Malvinas en la memoria de los habitantes de Santa Cruz: desde las primeras migraciones hasta el conflicto bélico

Malvinas in the memory of Santa Cruz’s population: from the first migrations to the war

María de los Milagros Pierini y Pablo Gustavo Beecher1

Resumen

En las primeras décadas de vida de Santa Cruz, la corriente pobladora proveniente del archipiélago de las Malvinas fue un aporte importante para la ocupación de la región. Debido a este hecho histórico, promovido desde las esferas gubernamentales, se fueron construyendo lazos familiares y económicos entre los que partieron de las Islas y los que permanecieron en ellas. En el marco de esas relaciones familiares se fue construyendo una memoria que se fue cargando de matices a medida que la entidad político-administrativa de ambos territorios se iba complejizando y las relaciones familiares se iban atenuando. Sobre esta memoria, que podríamos calificar de regional, debido al conflicto bélico de 1982, surgió otra memoria: la de la propia guerra, en la que estuvieron directamente implicados los integrantes de la sociedad civil santacruceña. Por ese motivo, podríamos afirmar que, en esta provincia, en lo referido a las Malvinas, hay dos “memorias” que coexisten, con distinto grado de visibilidad: la más antigua, basada en los lazos a los que nos referimos, y la más reciente, que posee un fuerte tinte belicista. El propósito de nuestro artículo es evidenciar estas dos memorias utilizando los numerosos testimonios orales, y frente a la predominancia de la referida al conflicto bélico, contribuir a rescatar la memoria más antigua. De esta manera, podríamos contribuir a enriquecer la visión que en la Argentina se tiene de las islas Malvinas.

Palabras claves: Malvinas, Santa Cruz, memoria de los habitantes, migraciones, guerra.

Summary

During the first decades of Santa Cruz’s life, the immigration that came from the Malvinas Islands was very important for the land’s occupancy in this region. Due to this historical event, which was fostered by the Argentine government, family and economic ties were built between those who left the islands and those who stayed. Within the context of these family relationships, a memory was construed, which was full of different shades as the political and administrative entities in both territories became more complex and the family ties weakened. About this memory, that we could say is regional, a new memory appeared due to the war in 1982: that of the war itself, in which the members of the Santa Cruz community were a part of. Due to this fact, we could say that in this province, in referring to Malvinas, there are two “memories” that coexist with a different degree of visibility: the older one, based on the ties to which we have referred, and the more recent, that has a more bellicose tint. The purpose of this article is to prove both these memories using many oral testimonies, and in view of the fact that the one referred to the war prevails, help rescue the older memory. We could, in this manner, contribute in enriching the vision that in Argentina we have of the Malvinas Islands.

Keywords: Malvinas, Santa Cruz, population’s memories, migrations, war.

Introducción

Santa Cruz fue, en sus inicios, un territorio nacional dependiente del poder central, desde donde provenían las directrices de la política económica y migratoria a implementar. Tenía una baja densidad poblacional, de 0,5 habitantes por km², ubicados entre las zonas rurales y las pequeñas localidades portuarias. La necesidad de mano de obra y la disponibilidad de tierras públicas fueron los grandes motores para la atracción de migrantes. El hecho de que la producción predominante fuera la ovina trajo que dentro de los migrantes británicos fueran mayoritarios los escoceses, quienes tenían una larga tradición al respecto. Junto con los migrantes de origen europeo fue muy importante la migración de oriundos del archipiélago de Chiloé, quienes mayoritariamente se desempeñaron como mano de obra poco calificada y, en general, no accedieron a la propiedad de la tierra.

Aunque no lo desarrollaremos en este artículo para atenernos a la extensión pautada, solo mencionaremos que dentro de los lazos del archipiélago de Malvinas con la zona continental fue muy nutrida la relación con la región chilena de Magallanes, y que la mayoría de quienes pasaron a Santa Cruz habían hecho su ingreso por Punta Arenas, que fue el centro político, económico y financiero de lo que Barbería (1995) definió como región autárquica. Los capitales chilenos promovieron la apropiación de tierras de las sociedades indígenas y la instalación de grandes empresas comerciales, tanto en Magallanes como en Santa Cruz y Tierra del Fuego (Bandieri, 2021: 9).

De acuerdo con lo analizado por Martinic (1988: 17-18), los registros consulares de la región magallánica indicaban que el 10% de los británicos ingresados a ella provenía de las Malvinas. La década de 1940 comenzó a mostrar la declinación de la economía ovina y el avance de la explotación hidrocarburífera. La nueva actividad económica atrajo contingentes migratorios provenientes de otras provincias argentinas, a los que se sumaron las demandas de la administración pública provincial y municipal.

En nuestro análisis sobre las memorias de Malvinas por parte de los habitantes de Santa Cruz, hacemos nuestra la apreciación de Bandieri (2021: 2, 4), en el sentido de que las historias regionales no solo son posibles, sino que contribuyen a complejizar y a ampliar la mirada historiográfica, tanto del pasado como del presente, de una región en la cual los límites estatales estaban permeados por innumerables y antiguas vías de tránsito de hombres, animales, bienes y culturas. Y sin olvidar que, en el caso que nos ocupa, ese tránsito trascendía el Atlántico Sur y se insertaba en las rutas marítimas mundiales promovidas por la expansión capitalista mundial (Lorenz, 2021: 32).

En el análisis que aquí presentamos coincidimos con los enfoques actuales que piensan la guerra como un hecho social y cultural, con lógicas propias y diferentes a cualquier otro ámbito de la vida humana, y que proponen estudiar la constitución de la experiencia bélica. Por ese motivo nos focalizaremos en las experiencias, identidades y memorias de los integrantes de la sociedad civil santacruceña que han sido poco estudiadas por la historiografía dedicada a la guerra de Malvinas.

Las entrevistas que volcamos en este artículo fueron realizadas en distintas épocas y por diversos entrevistadores. Las más antiguas fueron recogidas por el Lic. Pablo G. Beecher a lo largo de los años de investigación periodística en La Opinión Austral, de Río Gallegos, y fueron publicadas en los suplementos dominicales “Historias del Domingo”, años 1997 a 2007, y “El Territorio, la Provincia…”, años 2009 a 2012. Algunas de estas historias familiares fueron plasmadas en su obra Familias de Santa Cruz (2006), editada por La Opinión Austral. Muchas de estas entrevistas no estaban focalizadas exclusivamente en las memorias sobre Malvinas.

Otro grupo de entrevistas fueron realizadas por el equipo de la cátedra “Problemática de los Derechos Humanos” (UNPA / UARG), y estuvieron focalizadas en la memoria que los habitantes de la ciudad capital guardaban sobre la época de la dictadura militar. El trabajo del equipo de la cátedra se extendió entre los años 2006 y 2010 y tenía como objetivo ratificar, o rectificar, la idea generalizada de que en la provincia “no había pasado nada” durante la época de la dictadura. En los testimonios recogidos surgieron los primeros indicios de rectificación de esa visión inicial. Algunas conclusiones del proyecto de la cátedra fueron presentadas en el Segundo Seminario Internacional “Políticas de la Memoria. Vivir en dictadura. La vida de los argentinos entre 1976 y 1983”, de octubre de 2009, con el título “¡Pero si acá no había pasado nada!”.

Al realizarse el proyecto de investigación “Historia de un vínculo. A propósito de la presencia de los descendientes de malvinenses en Santa Cruz”, dirigido por Navas y con la participación de Pierini, Beecher, Cárcamo y Monzón (UNPA / UARG, 2015-2017), volvimos a entrevistar a quienes habían dado su testimonio para la cátedra años atrás,2 pero en este caso focalizándonos en el tema de las Malvinas. Como la relación del archipiélago con los habitantes de Santa Cruz sigue siendo de interés para los autores de este artículo, hemos continuado realizando entrevistas a miembros de la sociedad santacruceña.

Algunas reflexiones sobre la(s) memoria(s)

Como afirma Portelli, la historia oral es el resultado de un diálogo que toma forma ya sea por las estrategias verbales del entrevistado, por la intervención y la presencia del historiador, o por el empleo que de ello se hace sucesivamente (2014: 10). Por lo tanto, “historial oral” es un término ambivalente, ya que designa aquello que el historiador “escucha” y lo que este “dice” o “escribe”, y, sobre todo, lo que el narrador y el historiador construyen juntos a lo largo de la entrevista.

En la entrevista realizada por Álvarez Bravo en el año 2017, Portelli afirmaba que la memoria es una de las cosas que nos ayudan a darle un sentido al mundo en que vivimos, ya que si no se tiene memoria del pasado se ignora lo que se está repitiendo. La memoria es una actividad consciente del ser humano, es una relación entre el presente y el pasado, y mientras el pasado puede ser estático, el presente es dinámico, por lo que la memoria sigue cambiando. En esa relación tiene un rol fundamental el olvido, porque la memoria es selección (Álvarez Bravo, 2017: 544, 548-549).

A este autor le interesa subrayar la manera en que el aspecto relacional abarca diversos aspectos y es observable tanto en el entrevistador como en el entrevistado: el presente y el pasado, lo público y lo privado, la oralidad y la escritura. Remarca que la memoria no es un mero depósito de datos del cual recuperar información, sino un proceso en continua elaboración de la forma, lo que le otorga sentido a la “inmensa e informe masa de los hechos cotidianos” (Portelli, 2018: 195, 199).

Coincidimos con Vezzetti en que la cuestión de la memoria se ha abierto como un dominio de la actualidad, tanto en el campo académico como en el discurso intelectual, y que la memoria testimonial aparece como un reducto de verdad y de certezas enunciadas en primera persona. No hay una memoria individual pura, separada de la memoria social, ya que los grupos tienen diferentes pasados y, por lo tanto, distintas memorias (1988: 1-3).

Debido a la creación de la escritura, la memoria individual quedó restringida a preservar aquello que atañe privilegiadamente a la existencia propia de la persona, que está mediada por el olvido y en la cual se entrecruzan la memoria histórico-social y la personal (Alfaro López, 2021: 2-5).

En su estudio sobre identidad y memoria, Souroujon afirma que la segunda ha logrado conquistar un espacio central en las ciencias sociales y humanísticas, y que no se la puede concebir separadamente de la identidad, ya que mientras la memoria es generadora de identidad, esta última se erige como marco de selección y significación de la memoria (2011: 234, 253). Por este motivo, las representaciones del pasado son un espacio en el que se superponen conflictos y consensos entre los distintos sectores de la sociedad, un campo en el que se trata de construir un relato coherente, en el que imaginación, acontecimientos y olvidos se entrecruzan, y en el que se tienen más en cuenta las necesidades del presente que la fidelidad del pasado. Itamar Orlev (2019: 126), quien ha dedicado gran parte de su obra a analizar la experiencia de la Shoá y los silencios resultantes de ella, considera que

… el alma humana es el teatro de una lucha de poder entre el que recuerda y sus recuerdos; entre lo que aceptamos grabar en nuestra memoria y lo que resurge sin haber sido convocado. Por un lado, los recuerdos remodelados y remodelables con el objetivo de protegernos de nuestro pasado; y, por otra parte, los recuerdos postraumáticos que escapan a nuestro control.

En nuestro análisis de las memorias sobre Malvinas y el conflicto de los integrantes de la sociedad santacruceña tuvimos en cuenta, como elementos esenciales para el análisis, además de la edad, el sexo y la situación socioeconómica, el origen nacional o extranjero de esos integrantes. Por ser Santa Cruz una región de permanentes migraciones, no nos fue posible obviar la relación de sus habitantes con los residentes en Malvinas y en Chile, su residencia más o menos reciente en Santa Cruz y la existencia de familiares en otros puntos de la Argentina. Es por eso que, en muchos testimonios, se menciona el hecho de que, en ocasión de la “casi guerra con Chile”, los padres optaran por enviar a sus hijos con esos familiares y que, tanto en 1978 como en 1982, fuera recurrente la mención a la preocupación que aquellos padres tenían por la situación que vivían en Santa Cruz.

Esas variaciones se inscriben en lo que Pescader llama “memorias colectivas” (2003: 115-116), las cuales hacen referencia a la memoria de un pasado intersubjetivo, vivido con otras personas, apoyada en marcos sociales de referencia y fijada a través de una reevocación pública e interpersonal. No hay una dimensión unificadora de una experiencia compartida, ya que los acontecimientos impactan en las personas según la ubicación social que estas ocupan dentro de un grupo, y según la ubicación de ese grupo dentro de la unidad generacional. La multiplicidad de memorias acerca de un mismo “tipo de experiencias” es lo que los investigadores han denominado “memorias divididas”, “memorias enfrentadas” o “memorias en conflicto”.

La memoria de las islas Malvinas en sus migrantes y sus descendientes

En general, los estudios sobre la migración en la Patagonia durante el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX suelen identificar a los malvinenses dentro del segmento de la migración británica. Esto invisibiliza una fase sustancial del proceso migratorio y de los lazos económicos y culturales y las redes familiares creadas por los habitantes en el archipiélago, las cuales tuvieron un gran dinamismo hasta el inicio del conflicto bélico de 1982.

Jimmy Alder, uno de los entrevistados, recuerda que antes de la guerra de 1982 la relación entre ambas costas era mucho más fluida y constante que en el presente, y menciona que los chicos malvinenses iban a estudiar a Comodoro Rivadavia, sus habitantes utilizaban las instalaciones del hospital de esa ciudad,3 Aerolíneas Argentinas tenía vuelos directos y la empresa YPF tenía instaladas allí estaciones de combustible, y concluye diciendo que “todo eso desapareció”.

De los grupos migratorios que se movilizaron desde las Malvinas hacia el continente, una mínima parte era la primera generación de nacidos en las islas. Esta situación dificultó el desarrollo de una identidad malvinense “pura” en su nuevo destino, por lo que, con frecuencia, se identificaban como británicos/malvineros, malvineros/argentinos, e incluso como británicos/malvineros/argentinos.

Un caso interesante para el análisis de la identidad y el sentido de pertenencia de los nacidos en Malvinas es el de Archibald Halliday Mac Call, quien nació el 2 de octubre de 1884 en el archipiélago y fue llevado a los nueve meses a Santa Cruz. En una entrevista que le realizó un periodista de Puerto Santa Cruz, manifestó: “Yo me sentí siempre argentino y lo soy”. También dijo que nunca había tenido dudas sobre su nacionalidad argentina, y agregó: “Todo el mundo sabe que soy argentino nacido en Malvinas, nunca me exigieron documentación y tampoco la necesité. Para la gente soy, alternativamente, argentino, británico o malvinero”.

Otra entrevistada, Yolanda Bertrand, cuando su interlocutor le pidió que definiera su identidad, respondió: “Siendo honesta, soy nacida bajo bandera británica, como mis antepasados, pero soy primero malvinense y luego británica, argentina y anglicana. Pero en realidad me siento malvinera, ¡a secas!”.

Las regiones santacruceñas que atrajeron a la mayor cantidad de migrantes fueron la zona ubicada al sur del río Santa Cruz y la de la bahía de San Julián, y en ambos casos fue fundamental la presencia de familiares o amigos que habían migrado con anterioridad y habían comenzado a poblar los campos.

La Falklands Islands Sheep Farming Company (FIC), una empresa londinense, inició la ganadería ovina en Malvinas en reemplazo de los vacunos existentes. Para ello, adquirió 500.000 hectáreas, y a los pocos años monopolizó la comercialización lanera. Las tierras disponibles fueron concentrándose en manos de esta compañía, lo que obligó a muchos ovejeros a migrar al continente para poder acceder a las tierras allí disponibles.

El primer gobernador de Santa Cruz, Carlos M. Moyano, conocía lo exitoso de la explotación ovina en las Islas y se trasladó al archipiélago para invitar a algunos jóvenes matrimonios de ovejeros a trasladarse a Santa Cruz con sus animales y elementos de construcción. También promovió la instalación de una línea de comunicaciones sobre la base de goletas para el traslado de ovinos y de lana (Lenzi, 1980: 478).

Otro entrevistado, John Edward Rudd, relata que sus padres, John Rodger Rudd y Mary Roach, se habían instalado en las Malvinas en 1840. Allí, su padre se empleó en la FIC, donde llegó a ser el administrador, y luego se trasladó a Santa Cruz.

Henry James Felton, cuya familia era del norte de Inglaterra, llegó a las Islas el 13 de octubre de 1849, como segundo en el mando del grupo de pensionados del Ejército, que habían sido enviados como colonos (entrevista a Yolanda Bertrand).

Christopher Smith, escocés, y Elizabeth Harrison, inglesa, se trasladaron alrededor de 1860 a las islas Malvinas, donde Christopher trabajó en la FIC. Sus hijos varones, Peter, William y John, emigraron al territorio de Santa Cruz, incentivados por su padre, ante la propuesta del gobernador Moyano. Según los relatos familiares, a medida que sus hijos iban cumpliendo los dieciocho años, Christopher les daba trescientas ovejas y algo de dinero para los comienzos en el continente (entrevista a Anne Hewlett).

William Halliday nació en Dumfriesshire en 1845 y emigró a las islas Malvinas en 1862, donde también trabajó como ovejero en la FIC. Se casó con Mary Mac Call y, en 1885, junto con ella, sus siete hijos –William, Jane, John, Mary, Agnes, Margaret y Archibald– y su suegro, William, se trasladó al continente en respuesta a la invitación de Moyano. En febrero de 1886 llegaron sus primos: los Rudd, cuyo jefe, John, también había trabajado como ovejero en la FIC. Ambas familias ingresaron por Punta Arenas, viajaron a Río Gallegos y luego cruzaron la ría hasta la costa norte, donde crearon el establecimiento Hill Station. A estas familias se sumó en 1886 otro migrante malvinero, Herbert Felton, quien fundó en la misma zona la Ea. Killik Aike Norte (Barbería, 1995: 77-78).

Wickham Bertrand nació en Dominica (Antillas) y fue educado en Gran Bretaña. Estuvo durante algunos años en la India y en Nueva Zelanda, donde aprendió el manejo de las ovejas y las nuevas técnicas para combatir la sarna. En 1867 viajó a Valparaíso (Chile), y en septiembre de ese mismo año se trasladó a Mendoza para luego dirigirse a Buenos Aires y, por último, a Montevideo, donde se enteró de las posibilidades de obtener campos en las islas Malvinas. En 1868 partió al archipiélago junto con un amigo, Ernest Holmested, y poblaron campos en sociedad, pero al cabo de unos años ambos formaron sus propias estancias. Bertrand llegó a ser el primer inspector de sarna de la FIC, pero se quedó sin trabajo cuando terminó la peste. Se casó con una malvinera, Catherine “Kate” Felton. Cuando sus hijos varones retornaron luego de haber estudiado en Inglaterra, Wickham los alentó a cruzar al continente, debido a que las Islas no les ofrecían un porvenir por la escasez de tierra (entrevista a Yolanda Bertrand).

Por su parte, Yolanda Bertrand, nacida el 25 de mayo de 1938 en Puerto Stanley, por motivos familiares residió en varios lugares a lo largo de su vida: Chillán y Punta Arenas (Chile), Malvinas y la estancia ‘La Suerte’, en la zona del río Santa Cruz. En 1969 se casó con William Jamieson y se instaló en la estancia familiar, situada en la zona del río Coyle. Como nota anecdótica e ilustrativa de la vida en el archipiélago, Yolanda cuenta: “Mi pasión por los caballos nació antes de que yo naciera, porque tengo entendido que para darme a luz mi madre debió cabalgar durante nueve horas para llegar al hospital de Malvinas. Desde muy pequeña me subieron a los caballos, y para llegar a las estancias de las Islas había que andar a caballo, cruzando de una isla a la otra” (entrevista a Yolanda Bertrand).

James Lewis, junto con su esposa Eleonor Britten y su hijo Guillermo, partió de Bristol en el año 1869 y llegó a las Malvinas para colaborar con Thomas Bridges en la Patagonian Missionary Society. También tenía el propósito de fundar una misión anglicana, luego de los trágicos finales de los dos intentos anteriores.4 Luego se trasladó con su familia a Ushuaia, donde levantó su vivienda junto a una toldería indígena, y allí nació su segundo hijo, Frank Ushuaia Lewis. Posteriormente, James y Eleonor regresaron a Malvinas, donde nació James Douglas, quien a los pocos años se trasladó, junto con sus padres, a Santa Cruz. Años después, Guillermo y Frank Ushuaia decidieron establecerse en Puerto Santa Cruz, donde poblaron las estancias Cañadón del Toro y La Margarita. James Douglas Lewis fue uno de los convocados para hablar en la Asamblea de la ONU del año 2007 a favor de los derechos argentinos sobre el archipiélago (entrevista a James D. Lewis).

Thomas Patterson y Agnes Clark, oriundos de Kirkmichael, Dumfries, llegaron a las Islas alrededor de 1872, con sus hijos Robert, Will y George, y comenzaron a trabajar en las estancias de la FIC. En las islas nacieron sus otros hijos: Jim, Jean Anne, Esther, Agnes y Harriet (VV. AA., 2002: 266). Siguiendo el ejemplo de muchos de sus compatriotas, Robert y Will decidieron viajar al continente, a la zona de San Julián, y recalaron en la estancia La Colmena, “que era considerada una especie de refugio para los ambulantes en busca de futuro” (VV. AA., 2002: 267). Más tarde arribaron sus hermanos Jim y George. Finalmente, lograron fundar un establecimiento, la estancia Mata Grande, “que sería el sostén de la familia durante casi un siglo” (VV. AA., 2002: 267). Por su parte, Sarah Murray Patterson llegó a las Islas el 14 de abril de 1873. Allí se casó con William Fraser y nacieron sus hijos William, Duncan, Elizabeth y Margaret. Cuando se trasladaron a San Julián fundaron la estancia Ventura. (VV. AA., 2002: 266,268). Jim y George Patterson se casaron con las hermanas Elizabeth y Margaret Fraser. Del matrimonio de Jim con Elizabeth nació, en 1902, el primer miembro de la familia, Thomas Lafone, de nacionalidad argentina. Ambas familias, Patterson y Fraser, no regresaron nunca a las Islas (VV. AA., 2002: 268).

William Dickie nació en 1861 en Old Meldrun, condado de Aberdeen, Escocia. En 1885 se casó con Elizabeth Murray y decidieron trasladarse a las Malvinas, debido a que William había sido contratado por la FIC. Allí nacieron sus cuatro hijos. William fue corresponsal en las Islas de algunas revistas británicas y gestionó que un grupo de maestros se trasladara al archipiélago, entre los que estuvieron John Patterson y John Duncan (entrevista a Johnie Banciella Dickie).

Las migraciones desde el archipiélago no fueron exclusivamente de británicos. Podemos mencionar a Ulrick Henry Clausen (o Clasen), nacido en Dinamarca en el año 1853, quien siendo un adolescente llegó a las Islas en 1870 como marinero de un barco mercante, el Indian Star. Una vez allí, se instaló en una pequeña isla para evitar el control de migraciones y que lo regresaran al barco. Luego se trasladó a Puerto Stanley, donde abrió una barbería y peluquería. En 1879 se casó con una malvinera, Anne Marie Rudd. Sus hijos realizaron la escuela primaria en Malvinas y luego migraron a distintas zonas de Santa Cruz (entrevistas a Binks Steel y Howard Clasen).

Un historial muy interesante de traslados entre Malvinas y el continente es el de John Coish Steel –nacido en Darwin– y Adelaida Clasen, quienes se casaron en 1920. Al año siguiente nació Robert Keith y decidieron trasladarse al continente, donde John se empleó en la Ea. Mulak Aike, en las cercanías de San Julián. Luego regresaron a las Malvinas, donde en 1923 nació James Douglas, y posteriormente retornaron a Santa Cruz, donde en 1926 nació Binks. En la estancia Mulak Aike, John llegó a ser administrador. Unos años más tarde decidió renunciar a su cargo para poblar unos campos fiscales vecinos, a los que bautizó Las Malvinas, como recuerdo de la tierra donde había nacido y se había criado. Trabajó esas tierras durante dos años hasta que no pudo continuar por las presiones que recibía de la Dirección de Tierras, desde Buenos Aires, por lo que decidió abandonarlas y se trasladó a la estancia Lai Aike (entrevista a Binks Steel).

La conexión de la comunidad británica con las Malvinas se podía observar en otros aspectos, como las celebraciones. Como menciona otro de los entrevistados, Ricardo Lagiard, el primer maestro de la primera escuela rural de Santa Cruz, creada en el año 1963 en la estancia Cóndor, la fecha de celebración del Imperio británico, que varía según el país y que mayoritariamente es el 24 de mayo, “en la zona, siguiendo la tradición de los malvineros, era el 21 de abril, que coincide con la fecha de nacimiento de la soberana” (entrevista a Ricardo Lagiard).

Los lazos con Malvinas entre quienes migraron desde “la Roca” a “la Costa” fueron variando y, en líneas generales, el paso del tiempo los fue debilitando. Hubo quienes nunca regresaron a las Islas, como las familias Patterson y Fraser; otros regresaron con una cierta periodicidad, como los Bertrand-Newing, los Lewis-Britten y los Steel-Clasen; y otros, a pesar de no haber regresado al archipiélago, mantuvieron lazos con sus familiares isleños por medio de correspondencia y el envío de fotos y regalos en ocasión de las fiestas navideñas.

Como un factor del debilitamiento de esos lazos podríamos considerar el hecho de que, con frecuencia, quienes arribaban de Malvinas continuaban luego en búsqueda de nuevos lugares, lo que produjo una gran dispersión familiar, la cual, muy ilustrativamente, describe Yolanda Bertrand:

Mis primas hermanas están entre Inglaterra, Australia y Nueva Zelandia, y mi hermana mayor formó su familia en Punta Arenas. Y todos coinciden en que el conflicto bélico de 1982 interrumpió esos contactos, y que en la mayoría de los casos no se reanudaron.

Como expresa ‘Douggie’ Scott: “A quienes somos familiares de aquellas personas de las islas Malvinas se nos ha hecho difícil contactarnos con los que aún habitan ese lugar, por no haber podido viajar a él”.

La(s) memoria(s) sobre la guerra de Malvinas

Como afirma Guber (2009), al terminar la dictadura militar la causa de los desaparecidos se convirtió en más relevante que la de Malvinas, y fue hecha suya por vastos sectores de la sociedad civil, mientras que el conflicto bélico, sus análisis y sus consecuencias quedaron circunscriptos a los ámbitos militares. Así, la memoria de lo vivido por los habitantes de Santa Cruz quedó encerrada en el ámbito de lo privado, pronta para aparecer ante las consultas recibidas, pero sin convertirse en un objeto de estudio de carácter masivo o académico.

En muchos de los testimonios brindados por los habitantes de Santa Cruz5 sobre el conflicto bélico de 1982 fue evidente la relación que se señalaba con el conflicto con Chile por las islas del canal de Beagle, que estuvo a punto de ser el inicio de una guerra a fines de 1978. Si bien esa guerra no llegó a concretarse, para muchos entrevistados sigue teniendo una presencia muy dolorosa, que equiparan con lo sucedido años más tarde. Podríamos considerar a la denominada “casi guerra con Chile” como una guerra civil, teniendo en cuenta la fuertísima presencia de ciudadanos chilenos en Santa Cruz6 y que gran parte de la sociedad santacruceña tenía en esa época familiares muy cercanos oriundos o residentes en Magallanes o en Chiloé.

En cuanto al desarrollo de la guerra de 1982 en Santa Cruz, encontramos algunas similitudes con lo estudiado por investigadoras de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco sobre la situación en Comodoro Rivadavia, aunque en el caso santacruceño la importancia y las repercusiones fueron más reducidas. La ciudad chubutense formó parte del teatro de operaciones del Atlántico Sur y se convirtió en escenario continental de los aprestos bélicos para la guerra de Malvinas, por lo que la vida cotidiana se vio alterada por el movimiento de tropas, aviones e insumos para ser enviados a las islas, junto con los simulacros de oscurecimiento y las alertas rojas por posibles bombardeos (Olivares, 2018: 1147-1148; Quintero, 2017: 12).

Tanto en las ciudades de Chubut como de Santa Cruz, el 2 de abril de 1982 se reactivó la Junta de Defensa Civil, creada en 1958 y puesta en ejecución durante el conflicto con Chile de 1978. Dicha Junta era la responsable de coordinar a los civiles en los operativos de oscurecimiento y evacuación ante posibles ataques británicos, algo que está omnipresente en los testimonios de los habitantes (Olivares, 2018: 1156).

En lo referido a Santa Cruz, desde los inicios de la etapa territoriana y en especial desde la década de 1930 tuvo bases militares y marítimas instaladas en las localidades del litoral atlántico. La guarnición militar de Río Gallegos estaba constituida por el Comando de la XI Brigada Mecanizada, el Regimiento de Infantería Mecanizado 24, la Compañía de Comunicaciones Mecanizada 11 y la Base de Apoyo Logístico Río Gallegos. A estas se sumaban las bases aéreas instaladas en Río Gallegos y en Puerto San Julián, desde las que partían los aviones hacia las Islas. Durante el conflicto bélico existió también la Base Aérea Militar (BAM) de Río Gallegos.

La precariedad de las instalaciones aeroportuarias hizo que se tuvieran que buscar alternativas, como la instalación de planchas de aluminio en la pista de carreteo en San Julián y la utilización de parte de la ruta provincial Nº 5 en la zona de Güer Aike.

Asimismo, debido a lo reducido de las instalaciones militares, para el alojamiento de los soldados se fueron habilitando otras instalaciones, como las de la Sociedad Rural de Río Gallegos y las dependencias del ex frigorífico de la Swift –abandonadas en la década de 1970–, por lo que muchos de ellos se contagiaron de sarna por haberse acostado en los viejos cueros de los ovinos (entrevista a A. R.).

Debido a lo heterogéneo de la población santacruceña, la memoria de la guerra fue diferente en cada sector; por ese motivo preferimos utilizar el término memorias y referirnos en forma separada a las de quienes pertenecían a la comunidad británica y a las de quienes eran descendientes de migrantes malvineros.

La histórica convivencia de la población civil santacruceña con los integrantes de las Fuerzas Armadas y de Seguridad, la creación de organismos como las Juntas Municipales de Defensa Civil, el fortalecimiento de la red de radioaficionados y las filiales de la Cruz Roja hicieron que los santacruceños siguieran más de cerca el desarrollo de la guerra y tuvieran conciencia de las mentiras de los partes oficiales en lo referido a las bajas en la contienda, y si bien muchos se mostraron sorprendidos por el desenlace del 14 de junio, no fueron tomados tan de sorpresa como sí sucedió con muchos otros habitantes de la Argentina. Como expresa una de las entrevistadas, la rendición se sintió como un “alivio”, y tanto a ella como a su grupo de conocidos y vecinos no los tomó por sorpresa, ya que preveían que, por la disparidad de fuerzas entre la Argentina y Gran Bretaña y las alianzas internacionales, la guerra iba a ser breve (entrevista a A. R.).

Todos los testimonios coinciden en señalar que veían regresar menos aviones de los que partían de las bases aéreas santacruceñas:

Los aviones que volaban a Malvinas tenían un sonido muy particular. Contábamos cuántos partían y cuántos regresaban, y los propios niños suspendían sus juegos al aire libre para hacer lo mismo… Los niños decían que iban a bajar los aviones ingleses a las pedradas, como lo hacían los chilotes (entrevista a A. R.).

Los testimonios recogidos de quienes vivieron la guerra en Santa Cruz –independientemente de la edad y la ocupación que tenían en ese momento– coinciden en los sentimientos que provocó la contienda, los cuales son descriptos como momentos difíciles, de mucha angustia, de incertidumbre, de desinformación y muy difíciles de olvidar. Como lo sintetiza una de las entrevistadas: “Después de todo lo pasado, ya no me asusta nada” (entrevista a E. G.).

Desde un aspecto más objetivo, también coinciden en señalar el frío extremo de esos días, al que asociaban con el pensamiento de cómo lo estarían pasando los soldados en el archipiélago: “El silencio sepulcral día y noche cuando solo se escuchaba la usina y el ruido de las sirenas sin saber qué esperar”. También hacen alusión a los oscurecimientos totales de la ciudad, cuyo cumplimiento era controlado por “los jefes de manzana”, quienes eran elegidos entre los propios vecinos. La oscuridad nocturna total, algo inusual en nuestra época, provocó que una entrevistada, que tenía 11 años de edad en 1982, recordara, casi 30 años más tarde, que “nunca volvió a ver estos cielos estrellados...” (entrevista a N. S.). A. R., por su parte, recuerda los oscurecimientos controlados por el jefe de manzana y la luz de su cigarrillo en medio de la oscuridad de la noche.

“En casa cerrábamos de noche todas las persianas, y donde no había poníamos cartulinas negras. En los vidrios pegábamos cintas adhesivas en forma de x para el caso de que se rompieran” (entrevista a Ana Lamor). E. V. C. recuerda:

Mi papá fue jefe de manzana, cubríamos las ventanas con ruberoid; papá salía a dar vueltas por el barrio para asegurarse de que todas las casas estuvieran ‘oscuras’ y que no emitieran luces hacia el exterior. Las fiestas/bailes eran durante la tarde, la nieve y la noche temprana –cinco y media de la tarde– nos invitaban a volver a casa temprano. Que te caiga esto en plena adolescencia te hace reaccionar de manera rebelde, hasta que lo entendés.

El hecho de contar con familiares en otros puntos de la Argentina hizo que algunas familias optaran por enviar a sus hijos a esos hogares. En un primer momento, lo hicieron durante el conflicto con Chile, aunque en algunos casos, debido a lo traumática que había sido esa experiencia, en 1982 decidieron no repetirla. Como recuerda N. S., que en 1978 tenía siete años:

A raíz del conflicto con Chile, con mis hermanos tuve que dejar mi casa, mis padres y mis cosas y fui enviada, cerca de un mes, a la casa de unos tíos en Bahía Blanca. Nos sentimos contenidos, pero no entendíamos el motivo del traslado, hasta cuándo iba a durar eso y si íbamos a volver a ver a nuestros padres.

Al iniciarse el conflicto por Malvinas surgió nuevamente la alternativa de alejar a los hijos. En algunos casos, la decisión la tomaban de manera voluntaria (entrevista a E. G.); y en otros, obligados por las autoridades de su ámbito laboral (entrevista a A. R.). El viaje se realizaba en aviones de Aerolíneas Argentinas acondicionados especialmente. En el caso de la familia Heredia-Lamor, junto con cuatro familias amigas decidieron trasladarse a Punta Bandera (sobre el Lago Argentino), donde la empresa tenía un obrador. Como recuerda Raúl Heredia:

No había luz ni calefacción y debían picar leña; iban todos los chicos al mismo grado de la escuela. Ellos lo disfrutaban como una aventura, pero las mujeres no aguantaron más y a la semana me pidieron volver a la ciudad.

Los niños de todos los niveles escolares participaban de los simulacros en su escuela, debían llevar agua mineral y frazadas y les enseñaban a protegerse debajo de los bancos en caso de emergencia (entrevista a Marta Ávila). “En el caso de los niños, en un primer momento tomaban los simulacros como un juego, y luego comenzaron a producirles miedo” (entrevista a A. R.).

Olivares (2018) analiza la censura que existía en los medios de comunicación de Comodoro Rivadavia sobre los acontecimientos bélicos, y el testimonio que hemos recogido de Mario Fernández, trabajador del canal de televisión de Río Gallegos, coincide con esas apreciaciones. Fernández fue convocado por la Fuerza Aérea para que filmara en la base las pruebas de armamento; le permitían hacer entrevistas a los pilotos en los hangares y en los bunkers, pero después lo dejaban proyectar muy poco en el canal. El material lo veían antes tres oficiales de la Oficina de Difusión, y recortaban lo que consideraban que no debía transmitirse; entonces, una filmación de dos minutos quedaba apenas de diez segundos. “Esta censura nos llevó a creer que íbamos ganando” (entrevista a Mario Fernández).

A. R. coincide en señalar la gran desinformación que existía, lo que alentaba todo tipo de temores y suscitaba un gran triunfalismo, tanto en los medios de comunicación como en gran parte de la población, y considera aquello como una continuidad de lo experimentado en el mundial de fútbol de 1978. En ese momento trabajaba en el Juzgado Federal de Río Gallegos, a cargo del juez federal Federico Manuel Pinto Kramer, quien “se sentía el futuro gobernador de las Malvinas”. Este manifestó un gran entusiasmo por el desembarco del 2 de abril, y con una escarapela en el pecho les pidió a los empleados que fueran a festejar a la Plaza San Martín. Recuerda el permanente eslogan “El que no salta es un inglés” en las movilizaciones realizadas en el centro de la ciudad; ese eslogan lo tenía expresamente prohibido a sus hijos (entrevista a A. R.).

La existencia de un fuerte control de la información que circulaba contribuyó a alentar todo tipo de rumores y noticias erróneas. Una de las entrevistadas recuerda que se había enterado del desembarco de ingleses cerca de Río Gallegos, a los que habían matado, y cuenta que compraban provisiones y guardaban el agua por si bombardeaban la ciudad. “No sabías qué iba a pasar en cada momento, no tenías información de lo que ocurría… solo veías salir los aviones” (entrevista a E. G.). Y como afirma otra entrevistada:

Vivíamos encerrados y espiando por una rendija esperando ver avanzar a los ingleses, teníamos la sensación de desembarco en Río Gallegos y que ya estaban allí, dormíamos pensando que al despertar íbamos a ver en la plaza la bandera inglesa (entrevista a N. S.).

Un hecho que conmocionó a la población de Río Gallegos, porque lo sintió como la concreción de los temores a un desembarco británico, fue el de la bomba que cayó en la ría. Testimonia Raúl Heredia que “ese mismo día estábamos justo en el Rotary haciendo un chocolate para doscientos cincuenta soldados; me acuerdo de que cuando la bomba cayó algunos se largaron a llorar. Era un avión A-4 que venía de las islas y no conseguía desprender una de las bombas que llevaba, entonces tampoco podía aterrizar porque dañaría la pista. En un último intento, el piloto logró arrojarla en la ría, frente a la ciudad. En un primer momento la conmoción y el alboroto nos sobrepasaron, además de que no sabíamos si era un bombardeo ni de qué bando era el avión.

Un maquinista del ramal ferroportuario de Río Turbio expresa que durante la guerra de Malvinas el Ejército les había pedido que el tren saliera de día, y que trasladaban soldados y armamentos hacia el Destacamento de Rospentek; un militar estaba permanentemente al mando de los movimientos. “Esos fueron momentos difíciles y de mucha angustia” (entrevista a Esteban Tita).

Como lo describen estudios realizados en Comodoro Rivadavia y en Puerto Madryn, muchos de los integrantes de las comunidades de Río Gallegos y San Julián se implicaron muy de cerca con los militares que participaron en la guerra, tanto a nivel personal como desde las instituciones existentes, como la Cruz Roja y el Rotary. Esa implicancia consistía en la provisión de ropa y comida a los soldados conscriptos y a los oficiales, además de las permanentes invitaciones a almorzar en sus casas o a pasar en ellas el fin de semana, aunque “les era prácticamente imposible salir del tema bélico y hablar de otra cosa” (entrevistas a Guillermo Rossi, Mabel Tournour y Teresa Crioca de Dadomo).

Sumamente interesantes como demostrativos de esa colaboración son los testimonios de Raúl Heredia y Ana Lamor, quienes se implicaron como grupo familiar, ya que también colaboraban sus hijos de 10, 9 y 4 años. Recorrían de noche con bebidas calientes las guardias militares e invitaban a los soldados a almorzar a su casa, y les daban la posibilidad de hablar por teléfono con sus familiares lejanos. En esa tarea fueron luego acompañados por familias amigas. La actividad se complementaba con la organización de partidos de fútbol, la celebración de la misa dominical y el almuerzo en su chacra. Recuerda Raúl: “Cuando dieron de baja a un grupo de Puerto Santa Cruz que embarcaba al día siguiente, todos ellos vinieron a dormir a casa y llamaban a Anita su ‘mamá de guerra’”, y agrega Ana que, luego de la finalización de la guerra, “recibimos muchas cartas de los mismos soldados o de sus familias para agradecernos lo que habíamos hecho […] Es poco, todo es poco lo que se hace en una guerra, pero nos hicieron sentir muy orgullosos”.

Al hospital de Río Gallegos llegaron soldados provenientes de las Islas en mucha menor cantidad que a Comodoro Rivadavia y a Puerto Madryn, por lo que no se produjo allí esa gran recepción realizada por la población civil de las localidades chubutenses. Como menciona Lorenz respecto de la tarea realizada por los taxistas locales como proveedores de información sobre los soldados a sus padres –el caso de Victorio y Jorge Altieri–, también en la ciudad santacruceña los taxistas trasladaron a los heridos desde el aeropuerto hasta el hospital regional; en un primer momento fueron obligados, pero luego lo hicieron voluntariamente (2017: 129-131). Recuerda A. R. que su vecino taxista había participado frecuentemente en los traslados, y que “estaba destruido por el nivel de crueldad con que se había tratado a los soldados”.

Como mencionamos anteriormente, la guerra de Malvinas fue sentida de una manera especial por los integrantes de la comunidad británica. En el caso de Amy Beecher, durante este conflicto no dudó en reconocerse como naturalmente argentina, más allá de sus orígenes, el orgullo familiar y una fuerte tradición, “pero mucha gente vio, desacertadamente, a los ‘gringos’ lugareños como enemigos” (entrevistas a Edwin F. Beecher y Mary E. Keen). Como relata Roberta Lambert:

Cuando fue la guerra de Malvinas, papá se sintió humillado porque la gente cambió el trato hacia su persona. El hecho de ser inglés había sido un símbolo de seriedad y confiabilidad en cualquier emprendimiento comercial, laboral o social, y luego de Malvinas, ser un inglés o un ‘gringo’ pasó injustamente a ser mala palabra.

Yolanda Bertrand expresa que su padre vivió una experiencia interior bastante conflictiva porque él había nacido en Gobernador Gregores, donde transcurrió su infancia y juventud, fue educado en Buenos Aires y vivió muchos años en Malvinas. “Entonces lamentó muchísimo una guerra tan absurda, cuando todos sabían que Gran Bretaña estaba próxima a entregar las Islas a la Argentina”. En su caso, no fue molestada en demasía en sus traslados entre Río Gallegos y la estancia familiar, aunque a mediados del mes de mayo decidió dejar de hacerlos, “porque me di cuenta de que en los controles sobre Güer Aike y el río Coyle ponía muy nerviosos a los muchachos cuando mostraba mi documentación y figuraba mi nacimiento en Malvinas”.

El presidente del Club Británico de Río Gallegos, Jorge Jamieson, recuerda que una vez declarada la guerra realizaron un acto en las instalaciones, con medios de comunicación especialmente invitados. Allí leyó un discurso en el que mencionaba el arraigo de la comunidad a la nación Argentina, y a continuación bajó el cuadro con el retrato de la reina7 y lo reemplazó por el de San Martín.

Eso fue impactante. La gente entendió que muchos éramos descendientes de británicos, pero, sobre todo, argentinos. Hubo quienes quisieron cambiar el nombre del club y me opuse, porque entendía que debíamos ser sensatos, pero de ninguna manera renegar de nuestros orígenes. Una noche robaron la placa original, en la que se leía ‘British Club’, e hicimos una nueva con el nombre de ‘Club Británico’ (entrevista a Jorge Jamieson).

Al finalizar la guerra, algunos integrantes de la comunidad británica de origen malvinero, como Yolanda Bertrand, James Douglas Lewis, Juan Douglas, ‘Douggie’ Scott, Ricardo Patterson y Guillermo Clifton, participaron activamente en las gestiones llevadas a cabo en la ONU para ratificar los derechos argentinos sobre el archipiélago. Yolanda Bertrand fue la primera en ser convocada a la Asamblea de la ONU, en agosto de 1987, junto con Marcelo Vernet, para pronunciar su discurso: “Y fue muy emocionante conocer que Vernet y yo habíamos logrado una votación favorable que disponía que Gran Bretaña debía sentarse a tratar con la Argentina acerca del tema Malvinas”.

Algunas conclusiones

En la primera parte de nuestro artículo nos dedicamos a explicitar los lazos humanos que unieron Santa Cruz con las Malvinas, con el objetivo de subrayar que las islas no eran desconocidas para los habitantes de la zona continental y que, en varias ocasiones, los descendientes de los migrantes habían continuado su relación – epistolar o económica– con quienes habían permanecido en el archipiélago. Asimismo, habían seguido muy de cerca las gestiones iniciadas en la década de 1970 para “acercar” las Islas al continente reforzando los lazos entre ambas poblaciones y planteando la posibilidad de que, en el caso más optimista, los malvineros aceptarían la tutela argentina.

De acuerdo con lo analizado en los testimonios de los habitantes de Santa Cruz, sus vivencias sobre el conflicto bélico de 1982 estuvieron fuertemente influidas por sus propias subjetividades, y por eso utilizamos el término memorias. En el caso de los descendientes de migrantes malvineros, a la angustia por la situación que se estaba viviendo se agregaba el dolor por sentirse rechazados y por ser hasta sospechados de espías por una sociedad en la que habían construido una situación de prestigio por el hecho de ser británicos. En cuanto a quienes tenían familiares en otros puntos de la Argentina, se les presentaba como válida la posibilidad de “escapar” de esta situación traumática trasladándose ellos o simplemente enviando a sus hijos fuera de la provincia.

Los santacruceños elegidos por el gobierno argentino para presentarse en la Asamblea de la ONU cuando se trató el futuro de las islas Malvinas coincidieron en la necesidad de comenzar a dialogar con los malvineros y a continuar y profundizar los lazos existentes con anterioridad al conflicto bélico de 1982. Como expresa Yolanda Bertrand:

Todo pudo haber sido distinto […] La guerra terminó atrasando las posibilidades para la Argentina […] Llevó al malvinense a no querer tener ningún contacto con la Argentina, ya que vieron la peor parte de los argentinos y se borró lo bueno, como cuando estaba la línea aérea LADE, YPF, la asistencia social, las becas otorgadas a diez alumnos para estudiar en escuelas argentinas o la importación de perros ovejeros […] Tengamos en cuenta que los pobladores de Malvinas sufrieron la guerra, los bombardeos y aún conservan una herida abierta.

Y agrega:

Creo en la independencia de las Islas, esto lo pienso desde 1960. Eso no tiene nada que ver con el reclamo de la Argentina, que tiene fuertes pruebas de lo que reclama, pero los años pasan y los isleños tienen todo el derecho a su autonomía.

Sobre esta postura basada en la restauración de los lazos anteriores, se expresa también ‘Douggie’ Scott:

Hay un sentimiento humano que hace que, aunque demoren en solucionarse algunas diferencias, existen razones de naturaleza humana a tener en cuenta para que se restablezca un contacto con los isleños, sobrellevar las diferencias y, en el futuro, ser un canal de integración entre las partes.

Lorenz (2021) afirma que ampliar la mirada sobre Malvinas llevará necesariamente a que nos preguntemos sobre el peso que aún tienen las representaciones de la Argentina elaboradas a finales del siglo XIX y sostenidas por el sistema educativo, la cultura y la política nacionales durante todo el siglo XX. Y en el mismo sentido, Fowler (2013), que vivió la guerra desde su función de docente en las Islas, considera que es imposible pretender que lo ocurrido en 1833 sea motivo de preocupación para los isleños, quienes, en muchos casos, tienen nueve generaciones de nacidos en Malvinas.

Coincidimos con su crítica a la insistencia gubernamental argentina por “mantener el reloj en 1833” y abogamos para que, en el marco de un trabajo conjunto e interdisciplinario, las islas Malvinas dejen de ser un motivo de conflicto y se conviertan en un terreno fértil para el entendimiento de pueblos unidos por lazos que vienen del pasado.

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  1. M. M. Pierini: Universidad Nacional de la Patagonia Austral, Unidad Académica de Río Gallegos (Santa Cruz, Argentina). mmpierini@gmail.com.

    P. G. Beecher: Instituto de María Auxiliadora (Santa Cruz, Argentina). pablogustavo.beecher@yahoo.com.↩︎

  2. En total hemos realizado alrededor de cincuenta entrevistas. Como en muchas de ellas coincidían los testimonios, para este artículo elegimos las más representativas y/o originales.↩︎

  3. Esto fue analizado por Quintero (2017).↩︎

  4. Los primeros intentos evangelizadores protestantes en Tierra del Fuego estuvieron comandados por los reverendos Allen Francis Gardiner y George Packenham Despard, y fueron sostenidos económicamente con aportes de los integrantes de la Patagonian Missionary Society. Todos los integrantes de la misión de Gardiner murieron a causa del escorbuto y el frío, entre los meses de junio y septiembre de 1851. Por otra parte, un grupo de los misioneros que había congregado Despard fue asesinado por los indígenas en la misión de Wulaia, el 6 de noviembre de 1860.↩︎

  5. En la transcripción de los testimonios recogidos, optamos por citarlos con el nombre completo cuando han sido publicados en la prensa, y en los demás casos, solamente con sus iniciales.↩︎

  6. Según los datos del Censo Nacional de Población del año 1980, los ciudadanos chilenos representaban el 97,4% de la población proveniente de países limítrofes.↩︎

  7. El retrato había sido donado por la Embajada Británica de Buenos Aires el 21 de noviembre de 1977.↩︎