La clase obrera en dictadura a 50 años del golpe de Estado. Hacia un balance historiográfico en torno a su accionar y organización en los sitios de trabajo

Labor and Dictatorship, Five Decades after the Coup d’État: A Historiographical Assessment of Working-Class Action and Organization at the Workplace

Martín Mangiantini

Instituto Ravignani – Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas /
Universidad de Buenos Aires, Argentina
https://orcid.org/0000-0002-4615-8693
martinmangiantini@gmail.com

Fecha de recepción: 21/11/2025
Fecha de aceptación: 24/03/2026

Resumen

Las últimas décadas dieron cuenta de disímiles avances en el estudio del contexto político, económico y social argentino en el marco de la dictadura cívico-militar acaecida entre 1976 y 1983. El presente artículo se ocupará específicamente del análisis de aquella producción que desde los años ochenta versó en torno a la conflictividad laboral desarrollada desde los sitios de trabajo. Se aspira a entrecruzar las herramientas teóricas y metodológicas utilizadas para el análisis de este objeto de estudio con la respectiva reflexión historiográfica en la perspectiva de un balance que pugne por colaborar con la construcción de una agenda disciplinar.

Palabras clave: Clase obrera, Resistencia antidictatorial, Historiografía.

Abstract

In recent decades, various contributions have emerged on the study of the Argentine political, economic and social context within the framework of the civic-military dictatorship that occurred between 1976 and 1983. This article will specifically deal with the analysis of that production which, since the eighties, has focused on labor conflict developed from the workplace. The aim is to intertwine the theoretical and methodological tools used for the analysis of this object of study with the respective historiographical reflection from the perspective of a reflection that aims to collaborate with the construction of a disciplinary agenda.

Keywords: Working Class, Antidictatorial Resistance, Historiography.

Introducción

El campo de indagación historiográfica sobre la última dictadura cívico-militar acaecida en Argentina entre 1976 y 1983 es amplio y en desarrollo. Este se revitalizó en los últimos años mediante avances en el estudio de su contexto general (Águila, 2023), las pujas internas en el seno de las Fuerzas Armadas (Canelo, 2016), la experiencia concentracionaria (Franco y Feld, 2022; González Tizón, 2023), el bagaje psicológico y emocional de la represión (Garaño, 2023), los aspectos represivos en la esfera cultural y sus manifestaciones de resistencia (Burkart, 2017; Margiolakis, 2024), entre otros tópicos.

Este artículo se propone detenerse en el balance de una de las temáticas posibles para abordar el período adentrándose en el análisis sobre el devenir de la clase obrera. Específicamente, se focalizará en torno a la conflictividad laboral desarrollada desde los sitios de trabajo. La preocupación por el repertorio de protesta y organización de los trabajadores en el período más represivo de la historia argentina no es una novedad. Desde los tempranos ochenta emergió una producción que, bajo diversas perspectivas y preguntas, indagó sobre ello. De hecho, anteceden a este artículo otros balances que permiten comprender los debates y preocupaciones que atañen a la problemática (Carminatti, 2012; Venero, 2015; Acha, 2018; Schneider y Simonassi, 2018).

En razón de los múltiples tópicos que esta temática conlleva, si bien se pugnará por dar cuenta de las grandes líneas de indagación trazadas durante más de cuatro décadas, la amplitud del estado del arte obliga a seleccionar entre una abundante bibliografía disponible. Para ello, el artículo se estructura en tres apartados con sendos objetivos. En primer lugar, a partir del análisis de la producción más reciente, dar cuenta de aquellas preguntas y temáticas que se colocan como prioritarias en la agenda historiográfica actual más allá de tratarse, en realidad, de preocupaciones presentes desde la embrionaria producción surgida en los años ochenta. En segundo orden, dar cuenta de los tópicos, intereses y perspectivas de nuevo tipo que se colocaron como eje de los análisis del período dictatorial en los estudios más recientes con el fin de reflexionar en torno a las preocupaciones hoy priorizadas. Finalmente, sobre la base del balance y la identificación de vacancias, reflexionar sobre aquellas temáticas, enfoques o modos de acercarse a la problemática de la conflictividad laboral durante la última dictadura que aún forman parte de una agenda plausible de ser desarrollada en futuros estudios.

I. Viejas y nuevas preguntas

En Argentina, la historia reciente experimentó una revitalización durante la primera década del actual siglo. Específicamente, la crisis del año 2001 y la emergencia de nuevos actores, movimientos de diverso tipo y un flamante repertorio de protesta, redundó en un mayor desarrollo del campo histórico profesional. Si bien el proceso de radicalización y protesta de los años sesenta y setenta gozó de un lugar privilegiado, el derrotero de la última dictadura fue un campo de interés creciente, especialmente la experiencia represiva a partir de la memoria histórica, el desarrollo de los juicios por lesa humanidad y la revitalización de los derechos humanos. No obstante, no fueron preponderantes las pesquisas que ahondaron en la conflictividad obrera durante la etapa más allá de estudios de caso o experiencias específicas.

Más tardíamente, es posible identificar una cierta renovación de este tópico específico en las postrimerías de la década pasada. En el año 2018 se cumplieron tres décadas de la señera primera edición de Oposición obrera a la dictadura (1976-1982) de Pablo Pozzi (2008). Ello motivó la realización del workshop “Clase obrera y dictadura cívico-militar. Actualización y debates dentro de los estudios sociales” en la Facultad de Humanidades de la Universidad de La Plata, que reunió cinco mesas temáticas. Como resultado de ello, la editorial A Contracorriente, editó la obra Clase obrera y dictadura militar en Argentina (1976-1983), compilada por Luciana Zorzoli y Juan Pedro Massano (2021), que reunió 16 estudios de caso. Prácticamente en simultáneo, la editorial Peter Lang presentó una propuesta similar. Coordinado por Emilio Crenzel y Camillo Robertini (2022), se editó Historia y memoria de la represión contra los trabajadores en Argentina. Consentimiento, oposición y vida cotidiana (1974-1983) con 12 estudios.

De conjunto, la treintena de trabajos (entre los capítulos de ambas obras y sus respectivos estudios introductorios) se convirtieron en un insumo de interés para reflexionar sobre el devenir de la conflictividad laboral y la protesta obrera en los años de mayor represión estatal. Es menester destacar que los recientes aportes al campo dieron continuidad a determinados tópicos abordados con preexistencia a lo largo de las disímiles producciones de las últimas cuatro décadas lo que habilitaría a preguntarse si las flamantes elaboraciones posibilitaron síntesis concluyentes o clausuras de interrogantes previos.

Centralmente, dos discusiones reaparecen con frecuencia al referirse al derrotero de la clase obrera y su accionar durante la última dictadura. Por un lado, un tópico habitual recae en preguntarse si el proceso dictatorial iniciado en marzo de 1976 supuso para la clase obrera una situación de derrota (categoría referida en otras oportunidades bajo nomenclaturas homólogas tales como “retroceso”, “desmovilización” o “indefensión”). La multiplicación de estudios recientes evidencia un cambio de paradigma que, en apariencia, revirtió las constituidas concepciones iniciales. El trabajo pionero de Delich (1982) instaló como hipótesis la noción de una clase obrera que experimentó un proceso de quietud, inmovilismo, debilitamiento y parálisis de sus organizaciones sindicales. Si bien su objetivo central fue dar cuenta de la desarticulación del tipo de estructura sindical iniciada en los años cuarenta, también instaló una lógica que no distinguió con contundencia entre esta idea y la posibilidad de persistencia de cierta conflictividad en sitios de trabajo, secciones o empresas particulares. De allí, el imaginario de retroceso general que subyace. El carácter pionero del aporte, sumado a una hipótesis que brindó escasos matices y una reducida distancia temporal con su objeto de estudio, hizo que esta mirada se transformara en el insumo mayormente referenciado para revisitar el período.

En contraposición, entre aquellos estudios temporalmente cercanos que debatieron esta concepción, se destaca el trabajo de Pozzi (2008) publicado en 1988. Lejos de la mirada inmovilista, a partir de un mayor bagaje empírico, el autor identificó en la clase obrera uno de los principales actores opositores al devenir dictatorial visualizando, además, el principal obstáculo para la consolidación del proyecto económico castrense.

De las producciones recientes, se desprende con claridad una clausura de la polémica dado que la línea de interpretación de Delich no goza actualmente de una evidente continuidad. De hecho, los estudios de caso recientes dan cuenta de experiencias de resistencia, ya sea desde un ámbito laboral específico, una región geográfica o una conducción sindical de un rubro determinado. Incluso, aquellas indagaciones que no se detienen en procesos de resistencia concretos sino en otros sujetos como, por ejemplo, los trabajadores no militantes (denominados “comunes”), estos son analizados en términos ideológicos (al compartir o rechazar el paradigma discursivo impuesto por la dictadura) pero no en razón de un hipotético inmovilismo o asimilación de una derrota.

Un matiz que se vislumbra en las pesquisas recientes retoma una polémica subsidiaria a la dicotomía inmovilismo – oposicionismo preguntándose, en realidad, qué sectores del mundo del trabajo se movilizaron contra la dictadura y cuáles se mantuvieron inertes. Aquí reaparece un debate ya existente en las pioneras indagaciones en torno a la posibilidad (o no) de diferenciar la actitud de las dirigencias sindicales de aquellas desarrolladas por los trabajadores de base en los sitios de trabajo.

En este aspecto, Pozzi entrecruzó ambas polémicas. Con un cuestionamiento a la hipótesis sobre el inmovilismo, planteó la necesidad de escindir el devenir de las dirigencias con relación a los trabajadores de base arguyendo que la desmovilización fue un rasgo de las cúpulas mientras que en los segundos recayó el papel de resistencia transformándose en el mayor impedimento al programa económico castrense. Esta línea dio forma a una perspectiva subsidiaria de ella. Ejemplo de ello es el relevo de la conflictividad en los sitios de trabajo elaborado por Falcón (1996), o el aporte de Schneider (2000) sobre la resistencia en la zona Norte de la Provincia de Buenos Aires. Más recientemente, Carminatti (2021) dio cuenta de la oleada de huelgas acaecidas hacia finales del año 1977, mayoritariamente al margen de las conducciones sindicales; Mangiantini (2024) recuperó el pionero accionar y el repertorio en los sitios de trabajo desde marzo de 1976 hasta finales del año siguiente en el AMBA y Pinedo (2021) focalizó en la conflictividad industrial en recintos de la zona Sur de la Provincia de Buenos Aires.

Como contracara, desde mediados de los años ochenta, el paradigma sostenido por Pozzi se encontró con un conjunto de estudios que abordaron la dinámica del movimiento obrero en dictadura desde una mirada focalizada en sus conducciones sindicales, no necesariamente desde un prisma impugnatorio de su accionar. Los aportes de Abós (1984) o Fernández (1985) son referencias pioneras de un tipo de perspectiva que pugnó por dar cuenta de una dirigencia no monolítica ni factible de ser catalogada de conjunto como pasiva. Aquí aparece como premisa la conveniencia de escindir entre sectores tendientes a la participación y al diálogo con el poder castrense en antagonismo a núcleos dirigenciales que habrían optado por una lógica confrontativa. La mirada sobre la denominada CGT Brasil junto a la figura de Saúl Ubaldini y de otros dirigentes, aparecen como expresiones de esta perspectiva que tiene cierta continuidad. Un ejemplo es la reciente biografía del mencionado dirigente cervecero (Sangrilli, 2023).

Ante la mirada dicotómica, es posible distinguir un campo de indagación que imprimió mayores matices al fenómeno. Tras los avances de los años ochenta y noventa, resulta menos frecuente hallar líneas de indagación que profundicen el papel de las dirigencias sindicales como objeto de estudio integral. En lugar de ello, se priorizó la lógica del estudio de caso en torno al derrotero de determinadas conducciones de rubros o sectores específicos. Ello permitió visualizar ciertos matices dadas sus particularidades. Es factible destacar el aporte que sobre Luz y Fuerza realizó Ghigliani (2012) sobre el rol de una dirigencia desplazada por el golpe que también sufrió los embates de la represión. También emergieron estudios en clave regional como el de Dicósimo (2021) sobre la UOM de Tandil y AOMA de Berker con el objetivo de iluminar cómo determinados conflictos iniciados por trabajadores de base podrían ser luego retomados y sostenidos por sus dirigencias, siendo ellas reconocidas tanto por la esfera empresarial como por la estatal como canales de mediación, pero escindiéndolas del paradigma de la pasividad.

En definitiva, es posible esgrimir que disímiles líneas de indagación preexistentes se hallan presentes en los estudios actuales. No obstante, se visualiza una mayor primacía por la búsqueda e identificación de matices dentro de las dos esferas de la clase obrera lo que posibilitó detectar tanto actitudes de pasividad como de confrontación (como, así también, de oposicionismo o aceptación del discurso dictatorial) no solamente en el seno de las dirigencias sindicales sino también en los propios núcleos de trabajadores de base.

II. Los nuevos intereses y preguntas

En segundo orden, es posible analizar la producción reciente para dar cuenta de tópicos y perspectivas de nuevo tipo factibles de identificarse como áreas de interés de la dinámica del movimiento obrero durante el último período dictatorial. Determinados interrogantes, apuestas, planteos o vías de abordaje del objeto emergen como un posible estado del arte y grado de avance actual sobre este devenir. Es posible identificar y analizar, en términos generales, cuatro aspectos de interés que subyacen en diversos estudios de caso o perspectivas globales.

1. La represión en los sitios de trabajo y su periodización

En cuanto a la periodización de la protesta obrera durante el período dictatorial, si bien la identificación de marzo de 1976 como quiebre resulta evidente para dar cuenta de un ciclo diferente, estudios recientes sugieren revisar algunos preceptos constituidos como naturales. Aseverar que la conflictividad y las acciones gestadas desde los sitios de trabajo experimentaron un viraje y un retroceso desde marzo de 1976 es posible de explicitar a partir de una indagación estadística y cuantitativa en perspectiva comparada con el período anterior (por ejemplo, con relación a la etapa que inició con la resistencia al Rodrigazo y finalizó con las acciones en el marco del Plan Mondelli).

No obstante, es posible pensar en variables de análisis que permiten flexibilizar el recorte. Una de ellas, se inscribe en la ponderación de la persecución al activismo fabril como eje central lo que posibilita revisitar las fronteras cronológicas. Por ejemplo, al indagar en los mecanismos de represión (oficiales y extraoficiales del Estado) o en el estudio de diversas organizaciones del amplio abanico de la izquierda, los años recientes dieron cuenta de estudios que iniciaron sus análisis antes del quiebre de marzo de 1976 a partir de la visualización de un repertorio represivo (y de acciones como respuesta) que, con lógicos matices, tuvieron lazos de continuidad con los momentos previos. Al respecto, diversos estudios de caso recientes son sugerentes al explicitar una periodización que, incluyendo los años dictatoriales, inician el recorte histórico en 1974. Es el caso de Ortíz (2022) para la planta de FIAT en Córdoba, Negri (2022) sobre la autopartista Buffalo, de San Fernando y, centralmente, el trabajo de Victoria Basualdo (2006) focalizado en la complicidad del sector empresarial con la represión que permitió reflexionar sobre fronteras temporales más permeables. Sin embargo, aún goza de cierta vacancia la tarea de analizar el antes y después de marzo de 1976 a partir de una mirada que conjugue la organización obrera en los sitios de trabajo, su accionar, la represión y las resistencias a ella.

2. Las empresas como estudios de caso y los abordajes en clave regional

El crecimiento de los avances sobre la conflictividad entre 1976 y 1983 recayó mayoritariamente en una perspectiva anclada a los estudios de caso. El conocimiento sobre el período se nutrió de una amplia variedad de indagaciones que versaron sobre ámbitos particulares (FIAT de El Palomar y de Córdoba, Buffalo, Santa Rosa en La Matanza, la fábrica de tractores Deutz, YPF Ensenada Fábricas Militares de Villa María y Río Tercero), o bien, sobre regiones, ya sea con un criterio provincial, una zona de una provincia determinada o una localidad. Este tipo de indagación retoma una variedad de estudios previos de importancia como fueron los casos de Astarsa (Lorenz, 2013) o el Astillero Río Santiago (Barragán, 2011), entre otros.

Existe también en los enfoques recientes un especial hincapié por los estudios en clave regional bajo el argumento de una asimetría entre una primacía de investigaciones sobre las áreas industriales (como Buenos Aires, el Litoral, Rosario o Córdoba) en detrimento de regiones donde el predominio no recayó en los obreros metalúrgicos o de autopartes sino en los trabajadores de la construcción, los informales o los rurales. Desde ya que pensar en una historia sobre la dictadura y su impacto en el mundo del trabajo no centrada solo en el ámbito porteño-bonaerense, o bien, en las áreas preponderantemente industriales, posee el interés de identificar las singularidades propias de una región ajena a los rasgos de los espacios más explorados. Sin embargo, un desafío que subyace en esta tarea consiste en la exploración de regiones y espacios no abordados no solamente dada la vacancia de estudios sobre ellos, sino también pugnando por concretar un análisis comparativo que permita el diálogo fructífero entre diversas realidades, o bien, entre lo nacional y lo regional.

Todo estudio específico sobre un área geográfica en particular o empresa puntual es factible de ser indagado, pero, a su vez, estas pesquisas son posibles de robustecer cuando los casos se contrastan con otros. Por ejemplo, la comparación entre plantas de un mismo rubro; los matices o diferencias entre quienes dirigieron en ese espacio los organismos internos de representación gremial con respecto a otros similares; si ante un conflicto en un sitio de producción la dirigencia sindical actuó de una manera similar o disímil que en otros pleitos de su mismo gremio; si existieron diferencias en el papel del empresariado o en el grado de represión y porqué; etc. Lejos de impugnar el interés por los estudios de caso concretos de una empresa o zona geográfica, persiste cierto desafío de una mayor reflexión comparada orientada a vislumbrar la existencia de singularidades, o bien, la inclusión de ese objeto en un cúmulo de características que, en los hechos, no le son necesariamente inherentes.

3. El uso de la historia oral como herramienta metodológica

En los años noventa, la utilización del insumo testimonial (la “historia oral”) tuvo un apogeo al compás del crecimiento de la denominada “historia reciente”. Pozzi (2008) fue relevante en este aspecto dado que la reconstrucción de la resistencia obrera a la dictadura encontró en este tipo de fuentes su recurso más destacado. En balances posteriores, este modo de construcción conllevó críticas metodológicas dada la extrema ponderación de esos testimonios en las conclusiones de la pesquisa. Venero (2015) advierte que un riesgo inherente recae en trasladar la voz de los militantes y activistas obreros (generalmente, miembros de organizaciones de izquierda o de sectores combativos del sindicalismo) a un sentir de la clase obrera en general. Por ello, un peligro latente consiste en equiparar la experiencia y el discurso del activismo oposicionista a la dictadura con el derrotero del conjunto de trabajadores que coexistieron con ellos.

La observación es pertinente y, de hecho, se trata de una advertencia trasladable a cualquier otro tipo de insumo documental. Así como conllevaría dificultades reconstruir la conflictividad obrera tan solo con los testimonios de la militancia, tampoco es factible su realización abordando exclusivamente la prensa comercial o los documentos de la inteligencia estatal, entre otras variantes. El entrecruzamiento de insumos y el intento de reflexión más allá de las voces de los protagonistas se transforma en una tarea necesaria.

Sin embargo, validando la advertencia, es posible reflexionar que determinadas críticas hacia los insumos testimoniales no se manifiestan tan elocuentes cuando la perspectiva testimonial proviene de voces cuyo pasado no se vinculó al activismo militante (o específicamente, a organizaciones de la izquierda). En relación con ello, y ligado al próximo tópico a analizar, en los últimos años cobró impulso la construcción de un nuevo sujeto a la hora de pensar a la clase obrera en dictadura, el denominado “obrero común”, es decir, la identificación de aquellos trabajadores que, formando parte de los mismos sitios de trabajo que el activismo, se escindían de ellos al carecer de una identidad militante-partidaria o de un compromiso político concreto.

En la búsqueda de reflexionar sobre cómo vivió, qué pensó, cómo actuó un trabajador en dictadura, o bien, si aceptó o no el devenir discursivo del Estado castrense, la oralidad volvió a tomar protagonismo en la producción reciente. Robertini (2022) para la empresa FIAT en Caseros; Stoler (2022) para la metalúrgica Santa Rosa o Bretal (2019) para el frigorífico Swift de Berisso, son algunos ejemplos.

Desde ya que no se trata de impugnar la validez de este tipo de insumos orales como posibilidad. Por el contrario, la entrevista a trabajadores que no formaban parte de alguna organización política puede, en efecto, dar luz a relatos no idealizados por su perspectiva militante ni condicionados por los balances que sus propios agrupamientos posean del contexto vivido. Sin embargo, en términos metodológicos, se observa una cierta asimetría en las críticas acerca de la validez de las conclusiones. Ello habilita a preguntarse, ¿por qué el testimonio de un obrero militante en dictadura conlleva el riesgo de convertir su voz en un sentir de la clase obrera en general pero, en contraposición, el discurso de un trabajador no activista se presenta como una mirada más anclada al imaginario colectivo del momento? Se podría responder a ello con la importancia de la esfera cuantitativa, es decir, eran proporcionalmente más los trabajadores que no formaban parte de ninguna organización política que aquellos que sí. Siendo ello un elemento objetivamente identificable, también reviste una mayor complejidad a la hora de extraer conclusiones porque vale preguntarse también, ¿si existió una mayoría de obreros que no formaban parte de la militancia activa, ello habilita a concluir la existencia de una despolitización general? ¿Si una minoría activa encabezaba y organizaba el accionar de oposición al golpe, su número inhibe la identificación de una clase que resistió e, indefectiblemente, es preciso referirse exclusivamente a un núcleo o una vanguardia? ¿Si la nomenclatura fuera movimiento obrero en lugar de clase, no tendría el concepto un correlato con la referencia a aquellos sectores que se organizaron y desarrollaron actividades agitativas?

Más allá de la complejidad que implica responder estos interrogantes, se trata de reflexionar sobre un cierto desequilibrio en cuanto a las advertencias sobre lo testimonial como recurso. Si la precaución de no generalizar el sentir de una clase al presentar como insumo un “testimonio militante” es válido, puede alertarse también sobre el riesgo de una cierta universalización cuando, al compás de un testimonio “no militante” se extraen conclusiones alrededor de, por ejemplo, la naturalización del discurso golpista o un ideal que hacía confluir a la clase con el empresariado. En definitiva, si el activismo obrero no refleja a la totalidad de la clase, ¿su exclusión y la ponderación del “trabajador común” no revierte en otro tipo de mirada parcial o inacabada de dicha totalidad?

4. El “trabajador común” como sujeto

Lo analizado conlleva una última reflexión sobre un interés en boga en los estudios recientes sobre el mundo de los trabajadores en dictadura: la identificación del “trabajador común” como un sujeto social a explorar, antes omitido y necesario de incorporar para complejizar el análisis. Un aporte significativo fue el de Robertini (2022) para su estudio sobre FIAT en Buenos Aires, pero últimamente emergieron otros avances en esta línea.

Desde una mirada que entiende que la clase obrera en dictadura fue analizada centralmente a partir de su activismo dando ello como resultado una mirada parcial que tendió a homogeneizar al trabajador en general con sus núcleos militantes, se plantea como premisa la necesidad de identificar los rasgos y la dinámica del “trabajador común”, definido como aquel que circunscribía su derrotero a la concurrencia al ámbito laboral sin desarrollar una praxis agitativa ni poseer una tradición militante previamente al golpe o por fuera de ese espacio productivo. La identificación de este sujeto le permitió a esta perspectiva esbozar como hipótesis la existencia de un mayor grado de naturalización por parte de la clase trabajadora hacia el discurso dictatorial. Ello, a su vez, aparece como una justificación (más o menos directa) de un hipotético consenso hacia la retórica represiva y, en ciertos casos, de articulación con un discurso empresarial tendiente a gestar una imagen homogénea del sitio de producción, carente de tensiones entre esferas obreras y patronales y con posibilidades de crecimiento a lo largo de una trayectoria laboral.

La perspectiva de focalizar el estudio en una clase obrera sin tradición o identidad partidaria posee plena validez. Carminatti (2023) alertó sobre ciertas generalizaciones que supone el término vinculado a la utilización de la historia oral como recurso. No obstante, existen otros elementos factibles de incorporar a los efectos de elaborar un examen crítico. Como se explicitó, pareciera que la visión “no militante” del pasado reciente brindara a los estudios una cierta cobertura objetivista, carente en aquellos testimonios o documentos recuperados de la esfera militante. Entonces, se habilita la pregunta: si la utilización de insumos provenientes del arco político conlleva el problema de generalizar al conjunto de la clase en un perfil militante y comprometido, en contraposición, ¿la mirada del “obrero común” no trae aparejado el riesgo de una cierta generalización que pueda omitir los matices existentes dentro de un sujeto trabajador amplio?

Más allá de la posible justificación en razón de lo cuantitativo de los actores, ello no inhibe determinadas tensiones. Por un lado, la existencia de un cierto riesgo a omitir que, en el marco de la dictadura, se forjaron vinculaciones cotidianas y naturalizadas entre el militante fabril con filiación política específica y aquel “obrero común” carente de ella. Pareciera vislumbrarse una cierta minimización al momento de pensar el modo en el que se desarrollaba la militancia fabril en el período de mayor represión estatal y empresarial. En esta etapa, el militante inserto en fábrica se encontraba alejado en extremo de la figura de un agitador compulsivo. Por el contrario, las más de las veces su filiación militante era desconocida por la amplia mayoría del entorno laboral (salvo en aquellos vínculos con pares que se forjaban paulatinamente y de un modo individual). En la práctica, en las tareas cotidianas laborales o en los momentos de recreación y sociabilidad, el trabajador militante y el “común” coexistían naturalmente. En todo caso, podrían emerger los rasgos distintivos al momento de desatarse un conflicto o discusión por algún reclamo. No existió cotidianamente en dictadura una agitación política evidente, ni instancias sistemáticas de debate en los sitios de trabajo. Que la actividad política-sindical no fuera abierta y expuesta permitiría pensar en una frontera más difusa y porosa entre el militante y el operario no politizado.

Otro elemento recae en que, al relevar el accionar y las disímiles formas de protesta y reclamo en los sitios de trabajo, existen experiencias que permiten pensar en una dinámica menos estática. Por ejemplo, en una planta también automotriz, como Peugeot, se produjeron en 1977 una serie de reclamos expresados en quites de colaboración y en la entrega de petitorios. Estos últimos fueron elaborados por la totalidad de las secciones y se firmaron por prácticamente la totalidad del personal de la planta (según consta en el registro de los archivos de la inteligencia policial de la Provincia de Buenos Aires). Entonces, ¿cómo catalogar a aquel trabajador sin filiación política ni tradición partidaria alguna que, a su vez, formó parte de un reclamo a la empresa rubricando con su nombre y apellido en un momento de extrema represión? ¿Cómo catalogar a aquellos operarios que participaban de asambleas o se negaban a realizar horas extras en señal de protesta, pero careciendo de pertenencia partidaria? Si “obrero común” es un término utilizado como sinónimo de “no contestatario” o, en ocasiones, de cierto consenso hacia la retórica gubernamental de represión al activismo, la elevada cantidad de ejemplos sobre este tipo de acciones ilustra la complejidad de las nomenclaturas.

III. Hacia una agenda en construcción

Finalmente, es posible reflexionar alrededor de aquellas temáticas, enfoques o modos de acercarse a la problemática de la conflictividad laboral durante la última dictadura que aún forman parte de una agenda plausible de desarrollo en futuros estudios en la perspectiva de un acercamiento más complejo y totalizador del fenómeno. Para ello, se ponen de manifiesto cinco inquietudes o desafíos aún en ciernes.

1. Los problemas de la periodización

En el apartado anterior se presentó un interrogante en torno al punto de partida más conveniente para analizar el vínculo entre la conflictividad obrera y la represión como respuesta a ella. Si bien marzo de 1976 resulta un quiebre lógico, este se encuentra en revisión en determinados estudios a partir de la conveniencia de extender la periodización hasta el año 1974 cuando la represión (estatal y paraestatal) sobre el activismo provocó redefiniciones en las prácticas y modos de organización.

No obstante, se coloca también en examen la propia sub-periodización del ciclo 1976 – 1983 a partir de la visualización de un devenir histórico que no fue monolítico. Si las obras pioneras de los años ochenta y noventa tendieron a englobar a la dictadura como un todo o minimizar sus oscilaciones, los trabajos que dieron cuenta de la resistencia obrera o el devenir de sus dirigencias no fueron excepcionales. No obstante, paulatinamente, se establecieron matices posibles de incorporar como parte de una necesaria sub-periodización del proceso. Por ejemplo, la visualización de un quiebre en la movilización por “Pan, Paz y Trabajo” de noviembre de 1981 en razón de la masividad alcanzada por las expresiones antidictatoriales a partir de dicha acción lo que, a su vez, derivó en su incremento en los momentos previos a la iniciativa bélica en Malvinas (Molinaro, 2023).

Incluso resulta factible establecer mayores oscilaciones aún. Por ejemplo, un quiebre posible de identificar fue la huelga de abril de 1979. Si bien convocada por una de las dos centrales obreras principales de ese momento y con un acatamiento parcial a nivel nacional, ella puede ser vista como un parteaguas al tratarse, con limitaciones, de un primer esbozo de huelga general de alcance nacional. Por su parte, Carminatti (2021) identificó un quiebre hacia finales de 1977 a partir de una oleada de conflictos que incluyó a rubros determinantes como el ferroviario o Luz y Fuerza. Pero, para complejizar el análisis, existen procesos aún previos. Por ejemplo, ¿podría pensarse la conflictividad de las plantas automotrices en 1976 como el primer movimiento contra la dictadura por parte del mundo del trabajador?, o bien, ¿será la lucha de Luz y Fuerza de ese año un primer quiebre temprano en la conflictividad? (Mangiantini, 2024). Estos ejemplos, y otros, dan cuenta de la necesidad de una rigurosa sistematización de la conflictividad obrera que tenga por objeto visualizar con claridad los quiebres y virajes, aunque sean parciales, en contraste con un imaginario del período marcado por lo monolítico.

2. El papel de las organizaciones políticas en la conflictividad

Existe una cierta paradoja entre ciertas aseveraciones y el criterio epistemológico utilizado en razón de ellas. Como se mencionó, en diversos análisis sobre la historia de los trabajadores en los años del proceso se aseveró que la voz de la militancia del período (en razón del uso de publicaciones partidarias o del insumo testimonial) fue la que determinó sus conclusiones lo que llegó a producir una cierta generalización que equiparó el discurso, los recuerdos y los balances de las militancias partidarias con un sentir de la clase obrera en general. De allí, el interés más reciente por incorporar a los “obreros comunes”, “no politizados”, “que no estaban en nada”, etc.

Sin embargo, esta aseveración no es tajantemente coincidente con un rasgo común de las investigaciones, esto es, resulta notoria la ausencia de pesquisas académicas que indagaron sobre la vinculación entre la conflictividad y la organización obrera en dictadura junto a la participación (más o menos soslayada) de disímiles partidos del campo de la izquierda que actuaron en su seno. No existen abordajes (globales o mediante estudios de caso específicos) que den cuenta de la presencia de vínculos entre la militancia revolucionaria en el espacio fabril y las variadas y embrionarias formas de organización y resistencia que los trabajadores desarrollaron en estos años. Incluso, en aquellos trabajos en los que se afirmó la existencia de esa presencia y se utilizaron insumos de diversas organizaciones, ello no implicó avanzar en el terreno del análisis de la retroalimentación, la influencia y los lazos entre el activismo político y el movimiento social. Por ejemplo, Pozzi (2008) aclara que carece de información sobre el accionar de los partidos políticos en la conflictividad obrera, aunque posee la certeza de su presencia. La profundización de un análisis que habilite un diálogo entre el accionar obrero y el papel de las organizaciones, se convierte, por ende, en un eje de indagación nodal de una futura agenda.

3. La conflictividad desde una perspectiva de género

El auge de los estudios en clave de género o de la historia de las mujeres no exceptuó preguntas y preocupaciones ligadas a la dictadura. Se cuenta con una producción enfocada tanto en el derrotero de las mujeres en el seno de las organizaciones político-militares como así también en las formas represivas por ellas sufridas (por ejemplo, los delitos sexuales o la vida durante el tiempo de detención). Sin embargo, sigue pendiente una indagación que entrecruce la dinámica de la clase obrera, la mujer trabajadora y, vinculada a ambas áreas, la militancia de las izquierdas.

Al detenerse en el examen sobre la conflictividad obrera, los importantes pasos dados, no permitieron aún distinguir con claridad el papel específico de las mujeres en el accionar de protesta como, más específicamente, identificar aquellas medidas de lucha cuyas reivindicaciones tuvieran vinculación con demandas en clave de género o específicamente femeninas. Existe un trabajo sobre la huelga de Alpargatas de 1979 en una industria cuya composición femenina fue notoria (Mitidieri, 2014). Pero restan aún estudios sobre rubros con presencia femenina de fuste como el bancario, la sanidad, la industria del dulce u otras plantas textiles. ¿Qué características tuvieron los conflictos cuando la composición del personal era mayoritariamente femenina? ¿Existieron demandas que tuvieran relación directa con su condición de mujeres, además de aquella de trabajadoras? Todas estas, preguntas posibles de ahondar.

Esta agenda se nutriría aún más si a estos planteos se le incorporara, a su vez, la esfera partidaria. Indagar el papel de las organizaciones insertas en el mundo del trabajo es, como se afirmó, una cuenta pendiente. Si a ello se sumara el modo mediante el cual estas organizaciones pugnaron pesar sobre un activismo femenino y, en ese marco, cómo fueron ellas mismas atravesadas por debates relativos a las problemáticas específicas de las mujeres y a las nociones del feminismo, se contaría con un panorama más acabado y la apertura de mayores matices en los análisis.

4. El desafío de la cuantificación

¿Es posible conocer con relativa claridad cuántos conflictos laborales se desarrollaron durante la dictadura? ¿Es factible realizar tipologías sobre ellos y agruparlos según sus características? ¿Qué rasgos debiera tener un conflicto en momentos de tamaña represión para ser considerado como tal en una pesquisa histórica? Estos interrogantes se engloban bajo una pregunta aún más amplia sobre la posibilidad de abordar la conflictividad en dictadura de acuerdo al uso de la cuantificación. Partiendo de la creencia sobre la importancia de sistematizar la información sobre la conflictividad obrera en los años de mayor represión estatal también en términos estadísticos, es factible preguntarse sobre cuán acabados podrían ser sus resultados.

Fueron escasos los intentos al respecto. Falcón (1996), sin pretensión totalizadora, identificó 291 conflictos laborales entre marzo de 1976 y octubre de 1981 a partir de un relevo de Buenos Aires y las ciudades de Córdoba y Rosario. Munck (1987), desde una mirada nacional, dio cuenta de 1038 conflictos en estos mismos años. Recientemente, Mangiantini (2024) explicitó 345 pleitos solo en el AMBA en los primeros dos años del golpe.

Ghigliani (2009) alertó sobre la posibilidad de cuantificar conflictos laborales advirtiendo certeramente sobre sus riesgos. Por ejemplo, los límites de la información extraída de diarios nacionales que tendieron a omitir enfrentamientos pequeños o de regiones ajenas al ámbito porteño-bonaerense. Similares alertas podrían aplicarse también para otro tipo de insumos. Un periódico partidario, por lo general, suele reflejar aquellos pleitos en los que tiene algún tipo de involucramiento más o menos directo la organización que lo editaba. Por su parte, la información desprendida de la inteligencia policial es relevante, aunque fragmentaria y con ausencias en lo relativo a algunos sitios de trabajo. Por otro lado, las posibilidades de acceso a periódicos provinciales o regionales son aún un desafío para buscar sortear vacíos geográficos.

Quizás la apuesta no recaiga, en definitiva, en la posibilidad de dar cuenta de un modo acabado de la totalidad de las acciones de protesta desarrolladas en los sitios de trabajo. En todo caso, es válido preguntarse sí, a sabiendas de los límites y vacíos empíricos, es productivo el intento de sistematizar y cuantificar los datos recogidos. Aglutinar conflictos, segmentarlos por rubros, por tipo de empresas, por reivindicaciones, por la composición de su personal, por sus logros o desenlaces, por las respuestas patronales o estatales, por el papel desempeñado por sus respectivas dirigencias, por la presencia o no femenina, etc., independientemente de lo inacabado de sus resultados, no deja de ser un modo de acercamiento al tópico que permite reflexionar sobre la conflictividad más allá de los estudios de caso específicos. En definitiva, los esfuerzos cuantitativos, aún con sus límites, son un desafío necesario en la búsqueda de una mirada totalizadora (aunque inacabada) del fenómeno.

5. La triangulación de insumos documentales

Por último, vale una reflexión en apariencia lógica sobre las fuentes. Los abordajes alrededor de la conflictividad obrera en dictadura se nutrieron de diversos tipos de reservorios documentales. Como se relevó, existen estudios que primaron la utilización de la prensa comercial, otros que ponderaron el uso de periódicos militantes y, desde finales de los años ochenta, una más sistemática utilización de la historia oral. En los últimos años, cobró un lugar de privilegio la documentación proveniente de los archivos de la inteligencia policial (sobre todo, de las provincias de Buenos Aires y Córdoba).

Sobre ello, valen dos reflexiones. Por un lado, se visualiza la necesidad de un mayor entrecruzamiento de insumos al abordar un estudio de caso, región, rubro o fábrica. No resulta extraño encontrar en diversos aportes que sus resultados se anclan a un único reservorio. Así, existen estudios de casos construidos unilateralmente sobre la base de testimonios o, recientemente, trabajos diagramados a partir de los documentos policiales. Sin invalidar la primacía otorgada a un tipo de fuente por sobre otras posibles, es factible preguntarse sobre la conveniencia de un mayor entrecruzamiento y diálogo entre diversos recursos documentales.

En segundo lugar, continúa el complejo desafío de ampliar el campo de documentos posibles de incorporar. La búsqueda de periódicos regionales, boletines particulares de una fábrica o de huelga (muchas veces existentes solo en archivos privados), el difícil acceso al acervo documental de las conducciones sindicales, entre otros ejemplos, son aún materiales no incorporados plenamente que merecen el esfuerzo de su búsqueda en la perspectiva de un mayor caudal de información.

***

No fue un objetivo del artículo presentar un estado de la cuestión acabado en torno a la producción existente desde los tempranos ochenta hasta el presente en torno a la conflictividad obrera durante la última dictadura cívico-militar. El amplio abanico de aportes y obras no referidas en este escrito suponen una injusta ausencia al momento de dar cuenta de los amplios y numerosos avances que, sobre esta temática, se produjeron en las últimas décadas. En razón de esta abundancia, el análisis se focalizó en aquellas pesquisas más recientes. A partir de ellas, atravesaron el presente artículo dos interrogantes: en primer lugar, preguntarse qué temáticas y discusiones provenientes de los estudios pioneros se mantienen aún vigentes y forman parte de las preocupaciones y debates. En segundo orden, interrogarse acerca de qué tópicos y formas de abordaje aún presentan deudas y posibilidades de profundización en la perspectiva de un mayor conocimiento del período. Sobre esas preguntas y balances, se explicitó una posible agenda factible de ser incorporada a los desafíos historiográficos aún en ciernes. A 50 años del inicio del golpe de Estado de 1976, los balances conllevan no solo la posibilidad de dar cuenta de lo realizado sino también de aquellos desafíos a sostener, en este caso en la perspectiva de dar continuidad a un campo de estudios históricos aún plausible de robustecer.

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