Ricardo Aronskind
ricaronskind@yahoo.com
Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS),
Universidad de Buenos Aires (UBA), Buenos Aires, Argentina.
Recibido: 10/11/2023 - Aceptado: 1/12/2023
Resumen: Si algo define la coyuntura global es la gran incertidumbre en varios planos. Sorprenden los numerosos rumbos que podría tomar la realidad mundial y local según se vayan definiendo diversas tensiones acumuladas a lo largo y a lo ancho de la estructura política, económica y social internacional. A pesar de su potencialidad, la región continúa siendo una exportadora neta de capitales al resto del mundo, a través de la fuga de capitales. Estos recursos podrían ser una formidable palanca para la superación de realidades sociales penosas que parecen inmutables debido a una fuerza metafísica, inalcanzable para las capacidades de los seres humanos. Las actuales tendencias desglobalizadoras deberían ser un notable estímulo para pensar conjuntamente formas de complementariedad económica y de aprovechamiento de sinergias productivas, financieras y energéticas.
Palabras clave: globalización, integración regional, democratización económica
Resumo: Se algo define a situação global é a grande incerteza nos vários níveis. Os numerosos rumos que a realidade global e local poderia tomar são surpreendentes à medida que se definem diversas tensões acumuladas ao longo da estrutura política, económica e social internacional. Apesar do seu potencial, a região continua a ser um exportador líquido de capitais para o resto do mundo, através da fuga de capitais. Estes recursos poderiam ser uma alavanca formidável para superar realidades sociais dolorosas que parecem imutáveis devido a uma força metafísica, inatingível pelas capacidades dos seres humanos. As actuais tendências de desglobalização deverão constituir um estímulo notável para pensar conjuntamente formas de complementaridade económica e a utilização de sinergias produtivas, financeiras e energéticas.
Palavras-chave: globalização, integração regional, democratização económica
Abstract: If something defines the global situation, it is the great uncertainty on various levels. The numerous directions that global and local reality could take are surprising as various tensions accumulated throughout the international political, economic and social structure are defined. Despite its potential, the region continues to be a net exporter of capital to the rest of the world, through capital flight. These resources could be a formidable lever to overcome painful social realities that seem immutable due to a metaphysical force, unattainable by the capabilities of human beings. The current deglobalization trends should be a notable stimulus to jointly think about forms of economic complementarity and the use of productive, financial and energy synergies.
Keywords: globalization, regional integration, economic democratization
Si algo define la coyuntura global es la gran incertidumbre en varios planos. Sorprenden los numerosos rumbos que podría tomar la realidad mundial y local según se vayan definiendo diversas tensiones acumuladas a lo largo y a lo ancho de la estructura política, económica y social internacional.
Al contrario del panorama clarísimo que se vivió en los años ´90 del siglo pasado, con una contundente hegemonía norteamericana, una imparable extensión global de la fe en el neoliberalismo económico y un naciente mundo unipolar basado a un jerarquía internacional clara y establecida, la realidad de esta tercera década del siglo XXI es la de un creciente desorden político, disputas internacionales incluso armadas, conflictividad económica relacionada con reacomodamientos de poder en el mercado global, e impugnaciones crecientes al orden de posguerra diseñado originalmente por norteamericanos y europeos.
No hay una forma establecida de procesar estos cambios, ni reglas consensuadas. Las sociedades están muy lejos de poder decidir democráticamente el rumbo de sus respectivos países, y las elites globales oscilan entre la codicia sin límites y extraños momentos de lucidez donde parecen comprender los peligros que afronta la humanidad.
En ese escenario, la idea de una intervención consciente sobre este escenario —basada en criterios de preservación de la humanidad y su hogar, la tierra— parece casi utópica, cuando es precisamente lo que permitiría darle a este proceso mundial una viabilidad posible.
El desarrollo científico-tecnológico nos ofrece cada día más instrumentos para erradicar los peores males del planeta, y para alejarnos del peligro de la extinción auto-provocada. Sin embargo, aún no madura un orden global democrático que permita representar con autoridad los intereses básicos de la humanidad.
Vale la pena hacer un repaso de algunas características del actual desorden mundial.
Panorama internacional: la globalización neoliberal en crisis
Describiremos aquí elementos que nos parecían imposibles hace no mucho tiempo.
En las últimas décadas, se incrementó extraordinariamente la presencia china en el mercado mundial. Las reformas económicas iniciadas por Deng Xiao Ping en 1978, dieron lugar a una extraordinaria redefinición de la economía china, que se abrió a la inversión occidental, ofreciéndoles a las firmas multinacionales abundante y baratísima mano de obra disciplinada.
Para el occidente capitalista, el acceso a la República Popular China fue un respiro frente a la crisis que venía arrastrando desde fines de los ´60. Para las multinacionales, la posibilidad de poder aprovechar mano de obra barata, para exportar desde Asia a los mercados occidentales –de mayor poder adquisitivo- fue una fórmula imbatible para incrementar la tasa de ganancia.
En la nueva división internacional del trabajo que se prefiguraba en los ´80 y ´90, a Estados Unidos le tocaría el lugar de gran productor de conocimiento (TICs y otras nuevas actividades) y servicios sofisticados —sin dejar de tener preponderancia financiera—, y parte de la industria occidental —en especial los tramos más sucios ambientalmente y menos complejos— se trasladaría al Asia. América Latina quedaba, en líneas generales, como un reservorio de materias primas, así como África.
Lo que trastocó todos los planes de reconversión del sistema mundial fue que China estaba gobernada por el Partido Comunista Chino, que a diferencia de las burguesías tercermundistas, que aceptan pasivamente los lineamientos económicos que provienen de los centros (por ejemplo, la adopción del “Consenso de Washington” en los ´90 en toda América Latina), optó por ir combinando las opciones que le proponía occidente, con senderos propios para salirse del lugar asignado, y encaminar sus estructuras productivas, científicas y organizativas a la búsqueda de un perfil de país desarrollado con toda la población participando de ese proceso expansivo.
La transformación de China, su gran presencia en el comercio internacional, su acumulación de reservas y deuda norteamericana, lo hicieron un jugador de gran peso, que empezó a ser percibido por los norteamericanos como una amenaza a su hegemonía tradicional. Desde el presidente Obama en adelante, Estados Unidos no cesa en ensayar fórmulas políticas y económicas para frenar el avance chino, al que dedican los mayores esfuerzos de su política exterior.
La República Popular China generó una dinámica objetiva de autonomización de numerosos países con relación a Estados Unidos, debido a la reducción de la dependencia comercial y financiera —e incluso tecnológica— del país del norte. A medida que se profundizaba la hostilidad norteamericana, la RPCh anudó crecientes vínculos con la Federación Rusa, la única potencia capaz de amenazar militarmente a los estadounidenses. La crisis financiera de 2008, que produjo serios impactos en el crecimiento y la distribución del ingreso globales, impulsó aún más el despliegue chino, así como la crisis provocada por la expansión mundial del COVID 19.
En la actual gestión del Presidente Biden, la política de confrontación con China asumió nuevas dimensiones: Estados Unidos está promoviendo cambios tecnológicos e industriales internos para reducir su dependencia de productos chinos, impulsar a nuevos proveedores en regiones no controladas por China, y aprestarse a una confrontación que logre aislar a la RPCh juntos a sus más cercanos aliados, mediante la recuperación de países neutrales en esta disputa hacia la esfera de influencia norteamericana.
La guerra en Ucrania, por ejemplo, logró romper los importantes puentes económicos que se habían creado entre la Unión Europea y la Federación Rusa. Tanto al este como al oeste de Ucrania, la guerra está teniendo efectos negativos sobre el crecimiento y el bienestar de la población. Un conflicto que pudo haber sido resuelto por la vía diplomática, fue transformado en una “oportunidad” para agrietar la estructura económica internacional.
Si bien es un proceso en pleno desarrollo, debemos señalar que el fenómeno que conocimos como globalización, que implicaba un estrechamiento de los vínculos comerciales, productivos y tecnológicos globales, parece haber entrado en una etapa de fragmentación y crisis.
De continuar la actual política norteamericana de retroceder de la práctica del libre comercio en la medida que no favorece sus intereses, y de utilizar todo su peso diplomático, político y militar para disuadir países de efectuar todo tipo de intercambios con China, entraremos en una etapa muy compleja, de reubicación geográfica de actividades y de cadenas de valor globales, de nuevos emblocamientos comerciales y de empobrecimiento de los vínculos internacionales en general.
La región latinoamericana: sin rumbo ni ideas
Nuestra región viene de largas décadas de bajo crecimiento y de sostenida desigualdad social. Luego del quiebre del modelo de industrialización por sustitución de importaciones (años ´70-´80), muy estrechamente vinculado a la aparición de un enorme endeudamiento externo y a la consiguiente crisis fiscal de los Estados, la región pasó por un período de retroceso económico, social y cultural.
Ese fue el contexto histórico que llevó a la adopción generalizada de los lineamientos económicos neoliberales resumidos en el llamado “Consenso de Washington”. Se trató de las políticas de privatización de las grandes empresas públicas —locomotoras del desarrollo latinoamericano—, la implementación de una profunda apertura importadora, y la desregulación de las actividades en diversos sectores económicos a favor de las empresas multinacionales.
Luego de la década del ´90, la región conoció un período transitorio de progreso, debido a la coincidencia de una buena coyuntura internacional, favorable a los países productores de commodities, y la aparición de una serie de gobiernos progresistas, que hicieron un énfasis mayor en el protagonismo estatal para promover una mejora distributiva y el desarrollo de actividades de mayor complejidad que por lo general no atraían inversiones privadas.
Sin embargo, ese período no tuvo continuidad, ya que la crisis financiera mundial de 2008 afectó los precios y parte del andamiaje de gobiernos progresistas regionales se debilitó por la reducción significativa de los ingresos estatales. Esa nueva situación facilitó la reaparición de administraciones que volvían a insistir con los lineamientos económicos neoliberales, favoritos de los países centrales.
Apuestas por la integración regional, como el Mercosur, no han sido debidamente impulsadas por los propios gobiernos partidarios de ese proceso, mientras que los gobiernos de orientación neoliberal han apuntado a debilitarlas. Durante la gestión del presidente argentino Macri y del presidente brasileño Bolsonaro, se intentó firmar un acuerdo comercial y de inversiones con la Unión Europea, muy desfavorable hacia la industria y la integración latinoamericana, que no avanzó debido a resistencia a algunas cláusulas que presentaron países miembros de la Unión Europea.
En las últimas décadas la región ha perdido peso internacional, tanto en lo económico como en lo político, ya que las elites locales en el período de la globalización parecen carecer de un pensamiento propio sobre el orden global, y tienden a adoptar ideas y políticas emanadas de los tanques de pensamiento pertenecientes a los centros de poder occidentales.
Su norte parece ser la adaptación pasiva a las necesidades de la globalización, sin considerar ni los equilibrios macroeconómicos de largo plazo necesarios para sustentar un crecimiento constante, ni los equilibrios sociales necesarios para que las sociedades en las que acumulan sean más integradas y estables.
Debido a esto, la región muestra una dirección estratégica muy endeble, que oscila entre la flotación resignada en las olas de la globalización, y la negociación más o menos firme de aspectos de la dependencia.
Brasil, el país más importante de Sudamérica, ha mostrado una gran desorientación incluso antes de la destitución injustificada de Dilma Rouseff. Pudiendo haber liderado con mucha fuerza el Mercosur y su expansión, promoviendo el Banco del Sur y grandes proyectos de infraestructura que ayudaran a integrar la región, no impulsó debidamente esas iniciativas, seguramente por resistencias internas a la orientación del Presidente Lula da Silva. Los gobiernos posteriores a Dilma mostraron fuertes retrocesos en términos nacionales, propiciando la extranjerización de la economía y el predominio del capital financiero y el agronegocio.
México, luego de varios gobiernos que no mostraban ningún grado de discrepancia con la globalización tal cual era predicada desde su poderoso vecino del Norte, durante la gestión del Presidente López Obrador, introdujo una actitud más soberana y latinoamericanista en la conducción de sus relaciones exteriores. Sin embargo, los vínculos entre la economía mexicana y los Estados Unidos son tan importantes en lo productivo, lo comercial y lo financiero, que el margen de maniobra nacional está fuertemente acotado.
En otros países de América Latina se presencian frágiles experiencias progresistas, o duros e inestables gobiernos derechistas.
En todo caso, la región ha dejado de ensayar políticas de largo aliento en la dirección a lo que en otra época llamábamos el desarrollo. Y no ha aparecido en reemplazo de ese paradigma, otro nuevo que sea atractivo para todos los habitantes de la región.
Más bien ha habido un retroceso hacia viejas creencias en una división internacional del trabajo diseñada desde los centros, o simplemente una resignación en cuanto a las capacidades locales para comandar nuestro propio destino. Esto lo observamos también en comparación con otras regiones del mundo en las cuales se han sostenido dinámicas industrializantes, roles muy activos de los Estados y políticas diseñadas localmente para aprovechar ciertas dinámicas de la globalización, a pesar de las prédicas liberalizantes.
En casi toda nuestra región se pueden observar burguesías locales sin un rumbo propio, más allá de sus intereses sectoriales de corto plazo, a las que no les preocupa demasiado carecer de un proyecto nacional, socialmente inclusivo, para sus países. Los programas políticos reflejan por lo general negocios particulares de ciertos sectores, sin visión social ni estrategia de largo plazo.
Mientras en el ámbito internacional se puede observar que incluso países petroleros conservadores, tradicionalmente caracterizados por su inmovilismo, advierten la necesidad de reconvertirse frente a los cambios que se pueden visualizar en las formas de producción y consumo globales, en nuestra región son escasos los líderes que tienen una visión que se proyecta hacia el horizonte.
Esa actitud se traslada, por supuesto, a la limitada solidaridad regional: el escaso nacionalismo local es utilizado para atizar la hostilidad hacia vecinos regionales, o migrantes de ese mismo origen, mientras se practica el seguidismo ideológico acrítico en relación a las tradicionales potencias centrales.
Seguramente por eso, no se puede visualizar un impulso decidido a la integración, ni una estrategia de fortalecimiento común tratando de aprovechar las oportunidades que podría proveer la globalización.
A pesar de su potencialidad, la región continúa siendo una exportadora neta de capitales al resto del mundo, a través de la fuga de capitales. Estos recursos podrían ser una formidable palanca para la superación de realidades sociales penosas que parecen inmutables debido a una fuerza metafísica, inalcanzable para las capacidades de los seres humanos.
De todas formas, las actuales tendencias desglobalizadoras deberían ser un notable estímulo para pensar conjuntamente formas de complementariedad económica y de aprovechamiento de sinergias productivas, financieras y energéticas.
El caso argentino: presos de una elite disfuncional
En el caso argentino, se expresan tanto las tendencias generales de la globalización, prematuramente adoptadas ya desde el golpe cívico-militar de 1976, continuadas en los años ´90 y retomadas en 2015, como los rasgos que caracterizan a las burguesías latinoamericanas, carentes de otros rumbos que los requerimientos de los centros de poder globales.
La democracia local, renacida en 1983, no ha podido poner bajo control democrático la economía. Por el contrario, los gobiernos que han intentado hacerlo han sufrido numerosos inconvenientes, desde la desestabilización económica, hasta la demonización y la persecución política.
Mientras las fuerzas sociales conservadoras, partidarias de una inserción internacional pasiva y desequilibrada, cuentan con todo el apoyo de gobiernos y capitales globales, los gobiernos que buscan mantener un rumbo económico más cercano a las necesidades de las mayorías, reciben múltiples ataques internos y externos.
La incapacidad de las instituciones democráticas para incidir en el rumbo económico, se ha expresado en la dificultad para revertir un sendero de exclusión económica y de empobrecimiento estructural de importantes franjas de la sociedad. Si bien se vota sistemáticamente, los gobiernos reformistas se encuentran con enormes obstáculos para poder compensar la desigualdad que surge de una estructura productiva con gran predominio de monopolios, oligopolios y grandes capitales concentrados.
A la inversa, los gobiernos neoliberales conservadores implementan medidas favorables al capital, pero desembocan sistemáticamente en graves crisis vinculadas al sector externo. La razón está en que su cosmovisión global los lleva a abrir sistemáticamente la economía nacional al ingreso de grandes capitales especulativos, que no contribuyen a la ampliación del ciclo productivo, pero que introducen altos grados de inestabilidad cambiaria y bancaria, que derivan posteriormente en crisis externas, contracción económica, aumento del desempleo y desequilibrios fiscales del Estado, que deterioran su funcionamiento.
El gobierno argentino entre 2020 y 2023, de origen popular, parece ser un ejemplo de la impotencia estatal para controlar variables elementales: no fue capaz de regular los precios de los mercados —especialmente el de alimentos— para hacerlos compatibles con los niveles salariales existentes, y tampoco pudo enfrentar a sectores privados concentrados, que —invocando diversas excusas— debilitaron gravemente las reservas de divisas del Banco Central. La interacción negativa entre variables de los precios internos y la cotización del dólar, generaron un fenómeno inflacionario que continuó desgastando la capacidad de consumo de los sectores populares.
En este período se expresó con claridad la debilidad de las estructuras estatales para dar un rumbo productivo a la economía, y la debilidad de los supuestos representantes populares para defender con firmeza los intereses de la mayoría de la sociedad.
Continúa la carencia de una estrategia creativa y audaz que responda íntegramente a los problemas sociales actuales. Habiendo en Argentina tantos desarrollos productivos potenciales, el comportamiento rentístico de parte de los grandes empresarios no favorece el despliegue de los mismos, y en cambio reduce las principales actividades económicas a explotar los nichos de interés del mercado global. El Estado, al encontrarse “cuestionado” por los sectores poderosos de la sociedad, que logran incidir en la mayoría de la opinión pública, las autoridades no han demostrado efectividad ni audacia para romper las limitaciones del modelo productivo.
Esto ha generado un fenómeno complejo, con importantes efectos políticos: en buena medida, la economía funciona sin regulaciones significativas, por lo que sigue los lineamientos de las economías de mercado en la globalización. En todo el globo, los ingresos se concentran en los estratos más altos de la sociedad, mientras que la pobreza o la precariedad de ingresos abarcan a las mayorías. Sin embargo, en el período 2020-2023, quienes presidieron esta situación fueron los representantes del Frente de Todos, una coalición política de centro izquierda, que quiso canalizar las inquietudes populares.
Para la mayoría de la población, de baja politización, los responsables de sus dificultades económicas son los políticos que gobiernan, es decir, los peronistas, progresistas o centro izquierda.
La insatisfacción con los logros de esta coalición, sumada a una enorme campaña publicitaria desplegada por los principales medios de comunicación a lo largo de los últimos 15 años, han desembocado en el triunfo del candidato libertario Javier Milei.
El plan de gobierno de esta figura puede resumirse en un nuevo ciclo de achicamiento de las capacidades estatales, destrucción de la soberanía monetaria nacional, una fuerte redistribución regresiva del ingreso, y enormes oportunidades para el capital multinacional para hacerse cargo de empresas locales y de importantes recursos naturales.
En ese sentido, el nuevo gobierno puede ser la reedición de otros experimentos neoliberales fallidos, ya que el personal del área económica tiene poderosos vínculos con el capital financiero norteamericano y probablemente tenderá a satisfacer sus demandas de inversiones muy rentables de corto plazo, altamente volátiles.
La emergencia de figuras como Milei refleja la carencia argentina de una alta dirigencia empresaria con una visión profunda del país y de las necesidades de la población. Esta elite se concentra en negocios particulares de corto plazo, y no ha sido capaz de formular hasta el momento un programa económico consistente, que garantice los equilibrios macroeconómicos de largo plazo y provea un piso seguro al nivel de vida de la población.
La derecha argentina ha sido capaz, en los últimos 50 años, de armar fuertes coaliciones de gobierno. Desde el punto de vista político, ha sido capaz de convocar a los sectores más concentrados de la economía, a partidos políticos importantes, a los medios de comunicación, y a las principales embajadas extranjeros en apoyo de sus gestiones.
La dictadura cívico militar (1976-1983), contó con el poder absoluto para gobernar. El terror permitió que el ministro de Economía Martínez de Hoz hiciera su voluntad absoluta en materia económica, siguiendo los lineamientos de la Escuela de Chicago. A los 4 años de gestión estalló una crisis bancaria y cambiaria, de la cual el gobierno no se recuperaría, hasta su final 3 años después.
El gobierno menemista (1989-1999) y el de la Alianza (1999-2001) representaron una enorme coalición social, en la que participaron el capital concentrado local y extranjero, los bancos, los acreedores externos, los principales partidos políticos y los medios de comunicación. Sin embargo, el esquema de lo que se llamó “la convertibilidad” estalló por el aire en 2001, generando la mayor crisis social vivida por la Argentina luego de los años ´30.
El gobierno macrista (2016-2019) asumió también con un amplio apoyo de sectores concentrados, países centrales, medios de comunicación, amplios sectores medios e incluso sectores peronistas. Sin embargo, su subordinación al capital financiero norteamericano lo llevó a generar un fuerte proceso de endeudamiento, que entró en crisis por un cambio en la coyuntura internacional, obligando al gobierno a contraer un gigantesco crédito con el FMI para facilitar la retirada de los capitales especulativos que habían ingresado en los primeros años de la gestión. Debió luego implementar medidas de ajuste que condujeron a un rechazo de sectores sociales que lo habían apoyado inicialmente.
La combinación de un escenario global incierto, que acumula dificultades y motivos de crisis, más una situación de alta volatilidad política latinoamericana en un contexto de bajo crecimiento regional, no son un buen escenario para un gobierno altamente ideologizado que pretende desregular la economía, retirar al Estado en su función indelegable de estabilizador económico, y cumplir al mismo tiempo con promesas electorales de mejorar el nivel de vida de sectores precarios de la población.
Si es cierta nuestra hipótesis —en el sentido que un gobierno de éstas características generará una nueva crisis económica y social—, será relevante que quienes pretendan reemplazarlo hagan una lectura profunda de la experiencia del actual gobierno, y del que está comenzando a fines de 2023.
La heterodoxia económica deberá realizar un salto de calidad, ampliando la imaginación y la audacia para atacar y resolver con eficacia los problemas generados por un capitalismo ultra dependiente y una elite social que sólo ha sabido profundizar los problemas estructurales en el marco de la globalización neoliberal.