Francisco Santillán
Centro de Estudios Históricos – Universidad Nacional de Mar del Plata, Argentina
https://orcid.org/0000-0002-7130-1359
franciscosantillanr@gmail.com
Fecha de recepción: 15/07/2025
Fecha de aceptación: 05/09/2025
Este artículo indaga en el papel de la prensa local como agente productor de sentido durante el intento de golpe de Estado del 16 de junio de 1955, a partir del análisis del diario La Capital de Mar del Plata. Se parte de la hipótesis de que el periódico no sólo funcionó como caja de resonancia del discurso oficial, sino que desplegó una pedagogía emocional orientada a modelar la experiencia afectiva de la ciudadanía ante una situación de crisis. Lejos de una lógica meramente informativa, el discurso periodístico construyó marcos interpretativos que articularon emociones, legitimidad política y pertenencia nacional. A través del concepto de emotives de William Reddy, se examinan las formas en que las emociones fueron nombradas, evocadas y prescriptas, revelando cómo el lenguaje emocional operó como herramienta de disciplinamiento simbólico y de producción de una comunidad moral.
Palabras clave: Revolución Libertadora, Mar del Plata, Prensa escrita, Emociones, Bombardeo.
This article examines the role of the local press as a producer of meaning during the attempted coup d’état of June 16, 1955, through an analysis of the Mar del Plata newspaper La Capital. The central hypothesis is that the newspaper not only echoed the official discourse but also deployed an emotional pedagogy aimed at shaping the affective experience of citizens in a time of crisis. Far from a purely informative logic, its discourse constructed interpretive frameworks that intertwined emotions, political legitimacy, and national belonging. Using William Reddy’s concept of emotives, the article explores how emotions were named, evoked, and prescribed, revealing the ways in which emotional language functioned as a tool of symbolic discipline and as producer of a moral community.
Keywords: Revolución Libertadora, Mar del Plata, Print Press, Emotions, Bombing.
En el contexto de la modernidad, la prensa escrita desempeñó un papel clave en la configuración de identidades colectivas, al permitir la conformación de comunidades imaginadas que compartían relatos, valores y símbolos comunes (Anderson, 2006). Sin embargo, su influencia no radica únicamente en la difusión de información o ideas políticas, sino también en su capacidad para movilizar afectos. A través de estrategias discursivas específicas, los medios contribuyen a modelar las emociones públicas, construyendo climas de opinión, jerarquías morales y antagonismos sociales. Pese a ello, los estudios históricos sobre la prensa –y en particular aquellos centrados en la Argentina del siglo XX– han tendido a privilegiar los aspectos ideológicos y narrativos de los discursos periodísticos, dejando en segundo plano el análisis de su dimensión emocional.
Este artículo se propone abordar esa zona menos explorada mediante el estudio de las formas en que el diario La Capital de Mar del Plata intervino en la escena política tras el bombardeo de Plaza de Mayo del 16 de junio de 1955. La elección de este diario local corresponde a la gran circulación que este tenía y las particularidades de Mar del Plata. La dinámica política de esa ciudad durante las décadas del ’40 y ’50 tuvo rasgos propios respecto de otros contextos del país. Aunque en las elecciones de 1946 se impuso la fórmula de la Unión Democrática, lo hizo por un margen estrecho. Las dirigencias sindicales locales mostraban una actitud reticente hacia el peronismo; sin embargo, las bases obreras –fortalecidas desde la década del treinta– no se oponían necesariamente a los lineamientos sociales impulsados por Perón. Esta tensión entre dirigencias y bases se reflejó en el giro electoral de 1948, cuando el Partido Peronista logró imponerse en la ciudad y obtuvo por primera vez la intendencia (Pastoriza, 2004: 98).
A fines de 1954 y durante 1955, el peronismo enfrentó conflictos con diversos actores políticos que se rearticularon tras el enfrentamiento con la Iglesia, conformando un bloque opositor heterogéneo que consideraba que solo un golpe de Estado podía desplazar al gobierno. En este clima de confrontación, el 11 de junio de 1955 la oposición “ganó la calle”, espacio que hasta entonces había permanecido bajo la influencia del peronismo. La movilización reunió a miles de manifestantes de distintas procedencias políticas –socialistas, comunistas, nacionalistas y radicales– bajo la consigna “¡Viva Cristo Rey!”. La jornada culminó con el incendio de una bandera argentina, hecho que el gobierno atribuyó a un gesto “antinacional” de la oposición, aunque más tarde se supo que había sido provocado por agentes de la propia policía. Como respuesta, el oficialismo convocó a un acto de desagravio para el 16 de junio, fecha que se convertiría en un hito trágico de la historia política argentina.
El bombardeo de Plaza de Mayo del 16 de junio de 1955 no puede entenderse de manera aislada, sino como parte de un proceso de escalada política y militar que desembocó en el golpe de septiembre de ese mismo año. La derrota de la sublevación de junio fortaleció a los sectores opositores al peronismo y marcó un precedente para las acciones posteriores ya que el bombardeo de Mar del Plata es el punto culminante, desde una óptica de la historia política y de la guerra, de una metodología de confrontación que se abre en junio y que a partir de septiembre se intensifica ya que esa misma marina aeronáutica bombardea Río Colorado en Rio Negro y Saavedra en Buenos Aires. Mar del Plata representa el cierre de la ofensiva, de una utilización de violencia política específica, que se inicia en junio y que se cierra el 19 de septiembre. En este sentido, los eventos de junio y septiembre se encuentran vinculados por la continuidad de los conflictos cívico-militares, la polarización social y la construcción de narrativas públicas en torno a la violencia que legitimaban u objetivaban a los distintos actores políticos implicados.
Este acontecimiento ha sido abordado tanto por la literatura que retomó el traumático acontecimiento (Briante, 1964; Orphée, 1961; Piglia, 2006; Saccomanno, 2003) como por la historiografía que lo explicó desde diversos enfoques. Los primeros análisis, en clave ensayística, fueron realizados por Tulio Halperín Donghi (1961) y José Luis Romero (1965), quienes destacaron la escalada violenta del período y compararon los ataques de la Armada con la quema de iglesias ocurrida esa misma noche. Por otro lado, trabajos como los de Potash (1982) y Rouquié (1983) situaron el bombardeo como un punto de inflexión en la relación entre el peronismo y sus opositores cívico-militares. Historiadores como Isidoro Ruiz Moreno (1994), Sáenz Quesada (2010) y Gambini (2007) enfatizan la responsabilidad del gobierno de Perón en el clima de violencia. En los últimos años diversos artículos y capítulos de libros han abordado lo sucedido el 16 de junio en el marco de los conflictos del peronismo que desembocaron en el golpe de Estado de septiembre de 1955. En una línea más reciente, Daniel Cichero examina la gestación y ejecución de la operación aérea, mientras que Julián López (2025) reúne testimonios y relatos literarios que dan cuenta de su impacto en la memoria social. Por su parte, la compilación editada por Juan Besse y María Graciela Rodríguez (2016) así como el trabajo de Besse y Kawabata (2007), han articulado enfoques historiográficos, visuales y de memoria, aportando a la comprensión de las huellas sociales y culturales del ataque. También se ha comenzado a abordar a la prensa como actor político analizando como estos construyeron un relato respecto de las víctimas fatales (Balandron y Gringauz, 2016; Mckinze, 2023). En conjunto, esta producción ha permitido consolidar al bombardeo como objeto de investigación y memoria, aunque aún resta profundizar en la dimensión emocional y en el papel que desempeñó la prensa en su construcción pública. En lo que respecta a la prensa local, no existen trabajos que aborden la crisis política del peronismo en general ni la masacre de Plaza de Mayo en particular; sí se han publicado artículos que analizan el diario durante el período en que el peronismo gobernó la ciudad (Quiroga, 2007; Rompato, 2015), aunque lo hicieron desde una perspectiva centrada en el estudio del discurso político.
Nuestro enfoque se centra en los recursos discursivos que el periódico utilizó para promover determinados estados emocionales –como la indignación, el miedo, la calma vigilante o el odio– con el propósito de reforzar la identificación con el gobierno peronista y deslegitimar a sus opositores. La narrativa de La Capital no se limita a informar los hechos, sino que construye un entramado moral en el que acciones y actores se evalúan según criterios como honor, valentía o traición. Estas categorías funcionan como disposiciones emocionales que motivan la aparición de sentimientos concretos –indignación, orgullo, vergüenza– orientando la interpretación de los acontecimientos y la identificación del lector con ciertos valores políticos. Desde la filosofía de las emociones (Nussbaum, 2001), las emociones no son meros afectos pasivos, sino fenómenos cognitivos y valorativos: experimentarlas implica juzgar el mundo y asignarle significado moral. En este marco, la prensa actuó como mediadora, produciendo marcos que definieron qué conductas y actores eran legítimos o censurables, regulando qué emociones podían expresarse públicamente y cuáles debían reprimirse. Estas apelaciones afectivas no constituyen expresiones espontáneas, sino que forman parte de una estrategia de movilización simbólica orientada a generar consenso en un contexto de crisis. Las emociones y moralidades que circulan en el discurso periodístico no son universales ni estables: su sentido depende de quién las enuncia, de la posición política que ocupa y del momento histórico en que se expresan, mostrando que el periódico funciona como un dispositivo de organización y regulación de la emocionalidad pública.
Analizar la emocionalidad de los textos públicos requiere, por tanto, atender a los recursos retóricos –como metáforas, énfasis o metonimias– como a la circulación social de esas expresiones, que generan efectos concretos y contribuyen a configurar comunidades emocionales articuladas con proyectos políticos específicos (Gayol, y Bartolucci, 2024). Retomando los aportes de William Reddy (2001) sobre los emotives, así como las contribuciones recientes sobre emociones y política en el discurso mediático (Bartolucci y Favero, 2021; Charaudeau, 2011; Bonhomme y Horak, 2010), analizaremos los editoriales y notas principales del diario entre junio y julio de 1955. Prestaremos especial atención al uso de metáforas, adjetivaciones y dicotomías morales que permitieron articular una narrativa épica del conflicto, con héroes y traidores, víctimas y agresores. Entendemos que el estudio de estos elementos resulta clave para comprender cómo la prensa construyó una comunidad emocional afín al oficialismo y contribuyó, desde el discurso, al disciplinamiento de las emociones públicas. En esta línea, como sostienen Gayol y Bartolucci (2024: 14) “las emociones son indisociables de las confrontaciones políticas, la competencia electoral, las luchas ideológicas, las movilizaciones callejeras e incluso la polarización política en las sociedades contemporáneas”, por lo que su análisis resulta fundamental para comprender las formas en que se tramita el conflicto político en el espacio público.
El artículo se organiza en tres partes. En primer lugar, se presenta una contextualización del diario La Capital y su posicionamiento político. En segundo lugar, se examina su reacción discursiva frente al bombardeo del 16 de junio y sus consecuencias inmediatas. Finalmente, se analiza el modo en que el periódico articuló una retórica emocional destinada a intervenir en la opinión pública, generando adhesiones, reforzando antagonismos y encuadrando los hechos dentro de una lógica de confrontación moral.
El diario La Capital fundado por el hacendado Victorio Tetamanti el 25 de mayo 1905, es uno de los diarios más importantes y de mayor circulación en la ciudad hasta la actualidad. En 1955, el diario cumplió y festejó sus cincuenta años con un tomo especial “Las bodas de oro”. Allí en su primera página justifica su existencia señalando que era un hecho fundamental en la historia de la ciudad, ya que la misma necesitaba de “un vocero serio”. Es decir, el diario se autorepresenta como el reflejo de una necesidad de los marplatenses. En esa misma presentación, pone de manifiesto un discurso sobre sí mismo, entendiéndose como una “tribuna de ideas” vinculada al progreso de la ciudad y la nación que “entraba al hogar como un valor consejero”.1 En este sentido, es fundamental entender la autoimagen del diario y sus posicionamientos políticos en términos nacionales y locales han ido mutando a lo largo del tiempo. Sobre este punto, vale la pena destacar que esta visión que tiene el diario respecto de su historia tiene más que ver con el diario en la década del ‘50 que de su fundación ya que su fundación en 1905 responde a una polémica entre el diario El Progreso y el Señor Miguel A. Martínez de Hoz (quién era comisionado municipal desde octubre de 1903 hasta el 22 de junio de 1906) en este contexto Tetamanti miembro del Partido Conservador funda La Capital para dar apoyo al comisionado.
Durante el período que nos ocupa, el periódico tenía una tirada diaria, con una edición de seis páginas. Su impresión se realizaba mediante máquinas Linotipo, en blanco y negro y en formato sábana. El precio del ejemplar era de 0.502 al igual que otros diarios como La Mañana que buscaban disputarle el mercado lector.
En su primera página, solía contener noticias de carácter nacional e internacional, estas últimas ancladas en la Guerra Fría y las relaciones entre Estados Unidos y la Unión Soviética. El editorial se ubicaba en la página tres y era redactado por Tomás Stegagnini, oriundo de Santa Fe, quien se incorporó al diario en la década de 1930 tras una serie de problemas económicos que afectaron a Victorio Tetamanti. Stegagnini militante del Partido Demócrata Progresista (Bocanegra Barbecho, 2007:108) dirigió el diario desde 1931 hasta noviembre de 1955, cuando, tras la derrota del proyecto que impulsaba un ánimo de integración y pacificación de Eduardo Lonardi y la asunción del general Pedro Eugenio Aramburu, se vio obligado a abandonar su cargo. En 1957 retomó la dirección en conjunto con Agustín Rodríguez, desempeñando en ese rol hasta su fallecimiento el 25 de septiembre de 1961. El diario también incluía una sección especial, generalmente en la misma página que la nota editorial, titulada ‘Cocktail del día’. Esta columna, escrita por Agustín Rodríguez, ofrecía una reflexión sobre la política local y nacional con una narrativa irónica, un lenguaje coloquial y frecuentes analogías deportivas de la época. La pauta publicitaria del diario era variada. A partir de ella, es posible inferir que se dirigía principalmente a una clase media y/o trabajadora vinculada al sector terciario, probablemente residente en el centro de la ciudad. En sus páginas se observa publicidad de empresas locales, así como de firmas internacionales como Philips, Shell o Goodyear. Este tipo de anuncios no sólo permite identificar al lector ideal que el diario buscaba interpelar, sino que también revela las proyecciones de los auspiciantes, quienes consideraban que sus productos podían encontrar un mercado potencial entre los lectores del periódico.
El diario fue adaptándose en términos políticos a medida que el peronismo se consolidaba en el poder y lograba la victoria electoral en el municipio. En un primer momento (1945) la línea editorial se mantenía alejada de la figura de Perón. Sin embargo, luego de la victoria de la fórmula Perón-Quijano, el diario se alineó nuevamente con el oficialismo para consolidarse como un periódico filo-peronista (Quiroga, 2007:128) o como lo caracterizó Mario Trucco,3 La Capital devino en un diario “oficioso”.4 Esta relación entre el peronismo y el diario quedó reflejada en su aniversario anteriormente mencionado. En la edición de sus ‘bodas de oro’, compuesta por 265 páginas, se destinan 25 a artículos que destacan los logros del peronismo a nivel nacional, provincial y local. Además, se incluye una crónica sobre la visita de Eva Duarte a Mar del Plata en mayo de 1948 y la presencia de Juan Domingo Perón el 10 de marzo de 1954. En este mismo sentido, en su página número tres, el diario realiza una reivindicación del estatuto del periodista decretado en 1944 y la importancia que tuvo a la hora de elevar a los periodistas como profesionales de la pluma, permitiéndoles la agremiación, “amparo para su salud, jornadas de descanso”5 y salarios que le permitían ejercer el periodismo en términos profesionales. En este sentido, el diario sostiene que el presidente, a través de su decreto, “dignificó” a aquellos trabajadores [los periodistas] que “componen la gran masa pensante y laboriosa de la nación”, de esta forma la figura de Perón aparece como el garante de “la alegría del pueblo y el enaltecimiento del gremio”, ya que con los derechos obtenidos, los periodistas alcanzan “todo lo que el hombre necesita para ser feliz”.6 En este caso, además de sellar una estrecha relación entre la empresa periodística y el gobierno, notamos de qué modo el diario se inscribe en una política de las emociones, en las cuales la felicidad7 se explicita a partir de las mejoras en las condiciones materiales, y esa felicidad ha sido posible alcanzar gracias al accionar del presidente y sus políticas sociales. Por lo tanto, podemos observar como el diario se encuentra alineado con la política emocional del peronismo en el que la felicidad del pueblo constituía un objetivo político central, particularmente para aquellos sectores históricamente atravesados por el sacrificio y el dolor (Gayol, 2023).
Para analizar el posicionamiento de La Capital frente al bombardeo del 16 de junio llevado a cabo por la aviación de la Marina de Guerra, apoyado por los partidos políticos opositores y los comandos civiles, se parte de una dificultad empírica: no se conserva el ejemplar correspondiente al día 17, lo que impide acceder directamente a su tratamiento inmediato de los hechos. Este vacío documental ha dado lugar a distintas interpretaciones. Una versión sostiene que el diario no habría publicado ese número, mientras que otra, recogida en una entrevista con el periodista Mario Trucco –quien trabajaba en La Mañana, periódico local de orientación peronista–, indica que dicho ejemplar fue retirado de circulación tras el triunfo de la autodenominada Revolución Libertadora, debido al tono marcadamente oficialista que contenía. Más allá de la imposibilidad de verificar esta afirmación, el testimonio resulta significativo como indicio de la percepción que el diario suscitaba en el contexto político local: un medio de perfil comercial, pero con una línea editorial cercana al gobierno peronista.
A partir del 18 de junio, en cambio, es posible reconstruir con mayor precisión su estrategia discursiva, especialmente en torno a la atribución de responsabilidades por el atentado y la apelación a un clima de serenidad social. El titular principal de ese día rezaba: “El presidente de la república denunció la acción de elementos comunistas en el mensaje que ayer dirigió al pueblo, recomendando mesura y calma” y “Agregó el jefe de estado que el ejército de la patria garantiza el orden”.8 La Capital replicó en su portada el discurso presidencial, priorizando una interpretación alineada con la narrativa gubernamental. Todas las noticias allí publicadas fueron elaboradas por la agencia United Press (UP), y se concentraron en los acontecimientos ocurridos en la Capital Federal, destacando el llamado del presidente a mantener la calma. El título principal se desprende de una declaración del mandatario, en la que se intentó desligar a los militantes peronistas de los actos violentos ocurridos durante la noche del 16 de junio, atribuyendo la quema de iglesias a grupos comunistas identificados con una ideología extranjera –descrita como antiargentina y anticatólica–. Esta operación discursiva responde a una estrategia oficial impulsada desde la Presidencia y la Secretaría de Prensa y Difusión: desplazar la responsabilidad hacia actores ajenos al movimiento peronista, construyendo una figura enemiga vinculada al comunismo internacional. En sintonía con esta línea, La Capital reprodujo esa interpretación, acusando a los comunistas de actuar como agentes antinacionales que aprovecharon el caos generado por el bombardeo para atacar templos religiosos.9
El diario construyó, desde su primera plana, una narrativa orientada a inducir una actitud pública de calma y obediencia, en estrecha consonancia con la línea impulsada por el gobierno nacional. Mediante la jerarquización de las noticias y el contenido de su editorial, el diario evitó adoptar una postura confrontativa frente al impacto del bombardeo de Plaza de Mayo y sus víctimas civiles. En lugar de convocar a reacciones de furia o venganza, Tomás Stegagnini formuló un relato emocional que apeló a la tristeza, al señalamiento de la deshonra de ciertos actores y a la valorización del coraje de quienes defendieron al gobierno constitucional. Esta operación discursiva revela un solapamiento entre la estrategia oficial de contención del conflicto y a las disposiciones emocionales promovidas por el periódico. En ese marco, la tristeza se configura como una emoción que orienta al repliegue individual, inhibe la acción y refuerza el llamado a la moderación. A pesar de esta postura editorial el diario no estuvo exento de contradicciones ya que, al mismo tiempo, caracterizó la violencia ejercida por la aviación naval como un acto “monstruoso e inhumano”, imposible de ser comprendido en términos racionales. La irracionalidad atribuida a los agresores los ubica en el terreno de lo moralmente inaceptable, desprovistos de valores esenciales, como el honor o la integridad humana. Esta deshumanización deliberada buscaba suscitar emociones específicas en los lectores, vinculadas a la condena moral de los atacantes. Stegagnini vincula este tipo de violencia con las guerras civiles del siglo XIX, subrayando que el bombardeo a Plaza de Mayo representa una práctica anacrónica –propia del siglo pasado– ejecutada con los medios del siglo XX (aviones y bombas). La desmesura del ataque sitúa a los pilotos como figuras de la barbarie: criminales y traidores desprovistos de valores, pero también de elementos esenciales de la condición humana como el alma y los sentimientos. Esta representación se inscribe en una cosmovisión de raíz católica, influida por el tomismo, que entiende al ser humano como una unidad compuesta de cuerpo y alma. Desde esa perspectiva, el periódico configura un proceso de deshumanización deliberado, orientado a suscitar determinadas emociones en los lectores.
En contraste con la figura del enemigo deshumanizado, se construye un polo opuesto encarnado por los “héroes” de la jornada, quienes ofrecieron su cuerpo con valentía en defensa del orden constitucional y en auxilio de los heridos. La valentía corporal constituye la base de la épica propuesta. El género épico, tradicionalmente asociado a la exaltación de hazañas heroicas, que en el discurso de La Capital se articula en torno a valores como el honor, el sacrificio y el coraje. En estas narrativas, el héroe no se define únicamente por sus convicciones, sino por su disposición a arriesgar la integridad física en nombre de una causa considerada justa o sagrada. Esta entrega corporal refuerza la dimensión moral del relato y habilita la construcción de un sujeto colectivo idealizado –el pueblo, el soldado, el patriota– que encarna los valores fundacionales de la comunidad. Según el discurso propuesto por el diario, el bombardeo del 16 de junio habría sellado simbólicamente la vinculación entre los ciudadanos y los soldados de la patria. Esta fusión no solo refuerza la narrativa épica del heroísmo popular, sino que resulta clave para comprender la estructura político-militar del peronismo, basada en la teoría de la “nación en armas” desarrollada por Karl von Clausewitz. Desde esta concepción, la ciudadanía se constituye como sujeto activo en la defensa nacional cuando la patria se encuentra amenazada, disolviéndose la distinción entre combatientes y civiles. El pueblo ya no es un mero espectador: se convierte en protagonista movilizado por la emoción patriótica y la voluntad de sacrificio. En este marco, el periódico no se limita a exaltar el accionar del ejército leal, sino que construye una comunidad emocional donde los ciudadanos que “ponen el cuerpo” junto a los soldados encarnan la soberanía y los valores fundacionales de la nación. Estos sujetos representan la moral del sacrificio en defensa de la patria, en continuidad con los ideales de mayo y las gestas independentistas. De este modo, el diario no solo elabora una épica del presente, sino que reactualiza un relato fundacional donde la nación se forja mediante el coraje y el sacrificio de quienes luchan por ella. Quienes participaron en el bombardeo de Plaza de Mayo encarnan, en consecuencia, su exacta antítesis.
Esta operación simbólica se articula con la conmemoración del paso a la inmortalidad de Manuel Belgrano, celebrada pocos días después del ataque perpetrado por una facción de la Marina. A pesar de que en 1955 el 20 de junio no fue declarado feriado –debido a la crisis económica y la política de estímulo a la productividad–, el diario aprovechó la efeméride para reforzar su respaldo al gobierno y trazar una continuidad entre los héroes de la patria de ayer y los de hoy. La fecha adquiere así un sentido especial: en un contexto marcado por el “agravio inaudito inferido al símbolo patrio, que manos que no pueden ser argentinas arriaron para izar la enseña de un Estado extranjero”, y por “la canalla traición reaccionaria y oscura [que] bombardeó y ametralló a mansalva –como si no fueran sus propios hermanos–, como no se hace ni siquiera en la guerra cuando las ciudades se declaran abiertas”,10 el editorial recurre a la figura de la “ciudad abierta”. 11Aunque Buenos Aires no había sido formalmente declarada como tal, la evocación de esta figura busca acentuar el carácter ilegítimo y brutal del ataque, reforzando su condena moral. El recurso narrativo apunta a una doble descalificación: por un lado, deshumaniza a los agresores, presentándolos como transgresores de las normas más elementales de la guerra; por otro, consolida la épica de los defensores y reafirma la imagen del pueblo como víctima inocente.
Esta construcción narrativa busca movilizar una serie de emociones específicas en el público lector. Los emotives rastreados en los editoriales analizados permiten identificar la presencia de sentimientos como el honor, la indignación,12 la cobardía13 y la vergüenza. Mientras las emociones con connotación positiva son asociadas al “pueblo” y al ejército leal, aquellas de carácter negativo se adjudican a la aviación de la Armada. El honor, cuya etimología proviene del latín, se entiende como un reconocimiento público conferido a quienes son percibidos como rectos, decentes, dignos y respetados. Según Pitt-Rivers (1999), se trata de un concepto moral que conjuga una dimensión subjetiva –el sentimiento personal– con un componente objetivo de carácter social. En efecto, se trata de una percepción individual que, sin embargo, se halla mediada por normas colectivas determinadas por el contexto histórico y cultural en que se inscriben los sujetos. Desde esta perspectiva, el honor actúa como mecanismo regulador del comportamiento: incentiva la acción valiente y desalienta conductas consideradas deshonrosas. Estos atributos pueden aplicarse tanto a individuos como a colectivos, y constituyen una herramienta clave para interpretar el discurso de La Capital. En él, la exaltación del honor se conjuga con la construcción de una frontera moral entre un “nosotros” virtuoso y un “ellos” deshonroso. Esta operación simbólica otorga un valor ético específico a los distintos actores, en función de las emociones que encarnan. Las emociones, en este sentido, no son neutras: poseen una intensa carga moral, al orientar la percepción de lo correcto y lo incorrecto. El honor adquiere una relevancia particular cuando se lo vincula con las Fuerzas Armadas, institución para la cual constituye un principio rector tanto en el plano individual como institucional. En ese marco, la narrativa del periódico en análisis activa una lectura de la honorabilidad que interpela simultáneamente a los sujetos concretos y al cuerpo colectivo. Esta representación se sostiene en la evocación del pasado heroico del ejército, en especial mediante la figura de Manuel Belgrano, símbolo de la lucha por la independencia y de la defensa de la soberanía nacional. Desde esta lógica, el reconocimiento del honor se asigna a los sectores militares leales que actuaron con “decisión en defensa del orden constitucional”.14 En contraste, los sublevados no solo aparecen desprovistos de honor por no haber rechazado una conducta reprochable, sino que son presentados como responsables de una de las peores deshonras posibles en el imaginario nacional: la traición.
La esencia del honor radica en la voluntad. Quien traiciona, desde esta perspectiva, queda completamente deshonrado. En el esquema tradicional, la traición representa una forma de muerte moral (Pitt-Rivers, 1999: 238). El deshonor que la prensa adjudica al sector de las Fuerzas Armadas implicado en la sublevación no se limita a una falta ética individual, sino que se inscribe en una lógica de vergüenza colectiva. Como ha demostrado Sandra Gayol (2008), el honor en la cultura argentina moderna debe entenderse como un principio relacional y performativo que regula la pertenencia al cuerpo social y sanciona aquellas conductas que se desvían de los valores morales hegemónicos. Desde esta perspectiva, la operación discursiva de La Capital busca expulsar simbólicamente a los sublevados del espacio de legitimidad pública, marcándolos como indignos no solo de portar uniforme, sino también de integrar la comunidad nacional. Aunque los responsables del ataque actuaron convencidos de estar defendiendo a la patria frente a lo que definían como la tiranía peronista, el periódico insiste en destacar el carácter vergonzoso de su conducta. Ese señalamiento no se limita a una condena moral de los sublevados, sino que busca afectar emocionalmente al lector, activando un dispositivo de disciplinamiento simbólico. La vergüenza aparece aquí como una herramienta retórica orientada a reforzar la adhesión al gobierno constitucional, exaltado por La Capital como encarnación de la valentía, la dignidad y el compromiso patriótico. Esta operación emocional no solo construye un “otro” deshonroso, sino que interpela al “nosotros” leal a través de una vergüenza vicaria: el lector, especialmente aquel identificado con el peronismo, es invitado a experimentar vergüenza ajena ante la traición, y, en ese gesto, reafirmar su pertenencia al ideal político en disputa. Sara Ahmed (2015: 169) sostiene que la vergüenza se produce cuando los sujetos perciben haber fallado respecto de un ideal normativo, y que dicha emoción no los expulsa necesariamente de la comunidad, sino que refuerza su vínculo con ella. La narrativa del diario se inscribe en esta lógica: al activar la vergüenza en sus lectores, no busca excluirlos, sino intensificar su lealtad emocional hacia un orden político presentado como legítimo y amenazado. Complementariamente, Max Scheler (2004: 11) observa que la vergüenza “cumple la función de proteger al individuo y recogerla orientándolo hacia valores positivos de sí mismo (...) excluyendo la posibilidad de una mezcla con una vida que no corresponde al individuo y sus valores”. En este marco, el dispositivo narrativo desplegado por La Capital no se limita a una lógica binaria entre leales y traidores, sino que busca orientar emocionalmente a sus lectores en un contexto de crisis, reforzando el vínculo entre emoción, moral y política. En Este marco diario refuerza su alineamiento con el discurso presidencial, que apela a la paz y la reconciliación: “La Argentina es tierra de paz y esperanza (...) las diferentes diferencias ideológicas y políticas que puedan suscitarse en el futuro, nunca deben llegar a alterar la convivencia pacífica”.15 Más allá de su aparente llamado al consenso, este discurso delimita con nitidez quiénes pueden ser incluidos en el horizonte nacional. La Capital no solo reproduce las consignas oficiales, sino que contribuye activamente a construir una pedagogía emocional que define qué actores encarnan los valores de la argentinidad –paz, esperanza, respeto institucional– y cuáles deben ser excluidos de ese marco simbólico. En este sentido, la convocatoria a la oposición no implica una apertura sin condiciones, sino una exigencia de disciplinamiento emocional y político. El llamado a “reincorporarse al plano de la nacionalidad” tras haber sido marginada por la retórica oficial no es un gesto inclusivo neutro, sino una estrategia que subordina la legitimación política al cumplimiento de ciertos criterios morales y afectivos definidos desde el poder.
En este sentido, el medio cumplió un rol fundamental al no solo informar, sino también al influir en la construcción de una memoria colectiva en la que la traición funcionaba como un marcador de exclusión. Paralelamente, en relación con los lectores afines al peronismo, buscó fomentar un sentimiento de indignación, entendida esta emoción –cuya etimología remite al latín indignatio– como una irritación intensa provocada por un acontecimiento inaceptable. No obstante, esta indignación debía canalizarse dentro de los límites impuestos por el gobierno, promoviendo una vigilancia cívica hacia vecinos y conocidos sin que ello derivara en alteraciones del orden público –como las registradas en la quema de iglesias–, con el objetivo de no obstaculizar el proceso de pacificación social. De esta manera, el diario construyó una dicotomía emotiva entre un “ellos” y un “nosotros”, en la cual la oposición al peronismo quedaba asociada a valores negativos el deshonor, en un contexto social donde el honor constituía un valor central. Esta estrategia discursiva se inscribe en una operación política y emocional destinada a consolidar un sentido de pertenencia y lealtad al proyecto gubernamental, mientras se marginaba a quienes se identificaban con la disidencia, lo cual se puede corroborar en el análisis de la repetición léxica y la apelación a emociones intensas presentes en las ediciones del diario durante el período estudiado.
Tras el bombardeo, las calles fueron inundadas de panfletos opositores y proliferaron atentados contra agentes policiales, así como escaramuzas entre militantes peronistas y opositores (Santillán, 2024). En ese contexto, el diario editorializó en sintonía con el cambio de política propuesto por el presidente, convocando a la pacificación e intentando minimizar el alcance del accionar golpista, no en términos de su violencia, sino a partir de su representación como un grupo minoritario dentro de las Fuerzas Armadas. Esta estrategia no fue ingenua. Como se ha señalado anteriormente, el peronismo había construido una relación simbólica y material con las Fuerzas Armadas que condicionó el discurso periodístico. En consecuencia, el diario evitó generalizar la responsabilidad del atentado. Preservó la imagen institucional de las fuerzas y delimitó claramente a los “traidores”, una fracción específica que quebró el pacto patriótico con el pueblo. De este modo, La Capital sostuvo la idea de una alianza profunda entre el pueblo y el ejército leal, reforzando una narrativa que vinculaba la defensa del orden constitucional con la continuidad del modelo peronista. La retórica del diario, de fuerte impronta pedagógica y emocional, apeló a una ciudadanía vigilante que debía mantenerse alerta frente a los enemigos internos, pero sin caer en la violencia. El llamado a la calma no implicaba neutralidad. Como se explicó antes, el diario diferenciaba al ejército del pueblo de los sectores sublevados, asociados con el odio, la traición y los intereses contrarios al bien común. Este tipo de movilización moral reafirmaba el rol de las Fuerzas Armadas como protectoras de la soberanía popular.
En su editorial “Colaboración que el pueblo debe prestar” 16 y en los días siguientes, La Capital convocó a los ciudadanos a defender la calma promulgada por el Ejecutivo. Allí sostuvo que circularon rumores que la población no debía estimar. Según el diario, estos eran emitidos desde el exterior y tenían como objetivo alterar la convivencia en el país. Como se ha observado anteriormente, el diario parafraseó el comunicado emitido por las Fuerzas de Represión e instó a la ciudadanía a mantenerse “en alerta y vigilancia”.17 Asimismo, convocó a “impedir con toda energía que quienes pretenden hacer circular falsos rumores cumplan con el deleznable cometido que se han impuesto”.18 Con este llamado, el diario colocó la vigilancia ciudadana como una defensa legítima del orden nacional.
Al día siguiente, tras el atentado en el colegio Don Bosco de Mar del Plata –perteneciente a la obra salesiana–, el diario responsabilizó a los agentes “anti-patria” y atribuyó el hecho al comunismo. Este discurso no fue aislado. Como se indicó antes, ese mismo sector había sido señalado como responsable de la quema de iglesias tras el bombardeo del 16 de junio. En lugar de ampliar el espectro de responsabilidades, el diario reprodujo sin cuestionar el relato oficial, actuando como correa de transmisión gubernamental. Esta estrategia evitó mencionar el conflicto entre el peronismo y la Iglesia Católica. Desplazó la causa de los atentados hacia un enemigo externo definido ideológicamente: el comunismo. Así, el diario canalizó políticamente las emociones sociales, enmarcando los hechos en una narrativa de defensa del orden nacional y de los valores fundacionales. Este vínculo entre el atentado local y los acontecimientos en la Capital Federal fue reiterado. El diario planteó que la oposición política buscaba interrumpir la paz ciudadana e instaurar violencia funcional a intereses que pretendían derrocar al gobierno. A partir de esta interpretación, el diario apeló a la población con una doble consigna: condenar este accionar y asumir un rol activo en la vigilancia social. Hacia el final del editorial sostuvo que “todo cuanto pueda resultar sospechoso en perjuicio de la armónica y pacífica convivencia debe ser inmediatamente denunciado a las autoridades para que los autores reciban el condigno castigo”.19
El viernes 24, el diario reafirmó su postura frente a la “circulación de rumores emitidos por agentes en las sombras que buscan alterar el orden público mediante un accionar psicológico”.20 Estos rumores no solo se propagaban en la Capital Federal, sino también en el interior. El discurso periodístico, con léxico biologicista, comparó su expansión con una “epidemia” que se diseminaba por el país. Frente a esta amenaza simbólica, el diario reprodujo el llamado presidencial a desoír versiones alarmistas y concentrarse en el deber laboral: “del trabajo a casa y de casa al trabajo y, por, sobre todo, trabajar, trabajar y trabajar”. Como se ha señalado antes, el llamado a mantener “el espíritu limpio de turbiezas [sic] o claudicaciones” 21 y la vigilancia mutua buscaba crear una sociedad de control que se asemeja a un estado policíaco. El control no provenía solo del Estado, sino que se ejercía desde la base social. Este fue el último editorial dedicado a la oposición hasta el 3 de julio, cuando el diario retomó la cuestión de los rumores. Según el periódico, la incertidumbre era provocada por quienes difundían noticias falsas, un delito. En tono pedagógico y disciplinador, el diario responsabilizó no solo a los autores intelectuales, sino también a quienes propagaban dichos rumores. Informó además que la Policía Federal había detenido a numerosas personas por este motivo.22
El 6 de julio, tras el discurso presidencial, la política nacional y las consecuencias del golpe reaparecieron en primera plana. El presidente aclaró que el levantamiento del 16 de junio fue obra de un grupo reducido de marinos sin apoyo de partidos políticos. El diario reprodujo el discurso presidencial para continuar promoviendo la convivencia pacífica y exhortar a una “tregua en la lucha política”. Se resaltó la democracia de la mayoría frente a los enemigos que debían “deponer sus odios y sofrenar su venganza, convencidos de su impotencia frente al pueblo y de lo injusto de pretender imponer la voluntad de una minoría sobre la totalidad del pueblo argentino”. 23 Como se ha explicado antes, aunque el discurso era pacificador, mantenía la idea de un “enemigo” opuesto al pueblo, movilizado por odio y venganza, en contraste con una mayoría guiada por amor y paz. Este enemigo no era el conjunto de partidos políticos, sino una pequeña fracción de las Fuerzas Armadas apoyada por civiles sin vínculo político. En consonancia con el presidente, La Capital reflexionó sobre la importancia del respeto y la tolerancia en democracia, pero advirtió sobre la “necesidad imperativa y categórica de mantener el orden, la paz y la concordia”.24 El diario convocó a los partidos opositores a sumarse a la convivencia pacífica y a evitar que el antagonismo político condujera a violencia como la del 16 de junio. Según el periódico, los partidos debían recoger los mandatos del pueblo: “el imperio de la soberanía nacional, la independencia política y la justicia social”, siempre en el marco de la legalidad y del “respeto de los valores morales (...) de la cultura nacional”.25
A lo largo de este artículo hemos analizado los recursos narrativos utilizados por La Capital por sus periodistas y equipo editorial. Su objetivo no era sólo informar como correa de transmisión del gobierno acerca de la política nacional, sino también interpelar al público lector e influir en la caracterización de la situación nacional. La intensión más evidente fue lograr que los lectores que se sumaran al proyecto de pacificación impulsado por el gobierno nacional. Para ello, el periódico no sólo jerarquizó la información y seleccionó recortes estratégicos, sino que también intentó conmover a su audiencia mediante una serie de recursos narrativos de carácter emocional. Lejos de la retórica transparente, racional e independiente que los diarios proclaman sobre sí mismos, hemos identificado que la apelación a las emociones fue fundamental en la construcción de un “nosotros” y un “ellos” con connotaciones morales. A través de este mecanismo, el periódico interpeló a sus lectores respecto de la coyuntura política, disciplinó las emociones que podían expresarse y en todo caso, señaló aquellas que debían reprimirse. Esto se manifiesta en la tensión existente entre la adjetivación hacia los opositores y el apoyo al proyecto gubernamental de pacificación.
La representación que La Capital hace del ejército leal como garante del orden y la soberanía no solo responde a una necesidad coyuntural de diferenciar a los sublevados del conjunto de las Fuerzas Armadas, sino que se inscribe en una lógica más profunda de construcción simbólica desarrollada por el peronismo: la del “ejército del pueblo”. A diferencia de tradiciones liberales que conciben a las Fuerzas Armadas como un poder autónomo o neutral, el peronismo buscó integrar al ejército en el proyecto nacional-popular, exaltando su rol histórico en la independencia, la defensa de la soberanía y el acompañamiento al pueblo trabajador. En este marco, el relato del diario recupera una liturgia patriótica –la figura de Belgrano, las efemérides como el Día de la Bandera– para sellar la fusión entre el ejército leal y el pueblo. De esta manera, el discurso no sólo preserva la legitimidad institucional de las Fuerzas Armadas, sino que reactualiza la épica fundacional de la patria como una empresa compartida entre soldados y ciudadanos, frente a los traidores internos que rompen ese pacto sagrado.
A través de un uso estratégico del lenguaje emocional, el diario no solo reprodujo los lineamientos oficiales del gobierno peronista, sino que actuó como agente activo en la producción de una comunidad afectiva. Esta comunidad se estructuró sobre una dicotomía moral entre el pueblo leal y los traidores, articulada mediante la apelación a emociones reguladas –como el honor, la tristeza o la indignación contenida– que orientó la conducta y reforzó la legitimidad gubernamental. En este contexto, el rumor fue presentado como un agente patógeno, y la vigilancia ciudadana como un deber patriótico. Lejos de limitarse a informar, el periódico configuró una pedagogía de la emoción en la que el control social, la adhesión política y la exclusión simbólica se trenzaron para dar forma a un relato épico del presente. De este modo, La Capital no solo representó un momento de crisis, sino que contribuyó activamente a organizarlo emocional y políticamente, delimitando quiénes podían ser parte de la comunidad nacional y bajo qué condiciones afectivas y morales.
Estas consideraciones permiten afirmar que el análisis de La Capital revela cómo la prensa no se limita a reflejar acontecimientos, sino que actúa como mediadora entre la acción moral y la respuesta afectiva del público. Las emociones, así como también las disposiciones emocionales orientadas hacia ciertos juicios de valor, no son meros afectos pasivos: guían la percepción de lo correcto, lo heroico y lo censurable, y operan en estrecha relación con valores morales como el honor, la valentía o la traición. De este modo, el periódico contribuyó a estructurar repertorios emocionales colectivos, delineando fronteras claras entre “nosotros” y “ellos” y regulando la conducta ciudadana en torno a criterios éticos y políticos. En suma, la prensa desempeñó un papel activo en la construcción de la comunidad nacional, no solo informando, sino también orientando emocional y moralmente a sus lectores en un contexto de crisis. En este sentido, la relación entre emociones y moralidad que la prensa articula no puede pensarse como fija ni universal, sino como históricamente situada. Los valores y disposiciones emocionales que La Capital promovió –honor, valentía, traición– adquirieron significado en función de la coyuntura, de las facciones en disputa y de los sujetos que intentaban movilizar a la opinión pública.
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La Capital, junio y julio de 1955.
La Capital, Libro Bodas de oro. 50 aniversario de La Capital de Mar del Plata
La Capital, Libro diamante histórico y periodístico. 75 aniversario de La Capital de Mar del Plata
Testimonio oral:
Mario Trucco. 9 de julio de 2021, Mar del Plata. Entrevistador: Francisco Santillán.
1 La Capital, Libro Bodas de oro. 50 aniversario de La Capital de Mar del Plata. P. 1
2 Para el período un trabajador de carga y descarga de cajones en el puerto ganaba alrededor de $50 diarios.
3 Fue un periodista, locutor radial y escritor argentino. Debutó en el periodismo escrito en el diario La Mañana en 1948.
4 Mario Trucco. 9 de julio de 2021, Mar del Plata. Entrevistador: Francisco Santillán.
5 La Capital, Libro Bodas de oro. 50 aniversario de La Capital de Mar del Plata. P. 3
6 Ibídem.
7 Respecto de la comunidad emocional peronista véase Gayol (2023). Una pérdida eterna. La muerte de Eva Perón y la creación de una comunidad emocional peronista. Fondo de Cultura Económica.
8 La Capital, 18/06/1955. P. 1
9 La Capital, 18/06/1955. P. 3
10 La Capital, 20/07/55. P.3
11 La figura de la ciudad abierta proviene del derecho internacional humanitario y se refiere a una ciudad que, ante una situación bélica, es declarada oficialmente como no defensiva por el Estado que la controla. Para ser reconocida como tal, debe cumplir con ciertas condiciones: no estar ocupada por fuerzas militares, no ofrecer resistencia ni organizar operaciones bélicas desde su territorio, y haber informado claramente al enemigo de esta condición. Al no presentar amenaza, la ciudad no debe ser atacada. Esta figura busca proteger a la población civil y al patrimonio urbano. En el caso del bombardeo del 16 de junio de 1955, Buenos Aires no había sido formalmente declarada como ciudad abierta, por lo que la apelación a esta noción en el editorial de La Capital tiene un sentido más simbólico y retórico que jurídico, orientado a reforzar la condena moral del ataque.
12 proviene del latín indignatio (irritación y fuerte hecho generado por un hecho) deriva de indignus antonimo con prefijo de negación de dignus (merecedor)
13 El origen proviene del francés couard. Se remonta al francés medieval coart que viene de coue (cola). Hace alusión a la cola del perro y del lobo, que la esconden entre las piernas para mostrar sumisión y miedo. https://etimologias.dechile.net/?cobarde
14 La Capital, 20/07/55. P.3
15 La Capital, 18/06/1955. P. 3
16 La Capital, 21/06/1955. P. 3
17 La Capital, 21/06/1955. P. 3
18 La Capital, 21/06/1955. P. 3
19 La Capital, 22/06/1955. P.3
20 La Capital, 24/06/1955. P. 3
21 La Capital, 24/06/1955. P. 3
22 La Capital, 03/07/1955. P.3
23 La Capital, 06/07/1955. P. 1
24 La Capital, 06/07/1955. P.3
25 La Capital, 06/07/1955. P.3