La prensa deportiva y la educación de las masas. El caso de los árbitros ingleses en la Argentina

Sport Journalism and the Instruction of the Masses. The Case of the English Referees in Argentina

Daniel Sazbón1

Resumen

En mayo de 1948 la Asociación de Fútbol Argentino (AFA) adoptó una medida inédita: la contratación de árbitros provenientes del campeonato británico para desempeñarse en los partidos de primera división de la liga argentina. Una larga lista de polémicas y escándalos, referidos tanto a las prerrogativas de las que gozarían los equipos “grandes” como al mal comportamiento de jugadores y espectadores, alimentaron esta decisión, bien recibida por varios de los actores participantes del espectáculo futbolístico local. Con varios cambios a lo largo del tiempo, la presencia de árbitros británicos en el fútbol argentino se prolongó hasta 1958.

El episodio dio lugar al despliegue de numerosas intervenciones periodísticas en las que, al mismo tiempo que se presentaba a los referees importados como encarnación de idoneidad, justicia y conocimiento del reglamento, se los oponía a las características negativas que se adjudicaban a la idiosincrasia del fútbol local, tanto en la indisciplina de los jugadores como a la incultura e intemperancia de los espectadores. Más allá de la especificidad deportiva, tales intervenciones eran portadoras de una fuerte carga político-ideológica, en la que se cruzaba la clásica contraposición entre males locales y bondades foráneas con una aplicación ingenua del modelo del trasplante y con la necesidad de reeducar y poner límites a los desbordes de los actores locales siguiendo el ejemplo importado. Sobre tales discursos tratará este artículo.

Palabras claves: deporte, peronismo, violencia, normas.

Abstract

In May 1948, the Argentine Football Association (AFA) adopted an unprecedented measure: the hiring of referees from the British championship to play in the first division matches of the argentine league. The decision was fueled by a long list of controversies and scandals, referring both to the prerogatives that the “big” teams would enjoy and the bad behavior of players and spectators, and it was well received by several actors participating in the local football scene. With several changes over time, the presence of British referees in our football lasted until 1958.

The episode led to the deploying of several journalistic interventions, presenting the imported referees as the embodiment of suitability, justice and knowledge of the regulations, as well as opposing them to negative traits attributed to the idiosyncrasy of local football, both in the indiscipline of the players and the intemperance and lack of education of the spectators. Beyond the specificities of the sporting event, such interventions were strongly political-ideologicaly charged, intersecting the classical contrast between local evils and foreign benefits intersected with a naive application of the transplant model and with the need to re-educate and set limits. to the overflows of local actors following the imported example. This article will deal with such speeches.

Keywords: sport, peronism, violence, norms.

Introducción

El temprano y acelerado desarrollo de los espectáculos deportivos en la Argentina en las primeras décadas del siglo XX se tradujo de modo casi inmediato en un formato periodístico propio del nuevo fenómeno, a su vez parte de las transformaciones que atravesaba la prensa durante el período, como resultado de la conformación de un mercado de entretenimientos culturales que requería la adopción de formatos y lenguajes propios capaces de satisfacer las demandas de estos nuevos consumidores.2 Al igual que ocurrió con productos como el cine, el teatro o la música, la cobertura de los deportes de atractivo masivo por parte de la prensa (en primer lugar, el hipismo y el boxeo, y, posteriormente, el fútbol) supuso la aparición de discursos periodísticos particulares, basados tanto en novedosos mecanismos de interpelación a los lectores como, sobre todo, en un original posicionamiento de parte de los medios gráficos.

Si bien existieron notables diferencias en este sentido –con algunas estrategias más inclinadas a una identificación del medio de prensa con “la voz de la tribuna”, mientras que otras preferían dirigirse a sus lectores desde una posición de mayor autoridad–,3 adoptaron una clara postura didáctica e intentaron no solo instruir a sus lectores (identificados tempranamente en algunos medios con los “hinchas”) en todo lo referido al reglamento del fútbol, sino, aún más, educarlos en cuanto al comportamiento que debía esperarse de ellos en relación con el espectáculo deportivo. Esta pretensión pedagógica, sin dudas, fue mucho más marcada en la prensa política, sobre todo en aquellos movimientos que recelaban de los deportes de masas y exhortaban a sus lectores a preservar su “cultura moral”,4 pero también puede hallarse en distintos exponentes del periodismo comercial (Bergel y Palomino, 2000).

En este trabajo5 nos concentraremos en la cobertura dada por la prensa diaria porteña6 a la medida adoptada en 1948 por la Asociación de Fútbol Argentino (AFA): contratar jueces británicos para desempeñarse en la primera división de la liga argentina en reemplazo de sus pares locales. La iniciativa resultó de una larga serie de situaciones polémicas que se tradujeron en la impresión generalizada de que el nivel del arbitraje local impedía el desarrollo normal del espectáculo futbolístico. La imagen de corrección de la que gozaban los referees importados, insospechados por su lejanía geográfica y cultural de parcialidad a favor de los equipos locales más poderosos, alimentó una decisión que fue, en general, bien recibida; con nombres que se fueron renovando, los árbitros ingleses permanecerían en el fútbol argentino hasta 1958.

El episodio dio lugar al despliegue de numerosas intervenciones periodísticas en las que, al mismo tiempo que se presentaba a los referees importados como encarnación de idoneidad, justicia y conocimiento del reglamento, se oponían estos atributos a los rasgos negativos que la prensa adjudicaba a la peculiar idiosincrasia del fútbol local, con énfasis en la indisciplina y falta de “deportivismo” de los jugadores, así como en la incultura e intemperancia de los espectadores, poco afectos a tolerar las decisiones arbitrales que contradecían sus propios criterios. Si bien enfocadas explícitamente en la temática futbolística, tales intervenciones eran claramente portadoras de una fuerte carga ideológica, en la que la contraposición entre males locales y bondades foráneas alimentaba una pedagogía cívica asentada en la preocupación por poner límites a los desbordes. De acuerdo con la implícita antropología política sobre la que descansaban estos diagnósticos, el trasplante de costumbres y hábitos importados de Europa tendría un efecto aleccionador y disciplinante sobre los sectores populares argentinos –jugadores e hinchas–, aquejados por una ingénita incapacidad para adecuarse a normas y disciplinas.

Significativamente, en un escenario periodístico cruzado por sus diferencias y tensiones (desde los diferentes “contratos de lectura” propuestos por las publicaciones, con sus naturales diferencias de estilos [Verón, 1985; Steimberg, 1993] hasta su inscripción en las divisiones políticas propias de la Argentina del primer peronismo, pasando por su natural competencia en el mercado editorial) estas miradas fueron hasta cierto punto ecuménicas. Esta relativa universalidad, al mismo tiempo que podría estar expresando algunos rasgos propios del lugar de enunciación adoptado por el periodismo deportivo –su ya referida tendencia a adoptar posturas pedagógicas y moralizantes frente a las conductas del resto de los protagonistas de los espectáculos masivos (Frydenberg, 2011)–, tributa también a la peculiar autonomía relativa de la esfera deportiva en el escenario sociocultural (Gruneau, 1980),7 apreciable en las especificidades de los discursos de prensa que lo tienen como objeto.

Indisciplina y desbordes en el fútbol argentino: “enseñar a las muchedumbres”

Los problemas que debía afrontar el arbitraje argentino, tanto por los desbordes del público en las canchas como por la indisciplina de los jugadores, son consustanciales a la historia misma del fútbol en la Argentina desde el momento en que adquirió cierto grado de popularidad. Los episodios más o menos violentos –desde insultos y agresiones verbales hasta invasiones de campo, lanzamiento de proyectiles y agresiones con armas de fuego– aparecen ya en los albores del siglo XX y motivaron en muchos casos la intervención de fuerzas policiales. Las dificultades de jugadores y espectadores para aceptar lances de juego o fallos arbitrales contrarios a su percepción acerca de lo que era “justo” fueron motivo de preocupación temprana del periodismo; en contraste, la aceptación de la derrota y, sobre todo, de la autoridad arbitral era uno de los principales atributos que indicaba la posesión de “caballerosidad deportiva” o fair-play, cualidad propia del fútbol practicado primigeniamente en la Argentina por los miembros de la colectividad británica (Frydenberg, 2011).

Tal situación estructural tendió a agravarse desde la década de 1920, cuando la popularización del fútbol dio paso a su “espectacularización” y masificación. En 1926, la amnistía general decidida por la Asociación –entonces presidida por el empresario periodístico Natalio Botana– a jugadores suspendidos o expulsados por actos de indisciplina (principalmente amenazas a los árbitros) dio como resultado la primera huelga de los referees criollos, desautorizados por esta medida inconsulta.8 Si bien la huelga tuvo una resolución rápida, ilustra bien la complejidad de las relaciones entre los componentes del espectáculo futbolístico: jugadores, dirigentes, árbitros y periodistas.9 A todos ellos se dirigía la Asociación de Football cuando llamaba a constituir un “frente único” para enfrentar los “desórdenes”:

El peor mal que sufre el football consiste en la falta de caballerosidad de los partidarios del team vencido. Contra ese mal deben formar un frente único los periodistas, los dirigentes del deporte y el público culto que concurre a las canchas. Hay que enseñar a las muchedumbres a conducirse cuando el resultado de la lucha es adverso a sus simpatías (AAAmF, Memoria y Balance, 1930: 22; el destacado es propio).10

Al menos en lo que hace a la prensa, este llamado no parecía necesario, ya que su discurso tendía espontáneamente a la recriminación a los responsables de las situaciones violentas (jugadores, hinchas, dirigentes, árbitros), distinguiendo pedagógicamente, como pedía la Asociación, entre quienes respetaban la necesaria disciplina y aquellos que no lo hacían. Así, podía saludar a los jugadores de River y Rosario Central por su desempeño “sin gestos de disconformidad”,11 o a los simpatizantes del equipo riverplatense por la dignidad con la que “supieron perder” de locales contra Quilmes, al que despidieron “con una sostenida ovación”,12 y censurar a la parcialidad de Boca Juniors –o, más precisamente, a un “núcleo pequeño, revoltoso y rebelde”, a quienes “solamente puede calmar la policía” usando mangueras de agua– por confundir su fidelidad a los colores con hechos propios de “exaltados que no saben medir el alcance de sus actos”, dictaminando que “así no se alienta”.13

En cuanto al arbitraje, las reconvenciones del periodismo irán en la misma dirección, hablando de su “estado de descomposición” y de la “absoluta falta de carácter” de la mayoría de los árbitros, notoria en la tolerancia que exhiben ante “gestos e insultos” de los jugadores.14 Hacia 1930, la violencia contra los árbitros era tan grave que se llegó a considerar peligroso que el periodismo informara los nombres de los designados para dirigir partidos de importancia, dado que esto podía llevar a que recibieran apremios de algún tipo (Frydenberg, 2011: 163). A fines de esa década, “frente al consabido problema del referato”, la AFA creó una “Academia de Referees” (1939),15 así como una “Comisión Neutral de Referees” (1940) para evitar sospechas de parcialidad en la designación de jueces. Por su parte, en esos años los propios réferis comenzaron a dar pasos para hacer oír su voz: a la revista El árbitro, que buscaba enfrentar las críticas “malintencionadas” de la prensa, se le sumó en 1942 su agremiación en lo que hoy es la Asociación Argentina de Árbitros, con el objetivo de ejercer una “defensa corporativa” ante las dificultades que atravesaban en el desarrollo de su actividad” (Martínez de León, 2014). En 1944, en protesta por la agresión sufrida en un partido de segunda división, los árbitros decidieron “abstenerse” de participar en la fecha siguiente; la AFA respondió suspendiendo a los jueces por seis meses y convocando a aficionados y exjugadores para reemplazarlos.16

Es hacia esos años que surge la idea de remediar los males del arbitraje argentino importando jueces ingleses; la centralidad simbólica que aún poseía todo lo referido a Gran Bretaña en términos de sportsmanship y su asociación evidente con el concepto de fair-play, condensado en el recuerdo del Alumni, que rápidamente iba adquiriendo estatura mítica –sobre todo en contraste con los males asociados al fútbol profesional–, así como la continuada presencia de marcas británicas en el fútbol argentino, explican el prestigio del que gozaban sus réferis como garantía de imparcialidad e idoneidad para impartir justicia en el campo de juego.17 El primer proyecto fue presentado en 1933 por el presidente del club Ferro Carril Oeste, el también británico Juan (John) Parsons, aunque la iniciativa no entusiasmó a sus pares.18 No obstante, en 1937, se terminaría contratando al árbitro inglés Isaac Caswell, quien llegó a nuestro país envuelto en gran expectativa.19 Su actuación fue saludada por la prensa, que destacó la “excesiva diferencia” con sus pares locales.20 Caswell solo permaneció en el país hasta 1939, por desavenencias económicas con la AFA, para gran lamento de la prensa, que despidió a quien había dado “cátedra” arbitral: “… su presencia en los fields era siempre una garantía y la seguridad de que el partido había de finalizar normalmente”.21

En mayo de 1944, en una extensa y tumultuosa sesión secreta de la Comisión Neutral de Referees de la AFA, se volvió a insistir en la conveniencia de importar árbitros de Gran Bretaña, teniendo en cuenta el buen antecedente de Caswell y el “mayor conocimiento” técnico y respeto por las reglas del fútbol de los jueces ingleses en comparación con sus pares argentinos.22 La idea no logró convencer a los directivos de la Asociación y quedó archivada hasta que nuevos episodios conflictivos la hicieron reflotar pocos años después; entre ellos, el más conocido, por su gravedad y espectacularidad, fue el que tuvo lugar el 27 de octubre de 1946 en Rosario, cuando el árbitro Osvaldo Cossio estuvo muy cerca de ser ahorcado por los enfurecidos hinchas “leprosos”.23 En junio de 1947, se produjeron nuevos incidentes, incluyendo la invasión al terreno de juego de Estudiantes de La Plata (luego de derribar el alambrado protector), reprimidos con gases y mangueras de agua. Este hecho, sumado a otros similares de la misma fecha en las divisiones de ascenso, motivaron una decisión drástica del referato argentino: no volver a arbitrar en partidos en las canchas de los equipos involucrados. Al mismo tiempo, se le pedía una audiencia al presidente Perón para referirle el peligro que significaba “el auge de la incultura en los campos de deporte”.24

La importación de árbitros

Finalmente, en noviembre de 1947, el Consejo Directivo de AFA resolvió hacer gestiones para contratar árbitros extranjeros “con preferencia británicos”, que fueron encomendadas a Manuel D. González, presidente de la comisión de árbitros, quien viajó a tal efecto a Gran Bretaña; la medida, al parecer, fue tomada sin consultar a los jueces locales, que no dejarían de hacer oír su disconformidad ante una decisión que los relegaba de los partidos de primera división.25 Por su parte, la prensa le dio gran cobertura al hecho, anunciando tanto la partida como la llegada de los visitantes.26 El inicio del campeonato de primera división de 1948 vino cargado con una expectativa inusitada; ese 18 de abril hicieron su esperado debut los 8 árbitros importados por la AFA;27 todos los partidos de la primera fecha –el campeonato de primera contaba entonces con solo 16 equipos– tuvieron a un juez británico como autoridad de justicia. Los aficionados locales se dieron cita en masa en los estadios para ver el espectáculo agregado de esas curiosas presencias foráneas, que habían arribado al país el mes anterior.28

En rigor, el debut de los referees británicos se había producido con anterioridad al inicio del torneo; muchos ya habían tenido ocasión de foguearse algunas semanas atrás en partidos amistosos con los que la Asociación quiso aclimatarlos y hacerles conocer las características del fútbol argentino, y particularmente las de sus expansivos simpatizantes. Por otro lado, a principios de abril se había comenzado a jugar la Copa Británica de ese año, un torneo oficial que se venía jugando en nuestro país desde 1944,29 que constituyó una inmejorable ocasión para el estreno de los árbitros provenientes de las islas. La prensa no dejó pasar la ocasión de reflejar con humor inocente tal coincidencia,30 al mismo tiempo que señalaban su beneplácito por él “profesionalismo” exhibido a la hora de impartir “autoridad y disciplina” a los jugadores.31

Durante buena parte del resto de ese accidentado campeonato de 1948 –que se debió suspender en tres ocasiones por los conflictos que enfrentaron a jugadores y dirigentes, y desembocó en una huelga que amenazó con suspender del todo al certamen (Frydenberg y Sazbón, 2015)–, los jueces ingleses impartirían justicia en los partidos de primera división, paseando su pintoresca estampa en distintas canchas del país, en las que eran ovacionados al ingresar a terreno de juego.32 Los medios de prensa tendieron a saludar su actuación, alternando ingenuas ironías acerca de la indumentaria de los jueces (los llamativos sacos a rayas británicos) con la admiración que causaba la firmeza de su actuación y el conocimiento que exhibían del reglamento.33 Su imagen se hizo familiar para los lectores de las páginas deportivas, y la autoridad en materia futbolística de la que se los suponía portadores era tal que hasta servía para publicitar la calidad de las tradicionales pelotas de fútbol La criolla (nombre ahora algo paradójico), que eran “aprobadas por los referees ingleses”.

Imagen 1. El Gráfico, 7 de mayo de 1948

Si bien algunos de los visitantes regresarían al año siguiente a su país, la mayoría fue reemplazado por otros de similar procedencia.34 Los registros de la AFA muestran que durante varios años los partidos de la primera división siguieron siendo arbitrados por jueces importados hasta bien entrada la década siguiente, aunque ya no en exclusividad, ya que fueron alternando los partidos de primera división con jueces locales. En 1958, al finalizar sus contratos, los últimos árbitros ingleses dejaron la Argentina (con la excepción de Robert Turner, quien se radicó en nuestro país).

Los efectos concretos que tuvo la importación de árbitros en el desarrollo del fútbol argentino son difíciles de determinar, dado que los registros periodísticos están teñidos de un impresionismo que puede distorsionar su real efecto, al igual que ciertas reconstrucciones posteriores.35 Lo cierto es que una revisión de las tablas de posiciones del período nos muestra un panorama bastante tradicional, con los 5 grandes peleando siempre las primeras posiciones, con algunas excepciones puntuales que resulta difícil atribuir a la novedad arbitral.36 Probablemente las consecuencias más reales y duraderas del arribo de los árbitros británicos hayan sido, por un lado, la incorporación de los dorsales en las camisetas de los jugadores, medida necesaria para su identificación por parte de los recién llegados, que naturalmente desconocían sus nombres, y, por el otro, la eliminación de la figura del “cronometrista”, es decir, las personas designadas por AFA para controlar el tiempo del juego.37 En cuanto a los desórdenes y episodios conflictivos que habían dado lugar a su convocatoria, el panorama no se modificó en demasía, como veremos.

Contra las malas artes de nuestros jugadores: “agachar la cabeza”

Pero más allá de los resultados que haya podido tener la medida adoptada por la AFA sobre la práctica del juego, aquí nos interesa analizar el impacto que tuvo la novedad en la prensa masiva porteña. Uno de los atributos más valorados de la actuación de los árbitros importados de las islas era su supuesta objetividad a la hora de ejercer sus funciones, sin tener en cuenta el color de la camiseta ni el peso del club en cuestión, algo que colocaba la medida en sintonía con el igualitarismo de los nuevos tiempos. Recordemos que, al año siguiente de la llegada de los “ingleses”, se dejará sin efecto (según algunos, por presión del gobierno peronista) el sistema de voto calificado que regía en la Asociación del Fútbol Argentino, cuyo criterio de proporcionalidad implicaba que los “grandes” tenían un voto que equivalía a tres o dos del resto de los clubes.38

En un contexto como este, la imagen de ecuanimidad y distancia respecto a las prerrogativas de los equipos “grandes” fue uno de los puntos fuertes en los que se basó el prestigio del referato importado; ya en 1944, al puntualizar sus ventajas, un cronista lo ponía de manifiesto:

Pero por sobre todo, el referee británico vive al margen del ambiente del fútbol. No entiende aquello de grandes y de chicos, ni especula [...] con el poder de los clubs que tienen 3 votos sobre aquellos que solo cuentan 1 y las infracciones de los jugadores, que los referees locales disculpan en el fondo, los británicos las sienten en toda su gravedad (Leguizamón, “El propósito…”, 1944).

Una caricatura aparecida la misma semana en la que debutaron los británicos ilustra esta noción: se observa a un juez que impertérrito le cobra un penal a un jugador de enormes proporciones (ataviado con lo que bien podría ser la camiseta de Boca Juniors), en beneficio de un sorprendido rival de dimensiones simétricamente diminutas. La idea era simple: con los árbitros “incontaminados” de los vicios de los locales se terminarían las injusticias que beneficiaban a los “grandes”.

Imagen 2. Crítica, 5 de abril de 1948

Otra argumento que justificaba la importación de jueces británicos era la expurgación de las malas artes de los players locales, los que no solo estaban acostumbrados desde hacía décadas a las artimañas y picardías con las que buscaban obtener ventajas en la competencia futbolística, sino que, además, se mostraban particularmente renuentes a aceptar la autoridad de la figura del réferi, lo que producía los “bochornosos espectáculos” tan frecuentes de enfrentamientos verbales (y físicos) entre rivales y contra el propio árbitro. Se afirmaba que tales “vicios” eran el resultado de la adaptación de los referees argentinos al “medio” local, donde imperaba el “pasionismo” de jugadores y dirigentes, lo que terminaba torciendo las reglas a los “modismos” vernáculos.39 La esperanza de que tales costumbres pudieran ser erradicadas a partir de la incorporación de jueces que en tanto británicos eran “escuela de disciplina” y en tanto extranjeros desconocían tanto el idioma como las “mañas” del ambiente criollo era una de las principales razones que alimentaba las expectativas por su llegada.40

Entre los principales vicios que se esperaba erradicar de la conducta de los players locales se destacan tres: por un lado, el de la excesiva violencia entre los jugadores, síntoma de una falta de sportivismo que, como hemos visto, se denunciaba desde hacía décadas.41 En segundo lugar, la necesidad de lograr el “respeto absoluto a la autoridad de los referees”, cuya falencia era otra de las grandes taras del fútbol local. Por último, un tercer defecto en el comportamiento de nuestros jugadores era su exagerada tendencia a la simulación de faltas, algo que ya había sido recriminado por el precursor de los árbitros británicos, Caswell, al poco de arribar al país.42

En este tipo de miradas se contraponía al jugador argentino, proclive a las “mañas”, irrespetuoso de la autoridad y ajeno al “espíritu deportivo”, con su contraparte “europea”; una oposición que mantenía la tradicional contraposición entre la “picardía” del “pibe de potrero” y un fútbol europeo maquinal y automatizado que cristalizara en la década de 1920, aunque invirtiendo su carga valorativa (Archetti, 1995). En ocasiones, ambas miradas podían aparecer mezcladas, como cuando el cronista de El Mundo, al mismo tiempo que lamentaba la “ingenuidad inglesa” del árbitro, incapaz de observar la “picardía criolla” de un jugador (había metido un gol con la mano), destacaba que en ella se evidenciaba “el concepto que tienen del fair-play: juego limpio”.43 En otros casos, la mirada sobre los jugadores extranjeros era ingenuamente exagerada: “Esta situación se registra en el fútbol de nuestro país, porque en Europa nadie se tira al suelo porque sí, ni pierde tiempo arbitrariamente y poco deportivamente”.44

Imagen 3. Olimpia, 14, agosto de 1955

Si se esperaba que estos males fuesen paulatinamente desterrados gracias a la labor de los ingleses, es porque para muchos eran resultado de la perversión del noble espíritu de sportsmanship que trajo aparejada la popularización y profesionalización del fútbol. Así, la llegada de los árbitros británicos permitiría “encauzar” a los futbolistas hacia la recuperación de estos valores:

Cuando los jugadores eran realmente aficionados [...] no se les ocurría protestar las decisiones de los referees [...] las acataban con serenidad y sin gesto alguno que pudiera significar disconformidad [...] Pero al irse apartando de la senda del amateurismo [...] comenzaron a desconocer la autoridad de los árbitros y a no estar de acuerdo con sus fallos [...] Los referees ingleses [...] han sido contratados […] para encauzar por el buen camino a los futbolistas [...] Los descontentos tendrán que callar y conducirse con corrección pues de lo contrario serán expulsados de la cancha (“Offside”, El Mundo, 12/5/1948; el destacado es propio).

Con entusiasmo y algo de apresuramiento, el periodismo buscó mostrar tempranamente los frutos de la presencia de árbitros extranjeros; a los pocos días de su arribo, El Mundo ya afirmaba: “Con la intervención de los referees ingleses se están señalando gestos que antes no eran frecuentes [...] Al terminar el match Racing-Vélez Sarsfield, los jugadores felicitaron al referee Cox [...] Es de esperar que esas actitudes se generalicen”.45 Del mismo modo, se le prestó atención a los pedidos de los ingleses a la Comisión Arbitral de AFA para que “los jugadores no protesten sus decisiones”. Significativamente, los referees reconocían que hasta ese momento habían tenido “cierta tolerancia, teniendo en cuenta los intereses de las entidades que resultarían perjudicadas,” y que tomarán esta medida “dentro de un término prudencial, atendiendo a lo que parece ser un hábito entre los jugadores locales”.46 La prensa se hizo eco de este pedido con una caricatura en la que dos jugadores aparecían amordazados y con un broche en la boca para impedir sus protestas.

Imagen 4. Crítica, 11 de mayo de 1948

Similarmente, al comentar las duras sanciones recibidas por dos jugadores, Crítica rescataba su “espíritu ejemplificador” para lograr obtener “disciplina” en las canchas, moderando “las actitudes características de nuestros jugadores”. El bienvenido efecto de la “contribución de los árbitros británicos” parecía notorio, en la medida en que había sido la tolerancia de los jueces locales”, indiferentes ante las “protestas airadas”, “insultos” y “manoseos” de los jugadores, prácticas todas “perniciosas” para el deporte, lo que había generado la “falta de respeto al referee”. Acto seguido el editorialista ensaya una comparación que deja en evidencia el efecto modelador que se esperaba de la incorporación inglesa a nuestro fútbol:

Aquí entre nosotros impera la mala costumbre [...] de discutir la autoridad del árbitro y su competencia técnica [...] como si se tratara de una deliberación común y la decisión del juez fuera una opinión con tanto valor como la de cualesquiera de los jugadores [...] En otros países —e Inglaterra debe ubicarse en el primer término— cuando el referee hace sonar el silbato para cobrar cualquier infracción, leve o grave, los jugadores [...] agachan la cabeza y se dirigen a ocupar sus posiciones en señal de acatamiento absoluto y de comprensión de la autoridad del juez, así como de la inutilidad de toda discusión, protesta o reconvención (Hugo Marini, “Diez partidos de castigo, la mejor exhortación”, Crítica, 14/5/1948; el destacado es propio).

Las esperanzas que depositaba el periodismo en disciplinar a los levantiscos jugadores criollos parecía graficarse en la caricatura en la que unos players encadenados que expresaban estar “a la merced” de los árbitros importados.47 Sin embargo, como veremos, su entusiasmo no tardó en desvanecerse.

La domesticación del hincha

Al mismo tiempo que se esperaba que la importación de árbitros británicos tuviese este efecto benéfico sobre la conducta de los jugadores criollos, idéntico resultado se buscaba en relación con la educación del público en las canchas. Como señalamos anteriormente, el de la “incultura” de los hinchas era un tópico recurrente en las páginas de los medios gráficos locales, prácticamente simultáneo a la constitución del fútbol como evento de atracción masiva. En este contexto, la posibilidad de incorporar a jueces británicos, que parecía a algunos una solución al problema, era para otros inviable por ese mismo motivo. En 1933, al fundamentar su parecer negativo a la importación de árbitros, uno de los dirigentes consultados se preguntaba si esos referees podrían “actuar bien en un ambiente tan diferente”: “¿Es lo mismo jugar en Londres, en donde un espectador no puede moverse de su asiento sin permiso del Policeman, que en Buenos Aires, en donde el sport favorito es tirar botellas, piedras, ladrillos y saltar alambrados?”, se preguntaba Crítica.48 Y la misma mirada culturalista era adoptada por el veterano cronista Esteban Murell cuando ese mismo año afirmaba que:

El referee británico llegaría a nuestra ciudad y se hallaría en un ambiente desconocido y también violento. Quizás no jugaría más que dos o tres partidos porque, al primer insulto o escándalo, tomaría las valijas y regresaría a Inglaterra (Murell, “¿Convienen los referees británicos?”, Noticias Gráficas, 20/10/1933).

Ante esta distancia, el objetivo último parecía ser lograr que el trasplante produjera un espectador modelo, en espejo con el que se suponía ocurría en el caso británico:

El remedio de los males que afligen al fútbol local consistiría [...] no en que los jueces de Gran Bretaña viniesen a demostrar cómo debe dirigirse un match, sino en que el público porteño viese cómo se comporta el que acude a las canchas de aquel país (“También en Gran Bretaña”, La Nación, 22/4/1948).

Esta necesidad de una pedagogía dirigida a los irascibles hinchas argentinos no era privativa de un diario como La Nación: aparecía también en una revista como Olimpia, órgano oficial de la Confederación Argentina de Deportes (CADCOA), por entonces vinculada orgánicamente al gobierno peronista (Daskal y Sazbón, 2019). Allí también se insistía en la pretensión de “educar a las masas”:

Aprenda el “hincha” de fútbol que […] los errores de un árbitro son contingencias de un partido… Intente firmemente cada aficionado depurar por dentro su espíritu hasta inmunizarse contra las bajas pasiones y el deporte contará con masas educadas para alegrarse mejor con las victorias y soportar con más altura las derrotas (“Aprenda a perder”, Olimpia 5, 1954, p. 35; el destacado es propio).

Por tal motivo, al iniciarse la actuación de los referees británicos, la prensa le prestó una atención particular a la reacción de los simpatizantes criollos. Su preocupación era entendible: la intemperancia del público ante las decisiones que consideraban injustas estaba tan incorporada en la práctica que muchos fanáticos parecían considerar el lanzamiento de proyectiles como un derecho adquirido, como comentaba con su gracejo habitual Julián Centeya al preguntarse si los hinchas no harían una huelga en reclamo de su derecho a tirar piedras o si se las deberían terminar comiendo.49 Promediando el campeonato, un cronista se congratulaba de que los ingleses, usando “su autoridad como escudo”, hubieran logrado “cosas creídas imposibles […] sin que la temida reacción popular se hiciera presente”.50

Sin embargo, el debut de los visitantes no fue auspicioso: antes del inicio del campeonato, en un partido amistoso Boca-Racing, el público local le hizo saber su disconformidad al juez arrojando una abundante cantidad de proyectiles a la cancha. La prensa no solo censuró la actitud de los boquenses, sino que dio gran cobertura a la reunión pedida por los británicos con Manuel González (recordemos, presidente de la comisión de árbitros de AFA), a quien le comunicaron su “extrañeza” por la situación “para ellos incomprensible”, al mismo tiempo que solicitaban a las autoridades “que arbitren medidas para que estos hechos no se vuelvan a producir”.51 No fue así: los episodios de agresión a árbitros, jugadores y policías por parte del irascible hincha porteño se repetirían en la misma proporción en la que ocurría antes de 1948. Como describió uno de los visitantes al regresar a Londres luego de ejercer su estadía en nuestro país, Arthur Berry, en una nota en la que compartió con sus compatriotas sus experiencias con el público sudamericano, ser árbitro en Argentina es “una aventura como nunca había experimentado antes”, y la intensidad de nuestro público hacía parecer al inglés “apático”. Cada penal que se sanciona en Argentina, informaba, “asume las características de una crisis”, ante la cual el juez debía “ofrecer una inmensa plegaria” de agradecimiento si lograba terminar el partido sin incidentes mayores. De todos modos, se preocupaba por destacar la hospitalidad y cortesía con la que fue tratado en el país, indicando que “no debe creerse que son unos ‘bárbaros’”.52

La reiteración de episodios violentos motivó tempranas críticas de algunos editorialistas impacientes, temerosos de que la influencia que se esperaba que ejercieran los árbitros ingleses sobre nuestro tumultuoso fútbol no se terminara operando. Por eso, al mismo tiempo que reprochaban la “malévola intención” con la que se seguía jugando, le aconsejaban a un árbitro (William Brown) que advirtiera que “eso no puede ser fútbol ‘a la manera de Argentina’”;53 otros comentaban el “desencanto” por el hecho de que los británicos “se estén haciendo a nuestro estilo”.54

Quizás apremiado por la impaciencia que mostraba la prensa, el Tribunal de Penas de la AFA se apresuró a señalar triunfalmente los efectos saludables que había producido la implantación de los severos árbitros ingleses en el fútbol argentino: según su titular (el teniente coronel Delfor Fantón) se apreciaba una notoria disminución en los incidentes en los partidos de las primeras divisiones, lo que obedecía sin dudas “a las actuaciones que vienen cumpliendo los árbitros ingleses, despojados de toda influencia que pudieran tener las instituciones y los dirigentes”, influencia a la que el periódico se apresuraba a agregar “la prédica constante y bien intencionada del periodismo deportivo”. El contraste era notorio con lo evidenciado en el ascenso, donde el número de incidentes continuaba, algo que resultaba especialmente lamentable dado que esas divisiones “deben ser la escuela donde se formen los jugadores”, en las que se esperaba que adquirieran “la cultura deportiva necesaria para llegar a ser perfectos deportistas”.55

Varios incidentes contra los árbitros fueron protagonizados por el club Boca Juniors, algo significativo ya que por su dimensión resultaba un caso ejemplar de las razones que motivaron la decisión de importar a los referees: su masividad, la tendencia de sus hinchas (y jugadores) al desborde ante fallos adversos y la queja de sus rivales acerca de sus privilegios por su condición de “grande”. Poco después del ya citado amistoso inaugural con Racing, un partido en la Boca contra San Lorenzo terminó en gran escándalo y lluvia de proyectiles sobre el juez John Cox, quien logró escapar a la agresión con ayuda policial.56 Si bien en los días posteriores el juez minimizaría los hechos,57 fue el club quien elevó una protesta en la que englobaba diversos fallos que lo afectaron en distintos partidos.58 Se dijo que los británicos amenazaron con un rechazo a actuar contra el club de la Ribera, aunque esto fue negado.59 Célebre también fue la actuación de John Müller en el Platense-Boca de 1950, donde, además de cobrar dos penales para el local, expulsó al capitán e ídolo boquense, Natalio Pescia, lo que resultó en los clásicos incidentes: botellazos, pedradas y suspensión del match.60

Pero la intemperancia de los hinchas criollos no estuvo circunscripta a los simpatizantes “xeneizes”; en un partido en cancha del “Lobo” platense, el juez Dean debió huir en un vehículo policial que fue objeto de una nutrida pedrea.61 Estos graves incidentes (referidos por algunos periódicos como “un mal que se creía desterrado definitivamente”) originaron un encuentro de los británicos en AFA en el que los visitantes amenazaron con rescindir su contrato y retornar a su país, “cuna del fútbol, donde no suceden estas cosas”.62 La situación pareció calmarse posteriormente, y el propio Dean declaró que “se habían magnificado las proporciones” del hecho, agregando (con serenidad característicamente british) que “solo cayeron en la cancha algunos proyectiles frutales”, algo que ocurría “en todas las canchas del mundo”, producto del “entusiasmo y el apasionamiento del hincha”.63

Menos optimistas parecían los cronistas, quienes, unos meses antes, ante otro escándalo (esta vez en la cancha de Ferro Carril Oeste en un partido entre Vélez Sarsfield y Boca Jrs.) temían que la sucesión de episodios conflictivos fuera el inicio de un “1806 de nuestro fútbol” y afirmaban que, de no prevalecer la serenidad, se estaría “entre Defensa y Reconquista frente a la nueva invasión inglesa”.64

Esperanzas frustradas

El escaso éxito de los árbitros importados a la hora de domar los ímpetus de las fanaticadas locales es similar al que parecen haber tenido con los vehementes players criollos: ya en 1949 la AFA les reclamó “que repriman con severidad el juego brusco”,65 pedido que al año siguiente se repitió cuando se les pidió “mayor energía” y que se muestren “inflexibles” contra los jugadores que actuaran “con excesiva reciedumbre”.66 En 1950, Valentín Suárez, presidente de AFA, pareció reconocer implícitamente que los resultados de la importación de jueces no eran los deseados al solicitarle a los periodistas deportivos “mayor tolerancia al juzgar sus actuaciones”, debido a que por el “elevado costo de las contrataciones” no se habían podido traer al país a los mejores árbitros británicos.67

Sus palabras parecieron proféticas, ya que, pocos días después, en el partido entre Huracán y Vélez Sarsfield, los incidentes fueron tan graves que el juez inglés John Meade interrumpió el match y determinó que los 22 jugadores del encuentro fueran expulsados y arrestados en la Cárcel de Contraventores de Devoto, donde quedaron detenidos hasta el día siguiente. Las declaraciones posteriores de los dirigentes de ambos clubes fueron coincidentes en cargar las culpas en la mala actuación del colegiado británico.68 El escándalo motivó nuevos comunicados de AFA, así como una nueva reunión de con los jueces importados, esta vez con la presencia de Suárez para brindarles las más “amplias garantías” y un apoyo “de influencia psicológica” a su labor.69

En 1951 se volverán a reiterar los pedidos de mayor “energía”, ahora de parte del presidente del Consejo de Árbitros de AFA, con los mismos resultados que los anteriores.70 Los episodios violentos se amontonarán: Leonard Bradley fue agredido luego de un San Lorenzo-Racing,71 lo mismo que John Müller tras Argentino de Quilmes vs. Almagro, producto de lo cual fue desmayado y sufrió la rotura de un diente.72 Dos años después, fue Robert Aldrigge quien sufrió la intemperancia de los fanáticos de Banfield, quienes lo persiguieron y terminaron apedreando el domicilio en el que se alojaba.73 Ese mismo año, un consejero de Lanús propuso que se les hiciera un “desagravio” a los réferis ingleses, recordando la situación previa a su llegada y “la total falta de consideración y respeto que se tenía por los referees argentinos”.74

Lejos de ejercer la labor civilizatoria que se esperaba, el trasplante inglés en nuestro fútbol parecía estar sufriendo la influencia inversa, a juzgar por casos como la muy poco flemática respuesta de uno de los árbitros mejor considerados entre los importados, Harry Hartles: encargado de arbitrar el siempre difícil clásico platense entre Gimnasia y Estudiantes en la cancha del “Lobo”, lanzó a la tribuna una botella de vidrio que le había sido arrojada por la parcialidad local.75 Para enero de 1959 la AFA decidió no renovarles el contrato a los únicos 3 árbitros extranjeros que restaban en el país.76 El panorama no parecía haber mejorado mucho respecto al punto de partida: pocos meses antes, la prensa hablaba de una “prolongada sesión” del Consejo Directivo de la Asociación convocada para tratar “el grave problema que originan los arbitrajes”, alertando que “de no mediar la severidad de las autoridades policiales” habrían tenido lugar “sucesos insólitos”.77

Unos años antes, reflexionando algo melancólicamente sobre el período que se estaba por cerrar, un cronista lo resumía de modo desmitificador:

Los jueces británicos [...] eran unos muy buenos, otros, buenos, y otros regularones nomás [...] El hincha se había habituado [...] a la disciplina que imponían en la cancha [...] los árbitros de la etiqueta extranjera […] Porque los jueces ingleses se equivocaron tan feo como cualquiera. Pero los salvó siempre la etiqueta extranjera. Que tiene un no sé qué sugestionante (“Clarín Deportivo”, Clarín, 31/8/1956).

La huella del trasplante arbitral parecía haberse desvanecido, sin dejar en nuestro suelo los efectos que la prensa había pronosticado. Pero ya para entonces el periodismo deportivo tenía nuevos motivos para contrastar los males de nuestro fútbol con los méritos extranjeros. Por un lado, a partir del impacto de la catastrófica derrota de la selección nacional en el mundial de Suecia 1958 se desplegará una fuerte prédica que denunciaba nuestro “atraso” frente a las tácticas y formas de entrenamiento vigentes “en el mundo” (Sazbón, 2002b). Por el otro, su discurso sobre la violencia en las canchas cobrará formas cualitativamente distintas al cristalizarse el fenómeno de las “barras bravas” (vistas también como excepcionalidad local negativa),78 sobre las que la prédica del periodismo se alejará de la pedagogía cívica inclinarse hacia la patologización de “los violentos” (Szlifman, 2010). Pero este será otro escenario.

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1* Universidad de Buenos Aires, Universidad Nacional Arturo Jauretche, Universidad Nacional de La Plata, Argentina. Contacto: dsazbon@gmail.com.

2 La bibliografía sobre el lugar del periodismo en la conformación del mercado de productos culturales en el Buenos Aires de las primeras décadas es amplia; citamos únicamente algunas referencias: Ford et al. (1983); Rivera (1998); Saítta (1998 y 2000); Servelli (2021). Sobre el periodismo deportivo: López y López (2012).

3 La contraposición más evidente, en materia deportiva, es la que opone el discurso de Crítica al de publicaciones como El Gráfico; el panorama, desde luego, es mucho más rico y variado; ver Saítta (1998) y Archetti (1995).

4 Ver, para el caso del socialismo argentino, Martínez Mazzola (2014) y Guiamet (2014 y 2018).

5 El siguiente artículo es una versión modificada de un trabajo ya publicado (Sazbón, 2022a), originalmente una ponencia presentada en el VI Congreso de la Red de Estudios del Peronismo de 2018 (junto con Julio Frydenberg).

6 Han sido consultados los siguientes diarios: Clarín, Crítica, El Día, El Mundo, La Nación, La Razón y Noticias Gráficas.

7 La ubicación del deporte en relación con los condicionantes propios del funcionamiento de la estructura social (económicos, políticos, sociales, etc.) que se empleará en este trabajo abreva en postulados como el citado de Gruneau; más en general, ver la idea de “zona libre” o “espacio liminar” que Archetti (1999) adopta de Victor Turner, utilizada luego por Frydenberg (2011).

8 La amnistía fue dictada por el empresario periodístico Natalio Botana, entonces presidente de la Asociación; ver Saítta (2002).

9 Para un panorama de la situación en otros puntos del país, ver Reyna (2021) y Roldán (2012: 161).

10 “Los desórdenes en los partidos de football”, Asociación Argentina Amateurs de Football (AAAF), Memoria y Balance, 1930, p. 22.

11 “Así es como deberían comportarse siempre”, El Mundo, 22/8/1949.

12 “Así se pierde”, El Mundo, 10/4/1950.

13 “Así no se alienta”, El Mundo, 10/10/1949.

14 Offside (José Torrado): “Reflexiones futbolísticas”, El Mundo, 8/5/1936; “El problema de los árbitros exige la más seria atención de parte de las autoridades del fútbol local”, La Nación, 22/5/1936.

15 AFA, Memora y balance, 1939, p. 34 (el destacado es propio).

16 “Disponen los referees abstenerse de dirigir partidos hoy y mañana”, El Mundo, 12/8/1944; “Suspenden a los referees por seis meses: Clausuraron tres canchas”, El Mundo, 17/8/1944; “Solicitarán los árbitros la reconsideración de la pena”, El Mundo, 22/8/1944.

17 En 1944, en pleno gobierno del GOU, de notoria traza nacionalista, se comenzó a disputar entre los equipos de primera división la Copa de la Competencia Británica, que ponía en disputa el trofeo Challenger, donado por el rey Jorge VI a la AFA en 1940; el torneo duró hasta 1946.

18 “Es poco probable que lleguemos a contar con 10 referees británicos”, El Mundo, 18/10/33.

19 Antes de su debut, se informaba que Caswell había venido “desprovisto de todos los vicios que se han hecho comunes en nuestros campos de juego”; “El referee inglés Caswell debuta hoy en el field de la Avenida Alvear y Tagle”, El Mundo, 31/10/37.

20 “En su presentación el árbitro británico tuvo un feliz desempeño”, La Nación, 1/11/1937.

21 “No admite la rebaja”, El Mundo, 9/1/1940; “Se fue”, El Mundo, 10/1/1940. A fines de 1940, la AFA hizo nuevos intentos por contratar a Caswell (junto con otros dos referees británicos), pero sin éxito.

22 Martín Leguizamón: “El propósito de contratar varios árbitros ingleses”, El Litoral, 2/5/1944.

23 “Una incidencia de graves consecuencias se registró en la cancha de N. Old Boys”; “Hizo declaraciones a los periodistas el árbitro Cossio”, El Litoral, 28/10/1946; “Graves comprobaciones efectúan en Rosario”, El Orden, 30/10/1946; ver Fabbri (2008: 99-102).

24 “Los referees no dirigirán en Santa Fe”, El Orden (Santa Fe), 18/6/1947.

25 “Plantean un conflicto los referees argentinos”, La Razón, 30/3/1948; “Los árbitros de Primera no aceptarán jugar en Segunda”, Crítica, 16/6/1948.

26 “Partieron los referees que contrató la AFA”, El Mundo, 12/3/1948; “Desde ayer se hallan en esta los referees británicos de fútbol”, La Nación, 27/3/1948.

27 Ellos eran Aubrey White, James Provan, William Brown, Lionel Gibbs, Calden Dean, Harry Hartles, Davis Gregory y el escocés John Cox.

28 “El debut de los jueces ingleses es la nota saliente de la jornada”, La Razón, 3/4/1948.

29 La Copa de Competencia Británica George VI (llamada así porque el trofeo en disputa, la copa Challenger, había sido donada por el embajador británico en nuestro país) se jugó entre 1944 y 1946.

30 “Los referees ingleses jugaron como en su casa”, señalaba una tira cómica de Crítica del 5/4/48.

31 “Triunfaron los importados, imponiendo autoridad y disciplina”, Crítica, 5/4/1948; “Los jueces británicos jugaron en un ambiente de cordialidad que facilitó su trabajo. Respeto, tolerancia y hasta aplausos”, La Razón, 5/4/1948; “Agradó a los espectadores la labor desarrollada por los árbitros extranjeros”, La Nación, 5/4/1948.

32 “Mr. Gibbs… recibió una ovación al entrar a la cancha, porque ya se ha ganado la simpatía de la gente”, Fioravanti, comentario al partido entre Huracán y Boca Jrs., La Razón, 26/4/1948.

33 El Gráfico n° 1506, 21/5/1948.

34 En 1949, a los “viejos” Gregory, Dean, Hartles se les sumaron Arthur Berry, Richard Maddison y el escocés William Crawford, a los que el año siguiente se les agregarían Robert Altridge, Thomas Hockney, Ernest Wilbraham, Charles Wood y el austríaco Wally Müller, a los que seguirían otros nombres en años sucesivos.

35 Así, Martínez de León destaca que con Caswell se habían cobrado el doble de penales que anteriormente, en muchos casos en beneficio de los “chicos”, y Fabbri destaca el mismo efecto entre 1948 y 1950.

36 En 1949, Boca peleó hasta la penúltima fecha por no descender. Similarmente, en 1951, Banfield terminaría igualado en la primera posición con Racing Club y perdería, finalmente, el título en un desempate.

37 AFA, Memoria y Balance, 1939, p. 54; “No quieren cronometristas los árbitros británicos”, El Mundo, 28/3/1948.

38 El criterio, adoptado en 1937, dividía a los clubes en tres categorías, de acuerdo con la cantidad de socios y los campeonatos obtenidos, otorgando 1, 2 o 3 votos en función de ellas; los originales “5 grandes” fueron Boca Jrs., Independiente, Racing Club, River Plate y San Lorenzo, años después se agregaron Huracán y Newell’s Old Boys. El sistema fue abandonado en 1949 por lo que la crítica retrospectiva del dirigente Armando Ramos Ruiz (interventor de AFA en 1968) llamó “el imperio de las circunstancias”, en velada referencia a la influencia del gobierno peronista; citado en Fabbri (2008: 129). Ver AFA, Memoria y Balance, 1937 y 1948.

39 Leguizamón: “El propósito…”, cit.

40 “Continúa el fútbol británico siendo escuela de disciplina”, El Mundo, 1/3/1948.

41 Por ejemplo, en 1936, la AFA convocó a los capitanes de los clubes para que “aminoraran la vehemencia de sus intervenciones” y tuvieran mayor “compañerismo”; “En la Asociación del Fútbol tuvo efecto la reunión de los capitanes de los clubs”, La Nación, 23/5/1936.

42 En noviembre de 1937, en declaraciones al platense El Día, Caswell destacó que había observado como “aquí los jugadores pierden mucho tiempo con motivo de caídas por lesiones sin importancia e intentan impresionar al árbitro” (Fabbri, 2008: 65).

43 “Aún falta…”, El Mundo, 28/6/1948.

44 Eldo Poncio Santiago: “Birlan el espectáculo”, Olimpia, 14, agosto de 1955, p. 30.

45 “Un gesto que antes no era frecuente”, El Mundo, 10/5/1948.

46 “Piden que los jugadores no protesten los fallos”, El Mundo, 11/5/1948; “Expresan los referees no más contemplaciones”, Crítica, 11/5/1948.

47 Crítica, 1/4/1948.

48 “No hay ambiente para contratar árbitros ingleses”, Crítica, 18/10/1933.

49 “La polenta está que bruye. ¿Se van? ¿Se quedan? ¿Qué se hace con las piedras?”, Crítica, 31/3/1948.

50 C. Diana Costa: “Los referís ingleses han cumplido, corresponde a los nuestros sacar provecho de lo visto”, La Cancha, 29/9/1948, pp. 12-13.

51 “Evitemos que ‘Siempre sea así en Buenos Aires’”, Crítica, 30/3/1948; “Extraña a los referees la actitud del público”, El Mundo, 30/3/1948.

52 “El arbitraje en Argentina es una aventura, expresa el inglés Berry”, Crítica, 25/8/1949.

53 “¿Seguir así?”, El Mundo, 31/3/1948.

54 Clarín, 7/6/1948 (Fabbri, 2008: 116).

55 “Obra de los ingleses: menos incidentes”, El Mundo, 18/6/1948

56 “Impide la policía una agresión a Cox”, El Mundo, 14/6/1948.

57 “El informe de Cox sobre lo de Boca no sería muy severo”, Crítica, 15/6/1948.

58 “Boca se queja de los referees británicos”, Crítica, 16/6/1948; “Boca se dirige al Consejo de Árbitros”, El Mundo, 16/6/1948.

59 “Aclaran los árbitros ingleses: no han pensado negarle su concurso a Boca Juniors”, El Mundo, 16/6/1948.

60 “El referee Muller, en su informe, acusa a Perroncino, Vacca y Pescia”, Crítica, 18/4/1950.

61 “¡Lamentable!”, El Mundo, 30/8/1948.

62 “Los referees británicos conversarán hoy en la AFA sobre el incidente del domingo”, Crítica, 31/8/1948; “Repudio a los actos de incultura”, Crítica, 2/9/1948; “Llegarían a rescindir los jueces ingleses sus contratos”, El Mundo, 31/8/1948.

63 “El referee Dean confirmó en la AFA lo que expresó en Crítica”, Crítica, 1/9/1948.

64 “Brusquedad, encono y represalia: todo el clima que creó Cox en Caballito”, Crítica, 26/7/1948.

65 “Deben reprimir el juego brusco”, El Mundo, 30/6/1949.

66 “Exigirán a los jueces británicos mayor represión del juego brusco”, Crítica, 9/8/1950; “Reunieron en la AFA a los jueces británicos”, Crítica, 12/8/1950.

67 “Se refirió a los referees V. Suárez”, El Mundo, 9/8/1950.

68 “Ambos clubes le cargan culpas al árbitro J. Meade”, Crítica, 20/8/1950.

69 “Hablará hoy el sr. Suárez con los árbitros ingleses”, Crítica, 21/8/1950; “Reiteran la confianza a los jueces ingleses”, El Mundo, 27/8/1950; “Suárez dijo a los referees que tienen el máximo apoyo”, Crítica, 26/8/1950.

70 “Piden más energía a los jueces ingleses”, Crítica, 20/10/1951.

71 “Se halla detenido el que agredió ayer al referee Bradley”, Crítica, 23/7/1951.

72 “El referee Muller denunció que lo agredieron cobardemente en Quilmes”, Crítica, 31/7/1951.

73 “Serias denuncias…”, cit.

74 “Exigirán a los jugadores el respeto absoluto a los fallos del referee”, Crítica, 26/7/1951.

75 “¿Y la flema?”, El Mundo, 2/11/1951.

76 “No fueron renovados los contratos a los jueces extranjeros Hieger, Turner y Davis”, Clarín, 8/1/1959.

77 “Se consideró el problema de los arbitrajes”, Clarín, 30/8/1956.

78 Si bien ya en los años de 1920 el periodismo hablaba de “barras bravas” (Frydenberg, 2011: 226-227), sus episodios violentos eran considerados esporádicos y circunstanciales; el escenario mutará radicalmente a partir de 1958 (Archetti y Romero, 1994).