Sandra Gayol
Universidad Nacional de General Sarmiento -
Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Argentina
sgayol@campus.ungs.edu.ar
Volver sobre el propio campo para interrogarlo desde adentro es un gesto infrecuente en la historiografía. Lo es aún más cuando quienes lo realizan son, en varios casos, investigadoras e investigadores que contribuyeron a fundar ese campo. Esa es la propuesta y uno de los méritos de Itinerarios y desafíos de la historia del tiempo presente. Un diálogo transatlántico, coordinado por Frédérique Langue. No es un estado del arte de la historia del tiempo presente, sino una operación reflexiva sobre sus fundamentos, sus límites y sus derivas en un momento de profunda transformación política, archivística y epistemológica.
El libro es fruto del programa internacional HISTEMAL (Histoire du Temps Présent, Mémoire et Émotions en Amérique Latine et Espagne), red de especialistas abocados a la historia reciente, las memorias y las emociones en el espacio ibérico y latinoamericano. Su primera reunión internacional, celebrada en octubre de 2022 en la Casa de Velázquez de Madrid, sirvió de punto de partida para esta publicación que alterna textos de síntesis ya publicados con reflexiones inéditas. El resultado es un diálogo transatlántico que no borra las diferencias entre tradiciones historiográficas, sino que las pone en tensión fecunda. La nómina de autoras y autores es, en sí misma, una declaración de propósitos. François Dosse, Marina Franco, Frédérique Langue, Alfredo Riquelme Segovia y Henry Rousso son referentes ineludibles: han construido, en buena medida, las categorías con las que hoy pensamos la historia reciente, la memoria colectiva y los regímenes de historicidad. Junto a ellos aparecen investigadoras e investigadores de generaciones más recientes –Christophe Araujo, Rodrigo González Tizón, Marion Cairault y Flavio Foresi, Marcy Campos Pérez, Miriam Hernández Reyna, entre otros– que trabajan desde archivos específicos, juicios, imágenes y testimonios. La convivencia de generaciones plantea, desde la propia composición del libro, la pregunta sobre qué significa continuar un campo temático, una perspectiva metodológica y la exploración de un período histórico cuando las condiciones políticas, archivísticas y epistemológicas que lo constituyeron han cambiado de manera sustantiva. La amplitud geográfica es deliberada: Chile y el 11 de septiembre de 1973, la dictadura portuguesa y la Revolución de los Claveles, la militarización del México contemporáneo, los archivos militares argentinos, los juicios y dispositivos memoriales del Cono Sur, las guerras de memoria en España, Cuba y Venezuela, los pasados coloniales que se niegan a quedar quietos en el pasado. Cada caso de estudio aporta su especificidad, pero todos convergen en una preocupación común: el estatuto de las fuentes, el lugar del historiador y la tensión entre historia y memoria.
El aporte epistemológico del libro es quizás su dimensión más novedosa. La historia del tiempo presente libró durante demasiado tiempo una batalla por su legitimidad académica, respondiendo con solvencia a las sospechas sobre su falta de distancia crítica y su proximidad con los objetos que estudia. Este libro no abandona ninguno de sus argumentos de otrora, pero los transforma: ya no se trata de demostrar que puede ser rigurosa a pesar de su implicación, sino de proponer que esa implicación es precisamente la condición de un conocimiento que el resto de la disciplina histórica no puede producir.
François Dosse abre el libro. Siguiendo a Ricœur, propone que el historiador del tiempo presente no debe simplemente obedecer un “deber de memoria” –imperativo que corre el riesgo de derivar en exceso conmemorativo– sino realizar un auténtico trabajo de memoria, análogo al trabajo de duelo freudiano: una elaboración crítica, mediada y reflexiva del pasado. El horizonte de ese trabajo es lo que Ricœur denominó la memoria justa: ni el olvido instrumental ni la obsesión conmemorativa, sino una memoria que articule verdad y fidelidad, que “introduzca más verdad en la justicia”. Esta propuesta tiene consecuencias sobre cómo se conciben las fuentes, la escritura y el propio estatuto del historiador. Langue despliega este argumento en su introducción. La necesidad epistemológica del trabajo de memoria implica, entre otras cosas, reconocer la “impronta memorial” del investigador como parte legítima –aunque vigilada– del proceso de conocimiento. Quienes se abocan a escudriñar el tiempo presente son, al mismo tiempo, actores, testigos y analistas. Negarlo no lo elimina, sino que lo vuelve opaco. Aceptarlo con rigor reflexivo es, en cambio, una condición de posibilidad del conocimiento. Marina Franco, por su parte, lleva este argumento a uno de sus desarrollos más precisos cuando examina la noción de “dictadura cívico-militar”. Su trabajo es un ejemplo del tipo de vigilancia epistemológica que el libro propone: mostrar que una categoría tomada de la esfera política y judicial sin someterla a escrutinio analítico puede producir efectos de conocimiento contrarios a los que se persiguen. No se trata de negar las responsabilidades civiles en los regímenes autoritarios del Cono Sur –Franco las reconoce explícitamente–, sino de exigir que las categorías con las que nombramos el pasado sean capaces de dar cuenta de la complejidad de los fenómenos y no solo de las demandas del presente y la discusión público-política.
La cuestión de los archivos, una constante en todo el libro, constituye el eje articulador de la primera parte. Los textos de Riquelme Segovia, Araujo, Serna, Balé y González Tizón abordan, desde casos nacionales distintos, una misma paradoja: el acceso a las fuentes de la historia reciente ha mejorado notablemente en algunas democracias posdictatoriales pero, simultáneamente, nuevas formas de opacidad –la militarización, la destrucción deliberada, la gestión archivística discrecional, el secreto de Estado– restringen ese acceso o distorsionan lo que es visible. Balé muestra cómo en Argentina los archivos militares se convirtieron en un campo de intersección entre la justicia, la memoria y la gestión archivística solo a partir de 2006, y cómo ese proceso estuvo atravesado por tensiones políticas que modelaron qué podía conocerse y cómo. Serna, desde México, pone de manifiesto que en contextos de militarización creciente las fuentes periodísticas se convierten a veces en el único acceso posible a dimensiones del pasado que las fuentes oficiales ocultan sistemáticamente. González Tizón recupera los dispositivos –campañas de denuncia, comisiones de verdad, procesos judiciales– a través de los cuales la palabra de los sobrevivientes disputó su lugar en el espacio público argentino. Cairault y Foresi realizan un estado del arte transnacional desde la mirada de sus propios practicantes. Cierra el apartado Marcy Campos Pérez que investiga las imágenes cinematográficas de la Unidad Popular y la dictadura chilena como espacio donde se revelan los desplazamientos en las formas de pensar históricamente la imagen y sus regímenes de memoria.
Esta problematización sobre los archivos remite a debates más amplios para quienes leemos este libro. La noción misma de archivo ha sido profundamente transformada en las últimas décadas: de reservorio pasivo de huellas del pasado, el archivo ha pasado a ser entendido –desde Derrida, Foucault y, en el campo de la historia del tiempo presente, desde los propios trabajos de Rousso y de la tradición de la historia oral– como un dispositivo activo de producción de memoria y olvido. El archivo no conserva el pasado: lo construye, selecciona, jerarquiza y silencia. Esta comprensión crítica, que los textos del volumen asumen implícitamente, se vuelve más urgente aún en el contexto de la digitalización masiva y, más recientemente, de la irrupción de la inteligencia artificial en la gestión y el análisis documental.
La segunda parte amplía el horizonte geográfico y temporal hacia lo que el libro llama “memorias globalizadas”. Hernández Reyna examina los pasados coloniales como objeto específico de la historia del tiempo presente, mostrando su convergencia con una concepción del pasado como trauma de largo alcance. Izquierdo Martín y Abad García analizan las persistentes desmemorias de la democracia española respecto a las víctimas del franquismo. Piniella Grillet se detiene en los abusos memoriales en Cuba y Venezuela a través del culto a Martí y Bolívar, y las formas de disidencia artística que los desafían. Yusta reconstruye los orígenes del movimiento por la recuperación de la memoria histórica en España, rastreando la tensión entre una vertiente ideológica y otra en clave de derechos humanos que terminó por imponerse. Langue, finalmente, toma el caso venezolano como escenario de una historia oficial exacerbada que contribuye a forjar una memoria latinoamericana globalizada del tiempo presente.
Yusta, Langue y Franco comparten una preocupación común: la de revisar los conceptos y denominaciones con que el campo opera, indagando tanto las categorías heredadas como las que el presente político produce y el historiador recibe sin siempre advertirlo. Es en ese gesto –nombrar con precisión, resistir la inercia conceptual– donde el libro deposita su apuesta más duradera. Rousso, que cierra la compilación, ofrece la perspectiva de más largo aliento: la memoria, señala, ha pasado de ser un proceso psicológico o social para convertirse en una “visión de mundo”, casi en una nueva ideología articulada en torno a los derechos humanos. Esa transformación tiene sus virtudes –ha permitido conocer, reconocer y reparar– pero también sus peligros: puede ser reutilizada por poderes reaccionarios, y no ha tenido el efecto preventivo que sus defensores le atribuyeron. La tarea de las y los historiadores, concluye con una mezcla de cautela y esperanza, es contribuir a que lo que Ricœur llamó la memoria justa “sea un factor de justicia” sin que quedemos “presos del pasado”.
Itinerarios y desafíos de la historia del tiempo presente es un libro que llega en un momento oportuno. En América Latina, los debates sobre justicia transicional, memoria democrática y negacionismo están lejos de cerrarse. En Europa, las guerras de memoria en torno al fascismo, el colonialismo y los pasados comunistas muestran que la historia del tiempo presente no es un lujo académico sino una necesidad política. El libro no ofrece una respuesta única sino un conjunto de herramientas conceptuales, de experiencias de investigación y de interrogaciones éticas que permiten afrontarlas con mayor rigor y mayor honestidad intelectual. Eso, en definitiva, es lo que la mejor historia siempre ha hecho.