Paula Martínez Almudevar1
La entreguerra ha sido abordada desde múltiples enfoques y preguntas. Se trató de un período de grandes transformaciones económicas, políticas y sociales, y en los últimos años varios han sido los estudios que se han preguntado por sus transformaciones en el mundo de la cultura y del consumo. Dentro de esas nuevas líneas de investigación podemos ubicar la tesis de Cecilia Tossounian, quien se apoya en dichos estudios para analizar la presencia de un nuevo sujeto en ese período: la joven moderna. Diversos artículos en revistas de variedades y en la prensa masiva local e internacional, fotografías, tiras cómicas y películas son las fuentes que la autora utiliza para ilustrar la curiosidad y la crítica que despertó esta figura en diferentes actores sociales, las cuales también enlazaron las discusiones en torno a la modernidad, el lugar de las mujeres y la identidad nacional.
El libro está organizado en una introducción, cinco capítulos y un epílogo. A partir de un enfoque basado en el género, la autora busca dar cuenta de la centralidad de las jóvenes de los años veinte y treinta como un tema de debate público sobre la modernidad y sus consecuencias para la identidad nacional argentina.
En el capítulo uno, titulado “La construcción de una nación moderna”, la autora tiene el objetivo de resaltar el papel central del género en el discurso de la nacionalidad moderna. La aparición de nuevos consumos y prácticas y la inserción de la mujer en el mercado laboral le otorgaron una mayor libertad en la esfera social tanto para relacionarse con otras personas como para acceder a nuevas lecturas y modas. Tossounian identifica a partir del análisis de la prensa y de las revistas de masas que las nuevas formas de vestir, de maquillarse, de cortarse el pelo y de vincularse con los varones despertaban las preocupaciones en los sectores más conservadores de la sociedad, incluyendo a las militantes feministas, quienes veían en esas nuevas modas y libertades un efecto corruptor de la modernidad en las jóvenes. Dichas discusiones sobre la transformación del lugar de la mujer expresaban diferentes nociones sobre la nación moderna, las cuales estaban atravesadas por el género. Es por ello que la autora argumenta que durante este período la cultura popular representó diferentes “identidades nacionales modernas”. Valiéndose de diversos folletines, películas, publicidades y artículos publicados en revistas del período expone la coexistencia de distintas identidades que amalgamaban tradición y modernidad y se expresaban a través de la estructura melodramática de los productos culturales. En ese sentido, y siguiendo de cerca los postulados del historiador Matthew Karush (2015), Tossounian señala que hay una clara diferencia de clase en las diferentes identidades nacionales representada por los productos culturales. El gaucho de los folletines y la “morocha argentina” del tango convivían con otras figuras, como lo fue la “joven moderna”.
El segundo capítulo de la obra tiene como objetivo examinar la forma en la que era percibida la flapper norteamericana, es decir, la joven moderna arquetípica, tanto en los medios masivos argentinos como en las definiciones de su versión local. Mientras que la flapper se asociaba a una chica joven, blanca y soltera, la joven moderna argentina estaba vinculada a un estatus de clase alta que combinaba consumos cosmopolitas con la cultura popular nacional.
A partir de las secciones que los diferentes periódicos y revistas destinaban al cine de Hollywood, Tossounian recupera la forma en la que se caracterizaba a la joven moderna estadounidense. La aparición de diferentes columnas y artículos que criticaban los intentos de las mujeres argentinas de parecerse a las estrellas de cine da cuenta de la fuerte influencia que dichas imágenes tenían en su vida cotidiana. Esas críticas se centraban en la relación entre los géneros y las prácticas inmorales y libertinas de las “muchachas yankis”, por lo que buscaban reforzar la idea de que la flapper era un fenómeno exclusivamente estadounidense. Sin embargo, la autora matiza estos postulados a partir del análisis de otros críticos que, en la misma prensa de masas, señalaban que la joven moderna ya era una realidad existente en el país. En este punto es interesante cómo la autora da cuenta de la construcción de la joven moderna local como una chica de clase alta a partir de los artículos e historietas que publica la prensa masiva. El análisis de las diferentes tiras presentes en las revistas y periódicos le permiten identificar que la construcción de dicha figura se basaba, en parte, en caracterizarla como consumidora de productos de la cultura popular local, como el tango y el lunfardo, y por la adopción de un estilo de “bataclana”. Sin embargo, también expone que a partir de la década de 1930 hay un cambio en la forma de representar a dicha figura en relación con las preocupaciones cada vez más marcadas respecto de la identidad nacional. La autora recupera las películas producidas durante ese período que muestran a una joven moderna más maternal y reflexiva sobre su estilo de vida. Dicho cambio, argumenta Tossounian, se debe a su creciente contacto con el mundo de la clase trabajadora; el melodrama y la división de clases marcan la domesticación de la joven moderna y la vuelven una mujer tradicional, maternal y humilde.
En el tercer capítulo, el centro de atención lo tienen las jóvenes trabajadoras, sus representaciones en diferentes productos culturales y las experiencias vividas por ellas, principalmente por las trabajadoras del sector terciario. Tossounian demuestra cómo la joven trabajadora –y su cada vez mayor presencia en el espacio público y en las oficinas– era tópico de debate en diferentes revistas y periódicos, así como también destinataria de las columnas de consejos. Los medios populares representaron a las mujeres trabajadoras como personajes que buscaban elogios y diversión y debían ser aconsejadas al respecto.
Por otro lado, la autora logra recuperar las voces y experiencias de algunas de estas mujeres a través de las cartas y encuestas publicadas en la prensa. Dichos testimonios le permiten complejizar aún más las representaciones emanadas de los medios sobre las jóvenes que, decididas a trabajar, preferían mantener sus empleos antes que contraer matrimonio, o, incluso si se casaban, buscaban mantener su empleo para sostener sus gastos y consumos en moda y maquillaje.
El cuarto capítulo, titulado “Un cuerpo bello y saludable”, se centra en el discurso deportista construido desde los medios masivos y destinado a la joven moderna. La autora identifica, a partir de una serie de artículos publicados en varios periódicos, una campaña en pos de alentar a las jóvenes a ejercitarse para contrarrestar los males de la modernización. A partir de la aparición de revistas deportivas se buscó reforzar la imagen de las mujeres deportistas, pero ello condujo también a una sexualización de sus cuerpos y a la transformación de esas mujeres en objetos de deseo. La incorporación del análisis de dos tapas de la revista El Gráfico da cuenta de la forma en la que eran retratadas: desafiando las reglas sociales que gobernaban el comportamiento de sus coetáneas. En ese proceso, Toussonian resalta que los discursos en las revistas justificaban los efectos positivos del deporte, no solo para las jóvenes, sino también para la nación. Ello responde, según la autora, a las preocupaciones por la cada vez menor tasa de natalidad. Se sostenía que, gracias al deporte, las mujeres se volvían mejores madres y que así perfeccionarían la “raza” argentina.
El quinto capítulo se dedica particularmente a analizar el surgimiento y desarrollo de los concursos de belleza y sus vínculos con la construcción de la identidad nacional y el ideal femenino. A través del análisis de las fotografías de la prensa local, la autora da cuenta de que las apariencias de todas las ganadoras correspondían estéticamente a la de la joven moderna.
Por otro lado, los periódicos auspiciantes justificaban la realización de los concursos en pos de la “raza” y como un deber patriótico de las concursantes, así como también lo hacían las ganadoras de Miss Argentina en las entrevistas recuperadas. La autora señala que dichos concursos internacionales resaltaban los ideales de blancura europeos frente a las demás naciones e incorporaban a la Argentina en la cultura internacional de consumo. Sin embargo, y en contraposición a la figura de la flapper, las ganadoras de los concursos solían resaltar sus atributos de recato, inocencia, sencillez y su origen provinciano. De esa forma, mientras que el gaucho representaba la identidad nacional desde los valores más tradicionales, “la joven moderna representaba la argentinidad a través de los valores de avanzada, como el progreso” (p. 130).
El libro cierra con un epilogo que se mueve hacia el período peronista, y en el que Tossounian, siguiendo la tesis de Karush, argumenta que la reformulación de las identidades de género que propuso la cultura popular a lo largo de las décadas de 1920 y 1930 aportaron elementos claves para la ideología peronista, y se encarnaron en la mismísima Eva Perón.
En conjunto, el trabajo nos presenta un estudio situado en las transformaciones sociales que impactaron en las identidades de las mujeres argentinas, en sus posibilidades de agencia y de consumo, como producto del advenimiento de la sociedad de masas. Capítulo tras capítulo se vuelven más evidentes las tensiones, ansiedades y preocupaciones que despertaba la joven moderna en múltiples actores sociales, con intereses diferentes. Asimismo, la autora no pierde de vista la experiencia de esas jóvenes, que vivían en carne propia los efectos de la modernidad.
Karush, M. (2013). Cultura de clase. Radio y cine en la creación de una Argentina dividida (1920-1946). Buenos Aires: Ariel.
∗ Escuela Interdisciplinaria de Altos Estudios Sociales, Universidad Nacional Arturo Jauretche, Conicet. paulamalmudevar@gmail.com.↩︎