Lxs niñxs y las ciudades. Un análisis interseccional de las experiencias urbanas infantiles en barrios populares de localidades medias bonaerenses

Children and cities. An intersectional analysis of children’s urban experiences in working-class neighborhoods in middle-class towns in Buenos Aires

Luisina Morano

Instituto de Ciencias Antropológicas (ICA), Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires, Argentina. Integrante del Equipo Niñez Plural.
https://orcid.org/0000-0001-5369-5801
Contacto: luisinamorano@gmail.com

María Celeste Hernández

Laboratorio de Estudios en Cultura y Sociedad (LECyS), Facultad de Trabajo Social, Universidad Nacional de La Plata. Argentina. Integrante del Equipo Niñez Plural.
https://orcid.org/0009-0006-6504-9536
Contacto: mcelestehernandez@gmail.com

Resumen

Partiendo desde una plataforma conceptual que considera a la niñez como una construcción sociocultural, heterogénea, dinámica y relacional (Szulc et al, 2023) y al espacio como una construcción social, un producto de la acción humana, que a la vez modela y condiciona las experiencias de las personas que lo habitan (Lefebvre, 1974; De Certeau, 2000) en este artículo proponemos un análisis de las experiencias urbanas infantiles. Para ello implementamos un enfoque teórico metodológico en donde etnografía e interseccionalidad se combinan y recuperamos materiales de los trabajos de campo etnográficos realizados para nuestras respectivas Tesis doctorales en barrios periféricos de localidades medias de la Provincia de Buenos Aires (La Plata y Junín), Argentina. Nuestro objetivo es operativizar el enfoque propuesto en situaciones concretas, destacar la potencialidad de la dimensión espacial para el análisis de las desigualdades que atraviesan las experiencias urbanas infantiles y sistematizar una serie de recaudos teórico metodológicos para que puedan ser considerados como insumos en otras investigaciones.

Palabras clave: experiencias urbanas infantiles, espacialidad, etnografía con niñxs, interseccionalidad, ciudades medias bonaerenses.

Abstract

Starting from a conceptual framework that considers childhood as a sociocultural construction–heterogeneous, dynamic, and relational (Szulc et al, 2023)–and space as a social construct, a product of human action that simultaneously shapes and conditions the experiences of those who inhabit it (Lefebvre, 1974; De Certeau, 2000), this article proposes an analysis of children’s urban experiences. To achieve this, we implement a theoretical-methodological approach that combines ethnography and intersectionality, drawing on materials from ethnographic fieldwork conducted for our respective doctoral theses in peripheral neighborhoods of mid-sized towns in the Province of Buenos Aires (La Plata and Junín), Argentina. Our goal is to operationalize the proposed approach in concrete situations, highlight the potential of the spatial dimension for analyzing the inequalities that shape children’s urban experiences, and systematize a series of theoretical-methodological considerations that can serve as inputs for other research.

Key words: children’s urban experiences, spatiality, ethnography with children, intersectionality, medium-sized cities in Buenos Aires.

1. Introducción

En este artículo recuperamos materiales de los trabajos de campo etnográficos realizados para nuestras respectivas Tesis doctorales. Ambas investigaciones fueron llevadas adelante en barrios periféricos de localidades medias de la Provincia de Buenos Aires (La Plata y Junín), Argentina, y confluyen al otorgarle protagonismo a la reflexión en torno al modo en que se espacializa el cuidado y las maneras en que lxs niñxs1 habitan el espacio urbano.

Así, la investigación llevada adelante por Luisina Morano buscó historizar el modo en que se iba modificando la trama de cuidados y violencias que atravesaba la vida de un grupo de niñxs pobres y mayormente indígenas que vivían en el Barrio Verde, un vecindario de la ciudad de Junín que experimentó en la última década un fuerte proceso de gentrificación. Por su parte, M. Celeste Hernández ha llevado adelante su investigación doctoral en El Mate, un barrio periférico de la ciudad de La Plata caracterizado por su marcada heterogeneidad. Allí, la etnografía realizada con niñxs de sectores populares analizó su experiencia espacial, visibilizando las relaciones cotidianas y tramas de cuidado que participaban de la construcción de su infancia.

A partir de esta convergencia de enfoques e intereses, planteamos algunas preguntas disparadoras: ¿Cómo usan el espacio urbano lxs niñxs que viven en barrios periféricos? ¿Lo hacen de la misma manera niños o niñas? ¿Qué varía al tener 4, 8 o 16 años? ¿Cómo influye la posición de clase o el color de piel a la hora de circular por el barrio y la ciudad? ¿La etnicidad modela de alguna manera la experiencia espacial? ¿Y la nacionalidad? ¿Hay regularidades en las experiencias urbanas de lxs niñxs que viven en localidades medias? ¿De qué modos la dinámica urbana condiciona la cotidianeidad y en qué medida lxs niñxs intervienen/ transforman su movilidad, sus espacios de juego y/o reunión?

Para delinear algunas respuestas, resulta importante aclarar ciertos puntos de partida. Nuestros trabajos se proyectan desde una plataforma conceptual común que considera a la niñez como una construcción sociocultural, heterogénea, dinámica y relacional (Szulc et al, 2023) y al espacio como una construcción social, un producto de la acción humana, que a la vez modela y condiciona las experiencias de las personas que lo habitan (Lefebvre, 1974; De Certeau, 2000). Las etnografías nos han permitido poner a prueba estas premisas teóricas generales e identificar procesos socio históricos que contornean en cada barrio –y en cada ciudad– tramas de poder específicas que configuran, a su vez, una amplia variedad de formas en que el espacio se experimenta.

De este modo, nuestro enfoque se alinea con los trabajos de otrxs investigadorxs que desde hace tiempo vienen advirtiendo que la manera en que se habita el espacio urbano no es absoluta ni universal, sino que existen múltiples formas, a menudo desiguales, de experimentar las ciudades. Así, algunxs han enfatizado la manera en que la posición de clase (Lefebvre, 1974), de género (Navas Perrone, 2018; Rodó Zárate, 2021), la edad (Hernández, 2016) o la etnicidad (Wade, Giraldo y Viveros, 2008), entre otras variables, inciden modelando las experiencias urbanas.

Durante las últimas décadas, el enfoque interseccional ha adquirido un lugar estelar para dar cuenta de la complejidad constitutiva que moldea las experiencias en general, y la urbana en particular. Asumimos que su éxito se debe en parte a la propulsión que le han otorgado tanto los activismos, como las academias del norte global en donde el término fue acuñado. Al mismo tiempo, entendemos que esta profusión en su uso también puede ser atribuida a la capacidad de síntesis que la noción de interseccionalidad promete, puesto que aparentemente permitiría resumir un panorama amplio y complejo de variables y relaciones en una sola palabra. No obstante, hemos observado que muchas veces la “interseccionalidad” no logra ser más que eso, una simple enunciación, un adjetivo que forma parte de los títulos de artículos y ponencias, pero que no encuentra luego el correlato analítico prometido. Nos preguntamos entonces: ¿Cómo se encarna metodológicamente un análisis interseccional? ¿Qué dimensiones nos permite ver, qué relaciones? ¿Qué tipos de variables pueden formar parte de un análisis interseccional? ¿De qué maneras la etnografía confluye con esta perspectiva? ¿Cómo esa combinación de abordajes contribuye a comprender las desigualdades que lxs niñxs experimentan en las ciudades que habitan?

Retomando estos interrogantes y observaciones, en este artículo analizaremos algunas experiencias urbanas infantiles visibilizando el entrelazamiento de desigualdades que las modelan. Para eso, y tal como hemos propuesto en otros trabajos (Szulc y Morano, 2025) combinaremos este modo de mirar con el potencial teórico-metodológico de la etnografía, lo cual nos permitirá abordar escenas concretas de nuestros trabajos de campo en donde la espacialidad emerge como una dimensión central a explorar.

Así, nos proponemos profundizar sobre aquella premisa que indica que, lejos de tratarse de una suma teórica abstracta de desigualdades, es el análisis situado del modo en que distintos clivajes se combinan en contextos específicos el que permitirá comprender cómo se modelan las experiencias urbanas de lxs niñxs que viven en el Barrio El Mate (La Plata) y el Barrio Verde (Junín). Esta apuesta analítica nos posibilitará explorar, a su vez, las formas de agencia que ellxs despliegan para habitar “su”2 barrio y “su” ciudad, circular a través de sus calles y crear lazos de pertenencia.

Para desarrollar nuestra propuesta, en primer lugar, ofrecemos algunas coordenadas que nos permiten sumergirnos en los espacios en donde hemos realizado nuestras investigaciones. Describimos allí la metodología llevada adelante en cada caso. En segundo término, presentamos nuestro andamiaje conceptual que comienza con una breve referencia al abordaje antropológico de las infancias y las ciudades, para luego detenernos en el cruce de ambos campos. Completamos este apartado con algunas precisiones sobre el enfoque interseccional y sus aplicaciones en estudios antropológicos con niñxs. Seguidamente analizamos fragmentos etnográficos para mostrar las posiciones de privilegio/opresión desde las cuales lxs niñxs con quienes trabajamos construían el espacio –y sus infancias– durante los períodos de nuestras pesquisas. El apartado de cierre identifica los principales resultados de la aplicación del enfoque propuesto a la vez que señala recaudos metodológicos a considerar al momento de generar análisis etnográficos e interseccionales sobre las experiencias urbanas infantiles.

2. Ser niñx en la periferia de ciudades medias

Los modos en que el espacio se relaciona con las experiencias de niñez y la inquietud por el cuidado son dos ejes medulares en que nuestras investigaciones confluyen. En ambos casos, las etnografías realizadas tuvieron como principales interlocutores a lxs niñxs3 y los interrogantes por sus modos de habitar la ciudad guiaron las estrategias metodológicas desenvueltas4. Además, las dos investigaciones se llevaron adelante en espacios periféricos de ciudades medias bonaerenses y, como analizaremos avanzando estas páginas, “vivir afuera”5 no era un dato menor para quienes los habitaban.

Analíticamente comparables, cada uno de los contextos considerados tiene sus particularidades que nos interesa reponer, no sólo para dar cuenta de los fragmentos de vidas que conocimos, sino también porque en el diálogo entre ambos emerge la posibilidad de pensar cómo el espacio es producto de unas concretas posiciones sociales. Y sobre todo para indagar si, y de qué maneras, esta dimensión se entrelaza a otras modelando relaciones de desigualdad.

Por su parte, y tal como señalamos antes, la primera autora ha analizado el modo en que se configuraba y se transformaba la trama de cuidados y violencias que atravesaba la vida de las familias de sectores populares en el Barrio Verde, un vecindario periférico de Junín, una agrolocalidad media de la Provincia de Buenos Aires que ha experimentado durante la última década un vertiginoso proceso de gentrificación.

El Barrio Verde se constituyó como un espacio históricamente excluido de la cartografía oficial, situado literalmente por fuera del trazado urbano fundacional. Su territorio era una zona inundable, separada del resto de la ciudad por un río frecuentemente desbordado. Estas características eran las que habían propiciado que, más intensamente a partir de la década de 1960, se asentaran allí familias pertenecientes a sectores populares, pues las tierras no tenían prácticamente ningún valor comercial. En 2010 concluyeron las obras de canalización del río circundante, la zona dejó de anegarse y el Estado municipal comenzó a invertir en infraestructura básica. El empresariado inmobiliario empezó a adquirir grandes porciones de tierra, sobre las que se diseñaron barrios privados y se delimitaron lotes que luego se pusieron a la venta. Muchas familias de clase media y alta comenzaron a considerar las ventajas relativas del barrio: paisaje abierto al río, proximidad con el centro de la ciudad, precios competitivos. La mutación socio territorial estaba en marcha y empezaba a desenvolverse lenta pero sostenidamente.

En 2020 se desató la pandemia de COVID-19 que funcionó como un catalizador exponencial de ese proceso de transformación iniciado pocos años antes. La migración masiva de sectores medios y altos al barrio implicó un cambio rotundo de su fisonomía, de su estética y sobre todo de los modos en que se entramaban allí los vínculos entre personas, y entre personas y espacios. Las vidas de lxs niñxs de sectores populares, los lugares donde se condensaban los juegos y los cuidados, porciones del barrio que ellxs habitaban a diario y sentían como propios (como el Centro Comunitario, el monte o el cementerio abandonado) dejaron de existir o comenzaron a poblarse de muros, cercos electrificados y alambrados. Un panorama repleto de nuevas fronteras instaladas con el propósito de mantener bien separados a lxs nuevxs vecinxs –de los barrios cerrados y las grandes fincas– de lxs pobladores más antiguxs del vecindario, pertenecientes a clases populares.

No obstante, las fronteras siempre son porosas y lxs vecinos de todas las edades y procedencias socioeconómicas se vieron compelidos a entablar diálogos y disputas en torno a cuáles eran los “problemas importantes” del barrio y cómo solucionarlos. Así se separaron entre quienes reclamaban mayor “seguridad” entendida como sinónimo de control policial, (en especial sobre lxs niñxs pobres y racializados, identificadxs como una “amenaza”) y quienes demandaban más “cuidados”, proponiendo ampliar la dimensión asistencial del estado para “incluir” a lxs niñxs y jóvenes pobres del barrio (Morano, 2024).

La etnografía realizada por esta autora, llevada a cabo en distintas etapas entre 2016 y 2024, permitió registrar estas pugnas discursivas protagonizadas por adultxs en torno al espacio barrial, pero también permitió relevar los modos en que lxs niñxs pertenecientes a sectores populares fueron transformando sus prácticas espaciales en un escenario que mutaba a un ritmo frenético. Para eso, además de las clásicas técnicas etnográficas basadas en la realización de observación participante y entrevistas (Guber, 2004), se implementaron otras técnicas específicas que permitieron reparar más detenidamente en la dimensión espacial: mapeos colectivos (Iconoclasistas, 2013), registros y montajes fotográficos y secuenciación de imágenes satelitales (Morano, 2024). Organizado en distintas etapas, el trabajo de campo abarcó un período total de más de 6 meses en el que se realizaron varias decenas de caminatas y bicicleteadas grupales a través de los espacios de juego y reunión que lxs niñxs frecuentaban en el barrio y también se incluyeron paseos a otros barrios de la ciudad. Además, se realizaron visitas a distintos espacios de cuidado (instituciones comunitarias y estatales) junto con lxs niñxs y sus madres que, en algunas pocas ocasiones, también incluyeron a varones adultos.

Distante de Junín por 340 kilómetros se encuentra la ciudad de La Plata, capital de la Provincia de Buenos Aires donde la segunda autora desarrolló su trabajo de investigación. Allí se abocó al análisis de las experiencias infantiles de los sectores populares del barrio El Mate indagando la espacialidad de lxs niñxs. Desde esta periferia platense, ello implicó ahondar en las maneras en que lxs niñxs construían la ciudad, lo que no estaba escindido de su posición social y de cómo se organizaba su cuidado.

La ciudad de La Plata fue fundada en 1882 y es conocida por la planificación de su trazado. Sin embargo, prácticamente a la par de su construcción, comenzaron los procesos de suburbanización y expansión de la mancha urbana que modificaron su fisonomía sin respetar las características pautadas en el plano que le dio origen (Garnier, 1992). La imagen que se impone de la urbe: una cuadrícula cruzada por diagonales de su pasado inaugural, invisibiliza la periferia que aloja paradójicamente a dos tercios de su población. El Mate, emplazado a 30 cuadras al sureste del casco fundacional es ubicado, por tanto, en “el afuera” de las representaciones hegemónicas de la ciudad y ello impacta en la cotidianeidad de sus habitantes (Segura, 2015).

El barrio El Mate es parte del Centro Comunal Villa Elvira, uno de los 19 que integra el Partido de La Plata. Siendo la región más poblada, Villa Elvira concentra los mayores índices de pobreza y presenta una precaria urbanización. Desde una perspectiva socio-antropológica esta zona puede caracterizarse como “heterogénea”, diferenciándose de otras donde la geografía pareciera superponerse con mayor precisión a la posición socio-económica de sus habitantes. Aquí, el acceso a los servicios, así como las características de las viviendas eran contrastantes y las mismas cuadras eran habitadas por quienes se encontraban socialmente distantes.

Al barrio “iban” quienes no lo habitaban y de él “volvían” quienes sí, del barrio se “salía” o se “entraba”, del “B.M” (como se leía en muchas paredes) “se es” o no se pertenecía. Estos verbos señalaban una geografía y simultáneamente los sentidos que constituían el espacio dando cuenta de fronteras móviles y relaciones variables. Advertimos tempranamente que el desigual posicionamiento de lxs moradorxs modelaba diferencialmente sus experiencias urbanas, de ahí que caracterizar etnográficamente la vida de lxs niñxs con quienes trabajamos se presentó como un punto de partida. Esto implicó en primer lugar desentrañar cómo se organizaban localmente las edades y los sentidos en torno a la niñez para luego explorar qué otros clivajes resultaban localmente relevantes, cómo se entrelazaban y de qué maneras modelaban los usos infantiles del espacio.

La segunda etnografía que ponemos en diálogo en este artículo relevó, entonces, las maneras concretas en que la ciudad era practicada por lxs niñxs (Hernández, 2016). El interrogante por su espacialidad guio el proceso de producción de conocimiento que incorporó aquellos lugares, personas y relaciones que emergieron como significativos. Esta apuesta teórico-metodológica para reconstruir la perspectiva de lxs niñxs (Hernández, 2020) visibilizó su activa participación en sus procesos de socialización. El trabajo de campo realizado entre los años 2008 y 2013 se valió de técnicas tradicionales de la etnografía y otras herramientas que han sido eficaces en el trabajo con niñxs. Entre ellas destacamos la producción de dibujos y fotografías y su uso en entrevistas o charlas informales grupales. El tiempo compartido con lxs niñxs transcurrió entre los espacios públicos y recorridos por las viviendas familiares, instituciones y plazas de la zona cuando ellxs los propusieron. Durante los primeros años, además, el trabajo de investigación dialogó con la militancia en una organización social que formaba parte de las tramas de cuidado infantil en el barrio.

3. Espacios e infancias. Una mirada a las desigualdades entrelazadas

Nuestras investigaciones dialogan en primer lugar con el campo de los estudios antropológicos de la niñez. En las últimas décadas se ha consolidado un andamiaje teórico y sistematizado estrategias metodológicas para profundizar en el conocimiento de las infancias y trabajar con niñxs. En consonancia con esos desarrollos, nuestros interrogantes parten del carácter construido y plural de la niñez y reconocen los aportes de la etnografía para indagar de manera situada cómo se organizan socialmente las edades, qué sentidos y afectos son compartidos y disputados en torno a la niñez y qué prácticas y relaciones participan de ese momento del curso vital como parte de procesos que son dinámicos y conflictivos. En igual medida, la perspectiva adoptada reconoce las experiencias infantiles y a lxs niñxs como actores sociales posicionados que, en múltiples y desiguales relaciones, participan activamente de la producción de la vida social.6

Por su parte, las ciencias sociales, y la antropología en particular, cuentan con una larga trayectoria de análisis del espacio y específicamente de las ciudades. Es compartida la noción de que el espacio es el producto de las operaciones que lo crean, de las maneras en que las personas lo representan, sienten y practican, tanto como productor de lo social (De Certeau, 2000; Milton Santos, 1990). Desde esta perspectiva, la experiencia urbana remite a “los modos (eventualmente diferenciales) de ver, hacer y sentir (en nuestro caso, la ciudad y la vida en la ciudad) por parte de actores situados social y espacialmente, por el modo en que en sus vidas cotidianas se vinculan lo articulado y lo vivido (Segura, 2015, p. 26). La etnografía, por tanto, es por estos desarrollos igualmente valorada en tanto propone una mirada “de cerca y de dentro” (Magnani, 2002), que indaga los modos en que distintos actores experimentan la ciudad, sin desconocer los procesos que generan su fragmentación y las desigualdades que allí se producen.7

Las preguntas que atendemos en este artículo se sitúan en el cruce entre ambos campos de conocimiento. Si bien lxs niñxs urbanxs han sido mayormente silenciadxs e invisibilizadxs tanto por quienes se han dedicado a pensar y planificar las ciudades como por quienes las estudiaron, indagar en su experiencia de la ciudad se vuelve relevante para los análisis urbanos. Esto en tanto las perspectivas de lxs niñxs son puntos de partida para la comprensión de la vida social a la que pueden contribuir ya sea por su eventual particularidad (no necesariamente su mirada difiere de la de otras personas) como por aquello que su posición modela. Para los estudios de la infancia, a su vez, incorporar el espacio como una dimensión analítica, posibilita reponer la pluralidad de actores y relaciones que efectivamente integran su cotidianeidad.

Las experiencias urbanas infantiles se presentan tan plurales como desiguales. En consonancia con la perspectiva presentada esto plantea distintos desafíos que implican, por un lado, la necesidad de indagar cada vez cómo son, qué características tienen y de qué modos lxs niñxs experimentan la ciudad, y por otro, qué formas específicas adopta la desigualdad y cómo puede explicarse. Encontramos en la perspectiva interseccional algunas herramientas para afrontarlos.

Se ha advertido que la propuesta analítica que actualmente es conocida como “interseccional” integra de hecho los estudios socio antropológicos desde mucho antes de que recibiera esta denominación (Jelin, 2020). Incluso forma parte de las reflexiones de la antropología de la niñez al reparar en las maneras en que distintos clivajes modelan contrastantes experiencias infantiles (Hernández, 2016; Morano, 2024). El uso del término encuentra sus antecedentes fundacionales en los Estados Unidos hacia la década de 1980 (Crenshaw, 1991) y desde entonces se ha ido instalando como herramienta analítica de las ciencias sociales contemporáneas. Los aportes de esta perspectiva residen en la posibilidad de comprender cómo se configuran relaciones concretas de opresión/ privilegio cada vez que se entrelazan desigualdades. Su contribución radica, además, en que permite registrar las categorías y sus interrelaciones como dinámicas y tal como son contextualmente definidas (Caggiano, 2012; Rodó Zárate, 2021).

Si bien en mayor medida se han analizado los entrecruzamientos entre clase social, género y raza, los estudios situados invitan a ampliar el abanico de variables a tener en cuenta cuando se analiza una situación concreta. Entre ellas, advertimos que la edad, aunque es un organizador social prácticamente omnipresente, ha sido una dimensión poco explorada (Szulc y Morano, 2025). Tal invisibilización encuentra anclaje en las sociedades occidentales, donde el proceso de institucionalización de las edades ha delineado un curso normalizado de la vida en el que la adultez representa el parámetro desde el cual se mide el tiempo. Este modelo ha sido problematizado por los estudios antropológicos de la edad instalando interrogantes sobre las maneras en que se organizan las edades. Así, proponen indagar los sentidos, expectativas o responsabilidades que se asocian a cada grado de edad tal como son definidos en contextos específicos, tanto como las disputas y relaciones –habitualmente inequitativas– que se suscitan entre grupos de edad (Kropff 2011, Gentile 2014). Las investigaciones que ponemos en diálogo en este artículo profundizan en esta dirección para mostrar cómo se modelan las experiencias de niñez en dos barrios periféricos y de qué maneras otros clivajes se entrelazan a la posición etaria y resultan ineludibles para comprender las desigualdades presentes en sus vidas.

La espacialidad tal como aquí la trabajamos, se incorpora a las coordenadas de lectura de las desigualdades8. Nos interesa en especial la propuesta de Rodó Zárate (2021) quien sugiere ampliar la gama de clivajes a problematizar cuando se estudian relaciones de cuidado para incluir especialmente la dimensión emocional en relación con la espacialidad. Así, la sensación de bienestar o malestar que las personas experimentan en los espacios –que no son consideradas en tanto reacción individual, sino que siguiendo a Ahmed (2007) pueden concebirse como la punta del iceberg de un complejo sistema de construcciones culturales y sociales de larga duración– son incorporadas como dimensión importante a relevar para explicar el modo en que se producen y reproducen las desigualdades. Este abordaje sugiere que esos modos de sentirse en los lugares son los que, en buena medida, habilitan a que las personas puedan usar, habitar, huir o permanecer en ellos, permitiendo incorporarlos (o no) a la trama de cuidados y modelando de modo más general su experiencia urbana.

4. El barrio como frontera: un abordaje etnográfico e interseccional de las experiencias espaciales infantiles

Tal como venimos señalando, los modos de vivir la ciudad no sólo son diversos, sino también profundamente desiguales. Teniendo en cuenta que las maneras en que se componen esas posiciones de privilegio y opresión son tan heterogéneas como dinámicas, en esta sección vamos a poner en práctica una mirada interseccional especialmente atenta a las vivencias infantiles para ver cuáles son los condicionamientos que se juegan en cada uno de los barrios en los que trabajamos, cómo se entrelazan los distintos ejes de desigualdad y cómo se configura sus experiencias urbanas.

Vidas plenas de “barrio” (la edad enclasada y con nacionalidad)

Los adverbios de lugar tanto como los sustantivos que nombran geografías son una vía de entrada a las maneras en que significamos el espacio y las relaciones en ellas involucradas. “Barrio”, como han mostrado hace mucho tiempo las ciencias sociales, funciona de esta manera. En tanto categoría espacial, y tal como la usaron nuestros interlocutores, el término daba cuenta de límites dinámicos que se trazaban desde el lugar de enunciación y al emplearlo, se hacía referencia a las relaciones que lo constituían (Hernández, 2016). La lógica segmentaria se activaba en las categorizaciones espaciales que nombraban diferenciando a “La Plata”, “El Mate” o “el barrio” según la posición del enunciador.

Al alejarse de la avenida que conecta El Mate con el casco fundacional platense el barrio adoptaba las características heterogéneas que describimos antes. La vida de quienes pertenecían a los sectores populares transcurría casi con exclusividad en El Mate y esto era especialmente así para quienes eran niñxs.

El barrio podía ser muchos “barrios” en una dinámica que hacía confluir fronteras sociales y simbólicas. La nacionalidad se enlazaba a esa lógica delimitando un “barrio” o “el barrio paraguayo”, según quién hablara de él. “Campito” o “monte” era como quienes no vivían allí seguían aludiendo a un conjunto de tierras que habían sido tomadas y luego vendidas cinco años antes del inicio de nuestra investigación. Para entonces, en ese lugar se consolidaba un trazado urbano habitado en mayor medida por familias que habían migrado desde el país limítrofe. “Es que acá en el barrio no hay muchos argentinos. Como son todos paraguayos acá, nos hablamos entre nosotros” describía una joven. La nacionalidad se presentaba como un clivaje relevante en la organización del espacio y la sociabilidad cotidiana, también la de lxs niñxs.

Unos pocos metros separaban un “barrio” de otro y delimitaban, como pudimos observar, lugares de juego para niñxs argentinxs y “paraguayos”9. Unxs y otrxs10 pasaban buena parte del día en las calzadas, veredas o esquinas, las de sus respectivos “barrios”, y difícilmente se reunían entre sí. “Todos juegan entre ellos. Somos todos del barrio” afirmaba una vecina quien enlazaba en un “nosotros” barrial a quienes habían migrado del país limítrofe. Entre “paisanos” se tejían redes de ayuda, afectos y confianza, y el cuidado de lxs niñxs seguía ese criterio de nacionalidad condicionando la espacialidad infantil (Hernández, 2016). Si bien generaban cierta admiración entre lxs argentinxs que vivían próximxs, mayormente por sus “progresos” económicos, diversas formas de discriminación signaban el vínculo. Los comentarios negativos sobre “los paraguayos” impedían, por ejemplo, que otrxs niñxs fueran a buscar la merienda a “su copa de leche” porque circulaban versiones sobre un trato diferencial: “A los argentinos (nos) dan así de poquito” explicaba una niña de ese país mientras acercaba sus dedos. En las instituciones donde lxs vecinos de distintas nacionalidades se encontraban, registramos la preocupación de un grupo de padres y madres paraguayxs por los tratos agresivos que recibían sus hijxs de parte de sus pares argentinxs: “le dicen paraguaya negrita”, “se ríen de cómo habla”. La situación interpelaba y alertaba tanto a docentes como educadores de modo tal que llegaron a formular un proyecto anual para abordar el “problema de la discriminación” en sus espacios de trabajo/militancia.

Los afectos resultaban de relevancia para analizar las espacialidades infantiles. “Los chicos callejean más de lo que se quedan” describía una vecina de El Mate la infancia de sus hijxs. Para ellxs “salir” implicaba encontrarse con personas, eventualmente cosas y actividades que contrastaban con el “aburrimiento” de sus casas. Cuidadorxs, mayormente mujeres, como niñxs eran conscientes de ello y valoraban positivamente la posibilidad de jugar entre chicos, de “ir y venir”. Sin embargo, la calle, muchas veces se presentaba como una figura antitética a la infancia, como un lugar inadecuado para lxs niñxs. Algunas mujeres con niñxs a su cargo nos expresaron sus temores a que los chicxs estuvieran allí. Estos se vinculaban a las zanjas con agua estancada y basura que hacían las veces de desagüe pluvial, a los vehículos que circulaban velozmente por las calzadas sin cordón cuneta ni reductores de velocidad, o a las prácticas de consumo de drogas de algunos jóvenes que se reunían en una esquina próxima11. En las mismas charlas exponían sus estrategias de cuidado, que con consejos, advertencias y explicaciones lidiaban con ese contexto que les resultaba hostil: “¿dónde van a estar sino? no los puedo tener todo el día acá encerrados”, argumentaba otra mamá mientras recorría con la mirada los escasos metros cuadrados de la casilla donde vivía con su pareja y sus ocho hijxs. Se ponía en evidencia así que si el miedo tiene efectos en los modos de habitar, imaginar y relacionarse con otros en la ciudad (Segura, 2015) también operaba en las maneras de cuidar.

La atención sobre las vidas de quienes vivían próximos, aunque solía incomodar, también daba lugar a dinámicas colectivas de cuidado y habilitaba a que la calle se volviera, no sin tensiones, un espacio habitable para los chicxs de los sectores más pobres. En el tiempo de “andar afuera”, lxs niñxs podían escoger entre pares dónde ir, qué hacer y cómo vincularse con quienes allí se encontraban. “Andar por ahí” con relativa independencia incorporaba a la cotidianeidad infantil una pluralidad de situaciones no previstas o controladas que lxs niñxs observaban, escuchaban, sentían, y ante las cuales podían actuar como ellxs mismxs consideraran conveniente. En esos ejercicios, que no eran minuciosamente controlados, sino más bien, se entendían propios de lxs niñxs y por tanto no eran intervenidos, ellxs experimentaban su autonomía. En tales movimientos, además, lxs chicxs desempeñaban un papel central en la construcción del barrio. Ellxs conocían quiénes vivían en cada casa y datos de sus vidas, tanto por las charlas entre jóvenes y adultxs que ellxs presenciaban como por las conversaciones espontáneas que surgían entre chicxs y su propia experiencia espacial. Para ellxs, además, los límites de las casas se volvían más porosos y al circular entre ellas movilizaban objetos y saberes al tiempo que tramaban relaciones.

Vivieran en “el campito” o no, argentinxs o “paraguayxs”, las condiciones de vida de lxs niñxs que fuerxn nuestrxs interlocutorxs se asemejaban en la precariedad de sus viviendas, en la escasez de alimentos y de recursos, en ser beneficiarixs de planes sociales del Estado, en la dificultad para ir a la escuela los días de lluvia y en que su cotidianeidad se restringía en gran medida a los espacios del sector de la ciudad donde vivían. La mayoría de ellxs asistía diariamente a ciertas instituciones y organizaciones. Los destinos incluían los jardines de infantes y la escuela, así como comedores y centros de día de una ONG, todos ellos en la geografía de “El Mate”. Estos espacios integraban la “cartografía de cuidados” de quienes se posicionaban socialmente próximos en términos de clase, ya fuese por las dinámicas de fragmentación educativa en un caso (Hernández et al., 2015) o por las maneras en que definían a sus destinatarios en otros (Gentile, 2014). Esto contribuía a intensificar la vida “barrio adentro” y era una expresión más del acceso desigual a la ciudad.

Foto N°1. Un paseo a la plaza retratado por uno de los niños de El Mate.

Las relaciones entre espacio urbano y desigualdad han sido tematizadas largamente poniendo de relevancia las maneras en que en la ciudad se vinculan la distribución de actores y la disposición de bienes, servicios e infraestructura (Bourdieu, 1999). Vivir en El Mate, y por tanto “afuera de la ciudad”, tal como los habitantes de sectores populares representaban y sentían su vida urbana, aludía tanto a la distancia del “Centro” donde “había de todo” como a la calidad de recursos e infraestructura a los que (no) podían acceder. Como también señala Segura (2015), atendiendo a la cotidianidad del barrio, la vida en la periferia no era homogénea. De un modo, desde la perspectiva de sus habitantes pueden distinguirse (y jerarquizarse) espacios y actores, como ocurría con el “campito” entre otros “barrios”. De otro modo, vimos que la experiencia de la periferia variaba dependiendo de la posición social de sus residentes.

En el caso presentado advertimos que, si la posición de clase imponía la permanencia en el barrio, ser niñxs reforzaba ese rasgo en tanto su movilidad dependía de que una persona mayor que ellxs la posibilitara y gestionara. La posición etaria era, a su vez, la que habilitaba para ellxs ciertos lugares, a menudo sentidos como hostiles, y propiciaba recorridos particulares por la trama de instituciones y organizaciones para su educación y cuidado. Dispuestos en la geografía barrial, estos espacios, aún con la relevancia que adquirían para las familias y lxs propixs niñxs, difícilmente impactaban torciendo las dinámicas de reproducción de la desigualdad. A su vez, la nacionalidad condicionaba recorridos y no pocas veces dio lugar a prácticas discriminatorias hacia “lxs extranjerxs”. De ese modo advertimos que las experiencias espaciales de estxs chicxs, y de manera interrelacionada su niñez, se modelaba en la configuración que surgía de las maneras concretas en que vivían la periferia platense siendo niñxs, pobres, argentinxs o “paraguayxs”.

Entrar y salir del barrio (género, edad y mecanismos de racialización enclasados)

Las experiencias urbanas de lxs niñxs pertenecientes a sectores populares que habitaban el Barrio Verde también acontecían, al igual que en El Mate, casi totalmente dentro de las fronteras del vecindario. En buena medida, las razones de esta circunscripción eran las mismas: el transporte público no llegaba a todos los puntos del barrio y resultaba caro de costear para familias con ingresos mínimos y la mayor parte de las instituciones de cuidado que frecuentaban se ubicaban barrio adentro12. No obstante, el método etnográfico nos ha permitido reconocer dimensiones y procesos más profundos que se produjeron e intensificaron conforme se iba consolidando la gentrificación y que resultan centrales para analizar el modo en que se moldeaba la experiencia espacial infantil.

Tal como hemos puntualizado antes, la tensión entre quienes consideraban que en el Barrio Verde era necesario ampliar los espacios de cuidado destinados hacia lxs niñxs de sectores populares y quienes, por contraposición pregonaban el aumento de la presencia y el control policial sobre esa misma población fue in crescendo, hasta convertirse en tema central de agenda de las instituciones estatales y comunitarias del vecindario. Esta tensión atravesaba las conversaciones entre vecinxs y trabajadorxs, en el centro de salud, en el centro comunitario, en la escuela y en la asamblea barrial.

La moción securitista fue ganando terreno con el correr del tiempo y en 2018 se materializó al instalarse la primera Comisaría del Barrio, en un predio estatal donde muchxs hubieran querido ver una plaza con juegos para niñxs y bancos para reunirse en familia. Esta decisión tuvo impactos importantes en los usos que lxs niñxs y también lxs jóvenes pertenecientes a sectores populares hacían del espacio y modificó radicalmente su experiencia urbana. Una de las consecuencias inmediatas fue el aumento de los controles que la policía puso en práctica en los accesos al barrio. Según lxs niñxs con quienes hemos interactuado, ese control no se impartía igualitariamente sobre todas las personas que querían transitar por ese sector, sino que recaía específicamente sobre la población más pobre, más joven y racializada del barrio, que habitualmente transitaba los puentes de acceso caminando, en motos o bicicletas. Paralelamente, lxs vecinos con más recursos económicos, entraban y salían del barrio en autos y camionetas, pero ellxs nunca eran demorados por la policía. Los niños, especialmente los niños varones, que en este contexto eran quienes estaban más habituados (y habilitados por sus cuidadorxs) para andar por las calles del barrio, fueron los más afectados por las nuevas medidas y, en las entrevistas que sostuvimos, describieron con detalle en qué consistían esas prácticas de control.

Enrico (10) me explicó que la policía los paraba cuando iban a cruzar los puentes (de acceso al barrio), que les preguntaban cosas, a él y a sus amigos. Querían saber sus nombres, dónde vivían, a dónde iban. Contó también que a veces revisaban las mochilas o las bolsas. A veces les pedían que saquen sus cosas de a una, otras veces los policías tomaban las mochilas en sus manos, las volteaban y sacudían hasta que cayeran al suelo todas las cosas que llevaban dentro. (Notas de campo, Morano, 2018)

En esa misma conversación, Enrico y sus amigos hablaron sobre cuánto les afectaba e indignaba la situación. El miedo o la impotencia surgían como emociones que impregnaban su experiencia espacial (Rodó Zárate, 2021) restringiendo sus posibilidades de entrar y salir del barrio. Sin embargo, ese condicionante no tuvo un efecto completamente paralizante puesto que, tal como ellos mismos referían en las entrevistas que sostuvimos, habían surgido distintas estrategias grupales para intentar sortear ese escollo que se les presentaba a diario. Entre esas acciones, que a veces eran casuales y otras veces deliberadas, había surgido la idea de afrontar el control policial vestidos con el guardapolvo blanco que usaban para ir a la escuela, aunque estuvieran yendo a otros lugares y aunque transitaran en horarios ubicados por fuera de su turno escolar. En general, aunque no siempre, esa puesta en escena del “niño escolarizado” –que apelaba a la imagen estereotipada de infancia que Rabello de Castro (2001) denomina “ideal doméstico” y que supone que los niños deben moverse entre la escuela y la casa–, daba buenos resultados. De este modo, personas como Enrico y sus amigos ensayaban alternativas para relacionarse con el estamento estatal de control que les permitieran salir del barrio evitando confrontaciones directas.

Foto N°2. Niños recorriendo las calles del Barrio Verde. Fotografía tomada por Luisina Morano.

Este pasaje de campo también nos permite poner de relieve que tanto la movilidad, como la experiencia urbana de manera más general, nada tiene de neutral, sino que se articula de formas muy variables de acuerdo a los clivajes que se intersectan configurando las experiencias en contextos específicos. En este caso, la posición de clase y la pertenencia generacional se articulan de modo complejo con el género y la etnicidad. Una mirada más profunda sobre estas articulaciones nos permite establecer algunas jerarquizaciones y desandar presupuestos/ordenamientos naturalizados/intuitivos.

En este sentido, y en primer lugar, resulta importante destacar que en la escena que nos devuelve el trabajo de campo se configuran posiciones de desigualdad que desafían el ordenamiento del patriarcado en abstracto, pues son los niños (varones) quienes habitan las posiciones más desfavorables frente a los controles policiales que limitan las posibilidades de circulación a través de la ciudad. Ante los ojos de los uniformados, ellos son “más peligrosos” que ellas, y eso los ubica en una posición más vulnerable. Pero la dimensión sexogenérica no explica por sí sola el modo en que se configuran las experiencias espaciales de nuestros interlocutores. La edad también se torna un dato relevante y el adultismo también se hace presente, porque, en este caso, a las jóvenes generaciones se les adjudica un potencial de peligrosidad que otros adultos (que también son varones, pobres e indígenas o descendientes de) no tienen.

A la vez, sería imposible dar sentido al modo en que se configuran las posiciones de desigualdad al transitar por el barrio, sin considerar la manera en que género y generación se entraman con la clase y procesos más amplios de racialización. Cuando las fuerzas policiales realizaban los controles que narraban nuestros interlocutores, también estaban operativizando un tipo de racismo que hunde sus raíces en la historia larga del estado argentino que, desde sus inicios, ha negado tanto a las poblaciones afrodescendientes como a los pueblos indígenas, canonizando las pieles blancas y las prosapias europeas como únicos estandartes de lo deseable (Briones, 1998).

No obstante, un enfoque interseccional nos permite advertir el modo en que este trasfondo histórico de discriminación por motivos étnicos se combina con otras dimensiones como la edad, el género y, sobre todo, la pertenencia de clase. Desde esta óptica, también podemos advertir que en la lógica de esos mecanismos racializados de control, algunas variables operan más fuertemente que otras. En este caso proponemos que es la clase la dimensión que engloba y codifica al resto de los clivajes en juego. Tal como mencionamos al principio, la mayor parte de lxs niñxs del barrio pertenecían a familias indígenas, tenían tez morena, ojos y cabello oscuro. Sin embargo, también había niñxs mestizxs y familias provenientes de provincias del noroeste argentino en donde la migración de Europa del este ha sido muy intensa. Ellxs tenían generalmente tez blanca y, en muchos casos, ojos claros y cabellos rubios. No obstante, ante la mirada policial todos los niños pertenecientes a sectores populares del barrio resultaban igualmente “peligrosos”. Conceptualmente podemos identificar que el mecanismo que codificaba la mirada policial se sustentaba en una forma del racismo muy presente en Argentina –y también en algunos países de América Latina–, a la que otrxs investigadorxs han denominado “racismo por apariencia” (de la Cadena, 2008; Caggiano, 2023). En esta versión del fenómeno, el fenotipo deja de ser la variable central que digita la escena y cobran relevancia otras dimensiones como los diacríticos distintivos de la pobreza (las ropas desteñidas, las gorritas con visera, los dientes desalineados, cabellos engrasados, zapatillas rotas) que pasan a constituirse en principales ordenadores de la mirada policial. De este modo, mecanismos de racialización enclasados y atravesados por la persistencia de lógicas minorizantes contorneaban las intervenciones estatales que se materializaban mediante las prácticas policiales. Esa forma de ejercicio del poder configuraba dinámicas socio espaciales que generaban nuevas desigualdades e intensifican las preexistentes, poniendo de manifiesto que, al moverse por el barrio y la ciudad, algunos cuerpos están mucho más expuestos al control, la vigilancia y por añadidura al daño que otros.

5. Reflexiones finales

Tomando como insumo nuestras propias investigaciones etnográficas realizadas en barrios periféricos de ciudades medias bonaerenses, en este artículo hemos operativizado un abordaje interseccional de las experiencias urbanas infantiles. De ese análisis surgen resultados significativos tanto para caracterizar la heterogeneidad de las vivencias como para agudizar las herramientas teórico-metodológicas que utilizamos para examinarlas.

En primer lugar, resulta importante destacar que, aunque las experiencias de las personas se componen de distintas dimensiones que no pueden ser pensadas por separado, porque suceden “siempre y al mismo tiempo”, es posible –tal como propone Yuval-Davis (2006)– identificar jerarquías que son analíticamente relevantes para comprender cómo se (re)producen las desigualdades en cada caso específico. Así, observamos que, en los dos barrios considerados para el estudio, la edad y la clase operaban como variables que condicionaban a todas las demás. Transitar la niñez, tal como esta era definida en cada caso, habilitaba usos intensivos de los espacios públicos de los barrios. En esa línea, aunque en El Mate la nacionalidad, y la posición de género se perfilaban como ejes de desigualdad significativos, la posición de clase imponía para lxs niñxs la permanencia en el barrio y habilitaba un circuito de cuidados que digitaba en buena medida su experiencia espacial. De modo similar, en el Barrio Verde hemos advertido que la experiencia urbana de los niños pobres estaba signada por formas de racialización propias del contexto argentino en donde los diacríticos asociados a la posición de clase actuaban como los principales detonantes de controles policiales que obturaban ostensiblemente su posibilidad de entrar y salir del barrio.

En segundo lugar, como advertimos, los clivajes que resultan significativos en cada contexto exceden la clásica tríada de opresión mínima (raza/clase/género) y no están determinados a priori. En ese sentido, recuperamos el abordaje etnográfico en sus posibilidades de relevar cuáles son las relaciones que modelan las dinámicas sociales en cuestión, para distinguir cada vez qué dimensiones efectivamente se entrelazan dando lugar a formas particulares de desigualdad. Esta perspectiva nos ha posibilitado replantear en un principio los interrogantes de investigación. No se trató entonces de dilucidar “qué implicaba” ser niño y pobre, por ejemplo, en los barrios de nuestras pesquisas buscando caracterizar una posición. Más bien, el desafío consistió en aproximarnos a las niñas y niños con quienes trabajamos con un puñado de preguntas amplias sobre su espacialidad. Fueron entonces los fragmentos etnográficos reunidos a lo largo de algunos años los que nos han mostrado que, en torno a la edad, y de manera inescindible a la posición de clase, se organizaban prácticas y afectos variables, así como relaciones que modelaban diferencialmente la movilidad, el juego o los vínculos infantiles. De este modo, nuestras preguntas por la niñez (en parte por anclarse en lo etario y en parte por la dinámica de un campo en que se vuelve necesario caracterizarla) han puesto de relevancia una de las dimensiones que modela la mayoría de las relaciones, aunque suela quedar invisibilizada cada vez que la adultez, en tanto norma, se da por sentada.

En tercer lugar, mostramos algunas contribuciones que surgen al incorporar el espacio al análisis de las desigualdades. De una manera, se trata de aportes de índole metodológico, ya que en tanto atiende a los lugares concretos donde la vida sucede, propicia un abordaje situado. Complementariamente, la espacialidad, modelada desde específicas posiciones sociales, es en sí misma productora y reproductora de situaciones de privilegio u opresión y de ese modo se enlaza a los restantes clivajes participando de las dinámicas de desigualdad.

Otras investigaciones que focalizaron en la experiencia urbana de niñxs de clases medias y altas utilizaron la metáfora de la burbuja para referirse a la socialización centrada en los countries o barrios cerrados (Del Cueto, 2006), que tiene puntos en común con los circuitos comprendidos entre plazas de juegos y departamentos (Gülgönen y Corona, 2019) en tanto refuerzan el distanciamiento entre sectores sociales. Lxs niñxs pobres que habitan barrios periféricos de localidades medias también presentan una “socialización burbuja”, pero a diferencia de otros sectores socioeconómicos en donde subyace una elección deliberada (propia o parental) de circunscripción socio-espacial, en su caso la imposibilidad de perforar la burbuja representa uno de los modos en que más claramente se expresa la posición de subalternidad a la que están expuestos. Esto sin negar el contraste entre las condiciones de vida, la calidad de los servicios o los recursos accesibles en cada caso.

Finalmente, hemos identificado cómo la espacialidad y los afectos se entrelazan, generando sensaciones de bienestar o malestar que pueden eventualmente operar como (re)productoras de desigualdades (Rodó Zárate, 2021). Así, hemos identificado que el miedo o la percepción de peligro se concentran en algunos cuerpos más que en otros y pueden, en ocasiones, restringir el acceso a la ciudad. En contraparte, también hemos podido advertir el modo en que las tramas afectivas que lxs niñxs construyen entre sí, sus estrategias grupales y sus alianzas intergeneracionales les permiten superar obstáculos y expandir sus horizontes de posibilidad.

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1 Utilizamos la x como forma de lenguaje no binario.

2 Emplearemos las comillas para señalar palabras textuales empleadas en entrevistas o conversaciones informales durante el trabajo de campo.

3 En ambas investigaciones trabajamos con consentimiento informado previo y continuo, y preservación del anonimato. Además, y siguiendo la noción de “simetría ética” para la investigación social con niñxs (Christensen y Prout, 2002) generamos explicaciones sobre nuestro trabajo que pudieran ser accesibles para personas de distintas edades de modo que todxs pudieran decidir si querían participar (o no).

4 Quiénes eran niñxs fue una pregunta que se respondió etnográficamente en ambas investigaciones coherentemente con el posicionamiento teórico-metodológico explicitado. Es en la relación entre grados de edad que en cada caso se definió la niñez. Así, lxs “niñxs” con quienes desarrollamos nuestras etnografías tenían entre 3 y 13 años al momento de los trabajos de campo.

5 Retomamos la expresión que titula el libro del antropólogo argentino Ramiro Segura (2015) donde analiza la experiencia urbana de la ciudad de La Plata desde su periferia.

6 El libro de reciente publicación “Niñez Plural. Desafíos para repensar las infancias contemporáneas” (Szulc et al, 2023) profundiza en estas claves conceptuales desde las ciencias sociales y presenta investigaciones recientes llevadas adelante en Argentina desde una mirada antropológica de la niñez.

7 En este artículo decidimos centrarnos en el análisis del espacio sin profundizar en la virtualidad. No obstante, identificamos la necesidad de explorar a futuro esta dimensión que se ha vuelto muy significativa en las experiencias infantiles, en especial, a partir de la pandemia.

8 Distintas producciones recientes han propuesto modos de operativizar esa inclusión (Parodi y Montenegro, 2023; Winckler, 2023, entre otrxs).

9 Con frecuencia, lxs argentinxs que vivían próximxs omitían la distinción entre niñxs migrantes e hijxs de paraguayos y referían a todxs ellxs como extranjeros, aunque hubieran nacido en Argentina.

10 Tanto niñas como niños usaban los espacios públicos de “sus barrios”. Sin embargo, el vínculo de las mujeres con el espacio doméstico, visibilizado históricamente en contraposición con la práctica masculina del “afuera”, regulaba mayormente la cotidianeidad de las niñas y figuraba para ellas un régimen moral (Hernández, 2016).

11 Los miedos en relación a los usos del espacio público por parte de las niñas eran mayores que aquellos que suscitaban los niñxs. Además de los mencionados, en su caso giraban también en torno a su sexualidad y las preocupaciones (y en ocasiones restricciones) aumentaban a medida que crecían (Hernández, 2016).

12 El transporte público de colectivos comenzó a circular por el Barrio Verde recién en 2019.