Sandra GAYOL
Universidad Nacional de General Sarmiento -
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina
https://orcid.org/0000-0003-3624-2119
sgayol@campus.ungs.edu.ar
A setenta años de los acontecimientos que quebraron el orden institucional en septiembre de 1955, volver sobre la autodenominada “Revolución Libertadora” trasciende la mera conmemoración de una efeméride para constituirse en una reflexión intelectual y política de primer orden. Retornar al ‘55 no es un ejercicio de nostalgia ni de arqueología política, sino una necesidad para comprender la matriz de violencia y exclusión que configuró quizás el principal drama argentino de la segunda mitad del siglo XX. Aquella interrupción no fue un simple cambio de guardia en la Casa Rosada, ni meramente un golpe de Estado más en la larga serie de intervenciones militares que jalonaron nuestra historia; fue el momento de una lógica de enfrentamiento absoluto, el instante en que la política argentina con una intensidad desconocida redefinió radicalmente sus fronteras entre amigos y enemigos, instalando dinámicas de proscripción, resistencia y revanchismo que condicionarían la vida pública por décadas. Reflexionar hoy sobre la “Libertadora” implica desarmar los mecanismos –militares, civiles, comunicacionales y emocionales– mediante los cuales se intentó no solo derrocar a un gobierno, sino desmantelar una identidad política y reconfigurar la sociedad argentina desde sus cimientos.
La vigencia de estas interrogaciones no es una presunción teórica, sino una realidad palpable en el campo académico actual. La extraordinaria respuesta que obtuvo la convocatoria abierta para este dossier funciona como un termómetro ineludible del interés renovado que despierta el período y el acontecimiento. La recepción de trabajos superó todas las expectativas iniciales evidenciando que, lejos de ser un capítulo cerrado o un nicho agotado, la “Revolución Libertadora” y sus resonancias múltiples continúa siendo un territorio fértil para la investigación histórica y la deliberación pública capaz de suscitar nuevas preguntas y enfoques innovadores. El volumen y la calidad de las contribuciones recibidas nos obligaron a tomar la decisión editorial de desdoblar el dossier en dos entregas consecutivas, un hecho que celebramos no como un problema logístico sino como el indicio más claro de la vitalidad de un campo de estudios que se niega a fosilizarse. Este primer conjunto de artículos, junto con los que integrarán el próximo número de Prácticas de Oficio, constituye una muestra representativa de esta efervescencia donde la historia política se cruza con la historia cultural, los estudios de la comunicación y del sonido con la historia de las emociones, y las miradas locales se entreveran con las transnacionales. Tenemos así una imagen caleidoscópica de 1955 en la que la disputa total por el poder y los afectos se dirimía en el tablero geopolítico de una región vigilada por la estrategia estadounidense de posguerra.
El dossier se inscribe, entonces, en esa voluntad de comprensión profunda para lo cual se adentra en la complejidad de un proceso donde la violencia de las armas fue apenas la punta del iceberg de una disputa mucho más vasta por el sentido, la legitimidad y el control de las emociones públicas. El análisis de este período crítico revela que la violencia política que estalló en junio y septiembre no fue un rayo en cielo sereno, sino el desenlace de una saturación de tensiones acumuladas. Como demuestra María Estela Spinelli, la caída del peronismo no puede explicarse sin atender a la escalada de confrontación que caracterizó los años 1954 y 1955. El hostigamiento sistemático a la oposición, el cierre de espacios de expresión pública y el conflicto abierto con la Iglesia Católica generaron las condiciones de posibilidad para una convergencia heterogénea de fuerzas que, paradójicamente, solo estaban de acuerdo en lo que querían destruir, pero mucho menos en lo que deseaban construir. Spinelli muestra cómo esta falta de acuerdo programático entre los vencedores derivó en un golpe dentro del golpe: el desplazamiento del general Eduardo Lonardi, con su impronta nacionalista y su consigna conciliadora de «ni vencedores ni vencidos», por la facción liberal-conservadora encabezada por Pedro Eugenio Aramburu.
Este giro hacia el liberalismo conservador no solo tuvo implicancias internas, sino que definió la inserción de la Argentina en el mundo de posguerra. Aquí es donde el diálogo con el próximo número se vuelve fundamental: mientras Spinelli analiza la política doméstica, el futuro artículo de Valeria Galván expandirá este horizonte al examinar cómo la “Libertadora” utilizó la retórica antitotalitaria para alinearse con el Bloque Occidental. Galván mostrará cómo el gobierno de Aramburu instrumentalizó la lucha contra el peronismo -equiparado discursivamente al comunismo y al fascismo- como una credencial de acceso al “mundo libre” liderado por Estados Unidos en plena Guerra Fría. Esta dimensión internacional se complementa con el trabajo de Fernando Adrover quien, también en el próximo número del dossier, ahonda sobre las redes del antitotalitarismo y la mirada sobre el peronismo construida desde la orilla uruguaya confirmando que la política argentina de aquellos años no se jugaba en un encierro autárquico, sino en un dinámico tablero regional y global.
La batalla por el poder en 1955 no se libró únicamente en los despachos diplomáticos o en los cuarteles, sino que tuvo un frente decisivo en el éter. La contribución de mi autoría muestra que la “Revolución Libertadora” fue también una guerra por el control de la legitimidad y de la narrativa pública. El análisis sobre el papel estratégico de la radio desplaza la mirada tradicional anclada en la prensa y revela la existencia de un “espacio sonoro transfronterizo” entre Argentina y Uruguay que funcionó como una retaguardia para la heterogénea oposición al peronismo. Mientras el gobierno de Juan Perón ejercía un férreo control sobre las emisoras nacionales, no pudo contener la permeabilidad física de las ondas que cruzaban el Río de la Plata. Emisoras como radio Colonia, El Espectador o Carve se convirtieron en trincheras inmateriales desde las cuales la oposición birlaba la censura que recibía desde Argentina y, al mismo tiempo, disputaba la legitimidad del gobierno y construía consensos para su sublevación contra el gobierno constitucional.
La disputa por el sentido no se limitó a la información o la propaganda, sino que se adentró en el terreno resbaladizo de los afectos. Francisco Santillán nos recuerda que la política es también control y gestión de las emociones colectivas. Su análisis sobre el diario La Capital de Mar del Plata tras el bombardeo de Plaza de Mayo del 16 de junio de 1955 desentraña cómo la prensa operó como un dispositivo de pedagogía emocional. En un momento muy complejo, el periódico no se limitó a narrar los hechos asépticamente, sino que construyó un marco interpretativo basado en categorías morales: el honor, la valentía, la traición y la vergüenza. Santillán demuestra cómo se utilizaron estos “emotives” para trazar una línea divisoria tajante entre la comunidad legítima –unida al ejército leal y al “pueblo”– y aquellos que, por su accionar “cobarde” o “traidor”, merecían ser expulsados simbólicamente del cuerpo de la nación.
¿Cómo se sostuvo en el tiempo este andamiaje represivo y simbólico? Darío Pulfer ofrece una respuesta que desafía la visión simplista de una dictadura puramente militar impuesta verticalmente sobre una sociedad pasiva. Su concepto de “gubernamentalidad libertadora” pone de relieve la indispensable participación civil en la administración del nuevo orden. La “Revolución Libertadora” no pudo haber funcionado sin el concurso entusiasta de un vasto elenco de civiles que ocuparon ministerios, gestionaron provincias, integraron comisiones investigadoras y produjeron una inmensa cantidad de literatura panfletaria y ensayística destinada a “desperonizar” la sociedad. Pulfer nos muestra que el régimen se sostuvo gracias a una capilaridad administrativa y cultural protagonizada por partidos políticos, intelectuales y profesionales que vieron en el golpe una oportunidad para remodelar el país a su imagen y semejanza. Esta participación civil no fue un mero acompañamiento técnico, sino el motor de una “pedagogía” que buscaba extirpar al peronismo no solo de las instituciones, sino de la conciencia popular, produciendo imágenes y sentidos que perdurarían largamente. Esta mirada sobre la resistencia y la colaboración a nivel de la gestión y la vida cotidiana conecta directamente con las problemáticas que abordará Martín Carrizo en la continuación de este dossier, al enfocar su lente en las resistencias locales y las tramas de conflicto que se tejieron en el interior del país, demostrando que la gubernamentalidad analizada por Pulfer enfrentó desafíos y fricciones específicas en cada territorio.
Todo este complejo entramado de violencia, medios, emociones y gestión civil ha sido objeto de una larga y cambiante reflexión intelectual, como lo sistematizan María del Mar Solís Carnicer y Mayra Maggio. Su trabajo historiográfico nos permite observar cómo hemos pensado la “Revolución Libertadora” a lo largo de las décadas, funcionando como un espejo de nuestras propias mutaciones académicas: desde las primeras lecturas pasionales y militantes, pasando por los análisis estructuralistas sobre el “empate hegemónico” o el “juego imposible”, hasta llegar a las nuevas miradas de la historia cultural y política que recuperan dimensiones antes ignoradas como la vida cotidiana, las escalas provinciales y, fundamentalmente, la identidad del antiperonismo. Las autoras señalan con acierto que el antiperonismo ha dejado de ser el “gran ausente” de la historiografía para devenir poco a poco en un objeto de estudio con densidad propia. Asimismo, destacan la importancia de variar las escalas de observación, una perspectiva que será enriquecida sustancialmente en el futuro número con el artículo de César Ayala mediante la integración del peronismo a debates regionales y la conexión de la experiencia argentina con procesos latinoamericanos más amplios.
Este dossier, entonces, y en sus dos entregas, nos invita a pensar la “Revolución Libertadora” como un laboratorio político y social donde se ensayaron formas de violencia y de legitimación que marcarían a fuego la segunda mitad del siglo XX argentino. La lectura cruzada de Spinelli, Gayol, Santillán, Pulfer y Solís Carnicer y Maggio –en diálogo anticipado y prometedor con las contribuciones de Adrover, Galván, Carrizo y Ayala– nos revela que aquel quiebre institucional fue mucho más que un cambio de gobierno por la fuerza. Fue el intento deliberado de imponer una nueva cartografía física y mental del país; un proyecto que, en su desmesura y en su violencia fundante, terminó por consagrar la inestabilidad y el conflicto como la gramática permanente de la política argentina. Entender esas dinámicas, rastrear cómo se construyó el enemigo en la prensa, cómo se disputó la voz en la radio, cómo se administró el Estado desde la excepción y cómo se legitimó la muerte, es la tarea que este dossier asume, no para cerrar la discusión, sino para abrirla con la complejidad y el rigor que la historia nos reclama.