo de la ciencia. El sentido y la orientación de los procesos científicos, hoy absolutamente dependientes de las decisiones y gestionados por grandes organizaciones públicas o privadas (Estados, fuerzas armadas, grandes universidades con financiamiento externo, grandes corporaciones privadas), no merece atención alguna en esta lógica argumentativa. La ideología de la globalización construye en base al prestigio contemporáneo de la ciencia un intento de naturalización del orden político-económico: es “objetivo”, no admite versiones alternativas.
La ideología globalizadora pretende que el proceso de transformación mundial es “horizontal”: elimina las fronteras, disuelve los poderes, elimina las asimetrías, democratiza y distribuye el saber, la oportunidad de crear conocimientos y la posibilidad de disfrutar de la riqueza globalmente generada. En ese relato, ya no son relevantes las naciones, ni los estados, sino sólo los individuos y las empresas, desempeñándose en base a su capacidad, moviéndose en un entramado de redes horizontales. No existe en ese mundo ni concentración ni centralización del capital, ni poder de mercado, ni asimetrías de conocimiento, información y acceso.
En línea con esa construcción de un orden político gobernado por las necesidades de la tecnología, teóricamente al servicio de los consumidores, se les indica a “los políticos” que su tarea es la “gestión” social, el acondicionamiento de sus sociedades a los requerimientos de la “globalización”: insertarse en las cadenas globales de valor, abrirse a los flujos comerciales y financieros, para que los consumidores locales maximicen su bienestar. Por lo tanto, la aspiración a crear o transformar las realidades económicas y sociales devenidas del proceso de globalización realmente existente sería una rémora política de un pasado ya sepultado.
Sin embargo, el mercado global no es una cooperativa, ni el orden político global una asamblea de pares. No hay intercambio ni enriquecimiento mutuo “democrático”, sino “selección natural” definida en virtud de la potencia del capital, que también se traslada al campo de las ideas y a la propia identidad política nacional e individual.
La expansión del capital de los países centrales ha requerido una tarea consistente de debilitamiento de las capacidades regulatorias de los estados periféricos y una licuación del poder de los actores sociales y políticos que podrían presentar una alternativa al sistema.
Las corporaciones han tendido a des-responsabilizarse en relación a las sociedades en las que operan, de las que nutren sus actividades organizacionales y en las que colocan su producción. La globalización ha permitido un paulatino proceso de desentendimiento corporativo del entorno en el cual operan.
La actual tendencia a la irresponsabilidad empresaria se expresa en términos de indiferencia a los procesos productivos que provocan cambio irreversibles en la biósfera, la recuperación de formas del esclavismo en algunos tramos trabajo-intensivos del proceso productivo, la reiteración de desastres ecológicos por falta de inversión adecuada en prevención de catástrofes y protección ambiental, la instigación al arrasamiento de las instituciones de protección social –presentadas siempre como “costos excesivos” por el neoliberalismo global–, o el financiamiento de la alienación cultural y embrutecimiento intelectual de la población como complemento necesario de la labor productiva.
En la época del debilitamiento del valor de lo público, y de la despreocupación por la inclusión social, ha surgido el sello de la “responsabilidad social empresaria”, slogan cuya función parece ser mucho más de marketing de las corporaciones, que de sincera voluntad reparatoria de los daños provocados por las corporaciones en términos concretos.
Un hecho de fuerte relevancia económica y sumamente emblemático de la globalización es la aparición en las últimas décadas de decenas de “guaridas fiscales”, en las cuales capitales de todo el planeta pueden ocultarse de las autoridades fiscales de sus respectivos estados para evadir el pago de impuestos. Es una muestra concreta del desentendimiento de los grandes capitales en relación a las sociedades donde operan: privan a los estados de valiosos fondos para mejora social, infraestructura, inversión productiva, investigación científica, bajando el piso civilizatorio a favor de la maximización de los beneficios corporativos.
Por supuesto que estas “guaridas fiscales” son toleradas, e incluso promovidas por los principales Estados centrales. Estos espacios privatizados del orden global no podrían subsistir un solo minuto sin la aprobación de las grandes potencias. La explicación de este comportamiento prescindente de los responsables políticos de los estados puede tener que ver con el grado de influencia y poder de lobby que el sector privado, y la ideología neoliberal, tienen sobre los espacios partidarios y el personal estatal. La decadencia del valor de lo público se verifica en la acción de las propias instituciones que deberían velar por el bien común.
Sólo el ejemplo chino podría pensarse como un caso exitoso de aprovechamiento de la institucionalidad internacional promovida por la globalización. Pero China es un país con características únicas, que ha utilizado la globalización para engrandecerse materialmente en asociación con un gran número de corporaciones occidentales, al costo de introducir prácticas salvajes del capitalismo contemporáneo reñidas con la visión socialista de los fundadores de la República Popular. A diferencia de otras naciones que no formaban parte del centro, ese país cuenta con un proyecto de desarrollo nacional muy definido, está conducido por una elite estable y no globalizada, y es capaz de formular objetivos de largo plazo, que incluyen metas abarcativos para el conjunto de la sociedad. Esa elite, el Partido Comunista de China, –a diferencia de las elites latinoamericanas– no acepta un papel subordinado en el orden global, y se caracteriza por adoptar políticas que potencian las capacidades propias que refuerzan la soberanía nacional, no que la degradan.
Latinoamérica: de la industrialización al neoliberalismo globalizante
El capitalismo latinoamericano nació y se expandió adaptado a los requerimientos de las potencias occidentales predominantes, siendo los factores de poder locales –cuya peculiaridad residía en ser “bisagra” entre la producción doméstica y los intereses extranjeros– los responsables de formular las orientaciones políticas para conducir a sus países por un sendero funcional a las metrópolis.
La crisis económica mundial de 1930 puso en crisis todo el vínculo entre la región y el mercado mundial, al colapsar los principales intercambios sobre los que se había construido la relación. Algunos países con más posibilidades, por riqueza, tamaño o disponibilidad de recursos humanos, hicieron considerables avances en el sendero de una industrialización inesperada.
Los cambios que se acumularon desde la crisis económica hasta el final de la segunda guerra mundial modificaron buena parte de la fisonomía productiva regional, que se internó considerablemente en el sendero industrial, creando a lo largo de ese proceso nuevas capas sociales “modernas”.
El dramático cambio en el entorno (depresión de los años ´30, Segunda Guerra Mundial, Guerra Fría) impactó también en la vida intelectual de la región, y llevó a un tiempo latinoamericano en el cual se consideró viable un rumbo hacia la industrialización, el desarrollo y la independencia real. Fue la época en la que se formularon teorías e interpretaciones propias, como el estructuralismo latinoamericano o la teoría de la dependencia, en búsqueda de una estrategia de transición hacia la plena soberanía económica y el desarrollo social.
Fue el “momento nacional” de América Latina, el apogeo del nacionalismo latinoamericano.
A partir de los años ´70, una sucesión de golpes militares anticomunistas y antinacionalistas, orientaciones económicas neoliberales y fuerte represión cultural e ideológica, torcieron el rumbo de la región, y la fueron reinsertando gradualmente en el terreno del estancamiento y la falta de perspectivas de progreso. Los regímenes neoliberales provocaron desindustrialización, deterioro social, y elevado endeudamiento con los bancos de los países centrales.
La imposibilidad de pagar los créditos irresponsablemente otorgados por los acreedores, llevó a reiteradas crisis macroeconómicas y a la creación de un clima de desaliento y pérdida de objetivos nacionales. El nuevo lazo de dependencia financiera habilitó nuevas formas de intervención por parte de la banca privada de los países centrales, y luego por parte de los organismos financieros internacionales, con profundo impacto sobre el tipo de políticas públicas implementadas.
La aplicación en los años ´90 de las políticas sintetizadas en el “Consenso de Washington” —luego de una década de retrocesos económicos y sociales desalentadores— fue central en iniciar el desarme del estado desarrollista latinoamericano, y en crear óptimas condiciones para la extranjerización de la economía regional.
En el transcurso de ese período se produjo la ruptura de la ilusión desarrollista, con el telón de fondo de la destrucción de la confianza en las capacidades nacionales para determinar el propio destino.
En otros términos: es entre los años ´70 y ´80 cuando la región comenzó la reversión de su avance hacia un proyecto autónomo y fue reconducida a crecientes grados de dependencia y subordinación al orden global, tanto en el aspecto material como intelectual.
Los gobiernos, tanto militares como civiles, que implementaron las políticas de privatización, apertura importadora y endeudamiento, sentaron las bases estructurales para una nueva dependencia, más profunda que la conocida en el período desarrollista, ya que no sólo incorpora el encadenamiento financiero a los organismos internacionales (FMI, BM) sino que agrega el arrasamiento del pensamiento local y la colonización intelectual de los principales partidos políticos, de los sistemas de comunicación de masas y de los principales ámbitos académicos por parte del pensamiento neoliberal.
Los procesos de deterioro se verificaron en todas las dimensiones de una sociedad. No es sólo la economía la que se debilitó, o el tejido social que se fragmentó, sino que entró en un cono de sombra el propio sentido de pertenencia a una comunidad con un futuro compartido. En el retroceso hacia el subdesarrollo, y ante la inexistencia de un imaginario nacional capaz de proveer una expectativa de progreso, la salvación individual pareció ser la única estrategia disponible.
Es el sentimiento de fracaso colectivo ante el hecho evidente de no poder sostener las metas de progreso y soberanía proclamadas en el “momento nacional” de nuestra región. Luego, la ideología de la globalización proporcionará coartadas ideológicas para justificar el desentendimiento en relación al destino colectivo: “las naciones han perdido vigencia”, “el estado nacional es obsoleto”, “es el tiempo de los individuos, el éxito es particular, no colectivo”, “los mercados existen, los países no”.
Fruto también de la percepción de “fracaso nacional” es el complejo proceso micro-social de introyección de la dependencia. Esta “microfísica” de la dependencia, impregna mentalidades y comportamientos individuales y colectivos, lo que favorece la reproducción infinita del fenómeno.
La globalización en la periferia latinoamericana
El viraje de la región latinoamericana, de los intentos esperanzados de lograr la independencia económica y la autonomía política a una profundización del cuadro de dependencia estructural, se realizó en sucesivas etapas.
América Latina participó decisivamente en el ingreso de la economía mundial a la etapa de la financiarización del capital, ocurrido desde los primeros años de la década del ´70. Su papel fue el de importante tomador de deuda —grandes excedentes financieros en poder de la gran banca privada de los países centrales—, y posteriormente de deudor en dificultades, que se encuentra con enormes obstáculos para poder cumplir con los compromisos financieros adquiridos (a partir de un drástico cambio de las condiciones financieras internacionales provocado por la política monetaria estadounidense). Ese estado de insolvencia permitirá “apalancar” otros cambios estructurales más profundos, en un sentido neoliberal.
La etapa del “gran endeudamiento” fue fundacional para la involución de nuestra región. Abrió el camino a la reversión del desarrollo y de la búsqueda de la autonomía regional.
Por empezar, obligó a los países a acordar la presencia permanente de los organismos financieros internacionales en el diseño de sus políticas económicas. Éstos reforzaron las tendencias internas más retrógradas desde el punto de vista de las opciones económicas, priorizando en forma exclusiva el pago a los acreedores externos frente a otras opciones productivas o de progreso social.
El enorme peso de la deuda sobre las finanzas públicas limitó severamente las posibilidades de continuar realizando las políticas desarrollistas de impulso a la industrialización y a la inversión en infraestructura. También debilitó la propia estructura del estado, que se volvió crecientemente impotente para llevar a cabo sus tareas tradicionales.
Desde entonces, las políticas apuntaron básicamente a profundizar la integración de las periféricas economías latinoamericanas en forma pasiva al mercado mundial, ceder los activos productivos más rentables al capital extranjero –en algunos casos, el control de ramas estratégicas de la economía–, debilitar las capacidades regulatorias de los estados nacionales, y volverlos más dependientes financiera y productivamente de factores externos a la región.
Este proceso de incremento estructural de la dependencia no sólo no fue resistido por las fracciones empresarias concentradas locales, sino que incluso lo acompañaron en diversas formas, tanto desde el punto de vista político como a través de diversas tipos de asociación con el capital extranjero. La reversión histórica de los grados de desarrollo, industrialización e independencia regional logrados contó con el apoyo de poderosos sectores locales que simplemente modificaron su perfil de negocios, y cedieron parcialmente el liderazgo de sus economías a sus socios mayores provenientes del mercado mundial.
El viraje económico hacia la profundización de la dependencia fue complementado con la cesión parcial de grados de soberanía nacional a diversos entes multinacionales, que en realidad dependen y reflejan los intereses de los países centrales. Los tratados comerciales de inversión, la aceptación de tribunales extranjeros para la resolución de litigios, la pertenencia a organismos como la OMC con todos sus impactos des-regulatorios, la aceptación del monitoreo sobre las políticas públicas sub-desarrollantes del FMI y de los préstamos pro-“reforma estructural” del BM, formaron un entramado jurídico-institucional de recorte de soberanía que trasladó el problema de las crisis económicas al plano de la subordinación política.
Se trató de una forma de subordinación novedosa, más compleja que en períodos anteriores, en cuanto a que las raíces últimas del poder de los organismos internacionales –interventores de facto en los países endeudados– aparece velada en relación a las viejas y explícitas formas del colonialismo, o a la imposición directa de decisiones por parte de potencias nacionales definidas.
El problema de cómo caracterizar las nuevas formas de intervención externa en nuestras sociedades no es sencillo de develar teóricamente de acuerdo a las viejas categorías conceptuales que separaban el campo de la economía y el de la política, o lo público de lo privado.
Así, por ejemplo, el FMI puede ser visto desde la periferia tanto como un organismo que representa los intereses de los grandes actores financieros internacionales y cuya misión es favorecer y custodiar los negocios del capital financiero a lo largo del planeta, como un institución formalmente multilateral, pero que responde a los países centrales que conforman el núcleo del sistema capitalista global, para disciplinar a las naciones que no pertenecen a ese selecto club y colocarlas en una posición de debilidad financiera estructural.
A ese conjunto de procesos debe agregársele las transformaciones en el campo intelectual.
La región latinoamericana vio afectada su capacidad de generar pensamiento autónomo, y que éste tuviera presencia relevante en los principales círculos de decisión política locales. Creció marcadamente la tendencia a la adopción acrítica de las ideas de los centros, o a la mera adaptación local de esas ideas.
Los centros de pensamiento relacionados con fracciones del capital local, los propios “think tanks” con financiamiento empresarial, son incapaces de formular visiones originales y propuestas novedosas que recojan necesidades extendidas de la población, ya que están intervenidos por la ideología neoliberal, que los coloca en situación intelectualmente satelital. Se remiten, en un sistema de “prestigio intelectual” claramente hegemónico, a los “conocimientos” y a la agenda temática que les proporcionan los centros y que converge con intereses particulares de diversas fracciones empresarias. Tal agenda ignora absolutamente la problemática del desarrollo.
En los espacios académicos perdió fuerza el pensamiento crítico luego de las persecuciones ocurridas en los períodos autoritarios. La irradiación de visiones y propuestas por parte de las universidades públicas se redujo en la medida que los sistemas políticos eran colonizados por el pensamiento neoliberal. El debilitamiento estatal degradó el vínculo necesario entre academia y política, siendo reemplazado por las orientaciones globales suministradas por los organismos internacionales o por fundaciones privadas ligadas al empresariado neoliberal.
Igualmente fue modificada la misión de los gobiernos en el período de debilitamiento de las perspectivas nacionales en la región. En la medida que las opciones de política se restringieron dramáticamente a la adaptación pasiva a las necesidades del capital global asociado al capital local, tanto por el peso de las presiones de la estructura mundial, como por la subordinación ideológica –y cultural– a los centros, el espacio de la política pasó a ser el de la “gestión”. Los gobernantes recibieron el mandato de ser los gestores locales del orden globalizado, en el cual las necesidades de la población y su derecho al desarrollo económico social tienen un papel secundario, sólo recordado en momentos de graves crisis y estallidos de violencia.
La irrupción de varios gobiernos progresistas en la región desde fines de los años ´90, luego de los reiterados traspiés de las políticas neoliberales, puso de manifiesto el extendido malestar social con los efectos concretos de una ideología que sin embargo no era impugnada en forma abierta.
Si bien aún no tenemos distancia histórica suficiente para tener una visión cerrada de ese ciclo progresista, podemos decir que las políticas pos-neoliberales contribuyeron claramente a mejorar las condiciones de vida de las masas, y representaron un momento de florecimiento regional, pero no lograron modificar significativamente los cambios estructurales, tanto en lo económico, social ni institucional, que habían sido introducidos en el período neoliberal previo.
Esto en parte fue así porque el orden mundial continúa siendo neoliberal, y las potencias del núcleo capitalista dominante tienen un amplio dominio sobre los principales flujos económicos, culturales y comunicacionales, ejerciendo una influencia profunda sobre las propias sociedades periféricas, sino también porque las fuerzas sociales que se oponían al neoliberalismo no contaban con la fuerza política, ideológica y cultural necesaria para revertir las tendencias profundas y establecer una lógica de reproducción social alternativa.
La deriva de las burguesías latinoamericanas
Una característica específica del capitalismo pos-keynesiano, y especialmente luego de la desaparición de la URSS y la amenaza real o virtual que representaba su existencia, es la creciente tendencia de las corporaciones a reducir su grado de responsabilidad en relación al bienestar de la sociedad y a la salud de la macro- economía.
La percepción generalizada en el alto empresariado es que no debe preocuparse mayormente en relación al devenir del conjunto de la sociedad ya que no existe una alternativa política sistémica al capitalismo, ni existe un imaginario social en ese sentido. Esto ha debilitado el espíritu hegemónico que impregnó al capitalismo de posguerra, preocupado por demostrar la compatibilidad entre capitalismo y bienestar de las masas, generando políticas públicas y teoría que acompañar ese esfuerzo. La tradicional expresión de la posguerra “igualdad de oportunidades” ha sido silenciosamente abandonada en la actual etapa del capitalismo.
El cambio ha sido dramático al desaparecer la competencia entre sistemas. La preocupación por generar adhesión voluntaria a determinado orden social fue reemplazada en el tiempo de la globalización por la idea de lograr “gobernabilidad” gracias al debilitamiento de la contestación social e intelectual, y la fragmentación de los actores políticos y sociales subalternos.
Esta dinámica definitoria del capitalismo actual es observable también en las naciones periféricas, y en especial en nuestra región –ampliamente integrada al mercado mundial–, dado su lugar subordinado en el orden global y su específica ubicación geográfica hemisférica, que lleva a las elites locales a descuidar los aspectos hegemónicos de las políticas económicas y social, para reposar en la existencia de un “garante de última instancia de la estabilidad neoliberal regional”: los Estados Unidos.
En la periferia latinoamericana se combina actualmente la existencia de un alto empresariado local plenamente subordinado –financiera, tecnológica e ideológicamente– a los centros, con un involucramiento menguante en la preocupación por lo público en general y por el destino del conjunto de la población en particular. La mercantilización de la vida social se combina con un enfoque de negocios desconectados del bienestar general y que poco tiene que ver con un proyecto de acumulación productiva “clásico”.
Aldo Ferrer, economista argentino y pensador del desarrollo nacional, acuñó el concepto de densidad nacional aludiendo a un conjunto de elementos económicos, sociales, políticos e ideológicos que se encuentran presentes en diversas experiencias internacionales exitosas en materia de desarrollo nacional.
Entre los elementos que señaló como centrales, aparece la capacidad de formular una lectura propia del orden global –y reconocer cuales son los intereses propios en ese escenario–. También definir al propio país como el principal espacio de acumulación –e inversión–. Y promover un cierto grado de cohesión social, para que el esfuerzo colectivo del desarrollo involucre a los más diversos actores de la sociedad.
Estos rasgos, que se han presentado en los casos “exitosos” de desarrollo capitalista, no parecen tener presencia significativa en nuestra región.
Especialmente grave es el tema de la incapacidad para formular visiones propias del orden mundial. El gran empresariado local ha asumido una relación de satelismo y sumisión en relación a las otras regiones del planeta, y espera pasivamente que la evolución del orden económico mundial le proporcione oportunidades de negocios o le permita asociarse a las fuerzas dinámicas de ese orden.
Un ejemplo característico de la visión periférica es el mito de la “inversión extranjera” o “el crecimiento basado en ahorro externo”: la creencia fomentada desde los propios sectores empresariales que el único factor de crecimiento y progreso local es el ingreso de capitales desde el exterior de las economías periféricas, para realizar las inversiones de las que se carece. La vigencia de ese mito en nuestra región nos muestra por una parte la naturalización de la falta de voluntad inversora de los agentes económicos locales, la incomprensión histórica del fenómeno del desarrollo por parte de elites y sectores medios locales, y la introyección a nivel colectivo de la impotencia productiva nacional y la consiguiente necesidad de “seducir” al gran capital multinacional. La dependencia sería, según esta visión difundida, un factor clave del progreso.
Mientras que los grandes empresarios de los países centrales comprenden la importancia de contar con una “retaguardia” social más o menos sólida, como base de una proyección propia al mundo que no ofrezca flancos internos problemáticos, el empresariado periférico parece indiferente, y en ciertos casos hostil, a los esfuerzos para lograr una sociedad más cohesionada, sin groseras disparidades de ingresos. Los intentos distributivos son estigmatizados y rechazados con una vehemencia ausente cuando enfrentan las presiones externas para ceder sus propios mercados.
La falta de visión estratégica se extiende hacia el Estado y sus funciones tanto en materia de cohesión social, como de proyección competitiva internacional. El alto empresariado es hostil a contar con un Estado eficiente, y con adecuadas capacidades regulatorias y punitivas. En una lectura primitiva y lineal, prefieren que sea estructuralmente débil, para que no pueda constituirse en un eventual actor autónomo que impulse transformaciones que no entran dentro del horizonte ideológico neoliberal. No es el caso de los sectores de poder concentrado en los países centrales –o de países que apuestan seriamente al desarrollo–, que comprenden perfectamente la importancia de su propio Estado en materia militar, diplomática, financiera y tecnológica, para su proyección en el escenario global.
Un fenómeno político, no suficientemente resaltado, producto de la evolución que ha sufrido el alto empresariado local, es que la fuerza política que tradicionalmente lo expresa, la derecha en sus diversas formaciones, es incapaz de asumir posturas de defensa del interés nacional, entendiéndolo como interés colectivo-inclusivo. Se trata de una derecha cuyo proyecto político consiste básicamente en adaptar el conjunto de las instituciones y prácticas sociales al tipo de negocios que requiere el poder económico –conformado por actores locales y extranjeros–.
Este alto empresariado regional, por lo limitado de su visión, por el cortoplacismo de sus metas, por la pobreza de sus logros productivos, que no tiene capacidad de generar hegemonía económica y lograr la adhesión de sectores amplios a su propio proyecto, ofreciendo posibilidades reales de progreso. Dada la falta de una propuesta socio-económica inclusiva, la posibilidad de generar gobernabilidad se sustenta en fuertes dosis de manipulación mediática y cultural cuando no en el ejercicio de la violencia abierta contra las fuerzas opositoras, sean sociales o políticas.
En la mayoría de los países de América Latina se puede constatar que, desde la perspectiva económica, no hay una derecha “nacional”. O que es, en todo caso, marginal. Su nacionalismo se limita a hacer gala de anticomunismo, de desprecio por los nacionales de los países vecinos, o por su rechazo a profundizar la cooperación regional.
Las formaciones de derecha local parecen no albergar ningún tipo de solidaridad ni vínculo significativo con los sectores sociales subalternos. Esto se refleja en la pésima distribución del ingreso que caracteriza a la región –que provoca la necesidad de inmigrar de muchísimos latinoamericanos expulsados de sus países por falta de oportunidades debido a la carencia de un proyecto desarrollista–, o en el estado deplorable de los servicios masivos de salud, educación, seguridad.
La precariedad de la vida de vastos sectores sociales, un fenómeno en buena medida solucionable con una buena administración tributaria y audacia y eficacia en el uso del gasto público, refleja la indolencia, el desinterés y hasta el desprecio por el destino de sus compatriotas que se observa reiteradamente en las derechas regionales.
Pero además, el vínculo subordinado que establece la derecha latinoamericana con el mercado mundial, hace que no considere jamás en las negociaciones y vinculaciones externas el impacto que los acuerdos internacionales podrían tener en el entramado social local. Hace pocos años, el ministro de Economía de Paraguay, en una gira de negocios por España, instó a los inversores europeos a comprar tierras en su país, para dedicarlas a la muy rentable producción sojera. Pero ocurre que Paraguay posee una gran población campesina, que habita esas tierras, y que sería potencialmente desplazada por el auge del negocio sojero extranjerizado, altamente mecanizado. A ese funcionario, representativo de muchos colegas de la región, no le importaba el impacto social de la promovida inversión extranjera: tenía su foco puesto en los negocios privados. El desinterés por el destino de sus compatriotas, e incluso de la viabilidad social y política de sus proyectos, es una característica común a la mayor parte de los funcionarios de la derecha regional.
La carencia de derecha “nacional” crea curiosos fenómenos políticos, ya que la alternancia democrática entre fuerzas de derecha y fuerzas populares encierra una cuestión no menor: se alternan a lo largo del tiempo proyectos que fortalecen o debilitan la capacidad de construcción nacional. El cuadro económico y político de la globalización estimula, indudablemente, a los proyectos de debilitamiento nacional ya que propician el tipo de acumulación que requiere el capital global. Acondicionan a la región para ser desguazada en diversas áreas, regiones o actividades “apetecibles” para el capital global, quedándole a las autoridades locales la tarea de administrar los restos inservibles para la acumulación de las corporaciones. Entre esos restos, está buena parte de la población local.
Los vaivenes político-electorales en torno a la construcción nacional tienen un efecto estructural en el mediano plazo: no hay acumulación de capacidades nacionales, no hay proceso de desarrollo sostenido. El neoliberalismo desanda los avances nacionales, e incluso crea condicionamientos difíciles de remontar para sucesivas gestiones pos-neoliberales.
Y por la misma razón, no hay ni pueden haber “políticas de estado”, en el sentido de decisiones públicas ampliamente consensuadas y sostenidas a lo largo del tiempo. En la medida en que los proyectos populares y los proyectos de las elites comportan lógicas contrapuestas en cuanto a la estructura distributiva y la inserción internacional, resulta prácticamente imposible sostener estrategias a lo largo del tiempo, lo que de por sí tiene efectos desmoralizadores sobre los espacios populares.
El cuadro de estancamiento que así se provoca redefine en forma negativa la posición de nuestra región en relación a las áreas dinámicas de la economía mundial. Nuevamente, el fruto de decisiones políticas e intereses sectoriales se presenta como la fatalidad de una “esencia” latinoamericana de subdesarrollo y pobreza.
Es evidente que no existe tal esencia, así como que la región cuenta con un extraordinario potencial para que su población pueda satisfacer cómodamente sus necesidades y tener una vida no sujeta a miedos o privaciones. Las trabas no residen en la naturaleza, sino en el comportamiento social de los actores más poderosos, sostenidos por el orden internacional llamado “globalización”.
Globalización y modernización
Desde fines del siglo XIX, el término “modernización” apareció cargado de positividad en numerosas regiones de la periferia. Era casi un deber modernizarse para las dirigencias políticas de los países que miraban con admiración las características más sobresalientes de los países centrales. Pero ¿qué implicancias tenía?
Siendo la modernización en principio un desarrollo orgánico de las sociedades de Europa Occidental y de la sociedad norteamericana, sus procesos integraban con un alto grado de armonía –no exento de contradicciones– los aspectos materiales y culturales, políticos e idiosincráticos de la sociedad en la que surgían. No así en los países periféricos.
Para las naciones periféricas, una vez que alguna elite modernizante tomaba la determinación de emprender el camino de la modernización, no era en absoluto evidente discriminar cuales eran los aspectos presentes en las “sociedades modelo” que se debían incorporar a sus propias realidades, y cuáles podían ser dejados de lado, o incluso rechazados.
Para las periferias que buscaban la modernización, el cambio no sólo implicaba conocer las técnicas que permiten producir en forma eficiente, como ocurrió en Japón, sino que implica también avanzar en el proceso de industrialización, incorporar formas institucionales probadas en los países centrales, realizar el aprendizaje de los saberes científicos y organizacionales necesarios, educar personal capacitado para las diversas actividades, y hasta crear una nueva subjetividad adaptada a la disciplina y los ritmos requeridos por los procesos técnico-productivos implícitos en la modernización.
La vía a la modernización exigía también una ruptura –más o menos significativa– con el pasado nacional, con las ideas y comportamientos “tradicionales” –en algunos casos pre-capitalistas–, y el ingreso a una apuesta con destino incierto aunque supuestamente mejor que la permanencia en el estadío pre-moderno.
Las viejas oligarquías modernizantes latinoamericanas tendieron a identificar la palabra con la compra masiva de bienes o servicios en los países centrales, para integrar más estrechamente la economía local al mundo, además de la introducción de los modos y costumbres de los países “avanzados”. La técnica moderna, provista por los países centrales, al servicio de profundizar el lugar establecido en la división internacional del trabajo.
Pero a partir de la crisis de 1930 y hasta fines de los años ´70 surgió otra forma de entender la modernización, más estrechamente vinculada a internalizar las lógicas, técnica e instituciones que podían sostener una modernización “desde adentro”, aunque siempre observando la imagen de los países centrales. Esa forma de entender la modernización entró en declive precisamente cuando cobró fuerza la etapa mundial llamada “globalización”.
El desarrollo de la globalización no presenta en principio una ruptura con la idea de modernidad, si se la entiende como un despliegue incesante de transformaciones surgidas del seno del capitalismo central surgido desde el siglo XVIII.
Sin embargo, el notable crecimiento de la brecha tecnológica entre un grupo de países centrales y la periferia en las últimas décadas de siglo XX generó una brecha creciente en el campo de posibilidades de evolución de cada unidad nacional, ya que reintrodujo en forma muy significativa el problema de la dependencia en términos tecnológicos, productivos y comunicacionales, además de una enorme disparidad militar entre ambos polos de la economía internacional.
La expectativa de la modernización en todo el mundo periférico enfrenta una situación particular: si la modernización tuviera el potencial de impulsar un proceso de desarrollo económico y social, enfrenta de hecho un desafío irrealizable para la totalidad de los países. La utopía implícita radica en la imposibilidad de que todas las naciones puedan ser desarrolladas, en un contexto en el cual se verifica la saturación del mercado mundial de bienes sofisticados, además de la falta total de coordinación económica entre los estados nacionales, creando el contexto para una competencia en la cual los países que llegan tardíamente al mercado tienen escasas posibilidades de prevalecer. Sólo una coordinación mundial cooperativa y democrática permitiría cierta organización y distribución racional de los esfuerzos productivos y de sus frutos.
La saturación del mercado mundial por parte de un reducido grupo de estados ya se observaba con mucha claridad en la división internacional del trabajo existente en el mundo del siglo XIX, dónde los desarrollos de los países eran mucho más “nacionales”. En ese contexto las prácticas del imperialismo y el colonialismo establecían precisamente un corte tajante en el destino de las naciones centrales y las aspiraciones de las periféricas. No todos los estados podrían desarrollarse: la división internacional del trabajo determinaba que las naciones atrasadas deberían seguirlo siendo para seguir cumpliendo su papel de proveedoras de recursos primarios para los países centrales.
A ese rol, posteriormente, se le agregaría durante el transcurso del siglo XX el de ser consumidores de productos modernos, compradores de patentes, tomadores de créditos internacionales: ofrecerían sus mercados para las grandes producciones a escala de las corporaciones de punta de los países centrales. Serían un buffer para las necesidades de colocación de excedente de mercancías y capital financiero de las economías dominantes. Cumplirían el rol de estabilizadores pasivos de los desequilibrios de las regiones más prósperas.
En el siglo XXI, la forma de la globalización implica un mundo productivo menos definido por fronteras nacionales, y más segmentado entre quienes participan de las actividades de las firmas multinacionales y el capital financiero, y quienes no están integrados en ese gran aparato productivo-distributivo global.
Es decir, dentro de cada frontera nacional, lo relevante es qué porcentajes poblacionales tienen sus actividades e ingresos vinculados a la parte dinámica y expansiva del capital global y quienes se encuentran parcialmente desvinculados de esa dinámica.
Por supuesto existe cierta vinculación relativa entre territorios y prosperidad, pero la nueva reconfiguración globalizante no garantiza prosperidad para todos los habitantes de los países base de las corporaciones multinacionales. Eso nos permite explicar fenómenos como el surgimiento de la figura de Trump en Estados Unidos, o la popularidad del Brexit en el Reino Unido. Vivir en el centro, en el siglo XXI, no garantiza participar en los frutos de la actual modernidad. Al mismo tiempo, en la periferia, fracciones minoritarias de la sociedad pueden acceder cómodamente a muchos de los mejores frutos de ese proceso, independientemente de la suerte de sus compatriotas.
En las últimas décadas, la periferia latinoamericana se ha convertido –especialmente a partir de la adopción de políticas neoliberales– en una región alejada de participar activamente en los grandes avances científicos y tecnológicos. Entró en crisis el sueño de posguerra de reducir la brecha existente con los países desarrollados. Adicionalmente la irrupción de China en el escenario mundial ha tendido a reforzar el rol de los países latinoamericanos como proveedores de bienes primarios, con escaso valor agregado, consolidando los aspectos “tradicionales” de sus economías.
Las implicancias de éstas evoluciones socio-políticas sobre el significado del proyecto modernizador son enormes. Las elites latinoamericanas nunca abandonaron el uso de la palabra “modernización”, pero su significado sufrió un desplazamiento sustancial durante el período de globalización.
Poco queda del sentido profundo de la modernización, como un camino emprendido conscientemente para alcanzar el desarrollo adoptando activamente técnicas, instituciones y formas organizativas “modernas” que propicien el progreso social y económico.
La actual “modernización” propiciada por las elites latinoamericanas pasa, en lo productivo, por la asociación con el capital global para exportar bienes escasamente elaborados al mercado mundial, optando por adquirir las tecnologías nuevas, incorporadas en maquinarias, patentes e insumos necesarios de los países centrales. El moderno complejo del agro negocio sojero en la región sudamericana es una muestra de lo señalado: todos los aspectos tecnológicos de esa producción para el mercado mundial, desde las semillas genéticamente modificadas, los herbicidas, las maquinarias computarizadas para la eficiente siembra y cosecha, así como los satélites que apoyan la organización del trabajo agrario, son provistos por países centrales. A pesar de tratarse de un negocio con altos rindes, no ha aparecido ningún actor local relevante dedicado a producir localmente esos insumos o eventualmente a generar innovaciones productivas en ese sector.
Modernizarse es hoy, para el neoliberalismo latinoamericano, incorporar –al menos para las clases altas y medias de los países de la región–, los estilos de vida y consumo de los países centrales, para lo cual directamente las firmas –locales o extranjeras– se orientan a proporcionar los bienes y servicios imitativos del centro que estos sectores de altos ingresos demandan.
Por lo tanto, los límites a un proyecto de genuina modernización latinoamericana están dados por los intereses de las elites y por las especificidades de sus articulaciones con el mercado mundial.
Un proyecto de modernización profundo implicaría en la actual situación mundial un conjunto de esfuerzos sociales muy significativos, que involucrarían sin duda una auto-transformación de la propia elite para estar a la altura del desafío histórico que presenta cerrar la brecha productivo-tecnológica y cultural con el mercado mundial. Cuando otros actores políticos –Fuerzas Armadas, movimientos populares, coaliciones políticas progresistas– intentaron asumir tal desafío, contaron con el firme boicot de esas elites, supuestamente favorables a la modernización.
Queda por lo tanto aún pendiente para la región latinoamericana la pregunta de si aún continúa abierta en su futuro la posibilidad de una modernización endógenamente generada. Y, en todo caso, cuáles serían las fuerzas sociales que podrían sustentar una proyecto colectivo de semejante envergadura.
El panorama regional actual: un retroceso inestable
Hemos planteado más arriba el escenario histórico-estructural en el que se desarrolla la vida y la política en la región latinoamericana. Ese cuadro nos permite dotar de mayor sentido a la irrupción de experimentos de derecha, con fuerte inspiración externa, que bloquean toda posibilidad de modernización regional y de despliegue de las propias capacidades.
Una mirada provisoria de la situación regional advierte rápidamente que es una región profundamente penetrada por el capital global, y políticamente muy intervenida por los intereses estratégicos norteamericanos. Luego de un interregno de relativa autonomía en la década del 2000, el sucesivo desplazamiento de gobiernos progresistas mediante elecciones, golpes tradicionales o golpes institucionales de nuevo tipo, ha abierto la puerta a un período de fuerte presencia de gobiernos que expresan la alianza entre intereses económicos concentrados locales –entre los cuales la presencia de firmas multinacionales es muy significativo– con la potencia norteamericana, que continúa considerando a América latina como una zona que corresponde “naturalmente” a Estados Unidos. Si bien la potencia productiva de China ha ingresado con fuerza a nuestra región por la vía comercial, de crédito e infraestructura, su presencia política aún es escasa en relación a la afianzada y extensa estructura de aliados norteamericanos.
La peculiaridad de ésta relación es que EEUU es una potencia que tiene indudable capacidad para incidir políticamente –en ciertos casos decisivamente– en la región, pero que no ofrece un orden aceptable en lo económico y social, que permita sostener una dependencia consentida.
De hecho, el fracaso del proyecto del ALCA en 2005 se debió, no sólo a la posición de algunos líderes latinoamericanos con vocación autónoma, sino a la pobreza de miras de la oferta norteamericana. Un acuerdo de libre comercio que no ofrezca oportunidades de progreso simétrico, sino que está diseñado para que la parte más próspera se expanda a costa del debilitamiento de las otras, no puede ser aceptado sino por dirigencias políticas y económicas previamente vencidas.
El episodio del rechazo al ALCA es también instructivo en otro sentido: Estados Unidos persistió en esa línea estratégica, y logró una serie de acuerdos de libre comercio bilaterales con países de la región, mientras que los líderes autonomistas no fueron capaces de utilizar esa coyuntura histórica para avanzar firmemente en una lógica de construcción alternativa, una integración regional profunda, que permitiera sustentar el anhelo de autonomía real.
Por lo tanto, aparece frente a nuestros ojos un mapa regional preocupante, pero al mismo tiempo extremadamente fluido.
En México ha surgido una experiencia novedosa, el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, que en condiciones enormemente difíciles en lo interno y externo –dada la extraordinaria dependencia de su país de los Estados Unidos– está tratando de delinear acciones estatales que promuevan a sectores sociales largamente abandonados por los gobiernos del PRI y del PAN, partidos abiertamente volcados al neoliberalismo. El desafío es enorme, dada la agresiva actitud del gobierno norteamericano, la violencia instalada en diversas regiones de la geografía mexicana y los impactos negativos de la economía global, afectada adicionalmente por la pandemia.
América Central, salvo modestas excepciones, presenta un panorama de empobrecimiento y devastación social, con escasas actividades económicas promotores de progreso social, y sin perspectivas de salida progresista. Cuba continúa afectada por la política de bloqueo de los Estados Unidos, aquejada por carencias y falta de crecimiento, y se ha planteado recientemente la introducción de reformas institucionales que dinamicen su economía. La posibilidad de regulación y control estatal de diversos aspectos de la vida social ha permitido resguardar a la población cubana de las peores facetas del modelo neoliberal que se aplica en el resto de la región.
México, junto con Colombia, Perú y Chile son miembros de la Alianza del Pacífico, agrupación de países latinoamericanos que tienen en común el tener tratados de libre comercio con Estados Unidos. Es, por lo tanto, todo lo contrario de un proyecto de integración regional genuino, sino una suerte de “contra modelo” del intento realizado por el MERCOSUR. Dichos países, mediante los tratados bilaterales con la mayor economía del mundo han consolidado un modelo subdesarrollado, profundizado la dependencia en relación a la potencia del norte y consolidado una distribución muy regresiva del ingreso.
En Colombia, la subordinación del país a los Estados Unidos se ha consolidado no sólo en lo político, sino en lo militar, ya que en el país se asientan varias bases militares norteamericanas. A pesar de la desactivación de buena parte de la guerrilla histórica, el sistemático exterminio de activistas de izquierda y líderes sociales, habla a las claras de la ausencia de una democracia en la que imperen las mínimas garantías individuales. Las opciones políticas oscilan entre una derecha abiertamente partidaria de las ejecuciones extrajudiciales y el exterminio de opositores, y otra más moderada, que sin embargo ha fracasado en impulsar la pacificación del país.
Perú lleva ya muchos años desde que comenzó la implementación de un proyecto neoliberal (1991) que ha atravesado las más diversas experiencias políticas: se ha desarrollado, sin solución de continuidad, a través de las presidencias turbulentes de Fujimori, Toledo, García Pérez, Humala y Kuczynski. Esa continuidad muestra al modelo extractivista peruano como un proyecto consolidado de la elite peruana en asociación con las multinacionales de la minería. La prensa financiera internacional ha insistido en los últimos tiempos en el progreso del Perú, presentándolo como un segundo ejemplo para América Latina luego de Chile. Es evidente que se intenta disimular detrás de ciertos parámetros de estabilidad macroeconómica y financiera una realidad de subdesarrollo del país, de penurias económicas sin perspectivas de progreso para una parte importante de la sociedad peruana.
En Bolivia, luego de la muy exitosa gestión gubernamental de Evo Morales y del MAS (2006-2019), se produjo un golpe cívico-militar que puso en 2019 fin a la experiencia desarrollista y distribucionista boliviana, liderada por el Estado. El golpe contó con el vasto apoyo de la derecha de toda América Latina y el visto bueno de los países centrales “democráticos” y puso en entredicho la afirmación política que los golpes contra los gobiernos progresistas latinoamericanos se producen por sus gestiones deficientes. La interrupción de la democracia develó la fractura social y étnica que atraviesa a la sociedad boliviana, y la importancia que tuvo para la continuidad del experimento progresista protagonizado por Morales la existencia de un entorno regional democrático y con sentido popular.
El caso venezolano es sumamente complejo, porque combina un intento de ruptura revolucionaria en relación al pasado de atraso y desigualdad social del país (desde 1999 hasta la actualidad), con un entramado de alianzas internacionales construido por el chavismo que choca fuertemente con los intereses y la visión estratégica norteamericana para nuestra región. El gobierno bolivariano, ha continuado hasta el presente, enfrentando la combinación de inercias económicas y culturales del subdesarrollo, las propias fallas en la implementación de los programas de desarrollo por parte del estado, la resistencia de diversos sectores sociales hostiles a la experiencia, y un creciente boicot económico de Estados Unidos y Europa. Adicionalmente la gran dependencia de la economía venezolana del precio del petróleo, que no fue revertida por la experiencia chavista, ha colocado al país en una frágil situación interna, dada la evolución muy negativa del precio del barril en la última década. La sociedad venezolana atraviesa por una muy difícil situación tanto material como desde el punto de vista de la convivencia política. La desaparición del entorno autonomista regional ha perjudicado las perspectivas de resolución negociada de la crisis venezolana. La decisión norteamericana explícita de provocar el derrocamiento del gobierno chavista agrega dramatismo a la escena local, y plantea una grave amenaza para la estabilidad regional. Constituye, por otra parte, un nuevo retroceso en el principio de no intervención y reintroduce el peligro de conflicto armado en gran escala en una región que había logrado impedirlos en las últimas décadas.
En Ecuador, la gestión progresista del Presidente Correa (2007-2017), que mostraba logros en diversos campos de la vida ecuatoriana –sin haber podido superar la dolarización de su economía ocurrida en el período precedente y otras trabas estructurales–, no fue continuada por su sucesor, quien imprimió a su gestión un giro orientado hacia la demandas anti populares de la elite ecuatoriana, que había protagonizado el largo período de decadencia previo a la gestión correísta. Este viraje fue bien visto desde los países centrales, aunque haya devenido en el origen de una violenta reacción popular durante 2019, que llevó al gobierno a frenar el ritmo de las reformas “pro-mercado” que venía implementando. El brutal impacto de la pandemia en el país es una señal del debilitamiento del estado ecuatoriano y de su incapacidad para asumir tareas esenciales para cuidar a su población.
Chile ha sido, durante décadas, el modelo de país y sociedad propuesto para toda nuestra región por las potencias centrales. Un país que logró administrar una inserción internacional típicamente subdesarrollada, para sostener un modelo macroeconómicamente estable, en el cual los gobiernos de centro izquierda introdujeron algunas correcciones pero no lo modificaron significativamente. Sin embargo, a medida que la sociedad fue superando el miedo al autoritarismo y cuestionando el discurso único promovido desde el fuerte andamiaje comunicacional neoliberal, se fueron poniendo sobre la mesa los problemas sociales profundos del sistema, su desigualdad intrínseca, su concentración de la riqueza desproporcionada en la cúpula social. En 2019 estalló un amplio movimiento de protesta social que puso en discusión las bases mismas del modelo “exitoso”. Se expresó la frustración de importantes estratos de la sociedad chilena con el horizonte de educación, de salud, de pensión para la vejez que ofrece el modelo implantado por la dictadura de 1973. La protesta social muy firme no abandonó las calles hasta la irrupción de la pandemia global. El fuerte malestar social que emergió no encontró aún las formas de canalización política adecuadas a su clara impugnación al modelo consagrado por la derecha global.
Brasil, por su importancia decisiva en la región, merecería un análisis más extenso, pero simplemente trataremos de consignar algunos elementos que pensamos relevantes. El gran economista y pensador brasileño Celso Furtado ya había observado en los años ´80 y ´90 cómo ese enorme país había abandonado su proyecto de desarrollo nacional, tomando como válidas ideas provenientes de los centros y abandonando la idea de construir una sociedad más democrática e integrada. El interregno de los gobiernos del PT sirvió para mejorar discretamente la distribución del ingreso, y frenar una tendencia que ya había tomado fuerza en partes crecientes de la elite brasileña: la privatización y extranjerización de la economía. El proceso de destitución de la Presidenta Dilma Rouseff, y la persecución judicial al líder popular Lula, mostró el comienzo de una ofensiva del capital local, asociado con intereses de corporaciones globales y apoyado por Estados Unidos para desarticular los remanentes del proyecto desarrollista de Brasil y avanzar en un plan de negocios de escasos jugadores de la escena local. La expresión más degradada de este enfoque de la elite brasileña fue el apoyo, en función de bloquear un posible gobierno reformista del PT, a la candidatura del líder autoritario Jair Bolsonaro. El actual presidente de Brasil, conjuntamente con su retrógrado perfil ideológico, combina en su gobierno un fuerte apoyo a la orientación económica de un representante del sector financiero –Paulo Guedes, quien impulsa una agenda extrema neoliberal y anti-sindical–, y un férreo alineamiento internacional con Estados Unidos, que se traduce en una profunda hostilidad al proceso de integración regional realmente existente, el MERCOSUR. Entre los episodios que caracterizan a su gestión, ya figura la pasividad ante los gigantescos incendios en la selva amazónica, y la total desaprensión en el cuidado de la población de Brasil en el contexto de la pandemia. Más allá de la experiencia Bolsonaro, la elite brasileña parece haber optado por un perfil productivo primarizado, una inserción internacional subordinada, y una sociedad más desintegrada y empobrecida.
Argentina, entre tanto, continúa oscilando políticamente entre gobiernos populares que se encuentran con muchas dificultades para gobernar y encontrar una senda permanente de desarrollo, y la irrupción de gobiernos neoliberales que destruyen capacidades productivas, endeudan al país y empobrecen a la sociedad. Cada nueva irrupción del neoliberalismo en el Estado, marca un nuevo retroceso del país, y un despilfarro de los esfuerzos desarrollistas promovidos en los períodos precedentes. El actual ciclo político, marcado por la llegada de un gobierno con sensibilidad social, se encuentra severamente condicionado por el estado recesivo de la economía dejado por el gobierno neoliberal anterior, el severo endeudamiento externo que pone al país al borde de la cesación de pagos, y la irrupción de la pandemia, que ha obligado a profundizar la caída de la actividad económica. El caso argentino está marcado por la inviabilidad social y macroeconómica de las políticas neoliberales, que sin embargo gozan de simpatía en sectores significativos de la sociedad, y las insuficiencias políticas del polo mayoritario para asentar un proyecto permanente de mejora económica y social.
En ese contexto, el único proyecto importante de integración regional sudamericano, el MERCOSUR, se encuentra severamente cuestionado por sus propios miembros. A diferencia de la integración europea, bien vista en su momento por Estados Unidos como un reforzamiento de Europa Occidental frente a la amenaza soviética, la integración latinoamericana choca con el tipo de perfil que desea la potencia norteamericana para sus vecinos del sur. Pero además, son las propias elites regionales las que no valoran el sentido del MERCOSUR, ya que han abandonado toda expectativa de proyectarse al mercado mundial con capacidades e iniciativas propias. En la última década, se han registrado fuertes presiones de Paraguay y Uruguay para “abrirse” más al ingreso de productos manufacturados, a cambio de permisos para ingresar a otros mercados (la Unión Europea, por ejemplo), que han sido secundados por los gobiernos neoliberales de Brasil y Argentina. Se vacía así el sentido de la integración, que es construir un gran espacio económico sudamericano en el cual se despliegue el potencial productivo de la región para proyectarse, fortalecido, al mercado mundial. Las elites de los países no lo desean, y sólo una parte de las fuerzas políticas locales comprenden el significado estratégico del proyecto.
Las principales potencias, obviamente, desean el fracaso o el vaciamiento del MERCOSUR, para realizar negociaciones con unidades nacionales atomizadas, en función de aprovechar sus mercados colocando tanto sus productos, como sus excedentes financieros.
De todas formas, el destino de este proyecto de integración no está cerrado. Dependerá en gran medida de la evolución de la situación internacional, y de los cambios políticos que se verifiquen en nuestra región. En ese sentido, el impacto de la pandemia parece aconsejar aprovechar los mercados propios ante la incertidumbre exterior, y por lo tanto el MERCOSUR puede volver a ser una opción políticamente sostenible.
Tendencias a futuro
La globalización, en la medida que continúe con la misma orientación y ritmo que los últimos cuarenta años, tenderá a desmembrar el territorio de Latinoamérica en un conjunto de fragmentos vinculados a diversos centros de la producción mundial.
Si nuestra región se sume en la pasividad, o la orientación ideológica de sus fuerzas políticas es definitivamente colonizada por la hegemonía neoliberal, tenderá a la desaparición como proyecto histórico viable, tanto cultural como materialmente.
Como reacción frente al devenir pauperizante de la globalización periférica, una disputa política de enorme riqueza en torno al destino regional se viene librando en las últimas dos décadas, con un resultado que hoy se nos aparece incierto, y que en buena medida será influenciado por el entorno económico, político e ideológico global.
Si bien importantes países de Latinoamérica habían logrado sustraerse transitoriamente de la lógica neoliberal en los comienzos del siglo XXI, la combinación de las presiones conservadoras internas y el contexto globalizador creado por las grandes potencias industriales y financieras ha dificultado severamente el avance y profundización de dichos procesos.
En un sistema mundial sumido en el bajo crecimiento y atravesado por un clima de altísima competencia global por una demanda insuficiente, América Latina soporta el costo interno de las características del alto empresariado local, que se relaciona en forma subordinada al orden global al tiempo que bloquea y combate a las fuerzas locales que quieren sostener un proyecto nacional autónomo.
Las oleadas neoliberales, que constituyen verdaderas vueltas de tuerca de un proyecto crecientemente neocolonial, terminan creando la imagen de naciones periféricas sin rumbo –incapaces de entender el mundo y formular proyectos propios–, naciones que “flotan” inermes en el mar de la globalización, a merced de las lógicas de acumulación ciegas de las corporaciones.
El neoliberalismo periférico transforma a cada país en un territorio fragmentado, en el que los destinos de unos y otros aparecen definitivamente divorciados.
La paradoja es que incluso para hacer viable la incorporación plena de la periferia al proyecto globalizador de los grandes centros, se requeriría de poderes locales lo suficientemente inteligentes para conducir esa incorporación de la manera menos traumática posible. Sin embargo, las elites dominantes en la región parecen incapaces incluso de asumir ese rol que exige pensamiento propio y ciertas capacidades y eficiencia en la “gestión”.
El carácter inconcluso de nuestras naciones, su herencia colonial no resuelta, su industrialización trunca, su agobiante disparidad distributiva, las características ideológicas de las elites locales, la intervención siempre subdesarrollante de la gran potencia norteamericana, han sido factores estructurales que cristalizaron una fragmentación social que puso un límite al imaginario de un proyecto colectivo.
La globalización no impactó sobre un cuerpo social cohesionado, sino sobre realidades nacionales sumamente conflictivas. La disolución de lo colectivo, en el caso latinoamericano, es una tragedia siempre presente en la región, que se ha visto acelerada tanto por los procesos económicos, como por la influencia de la ideología de la globalización.
Sin embargo, lo que más arriba se describe, tanto en relación al debilitamiento nacional de nuestra región como a las características de la globalización, son tendencias y no procesos finalizados.
Muchas de las orientaciones arriba señaladas, se están encontrando con contra-tendencias que tienen creciente fortaleza, tanto en el espacio global como en el regional.
Entre las contra-tendencias globales, generadas precisamente por los desequilibrios que engendra la globalización, queremos señalar cuatro que nos parecen relevantes:
1) Los desequilibrios económicos y financieros mundiales engendrados por la concentración del ingreso y la riqueza. Esos desequilibrios generaron las sucesivas burbujas y crisis de las últimas décadas, y no han sido removidos en absoluto. Estamos precisamente, en otro momento de acumulación de tensiones que preanuncian nuevas turbulencias globales, ya que la demanda agregada se ha hundido durante la pandemia, lo que preanuncia más tensiones proteccionistas, aunque los mercados bursátiles parezcan independientes de las perspectivas que señalan los análisis económicos más rigurosos. La actual disrupción del orden mundial, provocada por la agresividad de la pandemia, puede profundizar tendencias des-globalizadores, procesos proteccionistas y guerras cambiarias y comerciales. El debilitamiento del discurso globalizador –incluso empujado por los líderes de las principales potencias, como Estados Unidos y el Reino Unido– abre camino a tendencias a la revalorización de los espacios nacionales que pueden seguir expandiéndose y aflojando los lazos de dominación ideológica-cultural sobre la periferia.
2) Precisamente la falta de expansión de la actividad real en amplias regiones del planeta, las débiles perspectivas de progreso para trabajadores y capas medias –o meramente de empleo para los jóvenes–, genera un creciente malestar social del cual está surgiendo en la actualidad una impugnación democrática e igualitarista a la globalización, ya no sólo en el mundo periférico, sino en las principales economías centrales. Esto se está expresando en el espacio de la política, donde nuevos liderazgos realizan críticas cada vez más profundas a los fundamentos del orden actual. Se ha pretendido que los liderazgos emergentes serían exclusivamente de origen autoritario y xenófobo, pero esa caracterización no se ajusta a la realidad. Ha crecido un amplio espacio progresista global que va encontrando su propio discurso y encarando una articulación política internacional
3) El eco-sistema es también un límite a la globalización neoliberal liderada por las corporaciones: no se puede seguir sosteniendo la actual modalidad civilizatoria que pone en el centro de la actividad humana la expansión del consumo sin límites. Las advertencias se acumulan y la conciencia global crece en torno a la necesidad mundial de modificar pautas de producción y consumo para asegurar la viabilidad a mediano plazo de nuestro planeta. Este límite básico choca contra la anarquía de los mercados desregulados y la “libertad” para depredar despreocupadamente el planeta, característicos de la globalización. Una gran sensibilidad hacia el planeta y los seres que lo habitan está en fuerte expansión entre los jóvenes de todo el mundo, lo que seguramente tendrá repercusiones en el mundo político.
4) En el campo de la política internacional, la preponderancia indiscutida del “núcleo” capitalista desarrollado occidental, que es el que ha sostenido históricamente las políticas de la derecha neoliberal y el subdesarrollo en la región latinoamericana, está siendo socavada por las propias transformaciones productivas que ha generado la globalización. El desplazamiento del eje productivo mundial hacia Asia, ha permitido la irrupción de potencias y subpotencias –China, Rusia, India– que tienen un peso creciente en la escena mundial, cuyas economías son más dinámicas que las occidentales, y que reclaman una redefinición de una estructura institucional global que –por ahora– refleja en forma rígida la vieja hegemonía norteamericano-europea. Hoy el mapa mundial se está reconfigurando, y las tensiones políticas crecen a partir de una nueva ponderación de los poderes nacionales. Diversos países intermedios constituyen también oportunidades de ampliar vínculos comerciales, culturales y políticos en la diversidad que ofrece hoy el planeta.
Por otra parte, en el plano de nuestra región, también podemos observar diversas contra- tendencias.
Por empezar, porque el actual y destructivo ciclo neoliberal en la región no está asentado políticamente, ya que no ofrece perspectivas de mejoras sociales reales. Por otra parte, las experiencias políticas populares y progresistas son aún recientes, y tuvieron la virtud de mostrar que se pueden ensayar otras alternativas de política económica por fuera de las recetas típicas de la globalización, sin que ocurran los “graves peligros” agitados por la ideología neoliberal. En algunos países, esas experiencias continúan gozando de aprobación mayoritaria y mostrando resultados económicos positivos. Se puede decir que existen reservas sociales y políticas antiglobalizadoras, que pueden constituir la base para nuevas experiencias contra hegemónicas.
Las elites regionales, que vuelven en algunos países a ejercer el poder a través de diversas formaciones políticas de derecha, no parecen estar en condiciones de ofrecer ninguna novedad vinculada al progreso material o cultural de sus habitantes, sino que reiteran nuevamente las ofertas fracasadas de la globalización neoliberal, en una región que ya ha sufrido en forma extrema esas recetas, y cuyos pésimos resultados fueron los que originaron la irrupción de los gobiernos progresistas. Cuentan, si, con el cuasi monopolio de los medios de comunicación, lo que les permite manipular a parte de la opinión pública detrás de supuestos bienes simbólicos, como sustituto de su capacidad de ofrecer prosperidad material. El uso, por ejemplo, del law fare, puede servir para sacar transitoriamente a líderes populares del espacio político, pero no reemplaza en forma permanente una política socio-económica hegemónica, de la que carecen.
Al mismo tiempo, los países centrales –que constituyen la principal referencia geopolítica de los proyectos de la derecha regional– se encuentran en una situación de franco estancamiento, sin posibilidades de ofrecer algún tipo de asociación económica parcialmente ventajosa. Pueden acudir a apoyar golpes como el de Bolivia, o a gobiernos francamente antipopulares como en Ecuador, Colombia o Chile, pero eso debilita completamente las credenciales de “potencias democráticas”. Pero dichos países centrales constituyen cada vez menos marcos de referencia creíbles para ser usados como modelos de sociedad deseable a la que se debe aspirar. En los tanques de pensamiento norteamericanos ya se está expresando la preocupación por el atractivo que empiezan a tener a nivel global modelos de organización social que no están basados en el individualismo extremo y que no sometan a sus ciudadanos a la incertidumbre permanente por su supervivencia.
Por otra parte, el impacto de la pandemia en materia de relaciones económicas internacionales aún está por verse. A las ya observadas tendencias proteccionistas previas, se sumará la contracción de la mayor parte de los mercados, y la sed corporativa de volver a la expansión de las ventas. Pero esta expansión estará trabada por la insuficiencia de capacidad de compra de los asalariados globales, ya que el neoliberalismo propicia institucionalmente la caída salarial y la precarización del trabajo e incluso aprovecha las situaciones de crisis para profundizar esta tendencia antisocial.
Las contradicciones que plantea la salida de la pandemia son enormes, ya que se requeriría un fuerte alivio al endeudamiento generalizado y una redistribución del ingreso global, que permita expandir la demanda de los Estados, las empresas y los particulares. Estas soluciones chocan con la lógica de las políticas públicas y del discurso instalado durante la globalización. Como también chocan contra la prédica del “estado pequeño” las acciones que se están tomando para rescatar a las empresas y también a millones de trabajadores precarios que se han quedado sin ingresos en todos los países desarrollados. El necesario cambio en el clima ideológico y de prácticas económicas en los centros, contradice los lineamientos discursivos que se difunden en la periferia, y le resta credibilidad al discurso neoliberal local.
Si bien no se vislumbra con precisión cómo será la próxima etapa de la economía mundial, sí sabemos que no podrá avanzar sobre los mismos parámetros que rigieron el mundo globalizado-neoliberal hasta el presente: la despreocupación por la depredación ambiental provocada por la producción, el consumismo desenfrenado, las burbujas especulativas que juegan con la estabilidad de la economía mundial y del empleo, la concentración sin límites de la riqueza, no podrán continuar siendo las principales líneas sobre las que discurre la organización de la sociedad a nivel global.
La región latinoamericana podría asumir, en ese nuevo contexto, un lugar diferente, en el cual poder recuperar tanto las tradiciones comunitarias y el legado de relación armónica entre hombre y naturaleza de los pueblos originarios, como las capacidades productivas y tecnológicas y el pensamiento crítico acumuladas en muchas décadas de lucha por el desarrollo y el avance social.
Karl Marx dejó una frase notable para pensar la dinámica imprevisible de los hechos sociales y de las mutaciones a las que la historia está sujeta: “todo lo sólido se desvanece en el aire”.
Quizás en América Latina pueda ser posible que ocurra lo inverso: que “todo lo que está flotando en el aire, de pronto se solidifique”, y que aparezcan los actores de los cambios que con tanta urgencia requieren las pueblos de América Latina.
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Enviado: 25/05/2020
Aceptado: 29/05/2020
Cómo citar este artículo:
Aronskind, R. (2020). América Latina, retrocesos y potencialidades. Otra Economía, 13(23), 3-27.
* Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS), Universidad de Buenos Aires (UBA), Buenos Aires, Argentina.
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