Mariana Polizzi1
La política, tanto en América Latina como a nivel global, enfrenta nuevos desafíos en un mundo en transición: pobreza, desigualdad, luchas por nuevas libertades y derechos civiles, un desarrollo de la globalización cada vez más totalizador, entre otros procesos. Es en este sentido que el populismo (en sentido instrumental) ha mantenido su relevancia en el estudio de las ciencias sociales: su eficacia se debe, a grandes rasgos, al carácter perenne de su mito fundacional. Su persistencia, su transmutación y su expansión como fenómeno mundial son aspectos deudores de la narrativa tripartita fundante: líder, héroe y villano. El populismo fue dado muchas veces por muerto y, sin embargo, sigue aquí: de ahí que la autora nos indique su carácter eficaz como hecho político.
Casullo aborda la problemática mediante una estrategia eminentemente cualitativa, en la cual la estructura de la obra se compone de una introducción y cinco capítulos en los que analiza diversos casos “populistas”, más las conclusiones del estudio. Si bien la obra original fue publicada hacia fines de 2019, el texto hoy recobra plena vigencia: como su título lo indica, el imaginario de un “mundo en crisis” sobrevive hasta nuestros días; recientemente, a la complejidad de las demandas políticas alrededor del mundo se le ha sumado la crisis desatada por la pandemia del covid-19 que configuró un escenario que refleja tres consecuencias inmediatas: a) en la dimensión socioeconómica, en la que se hace evidente una creciente desigualdad, lo cual implica una brecha mayor no solo entre ricos y pobres, sino también una creciente diferenciación entre regiones y subcontinentes, siendo América Latina el área geográfica más inequitativa del planeta; b) en la esfera política, en la que es posible canalizar las demandas socioeconómicas a través de la participación en las instituciones democráticas, pudiendo producirse diversas modificaciones, como mayor polarización, alternancia de signos políticos, etc. y c) una reconfiguración del orden mundial, en la cual se observa actualmente una asimetría de poder entre los Estados (y entre los bloques regionales, si los hubiere) producto de un mundo que enfrenta múltiples desafíos. Entonces, ¿el populismo podría ser una respuesta para todos estos argumentos?
Ya en la introducción, Casullo nos presenta el concepto de “mito populista”: como señaláramos previamente, la explicación fundante del fenómeno se centra en una tríada compuesta por el líder redentor del pueblo, el héroe y el villano. El líder populista se autopercibe como salvador del pueblo oprimido que sufre las vicisitudes y embates del opresor. Este villano puede ser tanto un adversario externo como un enemigo interno. Asimismo, este mito fundacional cuenta con un héroe (dual): el pueblo (héroe colectivo), que requiere de un líder que lo organice y lo guíe a largo plazo, para así evitar una acción política efímera.
Por otra parte, la autora claramente adopta una impronta discursiva para acercarse a esta relación triádica, ya que enfatiza en esta dimensión con el objetivo de reflejar el carácter externo del líder, esto es, como outsider: un actor que resulta ajeno al sistema de partidos y a las élites gobernantes. Esto le permite al líder, mediante el uso de la narrativa, reforzar la idea de pureza y exclusiva vocación de servicio, diferenciándose del clásico político perteneciente a la “casta” (quien persigue exclusivamente el rédito individual) y, a su vez, percibido como enemigo de ese pueblo sufriente. De ahí que sea factible plantear la existencia de un relato fundacional, dando cuenta del carácter principalmente discursivo del fenómeno.
En el primer capítulo del libro, Casullo hace un preciso recorrido por las transformaciones más recientes respecto del régimen democrático (durante el siglo XX), vinculándolas al ideario populista, acaso para rastrear sus orígenes más primigenios en América Latina. Podemos identificar este desarrollo en dos etapas destacadas: la primera, que coincide con el período de entreguerras y la expansión del Estado de bienestar en las democracias occidentales (más la reconstrucción europea) y la segunda, hacia finales del siglo pasado, en la cual es posible resaltar la preeminencia de la democracia liberal y la consolidación de la hegemonía estadounidense a partir de la desintegración de la Unión Soviética en 1991 (lo que Francis Fukuyama refería en su trabajo El fin de la Historia y el último hombre). Es interesante la dicotomía planteada por la autora a la hora de ejemplificar algunos resultados políticos de este proceso, como el surgimiento de liderazgos políticos históricos en América Latina (Juan Domingo Perón y Getulio Vargas en Argentina y Brasil, respectivamente) coincidentes con la primera etapa señalada y la contestación al neoliberalismo y el devenir de gobiernos de corte progresista, en sintonía con la hegemonía estadounidense mentada. Otro aporte importante de este primer capítulo es la clasificación (en clave de marco teórico) del concepto de populismo según la teorización de diversos autores: como campo discursivo (Ernesto Laclau), como estrategia de poder (Kurt Weyland), como ideología delgada (Cas Mudde) y como dimensión sociocultural (Pierre Ostiguy).
En el segundo capítulo, la autora realiza una reconstrucción genealógica del concepto de populismo: desde la Antigüedad clásica (Platón, Aristóteles), pasando por Maquiavelo (padre del realismo político), hasta el liberalismo moderno, es decir, la idea de representación mediante la figura del príncipe (ergo, el líder populista de nuestros días). Y así se reintroduce la conceptualización del mito populista y el papel clave que tiene en la “redención” del pueblo oprimido: el antagonismo entre “nosotros” (el pueblo) y “ellos” (la élite que gobierna) solo puede ser aplacado por el héroe (singular), o sea, el líder populista en torno al cual el pueblo se moviliza. En este relato fundacional, el líder se presenta como ajeno a la arena política, con el objetivo de presentarse a sí mismo como un servidor que se involucra en los asuntos públicos para rescatar al pueblo doliente por los abusos de esa “casta” gubernamental. Con el objetivo de reafirmar este planteo, la autora presenta tres arquetipos de outsiders disímiles entre sí: 1) el militar patriota (Perón, Vargas, Chávez); 2) el dirigente social, contestatario al orden neoliberal (Lula, Evo Morales); 3) el empresario exitoso (Berlusconi, Trump).
En el tercer capítulo, la politóloga realiza un recorrido histórico-político en torno a los gobiernos de corte progresista en América del Sur, es decir, el período 1998-2015 que comprende, en primer término, la llegada de Hugo Chávez a la presidencia de Venezuela, transita luego los años de Lula en Brasil y los gobiernos de Kirchner y Fernández de Kirchner en Argentina, hasta llegar al desenlace neoconservador que tiene como correlato el fin de la era “izquierdista” en nuestro subcontinente. ¿Cómo fue posible la llegada de esa clase de gobiernos a la región? Siguiendo a Casullo, la radicalización discursiva generó respuestas a las demandas sociopolíticas y económicas de los pueblos sudamericanos, que habían soportado los embates de la década neoliberal (países como Argentina y Chile fueron un claro emblema de esos postulados) y reclamaban para sí una mayor presencia estatal en tanto y en cuanto garante del bienestar social.
En el cuarto capítulo, Casullo analiza el ascenso del populismo de derecha (de corte xenófobo) en América y Europa, toma como casos de estudio dos liderazgos: Donald Trump en Estados Unidos y Marine Le Pen en Francia. El populismo de derecha (y su matriz discursiva) implica respetar las reglas de juego de la democracia moderna, pero rechazando el carácter liberal de esta; lo paradójico del caso es que estos liderazgos dicen representar al “hombre de pie”, pero finalmente terminan polemizando con sectores que no forman parte de las élites económicas y sociales: los inmigrantes, las minorías étnicas y sexuales, los excluidos del sistema, entre otros (lo que la autora llama “pegar hacia abajo”). En este mismo capítulo, además, es interesante cómo se presentan estos dos liderazgos. Por un lado, un empresario exitoso que se asoma a la arena partidaria para “rescatar a su país de las garras de China y hacerlo grande nuevamente”; por el otro, una lideresa que no se reivindica a sí misma a través del feminismo entendido como movimiento colectivo, sino que defiende su postura de mujer profesional, independiente y madre que viene a poner a Francia y a los franceses (blancos y nativos) en primer lugar, luchando principalmente contra la “invasión” de inmigrantes en su país.
El quinto capítulo está dedicado al liderazgo político de Mauricio Macri en Argentina; la autora considera que se produce un pasaje del liberalismo hacia el neoconservadurismo, que llega en 2015 al sillón de Rivadavia. Entre las razones de esta victoria pueden argüirse dos vertientes: a) la exitosa estrategia comunicacional, que le permitió al expresidente argentino desplegar una imagen más cercana al ciudadano común y b) el hecho de antagonizar activamente contra el kirchnerismo (“pegar hacia arriba”): el empresario exitoso contra la casta gobernante.
Por último, la politóloga presenta las conclusiones de su estudio, en las que en primer lugar explicita una fuerte vinculación entre las crisis socioeconómicas y la oportunidad del populismo para dar batalla electoral y brindar respuesta para las demandas postergadas de las sociedades, al menos desde la eficacia discursiva de sus propuestas. Si bien es factible señalar que países como Argentina, Bolivia y Venezuela han contado con liderazgos populistas en los últimos años, este no ha sido el caso de Chile y Uruguay; sin embargo, la vía hacia el populismo puede ser allanada mediante los cambios operados en las sociedades.
Otra conclusión presentada se vincula con los gobiernos neoconservadores que surgieron en nuestra región a partir de 2015: si bien el populismo muestra su eficacia en dar respuesta a las demandas sociales más urgentes, ello no implica que sea una propuesta invencible. De hecho, Casullo advierte que amplias capas de la sociedad empezaron decantar en alternativas más tradicionales e, incluso, con un perfil más institucionalista y/o menos confrontativo.
¿Por qué funciona el populismo? cobra, al día de hoy, una notable relevancia por el contexto de crisis en el que se encuentra el mundo, especialmente luego de la aparición de la pandemia del coronavirus. Las consecuencias actualmente conocidas a nivel social, económico y político (e incluso geopolítico, con la invasión rusa de Ucrania, por caso) permiten referir a un reordenamiento global en el que están emergiendo muchas salidas “por derecha”: el mundo se encuentra en profunda transmutación, y la idea del poder como dinámica relacional está más acentuada que nunca. Si “la actividad política humana central es la acción” (Arendt, 1997:151), es menester destacar la posibilidad factible del populismo como herramienta de movilización de los pueblos dolientes del mundo, en el cual se activa la promesa de efectuar cambios tendientes a responder las demandas societales, sea pegando hacia arriba o hacia abajo.
Arendt, H. (1997). ¿Qué es la política? Barcelona: Paidós.
Fukuyama, F. (1992). El fin de la Historia y el último hombre. Barcelona: Planeta.
∗ Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), Universidad de Buenos Aires (UBA), Argentina, mariana.polizzi@unibo.it.↩︎