Micaela F. Moreira
Universidad Nacional de General Sarmiento
Universidad Nacional de Moreno, Argentina
micaelaf.moreira@gmail.com
El libro Con exportar más no alcanza (aunque liberales y neodesarrollistas insistan con eso) escrito por Francisco Cantamutto, Martín Schorr y Andrés Wainer, representa una intervención novedosa en los debates sobre el modelo de desarrollo y la estrategia de inserción internacional de la Argentina. Su principal objetivo es desmontar los fundamentos de un consenso persistente en la política económica nacional: la idea de que el aumento sostenido de las exportaciones es condición necesaria y suficiente para resolver los problemas estructurales del desarrollo nacional. Sostienen que este “mandato exportador” funciona como un dispositivo ideológico que tiende a silenciar la discusión sobre los límites del patrón productivo vigente y las desigualdades que reproduce. A su vez, el argumento da un paso más al demostrar que este mandato permea a ortodoxos y heterodoxos, liberales y neodesarrollistas, opacando los límites de las políticas públicas implementadas en el país desde mediados del siglo XIX hasta la actualidad. Se trata de un aporte sustantivo y novedoso que abre un debate político y económico profundo para elaborar estrategias alternativas de desarrollo.
Otro aporte decisivo del libro es la demostración de que la forma del problema de la restricción externa ha cambiado y que “más que un problema de insuficiencia (absoluta o periódica) de divisas, (...) se trata hoy de una pérdida de control de las que efectivamente se generan” (Cantamutto et. al., 2024:10). Es decir, el problema de la falta de divisas, sigue existiendo, pero se le ha sumado el problema de la fuga de divisas, arraigado en: la financiarización y transnacionalización de la estructura productiva.
El análisis emplea una metodología interdisciplinar que integra perspectivas sociológicas y de economía política crítica con fuerte anclaje histórico-estructuralista. Esta estrategia permite enmarcar los fenómenos más recientes en procesos de larga duración, hace comprensibles las dimensiones del aparato productivo actual, la lógica de reproducción de las elites económicas, e integra al análisis económico los conflictos entre sectores de poder y los vínculos que estos tejen entre sí y con el Estado.
Las preguntas que guían el trabajo ponen el foco en la identificación de actores con un rol determinante en la definición de las políticas económicas, en los límites del ciclo de reproducción del capital y el impacto de los procesos de transnacionalización y financiarización iniciados en la década del ‘70.
La obra se organiza en tres capítulos de clara progresión argumentativa. El primero realiza un análisis exhaustivo del problema de la restricción externa delimitando sus dimensiones históricas, culturales, económicas y políticas. Se retoman los argumentos de las teorías latinoamericanas sobre la integración subordinada de Argentina a los mercados globales y la configuración (a lo largo del siglo XX) de una estructura productiva “desacoplada”, condenada a reproducir cuellos de botella recurrentes. Durante la etapa del modelo agroexportador dicha desarticulación se expresaba en la ausencia de un encadenamiento productivo interno: las ganancias del campo no se reinvertían en la creación de una industria nacional diversificada. Eso hubiera contradecido los intereses de las clases dominantes locales cuya posición social dependía de sus vínculos comerciales con los países centrales. A su vez, el drenaje de divisas se producía por el consumo de manufacturas y bienes suntuosos reservado a las clases más acomodadas, y los cuellos de botella se “resolvían” con devaluación y ajustes recesivos que afectaban violentamente los salarios y condiciones de vida de la población.
Durante la etapa de industrialización el problema de la restricción mutó; el principal límite al crecimiento siguió siendo la escasez de divisas, pero no por una baja en la demanda externa de bienes exportables argentinos, sino por un aumento de la demanda interna de bienes de capital. Es decir, el principal problema era poder generar suficientes reservas (vía exportaciones industriales o aumento de la productividad agropecuaria) para financiar el desarrollo de bienes de capital que el propio proceso de industrialización demandaba. En los llamados ciclos de Stop-and-Go, las fases de crecimiento eran abortadas por una crisis de balanza de pagos; el déficit se financiaba con reservas del Banco Central (contrayendo la expansión) o con préstamos de organismos oficiales para reiniciar el crecimiento. Los autores señalan que a mediados de los ‘70 se produjo una nueva mutación promovida por la liberalización financiera implementada por el gobierno de facto al abrir la puerta al endeudamiento externo del sector privado. Las empresas (incluso las productoras de bienes y servicios) comenzaron a priorizar la rentabilidad financiera de corto plazo sobre la inversión productiva de largo plazo, sentando las bases de la financiarización de la economía que caracteriza la situación actual, y con ella, nuevos desacoples. Por un lado, la producción real se desenganchó de la acumulación financiera, esto es, las divisas que ingresaban por las exportaciones del sector agrícola empezaron a ser capturadas por el circuito financiero para pagar deuda externa, financiar fuga de capitales y remitir utilidades al exterior. El ciclo de acumulación dejó de seguir una lógica productiva (invertir-producir-exportar) para dar paso a una de tipo financiera: generar divisas-fugarlas o pagar pasivos. Por otro lado, los ciclos de crecimiento económico se desacoplaron de las necesidades productivas internas, dependiendo ahora de la entrada y salida de capitales especulativos, las tasas de interés internacionales, o la capacidad para refinanciar deuda. Bajo este esquema, la fuga de divisas y el endeudamiento externo se erigieron como condicionantes centrales de la política económica, limitando severamente la autonomía del Estado para impulsar cualquier estrategia de desarrollo.
El segundo capítulo analiza en profundidad las experiencias de los gobiernos kirchneristas (2003-2015), de la Alianza Cambiemos (2015-2019) y el Frente de Todos (2019-2023); mostrando rupturas y continuidades en las estrategias que desplegó cada uno para lidiar con la restricción externa. Retomando los argumentos centrales del libro se evidencia que, pese a las diferencias, ninguno abordó los aspectos estructurales que permiten la concentración y extranjerización del aparato productivo o que debilitan la capacidad del Estado para retener divisas u orientar el excedente hacia políticas de desarrollo. A partir de un análisis de la balanza de pagos, los autores formulan una pregunta crucial: si durante las dos primeras décadas del siglo XXI, la Argentina tuvo 17 años con superávit comercial y déficit sólo en 3... ¿por qué persiste el problema de la restricción y la falta de desarrollo? La respuesta que ofrece el libro está en la subordinación a los flujos de capital especulativo y los mercados de deuda, el peso de la deuda externa y los condicionamientos políticos que imponen los actores internacionalizados con poder para generar salida de divisas a través de la remisión de utilidades, servicios y atesoramiento.
En el tercer capítulo se reúnen las críticas al “mandato exportador”, desarmando los diagnósticos y argumentos de sus defensores. Los autores insisten en que, en una economía financiarizada, los dólares generados por las exportaciones son capturados inmediatamente por el sector financiero (vía fuga, deuda, utilidades), sin llegar a respaldar el desarrollo interno, y la evidencia empírica que presentan es contundente: entre 1976 y 2023, Argentina tuvo déficit comercial por bienes sólo en 12 años (casi todos coincidentes con períodos de políticas neoliberales) y el superávit acumulado fue de USD 206,000 millones. Sin embargo, al considerar la cuenta corriente (que incluye pagos financieros como intereses de deuda y remisión de utilidades), el resultado se invierte: 34 años con déficit y un saldo negativo acumulado de casi USD 200,000 millones. Plantean entonces la pregunta que da origen al libro ¿por qué se insiste con exportar más como solución a la restricción externa si esta estrategia se ha mostrado insuficiente? La respuesta tiene varias dimensiones. Por un lado, ocurre que el mandato exportador –punto de convergencia entre neoliberales y neodesarrollistas– ha impedido la elaboración de preguntas clave sobre qué se exporta, quién lo exporta y a qué costo socioambiental; y reducido la política económica a la gestión de la balanza comercial. En otras palabras, se omite el papel de los conflictos distributivos y los condicionamientos estructurales que reproducen la dependencia. En datos concretos se señala que alrededor del 75% de las exportaciones está en manos de unas 200 empresas, la mayoría trasnacionales o grandes grupos locales, que fugan capitales vía precios de transferencia, deudas intracorporativas, subfacturación y remisión de utilidades al exterior, priorizando los retornos financieros de corto plazo sobre la reinversión productiva local. Así, el mismo actor que genera dólares es el que los drena, creando un círculo vicioso.
Por otro lado, recuperan las críticas del movimiento ambientalista al advertir que el “mandato exportador” se tradujo en dinámicas extractivistas y neoextractivistas que, aunque se diferencian en el grado de apropiación estatal de la renta, tienen en común la dependencia de capitales transnacionales y la reproducción de impactos socioambientales negativos. Los autores también señalan que el consenso político-intelectual en torno a “la necesidad de exportar más” opera como un dispositivo que legitima las estrategias extractivas, incluso en proyectos autodefinidos como “progresistas” o “neodesarrollistas”. Resulta destacable que, a partir de esta crítica, las posiciones que descalifican al ambientalismo como un “obstáculo exógeno al desarrollo” pierden efectividad y devuelven a las demandas socioambientales el lugar que realmente tienen: el de expresiones de tensiones estructurales de un patrón de acumulación subordinado a intereses extranacionales.
En este marco, la reflexión que proponen Cantamutto, Schorr y Wainer sobre el litio, los hidrocarburos no convencionales y la llamada “transición energética” resulta particularmente sugerente: lejos de representar un horizonte de diversificación, la apuesta por estos nuevos commodities anuncia un nuevo ciclo de extractivismo acelerado que reforzará la dependencia tecnológica y financiera al tiempo que agudizará los conflictos territoriales.
Desde el punto de vista de la ciencia política, los aportes de Con exportar más no alcanza... son especialmente relevantes porque arroja luz sobre la configuración del poder, la autonomía relativa del Estado y los bloqueos estructurales a la transformación productiva. Permiten comprender cómo ciertos discursos económicos devienen en sentidos comunes que condicionan la agenda pública y limitan las alternativas de gestión; y entender las motivaciones de los actores de poder que intervienen en el devenir de los programas económicos. En este sentido, la obra argumenta de forma contundente que el problema del desarrollo argentino no es sólo económico, sino también político e ideológico, es decir, se juega en la capacidad de disputar narrativas, construir coaliciones y articular proyectos que cuestionen las recetas dominantes. Y, al incorporar la perspectiva ambiental, demuestra que no es posible pensar una estrategia de desarrollo alternativa sin atender a las condiciones sociales y ecológicas que el mandato exportador tiende a invisibilizar.