Reseña

Roberts, Mary Louise (2023). Puro sufrimiento. La vida cotidiana de los soldados en la Segunda Guerra Mundial. Buenos Aires: Siglo XXI

Leandro Pedro Guerrieri*1

La guerra, los soldados de infantería, los sentidos, las heridas, los cadáveres, las diferencias entre los altos oficiales y los soldados, el entrenamiento y el campo de batalla son algunos de los mundos que nos presenta Mary Louise Roberts a lo largo de este libro. A partir de él, la historiadora nos permite acercarnos a cómo vivieron los soldados de infantería del frente de aliados, haciendo grandes aportes a la historia social.

El libro que analizaremos pertenece a la colección “Hacer historia” a cargo de Lila Caimari, Vera Carnovale, Roy Hora, Sylvia Saítta, Marcela Ternavasio y el equipo editorial de Siglo XXI. Este fue editado en 2023, pero su publicación original en inglés, Sheer Misery. Soldiers in Battle in WWII, data de 2021. La obra propone una forma innovadora de abordar la Segunda Guerra Mundial, dado que la historiadora realiza una historia somática de la guerra a partir de la perspectiva de los soldados aliados y, sobre todo, estadounidenses. A lo largo de sus páginas, ofrece un estudio pormenorizado de las principales vivencias, pensamientos y sentimientos de los soldados en el frente de batalla.

El libro se organiza en cinco capítulos. Cada uno de estos capítulos son ensayos que recuperan las nociones compartidas por todos los soldados de la guerra sin importar su nacionalidad o en qué frente se encontraban. En ellos se despliega –a partir de testimonios, diarios personales, revistas, periódicos, fotografías y caricaturas– la historia somática de la guerra.

En la introducción, la autora destaca que su objetivo es recuperar las nociones compartidas acerca de los sentidos, los olores del campo de batalla, el sabor de las raciones, como así también cómo vivenciaron la humedad y el frío los soldados que se encontraban en el frente de batalla. Para ello, se centra en las campañas militares de Europa durante los dos últimos años de la Segunda Guerra Mundial (1943-1945). Mary Louise Roberts toma ese período porque fue en él que se produjeron los mayores padecimientos por parte de los infantes, fundamentalmente en tres campañas: durante la campaña del invierno septentrional de 1943-1944 en las montañas de Italia, las batallas de verano de 1944 en Normandía y los combates que tuvieron lugar en el noroeste de Europa durante el invierno de 1944-1945.

Los padecimientos que se leen en los testimonios recopilados fueron vividos como un verdadero infierno debido a que dicha guerra fue una calamidad para los soldados de infantería, ya fuera por las condiciones meteorológicas, climáticas o el terreno, así como también por el tipo de batalla que enfrentaran.

La historiadora no pierde de vista a lo largo de todo el libro que los soldados de infantería tenían algunos rasgos en común, vinculados principalmente con el tipo de formación y entrenamiento que recibían, es decir, que ellos sabían que los ejércitos los enrolaban, adiestraban y finalmente los mandaban a la guerra en calidad de cuerpo. Por lo tanto, a partir de allí, ningún soldado era ya la misma persona porque quedaban reducidos a un cuerpo “mecánico” cuyo fin era resistir el dolor soportando cualquier agonía o desgaste físico.

En el primer capítulo, “Los sentidos”, se recorre la violencia de los campos de batalla ejercida sobre los sentidos de los infantes partiendo de la siguiente pregunta: ¿por qué predominan los recuerdos sensoriales en los testimonios de soldados de infantería? La autora sostiene que una de las pocas cosas que los soldados podían percibir como propias eran justamente sus sentidos, ya que en la guerra estaban sometidos a una obediencia casi absoluta en la que prácticamente no podían decidir sus movimientos, qué ropa usar o cómo alimentarse. Es más, producto de los padecimientos de la guerra, llegaron a comprender que sus cuerpos eran el material bélico más preciado para los ejércitos y, a su vez, era lo más fácil de reemplazar.

Por lo tanto, sus cinco sentidos eran su posesión más preciada e importante porque a través de sus ojos podían contemplar los horrores; con sus oídos percibían los ruidos de armas, gritos y pedidos de auxilio; y la nariz detectaba olores nauseabundos y desconocidos hasta entonces.

Dentro de esos sentidos, la autora destaca que el oído era el más importante de todos, ya que reemplaza incluso a la vista, porque ver implicaba ser visto, por lo que orientarse por la vista podría ser mortífero. Los testimonios de los infantes también enfatizan el sentido del olfato. Pero, a diferencia del anterior, carece de un valor estratégico. Se trataba más que nada de ignorar los malos olores porque, entre otras cosas, eran una marca de que lo peor había sucedido.

El segundo capítulo, “La suciedad del cuerpo”, comienza con la descripción y análisis de una caricatura que Bill Mauldins dibujó para Stars and Stripes, titulada “En el frente”, cuyos personajes son dos soldados de infantería roñosos y barbudos. Dicha caricatura era un espejo de la vida en la infantería en el campo de batalla. A partir de las experiencias de los soldados, Roberts marca las diferencias entre la vida de los soldados al momento de la instrucción y la vida en el frente. Esta contraposición se centra en el sentido que se le asigna a la higiene. Mientras durante la instrucción los soldados eran obligados a llevar adelante un alto nivel de limpieza, en el frente la lluvia, el barro y la falta de agua impedían que los soldados pudieran ser pulcros y afeitarse.

Asimismo, también marca las diferencias entre los oficiales que se encontraban en la retaguardia y los soldados rasos: los cuerpos sucios y viriles pertenecen al frente, mientras que los cuerpos pulcros y afeminados pertenecen a la retaguardia.

El pie de trinchera, una de las grandes dolencias que sufrieron los infantes de marina estadounidenses, es el centro de “Los pies”, el tercer capítulo. La autora se pregunta: ¿por qué el ejército de los Estados Unidos sufrió tantas bajas debido a una dolencia evitable? Para dar una respuesta acabada, pone el foco en varias razones. Primero, destaca que esta dolencia surgía a partir de la gran exposición al frío y al agua que sufrían los soldados, ya que dormían en hoyos y a la intemperie. Encontró que –a diferencia del ejército británico– el estadounidense no contaba con un calzado adecuado ni medias secas para afrontar las inclemencias del clima europeo. A su vez, el calzado estaba mal distribuido, ya que los pocos que llegaban se los terminaban quedando los soldados de la retaguardia. En segundo lugar, Roberts argumenta que el pie de trinchera terminó siendo una epidemia para los soldados estadounidenses por la formación que obtuvieron durante la instrucción. Se instruyó a los soldados a que no tuvieran quejas por el dolor o el cansancio porque estos no eran signos de la hombría o virilidad. Por lo tanto, llegaron a pensar que pedir atención médica era una señal de debilidad y cobardía. En tercer lugar, menciona que para los oficiales el objetivo de la guerra era destruir al enemigo sin importar el costo, por lo que proteger a sus propios soldados no era una prioridad. Sin embargo, los soldados eran su responsabilidad. Para librarse de esta, argumentaron que el pie de trinchera se debía a la falta de higiene y disciplina de los propios soldados.

El cuarto capítulo, “Las heridas”, es un gran aporte para la historiografía militar, ya que pone el foco en los heridos, que han sido muy poco estudiados por los historiadores más difundidos. El centro de estas páginas son tanto las experiencias de los heridos como del personal médico del bando británico en las campañas de Italia y del norte de Europa entre 1943 y 1945. Hay una pregunta que organiza el capítulo: ¿qué significaban las heridas para quienes las sufrían, las evaluaban, las curaban o las operaban?

Lo primero que Roberts destaca en estas páginas es que el ejército hizo todo lo posible por invisibilizar a los heridos para la multitud, sacándolos del campo de batalla en la oscuridad de la noche y trasladándose bien lejos. En segundo término, destaca que para los soldados sus heridas son importantes, al punto tal que hacían enormes esfuerzos por recordar en qué circunstancias habían caído heridos, aunque, como recordaban de manera intermitente, reconstruir una historia coherente no era una tarea para nada fácil. Además, para muchos soldados tener una herida no tan grave significaba la posibilidad de descansar y salir de esa crueldad inhumana y volver a tener control sobre su cuerpo.

En cuanto al personal médico, aquí también podemos encontrar que había una diferencia marcada entre aquellos que se encontraban en el frente y los que se encontraban en la retaguardia. Los primeros eran testigos directos del sufrimiento que se desarrollaba en la guerra, mientras que los segundos se hallaban a kilómetros de distancia. Con respecto al diagnóstico, para los médicos no importaba el herido en tanto individuo, sino su herida, y tenían como objetivo curar las lesiones para que los soldados pudieran regresar al campo de batalla, por lo que curarlos implicaba que volvieran a enfrentar la muerte. Los heridos se transformaban en números o “casos”. En pocas palabras, podemos decir que los heridos y sus heridas eran la verdadera prueba del horror que implicaba la guerra.

El quinto capítulo, “Los cadáveres”, recorre la trayectoria de los soldados caídos en combate. En el inicio, Roberts señala que, si bien la guerra tiene mucho que ver con el heroísmo, también tiene que ver con la muerte, ya que el conflicto bélico se medía por los territorios ganados, pero a su vez las victorias se expresaban en función de la cantidad de vidas perdidas. Justamente, con la guerra moderna industrializada, la cantidad de bajas es extremadamente alta, por lo que el ejército estadounidense despliega toda una maquinaria para poder darle una sepultura digna a sus héroes.

Para ello, pusieron en funcionamiento una entidad que se encargaba de dar sepultura a los muertos y recolectar sus pertenencias para luego poder entregárselas a sus familias. En efecto, recibir las pertenencias era la prueba irrefutable de que su familiar había muerto.

Aquí se destaca el punto de vista de los propios soldados: las muertes eran vistas como un sacrificio necesario en honor de la libertad. Algunos llegaron a interpretar la muerte como el fin del sufrimiento bélico, por lo que los llevaba a entender que la muerte los acechaba permanentemente. En efecto, la muerte no hacía más que demostrar que los infantes eran meros cuerpos para usar y ser reemplazados por otros.

En conclusión, esta obra realiza grandes aportes historiográficos para repensar e interpretar la Segunda Guerra Mundial, ya que pone el foco sobre todo en realizar una historia somática de la guerra. Pero, a su vez, también realiza aportes desde la perspectiva de género al mencionar que los soldados casi ni se refieren el sentido del tacto, así como también al señalar la instrucción basada en la resistencia y la anulación de todo tipo de dolor que demuestre algún grado de debilidad y cobardía que atente contra su virilidad. Es un texto de lectura ágil, sin que por ello pierda rigurosidad en el análisis. Este abordaje podría ser una gran fuente pedagógica para la enseñanza media, ya que permitiría a los estudiantes poder tener una visión, a partir de testimonios en primera persona, de la brutalidad, la crueldad y el sufrimiento que implica estar en una guerra.


1* Profesor de Enseñanza Media y Superior en Historia (FFyL-UBA) y maestrando en Historia (IDAES-UNSAM). Correo electrónico: leandroguerrieri@hotmail.com.