Espectáculo y política en la Argentina del siglo XX
Javier Guiamet y Florencia Calzon Flores*
Una de las consecuencias más visibles del proceso por el cual la cultura se volvió masiva fue la proliferación y difusión a una escala inédita de diversos espectáculos cuyo impacto redefinió las formas en que la sociedad se vinculaba con los consumos culturales. Si el siglo XX es impensable sin los espectáculos masivos y los grandes públicos o audiencias, lo cierto es que este proceso daba cuenta no solo de un fenómeno de cantidad, sino también de calidad. Como sostiene Graciela Montaldo (2016), la aparición del espectáculo, en este contexto, expresó una nueva práctica de experiencia cultural en comunidad. Si en el centro mismo de la noción de espectáculo se encontraba la relación entre lo exhibido y el público que contempla (González Requena, 1985), la imbricación de lo cultural con lo masivo, a través de la mediación del mercado y del público como consumidor, se asoció con el gusto plebeyo y con la inclusión de las masas. Montaldo (2016) recorta a partir de la noción de espectáculo la configuración de un nuevo tipo de consumo en el que la primacía del impacto y la sofisticación visual cuestiona y rediseña el sensorium culto. La aparición de los espectáculos masivos ocupó un espacio que los artistas e intelectuales tradicionales sintieron usurpado. Esta usurpación se reflejó en la valorización negativa sobre el espectáculo y la cultura de masas con la que muchos intelectuales interpretaron el fenómeno.
Esta tensión de origen con las esferas de la legitimidad cultural no impidió que distintos espectáculos multiplicaran su llegada a segmentos de la población cada vez más numerosos y que trascendieran el marco específico del entretenimiento per se, entrelazándose con los procesos más generales de las sociedades modernas. Un corpus creciente de investigaciones ha dado cuenta en las últimas décadas de la importante presencia en las representaciones ficcionales y artísticas de circulación masiva de las tensiones políticas y culturales de las sociedades en que fueron concebidas.
Del mismo modo, y en estrecho vínculo, es posible observar un acercamiento cada vez más decidido y profesionalizado de diferentes actores de la política no solo al uso de los nuevos soportes tecnológicos, sino también a las lógicas de representación que impulsaron espectáculos diversos. El siglo XX significó el surgimiento de nuevas prácticas políticas, nacidas al calor de la democratización y de la incorporación de nuevos sectores a la vida pública. La ampliación de la ciudadanía política supuso la necesidad de apelar a las masas a través de formas de propaganda y persuasión, que incluyeron los medios masivos de comunicación, como la prensa, la radio y el cine, canales privilegiados de la cultura de masas. La política incorporó una serie de actores y experiencias sociales, que no se restringían al funcionamiento del Estado, los partidos y los líderes políticos (Gayol y Palermo, 2018). En este contexto, el espectáculo emergió como lenguaje de la política y como arena de politización de nuevos sectores sociales. Al respecto, si la Ley Sáenz Peña “no sancionó legalmente una realidad político-social que le era previa, sino que abrió una etapa transicional; destruyó elementos del anterior sistema político, pero lo nuevo debería formarse” (Garguin, 1999: 178), dicha transición hacia la política de masas estuvo signada por un acercamiento cada vez mayor a las lógicas de la representación y el espectáculo al ritmo de una disputa cada vez más competitiva por la adhesión del electorado. Como señala Silvana Palermo, en esta contienda por los votantes, la política muchas veces devenía en espectáculo (2016: 46), una lógica que puede haber surgido de modo intuitivo, pero que iría ganando profesionalismo a lo largo de las décadas siguientes. Este solapamiento entre ambas esferas no hizo más que crecer a lo largo de la centuria, aunque ello no se haya acompañado hasta hace pocos años de investigaciones que interroguen ambos fenómenos de modo relacional.
En esta línea, el artículo de Andrés Bisso analiza el lugar del Estado en relación con las políticas culturales a partir del prisma de los proyectos de homenajes a artistas realizados por la Cámara de Diputados Nacional en el período de entreguerras. Motivados en principio por los pedidos de promoción estatal por parte de los artistas, las disquisiciones de los diputados permiten observar tensiones entre lo “culto” y lo “popular” al establecer qué artistas resultaban dignos de homenaje, al mismo tiempo que evidencia un proceso de democratización de los honores y un funcionamiento político cada vez más emparentado con la gestualidad de lo popular.
Invirtiendo el foco, Paula Martinez Almudevar estudia las experiencias organizativas y los posicionamientos políticos del mundo de la radio a fines de los años treinta y principios de los cuarenta, en un escenario internacional atravesado por las consecuencias de la guerra civil española y la Segunda Guerra Mundial. Lo hace a través del seguimiento de una trayectoria individual: la de Fernando Ochoa, cuya adhesión al antifascismo entraría en tensión con posturas proteccionistas de tinte nacionalista de los gremios que aspiraban a mantener el lugar de artistas argentinos en las grillas de programación ante la llegada de artistas extranjeros, fruto de diversos exilios políticos.
Por su parte, Florencia Calzon Flores estudia la relación entre espectáculo y política durante los años peronistas a partir de la trayectoria personal de Fanny Navarro, una actriz que construyó su rol como figura popular en la confluencia entre la labor artística y el compromiso político, a partir de la colaboración en la aplicación de políticas laborales para el colectivo de las actrices y políticas culturales del gobierno. Esta identificación con el peronismo se reflejó en los papeles que interpretó en la pantalla, en los que personificó a migrantes internos, habitantes de suburbios, trabajadores, etc. La imagen pública de Navarro supuso una novedad de la figura estelar, sostenida en nuevos pilares que excedían la calidad artística en relación con el mérito o el talento e incorporaban el arte en una matriz política.
Por otro lado, el artículo de Daniel Sazbón pone la mirada sobre las tensiones en torno a la identidad e idiosincrasia nacional, al estudiar la complejidad de relaciones entre los componentes del espectáculo futbolístico en los años cuarenta y cincuenta del siglo XX: jugadores, dirigentes, periodistas, hinchas y árbitros. Lo hace a partir de la adopción por parte de la Asociación de Fútbol Argentino (AFA) de una medida inédita: la contratación de árbitros británicos para dirigir los partidos de la primera división de la liga local. Según el autor, la medida poseía una fuerte carga ideológica, basada en la preocupación de modificar la indisciplina de los jugadores y la incultura del público, considerada una consecuencia de la popularización y profesionalización del fútbol, que había significado la perversión del espíritu de sportmanship propio de la época amateur. La contraposición entre males locales y bondades foráneas alentaba una pedagogía cívica en la que el trasplante de hábitos y costumbres de Europa tendría un efecto aleccionador y disciplinante sobre los sectores populares argentinos.
Por último, los artículos de Julián Delgado y Diego Labra se sitúan en dos momentos puntuales en los que la recepción de un determinado fenómeno cultural promovió una reformulación conflictiva de prácticas y símbolos de la cultura local. En el primer caso, Julián Delgado analiza la presentación al público argentino de los Beatles, en los años que van de 1964 a 1966, focalizando en las estrategias de la industria discográfica y los medios de comunicación. A partir de las traducciones y explicaciones hechas para las ediciones locales de los discos y la presentación visual de la estética beatle, Delgado afirma que el desembarco de la mítica banda de Liverpool excedió por mucho el aspecto sonoro o musical y motorizó una serie de tensiones vinculadas a los patrones culturales más conservadores que la “juvenilización” de la cultura masiva vino a desafiar.
En el caso de Diego Labra, la apertura de la primera “comiquería” de la ciudad de Buenos Aires en la década de 1990, al calor de la difusión del manga japonés y la apertura comercial promovida por el menemismo, le sirve para repensar una dinámica de circulación cultural signada por distintas escalas de la globalización o, como él mismo la define, una globalización de segunda mano. En tanto el manga se traducía masivamente en plazas editoriales más fuertes como España o México, su llegada en forma de “dumping” comercial a Argentina despertó el rechazo de los nostálgicos de un tiempo de oro de la historieta argentina al tiempo que redefinió las lógicas comerciales del mercado local y desplazó a los históricos editores argentinos, impotentes frente al avance de la cultura japonesa.
En conjunto, los artículos del dossier invitan a repensar las mediaciones entre la cultura y la política en la Argentina del siglo XX, desde la conformación de un formato y lenguaje propio que denominamos espectáculo, capaz de satisfacer las demandas de nuevos consumidores. Consumidores y también ciudadanos que redefinen sus identidades en el marco de prácticas políticas que incluyen el voto, pero no se ciñen a él. Las problemáticas de los artículos permiten multiplicar los ámbitos de pronunciamiento de lo político y la significación de la cultura como arena de definición de valores, prácticas y discursos sociales.
Bibliografía
Gayol, Sandra y Palermo, Silvana (eds.) (2018). Política y cultura de masas en la Argentina de la primera mitad del siglo XX. Buenos Aires: UNGS.
Garguin, Enrique (1999). “La marea roja. El triunfo socialista en las elecciones porteñas de 1913”. Sociohistórica, nº 6, pp. 147-181.
González Requena, Jesús (1985). “Introducción a la teoría del espectáculo”. Telos, nº 4, Madrid.
Montaldo, Graciela (2016). Museo del consumo: archivos de la cultura de masas. Buenos Aires: FCE.
Palermo, Silvana (2016). “Tribunas y panfletos: la primera campaña presidencial del Partido Socialista bajo la ley Sáenz Peña”. Estudios, nº 35, pp. 37-56.
* J. Guiamet: IDIHCS/UNLP/UNAJ.
F. Calzon Flores: UNAJ/UNSAM.