Reseña

Reyes, Francisco (2022). Boinas blancas. Los orígenes de la identidad política del radicalismo (1890-1916). Rosario: Prohistoria

Mariana Eberle*1

Desde la perspectiva de la historia política y cultural, el libro de Francisco Reyes dialoga críticamente con obras tan imprescindibles como clásicas que analizaron los orígenes de la Unión Cívica Radical hasta la llegada a la presidencia en 1916 de Hipólito Yrigoyen. Me refiero a los trabajos de Paula Alonso, Ana Virginia Persello, Marcela Ferrari, David Rock y Joel Horowitz.

El objetivo de Boinas blancas es examinar la forma en que la identidad política radical se formuló y reconstituyó a lo largo de sus primeros años. De este modo, Reyes intenta poner en discusión sus continuidades y discontinuidades y, a su vez, cómo esta va definiendo símbolos, hitos, figuras y valores del partido. Para esto, el autor analizará testimonios, imágenes, poemas y periódicos, lo que demuestra un enorme y admirable análisis de fuentes que sustentarán su investigación.

El libro está estructurado con una introducción, ocho capítulos y las conclusiones. Reyes establece la siguiente periodización: el primer lustro de la década de 1890, que es una etapa clave en la formación de la identidad partidaria; entre 1896 y 1909, cuando se abre una etapa de reorganización permanente; y, por último, hacia 1910, cuando se inaugura un nuevo ciclo con la exaltación de un nacionalismo democrático que operó como fundamento de la identidad radical y como nueva forma de interpelar a las masas.

En los primeros tres capítulos, el autor desarrolla cómo se define la identidad política del radicalismo y sostiene que esta va a adquirir forma de “misión histórica”. Se trataba, tal como afirma en el capítulo uno, de regenerar la patria tanto política como social y moralmente. De esta manera, el libro enfatiza en el uso particular del lenguaje radical que pretendía transmitir el compromiso con la causa y le asignó un sentido religioso a la militancia. El credo radical sostenía que el militante debía levantarse, de ser necesario, mediante el uso de las armas. El autor destaca que esto se materializó en una serie de símbolos tales como el uso de la boina blanca, la bandera de la Revolución del Parque o la bandera del partido. A su vez, la identidad radical se fue afirmando en grandes actos y manifestaciones callejeras, que, además de los símbolos propios que reafirman la entrega a la causa, contenía por momentos un patriotismo exaltado acompañado de banderas nacionales y la entonación del himno nacional.

En el capítulo dos, “Abogados, poetas, revolucionarios”, el autor analiza el perfil social de los dirigentes, militantes y seguidores de la UCR y sostiene que, si bien existen capitales sociales, políticos y culturales diferentes, los espacios de sociabilidad, las prisiones y el exilio de los revolucionarios conformaron lazos y vínculos entre los radicales. Además, estas experiencias aparecían como un “certificado de compromiso” con la causa. De este modo, entorno a la Revolución del Parque y los caídos en combate se establece la figura del militante radical como un ciudadano-soldado que es capaz de entregar su vida por la regeneración de la patria. El autor hace un gran análisis de la importancia de los abogados y poetas en la lucha radical, quienes canalizaban el mensaje del partido y llegaban a un público más amplio. Reyes asegura que “ser radical, se fuese estudiante, abogado o poeta, era ser revolucionario, tomar las armas y llegar a entregar la vida” (p. 71).

En el capítulo tres, se destaca la importancia que adquiere en la formación de la identidad política radical la conmemoración de la Revolución y sus mártires. Los radicales comienzan a definir su identidad como una religión de la política que apelaba al sacrificio patriótico y a la redención por la sangre derramada de los “mártires” de una causa regeneradora. Las conmemoraciones acompañan esta noción de religión cívica al adquirir un carácter ritualizado año tras año, formando grandes procesiones cívicas y movilizaciones callejeras en las cuales se combinaba la primacía del orden y la gran capacidad de movilización del radicalismo. De este modo, el culto a los líderes, a las figuras principales de la historia del partido, comienza a tener un carácter sagrado, principalmente, la figura de Alem luego de su muerte.

Hacia el capítulo cuatro, se analiza el segundo período de “reorganización permanente”, denominado comúnmente por la historiografía como “años oscuros”. El autor sostiene que, si bien esta etapa puede interpretarse como desorganización del partido o inmovilismo, hay que resaltar que en ocasiones la UCR se volvió dinámica y fue ganando protagonismo con el cambio de siglo e interpelando cada vez más a la juventud y al sector obrero. Esta etapa resulto clave al poner en el centro de la discusión quién representaba al “verdadero radicalismo”, es decir, la identidad radical. Pese a la inestabilidad de la composición partidaria, las tensiones internas y los desafíos externos, va a buscar definir su “credo” mediante creencias, símbolos, la importancia de la misión regeneradora, entre otros.

En el capítulo cinco, “Formas de la supervivencia”, el autor analiza la manera en que, luego del fracaso revolucionario de 1905, el radicalismo, a pesar de las múltiples detenciones y encarcelamientos, convirtió la revolución fallida en una propaganda política que relacionaba la causa partidaria con un sentimiento más amplio. La UCR apenas pudo sobrevivir durante esos años y, sin embargo, consolidó las bases para el salto a la política de masas a partir de las celebraciones de los centenarios. De este modo, la devoción por la figura de Alem y los caídos en la revolución de 1905 se impusieron como honor y fidelidad a la “causa”. A su vez, durante este período, comenzó a cobrar forma la estructura institucional del partido, a partir de la instalación de comités locales, elecciones para designar cargos en estos y la apertura de registros partidarios.

En el capítulo seis, “La consolidación de una religión cívica”, Reyes sostiene que las nuevas generaciones que iban integrando la Unión Cívica Radical luego de 1905 comenzaban a militar con los elementos del “credo radical”: las gestas del pasado, los valores del sacrificio y el derrame de sangre de los mártires de la revolución. Sin embargo, estos nuevos militantes se alejan progresivamente de la revolución y se acercan cada vez más a la democracia electoral. Además, se consolida la figura de Alem como símbolo de esta religión cívica, formando parte fundamental de la identidad radical. Su muerte fue entendida como la última entrega a la causa y se convirtió en el principal muerto del radicalismo; su trascendencia se materializó en peregrinaciones anuales, placas de bronce, retratos, ilustraciones, cuadros, y obtuvo un nuevo estatus sacralizado.

Un punto a destacar de los capítulos cinco y seis es la importancia que tuvieron las Convenciones Nacionales de la UCR para sus miembros y cómo hacia 1909, con la rehabilitación de Yrigoyen, el radicalismo volvía a tener un centro simbólico que pretendía definir quiénes quedaban fuera o dentro de ese espacio de representación. De este modo, la disputa por el “verdadero radicalismo” aún seguía latente.

Si bien ya a finales del siglo XIX el “nuevo nacionalismo de bases extendidas” fue un fenómeno a nivel occidental que tenía la capacidad para incluir o excluir diferentes miembros y grupos como parte de la comunidad nacional, fue hacia 1910, con la reforma política y las celebraciones nacionales, que el radicalismo pasó de ser un partido de cuadros a un partido de “puertas abiertas”, un verdadero movimiento de masas.

En el séptimo capítulo, “La síntesis de los Centenarios”, el autor sostiene que, junto con la promulgación de la Ley Sáenz Peña en 1912, se produjo un ascenso del nacionalismo y un proceso de democratización. Los radicales se mostraron como los demócratas genuinos, como los abanderados de la democracia, y tomaron una actitud de pedagogía cívica ante la población. Las celebraciones nacionales por los Centenarios de la Revolución de Mayo y de la Independencia argentina exaltaron el valor de la democracia y la nación. De esta forma, se inaugura “la ola radical”, una serie de victorias electorales del radicalismo en las provincias que llegan en 1916 al triunfo de Yrigoyen en las elecciones para presidente. Según Reyes, los radicales interpretaron esto como la perfecta síntesis de la democratización política. La UCR venía a coronar no solo la revolución de 1890, sino todo el proceso iniciado con la Revolución de Mayo y la Independencia.

En el último capítulo de Boinas blancas, “Viejos y nuevos en la familia radical”, se expone cómo los triunfos electorales del radicalismo a partir de 1912 continuaron profundizando la imposibilidad de la uniformidad interna del partido, y un radicalismo cada vez más asociado al liderazgo de Yrigoyen provocó una clara división interna y agudizó las discusiones por representar “el verdadero radicalismo”.

Comenzaron a surgir disputas en torno a la conformación de autoridades y candidaturas y cuál sería la actitud asumida frente a la figura de Yrigoyen. Los lazos de solidaridad de la identidad partidaria serían reconfigurados a partir de la aparición de nuevos radicales, entre ellos los jóvenes, quienes pensaban que el radicalismo representaba un avance en la democratización. Las asociaciones de exrevolucionarios y la creación de las agrupaciones femeninas, si bien nunca fueron parte de la vanguardia radical y la figura del militante ciudadano-soldado no dejaba mucho espacio para ellas, adquirieron cada vez mayor implicancia en el entorno social y político.

Con la llegada al poder, las solidaridades y lealtades del partido se van redefiniendo y, afirma Reyes, es en esa lógica que tenemos que comprender la emergencia del yrigoyenismo como una corriente interna y una subidentidad. Para algunos, Yrigoyen reforzaba creencias y representaba la misión nacional de la Unión Cívica Radical, pero, para otros, esto era desconcertante o irritante; afirmaban que la UCR había sido creada como un partido de principios e impersonal.

En síntesis, el libro Boinas blancas viene a sumarse a la bibliografía existente sobre el partido radical y busca dar respuesta a la conformación de una identidad política, en lugar de realizar una tradicional historia de un partido político o de su organización partidaria. Reyes ha realizado un exhaustivo análisis de fuentes a lo largo de su investigación y ha explorado la forma en que la identidad radical ha cobrado diversas formas en Buenos Aires, pero también ha analizado e incorporado de manera eficaz la situación de los dirigentes, militantes y seguidores de otras provincias como Santa Fe, Córdoba, Mendoza y Corrientes, y ha propiciado un panorama general del país. A su vez, si bien el autor ha incorporado en determinadas ocasiones la situación de las mujeres en el radicalismo, considero que hay un vacío historiográfico sobre la perspectiva de género durante este período, un tema más que interesante y relevante para ampliar la hipótesis y los aportes de Francisco Reyes.


1* Universidad Nacional de General Sarmiento (UNGS). Correo electrónico: eberlemaru@gmail.com.