Valeria Galvan
Instituto de Investigaciones Políticas, Universidad Nacional de San Martín -
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina
https://orcid.org/0000-0003-3969-4559
galvan.valeria@gmail.com
Fecha de recepción: 07/08/2025
Fecha de aceptación: 03/10/2025
En este artículo me propongo analizar el cambio en la política exterior argentina a partir del golpe del 55 y sus consecuencias en el plano interno.
Específicamente, me interesa estudiar el proceso por el cual el segundo presidente de facto, el general P.E. Aramburu, logró alinear a la Argentina con el bloque occidental, en el marco de la Guerra Fría. Para ello, analizo en primer lugar cómo fue leída la situación del golpe contra Perón en distintos países y cómo se diferenciaba al gobierno peronista de los gobiernos militares de la autodenominada Revolución Libertadora, en lo que respecta a lo económico, lo social y a lo político-ideológico. Así, en segundo lugar, estudio cómo esta imagen internacional que proyectaba la “Libertadora” benefició el fortalecimiento de los vínculos con las potencias occidentales, fundamentalmente en relación con la lucha contra los totalitarismos, lo que incluía tanto al peronismo como al comunismo. Para ello, finalmente, pretendo demostrar que el rol del escenario global de posguerra resultó relevante como articulador del gobierno militar argentino con las derechas conservadoras del bloque occidental.
Palabras clave: Revolución libertadora, posperonismo, posguerra, occidente, anticomunismo
In this article I intend to analyse the change in Argentine foreign policy after the coup of 55 and its local consequences. Specifically, I am interested in studying the process by which the second de facto president, General P.E. Aramburu, managed to align Argentina with the Western Bloc, within the framework of the Cold War. Firstly, I analyse how the coup against Perón was read in different countries and how the Peronist government differed from the military governments of the self-proclaimed Liberation Revolution in comparison, with regard to the economic, the social and the political-ideological. Thus, secondly, I study how this international image projected by the “Libertadora” benefitted the strengthening of links with the Western powers, fundamentally in relation to the fight against totalitarianism, which included both Peronism and communism. For this, finally, I intend to demonstrate that the role of the post-war global scenario was relevant as an articulator of the Argentine military government with the conservative right of the Western bloc.
Keywords: Revolución libertadora, postperonismo, western order, anticommunism.
El golpe militar de septiembre de 1955 en Argentina, conocido como la “Revolución Libertadora”, no sólo marcó un punto de inflexión clave del siglo XX argentino, sino que también tuvo importantes resonancias internacionales en el contexto bipolar de la Guerra Fría. El derrocamiento del gobierno de Juan Domingo Perón y el período del inmediato posperonismo dieron el marco a una reconfiguración total del mapa político local, fundamentalmente, en base a la llamada “cuestión peronista”. Efectivamente, la relación que los principales actores políticos de la época guardaban respecto de las acuciantes preguntas acerca del peronismo proscrito – ¿qué hacer con la masa peronista?, ¿cómo reordenar las instituciones de la república?, ¿por qué la izquierda perdió el favor de la clase trabajadora frente al peronismo?, ¿cuál debería ser la nueva agenda política? – definió el rumbo político del país por el resto del siglo XX (Altamirano, 1992).
En este punto resulta central subrayar un cambio decisivo: entre 1945 y 1955, el peronismo había sido acusado de “totalitario” por sus semejanzas con el fascismo –el culto al líder, la movilización de masas, el autoritarismo institucional–, pero hacia mediados de los años cincuenta ese diagnóstico se resignificó. En el nuevo clima geopolítico de la Guerra Fría, la oposición empezó a construir al peronismo como una amenaza comunista, peligrosa por su acercamiento a la URSS y a sus países satélite. El anticomunismo, prácticamente ausente en el repertorio opositor de 1945, se convirtió en 1955 en una plataforma privilegiada para justificar la caída del régimen y alinearse con el discurso dominante en Occidente. Esta mutación conceptual permite comprender tanto la convergencia entre los usos locales del totalitarismo y las semánticas políticas de posguerra como el optimismo de Estados Unidos y Europa Occidental frente al derrocamiento de Perón.
Frente al significado que tuvo la autodenominada Revolución Libertadora en el ámbito local y considerando los cambios de posguerra que se habían consolidado en el ámbito global, ahora bipolar, que empezaba a atravesar la modernidad cultural y su uso en las nuevas diplomacias culturales y que ya se estaba empezando a dividir en tres “mundos”1, surge la pregunta acerca de su impacto fuera de las fronteras nacionales. La “Revolución Libertadora” fue, efectivamente, objeto de análisis, de preocupación y de expectativas también en clave geopolítica.
En general, los estudios sobre la etapa abierta en 1955 se han diversificado en distintas líneas. En la variable militar, Alain Rouquié (1998) actualizó de manera estructural y exhaustiva la relación entre poder castrense y sistema político que ya había iniciado Robert Potash, en su libro pionero en el tema (1985). Más recientemente, Esteban Pontoriero (2022) mostró específicamente cómo, desde la “Revolución Libertadora”, se consolidó un enfoque doctrinario antisubversivo que habilitó la militarización de la seguridad interna y la construcción del “enemigo interno”. En el plano político y sindical, por otra parte, los aportes de María Estela Spinelli (2005) y de Julio César Melón Pirro (2009) iluminaron, respectivamente, el carácter cultural e ideológico del antiperonismo triunfante y las estrategias de resistencia del movimiento obrero y el sindicalismo peronista frente a la proscripción.
Con todo, la mayor parte de la producción se ha concentrado en la variable de relaciones exteriores, ofreciendo avances pero también evidenciando limitaciones. Alejandro Simonoff (2010) reconstruyó las grandes líneas de la política internacional argentina y subrayó el giro pro-occidental tras 1955, mientras que Mario Rapoport y Ricardo Vicente se detuvieron en los vínculos económicos y diplomáticos con los bloques de la Guerra Fría, mostrando la tensión entre pragmatismo comercial y alineamiento político. En las últimas décadas, Beatriz Figallo (2020) examinó la gestión del almirante Toranzo Calderón en España como expresión de la diplomacia antiperonista, y María Elisa Gentile (2011) amplió la perspectiva hacia las relaciones con el bloque oriental, señalando los vaivenes en el vínculo con la URSS a partir de una síntesis de toda la segunda mitad del siglo XX. Sin embargo, estos trabajos tienden a estudiar de manera fragmentada casos específicos o procesos de largo plazo, dejando en un segundo plano la articulación entre política exterior y dinámica interna en el período inmediato a la caída de Perón.
En este sentido, el presente análisis se propone cubrir esa vacancia, ofreciendo una mirada integrada que conecta las dimensiones militar, política, sindical e internacional y que, al situar las relaciones exteriores en diálogo con las tensiones del antiperonismo y la Guerra Fría, permite comprender con mayor profundidad las redefiniciones del lugar de la Argentina en el escenario global. El análisis se basa en la triangulación de bibliografía especializada, documentación inédita de archivos argentinos y europeos, y fuentes diplomáticas, lo que permite iluminar cómo los debates internacionales sobre comunismo, democracia y derechos humanos impactaron directamente en la legitimación de prácticas políticas y represivas en el país.
Como antecedente fundamental para la mirada externa, resulta necesario recordar que el régimen peronista, surgido en un mundo devastado por la Segunda Guerra Mundial, había sostenido una política exterior autónoma, sintetizada en la denominada “Tercera Posición”. Esta estrategia intentó posicionar a Argentina equidistante tanto del bloque occidental liderado por Estados Unidos como del bloque oriental encabezado por la Unión Soviética. Sin embargo, esta política nunca estuvo exenta de tensiones y ambigüedades internas, ni dejó de despertar sospechas y hostilidad por parte de Washington y sus aliados.
Durante la segunda presidencia de Perón (1952-1955), Argentina comenzó a flexibilizar su relación económica y cultural con los países del bloque soviético, lo que alarmó considerablemente a las potencias occidentales. Acuerdos comerciales con la URSS, Polonia, Checoslovaquia y Hungría, junto con intensos intercambios culturales con Moscú, pusieron en alerta no solo a los Estados Unidos sino también a aliados europeos como el Reino Unido y Alemania Occidental. El acercamiento de Perón a la URSS, que incluyó intercambios personales de alto nivel diplomático, generó sospechas de que Argentina pudiera convertirse en un punto de entrada de influencia soviética en América Latina. Así, cuando en septiembre de 1955 las fuerzas militares argentinas desplazaron a Perón del poder, Occidente reaccionó con un optimismo evidente, esperando que esta transición significara un claro giro hacia una alianza más explícita con el bloque occidental.
En este nuevo contexto político, la administración provisional del general Pedro Eugenio Aramburu no defraudó tales expectativas internacionales. Desde el primer momento, su gobierno desmanteló rápidamente los acuerdos con el bloque soviético, incorporó a Argentina al Fondo Monetario Internacional y alineó explícitamente la política exterior del país con Estados Unidos y sus aliados. Este giro hacia Occidente tuvo profundas implicaciones no solo en las relaciones internacionales de Argentina, sino también en sus políticas internas. Bajo el mandato de Aramburu, la lucha contra el peronismo, percibido ahora como aliado o puerta de entrada del comunismo, se convirtió en una prioridad de seguridad nacional. Para ello, se articuló un amplio dispositivo represivo que contó con la cooperación activa de organismos transnacionales anticomunistas y servicios de inteligencia extranjeros, particularmente estadounidenses y alemanes.
Por estos motivos, este trabajo se propone analizar cómo el derrocamiento de Perón y ciertos aspectos de la subsiguiente política exterior e interna del gobierno provisional de Aramburu se inscribieron en una lógica más amplia de lucha anticomunista global. El estudio abordará específicamente cómo Aramburu empleó el discurso anticomunista transnacional como herramienta clave para legitimar su régimen ante Occidente, integrándose de este modo a las redes internacionales que caracterizaron la dinámica cultural e ideológica de la Guerra Fría.
En definitiva, el derrocamiento de Perón y el gobierno provisional de Aramburu representaron un momento decisivo no sólo en la historia política argentina, sino también en el posicionamiento del país dentro de los equilibrios globales de poder de la Guerra Fría. El rápido alineamiento con las potencias occidentales estuvo respaldado por un discurso profundamente anticomunista, cuya construcción y difusión involucró tanto a instituciones oficiales del Estado argentino como a una amplia red de agencias civiles transnacionales. La participación activa de estas organizaciones, muchas financiadas y dirigidas desde Estados Unidos y Alemania Federal, proporcionó legitimidad externa al régimen militar provisional y reafirmó la percepción del peronismo como un peligroso aliado del totalitarismo soviético.
Este proceso no solo reorientó radicalmente la política exterior argentina, sino que también transformó profundamente sus políticas internas de seguridad nacional. Aramburu articuló una burocracia de inteligencia más especializada e internacionalizada, fortalecida mediante la incorporación de doctrinas militares extranjeras y la cooperación activa con redes occidentales. La emergencia de una burocracia represiva sofisticada y legitimada internacionalmente consolidó un imaginario político que igualaba peronismo con comunismo y, por ende, con amenazas existenciales a la democracia liberal.
Finalmente, el análisis revela cómo la Revolución Libertadora supo capitalizar estratégicamente el clima ideológico global de la Guerra Fría, insertando a Argentina de forma activa en la disputa geopolítica internacional y redefiniendo la identidad política nacional en clave occidental y anticomunista. Este giro, aunque efectivo en términos inmediatos para la estabilización internacional del régimen, también sentó las bases para futuras dinámicas represivas internas, evidenciando una compleja y paradójica articulación entre discurso democrático liberal y prácticas autoritarias heredadas de tradiciones totalitarias y militaristas europeas.
Al momento del derrocamiento de Perón, las reacciones externas se articularon alrededor de la bipolaridad posbélica. En Occidente, el fin del gobierno que había lanzado la “Tercera Posición” y rechazado la resolución anticomunista de la X Conferencia Interamericana fue celebrado como una victoria contra la influencia soviética.
Durante la segunda presidencia de Perón, en pleno período de posguerra, la Argentina había reabierto su intercambio comercial con la URSS y otros mercados del bloque socialista. Perón y el comunismo, en realidad, mantenían profundas diferencias ideológicas, que se tradujeron, por ejemplo, en las medidas represivas contra los clubes de inmigrantes eslavos, acusados de filtrar propaganda comunista (Benítez, 2012). Pese a ello, las urgencias económicas postbélicas relajaron tensiones ideológicas en el plano exterior y, entre 1952 y 1954, Buenos Aires suscribió varios acuerdos con el Bloque del Este. En 1953 se firmó el primer convenio de comercio y régimen de pagos, marcando el inicio de una nueva etapa en las relaciones soviético-latinoamericanas (Miller, 2009, 151-152).
La flexibilización se extendió a los satélites soviéticos: en 1953 y 1954 Polonia acordó importar madera y lana argentinas a cambio de carbón, a pesar de las condiciones económicas desfavorables, y también Checoslovaquia y Hungría suscribieron misiones y convenios para intercambiar maquinaria y granos (HU OSA 300-1-2:37/632-633, 11.06.1954; HU OSA 300-1-2 38/36, 13.05.1954). La presión de Moscú sobre sus estados aliados y la magnitud de esos envíos –especialmente de carbón– despertaron la atención de los servicios de inteligencia alemanes, pues coincidían con una caída de sus exportaciones a sus tradicionales socios occidentales (HU OSA 300 1-2:43/492, 30.09.1954). Además de los intercambios comerciales, la diplomacia cultural de los países socialistas floreció. Efectivamente, los acuerdos comerciales entre Argentina y URSS durante el peronismo iniciaron un diálogo que se extendería también a otros ámbitos. En este sentido, se intensificaron las visitas de delegaciones culturales soviéticas, que siempre serían recibidas por el presidente argentino (Zourek y Galvan, 2016). Asimismo, el embajador del gobierno de Perón en Moscú, Leopoldo Bravo, se había entrevistado personalmente con Josef Stalin y tenía muy buenas relaciones con el ministro de relaciones exteriores ruso, Mijail Molotov. En este marco, también se montó la Exposición Industrial de la URSS en Buenos Aires, en el convulsionado mes de junio de 1955 (Gilbert, 2007).
La postura cada vez más “blanda” respecto de los países comunistas, fue leída por la documentación diplomática británica de manera crítica hacia el peronismo y, al mismo tiempo, esto denotaba cierta expectativa de la Corona británica respecto del desenlace que provocaría el golpe de Estado de septiembre. En los informes enviados desde la embajada en Buenos Aires, Perón aparecía retratado como un líder en declive, incapaz de sostener la centralidad política alcanzada en años anteriores y crecientemente cuestionado por las Fuerzas Armadas. Para los diplomáticos británicos, su permanencia constituía un obstáculo para la liberalización del comercio exterior argentino y una fuente de riesgo en la medida en que había habilitado vínculos comerciales con Europa del Este. En este marco, la llamada “Revolución Libertadora” fue interpretada como una oportunidad de reposicionar a la Argentina dentro del bloque occidental, en sintonía con la estrategia de contención del comunismo que ordenaba la política internacional de posguerra (The National Archives, 1955, FO 371/114019).
En efecto, con el golpe de septiembre de 1955 y, fundamentalmente, con la asunción de Aramburu, la política exterior argentina cambió. El nuevo régimen revocó los acuerdos con el Este y buscó replantear la crisis económica al incorporarse al Fondo Monetario Internacional en 1956. Pero la motivación no fue solo financiera. Efectivamente, Aramburu anhelaba distanciarse del panamericanismo crítico de Perón y mostrar su fidelidad a Washington. Desde 1946, Perón había marcado tensiones con Estados Unidos y se negó a apoyar la resolución anticomunista de la X Conferencia Interamericana en Caracas (Morgenfeld 2010 y 2013). Aramburu, en cambio, entendió que el respaldo norteamericano requería una política exterior alineada con el bloque occidental, dejando atrás la efímera alianza con la URSS. En este sentido, desde Washington se vio al golpe con entusiasmo y como una oportunidad histórica para redefinir las relaciones bilaterales con Argentina en términos más cercanos y cooperativos. El gobierno de Dwight D. Eisenhower interpretó el derrocamiento como una transición positiva desde un gobierno considerado autoritario y aislacionista hacia un régimen provisional orientado a la democracia y al libre mercado (Department of State, Central Files, 611.35/1–2756. Confidential).
En este contexto, la figura del general Pedro Eugenio Aramburu fue percibida favorablemente por Washington, que destacó su creciente prestigio y su aparente compromiso sincero con la restauración democrática del país. Para Estados Unidos, el liderazgo de Aramburu ofrecía garantías de una cooperación más estrecha con Occidente, particularmente en el marco de la Guerra Fría, caracterizada por la confrontación ideológica con el bloque comunista (Department of State, Central Files, 720.5–MSP/4–2055. Secret). En términos comparativos, la administración estadounidense observaba con satisfacción el contraste entre las políticas de Aramburu y las de Perón. A diferencia del período peronista, asociado con la planificación estatal de la economía, la retórica antiestadounidense y el aislamiento internacional, el nuevo gobierno provisional manifestaba una clara disposición hacia políticas de liberalización económica y una mayor participación en las organizaciones internacionales, especialmente la Organización de Estados Americanos (OEA). No obstante, también reconocía que persistían algunos desafíos derivados de la herencia peronista, particularmente en lo referido al nacionalismo económico y las demandas de los sectores laborales (Department of State, Central Files, 735.00/4–2556. Confidential).
Uno de los aspectos centrales para Estados Unidos fue la adhesión explícita del gobierno argentino a la Resolución de Caracas, que comprometía al continente a combatir activamente al comunismo. La adopción de esta resolución fue valorada como clave para reducir la influencia comunista no solo en Argentina, sino también en países vecinos como Brasil, Chile y Uruguay (Department of State, Central Files, 611.35/1–2756, Central Files, 611.35/12–1657. Confidential). Sin embargo, este optimismo no lograba soslayar la preocupación de Washington respecto de los trabajadores peronistas, quienes representaban un desafío no solo para implementar reformas económicas sin generar malestar social y potencial radicalización política, sino también para contener la infiltración comunista en sus filas (Department of State, INR–NIE Files, Secret. National Intelligence Estimate 91–56). En este contexto, un cambio particularmente positivo fue la reorientación ideológica de las fuerzas armadas argentinas, tradicionalmente influenciadas por doctrinas nacionalistas y por instructores alemanes, cuya influencia había alcanzado al estilo de la presidencia peronista. En efecto, durante el gobierno de Aramburu, los militares argentinos comenzaron a adoptar posturas abiertamente favorables hacia Estados Unidos, algo considerado fundamental para facilitar la cooperación hemisférica en materia de defensa (Department of State, Central Files, 720.5–MSP/4–2055. Secret; Central Files, 611.35/12–1657, Confidential).
De cualquier manera, la amenaza de un levantamiento de trabajadores (que rápidamente podía caer bajo influjo soviético) mostraba que la crisis económica que enfrentaba Argentina después del régimen peronista era una amenaza directa a la estabilidad política del gobierno provisional. Por ello, la administración estadounidense brindó ayuda económica inmediata y sustancial, con el fin de evitar la consolidación de sectores políticos adversos a Estados Unidos y prevenir una eventual aproximación económica argentina hacia el bloque soviético, escenario que se consideraba preocupante debido a la fuerte presencia del Partido Comunista en el país (Department of State, Central Files, 033.3511/2–1056. Confidential; Department of State, INR–NIE Files, Secret. National Intelligence Estimate 91–56).
En definitiva, Estados Unidos interpretó la Revolución Libertadora y el gobierno provisional de Aramburu como una oportunidad única para redefinir las relaciones bilaterales y consolidar una alianza estratégica duradera con Argentina. La administración Eisenhower se mostró particularmente activa en apoyar políticas de democratización, liberalización económica y cooperación anticomunista, buscando aprovechar al máximo esta coyuntura histórica y evitar dejar al país vulnerable frente a la influencia comunista.
Por otra parte, la República Federal Alemana (RFA) como parte de un conglomerado Occidental anticomunista más amplio, había ya mostrado preocupación por los acuerdos económicos cerrados entre Perón y el Bloque del Este, que los interpretaba como conectados espiritualmente al pacto Nazi-soviético del 39 e, incluso, se había sugerido usar esta asociación para la propaganda en contra del régimen2. Frente al triunfo de la “Revolución Libertadora”, el servicio de inteligencia alemán (Bundesnachrichtendienst - BND) fue siguiendo de cerca la evolución del derrocamiento de Perón desde junio del 55. De esta manera, después de hacer un análisis minucioso de los sectores opositores al peronismo, se comenzó a advertir acerca de la posibilidad de un levantamiento de trabajadores peronistas que, eventualmente, podía representar la puerta de entrada a la influencia comunista. Las crecientes sospechas del apoyo soviético para un retorno de Perón llevaron a acusar directamente al organismo de propaganda para el exterior del Partido Comunista de la Unión Soviética. Lo que llamaba la atención era que, precisamente, desde el año del derrocamiento de Perón la actividad de la militancia comunista en Argentina empezó a decaer, al tiempo que comenzaron a proliferar las organizaciones comunistas encubiertas. En este sentido, pese a su mirada positiva de la caída de Perón, Bonn dudó en un primer momento de la viabilidad de un gobierno antiperonista (BArch 206/3337).
Esta debilidad que se podía leer entrelineas en los informes de inteligencia de Alemania Occidental no soslayaba el hecho de que se confiaba que el gobierno de Aramburu, efectivamente, presentara un frente de batalla firme a las injerencias del Kremlin. En este sentido, se cerraron acuerdos secretos con Aramburu para combatir la propaganda comunista en la región, a través de organizaciones de propaganda anticomunista, financiadas por el gobierno de Adenauer. En definitiva, el gobierno de la “Libertadora” se fue perfilando desde la asunción de Aramburu como un posible aliado de la lucha global contra el comunismo (BArch 206/3337).
Mientras tanto, el Bloque del Este percibió la caída de Perón como una derrota de la ventana que se les había abierto en Sudamérica. En este sentido, Polonia lamentó el golpe particularmente porque éste representó la interrupción abrupta de los recientes acuerdos económicos renovados con Argentina (HU OSA 300-1-2:60/24, 1955-10-25). Asimismo, Praga vio endurecidas las condiciones de negociación para controlar la propaganda contra el gobierno checoslovaco producida por los eslovacos disidentes residentes en Argentina y protegidos por las autoridades locales. En particular, se denunció la “agresión ideológica” que no era reprimida por la “Libertadora” al considerarse lícitas las agrupaciones anticomunistas de exiliados políticos (AMREA, carpeta Checoslovaquia, AH/0021, año 1955). En los últimos meses del gobierno peronista Praga había hecho un pedido formal a la cancillería argentina para que tome medidas contra las actividades antichecoslovacas de los disidentes. Esta protesta formal, con fecha de julio de 1955, no fue respondida hasta el 4 de noviembre de ese mismo año, cuando el gobierno de Lonardi consideró que, debido a que las actividades de los eslovacos separatistas no eran ilegales y que eran asilados políticos, al gobierno argentino no le correspondía tomar medidas en su contra (AMREA, carpeta Checoslovaquia, AH/0021).
Efectivamente, la “Libertadora” se caracterizó por un intento de acercamiento a las “naciones libres” de Occidente, sobre todo durante la segunda presidencia. Esta bandera que enarboló Aramburu buscando reemplazar al nacionalismo complaciente con el peronismo de su antecesor, el general Lonardi, se basó en la asimilación que ya venían haciendo los sectores liberales, opositores al peronismo, entre peronismo y totalitarismo. Desde esa perspectiva, que se volvió hegemónica una vez derrocado Perón, la dictadura de la Libertadora proclamó un discurso paradójicamente democrático, liberal y occidentalista. Con ello, Aramburu se apoyó en los intelectuales liberales opositores a Perón para acercarse al concierto de las naciones libres, a ese Occidente, que había salido victorioso de la guerra y que ahora le disputaba el dominio geopolítico a la URSS y asociados. Esta postura le abría a Aramburu no sólo nuevas posibilidades comerciales y de posibles empréstitos, sino que también lo acercaba a un imaginario militarista y represivo que lo podía ayudar a mantener a raya a los peronistas.
Al asumir la presidencia, Aramburu desplegó una bandera que aspiraba a sustituir el nacionalismo “complaciente” de su antecesor Lonardi por un programa decididamente antiperonista y prooccidental. Esta relectura del peronismo como forma encubierta de totalitarismo ya había sido esgrimida por los sectores liberales opositores, y se convirtió en la perspectiva hegemónica tras el derrocamiento de Perón. En ese marco, la dictadura de la Revolución Libertadora construyó un discurso deliberadamente “democrático”, liberal y occidentalista que debía demostrar a las potencias aliadas la ruptura con cualquier atisbo de alineamiento con el bloque soviético. Así, tan pronto como asumió la presidencia, Aramburu ordenó una reorientación drástica de la política de seguridad y de inteligencia: de un lado, para reafirmar el alineamiento con Estados Unidos, Europa Occidental y las instituciones del sistema liberal de postguerra; del otro, para desarticular de manera sistemática la resistencia peronista, percibida como una amenaza interna que requería ser neutralizada bajo la hipótesis de un “enemigo interno”. Para ello, se apoyó en un imaginario antiperonista amplio que establecía la identidad del peronismo con los totalitarismos y, a partir de ello –y sobre la base de las relaciones diplomáticas y comerciales de Perón con el Bloque del Este – la identidad del peronismo con el comunismo. En este sentido, la supresión del peronismo emergía como condición necesaria para preservar una “democracia” entendida en clave anticomunista. El interés del nuevo gobierno militar argentino en colaborar en la lucha contra el comunismo tenía que ver, fundamentalmente, con ganarse un lugar en el concierto de “naciones libres” y ubicarse así en la vereda de enfrente de los totalitarismos globales, entre los cuales identificaba al recientemente derrocado peronismo (Decreto-ley Nº 6.400 - Bs. As., 22/12/55).
De esta manera, en el plano externo, el gobierno de Aramburu articuló una serie de gestos y acuerdos destinados a demostrar su voluntad de ruptura con la “Tercera Posición” de Perón y de reafirmar la adhesión a Washington y sus aliados. Así, Argentina ingresó al Fondo Monetario Internacional en 1956, decisión que implicó ceder soberanía financiera a las instituciones del capital global. Esa misma voluntad de acercamiento a Occidente se manifestó en la suscripción a la Resolución 93 de la X Cumbre de la Organización de Estados Americanos (abril de 1956), un pronunciamiento anticomunista que el peronismo había rechazado dos años antes (Department of State, Central Files, 611.35/1–2756, Central Files, 611.35/12–1657. Confidential). Efectivamente, en cuanto al papel de Argentina en Occidente, la administración Eisenhower reconocía la posición estratégica argentina y valoraba positivamente la predisposición del gobierno provisional hacia una cooperación más estrecha en términos políticos y militares. Aunque el gobierno argentino mostró prudencia respecto a la firma de pactos militares explícitos, debido a la sensibilidad de la opinión pública interna, el presidente Aramburu y el vicepresidente Isaac Rojas expresaron interés por avanzar eventualmente hacia acuerdos formales de defensa con Estados Unidos (Department of State, Central Files, 611.35/12–1657. Confidential). Efectivamente, la intención de la “Revolución Libertadora” de subordinar la agenda económica y diplomática argentina al bloque anticomunista, desmarcándose así de los gestos aperturistas con Moscú, que habían caracterizado a la etapa peronista resultaba clara para el Bloque anticomunista.
En este marco, y consciente de que la resistencia peronista se estaba reconfigurando en comandos clandestinos y acciones guerrilleras, Aramburu importó en 1957 la Doctrina de la Guerra Revolucionaria Francesa, empleada por el Ejército de Francia en Indochina y Argelia, para conceptualizar la oposición interna como un conflicto bélico sui generis (Pontoriero, 2022, 45-66). Bajo el paraguas de un “enemigo interno” acusado de infiltrar sindicatos –relación sobre la que ya habían advertido los informantes alemanes– la administración militarizó el orden público.
Con ese fin, se crearon en 1956 la División de Investigaciones de Partidos Antidemocráticos de la Policía Federal y la Junta de Defensa de la Democracia (decreto-ley 18787) para investigar las actividades públicas y clandestinas que llevaba adelante el comunismo en el país. En 1956 también se crearon la Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires (DIPPBA, entonces “Central de Inteligencia”, como derivación del decreto de Intervención Federal 3603/55) y la Secretaría de Informes del Estado (SIDE) (decreto 776/56). Estas dependencias convergieron en la vigilancia exhaustiva de espacios de sociabilidad considerados de alto riesgo, especialmente los clubes de inmigrantes eslavos, cuyos archivos revelan estadísticas detalladas de nombres, redes familiares y publicaciones comunitarias bajo sospecha de propaganda prosoviética.
Al mismo tiempo, Aramburu reforzó la cooperación con los servicios de inteligencia occidentales. Estrechó lazos con la República Federal Alemana de Konrad Adenauer, con quien firmó convenios de difusión de propaganda cultural anticomunista a través del Comité Internacional para la Defensa de la Cultura Cristiana, organismo financiado por Bonn (PA AA –Archivo Político de la Cancillería Alemana–, B 33, Bd. 037 y 090). Más aún, el BND –sucesor de la red Gehlen, heredera de los antiguos servicios secretos nazis– reactivó sus redes latinoamericanas durante el período de la “Libertadora”, reclutando informantes dentro de la diáspora germanoeslava. Agentes como Ferdinand y Jan Ďurčanský, antiguos colaboradores del régimen de Tiso, actuaron como enlaces entre el BND alemán, la CIA norteamericana y la SIDE argentina, facilitando la inserción de fuentes locales en la nueva burocracia de inteligencia (Meding, 2021, 700-701, Entrevista con Justin Dudaš, 21/12/ 2017).
Así, el gobierno argentino se comprometió oficialmente a brindarle al Comité información sobre actividades propagandísticas comunistas y a distribuir en Sudamérica los boletines mensuales del servicio de información alemán y las revistas del Comité (PAAA –Archivo Político de la Cancillería Alemana– B 33-090). Este rol activo de parte del gobierno argentino no hizo más que legitimar la reactivación de las redes con los nacionalistas locales, previamente mencionadas. En este sentido, en vistas de la internacionalización de las actividades de esta organización anticomunista encubierta en Latinoamérica se intentó concretar la apertura de una filial alemana en Sudamérica con la colaboración del periódico posperonista del clérigo militante nacionalista Julio Meinvielle, Presencia, y con el grupo del periódico Azul y Blanco, –fundamentalmente a partir de otro agente de enlace, el intelectual político y nacionalista Juan Carlos Goyeneche, que ya había sido informante del servicio de inteligencia de la Alemania de Hitler, el Sichercheitsdienst (SD) (Buchrucker, 1999, 230; Meding, 2021, 566-570). Estas figuras eran contactos de relevancia para Alemania Federal, a través de cuya mirada intentaban desentrañar la situación del comunismo en el nuevo escenario local. De estas colaboraciones, estaba asegurado, en principio, el compromiso de Goyeneche para extender las redes de la propaganda anticomunista en Argentina, Paraguay y Bolivia (PAAA –Archivo Político de la Cancillería Alemana– BS 992/ L237).
El aprovechamiento –directo o indirecto– que hizo Aramburu de estas redes reveló además la paradoja de un anticomunismo de Estado que se nutría de métodos y figuras surgidas durante la Segunda Guerra, a pesar de lo cual se combinaba con un discurso demócrata, liberal y antitotalitario. En relación con la conexión alemana en particular, la continuidad de estructuras y contactos previos al Tercer Reich permitió a la SIDE de Aramburu enriquecer su acervo operativo. Esta profesionalización le valió, adicionalmente, el reconocimiento internacional ante las potencias no comunistas.
En síntesis, el giro de la Revolución Libertadora no sólo implicó un vuelco ideológico, sino una reingeniería profunda de la seguridad nacional: Aramburu amalgamó la urgencia de disciplinar al peronismo proscripto con el deseo de legitimarse ante Washington, Londres, Bonn, dando lugar a una burocracia de inteligencia cada vez más profesionalizada, especializada e internacionalizada. De este modo, la combinación de doctrinas foráneas, nuevos organismos estatales y alianzas con redes extranjeras transformó a la Argentina de posguerra en un punto neurálgico de la Guerra Fría, donde las estrategias de control interno y la lucha geopolítica contra el comunismo se encontraron en un mismo dispositivo represivo.
La autodenominada Revolución Libertadora no ancló su inserción en Occidente únicamente en redes estatales o paraestatales. Como se señaló, el gobierno de Pedro Eugenio Aramburu supo capitalizar una intrincada red transnacional de organizaciones anticomunistas para consolidar su proyección como defensor del “Occidente libre” frente al totalitarismo soviético. Entre ellas se destacó el Comité Internacional para la Defensa de la Cultura Cristiana, fundado en Francia en 1949 con el respaldo de la democracia cristiana alemana. Durante la segunda presidencia de la “Libertadora” instaló en Buenos Aires su única sección latinoamericana de facto. En la práctica, este Comité contó con el aval de la Cancillería argentina, tuvo acceso a informes de la SIDE y funcionó como puente entre la represión interna y la propaganda internacional (PAAA – Archivo Político de la Cancillería Alemana – B 33-090).
En paralelo, la cooperación con servicios de inteligencia occidentales fue central para la legitimación y la consolidación del régimen. La SIDE se articuló estrechamente con el Bundesnachrichtendienst (BND) alemán y con agencias estadounidenses, no sólo compartiendo información sino también recibiendo asesoramiento técnico y doctrinario. Esta colaboración permitió la rápida profesionalización de la burocracia represiva argentina y la circulación de marcos ideológicos que identificaban al peronismo con el comunismo (BArch – Archivo Federal Alemán – 145/25596; Meding, 2021, pp. 566–568, 718–732).
Si bien distintas colectividades de exiliados de Europa Central y Oriental –como eslovacos, croatas o húngaros– aportaron recursos y redes en el plano de la propaganda cultural, su participación debe entenderse como parte de un engranaje más amplio, subordinado a las prioridades de los servicios de inteligencia y de la diplomacia occidental. El rol de estas asociaciones residió sobre todo en ofrecer canales de legitimación doméstica y de articulación simbólica con las narrativas del anticomunismo cristiano (Jančarik, 1996; Zourek, 2014, pp. 51–52).
Un ejemplo clave fue el diario Die Freie Presse, que pasó de una posición neutral a un apoyo explícito de la “Revolución Libertadora”. Heredero del Deutsche La Plata Zeitung, este medio se convirtió en un interlocutor privilegiado del gobierno argentino con las redes de la diáspora alemana y con el BND. Su director y varios periodistas mantenían contactos regulares tanto con la SIDE como con agencias europeas, y el periódico se convirtió en una plataforma de legitimación cultural y política en clave anticomunista (Ismar, 2008; Meding, 2021, pp. 566–568, 718–732; Entrevista a Justin Dudaš, 21/12/2017).
En definitiva, la transición argentina al bloque occidental cristalizó en la confluencia entre estructuras estatales y agencias civiles transnacionales, pero sobre todo en la articulación con los servicios de inteligencia norteamericanos y alemanes. Estos vínculos, respaldados por la financiación y el asesoramiento de Occidente, reforzaron la posición internacional de Aramburu y cimentaron el discurso que asociaba la lucha interna contra el peronismo con la defensa global de la libertad.
El derrocamiento de Perón y el gobierno de Aramburu representaron un momento decisivo en la historia argentina, no sólo por su ruptura política interna, sino por la reconfiguración de los ejes de poder globales en la región. El alineamiento con Occidente se cimentó en un discurso anticomunista respaldado por agencias transnacionales e instituciones estatales, pero también por la cooperación activa de los servicios de inteligencia norteamericanos y alemanes.
Este proceso no sólo reorientó radicalmente la política exterior argentina, sino que también transformó sus políticas internas de seguridad nacional. Aramburu articuló una burocracia de inteligencia más especializada e internacionalizada, fortalecida mediante la incorporación de doctrinas militares extranjeras y la cooperación con redes occidentales. Se consolidó así un imaginario político que igualaba al peronismo con el comunismo y, por ello, lo presentaba como una amenaza existencial para la democracia liberal.
Finalmente, la Revolución Libertadora supo capitalizar estratégicamente el clima ideológico global de la Guerra Fría, insertando a la Argentina de forma activa en la disputa geopolítica internacional y redefiniendo su identidad política en clave occidental y anticomunista. Este giro, aunque efectivo en términos inmediatos para la estabilización del régimen, sentó las bases de futuras dinámicas represivas internas, evidenciando la compleja y paradójica articulación entre discurso democrático liberal y prácticas autoritarias heredadas de tradiciones totalitarias y militaristas europeas.
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BArch –Archivo Federal Alemán– 206/3337
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Entrevista con Justin Dudaš, 21/12/ 2017
PA AA –Archivo Político de la Cancillería Alemana–, B 33, Bd. 037, 090, BS 992/ L237
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1 La Conferencia de Bandung, celebrada en Indonesia en abril de 1955, reunió a representantes de 29 países de Asia y África que buscaban promover la cooperación económica y cultural, oponerse al colonialismo y establecer una posición independiente frente a los bloques occidental y soviético. Este encuentro fue clave para la consolidación política del concepto de ‘Tercer Mundo’, que más adelante se definiría como un movimiento de países no alineados que aspiraban a afirmar su autonomía frente a las potencias de la Guerra Fría (Prashad, 2007, 47-66).
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