Affects, Rights and Citizenship: The Photographic Practice of the Veterans of Malvinas1
Erika Teichert2∗
Este artículo explora la práctica fotográfica de los excombatientes centrándose en el CECIM La Plata. Se analizan dos tipos de fotografías: imágenes capturadas como parte de campañas de derechos humanos y otras tomadas en Malvinas durante los viajes de regreso a las islas. Como ha señalado Federico Lorenz (2012), los excombatientes han sido asociados a un significado ambiguo que oscila entre victimización y heroísmo. Sin embargo, en lugar de resolver o recalibrar esta oscilación, observamos a los excombatientes como activistas que actúan como ciudadanos para continuar un reclamo sobre Malvinas. Contrarrestando visiones como las de Vicente Palermo (2007), quien ve los discursos de soberanía como una narrativa cultural obsesiva, este artículo propone entender la soberanía como un discurso que puede adoptar diferentes texturas. La soberanía se plantea no solo como reivindicación nacional y política, sino también como una afectiva y cívica. Siguiendo la teoría de la fotografía de Ariella Azoulay (2012), analizamos la práctica fotográfica como un modo de encontrarse con Malvinas. Así, exploramos a los excombatientes como ciudadanos activistas y la fotografía como el medio a través del cual se constituyen como ciudadanos frente a Malvinas. Este artículo argumenta que, al forjar vínculos cívicos y afectivos con el territorio y su historia, los excombatientes imaginan ejercicios de soberanía sobre Malvinas.
Palabras claves: fotografía, activismo, excombatientes, Malvinas, Argentina.
This article explores the photographic practice of ex-combatants focusing on CECIM La Plata. Two types of photographs are analyzed: images captured as part of human rights campaigns and others taken in Malvinas during trips back to the islands. As Federico Lorenz (2012) has argued, ex-combatants have been associated with an ambiguous meaning, oscillating between victimization and heroism. Instead of resolving or recalibrating this oscillation, this article explores ex-combatants as activists who act as citizens to continue a claim over Malvinas. Countering views such as those proposed by Vicente Palermo (2007), who sees discourses of sovereignty as an obsessive cultural narrative, this article proposes sovereignty as a discourse that can adopt different textures. Sovereignty arises not only as a national and political claim, but also as an affective and civic one. Following Ariella Azoulay’s theory of photography (2012), this article analyzes photographic practice as a way of meaningfully encountering Malvinas. Thus, ex-combatants are explored as activist citizens and photography as the means through which they constitute themselves as citizens vis-à-vis Malvinas. This article argues that, by forging civic and affective ties with the territory and its history, ex-combatants are able to imagine exercises of sovereignty over Malvinas.
Keywords: photography, activism, veterans, Malvinas, Argentina.
“¿Qué ven sus ojos?”, preguntan María Laura Guembe y Federico Lorenz en la introducción a Cruces (2007: 11), un libro de fotografía que repasa el punto de vista de los excombatientes sobre la guerra y sus secuelas. Este artículo también quiere preguntar qué ven los excombatientes, hacia dónde se orienta su mirada. Sin embargo, esta investigación no se dirige al pasado sino al presente. Interesan particularmente los reclamos de derechos humanos realizados por excombatientes y sus viajes de regreso a Malvinas en la actualidad. Es especialmente durante estos viajes que preguntamos qué es lo que perciben, y que rastreamos a través de sus fotografías en este artículo. Como ha explicado Lorenz, el regreso a Malvinas “es un viaje al pasado, pero es un gesto presente, y con consecuencias insospechadas hacia el futuro” (2012: 281). Este artículo enfatiza en la temporalidad mixta de esa experiencia, especialmente con respecto al presente y el futuro. Con ese fin, nos enfocamos en el Centro Ex Combatientes Islas Malvinas de La Plata (CECIM La Plata) y su práctica fotográfica para anclar este análisis y explorar cómo la fotografía les permite ejercer una mirada política en las Islas. Se considera a los excombatientes como ciudadanos activistas, y la práctica fotográfica como el medio a través del cual se constituyen como ciudadanos frente a Malvinas. Se argumenta que, al forjar vínculos cívicos y afectivos con el territorio y su historia, los excombatientes imaginan ejercicios de soberanía sobre Malvinas.
Sin embargo, cualquier viaje que emprendamos hacia Malvinas, como ha señalado Lorenz (2008: 17), debe comenzar necesariamente en el pasado. No menos, quizás, porque la fotografía ya jugaba un papel en la relación de los excombatientes con Malvinas durante la guerra. Cruces incluye fotografías que revelan esa conexión temprana pero interrumpida, y reconoce los silencios en esa historia fotográfica. El libro recuperó muchas imágenes de la vida cotidiana en las trincheras tomadas por soldados argentinos, que fueron confiscadas por el ejército británico y que ahora se encuentran en el Museo Imperial de Guerra de Londres. Guembe y Lorenz describen esta pérdida como “la doble derrota”, y señalan que la pérdida del territorio fue acompañada por la pérdida de la posibilidad de fundamentar la historia y la experiencia en archivos fotográficos (2007: 11). Cruces también incluye una imagen que no parece haber sobrevivido: se visualiza como una “no imagen”, representada por un cuadrado negro a la manera de Malevich. Ernesto Alonso, el excombatiente que tomó la fotografía perdida, escribió una descripción junto a la imagen ausente: “Más de 50 soldados formados. Torcidos por el viento. Todos jóvenes de 20 años pertenecientes a la 1a sección de la Compañía B del Regimiento de Infantería 7. […] Saco una y otra vez de mi memoria esa foto. Esa imagen donde quedaron atrapados para siempre” (2007: 68).
Si bien la imagen no sobrevivió, el momento capturado continúa vivo en forma de memoria y recuento. Como sugiere Ariella Azoulay, “el evento que la cámara pone en movimiento no necesariamente resulta en una fotografía” (2012: 21).3 En otras palabras, la fotografía no necesita de la imagen fotográfica para capturar el mundo que nos rodea: el gesto de orientar la cámara en una dirección y enmarcar una escena concreta ya sirve para producir un evento o encuentro particular, se tome o no una foto de él. Para Azoulay, la fotografía es ante todo un encuentro: un “evento” que sucede alrededor de la cámara, en el espacio fotográfico, que une a las personas de una manera particular y en un contexto específico.
Tanto el autor de la imagen perdida como los soldados representados en ella eran reclutas de La Plata. Después de la guerra, Alonso y otros sobrevivientes se convirtieron en miembros fundadores del CECIM La Plata (en adelante, CECIM). A lo largo de los años, el activismo del CECIM ha incluido reparaciones socioeconómicas, debates sobre quién debería ser considerado “veterano” de Malvinas, así como discursos políticos sobre memoria y soberanía. Desde un principio, el CECIM denunció públicamente los abusos y las violaciones de derechos humanos infligidos por los superiores argentinos sobre sus propios soldados. Es en este sentido que se consideran víctimas de la dictadura militar. Sin embargo, el reconocerse como víctimas, incluso si el agresor es la dictadura, ha encontrado cierta resistencia, a veces por parte de las familias de los caídos. Como la investigación de Ana Guglielmucci devela, la categoría “víctima” acarrea ambigüedades y disputas, especialmente cuando su uso es estudiado en contextos de violencia. De esta manera, la autora enfatiza que “la categoría víctima no posee un contenido esencial unívoco, su contenido es variable” (2017: 85). En algunas de sus configuraciones, como Gabriel Gatti y María Martínez (2017) han analizado, el ser víctima se ha convertido en sinónimo de capacidad de acción política. En otras, sin embargo, el ser víctima carga un estigma asociado a la sumisión y la pasividad.
Según Lorenz: “Si los desaparecidos están recobrando el rostro humano y político que tuvieron, no podemos decir lo mismo de quienes combatieron en las islas por una causa que consideraron legítima, al igual que miles de sus compatriotas” (2012: 379-380). Esto se debe, principalmente, a que la guerra de Malvinas presenta un problema de significación “ambigua” (ibídem: 334): la problemática superposición entre la causa patriótica de Malvinas y un régimen militar que buscó defenderla mientras implementaba un sistema de terrorismo de Estado. Para los excombatientes, el principal desafío político después del conflicto fue defender su participación en la guerra mientras condenaban el régimen militar. Sin embargo, sus esfuerzos por recalibrar la narrativa supusieron pisar una delgada línea entre la agencia y la pasividad, el heroísmo y el victimismo. Al regresar a la Argentina, se los asociaba con la “víctima de la violencia irracional”, construida por el movimiento de derechos humanos (ibídem: 238). Este modelo, basado en la juventud y la inocencia, fue fortalecido por la teoría de los dos demonios y acentuada por textos culturales como Los chicos de la guerra (1984), de Bebe Kamin, que enfatizaba la juventud e inexperiencia de los conscriptos (ibídem: 235). Si bien estas narrativas los distanciaron de los militares, también parecían despojar a los excombatientes de agencia política. Y así fue que muchos de ellos lucharon contra esa pasividad percibida alineándose con otras narrativas de lucha política: organizaciones antiimperialistas y de izquierda (ibídem: 224), el movimiento de derechos humanos de las Madres (ibídem: 225) o genealogías militares de los padres fundadores del país (ibídem: 339). El desafío para los excombatientes, como resume Lorenz, fue que estas narrativas y percepciones existieron simultáneamente: “… fueron todo eso al mismo tiempo, y en determinadas coyunturas, a menudo distintos momentos, predominó una de ellas por sobre las demás” (ibídem: 339, el énfasis es de original).
Hay dos imágenes del CECIM que ofrecen una instantánea temprana de su lucha para recuperar narrativas y símbolos (figura 1). Las fotografías muestran a integrantes del CECIM participando en una manifestación contra los carapintadas.4 Se los ve denunciando a miembros del ejército como Aldo Rico, mientras algunos de ellos visten sus uniformes verdes militares. Otros se destacan más claramente como civiles, con un conjunto de jean y camisa. Muchos llevan pañuelos blancos y celestes alrededor del cuello, un símbolo de San Martín. “Ni Rico ni Caridi, ¡San Martín!”, reza su cartel, que los sitúa dentro de una genealogía militar que precede y excede a la dictadura.5 Como explica Lorenz, al asociarse con los padres fundadores, los excombatientes podían resignificar su experiencia: “Más que una continuidad de una tradición de exterminio de los jóvenes, […] plantearon su excepcionalidad dentro de esa línea” (2012: 228, el énfasis es del original). Al mismo tiempo, también estaban movilizando narrativas de deber y sacrificio patriótico bajo las cuales había dicho operar el régimen militar. Combinando incongruentemente pañuelos y uniformes, estas fotografías muestran un sincretismo incómodo, no fácilmente ubicable en la Argentina de la transición.
Como resume Lorenz, “la guerra y sus protagonistas oscilan entre dos extremos inaccesibles de la discusión: el limbo de las víctimas o el panteón atemporal de los héroes y mártires de la patria” (ibídem: 379-380). En lugar de recalibrar esos extremos, este artículo observa a los excombatientes como ciudadanos activistas que buscan establecer relaciones cívicas y afectivas con Malvinas en el presente para abrir futuras posibilidades. El análisis comenzará con dos luchas por derechos humanos del CECIM que han llevado a las islas: las denuncias a los militares por las violaciones de derechos humanos infligidas sobre sus soldados en Malvinas durante la guerra y la identificación de los 123 caídos en el cementerio de Darwin. Una fotografía reciente del CECIM muestra a algunos de sus miembros en el cementerio apoyando estas campañas, sosteniendo una bandera que reza “Somos víctimas de la dictadura, no puede haber NN en este cementerio” (figura 2). La declaración traza una continuidad entre los cuerpos no identificados en Darwin y las fosas comunes de las víctimas desaparecidas durante el terrorismo de Estado, lo que evidencia que las narrativas expuestas antes continúan desarrollándose y modelando el activismo del CECIM. Este artículo se enfoca en estas dos campañas siguiendo estas continuidades, y también considerando cómo podemos verlas de manera diferente si entendemos a los excombatientes como activistas que ejercen la ciudadanía a través del reclamo de derechos. Se analiza el rol testimonial que la fotografía adopta en estas campañas, especialmente en relación con la historia, al mismo tiempo que se explora cómo esta función testimonial está entrelazada con gestos performativos.
La segunda parte del artículo considera los viajes de regreso a Malvinas como una extensión del activismo del CECIM. Estudiamos su práctica fotográfica en las islas como un esfuerzo performativo para forjar lazos de ciudadanía con el territorio. Al considerar la relación entre sus cuerpos y el paisaje, exploramos el encuentro de los excombatientes con Malvinas como un ejercicio de soberanía sobre las islas. En lugar de anclarse en el pasado, se argumenta que sus viajes forjan un compromiso con Malvinas en el presente para habilitar futuras posibilidades políticas. Sin embargo, con esto no se quiere sugerir que el pasado no influya en su activismo o en su práctica fotográfica, ya que estos viajes pueden, entre otras razones, estar motivados por el deseo de reconciliarse con el pasado. Pero, asimismo, los viajes miran hacia adelante, y la fotografía es un agente clave de esa mirada. Como estipula Azoulay, la fotografía está siempre al “servicio de la temporalidad” (2012: 82): los encuentros sucedidos frente a la cámara seguirán teniendo consecuencias mas allá de la imagen fotográfica y del momento en que fue (o no) tomada. En este sentido, este artículo propone que los regresos a Malvinas también se entiendan a través de otra configuración: una que pone en primer plano la ciudadanía y la soberanía más que la memoria y el pasado.
El CECIM participa activamente en debates sobre soberanía. Desde 2012 ha trabajado en conjunto con la Universidad Nacional de La Plata. Resultado de ello es la fundación del Instituto Malvinas en 2014. El instituto trabaja para una comprensión de la soberanía como “integral”. Busca concebir la soberanía no solo como el dominio estatal, sino también como un ejercicio de conocimiento sobre Malvinas que incorpora el territorio dentro de un diálogo colectivo, “atendiendo a las necesidades políticas, económicas, sociales y culturales del pueblo argentino, y haciéndola dialogar en forma íntima con la agenda de desafíos forjada a nivel regional” (Guerrero Iraola y Giordano, 2017: 509). En otras palabras, el instituto defiende una comprensión interseccional de la soberanía para que sea un reclamo conectado con preocupaciones nacionales y regionales en lugar de un principio abstracto. Este artículo utiliza el término soberanía siguiendo esta comprensión interseccional y ampliada. Es decir, mientras que en la Argentina la soberanía se asocia principalmente con el poder estatal y el reclamo político sobre el territorio, utilizamos el mismo término para revelar sus materializaciones en el ámbito de la performativa activista. Nos referimos a un “ejercicio de soberanía” para expresar un compromiso activista con Malvinas por parte de los excombatientes, quienes construyen vínculos afectivos y cívicos con el territorio. De esta manera, se quiere visualizar otras dimensiones de cómo se puede reclamar la soberanía, incluso cuando –o precisamente porque– se niega el dominio estatal. En este sentido, dado que la Argentina continúa presentando un reclamo oficial de soberanía sobre Malvinas en las Naciones Unidas, como autora del artículo quiero aclarar que no interpreto la soberanía ejercida por los excombatientes como una “sustitución” del reclamo argentino sobre las islas. Más bien, estos “ejercicios de soberanía” analizados acá están imbuidos del lenguaje de los derechos humanos y la ciudadanía: son demostraciones afectivas y cívicas que revelan las otras texturas que la soberanía puede adoptar en la experiencia. La soberanía se plantea no solo como reivindicación nacional y política, sino también como afectiva y cívica.
Al centrarse en la práctica fotográfica del CECIM como parte de su activismo, este artículo busca enriquecer la “densidad histórica” de los excombatientes (Lorenz, 2012: 328) alejándose de la polaridad héroe/víctima. La fotografía permite a los excombatientes reencontrarse con Malvinas: renovar su conexión con el territorio, resignificar el paisaje, volver a explorar su vínculo afectivo con las islas y, crucialmente, utilizar el espacio fotográfico teorizado por Azoulay (2012) para concretar esas relaciones. A través de estos encuentros, los excombatientes reclaman Malvinas y ejercen soberanía sobre el territorio. La fotografía es el medio por el cual se materializa esta visión compartida.
En su libro La lluvia curó las heridas, Gabriel Sagastume, exsoldado de La Plata, relata su viaje de una semana de regreso a las islas junto con otros excombatientes. Comienza su relato describiendo el desafío emocional que significó regresar a Malvinas. Él y sus compañeros de viaje estaban exponiendo la estabilidad que habían logrado a lo largo de los años “para volver a esos lugares. Al escenario de las pesadillas. A encontrarnos con los fantasmas. Y con los muertos” (2008: 8). En varios puntos de su relato, Sagastume describe esos fantasmas y siente su presencia, evocados casi materialmente por el paisaje: “Allí había caído herido Julio Romero, y los fantasmas de su muerte aparecieron velozmente en mi cabeza” (ibídem: 32). Se movían por las islas “recorriendo piedra a piedra, eliminando fantasmas como en un videojuego” (ibídem: 49). Lorenz, en una crónica sobre su propio “regreso” a Malvinas, Fantasmas de Malvinas, reflexiona que, ineludiblemente, “el viaje al archipiélago es una visita a un pasado signado por la Muerte” (2008: 25). El autor concluye que “tiempo y espacio son un juego de niños para los paisajes de Malvinas” (ibídem: 96).
Lorenz menciona la fotografía como el medio que le permitió investigar y registrar su experiencia del tiempo en Malvinas. De manera similar a Azoulay, Lorenz describe la fotografía como una oportunidad de encuentro. En su ensayo “La mirada sostenida”, donde reflexiona sobre las imágenes que tomó, el autor desafía las lecturas barthianas de la fotografía como la relegación inmediata del referente fotográfico al pasado, como vehículo para el “esto-ha-sido” (Barthes, 2000: 79). Por el contrario, para Lorenz, “más que agentes de la muerte, los fotógrafos –y los historiadores– podrían ser […] agentes de vida […]. Está la posibilidad de la pregunta que no revive a los muertos, pero los mantiene vivos a partir de dar continuidad a sus experiencias” (2013: 104, el énfasis es del original). En Fantasmas de Malvinas, Lorenz describe un momento en el que tomó una foto de Wireless Ridge desde Monte Longdon, cuando el acto de capturar la imagen se convirtió en un gesto hacia la continuidad de la experiencia:
Aunque no hay personas en el paisaje que capturé, fotografié un encuentro: el mío con los vivos y los muertos, haciendo equilibrio sobre el delgado hilo de la experiencia. Al apretar el disparador de la cámara, fui muchos pares de ojos. Sostuve la mirada de muchos actores separados por décadas, para encontrarme con ellos, a partir de formas de mirar la guerra que se sostienen en el tiempo (2008: 154).
Frente a su cámara, el paisaje adquiere un poder animista, lo que muestra una capacidad para encarnar su historia y las personas que lo han habitado. En este sentido, el antropólogo Christopher Tilley ha postulado la fenomenología como una metodología pertinente para el estudio del paisaje. Este autor argumenta que es a través de la percepción integral de nuestro entorno (por un continuo mente-cuerpo) que los paisajes llegan a constituirse, es decir que atribuimos significados a las cosas y los elementos que nos rodean: “El mundo real es el mundo percibido, es el mundo fenoménico” (2004: 16). Según su perspectiva, “el mundo es el mundo sensible […], animado, vivo, activo, una relación entre mi cuerpo y las cosas que lo circundan” (ibídem: 18). A su vez, “no hay percepción del paisaje sin memoria” (ibídem: 26): el pasado se cierne sobre nosotros e informa continuamente el mundo de la percepción y los significados que de él emergen.
El término encuentro que usa Lorenz para describir el objeto de su fotografía se hace eco de la teoría de la fotografía de Azoulay. Para esta autora, cuando se trata de la práctica fotográfica, “lo crucial […] no es la imagen sino el encuentro […] entre los usuarios de la fotografía y la cámara” (2012: 77). La fotografía excede la preservación de la experiencia como imagen. Siguiendo el análisis de Azoulay, la fotografía no solo registra encuentros, sino que también los habilita: el uso de la cámara permite una perspectiva específica a través de la cual emergen situaciones particulares que de otra manera no sucederían. Del mismo modo, Lorenz insinúa que la fotografía no solo registró, sino que también facilitó un diálogo entre el pasado y el presente –entre él mismo, otros cuerpos y el paisaje– para “construir puentes, que de otro modo serían invisibles” (2008: 154). Azoulay afirma que el encuentro que compone el evento fotográfico siempre es político: “Dondequiera que los seres humanos existen juntos, su existencia es una existencia política” (2012: 100). Al mismo tiempo, considerando el relato de Lorenz y el marco fenomenológico de Tilley, podemos ampliar la noción de encuentro para incluir el relacionamiento entre lo humano y lo no humano por igual, de lo material y lo inmaterial.
Los encuentros, entonces, pueden ser desencadenados y constituidos por la práctica fotográfica. Como describe Azoulay, “la cámara posee su propio carácter e impulsos” y, como tal, no solo registra eventos, sino que también los “genera” (ibídem: 15). Muchas de las fotografías del CECIM en Malvinas evidencian un gesto performativo movilizado para la cámara, donde la fotografía participa en provocar un encuentro. Durante uno de sus viajes de regreso a Malvinas, miembros del CECIM encontraron un poncho entre los restos de la guerra. Lo apoyaron en posición vertical sobre el suelo para fotografiarlo. Las fotografías resultantes componen un tríptico de una figura fantasmal, animada por el viento del Atlántico Sur (figura 3). Registrado en movimiento, el objeto adopta una nueva existencia ante la cámara. Tilley argumenta que, en nuestra relación fenomenológica con los paisajes, “las experiencias pasadas se unen selectivamente con las percepciones presentes y sirven para colorearlas” (2004: 26). En consecuencia, “el contacto directo con estos lugares actúa como disparador mnemotécnico de relatos y biografías personales” (ibídem: 26). En este marco, la figura ensamblada para esas fotos parece ser menos un objeto inanimado que una especie de manifestación afectiva del encuentro de los excombatientes con Malvinas. La fotografía está aquí anclada en un continuo cuerpo-cámara-paisaje: la práctica fotográfica actúa como un campo extendido de la percepción corporal, lo que permite que se materialicen nuevos vínculos.
A veces, el gesto performativo de las fotos del CECIM coincide con un acto manifiesto de denuncia política. Durante el mismo viaje a Malvinas, se tomó una imagen que capta a Alonso acostado en el suelo con los brazos y las piernas extendidos. Posó y escenificó lo que se conoce como un estaqueamiento: una forma de tortura infligida a los soldados argentinos por sus propios superiores durante la guerra de Malvinas, quienes los ataban de pies y manos a estacas clavadas en el suelo helado de las islas (figura 4). En 1988, el CECIM ya hacía circular el entonces clasificado Informe Rattenbach (Alonso et al., 2008: 72). El informe final de la Comisión de Análisis y Evaluación de las Responsabilidades del Conflicto del Atlántico Sur, resultante de una investigación liderada por Benjamín Rattenbach, responsabilizaba al régimen militar de falencias estratégicas y políticas durante la guerra. Desde 2007, junto con otras organizaciones de excombatientes, el CECIM comenzó a presentar denuncias por violaciones de derechos humanos en los tribunales argentinos, y llegó incluso a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos ante obstáculos presentados por la justicia nacional (ibídem: 74-75). A través de testimonios y de la reciente desclasificación de documentos –que incluye la del Informe Rattenbach en 2012–, se demostró que las violaciones de derechos humanos en Malvinas “no fueron aisladas, sino que manifiestan sistematicidad y generalidad” (ibídem: 77). Estos procedimientos legales revelan continuidades entre la guerra de Malvinas y el terrorismo de Estado: los ciudadanos estaban siendo torturados por militares argentinos tanto en el continente como en las islas. La esfera legal continúa forjando conexiones entre Malvinas y la dictadura, lo que afectando el tipo de reclamo de derechos humanos que respaldan los excombatientes.
Como sugiere de la foto de Alonso antes descripta (figura 4), el CECIM busca visibilizar estas realidades no solo a través de procesos legales, sino también a través de imágenes e intervenciones en la esfera pública. En 2007, el CECIM incluyó un maniquí que representaba un estaqueamiento en una exposición en el Ministerio de Defensa, y la Comisión de Familiares de Caídos en Malvinas e Islas del Atlántico Sur se retiró del evento en protesta por ese hecho. En su carta a la entonces ministra Nilda Garré, la organización expresó que la intervención “abona el camino de la confusión, deshonra la memoria de nuestros Héroes, reduce la complejidad a una mirada prejuiciosa y lejana de la verdad de los hechos” (citado en Lorenz, 2012: 350). Implícito en la mirada expresada por la Comisión en su carta está el argumento de que la verdad histórica debe preceder a la representación. Sin embargo, tanto la intervención del CECIM como la foto de Alonso buscan invertir la relación habitual entre representación y verdad. Refiriéndose a la fotografía, Judith Butler explica que si “la noción contemporánea de atrocidad requiere evidencia fotográfica”, como sostienen Susan Sontag y otros, “entonces la única forma de establecer que hubo tortura es presentando evidencia, momento en el cual la evidencia pasa a constituir el hecho” (2016: 48). Por el contrario, “si no hay evidencia fotográfica, no hay atrocidad” (ibídem: 44). De esta manera, Butler concluye que “no puede haber verdad sin fotografía” (ídem). Las representaciones de estaqueamientos del CECIM parecen estar ancladas en esta comprensión: la visualización de la tortura puede contribuir a una reevaluación afectiva de la verdad histórica. Siguiendo esta perspectiva, la representación visual no solo da testimonio sobre el pasado, sino que performativamente constituye las verdades que se pueden admitir sobre ese pasado colectivo. Estas representaciones no pretenden fijar a los excombatientes como víctimas, sino que buscan confrontar a los espectadores con el hecho de la tortura en Malvinas para forzar una reevaluación del pasado y de la verdad histórica.
La noción de verdad también fue el motivador de la campaña para identificar las tumbas de soldados argentinos en el cementerio de Darwin. Entre 2010 y 2011, el CECIM comenzó a recopilar testimonios de las familias de los caídos con el fin de obtener apoyo para la iniciativa y demostrar cómo el anonimato de las tumbas había afectado su bienestar y capacidad de duelo. Para dar a conocer la iniciativa, se desarrolló la campaña “Identidad a los 123 NN” y se realizaron intervenciones en La Plata. El CECIM argumentó el caso bajo dos derechos fundamentales: a la verdad y a la identidad (Ramos Padilla, 2008: 140, 142). Con el apoyo de la justicia federal y de Cristina Fernández de Kirchner, quien apeló a la Cruz Roja Internacional en el año 2012, la Argentina y Gran Bretaña firmaron un acuerdo humanitario en Ginebra en 2016 que autorizaba al Equipo Argentino de Antropología Forense a realizar la identificación de los restos.
En marzo de 2017, Alonso viajó a las islas como parte de la Comisión Provincial por la Memoria (CPM) junto con otros miembros, como Nora Cortiñas –cofundadora de Madres de Plaza de Mayo y luego de Madres Línea Fundadora– y Adolfo Pérez Esquivel –defensor de derechos humanos y Premio Nobel de la Paz– para visibilizar las campañas de derechos humanos en Malvinas. Durante el viaje, tomaron múltiples fotografías mientras marcaban el territorio de manera significativa. Por ejemplo, realizaron una intervención en el cementerio de Darwin a partir de colocar un mensaje en cada tumba que exigía su identificación. Originalmente, esas tumbas se identificaban como “Soldado argentino solo conocido por Dios” (figura 5). También señalaron los distintos sitios en los que se habían producido violaciones de derechos humanos colocando carteles que indicaban: “En este sitio, las fuerzas armadas argentinas torturaron a los soldados argentinos. Memoria, verdad, justicia y soberanía”. El cartel ofrece una traducción en inglés, lo que implica que no es solo un mensaje para la sociedad argentina, sino también para una audiencia local e internacional (figuras 6 y 7). Otra fotografía muestra a Cortiñas posando para la cámara mientras sostiene la imagen de su hijo desaparecido junto a uno de los carteles que denuncian las violaciones de derechos humanos infligidas a los soldados argentinos durante la guerra (figura 8). Otra imagen captura el emblemático pañuelo blanco de las Madres atado alrededor de un poste de madera, con el paisaje de Malvinas extendiéndose en el fondo (figura 9). Los miembros de la CPM estaban inscribiendo una historia argentina de movilizaciones por derechos humanos en el paisaje de Malvinas. El encuentro de Cortiñas con las islas registrado en estas fotografías no solo encarna las continuidades entre la dictadura y la guerra por las que el CECIM aboga, sino que también enlaza a la Argentina y su cultura política con el territorio insular. Estas fotografías revelan un esfuerzo para que el paisaje mismo dé testimonio sobre la historia y la cultura política argentina. De esta manera, al dejar huellas y marcas en el territorio, se convierte a las propias islas en agente político, reclamante de derechos humanos.
El viaje, sin embargo, no estuvo exento de antagonismos. Alonso tomó fotografías de mensajes que los isleños les habían dejado exigiendo que se respetara su derecho a la libre determinación y que se retirara el reclamo de soberanía sobre las islas (figuras 10 a 12). Ese rechazo al viaje de la CPM continuó en la Argentina. Al regresar, fueron recibidos en el aeropuerto por miembros de la Comisión de Familiares de Caídos en Malvinas e Islas del Atlántico Sur y por excombatientes que se manifestaron en contra de su agenda de derechos humanos. Acusaron a los miembros de la CPM de “politizar” Malvinas al convertir a los caídos en víctimas de la dictadura. En una carta abierta de la Comisión de Familiares, María Fernanda Araujo afirmó: “Los soldados que yacen en Malvinas en tumbas sin localizar, NO SON NN, son soldados de la Patria que dieron sus vidas por todos nosotros. Todos conocemos sus nombres […] y lo que tenemos bien claro es quiénes los mataron: las tropas imperiales de Gran Bretaña y sus aliados de la OTAN” (Infobae, 2017, el énfasis es del original).
Las luchas discursivas sobre Malvinas y su controvertida relación con la dictadura continúan desarrollándose a veces de manera circular y sostienen a los excombatientes dentro de la polaridad héroe/víctima (Lorenz, 2012: 379-380). Sin embargo, el antagonismo también puede leerse a través de la ciudadanía como una instancia en la que se constituye una relación cívica y afectiva con Malvinas.
Engin Isin propone que el antagonismo es uno de los medios por los cuales los sujetos se convierten en ciudadanos y, por tanto, en reclamantes políticos. El autor entiende la ciudadanía como un acto que es “la forma en que nos volvemos políticos” (2008: 37), al representarnos dentro de un “espectro de intensidad que va desde la hospitalidad hasta la hostilidad” (ibídem: 19). Isin argumenta que estos actos pueden existir independientemente del estatus de ciudadanía o incluso del ámbito de la ley: a través de los actos de ciudadanía, “los ciudadanos, los extraños, los extranjeros y los migrantes emergen no como seres ya definidos, sino como seres que actúan y reaccionan con otros” (ibídem: 39). A través de estos encuentros con otros emergen relaciones de “responsabilidad y responsabilización” (ibídem: 36): los actores se vuelven activistas porque se hacen responsables frente a otros y viceversa. Para Isin, la producción creativa de esa responsabilidad es una condición que distingue a los “ciudadanos activos” de los “ciudadanos activistas”: es decir, a los que reproducen “guiones ya escritos” de los que cambian el guion para la sociedad (ibídem: 38). Como enfatiza el autor, la responsabilidad y la obligación de responder “bien pueden contradecirse entre sí” (ibídem: 31). De esta manera, “la tensión entre responsabilidad y responsabilización produce actos como rupturas en lo dado” (ibídem: 37), lo que perturba el estado de las cosas para que surjan nuevas experiencias de ciudadanía. Entiendo los reclamos de derechos humanos del CECIM en este marco: activistas que se constituyen como ciudadanos frente a Malvinas creando relaciones de responsabilidad con respecto al territorio y su historia.
Vicente Palermo argumenta que el reclamo de la Argentina sobre las islas resulta de la fuerza de la costumbre o, para usar las palabras de Isin, de una repetición de “guiones ya escritos” (ibídem: 38). En Sal en las heridas, Palermo expresó que “la causa Malvinas” [el énfasis es del original], como él denomina el foco de la sociedad argentina sobre las islas, ha adoptado la calidad de una “unidad mítica” (2007: 22) y “hasta cierta dimensión religiosa” (ibídem: 430). La describe como una internalización casi inconsciente por parte de grandes sectores de la población que ha hecho que sea una agenda imposible de contradecir (ibídem: 29). Para el autor, Malvinas es inequívocamente un guion existente de la ciudadanía argentina que simplemente se sigue reproduciendo. Dentro de su análisis, los excombatientes son los principales reproductores de ese guion. En su opinión, después de la guerra, para los sobrevivientes “cualquier relato era mejor que ninguno, porque quizás constituyera la diferencia entre la vida y al muerte, y la causa Malvinas les ayudó a construirlo” (ibídem: 424, el énfasis es del original).
Sin embargo, esta posición menosprecia o no considera las diversas texturas y dimensiones que puede adoptar un reclamo de soberanía. La soberanía, como este artículo propone, incluye y a la vez excede la cuestión política del dominio argentino sobre las islas. Las campañas de derechos humanos defendidas por el CECIM y exploradas aquí son en sí mismas gestos hacia la soberanía: son formas fundamentales en las que los excombatientes están interviniendo en la esfera pública para generar relaciones de “responsabilidad y responsabilización” (Isin, 2008: 37). Al inscribir la soberanía dentro del lenguaje argentino de derechos humanos y promover reclamos de derechos específicos, los excombatientes están afirmando responsabilidad por Malvinas y respondiendo a la historia de violencia sobre el territorio y sus consecuencias. Es crucial que estas relaciones se basen en experiencias de ciudadanía incluso cuando el territorio no está bajo el dominio argentino, o quizás precisamente porque no lo está. Dado que construyen relaciones con el territorio basadas en experiencias de ciudadanía y en dinámicas de responsabilidad, interpretamos la promulgación de estas relaciones como un ejercicio de soberanía por parte de los excombatientes. Desde esta perspectiva, las narrativas de victimismo, a veces asociadas a los reclamos de derechos humanos del CECIM, adquieren otro significado, y la controversia héroe/víctima da paso a la figura del ciudadano. Continuando este enfoque en la ciudadanía, la siguiente sección del artículo analizará los viajes de regreso a las islas. El encuentro con Malvinas es otro pilar fundamental sobre el cual se construyen relaciones de ciudadanía. El límite entre lo personal y lo político se desdibuja en estos viajes, por lo que se interpreta el vínculo afectivo entre cuerpo y paisaje como un gesto performativo hacia la soberanía.
En su crónica sobre su regreso a Malvinas, Sagastume explora los sentimientos encontrados de “tristeza-alegría” que suscitó su viaje (2008: 68). Si los viajes a las islas implican enfrentarse con el pasado, al mismo tiempo Sagastume comunica la alegría que también conlleva el encuentro con Malvinas. Uno de los momentos más significativos del libro es cuando él y sus compañeros encuentran sus posiciones durante la guerra. Sagastume había estudiado mapas antes de su viaje y había memorizado topografías que los ayudaran en su búsqueda. Ese día, se movían por el paisaje como exploradores concentrados en su misión: “No podemos detenernos en esos recuerdos, tenemos que concentrarnos en nuestros lugares, tratar de reconocer las piedras. Encontrar nuestra posición” (ibídem: 41). Finalmente, la encuentran:
Era esa. Ahí estaba, igual que hace veinticuatro años. […] Para esto vinimos, y acá estamos, felices de encontrar nuestro pasado. Nos amontonamos bajo la gran piedra y brindamos con el viento y la lluvia, con el frío, que ayer nos helaba el alma y ahora de alguna manera nos abriga. Nos reencontramos con un pedazo nuestro. Ese pedazo escondido y horrible que no podemos mostrar. Pero que ahora sale a brindar con nosotros. Brindamos con ellos, los fantasmas, los vivos y los muertos. […] Vamos y venimos entre el pasado y el presente, como perdidos en el tiempo (ibídem: 41-42, 78).
Si bien la experiencia de Sagastume fluctúa entre el pasado y el presente, hay un vínculo afectivo, corpóreo, que enlaza a los excombatientes con sus posiciones en el ahora. Las palabras de Sagastume, “nos reencontramos con un pedazo nuestro” hacen referencia a una interconexión entre sus cuerpos y el paisaje, especialmente con las piedras de sus posiciones. En The Materiality of Stone (La materialidad de la piedra), Tilley sugiere que los paisajes surgen a través de un proceso doble por el cual los objetos y las personas se constituyen mutuamente: “Toco la piedra y la piedra me toca. Sentir la piedra es sentir su roce en mis manos. Hay una relación reflexiva […] de identidad y continuidad entre los dos” (2004: 17). Así, las piedras superan su materialidad: “Tienen significados y relaciones que se extienden más allá de sí mismas. […] Siempre son más que ellas mismas: en un proceso de devenir más que en un estado estático de ser” (ibídem: 222). Los argumentos de Tilley se ven reflejados en el relato de Sagastume, quien describe afectivamente un vínculo entre el paisaje y el cuerpo que posiciona al lugar y a la identidad en una relación mutuamente constitutiva.
Este vínculo no solo es evidente con las piedras de sus posiciones, sino también con otros restos materiales encontrados en Malvinas. Como señala Azoulay, “cada espectáculo (spectacle) deja una huella táctil propia” (2012: 172), y el “espectáculo” de la guerra no es una excepción. Estas huellas también tienen una relación con los cuerpos de los excombatientes. Buscando en sus posiciones, Sagastume y los demás encuentran “pedazos de lona, restos de carpas y de ‘capas poncho’” (2008: 77). En su propio “regreso” a Malvinas, Lorenz se encontró con miembros del CECIM y juntos visitaron sus antiguas posiciones. Lorenz describe emociones similares a las de Sagastume: “Los hombres a los que acompañaba van y vienen entre las rocas evocando jornadas y nombres, ríen, gritan y se abrazan cuando dan con lo que estaban buscando” (2008: 88), y enumera algunos de los restos de guerra que encontraron: “Maderas, frazadas, ponchos, hierros oxidados y cables de teléfono” (ídem). En particular, describe las reacciones de uno de sus compañeros de viaje: “Levanta piezas de hierro que tras sus palabras cobran vida […] nos mira desde lo alto, conmovido, y dice simplemente: ‘Tengo todo lo mío’” (ibídem: 89). El relato de Lorenz sobre ese encuentro refleja la continuidad entre el cuerpo y la materialidad que desarrolla Tilley. Esos objetos, cualquiera sea su estado ruinoso, son tan parte de Malvinas como las piedras: le pertenecen al cuerpo tanto como el cuerpo les pertenece a ellos. Objetos y cuerpos –que son a la vez piezas y extensiones del paisaje de Malvinas– también se constituyen unos a otros.
De esta manera, el terreno bélico parece convertirse en un lugar de intimidad y familiaridad para los excombatientes, haciendo alusión a la observación de Azoulay de que los lugares marcados por el conflicto también pueden ofrecer “una oportunidad para revivir un espacio para estar con otros” (2012: 153). Tanto Lorenz como Sagastume describen las “ceremonias” que realizaron al encontrar las posiciones, las cuales habían imaginado y preparado antes de su viaje. Sagastume explica: “Todos habíamos llevado unas pequeñas placas de acero con nuestros nombres para dejar en los lugares donde habíamos combatido” (2008: 44). Uno de sus compañeros “tenía que enterrar el tesoro más preciado de su hijo […]: tres autitos que le había dado para que los dejara en el lugar donde su papá había peleado la guerra” (ibídem: 45). Sagastume también tenía una tarea: “Me tocaba a mí enterrar un rosario que […] una compañera de trabajo me había dado. […] con respeto y un nudo en la garganta, lo guardé bajo la turba” (ídem). Durante su viaje, Lorenz también describe que los excombatientes marcaron sus posiciones con una placa que decía “Aquí combatí”, y que uno de ellos dejó fotografías de sus padres “porque lo acompañaron durante la guerra” (2008: 89). El proceso de desenterrar unos objetos se acompaña paralelamente por el de enterrar y marcar otros. “Ser humano”, explica Tilley, “es estar ligado a los sitios y lugares de manera fundamental” (2004: 25). En el acto de tomar y dejar huellas, los excombatientes dialogan con Malvinas y generan una nueva comunión entre cuerpos, paisaje y experiencia.
Tanto Sagastume como Lorenz explican que las fotografías de Malvinas que vieron a lo largo de los años previos a sus viajes informaron su redescubrimiento de las islas. Lorenz comenta varios momentos en los que fotografías viejas de Malvinas le permitieron “leer” el paisaje como un palimpsesto benjaminiano. Las fotos también ayudaron a Sagastume a identificar sitios relevantes: “Nos detuvimos en un lugar que conocíamos por los relatos y las fotos” (2008: 51). Al mismo tiempo, la fotografía también aparece en el aquí y ahora durante sus viajes. “Faltaba la sesión de fotos”, narra Sagastume (ibídem: 45). Empezaron por capturar sus posiciones: “… de arriba, de abajo, del costado, del otro lado. Con nosotros parados, sentados, mirando al frente y a la retaguardia” (ídem). Siguieron algunas fotos más relajadas, vistiendo camisetas de sus equipos de fútbol. Y, por último, “una bandera argentina también flameó en esa posición, y parados en las piedras nos sacamos las fotos que llevaremos para siempre en nuestras vidas” (ibídem: 46). La fotografía es la práctica que está en medio y por encima de estos encuentros solemnes al mismo tiempo: la cámara afecta y organiza los encuentros con el paisaje a la vez que lo registra.
El CECIM también capturó fotografías como estas de encuentros significativos, en los que ninguna parte de Malvinas resulta demasiado pequeña, vieja u obvia para merecer su mirada atenta. Navajas sucias, latas sin abrir, trozos de metal oxidados, tubos de plástico, materiales de primeros auxilios, trapos manchados, balas: estos son algunos de los protagonistas de las fotografías que han realizado (figuras 13 y 14). En las fotos, estos restos están puestos sobre las rocas de Malvinas, el telón de fondo que genera y potencia el significado de estos objetos. Otra fotografía muestra a miembros del CECIM en sus posiciones. Uno de ellos está sentado en el suelo, tocando la guitarra, mientras los otros dos cavan la tierra rocosa de Malvinas para plantar un árbol: una marca permanente en el suelo de las islas, obra de ellos mismos (figura 15). Hay una cierta paz en la sencillez de estos actos y, al mismo tiempo, demuestran actos de reclamación. En estos encuentros fotográficos, la cámara aparece como un objeto más del paisaje de Malvinas, que convoca un relacionamiento entre el cuerpo, el paisaje y sus elementos.
Los diversos objetos desenterrados en Malvinas a veces son enterrados nuevamente, y otras veces son llevados de regreso, reclamados por el cuerpo al que pertenecen. En su crónica, Lorenz describe que él y sus compañeros de viaje del CECIM partieron de Malvinas “como contrabandistas de la memoria”, e intentaron recuperar esos objetos “que nos acercan a las islas” (2008: 197). El autor enumera los objetos que querían llevar consigo:
Tierra de las posiciones y del cementerio; pequeños panes de turba; rocas de los cerros; arena de las playas; esquirlas, más o menos grandes, oxidadas y toscas; botones, hebillas, zapatillas, correajes, lonas, palos y paños de carpa; suelas de borceguíes; un par de medias; un paquete de vendas; caramañolas (ibídem: 197-198).
Sin embargo, no todo puede regresar. En el aeropuerto de Malvinas, un funcionario de aduanas les dice que “nada que recuerde a la guerra puede salir de las islas” (ibídem: 198). “Es gracioso”, comenta Lorenz a su lector, “entonces nosotros tampoco deberíamos poder salir” (ídem). La mayoría de los objetos son confiscados a pesar de las objeciones de los excombatientes. El episodio suscita sentimientos encontrados: “Hay festejos y puteadas. Por cosas que no vuelven y por cosas que sí” (ibídem: 199). A modo de respuesta, Lorenz comenta: “En la aduana, de todos modos, hay muchas cosas que no saben. No saben que los exsoldados que volvieron dejaron placas con sus nombres y sus amigos en recovecos de los cerros” (ídem). A pesar de esto, Lorenz admite que otros excombatientes que viajaron a Malvinas después de ellos les hicieron saber que esas placas ya no están ahí, ya que los isleños parecen haberlas sacado (ídem). De todas formas, el autor reflexiona con optimismo que “en la aduana no existen controles, aún, para los recuerdos que orientan la mirada que tomó las decenas de fotos que los muchachos traen de vuelta” (ibídem: 200). Así, por muy agridulce que sea la disputa por estos pedazos de Malvinas, la fotografía llega al rescate. Las fotos permanecen como la huella innegable de su encuentro con las islas. Y, como también parece sugerir Lorenz, el evento mismo de la fotografía –es decir, los diversos encuentros sucedidos durante el acto de fotografiar– permanece como un momento crucial de “estar juntos” (Azoulay, 2012: 119). Cuerpos, paisaje y memoria se encuentran ante los ojos que orientaron la cámara y tomaron la foto: el mero hecho de que esos encuentros se produjeran, como sugiere Lorenz, siempre pasará por la aduana. Esta escena destaca que la capacidad de “viajar” de la fotografía, no solo como imagen sino también como experiencia, fue crucial para que estos encuentros entre el cuerpo y el paisaje circularan más allá. A modo de ejemplo, en 2014, el CECIM exhibió una serie de fotografías tomadas durante sus viajes que incluyen imágenes de objetos encontrados en Malvinas (figuras 16 a 19). Las fotos se asemejan a retratos: son primeros planos de diferentes objetos (borceguíes, balas, cucharas, metales) que revelan una intimidad con su materialidad. De esta manera, la fotografía se involucra activamente en un proceso de reapropiación y reposesión que permite a los excombatientes habitar nuevamente el territorio revisitando el pasado y forjando nuevas experiencias con Malvinas en el presente.
Como observa Butler, en el acto de viajar, el significado y el potencial político de las imágenes fotográficas cambian constantemente: a medida que las fotografías circulan, llegan a ser vistas bajo diferentes “marcos” de significación, los cuales determinan lo perceptible en un momento o contexto específico (2016). Azoulay amplía esta idea al afirmar que la práctica fotográfica siempre escapa a toda forma de “poder soberano”: constituye el exceso que constantemente abruma al soberano y su “intento de controlar el significado asociado el espacio y los usos que se le dan” (2012: 151). La autora afirma que la práctica fotográfica se constituye siempre “entre personas” (ibídem: 151, el énfasis es del original). Ese proceso de creación, constituido por el encuentro, nunca puede ser controlado por completo. Más bien, la fotografía se constituye por una “infinita serie de encuentros” (ibídem: 26). Es un proceso infinito porque los encuentros que componen el evento fotográfico siguen existiendo más allá de ese momento: en forma de imagen fotográfica, pero también como anécdota, experiencia, relato, que seguirá siendo visto, compartido y recordado, tanto individual como colectivamente, con consecuencias y efectos que nunca pueden ser anticipados por completo.
De esta manera, la capacidad de la fotografía para generar encuentros significativos que seguirán existiendo más allá del evento fotográfico lleva a Azoulay a afirmar que la “soberanía” es ajena a la ontología de la fotografía. En su teoría, cualquier forma de dominio sobre el medio, ya sea por parte de un poder soberano real o de cualquiera de los participantes en el evento fotográfico, “permanece circunscrito, limitado y temporal” (ibídem: 24). Sin embargo, si bien la autora afirma que la “pluralidad” de la fotografía no está “sujeta a ningún soberano” (ibídem: 71), es quizás precisamente por estas condiciones que los excombatientes pueden imaginar ejercicios de soberanía a través de ese mismo medio. La fotografía escapa a la realidad geopolítica de Malvinas: abre un espacio tanto vivencial como de representación en el que los excombatientes pueden habitar el territorio como su tierra, como parte de sus cuerpos e identidades. Por breves que sean los viajes de regreso a las islas, su encuentro con Malvinas seguirá desarrollándose una y otra vez a través de la fotografía. Por este medio, los excombatientes continúan dando forma a su conexión con el paisaje y el territorio y ejercen su derecho percibido de volver a experimentar Malvinas y a representarlas a su manera. El evento fotográfico, como sostiene Azoulay, está signado para siempre por la intención de esos encuentros: con “un cierto punto de vista inalienable de las circunstancias en que las personas se encuentran, uno que no puede borrarse” (ibídem: 27). La mirada que los excombatientes ejercen en su fotografía, guiando el encuadre, es aquella a través de la cual se constituyen como ciudadanos de Malvinas. Al continuar forjando y reformulando una relación con el territorio, reafirman su pertenencia a él y vuelven a imaginar Malvinas como un lugar de contienda donde la soberanía también puede ejercerse desde lo íntimo y lo afectivo.
Ondear la bandera argentina en Malvinas es una instancia deliberada durante el encuentro de los excombatientes con las islas. Una imagen de la serie mencionada antes muestra a los excombatientes y sus familias acampando en Malvinas. Las banderas argentinas se despliegan por el paisaje, están sujetadas a las carpas y apoyadas sobre las rocas. La bandera con el emblema del CECIM es la más visible, adosada al montículo de rocas a la izquierda de la imagen: la figura de un soldado yuxtapuesta a la silueta de las islas, en el celeste y blanco de la bandera argentina, está circunscrita por las palabras “Soberanía, Memoria, Verdad, Justicia” (figura 20). Aquí, la práctica fotográfica está involucrada en un acto de curaduría, que enfoca la cámara para ensamblar ciertos actores, lugares y discursos en un diálogo. O, para utilizar las palabras de Azoulay, “como el escenario teatral, la fotografía sirve como una suerte de marco para exhibir contextos, personajes, acciones y consecuencias que no deben ser consideradas aisladamente, sino que forman parte de la trama que la fotografía pone en acción” (2012: 82). Aquí, la fotografía está escenificando una visión de una ciudadanía por venir: al crear la imagen, se materializa una pertenencia compartida al territorio y al paisaje de Malvinas. La soberanía es la trama que se pone en marcha. En estos momentos en que se extienden banderas argentinas ante la cámara, el evento fotográfico conlleva una intención anticipatoria.
Tanto las campañas de derechos humanos como los viajes de regreso a las islas son instancias fundamentales en las que los excombatientes se constituyen como ciudadanos frente a Malvinas. El lenguaje de derechos humanos permite a los excombatientes forjar relaciones cívicas con Malvinas. Al ubicarse dentro de dinámicas de “responsabilidad y responsabilización” (Isin, 2008: 36) sobre el territorio, los excombatientes establecen nuevos sentidos de pertenencia que, si bien están relacionados con la guerra, no se circunscriben solamente al pasado. En este sentido, si bien Malvinas implica inevitablemente una retrospección a la historia, los viajes a las islas son gestos afectivos a través de los cuales los excombatientes pueden volver a experimentar Malvinas en el ahora. Al construir relaciones basadas en dinámicas de ciudadanía, tanto sus campañas como sus viajes pueden entenderse como ejercicios de soberanía.
A su vez, este artículo exploró las formas en que la fotografía facilita y da forma a estos encuentros cívicos y afectivos con Malvinas. La práctica fotográfica funciona como registro y evidencia y da testimonio del pasado. Pero, crucialmente, también articula relaciones entre el cuerpo y el paisaje y participa de su mutua constitución. Como tal, la fotografía actúa como un espacio a través del cual los excombatientes vuelven a habitar Malvinas: se forjan lazos afectivos basados en la responsabilidad y la pertenencia que imaginan formas en que la soberanía puede ser vivenciada y ejercitada en el hoy con vistas al porvenir.
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Tilley, C. (2004). The Materiality of Stone. Explorations in Landscape Phenomenology 1. Oxford: Berg.

Fotografías: cortesía del CECIM La Plata.

Fotografía: cortesía del CECIM La Plata.
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Fotografía: cortesía del CECIM La Plata.

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Fotografía: cortesía de Ernesto Alonso.

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“No queremos más vuelos hacia o desde Argentina. Cumplan con la Convención International de Aviación Civil”.
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“La paz solo puede ser alcanzada si Argentina cesa todas las hostilidades contra nosotros, se disculpa por haber invadido nuestro país, reconoce nuestro derecho a la autodeterminación y abandona su reclamo a la soberanía”.
Fotografía: cortesía de Ernesto Alonso.

“No hay diálogo posible hasta que Argentina abandone su reclamo sobre nuestras islas. Respeten nuestros derechos humanos”.
Fotografía: cortesía de Ernesto Alonso.

Fotografía: cortesía del CECIM La Plata.

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∗ El presente artículo está basado en el segundo capítulo de mi tesis doctoral titulada Envisioning Citizenship: Photographic Practice and Human Rights Activism in Contemporary Argentina. Agradezco a mi directora de tesis, Prof. Joanna Page, por su apoyo y sus comentarios durante la investigación y realización de este capítulo. Mis agradecimientos también van para Ernesto Alonso y el CECIM La Plata por la gentileza y la generosidad con las que me compartieron sus fotos y experiencias de activismo. También le estoy muy agradecida a Gabriel Sagastume por transmitirme sus conocimientos de la historia de Malvinas y sus vivencias. Finalmente, quiero agradecer a los evaluadores externos de la revista por leer y comentar este artículo con tanta precisión y agudeza.↩︎
∗∗ Investigadora postdoctoral en el Departamento de Comunicación y Medios de la Universidad de Liverpool. Doctora en Estudios Latinoamericanos por el Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Cambridge. El doctorado fue financiado por la Cambridge International Trust y Newnham College. erika.teichert@liverpool.ac.uk.↩︎
Las traducciones de las referencias bibliográficas en inglés fueron realizadas por la autora.↩︎
Los carapintadas fueron militares que realizaron cuatro levantamientos o sublevaciones entre 1987 y 1990 en contra del gobierno cuando la Argentina ya se encontraba en democracia.↩︎
José Segundo Dante Caridi fue jefe del ejército entre 1987 y 1988.↩︎