Ondas rebeldes: espacio sonoro transfronterizo, antiperonismo y Revolución Libertadora

Rebel Waves: Cross-Border Sonic Space, Anti-Peronism, and the Revolución Libertadora

Sandra GAYOL

Universidad Nacional de General Sarmiento -
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina

https://orcid.org/0000-0003-3624-2119

sgayol@campus.ungs.edu.ar

Fecha de recepción: 27/09/2025
Fecha de aceptación: 11/11/2025

Resumen

El artículo analiza el papel estratégico de la radio durante la “Revolución Libertadora”. Muestra que la construcción previa de un espacio sonoro transfronterizo entre Argentina y Uruguay durante las décadas de 1930 y 1940 generó las condiciones técnicas y culturales que convirtieron a las emisoras uruguayas en plataformas fundamentales para la oposición antiperonista. Si bien el gobierno de Juan Perón desplegó un control sistemático sobre el espacio radiofónico argentino, no logró contener completamente el flujo informativo exterior ni impedir las estrategias comunicacionales alternativas de la oposición. El artículo sostiene, además, que el control radiofónico fue un elemento central en la planificación y ejecución del golpe de septiembre de 1955. La batalla por el poder se libró simultáneamente en el campo militar y en el espacio sonoro pues el dominio de las comunicaciones adquirió una importancia equiparable al control de los cuarteles. Los insurgentes de 1955 demostraron una notable capacidad para utilizar estratégicamente la radio estableciendo precedentes que influirían en los movimientos golpistas posteriores en Argentina.

Palabras clave: Espacio sonoro transfronterizo, peronismo, antiperonismo, Revolución Libertadora, Golpe de estado.

Abstract

This article examines the strategic role of radio during the “Revolución Libertadora”. It demonstrates that the prior construction of a cross-border sonic space between Argentina and Uruguay during the 1930s and 1940s established the technical and cultural conditions that transformed Uruguayan radio stations into fundamental platforms for the anti-Peronist opposition. While the Peronist government deployed systematic control over the Argentine radio landscape, it failed to fully contain the flow of external information or prevent the opposition’s alternative communication strategies. The article further argues that radio control was a central element in the planning and execution of the September 1955 coup. The struggle for power was waged simultaneously on the military field and in the sonic space, as control over communications acquired an importance comparable to control over military barracks. The 1955 insurgents demonstrated a remarkable capacity to strategically use radio, establishing precedents that would influence subsequent coup movements in Argentina.

Keywords: Cross-border sonic space, Peronism, anti-Peronism, Revolución Libertadora, coup d’état.

Introducción

La historiografía sobre la “Revolución Libertadora” ha privilegiado el análisis de la prensa escrita, examinando tanto las representaciones periodísticas del peronismo como el respaldo al golpe de septiembre de 19551. Estos estudios han resultado fundamentales para comprender las dimensiones comunicacionales del conflicto político, aunque dejan sin explorar otras manifestaciones mediáticas cuyo protagonismo en aquella coyuntura fue igualmente decisivo. La radio –medio que a mediados del siglo XX había alcanzado una capacidad de penetración social e influencia inmediata sin precedentes– permanece ausente de este campo de investigación.

Si bien esta laguna historiográfica responde en parte a obstáculos materiales inherentes a la preservación y acceso de archivos sonoros, cuya fragilidad y escasa sistematización han inhibido la investigación, su omisión empobrece significativamente nuestra comprensión de las prácticas comunicacionales desplegadas durante la caída del peronismo. Este artículo procura contribuir a subsanar ese vacío, centrándose en los usos políticos de la radiofonía durante la sublevación que culminó con el derrocamiento del presidente Juan Perón en 1955. El control del espacio sonoro que lograron los rebeldes les permitió no solo coordinar operaciones y difundir información táctica entre comandos geográficamente dispersos sino también construir en tiempo real una narrativa legitimante que disputaba la hegemonía del relato oficial. La etapa final del enfrentamiento entre peronismo y antiperonismo fue también, en este sentido, una guerra comunicacional en la que la radio desempeñó un papel crucial en la batalla por el control de la narrativa pública.

Las emisoras revolucionarias, las emisoras copadas por los rebeldes y la amplia red de emisoras con antenas instaladas especialmente en Uruguay y generosas con las voces antiperonistas, desplegaron una estrategia comunicacional que combinaba información factual con construcción emocional, contenido político explícito con recursos melodramáticos para interpelar directamente a la población civil y mostrar autoridad y hegemonía2.

En el primer apartado me detengo brevemente en el espacio sonoro transfronterizo entre Argentina y Uruguay que se formó gracias a la fluidez y permeabilidad de las ondas radiales y al desarrollo técnico de la radiodifusión durante las décadas de 1930 y 1940. La integración de este espacio en un hinterland cultural preexistente, simultánea a la consolidación de la radio como el medio de comunicación y entretenimiento más importante de mediados del siglo XX, permitió al tiempo que contribuye a explicar que el control de las emisoras se convirtiera en un factor central y en una necesidad estratégica para los «libertadores». En el segundo apartado analizo los usos políticos de la radio en el marco de la Segunda Guerra Mundial, la temprana Guerra Fría y los enfrentamientos entre peronismo-antiperonismo. Si bien el gobierno, como ha sido demostrado por la historiografía, logró la estatización de las principales emisoras entre 1947 y 1948 y desarrolló una moderna y compleja maquinaria de construcción hegemónica a través de la radio no pudo, sostengo, controlar completamente el flujo de información que llegaba desde el exterior ni impedir que la oposición desarrollara estrategias alternativas de comunicación. Las fisuras del modelo de control radiofónico peronista, evidente en la crisis política de abril de 1953 y expresada con claridad con la apertura del dial nacional a la oposición en julio de 1955, creó las condiciones para que los golpistas pudieran disputar exitosamente el espacio sonoro. En el tercer apartado, reconstruyo los preparativos y las prácticas que desplegaron los revolucionarios de 1955 para copar las emisoras radiales. Muestro que había razones operativas, políticas y simbólicas para disputar ese control. Coordinar las operaciones militares, imponer una visión de los hechos y perforar la fortaleza comunicacional del “totalitarismo peronista” eran motivaciones suficientes y que confluyeron en 1955.

El espacio sonoro transfronterizo rioplatense

La radiodifusión en Argentina experimentó durante las décadas de 1930 y 1940 un desarrollo técnico y comercial extraordinario que la convertiría en el medio de comunicación más influyente de mediados del siglo XX (Ulanovsky et all, 1995; Karush, 2013). Las características técnicas específicas del medio radial, basadas en la propagación de ondas hertzianas, permitieron una expansión geográfica sin precedentes que trascendía incluso las fronteras nacionales y creaba nuevas posibilidades de influencia política y cultural. Esta capacidad de penetración territorial la convirtió en un medio diferente a la prensa escrita generando dinámicas políticas y culturales completamente nuevas.

La geografía rioplatense resultaba propicia para la expansión radiofónica debido a la ausencia de obstáculos naturales significativos que pudieran interferir con la propagación de las ondas. Se podían captar sin mayores problemas las transmisiones radiales tanto desde el litoral argentino y la ciudad de Buenos Aires, como desde el litoral de Uruguay y la capital uruguaya (Maronna, 2022; Fernández Damonte, 2025). Los ensambles y la transmisión conjunta entre emisoras ubicadas en ciudades y localidades distantes multiplicaban el alcance y la conexión, estimulando un tipo de programación que además de muy variada por sus temáticas, lo era también por su permeabilidad en combinar necesidades e intereses estrictamente locales con programas abocados a hechos y situaciones en geografías muy distantes. La onda corta permitió además la transmisión sobre estas lejanías potenciando el poder de llegada de las emisoras.

Esta fluidez técnica de las comunicaciones radiales estimuló un espacio sonoro transfronterizo que desafió las concepciones tradicionales de soberanía nacional y control informativo. Se trataba de un territorio acústico compartido allende las fronteras político-administrativas entre Argentina y Uruguay configurado a partir de la circulación de ondas sonoras –principalmente radiofónicas– que enlazaban la propagación del sonido con prácticas culturales, políticas y comunicacionales que penetraban en espacios territoriales distintos a su punto de origen. En este espacio sonoro circuló información, propaganda y contenidos culturales. Se podían, como veremos enseguida, infiltrar voces opositoras y disidentes a los gobiernos3. Este espacio no existió como tal antes de la expansión radiofónica de los años 1930 y 1940, aunque por supuesto que se insertó en un hinterland rioplatense previo configurado por la circulación desde mucho antes de prensa, personas y mercancías entre Buenos Aires, el litoral y Montevideo. Su configuración específicamente sonora dependió de condiciones técnicas (desarrollo de transmisores potentes, ausencia de barreras geográficas significativas), económicas (vínculos empresariales transfronterizos y modelo comercial publicitario) y geopolíticas (segunda Guerra Mundial, Guerra Fría, enfrentamiento peronismo-antiperonismo). Estas condiciones se fueron articulando entre 1930 y 1955 y permitieron que el espacio operara como plataforma comunicacional alternativa ante el control estatal peronista de las frecuencias argentinas4.

Fue en el decurso de las décadas de 1930 y 1940 cuando este espacio sonoro se fue constituyendo de la mano del crecimiento exponencial de las emisoras y del establecimiento de un modelo de negocios y funcionamiento del medio que resultaría fundamental para comprender las disputas posteriores por el control de la voz del dial. En este sistema, el Estado actuaba como concesionario de las ondas radioeléctricas mientras que los particulares operaban como licenciatarios con un esquema de sostenimiento económico fundamentado primordialmente en los ingresos publicitarios (Matallana, 2006; Maronna, 2002)5.

Hacia la década de 1940, Argentina contaba con diecinueve emisoras en la Capital Federal y más de treinta frecuencias provinciales, articuladas principalmente a través de tres grandes cadenas comerciales: El Mundo, Belgrano y Splendid. Radio El Mundo, cuyo licenciatario Harry Wesley controlaba también la editorial Haynes –responsable del diario El Mundo y revistas como El Hogar y Mundo Argentino–, marcó un hito desde su creación en 1935. Concebida según el modelo de la BBC londinense, su edificio Art Déco en Maipú 555 fue diseñado conforme a las más avanzadas especificaciones técnicas de la época (Martínez Almudevar, 2023). Radio Belgrano, fundada en 1924 y rebautizada así en 1933, tenía en Jaime Yankelevich a su licenciatario y principal impulsor. Yankelevich transformó la emisora en la más influyente del país mediante innovaciones como la Primera Cadena Argentina de Broadcastings, creada en 1937 para retransmitir programación porteña hacia el interior. Con cobertura en Capital Federal, provincia de Buenos Aires y el noroeste, era la estación más potente del territorio nacional. Radio Splendid (R.A.D.E.S), de cobertura similar pero menor potencia, desarrolló en 1941 su propia Red Argentina de Emisoras Splendid, enlazando estaciones en las principales ciudades del país (Ulanovsky et all 1995; Matallana 2013; Widener 2014).

Cada una de estas emisoras centrales operaba mediante un sistema de repetidoras distribuidas en diferentes localidades, extendiendo su programación a través de una red que alcanzaba cuarenta y cinco estaciones del interior y configuraba un sistema nacional de radiodifusión que cubría prácticamente todo el territorio argentino. Esta integración operativa trascendía las fronteras nacionales: las conexiones y retransmisiones conjuntas con emisoras uruguayas eran frecuentes, aprovechando una expansión igualmente notable al otro lado del Río de la Plata. Uruguay contaba entonces con treinta y nueve emisoras, veinticuatro de ellas en Montevideo, para una población que no superaba el millón de habitantes (Maronna, 2022).

Fuente: Elaboración propia. El mapa se realizó utilizando QGIS 3.40 sobre mapa base de Natural Earth (mapa político de naciones y provincias de Argentina). Se tomó como punto de partida el análisis de alcance radiofónico de Widener (2014: 56), ampliándolo mediante la incorporación de emisoras uruguayas cuya influencia transfronteriza efectiva fue documentada en fuentes de época. La ubicación de las radios uruguayas se definió en base a la ciudad donde se ubicaban sus centros de transmisión. Sistema de coordenadas: WGS 84 (EPSG:4326)6.

Las características geográficas del Río de la Plata y del río Uruguay permitían que las transmisiones de las emisoras de la capital uruguaya y de su litoral fueran recibidas en territorio argentino, especialmente cuando contaron con transmisores y antenas de mayor capacidad a partir de los años ‘40. Esta conectividad natural facilitó que, por ejemplo, Radio El Espectador de Montevideo estableciera vínculos simultáneos con la mayoría de las radios del litoral, especialmente, Cultural y Tabaré, ambas ubicadas en la ciudad de Salto, que a su vez entraban en cadena con las emisoras del litoral argentino. Radio Carmelo hacía lo propio con LV2 radio de la ciudad de Córdoba, y LS 2 Radio Prieto de Buenos Aires transmitía en simultáneo con CXA2 Radio Continental de Montevideo. Este entramado de retransmisiones se vio complementado por el Servicio Oficial de Difusión, Representaciones y Espectáculos de Uruguay (SODRE), cuyo moderno equipo de transmisión permitía la escucha nítida en varias localidades argentinas, evidenciando que la integración radiofónica rioplatense operaba tanto en el ámbito privado como en el oficial (de Torres, 2015; Maronna, 2022).

Quizás sea Radio Colonia la que mejor ilustre la integración y complejidad del espacio sonoro rioplatense y sus implicancias políticas. Originalmente conocida como Radio Popular (CW37), ya en 1933 pretendía ser la “más poderosa estación de radiodifusión sudamericana”7. En 1937 se propuso ser una estación uruguaya con sala de transmisión en Montevideo, Colonia y Buenos Aires, aspiración que sugiere un público amplio de escuchas con intereses compartidos, aunque sin descuidar los intereses de la audiencia local. Un año más tarde, la publicidad de la revista Cine Radio Actualidad la anunciaba como la «potente emisora uruguaya para ambas márgenes del Plata» que transmite en cadena con Radio del Pueblo «en todo el Uruguay y en todas las provincias argentinas», agregando: «Es una valiosa onda comercial para los mercados publicitarios uruguayos y argentinos» (Gayol-Maronna, 2026). Según el juicio del periódico La Colonia, el vínculo virtuoso que mantenían los capitales de ambos lados se sostenía además en el potente movimiento artístico y literario que permitía un intercambio de ideas y producciones entre las ciudades y pueblos.

Las publicaciones enfocadas en la radio reproducían la programación que se emitía en ambos países pues los licenciatarios de las principales emisoras eran dueños de periódicos, revistas y semanarios. Publicaciones como RadiolandiaSintonía y Antena no sólo eran propiedad de los mismos licenciatarios de las radios comerciales, sino que también constituían un soporte necesario para la industria del entretenimiento de Argentina y Uruguay de mediados del siglo XX. Leer revistas, folletines o periódicos producidos en Buenos Aires no resultaba ajeno para quienes residían en la otra orilla del Río de la Plata. La «vecindad informativa» entre Buenos Aires y Montevideo tallada en torno a los periódicos, las corresponsalías y figuras periodísticas a fines del siglo XIX (Caimari, 2019 y 2023) engordó muchísimo con la expansión del dial, las diversas agencias privadas y estatales, los corresponsales y el rol estratégico de la radiofonía en la geopolítica global a mediados del siglo XX.

El consumo de noticias, los flashes informativos, programas políticos, así como la participación de políticos en el dial devinieron parte de la rutina diaria y acompañaron el número creciente de aparatos de radio. Según el censo de 1947 en Argentina había un receptor cada 5 personas y, en 1948, se estima que había un aparato cada 7 habitantes en Uruguay. Estas cifras, muy estimativas e incapaces de precisar su distribución geográfica y por unidad familiar muestran, sin embargo, que la radiofonía estaba expandiéndose en ambos países y que, para el caso de Argentina, el número de aparatos en relación a su población duplicaba a países como Italia o Rusia y se ubicaba por encima de todos los países latinoamericanos, incluyendo los más poblados como México y Brasil (Matallana, 2006).

La Segunda Guerra Mundial marcó un punto de inflexión en la concepción del poder radiofónico. Los gobiernos de los estados beligerantes controlaron qué información se difundía entre la población, qué medios intervenían y qué agencias de prensa tenían la posibilidad de proveer noticias. Sin duda, decidir qué decir, cuándo decirlo, quién lo decía y cómo fue crucial en aquel momento. Lo mismo sucedió en América Latina, especialmente con la creación de la Oficina de Asuntos Interamericanos (OIAA), agencia de propaganda coordinada por Nelson Rockefeller bajo la dirección del Departamento de Estado de los Estados Unidos. La OIAA desplegó diversas estrategias propagandísticas para crear una opinión pública favorable a los Aliados y a Estados Unidos, al tiempo que se propuso contrarrestar la propaganda de los países del Eje en la región, utilizando inicialmente las transmisiones de radio de onda corta y luego estableciendo contacto con estaciones de radio locales para realizar retransmisiones de programas originados en Estados Unidos.

Entre 1941 y 1942 se constituyó el Comité Coordinador de la Oficina de Asuntos Interamericanos en Uruguay (CCOU), ya que desde Washington se consideraba que la creación de estos comités –conformados por funcionarios diplomáticos, empresarios y agentes culturales estadounidenses– en cada país latinoamericano permitía llevar a cabo una gestión más efectiva no solo de las actividades de propaganda sino también de las comerciales. El espacio radiofónico uruguayo satisfizo estas expectativas: se vinculó y creció con capitales norteamericanos y se alineó rápidamente con la política de propaganda hemisférica de Estados Unidos (Cramer y Prutsch, 2012; Calderón, 2022; Rankin, 2009). Sobresalieron las dos radioemisoras más importantes de Montevideo: CX16 Radio Carve, asociada a la Columbia Broadcasting System (CBS), y CX14 Radio El Espectador, asociada a la National Broadcasting Company (NBC). Los empresarios de estas dos radios uruguayas aprovecharon la coyuntura política de la guerra para mejorar sus equipamientos con el apoyo tecnológico de Estados Unidos (Maronna, 2022). Mientras tanto, el presidente argentino Roberto M. Ortiz impuso controles en los medios y en las agencias informativas: prohibió por ley la difusión de cualquier noticia que entrara en colisión con el propósito de mantener la neutralidad. Y la radio del estado, Radio Nacional, creada en 1937, evitaba cualquier tipo de malentendido constriñéndose a informaciones sucintas.

Finalizado el conflicto bélico el control de la información y su difusión fueron las armas principales en la confrontación. En este marco el espacio sonoro transfronterizo se convirtió progresivamente en un escenario muy propicio para desplegar el enfrentamiento político. Esto fue posible porque ya la radio era parte de la vida cotidiana y había ingresado al interior de los hogares. El atractivo de la radio –sin contar que no era necesario saber leer y escribir para acceder a ella– reposaba en el contacto directo con el público, el poder magnético de la voz humana y la capacidad de involucramiento afectivo de los oyentes que, en determinadas situaciones, como las crisis políticas, la convertía en un medio aún más indispensable y atractivo para los gobiernos o grupos políticos.

Control radial peronista y oposición radial transnacional

Desde sus inicios dirigentes y partidos políticos usaron la radio ya sea en sus variantes móviles con parlantes diseminados en la vía pública o desde los estudios de audición. En momentos de contiendas políticas el espacio sonoro de las ciudades se saturaba de consignas y proclamas, acusaciones a los contrincantes y propuestas para seducir al electorado. Radio Argentina, una de las primeras radios del país, transmitió la asunción de Alvear a la presidencia en 1922 y, por caso, figuras como Federico Cantoni en San Juan o Miguel Tanco en Jujuy se valieron tempranamente y con eficacia del dial (Kingard, 2009, p. 18). No obstante, el papel de la radio como herramienta política experimentó una transformación profunda durante los dos primeros gobiernos de Juan Perón (Matallana, 2023). En 1943, el gobierno militar creó la Subsecretaría de Informaciones y Prensa para “asegurar la dignidad del derecho de libre expresión de las ideas (y) contribuir a la defensa y exaltación de la tradición histórica de la cultura y de los valores morales y espirituales del pueblo argentino”8. El organismo, dependió inicialmente de la presidencia y más tarde pasó a la órbita del Ministerio del Interior, nació en el marco de una tendencia occidental en la que los estados, independientemente de su forma de gobierno, asumieron un rol central en la propaganda que se emitía a través de los medios masivos de comunicación (Kriger, 2021). El gobierno de Perón no permaneció al margen de este proceso general y produjo también materiales propagandísticos en grandes cantidades y diversos formatos centrados en la lucha contra el enemigo político e ideológico.

La Subsecretaría, luego nombrada Secretaría, fue entonces un organismo clave en los años de mayor endurecimiento del gobierno peronista y de mayor conflicto con la oposición (Kriger, 2021; Lindemboin 2021). La intención de peronizar la sociedad exigió incrementar el control sobre la información difundida y diseñar una estrategia de contrapropaganda que cobró especial notoriedad con la llegada de Raúl Alejandro Apold como director general de Difusión en enero de 1947. Proveniente del periodismo y la industria cinematográfica, había forjado su experiencia como periodista en el diario El Mundo y en el ámbito publicitario de los estudios Argentina Sono Film. Su trayectoria en el gobierno, que comenzó en 1946 como director general del Noticiero Panamericano, empezó a descollar desde 1949 cuando fue designado subsecretario. Desde esta posición Apold demostró una comprensión amplia y profunda de las posibilidades comunicacionales de la radio (Kriger, 2021; Mercado, 2013). El crecimiento exponencial de la subsecretaría bajo su dirección se refleja tanto en la expansión del personal como en el aumento de las audiencias. De los 182 empleados que contaba el organismo en marzo de 1946, la cifra se disparó a 1.167 funcionarios en septiembre de 1955, sin incluir el personal tercerizado contratado para diversas tareas (Lindemboin, 2020). Al mismo tiempo, en menos de dos años, el gobierno logró controlar la mayoría de las estaciones radiofónicas del país. Las adquisiciones más espectaculares fueron la compra de Radio Belgrano y toda su cadena nacional a Jaime Yankelevich en 1947, seguida por la adquisición de LR1 Radio El Mundo y toda la Red Azul y Blanca (complejo Haynes) en 1948 (Lindemboin, 2020). Este proceso acelerado de control no produjo modificaciones significativas en la programación dedicada al entretenimiento de los oyentes. Se mantuvieron los programas infantiles, los espacios religiosos, los consejos para el hogar, las comedias y los dramas, preservando la estructura del star system que había consolidado la industria radiofónica comercial durante los años cuarenta (Luna, 2013). La continuidad y la masividad ofrecía al público nuevas formas de consumo y aspiraciones materiales, contribuyó a normalizar una cultura de acceso y participación en la modernidad urbana, vinculando al Estado con el bienestar cotidiano (Elena, 2011). A la par el cambio fue muy profundo en el terreno informativo y político.

El mensaje del gobierno copó el dial y las voces de Perón y de Eva atravesaron todo el espectro sonoro buscando imponerse no solo entre los simpatizantes del movimiento sino también entre quienes no adherían a él. Esta invasión sonora se convirtió en una marca de la presencia omnipresente del Estado y en una experiencia cotidiana con significados divergentes según la posición política del oyente. Si para amplios sectores populares estas voces constituían señales de reconocimiento y participación, para los opositores –tanto dirigentes políticos como hombres y mujeres comunes, incluso para quienes permanecían distantes de la política–, el sonido constante del discurso oficial representó una forma de ocupación del espacio público y del imaginario doméstico dotada de un fuerte impacto simbólico. Es que la audiencia también creció. Raúl Apold calculaba y se jactaba del poder de penetración de las cadenas nacionales. Consideraba que éstas tenían aproximadamente 9 millones de oyentes, de los cuales 7.200.000 correspondían al interior del país9. Un aspecto del segundo plan quinquenal de 1952 era continuar expandiendo la radio (y los medios de comunicación en general) mediante el cumplimiento del Servicio Oficial de Radiodifusión y la creación de veintiuna nuevas estaciones de radio desperdigadas por todo el país10.

La demostración del uso político del medio y su uso por parte del gobierno alcanzó su punto álgido en 1951 y 1952. En mayo de 1951, Perón y Eva Perón lanzaron personalmente desde los estudios de LR1 Radio El Mundo el programa “Plumazos radiales: una tribuna diferente”, donde Eva subrayó el carácter “doctrinario” de la audición y Perón enfatizó que se necesitaban “predicadores” porque “su tarea nos hará triunfar, no solamente en los hechos, sino también en la conciencia de los argentinos”. Mientras la pareja gobernante se involucraba en la campaña electoral para unas elecciones cruciales, –se renovaban todos los cargos ejecutivos y una porción de los legislativos–, y cuyo calendario el mismo presidente había modificado sobre la marcha, la oposición política no tuvo acceso al espacio radial local. Al año siguiente, con la muerte de Eva Perón y el lanzamiento del segundo plan quinquenal que mencionamos más arriba la radio peronista explotó y demostró su uso y su capacidad para cultivar la relación entre proyecto político peronista y sociedad (Gayol, 2023). Si por supuesto la experiencia auditiva generada durante el peronismo no fue unívoca, para los no peronistas representaba imposición, agobio y saturación. No debe asombrar que el dominio de la palabra radiada haya condensado parte de la disputa política del momento y generado una marca duradera en las memorias sobre aquellos años. No debe sorprender tampoco que ciudadanos y actores políticos diversos hayan buscado sintonizar radios alternativas.

Efectivamente, el principal desafío al control peronista de las comunicaciones provino de las emisoras radiofónicas uruguayas cuyo alcance transfronterizo permitió a los opositores argentinos, y a los opositores al peronismo en general, cuestionar al gobierno y plantear propuestas disidentes. Radio Carve, El Espectador, Colonia, Cultural de Salto y SODRE fueron las principales estaciones. También participó radio Ariel, Westinghouse, La Voz del Aire, Águila, o Monumental (Oddone, 2004, p. 31; Ferretjans, 2008, p. 478). Los exiliados antiperonistas en Uruguay –que incluía dirigentes de los principales partidos opositores: UCR como el diputado Rodríguez Araya (expulsado del parlamento en 1949), socialistas, conservadores, militantes e intelectuales– practicaban la denuncia pública y la pertinaz oposición mediante la combinación de manifiestos y proclamas, la organización de actos y conferencias en espacios como el Ateneo de Montevideo, y sus filiales en el interior, y en diferentes medios de comunicación como los periódicos y las radios11. El socialista Alfredo Palacios exiliado en Montevideo desde 1943, tenía su propio espacio en la radio (Calderón, 2022, p 206) y hubo momentos en los que “los exiliados argentinos” daban “conferencias” por la radio o participaban como invitados en programas específicos.

Los medios uruguayos en ocasiones publicaban cartas de presuntos radioescuchas argentinos que celebraban el rol de estas emisoras. Una de ellas, aparecida en El Heraldo Salteño en julio de 1955, presentaba a Radio Cultural como ‘única antena de la libertad’ en medio de las ‘tinieblas’ peronistas. El lenguaje grandilocuente y la epístola en sí funcionaba menos como testimonio espontáneo que como pieza de una estrategia propagandística que buscaba demostrar influencia transfronteriza y sostener el apoyo local a una línea editorial que generaba tensiones diplomáticas con Argentina (la carta en Vero Vinci, 2009, p. 75). También el dial de Radio Colonia tuvo un papel activo criticando al gobierno de Perón y exacerbando a la opinión pública. Ofrecía noticias vedadas en Argentina, hacía comentarios sobre el “despotismo” o participaba coordinadamente con el Comité Anti totalitario de Colonia y con los diarios El Ideal y La Colonia de la ciudad homónima12. El director de La Colonia, por caso, conducía la audición especial Tribuna Democrática que desde las ondas de Radio Colonia editorializaba contra las políticas económicas peronistas, especialmente las restricciones cambiarias que afectaban el comercio del litoral, y denunciaba las “violaciones a los derechos humanos”, concluyendo con llamados a “recuperar la libertad perdida” (Gayol-Maronna, 2026).

La presencia antiperonista, la inserción de periodistas argentinos en diarios y radios especialmente de Montevideo y el litoral, generó protestas del gobierno argentino que además pedía la intervención del gobierno del país vecino ya sea mediante la suspensión de la emisora en cuestión o levantando la licencia para operar. Intentar aplacar la voz que venía por el aire en ocasiones venía de la mano de obstáculos para el ingreso y la circulación de prensa uruguaya en Buenos Aires (Oddone, 2004, p 32) y de rumores infinitos sobre compras de emisoras uruguayas por parte del gobierno de Perón13. Las tensiones diplomáticas convivían con la oposición de casi todos los partidos y dirigentes políticos uruguayos, con las acusaciones de infiltración peronista en el litoral uruguayo y con la imputación recíproca entre ambos gobiernos de propaganda maliciosa e interferencia de la radiofrecuencia. Obviamente, la permeabilidad del espacio sonoro rioplatense operaba en ambas direcciones. Mientras las emisoras uruguayas difundían contenidos antiperonistas por doquier hacia Argentina, las potentes transmisiones argentinas alcanzaban territorio uruguayo con programación peronista. Los residentes de los departamentos situados a lo largo del río Uruguay escuchaban radios argentinas con la misma familiaridad que si se tratara de programación local y esta bidireccionalidad del espacio sonoro lo convertía en un territorio acústico disputado donde circulaban mensajes contradictorios según la orientación de cada emisora, los momentos y las circunstancias. Por ejemplo, en 1953 y entre junio y septiembre de 1955.

A partir de 1953, en una coyuntura económica y política crítica marcada por el estallido de dos bombas mientras Perón se dirigía a la multitud reunida en la Plaza de Mayo de Buenos Aires, y por la posterior quema y destrucción del Jockey Club y de locales partidarios opositores, el control mediático del peronismo mostró fragilidades. La muerte de Juan Duarte, ocurrida por esos días y rodeada de confusión, profundizó las fisuras en la comunicación oficial. Estos hechos fueron ampliamente difundidos por las agencias de noticias y la prensa internacional14. Las dos bombas, audibles incluso para quienes seguían el discurso presidencial por la radio, fueron seguidas por la ira de Perón, la ofensiva de la oposición y la radicalización del discurso de Raúl Apold. Durante una reunión con gobernadores al día siguiente, el 16 de abril, el funcionario les propuso una propaganda “para el bienestar del pueblo y la grandeza nacional”, y otra destinada a “triturar la acción opositora” 15. Inspirado en los acontecimientos de esos días de abril definió a la oposición como “enemigos coordinados, audaces y despojados de escrúpulos”, a quienes debía vencerse y superar “en audacia para asfixiar en su nacimiento todo intento de subversión, desorden o agitación contra las instituciones y sus exponentes”. No resulta sorprendente que, tras el bombardeo a la Plaza de Mayo en junio de 1955, Perón desplazara a Apold de su cargo en un intento de reconciliación con la oposición. Junto con estas declaraciones tan poco edificantes, en 1953 la Secretaría de Prensa desde Buenos Aires emitía boletines reproducidos en las radios con la intención de transmitir calma a la población y reafirmar la hegemonía del relato oficial. El espacio saturado por la voz estatal que transmitía los boletines de Apold condensaba tanto el control como las fracturas del gobierno.

Que el control radiofónico ya no producía los mismos réditos políticos que en años anteriores lo mostró la privatización de las emisoras en enero del año siguiente. Si bien la venta se realizó a grupos empresariales afines y el gobierno conservaba capacidad de control sobre los tiempos en el aire, aquel paso marcó un punto de inflexión. El dominio comunicacional del Estado no era impenetrable y, al mismo tiempo, el gobierno reconocía con ese gesto –y con la apertura progresiva de los micrófonos a las voces opositoras– el peso real y simbólico de la disputa por la palabra radiada en el escenario político. Un momento significativo llegó el 27 de julio de 1955 cuando, tras años de monopolio peronista sobre los medios de comunicación masiva, la Unión Cívica Radical finalmente pudo emitir una alocución por radio16. Le siguieron discursos de dirigentes de otros partidos políticos y gestos –sabemos hoy infructuosos– de Perón por contener el avance de las expresiones opositoras y lograr la reconciliación. La apertura de la radio a la oposición intensificó el clima de confrontación y alimentó el impulso triunfalista que, desde las emisoras recién privatizadas y desde las radios uruguayas, erosionaba la hegemonía comunicacional peronista.

La planificación golpista y el combate decisivo por las ondas

Cuando Eduardo Lonardi aterrizó en el Aeroparque Tres de Febrero de la ciudad de Buenos Aires el 19 de septiembre de 1955, una multitud vitoreó su llegada. Los aplausos y gritos se multiplicaban cada vez que resonaba la palabra libertad y el entusiasmo se desbordaba cuando el locutor de LRA1 Radio del Estado anunciaba las cadenas de radiodifusión que se habían plegado a propagar el suceso. La lectura pública de estas emisoras –CX14 El Espectador, CXA3 Ariel, CX44 Solís, CX16 Carve, la Radio Nacional de la República Oriental del Uruguay, CW1 Radio Colonia y CX8 Sarandí junto a todas las emisoras nacionales argentinas– no era un simple listado ceremonial sino la culminación simbólica de una estrategia comunicacional transnacional y que certificaba que el espacio sonoro rioplatense había operado como plataforma integrada del golpe. Esta proclamación radiofónica constituía, en sí misma, un acto performativo de poder: al enunciar las adhesiones los golpistas no solo informaban sobre su control territorial, sino que construían la percepción de una hegemonía comunicacional incontestable desdibujando las fronteras entre información y legitimación política17.

El uso radial y ceremonial no era una novedad. Ya en 1930, el general José Félix Uriburu tras derrocar a Yrigoyen se dirigió a la población por radio sentando un precedente que demostraría la importancia estratégica del medio en el terreno político-militar. Sin embargo, la experiencia acumulada durante los años peronistas y los intentos frustrados de insurrección –en especial el levantamiento del general Benjamín Menéndez en 1951– brindó lecciones esenciales sobre la necesidad de dominar las comunicaciones radiofónicas para asegurar el éxito de cualquier empresa conspirativa.

El golpe de 1951 había expuesto las limitaciones de una estrategia que no contemplara ese control18. Los conspiradores concentraron sus esfuerzos en ocupar instalaciones militares claves –Campo de Mayo, el Colegio Militar, y varias bases aéreas– además de lanzar volantes desde aviones de la Base Aeronaval Punta Indio. Aquella maniobra, sin embargo, resultó ineficaz frente a la inmediatez y alcance de las transmisiones radiofónicas que neutralizaron en tiempo real las proclamas insurgentes y bloquearon la posibilidad de informar sobre los objetivos del movimiento. Esa lección no sería olvidada cuando llegó septiembre de 1955.

En vísperas del golpe, tanto el gobierno como la oposición civil y militar comprendían que el dominio del espectro radiofónico equivalía al control de la narrativa pública. Las medidas represivas desplegadas desde el Estado, a través de organismos como la Coordinación de Informaciones del Estado (CIDE), la División de Informaciones Políticas, el Servicio de Informaciones de la Secretaría de Asuntos Políticos y el de la Subsecretaría de Informaciones y Prensa, intensificaron la persecución de “agitadores comunistas” y acentuaron la radicalización de una oposición que hacía de la radio su principal recurso político y objetivo estratégico.

La ofensiva gubernamental contra la Iglesia Católica terminó por precipitar la rebelión abierta. El bombardeo de la Plaza de Mayo, el 16 de junio de 1955, marcó el inicio de la crisis terminal del peronismo en el gobierno y reveló crudamente la capacidad de la radio como arma política. Esa jornada, Radio Mitre de Buenos Aires –originalmente LOZ, propiedad del diario La Nación– fue ocupada por los insurgentes y difundió mensajes de la sublevación. Aun cuando los técnicos de la emisora lograron interrumpir la transmisión, el hecho había sido consumado: la noticia circuló con rapidez y fue amplificada desde el exterior por “Radio Argentina Revolucionaria”, una estación clandestina animada por exiliados argentinos en Montevideo. Esta emisora, cuya historia permanece parcialmente opaca por su carácter fugaz y clandestino, operó desde instalaciones prestadas o alquiladas en la capital uruguaya y probablemente utilizando equipamiento facilitado por radioemisoras locales simpatizantes. Aunque no contamos con documentación que precise su estructura organizativa, testimonios fragmentarios sugieren que fue producto de una combinación de periodistas argentinos exiliados, militantes antiperonistas y técnicos uruguayos colaboradores. De manera intermitente operó entre junio y septiembre de 1955 intensificando sus emisiones durante las jornadas críticas del golpe y su desaparición, tras el triunfo golpista, sugiere que su existencia respondió específicamente a las necesidades conspirativas del momento.19 Desde la capital uruguaya “Radio Argentina Revolucionaria” sirvió de plataforma para mezclar información militar y épica heroica, narrando las maniobras arriesgadas de los pilotos rebeldes y las tensiones de los combates (Fernández Damonte 2025, p 36-37).

Los bombardeos monopolizaron las conversaciones y la vida social en muchas ciudades uruguayas, las personas se agolpaban frente a las pizarras de los diarios o escuchaban, en plena calle, las transmisiones que narraban minuto a minuto la situación argentina20. La radio era un puente capaz de superar fronteras y articular un imaginario compartido de la crisis. Su alcance político quedó aún más claro cuando el gobierno argentino, acorralado, tuvo que abrir los micrófonos de las radios argentinas a la voz de la oposición política. Tras el bombardeo, mientras Radio del Estado transmitió en cadena una programación que alternaba música y comunicados oficiales, en un esfuerzo por conservar el orden público y la autoridad discursiva, Arturo Frondizi –máximo dirigente de la UCR en ese momento– hablaba por Radio Belgrano.

El mensaje “emotivo y conmovedor”, según Félix Luna (2013), fue rápidamente replicado por la prensa y las emisoras uruguayas que celebraban la apertura y la ruptura del monopolio peronista sobre la palabra radiada21. En lo inmediato, Perón debió llamar a la pacificación nacional y convocó a los presidentes de los partidos opositores a un diálogo directo. En ese marco habló Frondizi y exigió en su mensaje la devolución de las libertades públicas, el levantamiento del estado de guerra interno, la revocación de las concesiones petroleras a la California Estándar Oil y el restablecimiento pleno de la Constitución previa a 1949 (Luna 2013, p. 85-87). Aquella apertura, sin embargo, lejos de aquietar el clima político acentuó la polarización y no aplacó la decisión destituyente. Fortaleció a quienes dos meses más tarde harían de la radio el eje logístico y simbólico de la insurrección, en septiembre de 1955.

A partir de entonces tomar una emisora equivalía a conquistar el territorio y encender un micrófono era ejercer el mando. Los golpistas lo sabían: la radio no solo transmitía órdenes o comunicados, sino que interpelaba emociones, legitimaba acciones y fijaba sentidos. Su dominio implicaba simultáneamente control técnico, capacidad narrativa y autoridad simbólica. Y como demostrarían los acontecimientos de aquel septiembre, el peronismo perdería la batalla militar y también la de las ondas.

Los conspiradores realizaron una planificación meticulosa para dominar simultáneamente los cuarteles, las bases aéreas y la infraestructura radiofónica. La radio no solo debía ser tomada, sino silenciada, dominada y puesta al servicio del relato revolucionario desde el inicio. Aquella certeza estratégica se tradujo en un trabajo sostenido y preciso durante los meses previos al levantamiento final. Arturo Zabala relata la cuidada labor técnica al mando del ingeniero Carlos Burundarena, quien desde junio planificaba el silencio de las once estaciones de radio de la capital en el momento oportuno. Según su crónica, un equipo de diez hombres fue asignado para cada planta transmisora en las localidades de Florida, Ciudadela y Pacheco, en la provincia de Buenos Aires. Al cabo de dos meses, cada uno de esos equipos conocía al dedillo su tarea y el movimiento del personal que atendía y custodiaba esos objetivos estratégicos. Otros técnicos conocían también con precisión hasta los cables de energía eléctrica que alimentaban Casa de Gobierno, el Ministerio del Ejército y otras zonas vitales, que también serían destruidos en el momento indicado. Tomar una radio era un ejercicio de planificación, de conocimiento técnico y de dominio del terreno que demandaba tiempo, esfuerzo y coordinación. Todo estuvo listo en septiembre de 1955 (Zabala, 1955, p. 43; Godio, 1973).

Entre el 16 y el 21 de septiembre se llevaron a cabo enfrentamientos y operaciones en Córdoba, Mendoza, Río Santiago, Puerto Belgrano, Punta Alta, Bahía Blanca y Curuzú Cuatiá. El 15 de septiembre, la Armada y el Ejército Argentinos iniciaron la revuelta general contra Perón. Se levantaron simultáneamente varios puntos estratégicos: en Córdoba las escuelas de artillería, la Escuela de Tropas Aerotransportadas y la Base Aérea Militar; en Corrientes sectores de Curuzú Cuatiá; en la zona costera de Buenos Aires, las Bases Navales de Río Santiago y Puerto Belgrano.

Radio Base Naval Puerto Belgrano se convirtió en el epicentro comunicacional de la Marina sublevada, bajo el mando del almirante Isaac Rojas. Las transmisiones desde Puerto Belgrano permitieron coordinar las acciones operativas entre los grupos rebeldes, informar los cambios tácticos o de estrategia, alentar a los camaradas leales y convencer a los reticentes. Pero también esta radio fue una plataforma para difundir mensajes a la población y presentar el movimiento golpista como una necesidad histórica frente a la “tiranía” peronista. Los mensajes radiofónicos enfatizaban constantemente el concepto de “libertad” como articulador central y marca identitaria del discurso antiperonista, que al mismo tiempo ubicaba a los militares sublevados como herederos de las luchas patrióticas del pasado argentino decimonónico.

La proximidad de las instalaciones navales de Puerto Belgrano con la ciudad de Bahía Blanca –a solo 28 kilómetros– determinó que la ciudad fuese tomada en las primeras horas del día 16 por efectivos navales. Una columna de vehículos blindados llegó al centro, hombres armados ocuparon las tres emisoras y luego la municipalidad, donde establecieron la base de las operaciones (Marcilese, 2025). El capitán de corbeta Guillermo Castellanos Solá, al mando de la ocupación, dirigió un mensaje por radio anunciando a la población el toque de queda.

Tomar la ciudad era sinónimo de tomar la radio, y emitir un comunicado era una expresión directa e inmediata de control y dominio de la situación. Algo similar sucedió en Córdoba, origen de la rebelión y una de las primeras provincias en caer en manos del Ejército sublevado. El líder del levantamiento y muy pronto presidente provisional, el general Eduardo Lonardi, tomó los cuarteles y también el control de las emisoras. Un rol estelar le cupo a LV2 Radio Central, que ese mismo año había adquirido un nuevo equipo más potente y moderno que amplificaba su alcance hasta Mendoza y San Juan. Por supuesto, LV2 pasó a llamarse también “La Voz de la Libertad”22. Bonifacio del Carril, quien conspiraba desde Cuyo bajo las órdenes del general Julio Lagos en el Segundo Ejército, calmaba su “ansiedad por tener noticias de la Revolución (escuchando) la voz de la radio libertadora de Córdoba, que lisa y llanamente daba dos números de teléfono y pedía a los oyentes que avisasen si veían a soldados peronistas”. (Del Carril, 1959, p. 77)23.

El proceso de adhesión de las radios comerciales a la revuelta siguió patrones específicos que combinaban la difusión informativa aparentemente libre, pero alineada con los intereses del bando rebelde, la cooptación directa por parte de los revolucionarios y la adhesión forzada mediante presión militar. Esta toma operó en múltiples niveles: no solo se trataba de controlar las frecuencias, sino también de desarticular la capacidad de respuesta del gobierno y de instalar un relato legitimador del golpe en tiempo real. En ese marco, los comandos civiles revolucionarios, coordinados por figuras como Raúl Puigbó bajo las órdenes de Adolfo Sánchez Zinny, ejecutaron la denominada “Operación Rosa Negra” al despuntar el 16 de septiembre de 195524.

Esta operación implicó una distribución meticulosa de tareas: Eduardo Ayerza y sus subordinados intentaron neutralizar Radio del Estado, que era el principal medio oficial del gobierno, aunque la emisora permaneció bajo control gubernamental durante gran parte del conflicto. Guillermo Demharter fue asignado para tomar Radio Belgrano y Radio Mitre, dos de las emisoras comerciales más influyentes; mientras que Florencio José Arnaudo atacó simultáneamente Radio Antártida, Radio Porteña y Radio del Pueblo25. La dinámica real de la toma de emisoras fue compleja y es difícil de precisar: algunas fueron efectivamente ocupadas y puestas al servicio del bando rebelde, otras resistieron o fueron recuperadas temporalmente por fuerzas leales al gobierno y varias simplemente suspendieron sus transmisiones ante la incertidumbre de la situación. Más allá de estos matices, la sincronización de los operativos pretendía quebrar la capacidad de respuesta radiofónica del gobierno en la Capital Federal, disputando desde las primeras horas el dominio simbólico y material del espectro sonoro porteño. Este intento de control tuvo, además, resonancias inmediatas en el interior del país ya que como vimos muchas emisoras provinciales operaban como retransmisoras de las principales radios de Buenos Aires lo que multiplicaba potencialmente el alcance del mensaje insurgente cuando lograba imponerse en el aire amplificando la percepción de un triunfo golpista inevitable. En aquel contexto de información fragmentaria y confusa, cada transmisión rebelde adquiría un valor simbólico tal vez desproporcionado, alimentando la sensación de que el gobierno había perdido el control de la situación.

Nuevamente radio El Espectador de Montevideo, junto con sus cadenas retransmisoras, participó de este entramado comunicacional transfronterizo26. Según el testimonio de Augusto Bonardo, su director general durante 1955, Uruguay mantenía “una vieja tradición” de acoger a exiliados argentinos que huían del régimen peronista. Esta emisora, considerada la primera del país oriental, se convirtió en vocera del triunfalismo rebelde y difundió con intensidad las noticias de la insurrección. Otras emisoras uruguayas –Carve, Ariel, Sarandí y Colonia– siguieron el mismo patrón, consolidando a Montevideo y el litoral como un epicentro de propaganda antiperonista. El papel político de estas radios quedó evidenciado en Buenos Aires: los escasos choques violentos entre peronistas y antiperonistas durante aquellos días se concentraron precisamente frente a Radio del Estado y la embajada de Uruguay, dos símbolos visibles del control de la información y de la disputa por la legitimidad del relato revolucionario27. Paralelamente, proliferaron radios clandestinas y emisiones de radioaficionados cuyo rol resulta hoy muy difícil de reconstruir con precisión. Durante 1955, emisoras improvisadas intentaban penetrar desde Montevideo en el espacio radiofónico argentino, siendo la más emblemática la mencionada “Radio Argentina Revolucionaria”, que operaba desde la capital uruguaya. Fue esta última, precisamente, la que anunció el inicio de las operaciones navales en Puerto Belgrano y difundió los primeros partes de guerra. En ese contexto, la frontera entre información, propaganda y acción conspirativa se volvía cada vez más difusa.

La radio cumplió múltiples funciones: coordinar operaciones militares, sumar adhesiones entre camaradas vacilantes, sostener la moral y el entusiasmo de los leales, convocar al pueblo a plegarse a la causa y, al mismo tiempo, generar miedo y desmoralización en el bando adversario. Las emisoras comenzaron a difundir amenazas explícitas de futuros bombardeos, buscando paralizar cualquier intento de resistencia peronista. Un ejemplo elocuente de esta estrategia de intimidación quedó registrado en un mensaje transmitido por Radio Base Naval Puerto Belgrano: “ATENCIÓN: Estaciones de Radio de la Policía de Río Negro y de la provincia de Buenos Aires. Silencien sus transmisores o serán bombardeados y ametrallados. No derraméis sangre. La revolución triunfa” (Radio Base Naval Puerto Belgrano, 1955, p. 35). Esta táctica no solo apuntaba a desarticular la comunicación del gobierno, sino también a acelerar psicológicamente su capitulación, sembrando la sensación de que toda resistencia era inútil frente a un triunfo que se presentaba como inexorable.

La centralidad del control informativo en la lucha política se puso nuevamente de manifiesto cuando el general Lucero, usando la radio del Estado, transmitió un mensaje a los rebeldes invitándolos –por orden del general Perón– a concurrir al Ministerio del Ejército para negociar el cese de hostilidades. La respuesta del Comando Revolucionario de Buenos Aires fue tan breve como perspicaz: “Que las tratativas se hagan por medio del sistema de comunicaciones de ambos bandos, a fin de que el pueblo se entere del contenido de las mismas”. Esta exigencia de publicidad no solo era una maniobra astuta para legitimar su posición ante la opinión pública, sino que mostraba hasta qué punto los golpistas habían comprendido la función estratégica de la radio: cualquier negociación secreta contradecía el clima de reivindicación democrática que pretendían construir y, además, les impedía convertir el propio proceso de diálogo en parte de su acción propagandística.

Al exigir transparencia en la comunicación los insurrectos perseguían varios fines simultáneos: mostrarse sin nada que ocultar, presentarse como auténticos defensores de la democracia frente a un gobierno “autoritario” y, sobre todo, conservar el control de la narrativa pública sobre el curso de los acontecimientos. Los Comandos Revolucionarios reforzaron esta apuesta simbólica presentándose como garantes de la “información fidedigna”; subrayaban su “cuidado escrupuloso en la selección de noticias” y advertían que la “sucesión de noticias sería espaciada”, como señal de rigor periodístico y no de debilidad operativa. Así, la relativa escasez de información era resignificada como prueba de integridad moral, dándoles ventaja en el terreno simbólico frente al “aparato propagandístico” del peronismo. La promesa de “seguridad” ofrecida a la audiencia –la confianza de estar recibiendo información verídica– funcionó como un contraste deliberado con la supuesta “desinformación” del gobierno constitucional, profundizando la distancia discursiva entre ambos proyectos.

Mientras los golpistas mantenían su ofensiva militar y verbal, el gobierno respondía con una táctica defensiva cada vez más insostenible. A través de la prensa y las radios oficialistas, repetía que “en todo el país reina absoluta tranquilidad, excepto pequeños focos rebeldes”. Este mensaje, que los opositores y la prensa internacional interpretaron como mecánico y poco convincente, respondía a la estrategia gubernamental de minimizar la magnitud de la insurgencia para evitar el pánico civil y desalentar nuevas adhesiones al bando rebelde. Sin embargo, la brecha creciente entre el relato oficial y la información que circulaba desde las emisoras rebeldes y uruguayas erosionó progresivamente la credibilidad de los comunicados gubernamentales, incluso entre sectores que no eran necesariamente opositores. La batalla comunicacional ya estaba perdida no solo porque el gobierno careciera de capacidad técnica para controlar todas las frecuencias, sino porque había perdido la autoridad epistémica necesaria para que sus mensajes fueran considerados confiables por amplios sectores de la opinión pública.

Los días de septiembre de 1955 muestran también una polarización auditiva. Si bien carecemos de testimonios sistemáticos sobre cómo los sectores populares peronistas experimentaron el combate radiofónico, algunos indicios sugieren que la población trabajadora vivió esos días con incertidumbre y temor. La ausencia de resistencia peronista organizada en las calles –frecuentemente interpretada como evidencia del agotamiento del gobierno– puede también leerse como expresión de la desorientación comunicacional que generó la pérdida del control radiofónico gubernamental. Sin las voces de Perón, de las dirigentes peronistas y de los dirigentes sindicales en el aire, y ante la proliferación de mensajes contradictorios, muchos trabajadores peronistas parecen haber optado por el repliegue doméstico, escuchando el dial en busca de certezas que no llegaban. La batalla radiofónica de septiembre no solo disputó el control del Estado, sino también las emociones y expectativas de millones de argentinos que, dependiendo de su ubicación política, experimentaron esos mismos días como liberación o como catástrofe28.

El 19 de septiembre, el triunfo del proceso golpista se confirmó con un mensaje radial. Desencadenó manifestaciones públicas que vitoreaban a los efectivos insurrectos con la misma intensidad con que denostaban al gobierno derrocado. Al día siguiente, Juan Perón pidió asilo en la Embajada de Paraguay, iniciando un exilio que se prolongaría por décadas.

Conclusión

El análisis del papel radiofónico durante la oposición al peronismo y la “Revolución Libertadora” de 1955 revela que el control de las ondas durante las crisis políticas trasciende su dimensión meramente técnica para constituirse en una arena fundamental de disputa por el poder y la legitimidad. La radio, por su capacidad de penetración masiva, inmediatez comunicativa y aptitud para construir vínculos afectivos con sus audiencias, se había convertido hacia mediados del siglo XX en un recurso estratégico cuyo dominio resultaba tan crucial como el control de los cuarteles militares.

El espacio sonoro transfronterizo rioplatense, configurado durante las décadas de 1930 y 1940, proporcionó las condiciones estructurales que hicieron posible las prácticas comunicacionales desplegadas durante la crisis de 1955. La integración radiofónica entre Argentina y Uruguay, materializada en conexiones y retransmisiones conjuntas, creó un ámbito de comunicación que desafiaba las concepciones tradicionales de soberanía nacional y control informativo. Este entramado permitió que emisoras uruguayas como Carve, El Espectador, Ariel, Colonia y Cultural, pero también muchas otras como vimos en el curso de estas páginas, funcionaran como plataformas alternativas para voces censuradas en territorio argentino anticipando su protagonismo durante los acontecimientos de septiembre.

El monopolio estatal sobre las emisoras radiofónicas durante los gobiernos peronistas generó, paradójicamente, condiciones propicias para que la oposición buscara y encontrara canales alternativos de expresión. El fracaso del intento golpista de 1951, que no contempló adecuadamente la importancia de controlar las comunicaciones, proporcionó enseñanzas fundamentales sobre la centralidad estratégica del medio. La ausencia de dominio radiofónico efectivo durante aquel intento de golpe fallido permitió al gobierno mantener el monopolio informativo y contrarrestar la insurgencia con las armas y mediante el uso de las transmisiones oficiales. Los sucesos de 1955 evidencian el aprendizaje acumulado por los conspiradores y confirman que el control radiofónico no constituía un elemento meramente instrumental sino una dimensión constitutiva de la disputa política.

En una coyuntura de extrema polarización, el dial fue escenario de una batalla paralela por el control de la narrativa pública y el imaginario social. La integración comunicacional rioplatense, expresada en la participación de emisoras uruguayas durante la proclamación inaugural de Lonardi, demostró que las fronteras políticas nacionales resultaban irrelevantes frente a la capacidad de penetración de las ondas. La experiencia de 1955 muestra que la radio se había constituido, por sus características técnicas específicas, en el medio de comunicación más influyente para las transformaciones políticas de mediados del siglo XX. Su exitosa instrumentalización por los insurrectos no solo resultó decisiva para el triunfo de la “Revolución Libertadora” sino que estableció una certeza perdurable: las batallas por el poder político se libran simultáneamente en el terreno militar y en el espacio comunicacional, donde la radio ocupaba entonces una posición estratégica insustituible. Septiembre de 1955 sentó así un precedente que ofrecería herramientas e inspiración a los golpes de Estado posteriores en Argentina.

Más allá de su dimensión estratégica, la batalla radiofónica de septiembre de 1955 dejó una impronta perdurable en la memoria política argentina. El combate por el control del dial configuró una polarización sonora que dividió a la población según experiencias auditivas radicalmente opuestas: para los sectores antiperonistas, las transmisiones insurgentes resonaron como anuncio de libertad recuperada, mientras que para los trabajadores peronistas el silenciamiento de las voces de Perón y de los dirigentes sindicales significó la irrupción del desconcierto y el temor. Esta fractura del paisaje sonoro nacional trascendió el momento del golpe para constituirse en un componente duradero de las identidades políticas enfrentadas. Los antiperonistas construyeron memorias de júbilo vinculadas al sonido de las proclamas rebeldes atravesando el éter, agradecieron por siempre el apoyo de las radios y los medios de Uruguay y transmitieron experiencias de agobio, silencio y miedo de sus años peronistas. Los peronistas, en cambio, atesoraron el recuerdo de las voces perdidas del gobierno caído cuya ausencia abrupta en el espectro radiofónico simbolizaba no solo una derrota política sino también un despojo cultural y afectivo. Esta polarización sonora –con sus memorias auditivas contrapuestas, sus nostalgias encontradas y sus silencios significativos– continuaría operando en la cultura política argentina durante décadas, convirtiendo a la radio en un territorio donde se disputaban no solo relatos políticos sino también emociones colectivas y pertenencias identitarias.

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Publicaciones periódicas

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Cine radio actualidad, Uruguay, 1938, 1940.

El Ideal, Uruguay, 1952-1955.

El País, Uruguay, 1949-1955.

Marcha, Uruguay, 1953, 1955 y 1966.

La Razón, Uruguay, 1957.

Archivos

Archivo Ministerio de Relaciones Exteriores de la Cancillería Argentina. (AMREC) Fondos: Subsecretaría de Informaciones. Departamento América del Sur.

Archivo General de la Nación Argentina (AGN): Decreto N°13644 del 21/10/1943. Subsecretaría de Informaciones, Apold, Raúl, 1953. Coordinación de la difusión, propaganda y contrapropaganda sobre acción política. Buenos Aires, abril de 1953.

Archivo Histórico RTA.

National Archives and Records Administration (NARA). Record Group 229. Office of Interamerican Affairs.


1 Un relevamiento minucioso sobre la prensa escrita se encuentra en el artículo de Solis Carnicer y Maggio en este dossier.

2 La configuración de espacios sonoros transfronterizos similares en las regiones andina (Argentina-Chile) y norteña (Argentina-Paraguay) requiere más investigación y el hallazgo de nuevos documentos. Tengo algunos indicios que sugieren dinámicas parecidas, aunque de menor intensidad debido a factores geográficos y diferencias en el desarrollo radiofónico de esos países. Como se indica más adelante, en septiembre de 1955 los rebeldes tomaban información de radios de Chile, que era también levantada por Radio Carve de Montevideo o viceversa. Sobre el peronismo en Chile, la radio y la prensa Acuña, 2022a y 2022b.

3 El concepto de espacio sonoro transfronterizo es una elaboración propia, libre, enriquecida con los indicios de las fuentes, mis conversaciones con Mónica Maronna y la bibliografía. Especialmente: Casillas 2017; Pinkerton y Dodds 2009; Potter, 2012. A diferencia de las nociones de “esfera pública transnacional” –que privilegian el debate racional y la deliberación política– o de “comunidad de audiencia” –que enfatiza la recepción compartida de contenidos–, este concepto articula tres dimensiones constitutivas simultáneas: la materialidad técnica de las ondas radiofónicas que desconocen fronteras políticas, la construcción de vínculos culturales e informativos entre poblaciones separadas por límites estatales, y las disputas políticas por controlar o instrumentalizar esos flujos comunicacionales.

4 Tras 1955, este espacio se reconfiguró adaptándose a nuevas realidades políticas, aunque perdió la intensidad que lo caracterizó durante los años analizados por este artículo.

5 Claxton (2007) sostiene que en Argentina este proceso de desarrollo técnico y empresarial no se limitó a Buenos Aires, sino que se extendió significativamente hacia las demás provincias donde surgieron iniciativas locales que a menudo contaban con el apoyo de administraciones provinciales y presentaban características experimentales no comerciales que las hacían más resilientes que sus contrapartes metropolitanas. He intentado reponer, como se verá más adelante, a las radios locales y sus nexos con las plantas retransmisoras y las cadenas de Buenos Aires.

6 El mapa (Natural Earth político de naciones y provincias de Argentina) no contempla la totalidad de las emisoras de Argentina y Uruguay sino sólo aquellas que aparecen en fuentes del período siendo sintonizadas y escuchadas. El área de cobertura se representó mediante un polígono elíptico que conectó estos puntos documentados, constituyendo una aproximación visual consciente de que la propagación radiofónica real es afectada por variables como potencia del transmisor, topografía, interferencias y condiciones atmosféricas. Para las emisoras sin datos específicos de alcance, se representa únicamente su ubicación geográfica mediante símbolos puntuales. Las radios argentinas incluyen las tres cadenas: Belgrano, El Mundo, Splendid con 11 emisoras en Capital Federal y 45 repetidoras en el interior. Las radios uruguayas incluyen 11 emisoras georreferenciadas (1 en Colonia del Sacramento, 6 en Montevideo y 4 distribuidas entre Carmelo, Paysandú y Salto). Radio Solís (CX44) en sus orígenes se llamó radio Montevideo y formaba parte de radio Carve. Agradezco especialmente a Román Fernández Arias el asesoramiento para la elaboración del mapa.

7 “La más poderosa estación radiodifusora sudamericana”, La Colonia, 14 de diciembre de 1933.

8 Decreto N°13644 del 21/10/1943.

9 Archivo General de la Nación Argentina (AGN). Subsecretaría de Informaciones, Apold, Raúl, 1953. Coordinación de la difusión, propaganda y contrapropaganda sobre acción política. Buenos Aires, abril de 1953.

10 A fines de 1955 sólo se habían creado 4 de las 21 emisoras propuestas.

11 Sobre el Ateneo de Montevideo y sus ramificaciones, Adrover 2023.

12 Por ejemplo, en los National Archives and Records Administration de Estados Unidos de América (NARA) aparece un listado de políticos argentinos participantes del programa “La Voz Argentina” que se emitía desde Radio Colonia. Los nombres mencionados son: Alfredo Palacios, Nicolás Repetto, Santiago Nudelman, Gumersindo Sayago, Guillermo Korn, Luciano Molinas, Enrique Araya. NARA, Record Group 229. Office of Interamerican Affairs. La Oficina de Asuntos Americanos tempranamente detectó a Radio Colonia como la mejor posicionada –por su proximidad, potencia y audiencia– para contrarrestar la influencia sonora del peronismo.

13 El País, “El gobernante de un país vecino compraría tres emisoras”, 23 enero 1949, p. 1.

14 “Bombs Key Unrest Over Buenos Aires: Perón Press Lays New Blast to ‘Opposition’--Regime’s Employes Get Orders.” New York Times. April 26, 1953. También Warning Issued Against Rumor Campaign. Daily Report: Argentina. Buenos Aires, Argentina: United States Foreign Radio Broadcasts, July 21, 1955. Foreign Broadcast Information Service. Los diarios de Uruguay interpretaron la violencia en Buenos Aires y el accionar del presidente como signo de descomposición del gobierno y pérdida de liderazgo de Perón. Hubo también perplejidad y azoro por la retórica presidencial de esos días. Los principales diarios de Santiago de Chile convergen en una interpretación muy similar.

15 “Perón Tightens Control On Radio.” Broadcasting, November 2, 1953. American Radio History.

16 Una aproximación cuidada y sutil que diferencia la política de medios del gobierno peronista por sectores –cine, prensa escrita, documentales, noticiarios– y atenta a la situación local pero también al contexto internacional tan diverso como complejo es la que realiza Clara Kriger en libros y artículos. Por ejemplo: Kriger, 2009 y 2021.

17 Puede escucharse en: https://www.archivorta.com.ar/asset/proclamas-radiales-de-la-revolucion-libertadora-y-llegada-de-lonardi-a-aeroparque/

18 El presidente Perón calificó el intento de golpe como una “chirinada de los camaradas”. Sin embargo, inmediatamente después estableció –mediante la Ley 14062/51– el “estado de guerra interno” con enormes resonancias políticas e institucionales. Estuvo vigente hasta su derrocamiento.

19 Tanto Radio Argentina Revolucionaria como La Voz de la Libertad eran “captadas” por el antiperonismo para seguir los acontecimientos y en contraposición a Radio del Estado “que daba desde el principio el movimiento como dominado”. Ambas junto con radio Colonia aparecen con mucha frecuencia en la correspondencia y en las memorias. Las citas entre comillas pertenecen a Raimundo Lida. En: Folder Correspondence 1940-53, signatura HUGFP 61.8, Fondo Raimundo Lida, Pusey Library Harvard University. Agradezco a Miranda Lida la posibilidad de consultar este material.

20 En general las crónicas de los principales medios de Uruguay giraban en torno a la continuidad o no de Perón en el gobierno, a quien mostraban debilitado frente al protagonismo creciente del general Lucero; y sobre el creciente poder del ejército. Con todo, estas reflexiones en caliente fueron revisadas, en algunos casos, los días posteriores como el del semanario Marcha que pronto reconoció su “apuro en celebrar la caída de Perón”. Un aspecto no menor es que entre el 16 y el 19 de junio las comunicaciones telefónicas y telegráficas entre Uruguay y Argentina se cortaron. Y también las de Uruguay con el resto del mundo pues dependía entonces de la conexión argentina. Del mismo modo vuelos y embarcaciones fueron suspendidos o desviados y las principales compañías de aviación del mundo no operaron durante esos días tan aciagos.

21 Fragmentos del discurso pueden escucharse en: https://www.youtube.com/watch?v=hu4ved6akUw

22 Junto a LV2 Radio Central estaba LV3 Radio Córdoba que también se plegó muy rápido a transmitir desde el bando rebelde. Félix Luna (2013) consignó que se vivía “una euforia que se trasmitía a todo el país en un tono triunfal a través de las radios de Córdoba y de la Base Naval de Puerto Belgrano”, p. 95-96. También en la crónica minuciosa que hace Julio Godio (1973) entre junio y septiembre de 1955 las radios ocupan un lugar importante.

23 En la misma página Del Carril muestra la “guerra” por controlar e imponer una versión de los hechos. Cabe señalar que la región de Cuyo era estratégica también desde el punto de vista comunicacional. Según diversas fuentes había entre 7 y 8 emisoras que, de acuerdo a la publicación Radio base naval Puerto Belgrano, se plegaron de inmediato a transmitir información rebelde y fueron claves para agilizar la comunicación entre las diversas divisiones sublevadas. LV13 Radio San Luis y LV10 Radio de Cuyo que operada desde la ciudad de Mendoza parecen haber sido claves, incluso para traspasar con información la cordillera y ser escuchadas en algunas localidades chilenas. Pero también en Cuyo operaba la estación telefónica del Estado de donde se distribuían las ondas para las emisiones en cadena nacional. Estas radios captaban información de Chile o de Radio El Espectador o Radio Carve de Montevideo o también de Radio Colonia.

24 Sobre los Comandos Civiles revolucionarios en el momento de mayor activismo –1954/55– pero en un horizonte más amplio de luchas, violencia clandestina y articulación con políticos y militares: Bartolucci 2018.

25 Sobre la ocupación por el “Comando revolucionario” de Radio Mitre, la resistencia “heroica y leal” de sus empleados, el intento también fallido de ocupar y controlar la transmisión de Radio Antártida (transmitía desde el mismo edificio). https://magicasruinas.com.ar/revistero/6/toma-de-radios-1955.html

26 Fue una de las radios que alertó sobre posibles ataques a Mar del Plata, lo que efectivamente sucedió el 19 de septiembre de 1955. Como sostiene Nieto (2009) las emisoras locales de la ciudad de Mar del Plata LU6 y LU9 fueron ocupadas por los golpistas, LU9 emitió luego comunicados y anuncio, por ejemplo, una vez consumado el golpe, la vuelta a su antigua denominación de ciertas calles,

27 También hubo incidentes frente a las oficinas de la Agencia France Presse en Buenos Aires.

28 Al mismo tiempo podríamos pensar que la nostalgia por esa misma voz perdida alimentaría posteriormente la identidad peronista en la resistencia.