Crenzel, E. (2025). Pensar los 30.000. Qué sabíamos sobre los desaparecidos durante la dictadura y qué ignoramos todavía. Buenos Aires: Siglo XXI, 271 p.

Micaela Iturralde

Universidad Nacional de Mar del Plata - INHUS /
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina
micaelaiturraldegmail.com

La desaparición forzada de personas constituye el crimen emblemático de la última dictadura militar argentina. Las disputas en torno a su denuncia, inteligibilidad y representación pública ocuparon un lugar central en la configuración de las memorias sociales y de los debates historiográficos sobre el pasado reciente. En este marco, Pensar los 30.000. Qué sabíamos sobre los desaparecidos durante la dictadura y qué ignoramos todavía, el último libro del sociólogo Emilio Crenzel, se propone reconstruir históricamente las formas en que se produjo el conocimiento sobre los desaparecidos entre el amplio universo de actores que impulsaron su denuncia, así como las condiciones políticas, sociales y culturales que hicieron posible –y al mismo tiempo limitaron– esa producción de saber.

La solidez del libro remite tanto a la trayectoria de Emilio Crenzel dentro del campo de estudios sobre memoria e historia reciente argentina como a la madurez alcanzada por un amplio conjunto de investigaciones desarrolladas durante las últimas décadas sobre la dictadura. Sus trabajos previos sobre la construcción social de las memorias de la dictadura y, especialmente, sobre la historia política del Nunca Más, constituyen antecedentes fundamentales de esta nueva intervención. En diálogo con estos trabajos y con una vasta producción académica, Pensar los 30.000 retoma debates centrales y formula nuevos interrogantes vinculados con las condiciones históricas de producción del conocimiento sobre la desaparición forzada.

El principal aporte del libro consiste en reconstruir el carácter gradual, conflictivo y fragmentario de la producción de conocimiento sobre las desapariciones. Crenzel muestra que ese conocimiento no fue inmediato, homogéneo ni lineal, sino el resultado de procesos desiguales de denuncia, circulación de información y elaboración de sentidos en los que coexistieron incertidumbres, interpretaciones divergentes y múltiples formas de registrar y narrar la violencia estatal.

Metodológicamente, el trabajo articula herramientas provenientes de la sociología histórica, la historia reciente y los estudios sobre memoria. A partir de un amplio corpus compuesto por archivos de organismos de derechos humanos, documentos estatales y judiciales, informes internacionales, prensa y testimonios, el libro reconstruye distintas etapas en la producción de conocimiento sobre las desapariciones, desde las primeras denuncias impulsadas durante la dictadura hasta las investigaciones estatales y judiciales desarrolladas en democracia.

La estructura de la obra acompaña este recorrido histórico. Cada capítulo se organiza en torno a una pregunta sobre las formas de conocimiento de la desaparición forzada. El primero, “¿Es el Estado?”, reconstruye las tensiones existentes dentro del heterogéneo universo de denunciantes respecto de quiénes eran los responsables de las desapariciones y cómo esas diferencias incidieron en las formas de denunciar los crímenes. Crenzel muestra que, durante los primeros años de la dictadura, la responsabilidad estatal de las desapariciones no era reconocida de manera unánime entre los denunciantes, entre quienes coexistían distintas interpretaciones acerca del origen y los responsables de los secuestros. “¿Dónde están?” analiza las representaciones construidas en torno al paradero de los desaparecidos y las dificultades para conocer el funcionamiento del sistema represivo clandestino. Desde las “granjas de recuperación” difundidas por la propaganda oficial hasta los “campos de concentración” denunciados por sobrevivientes y organismos de derechos humanos, el capítulo muestra cómo fueron transformándose las formas de nombrar e interpretar los espacios clandestinos de detención.

El tercer capítulo, “¿Cuántos son?”, aborda una de las preguntas más persistentes y políticamente polémicas de los debates sobre la dictadura: cuántos son los desaparecidos. Crenzel analiza las estrategias mediante las cuales organismos, familiares y denunciantes intentaron contabilizar a las víctimas en un contexto marcado por la ausencia de información confiable y la imposibilidad de establecer una cifra exacta. El capítulo muestra que coexistieron distintas estimaciones sobre la magnitud del crimen, pero que la cifra de 30.000 terminó consolidándose menos por su precisión estadística que por su capacidad de condensar simbólicamente la escala y el carácter sistemático del terrorismo de Estado. El cuarto capítulo examina las controversias sobre el destino final de los desaparecidos y las resistencias que generaron los testimonios sobre los vuelos de la muerte incluso dentro del propio universo de denunciantes en el contexto de aprobación de la Ley de Presunción de Fallecimiento de 1979. Finalmente, “Lo que aún ignoramos” reflexiona sobre los límites persistentes del conocimiento sobre la desaparición forzada y pone en diálogo saberes académicos, judiciales, estatales y provenientes de los organismos de derechos humanos.

A nuestro juicio, el libro reúne una serie de méritos que justifican ubicarlo entre las obras más relevantes producidas en el campo de la historia reciente argentina en los últimos años. Uno de los principales méritos radica en evitar lecturas retrospectivas que proyecten sobre los años de la dictadura conocimientos, categorías o consensos elaborados posteriormente. Crenzel muestra que, durante el propio despliegue represivo y en los años inmediatamente posteriores, existían profundas incertidumbres acerca de la magnitud del sistema, el destino de los secuestrados y el alcance efectivo de la desaparición forzada. Incluso entre los organismos de derechos humanos, los familiares y las redes de denuncia coexistían interpretaciones divergentes sobre los responsables de los crímenes, las formas adecuadas de contabilizar a las víctimas y el funcionamiento mismo del dispositivo represivo. En ese sentido, el libro desmonta la imagen de los denunciantes como un universo homogéneo que habría comprendido desde un comienzo las características y dimensiones del crimen. Por el contrario, reconstruye un proceso gradual, conflictivo y desigual de recepción, elaboración y reconocimiento de información sobre las desapariciones, evitando también cierta romantización retrospectiva de los actores involucrados en las denuncias.

Asimismo, uno de los aspectos más sugerentes del trabajo radica en la atención que presta a las distintas escalas involucradas en la producción y circulación del conocimiento sobre la represión. Aunque no constituye el eje central del libro, Crenzel recupera de manera significativa la dimensión transnacional de las denuncias, al mostrar el papel desempeñado por organismos internacionales, redes de exiliados y circuitos internacionales de solidaridad en la visibilización de los crímenes de la dictadura. En ese sentido, el libro permite pensar la construcción del conocimiento sobre las desapariciones no únicamente como un proceso nacional, sino también como el resultado de dinámicas transnacionales de circulación de información y legitimación pública. No obstante, precisamente porque el trabajo habilita estas preguntas, queda menos desarrollada una reflexión más explícita y necesaria sobre la articulación entre escalas locales, nacionales y transnacionales en la producción de conocimiento sobre la represión.

Otro de los mayores aportes del libro radica en la distinción analítica que establece entre conocer y reconocer la desaparición forzada. A lo largo de la obra, Crenzel muestra que la existencia de información, rumores, denuncias o testimonios sobre los secuestros y asesinatos no implicó necesariamente que esos hechos fueran inmediatamente inteligibles o socialmente reconocidos en toda su magnitud. El libro cuestiona así la idea de que el conocimiento sobre el terrorismo de Estado haya sido un proceso lineal, acumulativo y generalizable. Por el contrario, reconstruye las mediaciones políticas, culturales y simbólicas que hicieron posible –o limitaron– la comprensión pública de la desaparición forzada como un sistema represivo específico.

Desde esta perspectiva, la desaparición aparece no sólo como una tecnología destinada a eliminar opositores políticos, sino también como un dispositivo orientado a producir desconocimiento, incertidumbre y opacidad. La destrucción de pruebas, el ocultamiento de los cuerpos, la producción de rumores, las operaciones de propaganda impulsadas por el régimen y la fragmentación de la información no fueron aspectos secundarios de la represión, sino condiciones constitutivas de una modalidad de violencia diseñada para dificultar su propia inteligibilidad. En este sentido, el libro ofrece una reflexión especialmente sugerente sobre los límites del conocimiento frente a experiencias de violencia extrema. Crenzel muestra que la comprensión social de la desaparición forzada dependió no solo de la disponibilidad de información o de la acumulación de pruebas, sino también de la existencia de marcos interpretativos capaces de volver pensable una metodología represiva que desbordaba los límites mismos de lo imaginable.

El libro dialoga así con discusiones más amplias que las meramente académicas al mostrar que el conocimiento sobre la dictadura no puede entenderse como un saber acabado o definitivamente clausurado, sino como una construcción histórica atravesada por disputas políticas y condiciones específicas de producción de sentido. En esta perspectiva se inscribe uno de los aportes más relevantes del trabajo: su intervención sobre el problema de las cifras y, particularmente, sobre la construcción histórica de “los 30.000”. Lejos de abordar este número únicamente como un dato estadístico susceptible de verificación definitiva, Crenzel lo analiza como el resultado de un complejo proceso de elaboración de información, articulación política y construcción memorial. La cifra condensó tanto estimaciones producidas tempranamente por organismos de derechos humanos y redes de exiliados como la necesidad política de representar públicamente la magnitud del crimen estatal en un contexto caracterizado por la ausencia de registros oficiales confiables y por la persistencia de múltiples formas de ocultamiento.

En este punto, uno de los mayores aciertos del trabajo consiste en evitar dos posiciones igualmente reductoras. Por un lado, se distancia de las lecturas negacionistas que utilizan las limitaciones documentales o las diferencias entre registros para relativizar el carácter sistemático del terrorismo de Estado. Por otro, evita también tratar la cifra exclusivamente como un símbolo deshistorizado o inmune a toda indagación crítica. En cambio, Crenzel propone historizar tanto las formas de producción de conocimiento como las funciones políticas y memoriales que adquirió el “30.000” en distintos contextos históricos.

En definitiva, Pensar los 30.000 constituye una de las intervenciones más relevantes producidas recientemente en el campo de la historia reciente argentina. Su principal aporte reside en mostrar que el conocimiento sobre la desaparición forzada fue un proceso histórico, conflictivo y situado, atravesado por disputas políticas y marcos cambiantes de inteligibilidad. En un contexto de renovadas disputas sobre el pasado reciente, el libro ofrece herramientas fundamentales para pensar críticamente las relaciones entre la producción de conocimiento histórico y los procesos de construcción de memorias sociales, al tiempo que confirma la productividad intelectual y pública de un campo historiográfico cuya densidad crítica se construyó en diálogo permanente con las luchas por la memoria, la verdad y la justicia.

https://doi.org/10.67215/practicasdeoficio.1528