Guadarrama González, Pablo (2024). He vivido por y para la filosofía en nuestra América. Autobiografía intelectual. Bogotá: Cooperativa Editorial Magisterio. Prólogo de Antonio Scocozza y Mariarosaria Colucciello, edición y posfacio a cargo de Mariarosaria Colucciello, 535 páginas.
Jorge Liberati1
Recibido: 03/03/2025
Aceptado: 27/03/2025
En el campo de la filosofía política, y aún más en lo que se refiere a la enseñanza de la filosofía en niveles universitarios, el filósofo cubano Pablo Guadarrama (1949), de larga trayectoria en su país y en el foro académico latinoamericano, es una figura ejemplar en la historia de las ideas del continente. Se trata de un intelectual preocupado por el problema social y comprometido entrañablemente con la dinámica red de ideas humanistas, reformistas y aun revolucionarias de una época efervescente, políticamente inquieta, cargada de ideales de emancipación cultural e ideológica. Un período en que su país vivía en la esperanza de una gran transformación política, y aun en el que la suerte histórica de todo el ámbito centro y sudamericano se jugaba en un plano a todas luces incierto y cargado de oscuros pronósticos.
En su larga trayectoria de vida académica se puede comprobar, una vez más y de manera si se quiere dramática, la manera en que las ideas se ven impelidas a experimentar cambios, a veces radicales, a veces moderados, según cuadre a la situación del momento y de acuerdo a los instrumentos teóricos disponibles y al alcance de la mano, en este caso el marxismo. Se puede comprobar cómo la tensión política originada por las transformaciones derivadas de la Segunda Guerra Mundial, al gravitar decisivamente en torno a la revolución cubana, y en todos los ámbitos de la vida de Europa y del continente americano, interfiere en las concepciones de un profesor. Debe decirse, de una filosofía, de una o varias universidades, de un país y de una región. Incluso, de una generación entera de pensadores, filósofos, sociólogos, políticos, artistas. Y también de personas sin títulos honoríficos ni producción intelectual que, sin embargo, son las que deciden el destino de todos en los regímenes democráticos.
Guadarrama es seducido por la revolución bolchevique, el régimen soviético y el pensamiento de la tríada más conocida de sus promotores: Marx, Engels y Lenin. Era de cajón pensar en algo diferente en un momento en que los pueblos sufrían, de una manera en que hoy día no es fácilmente imaginable, el pesado influjo del intervencionismo económico, la ideologización masiva y la mundialización. En general, el de una clase de cultura popular que no auguraba ninguna prosperidad ni la posibilidad de una esperanza de seguro bienestar, siquiera espiritual. Hablamos del imperialismo y de la frágil respuesta con que se le respondía, filosóficamente abstracta o políticamente ausente.
Algo de lo que aún hoy no se habla mucho, por la renovada valoración de la democracia luego de que fuera desbarrancada por las nefastas dictaduras que asolaron los países latinoamericanos: la extendida corruptela política, apelación al clientelismo asimilado como una institución oficial más, manejos económicos estatales con fines personalizados, en fin, especie de simonía con la que se ganaban voluntades políticas a cambio de ventajas, empleos, exoneraciones y pequeños beneficios otorgados al margen de protocolos y reglamentos.
Durante el período de más de veinte años en que se impone la guerra fría entre los dos bloques ideológicos mundiales, especialmente con el fracaso del régimen soviético, Guadarrama, que ya se había sacudido respecto a Stalin, actualiza su concepción filosófica, flexibiliza sus ideales políticos sin abandonar el marxismo, y asimila las vertientes renovadoras que conoce bien por su especialización en historia de la filosofía. Podría decirse que, en uno y otro caso, al principio o al fin, ocurre el “circunstancialismo” del que hablaba Abelardo Villegas y del cual sólo puede surgir “una verdad circunstancial”.
De paso es de hacer notar el fenómeno por el cual una buena parte de los filósofos y escritores europeos de la época experimenta un proceso evolutivo semejante: el de pasar de una posición radical inspirada en la filosofía práctica de las izquierdas marxistas y posmarxistas, a otra generada por un estado de cosas que desalienta y conduce a investigar la realidad política de manera abarcadora y desideologizada. Ocurrió con André Gide, Jean-Paul Sartre, Maurice Merleau-Ponty, Stephen Spender, Arthur Koestler y otros y, en el ámbito de nuestra región, con quienes, sin adherir al comunismo, desconfían del pensamiento revolucionario latinoamericano, entre ellos Octavio Paz, Arturo Ardao o Juan Luis Segundo.
El libro es una valiosa historia, no sólo de la vida del autor, sino del entorno en el que el personaje se desenvuelve, lucha y se transforma. Y si, en efecto, es una autobiografía, lo es destacándose en ella una característica única y para nada esperable: que lauda sobre sí misma o que es auto laudatoria; que alaba y destaca la misma trayectoria que relata y considera de mérito. Asimismo, y como lo indica el subtítulo, es una autobiografía intelectual, pero es del caso agregar que también lo es de vida, puesto que incluye una proporción de hechos de vida igual o mayor en cantidad a la de sus ideas filosóficas.
Nacido en Cuba en 1949, Pablo Guadarrama González vive su infancia bajo el régimen de Fulgencio Batista y los hechos relacionados con el movimiento revolucionario liderado por Fidel Castro (capítulos 1 y 2). Se forma como profesor en aras de servir a la Revolución, pero no se limita a leer aquello que, por entonces, era funcional a las ideas y aspiraciones de liberación, es decir, la literatura del marxismo soviético. Lee a Gramsci, Althusser, Schaff, Sánchez Vázquez, Sartre, Fanon, Mariátegui, y también a Marías, García Morente, Ortega y Abbagnano (Cap. 3).
Entiende que la filosofía es un “valioso instrumento no sólo docente y epistémico, sino también de existencial práctica de realización humana”. Y que es una ayuda para entender lo ideológico, especialmente en cuanto atañe a la política y a la religión. No le convence el “socialismo real”, pero tampoco el “capitalismo real”. Es difícil –quizá quiere decir irónico– construir una “sociedad humana” mientras se es profesor de materialismo dialéctico.
Es invitado a estudiar en Leipzig, en la Universidad Karl Marx, de la cual relata jugosas anécdotas (Cap. 4). En su regreso a Cuba decide dedicarse “al estudio del desarrollo de la filosofía en América Latina” (Cap. 5). Su interés inicial se centra en la introducción del positivismo en Cuba, especialmente el que fue promovido por uno de los fundadores de la filosofía en el continente sudamericano: Enrique José Varona. Presenta un primer texto sobre la evolución ideológica de Varona en 1976 en la Escuela Superior del Partido Comunista de Cuba (Cap. 6).
No duda en considerar que el positivismo, en el caso de América Latina y el Caribe, “fue una corriente de corte progresista”, aunque no hay una aclaración acerca de lo que significa entonces ese concepto. Su paulatino alejamiento del marxismo-leninismo ortodoxo, a raíz de su valoración de las corrientes tocadas por el positivismo local, no deteriora su apreciación en ese entonces del marxismo que considera verdadero. Y su interés por el socialismo soviético se abre en abanico incluyendo el occidental europeo y el incipiente marxismo latinoamericano.
En la década de los setenta adopta una actitud crítica ante las versiones marxistas en boga, sin abandonar sus ideas de inicio. Se inclina por Rosa Luxemburgo, Trotsky y Gramsci, un deslizamiento ideológico que se registra también en algunos intelectuales argentinos y uruguayos. Guadarrama advierte cómo se fue imponiendo el propósito de “lograr la máxima unidad de criterios”, “masiva y homogeneizadora” del marxismo, aunque sin abandonarlo nunca. En su interpretación y divulgación, incluso en los ámbitos académicos, este problema deriva en cierto estancamiento en su profundización y actualización (Cap. 7).
Sus investigaciones sobre Varona sirven de base para un doctorado en filosofía en Leipzig y concitan interés en el seno del Partido Comunista de Cuba. Por otra parte, en su pensamiento se asocian José Martí, cuya obra conocía desde joven, y Enrique José Varona. En 1980 defiende su tesis de doctorado en lengua alemana. Pero el positivismo es una corriente idealista para el marxismo soviético, y esto le ocasiona algún problema. También tiene dificultades para que el positivismo pueda conciliarse en su relación con las ideas de Martí. Sin embargo, afirma Guadarrama, el martiano es un “humanismo concreto” y no abstracto, por lo demás revolucionario (Cap. 8).
Trabaja para inculcar el interés por la filosofía latinoamericana entre sus colegas del Departamento de Filosofía de la Universidad Central de Las Villas (UCLV), una tarea difícil que requiere material propicio para la investigación, del cual carecen. Pero se forma un grupo de profesores que de buen grado se dispone a acompañarlo. Uno de los inconvenientes es la creencia escéptica de que entre los latinoamericanos es difícil encontrar filosofía original. Algunos tienen como románticas e idealistas, incluso reaccionarias, las escasas iniciativas en el campo filosófico. El maestro Gaspar Jorge García Galló es una figura decisiva en impulsar la metodología necesaria e imprescindible para encarar los estudios latinoamericanos, en medio de una duda: ¿hay o no hay filosofía latinoamericana? (Cap. 9)
Guadarrama está convencido de la riqueza de esa filosofía. Lo que importa no es el cuño europeo, los antecedentes genealógicos inevitables desde que provenimos de Europa; no es importante “el sello de procedencia de su fabricación”, sino “la utilidad y la validez epistemológica de cualquier idea”, “el rigor teórico de su producción intelectual” (p. 109). Este principio debería desbaratar el supuesto según el cual la independencia intelectual y la liberación ideológica y filosófica de todo extranjerismo es un principio innegociable –por lo demás imposible de cumplir. Todas las corrientes filosóficas europeas y norteamericanas han tenido su expresión en América Latina desde siempre.
El humanismo, afirma Guadarrama, no es una corriente filosófica o cultural homogénea. Desde Platón y Demócrito, desde Roger Bacon y Hegel, se registra una “preocupación humanista y desalienadora del hombre, aun cuando no hayan sido formuladas en tales términos”. Y la filosofía ha contribuido grande y diversamente en esa dirección de pensamiento y acción, que se consagra definitivamente con Marx (Cap. 10). En los años ochenta se impone el deseo de estudiar y afianzar la filosofía en Cuba, país con firme tradición filosófica, especialmente en la década de los cuarenta. A fines de los noventa el marxismo-leninismo prevalece en la educación cubana, en ámbitos académicos y no académicos (Cap. 11).
Pero se vuelve necesario ampliar el horizonte filosófico, pues Cuba no es un país en el que sólo se cultiva el materialismo dialéctico. Se oyó en Cuba a Mario Bunge, el mismo Guadarrama se interesa por la filosofía latinoamericana de la liberación (Cap. 12). En un congreso de 1984, en la República Democrática de Alemania, Guadarrama distingue entre los conceptos de originalidad y autenticidad, y atribuye este último a la filosofía latinoamericana, distinguiéndola de la europea (Cap. 13).
Entra en relación con el filósofo mexicano Leopoldo Zea de paso en La Habana y lee a Adam Schaff; participa en un importante congreso en México en el año del terremoto de 1985. Allí se pone en contacto con un grupo de intelectuales entre los cuales figuran Miró Quesada, Roig, Dussel, Cerutti, Sánchez Vázquez, Vargas Lozano, Nicol, María Luisa Rivara de Tuesta, Rabossi, Gracia y otros. Empezó a disolverse la costumbre de clasificar a los filósofos en materialistas e idealistas, dialécticos y metafísicos, etc., y a aumentar el interés por Cuba en el momento en que la OEA rompía relaciones con ese país. En 1987, en otro congreso en México, asiste a la discusión sobre la crisis, la muerte o la resurrección del marxismo (Cap. 14).
La actividad en México se sigue con su participación como conferencista en Bogotá. Como lo hacía Zea, pensaba que la afirmación de una cultura latinoamericana propia debía aspirar a universalizarse, para lo cual era imprescindible conocer el propio pasado, no sólo el europeo. La misma Europa había excluido de su radio de intereses a las demás culturas, lo que, a pesar de su riqueza, había corrido el riesgo de aislarse del mundo (dígase de paso que fue el mundo quien lo evitó, no ella). El mérito de Zea fue “evadir el academicismo estéril y el tono hermenéutico y exegético” de algunos filósofos latinoamericanos. Debe entenderse que no se quería eludir a Europa o independizarse cultural y radicalmente de ella, sino intentar una acción cultural que no hiciera a un lado a ninguna otra (Cap. 15).
Es invitado al Congreso Internacional Extraordinario de Filosofía en Córdoba, Argentina, y declarado miembro de su Comité como representante único del marxismo. Conoce a destacadas personalidades filosóficas y debate con delegados argentinos de la filosofía de la liberación, Cullen y otros, quienes conocían los estudios avanzados de Cuba sobre esa corriente de pensamiento. La cuestión se define entre el humanismo y la alienación. Recuerda el papel desempeñado en la propuesta de nuevas formulaciones sociales por parte de Carlos Vaz Ferreira y Antonio Caso: una crítica del capitalismo que sin embargo evade el socialismo (Cap. 16).
Destaca su tarea como autor de textos docentes y como formador de doctores. En ocasión de un congreso de estudiantes socialistas en Nueva York, en 1991, se pregunta si había algo vivo de marxismo en el proyecto socialista de su país y, en caso de que lo hubiera habido, si era diferente al soviético. Guadarrama cree que, según Marx, en el comunismo se contiene ante todo la aspiración de un cambio en la situación de miseria e injusticia social, y que el derrumbe de la concepción soviética sólo anuncia su propio fracaso y no el del socialismo (Caps. 17 y 18)
¿Se trata de la crisis del socialismo o también del marxismo? La pregunta surge en ocasión de un congreso en Tegucigalpa, y la respuesta pasa por recordar la teoría de Karl Popper, de acuerdo a la cual –y siguiendo a Guadarrama en su interpretación al respecto– “una experiencia fallida no invalida cualquier teoría científica con adecuada fundamentación racional”. Las alternativas para una respuesta eran: el fracaso soviético no invalida el marxismo; la soviética era sólo una versión posible; el socialismo soviético no tuvo en cuenta el estado moderno del capitalismo; una crisis en el socialismo puede conducir a una etapa negativa y sólo eventualmente a su destrucción (Cap. 19).
No tiene escrúpulos en recordarle al lector que en 1991 recibe el Premio “al mejor aporte a la Educación Superior” y otros honores y distinciones, y que su trabajo, a pesar de dar con algunos descontentos, es publicado por la Editora Política adscrita al Partido Comunista de Cuba. Cree que una nueva filosofía tiene como obligación honrar a Marx y fundarse en su pensamiento (p. 255). En 1993, en México, pregunta si el fracaso soviético es suficiente para refutar una teoría que cambió el modo de pensar la historia de una manera no nihilista, como encuentra en la de los críticos de la posmodernidad Lyotard, Foucault, Derrida y Rorty (Caps. 20 y 21).
Guadarrama analiza las “falacias del discurso posmodernista”. Parte de la idea de que la modernidad “ha convertido el equilibrio armónico en presupuesto indispensable para conformar y resguardar el orden existente”, frenando la renovación revolucionaria e, indirectamente, apelando en el fondo a un formulismo primermundista (Cap. 22). En un congreso de 1992 en Santo Domingo, Guadarrama expone sobre el pensamiento latinoamericano, destacando: su base ética, su humanismo, el papel desempañado en las transformaciones sociales, el lugar otorgado al hombre sin detrimento de la naturaleza, su exaltación de los más altos valores humanos, el conflicto ético que ocasiona el choque de culturas con el Descubrimiento, el afán de superación contenido en esa historia, la imposibilidad de que la ética cristiana pueda absorber otras derivadas del indigenismo o de las prescripciones laicas de las repúblicas democráticas, etcétera (Caps. 23 y 24).
Promover el estudio de la herencia filosófica latinoamericana y por qué se rechazó el positivismo, una corriente estudiada inicialmente por el autor, son temas que sirven como cuadro a una serie de relatos en los que se menciona al pensador mexicano José Vasconcelos y, de paso, la admiración que su obra despertó en el marqués alemán Keyserling. Guadarrama no deja de reconocer las ideas de Alejandro Korn y de Carlos Vaz Ferreira, a José Enrique Rodó y al “humanismo americanista” de Pedro Henríquez Ureña como alternativas del positivismo y del espiritualismo. A la vez, explica por qué Antonio Caso, el filósofo católico mexicano, se había mostrado hostil al positivismo, aunque reconociendo en esa corriente aspectos que deben conservarse. Vive el momento en que el estudio de la filosofía en Cuba y Latinoamérica entran en cierta recesión para dar paso al posmodernismo y a la filosofía de la liberación (Caps. 25 y 26).
Luego de insistir sobre algunas constantes marxistas en el pensamiento latinoamericano y de volver a las consecuencias filosóficas del fracaso soviético, Guadarrama anota cuatro actitudes que encuentra en la izquierda ante esa crisis: 1) escéptica, pesimista y hasta nihilista; 2) neortodoxa; 3) circunstancialista, regionalista, nacionalista; y 4) realista crítica. Al menos, aclara, eran las actitudes principales (Cap. 27). El lector perdonará que el espacio de esta reseña no alcance para profundizar estas ideas de Guadarrama, que son del todo oportunas con el fin de aclarar y aun enriquecer la historia de las ideas y de la filosofía en la segunda mitad del siglo XX en América Latina.
Reconoce la falacia en que cae la modernidad marxista en considerar falso todo lo que resulte anterior a Marx. Es necesario ejercitar el cerebro como se ejercita el músculo, para no caer en desactualización, descuido o ignorancia de los cambios en la estructura económica y social del mundo. Sólo en 1996 llega a advertir, y en forma patética para un filósofo de larga trayectoria, la necesidad de “elaborar algunos instrumentos conceptuales propios” (p. 336).
Con total sinceridad declara: “Fui descubriendo aristas teóricas cuya adecuada comprensión no me la brindaba la literatura filosófica predominante en Cuba” (p. 337). Era preciso dejar de valerse de “copias de diccionarios u otros textos académicos”. Había que afinar el orden de los conceptos; el propio de filosofía, el de ideología, el complejo concepto de cultura (Cap. 28), y una percepción más completa de “la metodología de la investigación científica”, que Guadarrama considera de “obligación académica” (Cap. 29). Entra a tallar la epistemología, no sólo en el dominio filosófico, sino, como gusta enumerar, en los de otras disciplinas científicas y ciencias humanas (Cap. 30).
En Bolivia pudo conocer los terrenos por los cuales se movió, combatió y fue asesinado el Che Guevara. Allí reconoció una región “que no era de gran conflictividad por la tierra”, desde la reforma de 1952 (p. 377). Y el relato sirve para que Guadarrama se explaye en torno a un aspecto de gran importancia: lo que el Che valoraba en Marx era “la idea del socialismo y del comunismo como intento de superación de la alienación humana” (Cap. 31).
Es un punto que vale la pena consignar aquí como intersección común también a varias filosofías no marxistas de la época. Siempre y cuando por “alienación” –y al margen de toda patología psicológica o psíquica– entendamos el influjo que una fuerza externa ejerce impulsivamente sobre la mente humana a fin de volverla insensible ante cualquier otra motivación que no sea la que viene comprometida en esa fuerza. Se trata del sentido hegeliano de alienación como conciencia separada de la realidad en que vive el sujeto.
Insistimos en que es un punto que comparten filósofos que suelen clasificarse como próximos a “partidos” o a “ideologías políticas” diferentes. Una aspiración que se filtra en los textos de los mayores escritores y filósofos latinoamericanos desde que se conoce su pensamiento, su literatura o su arte si se trata de creadores. Un ideal que se corrobora en los textos de varios filósofos, generalmente tildados como de derecha o de izquierda, fórmula lingüística que ha tenido más sentido en otras épocas y que actualmente no hace más que confundir en países verdaderamente democráticos. Porque, como por ejemplo en Uruguay, las llamadas ideologías progresistas o conservadoras, cuando alternativamente se imponen como gobiernos legítimamente elegidos, proceden de manera del todo semejante. Y lo más curioso, si lo consideramos desde el punto de vista económico, que es el que más importa al marxismo, sus ministerios de economía siguen la misma línea de siempre con sólo algún detalle diferente en sus programas, una línea que no hace más que seguir la que en general sigue el mundo capitalista, y que es difícil si no imposible evitar porque no hay otro.
Guadarrama completa el libro con su difusión en España de la vida filosófica latinoamericana (Cap.32), el tema de la filosofía como “instrumento de toma de conciencia para la actuación práctica” (Cap. 33), la prédica sobre el “ejercicio de pensar”, derechos humanos, cultura, paz y poder, integración latinoamericana, libertad y justicia social (Caps. 34 a 41), con un posfacio de Mariarosaria Colucciello bajo el título “Para una narración filosófica del sí”. Es un libro escrito por un escritor que no oculta su orgullo, plenamente satisfecho por cómo ha orientado su trayectoria en la vida, de gran sinceridad a la hora de reconocer sus límites, y actor incansable en los ámbitos filosóficos marxistas en buena parte del mundo universitario.
1 Uruguayo, Profesor de filosofía y ensayista, Uruguay.