Undoing dualisms in cities of the Global South. Alternative ways of inhabiting between agroecology and urban agriculture.
Laura Ciarniello y Karen Wheeler Grauberger1
El patrón civilizatorio moderno ha estructurado las distintas dimensiones de la vida y de los territorios desde una lógica dualista que percibe la realidad en polos opuestos. Con el crecimiento económico como principal objetivo configuró un esquema fragmentario y extractivo con rasgos antropocéntricos, etnocéntricos y androcéntricos, que desplaza sus peores efectos a todo lo que no encaja en su lógica. Esto condujo a la actual crisis sistémica que se evidencia con el urbanoceno y exige respuestas urgentes. La gran mayoría de las personas que padecen los impactos más agresivos del modelo habita en el Sur global, en espacios entre lo urbano y lo rural. Muchas veces, esa condición impulsa nuevos vínculos entre las personas y de ellas con el territorio que permiten pensar lo urbano en términos dialécticos. En ese sentido, la agroecología y la agricultura urbana se configuran como resistencias al modelo imperante y permiten imaginar nuevos paisajes. Por ello, se las considera experiencias alternativas que pueden aportar a pensar la necesaria transición socioecológica. Este trabajo parte de la premisa de que ambas miradas se complementan y anuncian la emergencia de nuevas categorías ‒no binarias‒ pasibles de ser incorporadas a la planificación urbana. El objeto de este estudio es identificarlas a partir de la reflexión sobre dos casos de referencia en las ciudades argentinas de Rosario y Mar del Plata. Se pretende una lectura de lo urbano en una clave poco explorada que abra el juego a la discusión.
Palabras claves: antropocentrismo, etnocentrismo, androcentrismo, urbanoceno.
The modern civilizational pattern has structured the different dimensions of life and territories from a dualistic logic that perceives reality in opposite poles. With economic growth as its main objective, it configured a fragmentary and extractive scheme with anthropocentric, ethnocentric and androcentric features, strongly harming everything that does not fit into its logic. This led to the current systemic crisis that is manifesting itself with the urbanocene that demands urgent responses. The vast majority of the people who suffer the most aggressive impacts of the current model live in the global south, in spaces between the urban and the rural. Often, this condition drives new links between people and between them with the territory, allowing us to think of the urban in dialectical terms. In this sense, agroecology and urban agriculture are configured as a social resistance to the prevailing model making it possible to imagine new landscapes. Therefore, they are considered alternative experiences that can contribute to think about the necessary socioecological transition. This paper is based on the premise that both perspectives complement each other and announce the emergence of new categories -non-binary- that can be incorporated into urban planning. The purpose of this paper is to identify them by reflecting on two reference cases in the Argentine cities of Rosario and Mar del Plata. It is intended to provide a reading of the urban space in a kay not explored enough that opens the game to discussion.
Keywords: anthropocentrism, ethnocentrism, androcentrism, urbanocene.
La configuración del mundo actual ha sido determinada por una pretensión universal propia de la dominación colonial y capitalista. El esquema de pensamiento global tiene una base dualista con un polo dominante sobre el otro y todo lo que no encaja allí es excluido. Por ejemplo, ubica al ser humano ‒masculino‒ por sobre el resto de las formas de vida, incluso de la naturaleza como base para lograr el desarrollo. Además, este es concebido en términos lineales y de crecimiento económico ilimitado. De ese modo, se configuró un modelo fragmentario y extractivo que avanzó sobre las distintas dimensiones de la vida en cada rincón del planeta.
El último gran impulso de este esquema de desarrollo tuvo que ver con la configuración económica a escala planetaria. Entre otras cosas, esto implicó un nuevo patrón de producción y consumo globalizado que puso en evidencia las relaciones de poder en la sociedad y el traslado de los peores impactos socioambientales a territorios del Sur global. Asimismo, produjo una profunda reestructuración territorial que reflejó el binarismo subyacente, la cual no solo afectó el ámbito rural sino también el urbano, y fundamentalmente la interacción entre ambos.
El avance del modelo productivo expulsa a las personas de los circuitos laborales agrarios y degrada las tierras que se fumigan hasta los límites urbanos. En paralelo, crece la mercantilización del suelo urbano que centrifuga cada vez más grupos sociales hacia los márgenes. Esto genera una crisis total sobre todo en las grandes ciudades en donde se observan bordes de pobreza y de fuerte exclusión social. Actualmente allí habita la gran mayoría de las personas y queda expuesta de manera más directa a los entornos naturales contaminados al mismo tiempo que encuentra cada vez más difícil el acceso a alimentos de calidad. Esta realidad conduce a que el uso del concepto de antropoceno para indicar un punto de inflexión en la fuerza de transformación del ser humano sobre lo natural sea sustituido por el de urbanoceno, ya que la crisis se pone en evidencia en las ciudades en donde la creciente desigualdad podría determinar el destino del planeta. Desde ambas perspectivas se plantea como un imperativo urgente la transición del modelo.
Si bien se plantea un escenario alarmante que exige repensar lo urbano de manera urgente hacia un modelo más sostenible y justo socioespacialmente, muchas veces desde los territorios la criticidad de las situaciones impulsa el surgimiento de experiencias que pueden ser leídas en clave de transición socioecológica. Estas ofrecen nuevos vínculos entre personas y de ellas con el territorio a partir de los cuales se podrían configurar paisajes alternativos en los ámbitos urbanos.
En esa perspectiva, la agroecología y la agricultura urbana se configuran como expresiones de resistencia en las ciudades que rompen con algunos rasgos del pensamiento moderno, y aquí se considera que aportan miradas complementarias. Tanto el paradigma de un modelo agroalimentario alternativo como la lucha de movimientos sociales por la subsistencia generan espacios urbanos no convencionales que logran integrar un nuevo modelo productivo con otras dimensiones de la vida cotidiana sin alterar los sistemas ecológicos. Este trabajo tiene por objeto identificar categorías no binarias incipientes en ese tipo de experiencias, que logren trascender la lógica dualista y puedan ser incorporadas a nuevas lecturas de los ámbitos urbanos.
Para ello, se apoya en una reflexión en torno a dos casos argentinos de referencia, respectivamente ubicados en las ciudades de Rosario y de Mar del Plata. La elección de los mismos surge de la sistematización de diversos programas y experiencias de agricultura urbana, llevada a cabo en el marco de la investigación en curso por una de las autoras.2 En ese sentido, se han realizado entrevistas a actores claves y encuestas, y se han analizado documentos e imágenes satelitales de ambas experiencias configurando un estado de situación que permite el presente trabajo. Esta indagación no pretende ser un trabajo comparativo, sino realizar un aporte al desarrollo teórico y a la observación de lo urbano en una clave poco explorada, así como habilitar la discusión y el debate sobre posibles escenarios de transición en las ciudades. Una metodología cualitativa permite reunir las aproximaciones a las experiencias en el presente artículo y traducir la teoría en casos concretos, habilitando una reflexión sobre lo observado.
Diversos debates en torno a la crisis civilizatoria y ambiental que atraviesa actualmente la humanidad conducen a vincular su origen con la implementación del modelo de desarrollo global y a considerar que la transición es inminente. Sin embargo, a la hora de pensar nuevos esquemas las respuestas son muy diversas y ponen el foco en distintos aspectos. Lo cierto es que en la actualidad la gran mayoría de las personas que sufre las consecuencias habita las grandes ciudades del Sur global y eso exige comprender cómo se configuró esa situación.
Bajo el patrón civilizatorio moderno subyace una lógica binaria sobre la que fue tomando forma el mundo tal como se conoce. Desde allí, se lee y organiza la realidad en términos de polos opuestos: cultura/naturaleza, razón/emoción, desarrollo/subdesarrollo, entre otros. Uno de ellos domina al otro y se excluye todo lo que queda por fuera. Con ese razonamiento se fue estructurando lo cultural, lo político y lo social, persiguiendo el horizonte del crecimiento económico. Eso consolidó un modelo fragmentario que no reconoce la interdependencia y ecodependencia del ser humano. Un esquema extractivo que entiende la naturaleza en términos utilitarios e instrumentales en el cual los elementos y procesos naturales son leídos como un conjunto ilimitado de recursos para el progreso humano (Palau, 2020).
En ese modelo se reconocen tres rasgos fundamentales. En principio antropocéntricos ya que el ser humano se ubica en el centro de las decisiones. También etnocéntricos en la medida en que existe una única cultura válida y un único desarrollo lineal. Y además androcéntricos por considerar al hombre en masculino como especie dominante (Pérez y Soler, 2013).
De ese modo se fueron estructurando los vínculos entre las personas y de ellas con el territorio, y moldeando las ciudades. Con la configuración de la economía global esa lógica se puso más en evidencia porque logró avanzar sobre cada rincón del mundo e invadir todas las dimensiones de la vida. Lo que se conoció como Revolución verde en la década de 1960 fue un punto clave en ese sentido. Esta implicó la consolidación de la actividad agropecuaria como un extractivismo, apoyada en el monocultivo de productos naturales entendidos como mercancías para su exportación (Gudynas, 2010). Así, algunos sectores del mundo profundizaron su crecimiento y desarrollo apoyándose en la explotación y degradación de otros, lo que dejó entrever las relaciones de poder y los tres sesgos del modelo recién mencionados.
Más allá de los impactos sociales y ambientales de este proceso, que son numerosos y fueron muy cuestionados desde sus inicios, implicó una fuerte reestructuración territorial que tuvo incidencia tanto en el ámbito rural como en el urbano, y sobre todo en su interfaz. El nuevo patrón agroalimentario avanzó sobre todos los territorios que pudo, reemplazando a las personas de los circuitos laborales rurales y sus saberes con prácticas cada vez más mecanizadas y dependientes de tecnologías e insumos químicos. Lo que implica que no solo se degrada el suelo rural, sino que también se contamina fumigando hasta los límites urbanos.
Esto profundizó fuertemente las migraciones, que habían comenzado con los procesos de industrialización, hacia ciudades que no podían dar respuestas porque su modelo de desarrollo tenía los mismos rasgos de fondo.3 Los núcleos centrales comenzaron a crecer en altura superando la infraestructura. La vivienda y el suelo fueron entendidos como mercancías, dejando afuera cada vez a más habitantes. Así, las personas expulsadas tanto del ámbito rural como del urbano se alojaron en los bordes urbanos de manera desordenada, sin planificación. Se mezclaron con instalaciones industriales producto de la economía mundial, nuevas urbanizaciones impulsadas por personas en búsqueda de mejores condiciones de vida en términos individuales y otros enclaves sobre el suelo.
En Latinoamérica, estas transformaciones tuvieron consecuencias mayores ya que se dieron en el marco de la reconfiguración capitalista de las últimas décadas del siglo XX en el que los estados nacionales impulsaron un proceso de desregulación político-administrativa con el objetivo de atraer inversiones. El modelo se apoyó en la precarización laboral y la degradación ecológica. La reestructuración territorial sobre una base con deficiencias estructurales y escasas normas sumó características particulares y complejidad a la interfaz urbano-rural.
Se generaron bordes de pobreza con fuertes desigualdades y exclusión social, especialmente en las grandes ciudades donde las personas iban en búsqueda de nuevas oportunidades. Espacios ocupados irregularmente, sin infraestructuras o servicios mínimos, difíciles de definir, marginales, intersticiales y discontinuos, en los que era cada vez más difícil el acceso a alimentos de calidad (Galimberti, 2016). Allí muchas veces se mezclan límites jurisdiccionales, infraestructuras o componentes naturales y las personas quedan expuestas directamente a los entornos naturales contaminados empeorando la situación socioambiental. De este modo, se configuraron márgenes que aglomeran prácticas que responden tanto al polo urbano como al rural, así como a ninguno de ellos, habilitando ámbitos que podrían escaparse a la lógica dualista.
Estos procesos en territorios latinoamericanos se acentúan cada vez más apoyados en el discurso del desarrollo. De hecho, con el boom de los commodities se profundizó el modelo. Concretamente, en la primera década del siglo XXI avanzaron las fronteras agrícolas y las ganancias se reinvirtieron en un suelo urbano mercantilizado.
Se entiende que la humanidad atraviesa una crisis sistémica. La transformación del ser humano sobre lo natural ‒entendidos como elementos separados‒ llegó a un punto de inflexión. Esto condujo a la consideración del antropoceno como nueva época geológica (Trischler, 2017). Sin embargo, la significación y las características de las expresiones urbanas de ese proceso que desplaza sus efectos más agresivos al Sur global, conllevan al reemplazo del concepto por el de urbanoceno (Svampa y Viale, 2020). Los centros urbanos latinoamericanos son los que más han crecido en los últimos años y en la actualidad alojan a la gran mayoría de la población mundial. Más aún, los bordes territoriales complejos se engrosan progresivamente agudizando las distancias entre los polos en los que se apoya el modelo. Se degrada lo natural, se agranda la brecha económica, se excluyen culturas no hegemónicas y se reducen los derechos de algunos grupos sociales. Cabe aclarar que el término urbanoceno como nuevo concepto en debate parece simplificar la complejidad de esos márgenes, poniendo el foco en la dimensión urbana de la problemática ‒otra vez‒ desde una mirada binaria. Sin embargo, sirve aquí los efectos de leer lo urbano desde la perspectiva de la crisis sistémica.
En esas desigualdades crecientes se ven con más claridad los rasgos duales e injustos que trajo la colonialidad, y es más que un indicio del camino que está tomando el planeta. Asumir que a escala planetaria se atraviesa una crisis terminal ocasionada por el pensamiento moderno, antropocéntrico, monocultural y patriarcal (Lander, 2015), implica el desafío de imaginar la transición del modelo al mismo tiempo que exige repensar lo urbano de manera urgente. En ese sentido, es necesario entender el desarrollo desde otras perspectivas que propongan revincular lo humano y lo no humano, lo rural y lo urbano, reintroducir la agricultura a las ciudades, integrar diferentes culturas y volver a poner la vida en el centro.
Esto implica necesariamente desandar las antinomias que configuraron las ciudades, y sobre todo las que se evidencian con crueldad en sus bordes. Esta perspectiva es poco usual en los estudios urbanos, los mismos generalmente reconocen los problemas existentes desde una mirada hegemónica y tienden a buscar respuestas sin cuestionar cómo son concebidos esos conflictos desde otras perspectivas y cuáles han sido sus orígenes. Se entiende que solo comprendiendo la matriz de la actual configuración es posible pensar en un modelo más sostenible, socioespacialmente justo y ruralizar la urbanidad (Svampa y Viale, 2020) para generar paisajes urbanos alternativos.
Existen experiencias alternativas impulsadas por contextos críticos que permiten imaginar una transición socioecológica. Aún sin proponérselo, desde la práctica misma, algunas de ellas ofrecen categorías no binarias para comprender e intervenir en los territorios y construyen relaciones dialécticas entre distintos polos de la realidad. En esa clave es posible observar dos planteos alternativos recurrentes: la agroecología y la agricultura urbana. Si bien son propuestas que a priori podrían parecer similares, surgen desde distintos espacios y se apoyan en discursos diferentes pero no antagónicos.
Frente al avance del modelo extractivista en los años ochenta tomaron fuerza las luchas campesinas y los movimientos por la agroecología, en especial en Latinoamérica. Expresiones de resistencia ideológica que generalmente se vinculan a la defensa de la red de agricultura familiar, sus costumbres y sus valores asociados, como base para la alimentación mundial con preservación de los suelos naturales. Como afirma Toledo (2019):
Esta nueva rama de la ciencia surgió como respuesta [a] los innumerables problemas inherentes a la agricultura moderna, como la contaminación de suelos y aguas, la erosión genética, los monocultivos, las afectaciones a la salud humana, los desequilibrios ecológicos locales y regionales, y finalmente el cambio climático global, por el uso del petróleo en toda la cadena alimentaria.
El paradigma agroecológico entiende la producción como parte de un ecosistema por lo que debe preservar el ambiente. No se apoya en una única receta de producción sino que las adapta a los ciclos y las condiciones naturales de cada lugar. En ese sentido, se desdibuja la primacía del ser humano por sobre lo natural propia del pensamiento moderno, permitiendo pensar ambas esferas como síntesis dialéctica.
La agroecología reconoce las distintas culturas, los saberes tradicionales, ya que requiere apoyarse en ellos y en los principios de las prácticas ancestrales para lograr una buena producción. Esto asigna valor a los distintos grupos sociales y permite generar lazos de solidaridad y cooperación social, sosteniendo una gran cantidad de valores que todavía resisten a la colonización. Al no entender el desarrollo como algo lineal y unidireccional, permite legitimar y potenciar las elecciones de cada pueblo o comunidad.
Plantea una perspectiva agroalimentaria holística, apoyada en principios ecológicos, sociales, culturales y políticos. Tiene como principal objetivo la construcción de sistemas alimentarios soberanos. Propone un proceso social emancipatorio a través de la transformación ecológica y social de la realidad agroalimentaria evitando la degradación de los suelos y fomentando el desarrollo local con ciclos cortos de comercialización y consumo. Si bien su origen se vincula al ámbito rural, es cada vez más acompañada por grupos sociales y profesionales que pretenden instalar códigos alternativos al modelo dominante en los espacios urbanos. De acuerdo con Svampa y Viale: “Lejos de ser una moda pasajera, la agroecología refleja la expansión de un modelo de producción diferente y, en términos de prácticas prefigurativas, propone otro modo de relacionarse con la tierra y los demás seres” (2020: 233).
Sin embargo, tiene un fuerte rasgo androcéntrico vinculado a la división sexual del trabajo. Centra el esfuerzo y el interés en el desarrollo del trabajo productivo. Esto hace difícil pensar en espacios urbanos colectivos y plurales vinculados a la agroecología, que integren también otras dimensiones de la vida común, validando los espacios privados o el rol de las mujeres para el sostenimiento de la vida (Battocchio, 2020).
La agricultura urbana tiene otra génesis y hoy toma fuerza en los debates sobre posibles escenarios de transición socioecológica vinculados a las ciudades. La producción hortícola siempre estuvo relacionada a la ciudad desde sus orígenes e históricamente fue una herramienta de subsistencia en períodos de crisis. Sin embargo, el crecimiento de la agricultura comercial con marco en el pensamiento moderno la empezó a desvincular de ella. Lo rural y lo urbano se volvieron incompatibles, polos opuestos. La agricultura pasó a considerarse como una actividad contaminante y atrasada, y fue expulsada de la ciudad y excluida del planeamiento urbano. En el contexto de la crisis global volvió a tomar relevancia, emergiendo especialmente en los bordes de las grandes ciudades de países empobrecidos en los que, además de la crudeza de los impactos del modelo, hay disponibilidad espacial y escasa regulación para el desarrollo de estas actividades (Degenhart, 2016).
Las primeras huertas que se empezaron a considerar como espacios alternativos dentro de las ciudades surgieron espontáneamente, generalmente a partir de trabajadores expulsados del ámbito rural que pusieron en práctica sus saberes en los intersticios disponibles en los bordes urbanos. Se trataba de un medio para sobrevivir frente a la pobreza. Muchas veces fueron acompañadas ‒e incluso impulsadas‒ por movimientos sociales que defendían los derechos de los desocupados y luchaban contra la pobreza. De esta manera, la actividad hortícola se convirtió en una herramienta de resistencia frente a la injusticia socioespacial. El modelo agroalimentario alternativo entró por la tangente, como una consecuencia, no como fin en sí mismo.
Es posible definir la agricultura urbana como una práctica agrícola cuyo principal objetivo es satisfacer necesidades alimentarias y generar un aporte a la economía familiar a partir de la comercialización de parte de la producción. Si bien se puede asociar a la agroecología, ya que no replica una única receta y la producción se suele adaptar a la aptitud de los suelos, los insumos y las herramientas disponibles, lo cierto es que eso no necesariamente responde a una filosofía, sino que se vincula a la escasa disponibilidad de recursos (Mougeot, 2000). En ese sentido, comparte algunas características con el patrón civilizatorio moderno ya que parte de entender el desarrollo en términos de crecimiento económico y ubica las necesidades del ser humano por encima de las de lo natural.
Es una actividad realizada por personas que viven en las ciudades pero que no necesariamente son agricultores o agricultoras. Sin embargo, la gran mayoría son desarrolladas por personas que se desempeñaron en el trabajo rural en el pasado. Por eso, involucran sus saberes a la hora de trabajar la tierra permitiendo sortear el sesgo etnocéntrico del pensamiento moderno, aunque no sea una premisa explícita sino que sucede por decantación (Zaar, 2011).
Por último, la agricultura urbana tiene una escala pequeña. Suelen ser experiencias dispersas realizadas en terrenos vacíos o inutilizables integradas completamente al medio urbano en términos de acceso a los insumos, la circulación de los productos y el desarrollo de la vida cotidiana de las personas que la realizan. Genera espacios diversos, multifuncionales, vinculando momentos de capacitación, producción, comercialización y distintos grupos sociales, atravesando diversas dimensiones de la vida. De allí emergen nuevas categorías que trascienden o revinculan dualidades naturalizadas. Estas permiten poner en el centro de las decisiones la sostenibilidad de la vida. Generalmente las mujeres toman protagonismo, se configuran espacios que no son completamente públicos o privados, sino que responden a los requerimientos de cada comunidad en la que se integra el trabajo productivo con las tareas de cuidado. Así, la agricultura urbana puede ofrecer respuestas a dimensiones sociales, ambientales, culturales o económicas, incluso identitarias (Bracalenti et al., 2011).
A pesar de las limitaciones señaladas en cada propuesta y el purismo de algunas discusiones, se entienden como miradas complementarias. Tanto desde la agroecología como desde la agricultura urbana es posible repensar lo urbano y ofrecer elementos para la construcción de nuevas categorías que trasciendan antagonismos entre ellas y los binarismos que reproducen. En ese sentido, y para imaginar paisajes alternativos dentro de las ciudades que salven los rasgos antropocéntrico, etnocéntrico y androcéntrico, es necesario considerar ambas propuestas como un paquete de intervención.
En las últimas dos décadas, América Latina además de uno de los sectores del mundo más golpeados por la crisis global, es también uno de los más activos en las experiencias de resistencia frente al avance del patrón civilizatorio moderno. Entre ellas, existe una gran diversidad de casos de agricultura urbana que implementan la agroecología. Si bien suelen ser locales y con baja productividad, significan un gran aporte para las familias y la comunidad que al insertarse construyen redes solidarias. Es por eso que desde gobiernos locales hasta organismos internacionales como la FAO (Organización para la Alimentación y la Agricultura de las Naciones Unidas) empezaron a reconocerlos y promoverlos (Ávila Sánchez, 2019).
Muchas veces los programas y proyectos en los que se enmarcan no tienen continuidad por cuestiones políticas coyunturales, o no alcanzan escala visible. Sin embargo, ponerlos en foco e identificar otros modos de pensar lo urbano puede echar luz a nuevas configuraciones de transición. La Argentina cuenta con varios casos de referencia en ese sentido, incluso a nivel internacional, que son interesantes para observar. A pesar del gran predominio del modelo agrario extractivo, o justamente por eso, son cada vez más las experiencias que proponen prácticas agrícolas alternativas.
Las características naturales del país, así como su rol clave en la conexión de los países productores de materias primas con los mercados internacionales y los centros productores globales a través de la hidrovía Paraguay-Paraná (Rausch, 2020), sumados a las políticas neoliberales y la desregulación de fines del siglo pasado, condujeron a que la actividad agraria se consolide como corazón del modelo extractivo y a que el país quede asociado a un maldesarrollo (Svampla y Viale, 2020; Gárgano, 2020).
Los diversos conflictos e impactos socioambientales que el modelo conlleva ya son conocidos. Particularmente la región pampeana concentra cerca del 80% de los monocultivos, lo que generó que un gran volumen de población fuera expulsada a las principales ciudades. Estas fueron las que más crecieron en extensión y en cantidad, como los casos de Rosario y Mar del Plata, ciudades portuarias y eslabones claves de la cadena agroexportadora del país. La Argentina actualmente tiene un 92% de población urbana, pero las ciudades centrales crecieron y se desarrollaron por anillos de pobreza en los que se encuentran la gran mayoría de los barrios populares del país, de acuerdo al Registro Nacional de Barrios Populares.
Los bordes territoriales de ambas ciudades, ubicadas estratégicamente para el modelo global y tan prometedoras desde su perspectiva, terminaron alojando tanto a las personas que quedaron por fuera del mercado del suelo urbano y de los circuitos laborales locales como a otras provenientes de provincias cercanas o países limítrofes por la reestructuración territorial del modelo agrario. Diversas características culturales e injusticias sociales superpuestas a un ambiente deteriorado por determinantes locales y globales configuraron una situación crítica caracterizada por una fuerte marginalidad.
En ese contexto, se comenzaron a desarrollar huertas espontáneas ya desde los años 1989 y 1990 como producto de los primeros efectos del régimen agroalimentario neoliberal. Eran huertas pequeñas, familiares, ejecutadas en cualquier espacio disponible ‒público o privado‒ para la producción de alimentos para autoconsumo. Muchas veces eran iniciadas por personas que habían migrado y tenían conocimientos sobre el trabajo de la tierra. En paralelo, la agroecología como paradigma productivo alternativo tenía cada vez más difusión y alcanzaba el territorio también de la mano de profesionales y de organizaciones sociales de base, lo que llevó a que a nivel nacional las distintas experiencias existentes sean acompañadas por un programa del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) denominado ProHuerta.
La complejización de la situación social, económica y política hacia el 2001 condujo a que los gobiernos locales asuman cada vez más responsabilidades. Esto derivó en que las experiencias tomen particularidades de acuerdo a cada contexto y coyuntura local. Las huertas inicialmente autogestivas, originadas en los sectores más excluidos de la sociedad, proponían prácticas plurales y nuevas formas de comunidad. Con el acompañamiento de organizaciones y gobernantes pudieron interconectarse, armar redes de trabajo y difusión, configurando así referencias para la generación de un nuevo tejido social. Como afirma Svampa, “Un nuevo entramado agroecológico va surgiendo, un archipiélago de experiencias que buscan conectarse por puentes y pasarelas, al margen del gran continente sojero...” (2019: 114).
Ese fue el marco de surgimiento en el año 2002 del Programa de Agricultura Urbana de Rosario (PAU) y el Programa de Autoproducción de Alimentos implementado en Mar del Plata (PAA). Si bien el de Rosario se posiciona como caso paradigmático, ambos son referencias a escala nacional, tienen algunas semejanzas y hasta se han vinculado en determinados momentos. Aún con dificultades se sostienen en la actualidad como programas cuyo valor es reconocido como transformador y dinamizador hacia otras escalas. Cabe aclarar que no se consideran como modelos a imitar, sino que son útiles para apoyar la reflexión sobre la interacción entre la agroecología y la agricultura urbana. Esto permite abrir el juego para imaginar desde elementos concretos como sortear dualidades que faciliten nuevas configuraciones urbanas para la transición socioecológica requerida.
Las huertas urbanas en la gran mayoría de las ciudades se han originado en los bordes. Allí donde termina ‒o comienza‒ tanto la ciudad como el campo, en donde por necesidad se empezaron a mezclar características de los dos ámbitos (figura 1). La vivienda junto con otros usos urbanos se empezó a desarrollar por fuera de la ciudad para los grupos que no encontraban lugar dentro. Mientras que las prácticas agrícolas, antes expulsadas cada vez más lejos, se reincorporaron a la dinámica urbana como único medio para acceder a los alimentos.
En las experiencias de referencia esos usos no convencionales que no terminan de encajar en ninguno de los dos polos comenzaron a ser reconocidos y validados. En ambas ciudades en los años noventa se sancionaron ordenanzas municipales para permitir las huertas urbanas, categoría generalmente no admitida en la planificación. Esto ofreció un marco legal y la posibilidad de establecer un vínculo de las personas con el lugar en términos de respaldo habilitante de la apropiación simbólica. La usurpación pacífica del suelo ocioso para huertas comunitarias (Mazzuca et al., 2009), como lo llamaron en Rosario, permitió nombrar ciertas prácticas que no entraban en el binarismo dominante.
Cabe aclarar que solo en Rosario se logró reglamentar la ordenanza. Esto pudo tener que ver con la conformación previa de huerteros y huerteras en una red, actor social que asumió la defensa de sus derechos. En Mar del Plata, si bien existió la ordenanza surgida en el marco del Programa de Huertas Municipal, nunca llegó a reglamentarse. Otra particularidad de Rosario fue que apenas implementado el PAU se elaboró un banco municipal de suelos no construibles. Un registro catastral de terrenos que por tener valores paisajísticos o por ser bordes de arroyos o de infraestructuras, no podrían alojar ningún otro uso que no sea el agrícola urbano. Esto permitió implementar herramientas conducentes para la cesión de derechos sobre los terrenos y demás formalizaciones vinculadas a la consolidación de los espacios del entre.
En ambos programas se integraron lo académico ‒saberes validados globalmente‒ con los saberes tradicionales propios de las comunidades huerteras vinculadas a lo productivo. Esto habilitó el reconocimiento e interconocimiento, en los que distintos saberes se ensamblaron sin comprometer su autonomía (Santos, 2010), planteando una relación dialéctica entre ellos que no requiere negar la existencia del otro para existir.
Este proceso de integración de saberes y prácticas colaborativas en Rosario había comenzado una década antes del desarrollo del PAU. El trabajo del Centro de Estudios para la Producción Agroecológica (CEPAR) en el territorio, una ONG constituida por un grupo de ingenieros agrónomos militantes de la agroecología como filosofía y propuesta política, tuvo como principal objetivo la capacitación en agroecología articulada con los saberes de las personas para transformar el modelo productivo (Lattuca, 2019) (figura 2). El programa formalizó esa situación e incorporó otras áreas municipales como el Centro de Estudios del Ambiente Humano (CEAH) perteneciente a la facultad de arquitectura, integrando otros conocimientos incidentes en el territorio. Su rol como programa tuvo que ver con la articulación y la coordinación de los distintos saberes.
El inicio del PAA fue diferente, nació como un programa de extensión universitaria vinculado a un grupo de investigación en ciencias agrarias. Si bien propone el reconocimiento de los saberes de la comunidad, la estructura vinculada a un proyecto académico reproduce algunas jerarquías que no logran correrse del pensamiento moderno, en tanto aparece cierta superioridad en el saber estructurado que le da validez y autoridad. En ese sentido, a medida que se fue consolidando el programa, en lugar de dimensiones a la intervención territorial fue incorporando otras áreas de investigación para el monitoreo y la geolocalización de los espacios con el fin de incorporarlas al ordenamiento territorial.
La implementación de la agroecología en ambas experiencias permite que las huertas sean pensadas en términos no solo instrumentales, sino buscando generar una nueva relación entre la sociedad y la naturaleza. Allí lo natural es respetado del mismo modo que la vida humana, entendiendo que existe una interdependencia, para ello fue clave la integración de saberes. Se generó un ecosistema en el cual las huertas son parte de los barrios y se cuidan mutuamente, una identidad huertera que no permite ser uno sin lo otro.
En ambos lugares, los relatos de las personas involucradas en la experiencia dan cuenta del cuidado hacia la tierra que les permite alimentarse, hacia las semillas que producen alimentos sanos y hacia el paisaje que les otorga un lugar para el disfrute de lo natural. Las redes solidarias que se generan en torno a estas experiencias reflejan esta condición. En ese sentido, la experiencia de Rosario apadrinó a la de Mar del Plata en la inauguración de la primera feria en la localidad en el 2006 (figura 3), como incentivo para legitimación del proceso. En ese momento y como acto simbólico, se realizó un intercambio de semillas agroecológicas, las cuales debían seguir siendo cuidadas desde ese momento por los huerteros y las huerteras de Mar del Plata. Esto da cuenta de que el reconocimiento de lo humano y lo no humano como un todo integrado e interdependiente trasciende límites jurisdiccionales y puede dinamizar otras transformaciones.
La incorporación de la agricultura urbana como un uso admitido en la ciudad permite definir nuevos espacios que no encajan en el binomio público o privado. Son espacios generalmente colectivos, que más allá de la propiedad se configuran en terrenos intersticiales sin regulaciones o normas claras. La irregularidad, la disponibilidad de espacio y los requerimientos de equipamientos o espacios públicos conllevan a que se configuren espacios multifuncionales o que se superpongan diversos usos de manera natural.
Rosario tuvo el valor agregado de que la existencia de terrenos disponibles para diseñar espacios de agricultura urbana permitió que los proyectos se elaboren de manera participativa en conjunto con la comunidad y no que simplemente sucedan. En ese marco surgieron distintas figuras innovadoras como las plazas demostrativas, los corredores verdes o los parques-huerta, tipologías espaciales que contemplan cuestiones productivas, educativas, ambientales y sociales, integradas al espacio público (Lattuca, 2019), y que ya en la génesis del nombre eliminan los binomios hegemónicos. Asimismo, la participación de la comunidad permitió incorporar a los proyectos demandas sociales específicas y colocar la sostenibilidad de la vida en el centro del proyecto urbano. Por ejemplo, se incorporaron espacios colectivos de cuidados que rompen el dualismo trabajo productivo/reproductivo y permiten imaginar vínculos solidarios entre las personas (figura 4).
Las dos experiencias les dan entidad a las personas que trabajan en las huertas urbanas como trabajadores de la economía social o solidaria. Estas personas usualmente quedan excluidas de los circuitos laborales formales y mantienen trabajos informales tipo changas, es decir, configuran el polo del binomio que se lleva la peor parte. Sin embargo, a partir de las iniciativas de agricultura urbana, en ambas ciudades se habilita un registro que permite regularizar su situación laboral y se constituyen como actores sociales.
En la ciudad de Rosario, la red de huerteros y huerteras se había formalizado una década antes de la inauguración del programa, por lo que pudieron acceder rápidamente a la habilitación de espacios de comercialización como ferias y consolidarse como ciudadanos en la medida en que podían gozar del derecho a la ciudad (figura 5). En el caso de Mar del Plata ese proceso fue más lento, la organización tuvo que ver con la necesidad de incorporar canales de comercialización formales que respalden su producción y permitan generar lazos de confianza con la comunidad. En ese sentido, en el 2006 se configuraron como asociación civil y se habilitó la primera feria local.
A partir de estos hechos, el trabajo huertero comenzó a establecer vínculos con otros espacios. En ambas ciudades se realizaron diversos encuentros para la transmisión de saberes, recorridos a los emprendimientos e intercambios con redes de consumidores, generando nuevos lazos sociales. En ese sentido, Laura Bracalenti afirma: “La conformación de estos espacios interactorales debe intentar trascender la mera agregación de actores para generar un nuevo actor colectivo” (2012: 69).
La crisis global actual desnuda el binarismo sobre el que se apoya el pensamiento moderno y su patrón antropocéntrico, etnocéntrico y androcéntrico. Esto se evidencia con más claridad en las marcas territoriales de contextos como los latinoamericanos que se ubican como el gran desafío de esta época. Esto orientó el presente trabajo, que no pretendió el arribo a conclusiones cerradas o resultados empíricos, ni el abordaje de experiencias para su reproducción como respuesta a la transición socioecológica, sino una reflexión que aporte especificidades al desarrollo teórico del tema en debate y permita esbozar algunas categorías alternativas a la lógica dualista universal incipientes en estas iniciativas. Estas podrían ser incorporadas a la lectura de otros espacios urbanos o habilitar nuevas configuraciones alternativas.
En ese sentido, el paradigma agroecológico como filosofía y la agricultura urbana como eslabón clave en la producción de la ciudad ofrecen herramientas distintas y complementarias para sortear algunos de los rasgos modernos. Ambas propuestas en conjunto configuran una praxis superadora con incidencia en la teoría, la práctica y el territorio. La unión de ambas miradas permite trascender los límites que impiden a cada una de ellas un corrimiento más firme de los binomios conocidos.
Por ejemplo, incorporar la perspectiva de género implícita en algunas experiencias de agricultura urbana es necesario para pensar nuevos espacios que no se estructuren sobre la división sexual del trabajo y colectivizar los cuidados. A su vez, en términos amplios, esto debería involucrar el vínculo con la naturaleza. Por ello, incorporar los aportes de la cosmovisión sobre la que se apoya la agroecología enriquece las experiencias.
Estas dimensiones y la potenciación de ambas propuestas son observadas con similitudes en las experiencias de Rosario y de Mar del Plata sobre las que se apoyó la reflexión. En ambas se valida y se genera un marco legal para un uso del suelo difuso, que no entra en las categorías urbano o rural. Se apuesta al interconocimiento, dándole similar valor a los saberes disciplinares y a los tradicionales. Se propone una relación de cuidado y respeto mutuo entre lo humano y lo no humano. Se construyen espacios que no se pueden definir taxativamente ni como públicos ni como privados, que integran una gran diversidad de usos y funciones con el fin de priorizar el sostenimiento de la vida. Se fomenta la generación de lazos cooperativos y solidarios en las ferias, y la construcción de un nuevo actor social colectivo.
Debajo de estas características comunes observadas se asoman algunas construcciones teóricas que surgen tanto de la incorporación de una perspectiva agroecológica como del hecho de considerar la agricultura para pensar nuevos espacios urbanos. Asimismo, en ciertos momentos la informalidad es también la puerta que rompe la lógica dominante. Sin embargo, cabe aclarar que las experiencias de Rosario y Mar del Plata no se consideran homologables ni comparables linealmente. En ello influye la coyuntura política, las presiones sobre el suelo, cuestiones presupuestarias y los encuentros o desencuentros entre actores en los que se decidió no profundizar en este trabajo. Un punto a destacar está en la génesis de las experiencias y la sinergia lograda entre participantes, lo que determina que en Rosario el programa se configure como una política pública y en Mar del Plata se enmarque en un proyecto de construcción de conocimiento.
El abordaje de lo urbano en esta perspectiva exige poner en debate las categorías y conceptos identificados, puestas en evidencia en los casos, e incorporarlos a las narrativas cotidianas para habilitar nuevas y diversas experiencias. Este trabajo pretende estimular el debate y habilitar la reflexión sobre los espacios urbanos desde lo dialéctico. En ese sentido, la problemática urbana se plantea desde un lugar poco convencional y se apela a la producción de conocimiento desde lugares no hegemónicos.
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∗ L. Ciarniello: Centro Universitario Rosario de Investigaciones Urbanas y Regionales, Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, Universidad Nacional de Rosario (CURDIUR-CONICET-UNR), Rosario, Argentina, ciarniello@curdiur-conicet.gob.ar.
K. Wheeler Grauberger: Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Diseño, Universidad Nacional de Mar del Plata (FAUD-UNMdP), Mar del Plata, Argentina, karenwheelerg@gmail.com.↩︎
Laura Ciarniello se encuentra desarrollando este tema en la tesis “Paisajes ocultos y agricultura urbana. La experiencia de los parques-hHuerta en los bordes territoriales de Rosario” (2004-2022).↩︎
Si bien se suele hacer referencia al proceso de las ciudades como extractivismo urbano, se decide no utilizar ese término ya que, como afirma Eduardo Gudynas (2017), podría quitarle fuerza al concepto que pretende describir el modelo productivo y su vínculo con lo natural.↩︎