Universidad Nacional de General Sarmiento
Instituto de Desarrollo Económico y Social
Clase media, emociones y género en las protestas del magisterio argentino de los años veinte del siglo XX
Tesista: Cintia Mannocchi
Directora: Mercedes López Cantera
Miembros del Jurado de Defensa: Mónica Bartolucci, Sandra Gayol, Sergio Visacovsky
Fecha de defensa: 6 de mayo de 2025
La tesis se inscribe en el campo de los estudios sobre la formación de la identidad de clase media en Argentina, un fenómeno complejo y multifacético que ha sido objeto de análisis desde distintas perspectivas historiográficas abocadas, por ejemplo, a los estudios de familia, a la historia de las ideas y de las prácticas de consumo.
Tras asumir que la identidad de clase no es una realidad estática sino un proceso dinámico y relacional, la investigación se propuso explorar su construcción y consolidación al interior de un sector específico de la sociedad argentina: el magisterio. Y en un periodo histórico complejo, los años 1920, signado por la apertura democrática luego de la promulgación de la Ley Sáenz Peña, las consecuencias económicas de la posguerra, la radicalización de las izquierdas después de la Revolución rusa, la reacción de las derechas ante el “peligro rojo”, los problemas políticos tras el fin del régimen oligárquico y la consolidación de la cultura de masas entre los sectores populares urbanos.
El variado corpus de fuentes visitadas incluyó prensa masiva, prensa docente, prensa militante, expresiones artísticas, revistas científicas, ensayos y actas de congresos. En su análisis hicimos hincapié en las categorías clasificatorias y en los elementos utilizados por quienes se identificaban como “clase media” o distinguían a otros de ese modo. Se sumaron a la dimensión teórica y metodológica del trabajo conceptos y herramientas de la historia de las emociones y de los estudios socioculturales. En ese sentido, propusimos una hipótesis según la cual la construcción identitaria de clase media en la docencia cuenta con una existencia temprana y cuya construcción, en el lapso histórico abordado, se sirvió de las emociones y valoraciones de género extendidas entre quienes integraban este heterogéneo colectivo social.
Los cinco capítulos de la tesis intentaron hilvanar una hebra entre la presencia de la clase media en el período y la presencia de la clase media como fundamento identitario del colectivo docente, especialmente, en sus acciones de protesta. En el primer capítulo, abordamos el campo discursivo en torno al uso y definición de la expresión “clase media” en la literatura popular y militante con el propósito de reconstruir la estructura de sentimiento de la sociedad. Se analizó cómo se instaló la categoría, cómo fue construida y utilizada por los distintos autores que se autoadscribían como integrantes de la clase o percibían a otros y otras dentro del colectivo. Todo ello a partir de la forma en que fueron asignadas ciertas formas de intimidad (casta, hipócrita, sufriente) a sus integrantes y en las cuales se entrelazaban género, emociones y clase, tanto en piezas literarias populares con un componente romántico como en piezas de crítica social provenientes de la izquierda revolucionaria. En estas últimas se destacaba la presencia de una clase media traidora, presa de las apariencias, mezquina, carnera y afeminada por su sumisión y silencio ante la explotación. Aun así, les cabía el intento –sobre todo dentro del espectro anarquista– de cooptarla para la causa rebelde, concibiéndola como una identidad extendida que merecía ser interpelada en el contexto de expansión de ideas radicalizadas luego de 1919.
Avanzando sobre los sentidos que a principios de la década de 1920 se le otorgaban a la clase que nos ocupa, el segundo capítulo analizó la manera en que la prensa masiva señalaba fronteras sociales y simbólicas de clase en una coyuntura de alta conflictividad obrera y de problemáticas económicas ligadas a la posguerra. Se focalizó en las emociones que convertían a ciertos individuos y grupos en parte de una misma comunidad emocional, la clase media, en el marco del régimen emocional de la democracia ampliada. Aquí se advirtió que la expresión “clase media” corría con aparente naturalidad a lo largo de muy distintas vertientes ideológicas y de muy disímiles discursos. La utilización de la expresión era producto de un proceso de identificación de trabajadores y trabajadoras no manuales, empleados de escritorio usualmente, cuyas formas de expresión emocional preponderantes eran la vergüenza y el sufrimiento oculto. Sus hábitos corporales eran los vinculados a la docilidad, la humillación y el dolor silente (características de lo femenino), en contraste a la arrogancia altiva de los encumbrados y el orgullo de clase de los obreros que, con sus sindicatos y en cada huelga, daban muestra de la fortaleza de su cuerpo. A ese respecto, circulaban con frecuencia sintagmas –e imágenes asociadas a ellos– tales como “pobre hombre”, “empleadito de oficina” y “hombre sándwich” para referir a la clase media.
El tercer capítulo es complementario de los dos primeros en la medida en que estudia la faz formativa de la identidad de clase entre las y los docentes a través de un análisis discursivo que resultó esclarecida por las publicaciones del magisterio, la prensa masiva y los sentidos otorgados a la docencia como un sector de clase media hallados en la pluma de un solo docente, Luis Sixto Clara, quien fue parte de la huelga de maestros en Capital Federal en 1912 y del conflicto docente en la misma ciudad en 1925. A nivel global, se ofreció aquí sobrada evidencia de la autodenominación docente como clase media y de las emociones circulantes y posiciones de género presentes en discursos docentes similares. Éstas fueron abordadas en el capítulo primero y en el segundo y terminaron por componer una especie de agenda pública emocional de clase puesto que no sólo aglutinaba al magisterio, sino también a diversos colectivos en aras de integrarlos a una misma comunidad sufriente y avergonzada de su condición. A partir de una emocionalidad diferenciada respecto de otras más asociadas con los extremos de la sociedad, la docencia fue cimentando su identidad en base a los mismos tópicos que articulaban el discurso de y sobre los trabajadores intelectuales y los empleados calificados por la prensa y la literatura como clase media. Estos tópicos hablaban de un sufrimiento frente a las “fallas” de la meritocracia, de la vergüenza ocasionada por una condición material más lamentable que la de los obreros, de la aversión a los privilegios y la inmoralidad de la oligarquía, del temor a un concepto social rebajado, del orgullo por una condición moral juzgada como superior a la del resto de la sociedad y, en no menor medida, también de una moral desde la cual se miraba con desdén a la política y a la democracia como herramientas indispensables en el mejoramiento individual y social. Las recurrencias halladas dentro del discurso del magisterio y en los discursos dirigidos a la docencia coinciden con los temas y experiencias que, en la prensa y en la literatura, se asociaban con la “clase media”, allí cuando el concepto que se utilizaba provenía de distintas apelaciones sociales, orientaciones ideológicas y objetos de la cultura. Y, especialmente, cuando quienes hablaban se consideraban a sí mismos componentes de esta clase.
A partir de la premisa basada en que las identidades sociales se revelan y rebelan en la confrontación, en los siguientes capítulos se trató la huelga del magisterio en Santa Fe (1921) y el movimiento de protesta causada por las masivas exoneraciones de docentes en Capital Federal (1925), confrontaciones de magnitud excepcional en la época y hasta fines de los años 1950. El repertorio discursivo en torno a la huelga santafecina, materia prima del cuarto capítulo, permitió la comprensión de la identidad de clase como permeada por las voces y posiciones del gremio docente, los políticos, los grupos de izquierda, la opinión pública y los sectores conservadores. Todos estos pusieron a rodar distintas interpretaciones sobre la clase social del magisterio y generizaron y emocionalizaron la huelga dependiendo, por un lado, de sus intereses sectoriales y, por otro, de las fronteras de clase que quisieran delimitar. El alto porcentaje de mujeres docentes no contribuía a que la autopercepción de clase trabajadora prevalezca en el gremio y la minoría de docentes varones, al contar con un trabajo representado como femenino, soportaba una posición social inferior frente a maestras que, al realizar actividades privadas coincidentes con las públicas o sociales, veían resaltado su estatus. Durante el conflicto, los varones debieron robustecer su discurso a través de la imagen del “proletario intelectual” sostén de familia. La prensa favorable a la huelga y la voz oficial del gremio terminaron así por masculinizar la medida con la mira puesta en afianzar sus fines, afirmar sus necesidades materiales y legitimar demandas que refutaban los imaginarios preponderantes alrededor de la docencia como colectivo de clase media. La masculinización se expresaba, además, a partir de un delicado equilibrio gatopardista que acercaba y alejaba a los maestros del proletariado a causa del temor que entre ellos existía tanto a representar rasgos femeninos como a parecerse demasiado a los obreros. A su vez, la expresión y modulación de las emociones ante el conflicto, dadas dentro y fuera del colectivo docente, hacían del miedo parte fundamental del entramado disciplinario de una época en la que resultaba esencial mantener el orden y el control social frente a la amenaza maximalista. Sin embargo, se trataba de miedo que, sobre todo, estaba relacionado con una vergüenza de clase que funcionaba como contracara de una vergüenza de género ya que, por ejemplo, abandonar las actitudes de “señorita” al participar de la protesta significaba que la familia de la maestra aludida perdiera su condición de clase.
El último capítulo abordó el conflicto docente iniciado en Buenos Aires en abril de 1925, conflicto que se desencadenó debido al suicidio de una maestra “postergada en su cargo por razones politiqueras” que llevó a la exoneración de quienes participaron del movimiento de protesta liderado por la Confederación Nacional de Maestros (CNM), hecho que, finalmente, provocó la renuncia de los miembros del Consejo Nacional de Educación. Durante seis meses, los principales diarios del país y el órgano de difusión de la CNM dieron parte de las denuncias cruzadas entre el magisterio y el Consejo. En las denuncias docentes observamos intereses e ideas de clase media que coincidían con las elevadas por sectores que a ella se integraban discursivamente y hallaban en la crítica a la política un punto de confluencia emocional al convertirla en la culpable por la falta de meritocracia y de igualitarismo en el marco de una democracia ampliada que no habría cumplido con sus promesas. Dilucidamos el modo en que las emociones y normas emocionales que atravesaban a la docencia y su discurso de clase podían descubrirse, ante la misma realidad contextual, en otros colectivos de trabajadores con funciones improductivas o tareas no manuales, por entonces, calificados por voces como “clase media verdadera” en tanto serena, sufrida, humillada y defraudada por el gobierno democrático.
El recorrido realizado permite determinar que el magisterio se veía representado e interpelado por una identidad de clase media, con efectos concretos en sus discursos y en sus protestas. Esta identidad era sentida como una experiencia íntima y generizada que la unía simbólicamente con otros colectivos e individuos que se categorizaban y se señalaban a sí mismos como “clase media” en múltiples medios escritos de circulación popular, haciéndolos parte de una misma comunidad emocional frente a las circunstancias sociopolíticas. Por su parte, la comprensión interseccional de las diferencias propició el reconocimiento de una identificación clasista que no estaba basada en elementos empíricamente clasificables (como el nivel de ingresos o la profesión), sino en todo aquello que no se formalizaba, pero se sentía. Y, como tal, no se reducía a un simple efecto de las necesidades hegemónicas de mantener el orden social, es decir, al éxito de un grupo dominante que puso a circular una expresión desde arriba para universalizar una ideología y controlar al grupo designado. Por el contrario, esta identidad emerge como producto de las relaciones materiales, de la experiencia y de las emociones que circulaban por debajo de la sociedad.