Eiff, Leonardo (2024). La línea de sombra. Pensar el Estado, reformar la democracia. Los Polvorines: Ediciones UNGS, 156 páginas

Guillermo VÁZQUEZ1

Recibido: 01/09/2025
Aceptado: 11/09/2025

No tanto distópica pero sí inesperadamente explícita es la valencia política sobre el Estado con la que hoy convivimos en la Argentina, a partir de la presidencia de Milei: el topo que viene a destruir al Estado desde adentro, el Estado como banda de ladrones, entre otras metáforas todavía más espeluznantes y dichas desde la más alta esfera de autoridad conferida por la Constitución argentina. Leonardo Eiff (2024), anticipándose a este presente (el libro fue concebido casi en su totalidad antes de la victoria presidencial de Milei), propone un comienzo para una salida posible: repensar el Estado. Lo hace con las herramientas conceptuales más avezadas, con una reivindicación de la teoría y su mirada ante el caos.

Pensamiento, responsabilidad y prudencia, son las tres palabras que Eiff elige para dar las razones que lo motivaron a escribir este libro inesperado (en el mejor sentido del término). En su novedad, sacude estructuras tanto de forma como de contenido. Y, sobre todo, es crítico sin concesiones, pero propone horizontes posibles para pensar más allá “del conformismo que nos obliga a optar entre la utopía o la capitulación” (2024, p. 14). Un nervio interesante de su propuesta es esa prudencia que sacude tanto el desgaste de la espera por emancipaciones soñadas que cada vez se alejan más (porque no encuentran cabida real ni en sujetos ni en formas para llevarlas a cabo), como la caída en una cierta pasividad estratégica (impolítica como supo decir Roberto Esposito, o del desertar como propone ahora Bifo Berardi). El libro de Eiff es prudente y responsable en este sentido.

La línea de sombra. Pensar el Estado, reformar la democracia (editado por la Editorial de la Universidad de General Sarmiento, que agrega otro título indispensable a su extraordinario catálogo) comienza con una importante cantidad de epígrafes (siete), en un gesto que nos marca el camino que se ha decidido seguir: una apuesta a escuchar muchas y variadas voces. Liberales, conservadoras, anarquistas, marxistas −y sus más variadas versiones al interior de cada una. Clásicas, modernas, o actualísimas. Europeas, africanas, anglosajonas, latinoamericanas, y −sobre todo− argentinas. La selección de fuentes con las que dialoga siempre viene a colación con una relevancia acertada (nunca proliferan porque sí), con precisión quirúrgica y belleza ensayística, a tono con el resultado del libro.

En general, el comienzo de cada capítulo busca una imagen poderosa que viene con ejemplos históricos a veces olvidados (el golpe democrático en Argelia con el que se inicia el capítulo 5), o tangenciales (la polémica por el matrimonio en algunas posiciones del mundo soviético a comienzos del capítulo 4), también antiquísimos (la discusión sobre la crematística aristotélica para pensar el vínculo entre inflación, moneda y autoridad política en el capítulo 9). Sin embargo, entre otros méritos ensayísticos, el libro mantiene firme esos ejemplos sobre la discusión argentina, siempre pensando la posibilidad −y los frenos a la misma− de una nueva estatalidad que sepa distinguir poder de autoridad, para −por la vía de la neutralización soberana− evitar los desvaríos que el autor ve en las polarizaciones extremas.

El final del capítulo 3 –“Paradojas”−, acaso el más coyuntural del libro, cierra con un llamado que justifica el título del libro (en tanto Conrad no aparece detalladamente entre las referencias literarias del libro): una línea de sombra prudente y realista, contra los encantadores de serpientes. La prudencia del libro está, como dijimos, en su distancia de los utopismos y las capitulaciones. El realismo, en el mismo lugar, así como en un modo centrado y arraigado en la historia argentina, de abordar los dramas que nos presenta, a partir de la pregunta por un modo de escribir políticamente. Sin embargo, estos adjetivos encuentran en el libro su doblez: tiene una radicalidad y una impertinencia que lo hace más interesante. Contra la calma que traería la prudencia, o la racionalidad que devendría del realismo, hay algo que lo aleja de ello, sin caer nunca en el delirio; la línea de sombra es, efectivamente, una buena manera de describir ese umbral.

Podríamos usar con este libro una adjetivación que a Schmitt le gustaba repetir sobre su trabajo: es una escritura metafísico-realista. Para pensar el Estado, es preciso definir una ontología. No se puede reformar la democracia sin supuestos epistémicos fuertes. En Argentina, el schmittianismo tiene una larga historia. Su relato más acabado y extraordinario, claro, es el de Jorge Dotti en su ya clásico Carl Schmitt en Argentina. Sin embargo, por obra del mismo Dotti, con un trabajo paciente y brillante que va desde su cátedra en la Universidad de Buenos Aires, los cuadernos de filosofía política Deus Mortalis, las jornadas académicas, los trabajos científicos y el conjunto de tesis que comenzaron a surgir a partir de esa apertura, la Argentina cuenta con una referencia fundamental en los estudios schmittianos. En La línea de sombra se citan los nombres de Sebastián Abad (del que su libro con Mariana Cantarelli, Pensar el Estado, es un buen antecedente de los argumentos de este que aquí reseñamos), o Andrés Rosler (al que podría agregarse, claro, José Luis Galimidi). Estos conforman un grupo de discusión −desde los espacios que abrió Dotti y hemos mencionado−, referencias cruzadas y productividad común entre los cuales no se encuentra Leonardo Eiff. Es esta azarosa distancia lo que permite leer La línea de sombra como una gran novedad en sus intenciones, así como su forma. Un schmittianismo mucho más pegado a la tradición ensayística y política argentina, que a la suplantación de ejemplos weimarianos para situaciones argentinas. Es el de Eiff un libro con más escucha a las voces de acá −generosidad es uno de los adjetivos que le sientan mejor−, no por chauvinismo sino por una decisión que se desprende de su responsabilidad: a quién y cómo hablar para entablar un diálogo que propenda soluciones, salidas, espacios de aires nuevos en este encierro.

Allá por los años noventa, Horacio González −que tan cuidadosa y, por suerte, nunca hagiográficamente es tratado en el libro de Eiff−, había escrito que quizás habíamos pasado demasiado rápido la página del hegelianismo en la filosofía nacional. Y es que Hegel había sido dejado atrás como un teólogo ilusionista por la impronta analítica que tomó la universidad argentina en la transición democrática, tanto como por las otras tradiciones que se acoplaban junto con ésta: las marxistas (desmanteladas y exangües tras la dictadura), y las posfundacionalistas (de Foucault a Derrida). Ni con Marx ni contra Marx −como quería la fórmula bobbiana−, o acaso con Marx y contra Marx si demandara el argumento, el libro de Eiff piensa lo mismo, y vuelve a insistir en lo que en González apenas era una sugerencia al pasar, aquí con un libro que respira en todas sus páginas la eticidad estatalista, sin caer en una cerrazón común al hegelianismo. Hegel es mencionado passim, pero sin un tratamiento filológico que el libro, virtuosamente, nunca requiere. Como con Schmitt, prescinde de manierismos germanófilos y poco propicios para pensar con otros contornos lo local.

Es el capítulo 8, con el trasfondo de algunas de las tesis del último libro de Horacio González Humanismo: impugnación y resistencia, que señala, creemos, uno de los hilos más vivos de todo el trabajo: la vinculación entre humanismo y estatalidad. No de manera unívoca, pero sí con un notable recorrido, Eiff se pregunta por la ambivalencia de la tradición de la estatalidad: surgida en las mentes y las espadas de hombres del orden (los reyes emancipados del vicariato papal, o los emperadores modernos a la Napoleón; Hobbes, Hegel, Schmitt por la parte teórica), hoy diríamos de derecha, Eiff quiere traerlas como herencias sin testamento para reconstruir por izquierda una institucionalidad como katejón ante un mundo manejado por corporaciones, hiperindividualista, puramente utilitario. Ya en los ochenta del siglo pasado, no en relación a la estatalidad sino más bien sobre la crítica al liberalismo, José Aricó llamaba a repensar Schmitt (como también lo hará Chantal Mouffe, una de las antagonistas teóricas de La línea de sombra); más atrás en el tiempo, Lenin se encontraba en sus lecturas con Clausewitz −y el propio Schmitt observó allí un encuentro inesperado y determinante para la historia contemporánea−, así como Spinoza se montó sobre matrices fundamentales del pensamiento hobbesiano, o Marx agradeció el orden de la burocracia inglesa para detallar la vida laboral de los obreros sin la cual era imposible un pensamiento sobre la plusvalía. En La línea de sombra, la propuesta es recuperar la estatalidad trascendiendo la mera instrumentalización del Estado por parte de las izquierdas, y volver así a la autonomía de la política vía el Estado de derecho como nomos ordenador.

Como el libro busca una discusión y demanda una escucha activa y regenerativa de sus hipótesis, es necesario observar algunas objeciones. Tenemos una diferencia, entones, en el tratamiento de un asunto que, en apariencia tangencial y eventual, lo vemos central para su propósito. Eiff propone que habría una politización “desde arriba” iniciada en 2008, tras el conflicto con las patronales rurales y el entonces gobierno primer gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, que “acabó” en una “despolitización impugnadora” (2024, p. 39) en los albores del inicio del gobierno de Milei donde el libro termina de escribirse. Es el transcurrir entre aquellos años desde 2008 −hoy vistos en general por buena parte del mainstream del análisis social argentino como errados, desmedidos y muy poco reivindicables−, hasta la actualidad, que La línea de sombra no desmenuza correctamente, a nuestro juicio. Eiff busca estas explicaciones en la proliferación de la política de las subjetividades (para el autor, propiciadoras de tendencias individualizantes, despolitizantes en un sentido, y arbitrarias en su marco de acción), en la pandemia, o la polarización como desnaturalización de la neutralidad inherente al Estado. Creemos que hay un déficit explicativo ahí, que incide negativamente con su propuesta final. Nos explicamos: es cierto que el libro no quiere ser uno de historia política reciente (y tantos y tan importantes acontecimientos harían perderse en el planteo del curso causal), además de que es factible, como nuestro caso, compartir su diagnóstico −desestatalización, despolitización, crisis de autoridad−, pero no es azaroso ni motivo de rencilla política alguna observarle algunos problemas sobre el cómo llegamos a esto. Es porque, a nuestro juicio, hubo un intento de reconstrucción de estatalidad en Argentina en la década kirchnerista, a tono con lo propuesto en el libro, pero cuyo fracaso no es atribuible a la partidización o radicalización política. Porque no es del todo acertado leer la salida de Damián Selci (la vida militante y su responsabilidad) como la única lectura posible de esos años. Como si las agrupaciones juveniles hubieran marcado toda la discursividad estatal de esos tiempos. Hubo allí, también, un auge de la decisión soberana mentada por Eiff, a la par de una dimensión neutral respecto de otros poderes −¿cuántos gobiernos pudieron durar con una Corte Suprema no propia en democracia?−, más allá de que se haya vociferado contra algunas decisiones (se acataban, que era lo relevante), y un intento de reconstrucción de lo público que trascendió mucho el por arriba: fue en diversos órdenes sociales, por mencionar al pasar el ámbito científico-universitario, también en organismos pedagógicos, en grandes empresas públicas de defensa soberana de los recursos naturales, o como dice describe Luisina Perelmiter (2016), en burocracias plebeyas que habitaban en múltiples dispositivos de asistencia. Lo que aquí planteamos es: ¿no será que la estatalidad fue derruida no por las subjetividades que se sirvieron de ella para conquistar (muy básicos, por otra parte) derechos, o por la politización que desde el rol presidencial se le dio a ciertos temas, sino más bien por la resistencia de las elites económicas (aunque también políticas y judiciales) argentinas a ser gobernados? ¿No será que no es aceptada ninguna idea de autoridad que no sea la del propio tecnócrata-empresario que siente que nada ni nadie puede ponerle límites a su voracidad económica, a su discurso individualista y cínicamente meritocrático? Puede sonar marxista, pero es, en el fondo, una pregunta desde el estatalismo más rayano (hobbesiano, digamos): ¿cómo, entonces, pactar con quienes han decidido no perder nunca (autoridad, capital, prestigio), y que admitan un tercero neutro? Quizás hayamos llegado aquí porque esa vía fue intentada, pero torpedeada desde los lugares más evidentes (corporaciones mediáticas en alianza con grandes empresas, potencias económicas exteriores que miran nuestra soberanía como amenaza a sus intereses, poderes financieros globales que buscan elevar sus tasas de ganancias exponencialmente a costa de demoler nuestra soberanía monetaria y fiscal), y estamos ante una derrota que no se reconstruye distinguiendo poder de autoridad, porque esos poderes que mencionamos no admitieron ni admitirían otra autoridad (y no porque la presidencia haya blandido irresponsablemente una potestas que solapó con su auctoritas).

Por caso, el capítulo 2 (“No hay Estado”) habla de “constantes estropicios económicos” (2024. p. 28). No es el caso de Eiff, que más bien retoma indirectamente las tesis de esa evaluación politicológica mainstream que hemos mencionado, pero hay allí un problema sobre los segmentos de tiempo que se incluyen. Insistimos: no por una cuestión de preferencias parcializadas, sino porque habría algunos desvíos importantes en las consideraciones estatalistas del libro. Consideramos acá que muchos de esos análisis −de Malamud a Semán, de Martín Rodríguez a Gargarella, más allá de sus evidentes divergencias− van en línea con el neoestoicismo contemporáneo que vemos desde el auge por Marco Aurelio en las mesas de las librerías, hasta la espiritualidad que combina ejercicio físico, rutina estricta y educación financiera con la que insisten los cursos promocionados por cuanta red social circule: soy el único culpable y responsable de mis actos (de mi felicidad, o de lo contrario). Así, con el kirchnerismo 2008-2015, el juicio es neoestoico: qué hizo mal, qué excesos tuvo, qué falta de convencimiento a la apuesta por la politización de la ciudadanía produjo su decadencia. Las razones de ello residen exclusivamente en su accionar. Si hubieran hecho las cosas bien, otro sería el cantar. No en vano las grandes doctrinas fundadoras del análisis de la política (Aristóteles, Maquiavelo, Montesquieu, Tocqueville, Hegel o Marx) tomaron distancia del estoicismo: no es posible pensar la política solo con la propia virtud. Más allá de la (ahora sí: unánimemente reconocida) trunca y malograda experiencia albertista, lo cierto es que las dos presidencias de Cristina Fernández de Kirchner tienen mucho más por conversar sobre esa experiencia fallida de refundar una estatalidad. Tomar solamente la discursividad camporista es, por lo menos, sesgado. Parafraseando el subtítulo de un libro de Perón en su exilio (quiénes y cómo me derrocaron) la pregunta que adviene necesaria es quiénes y cómo lograron −además, claro, de los errores propios− derruir toda la estatalidad allí renovada. Seguramente no solo la radicalización de ciertas posiciones, ni las subjetividades que vieron en el Estado una oportunidad. Seguir la veta de ese quiénes y cómo aparece, a nuestro juicio, como fundamental para evaluar la propuesta de Eiff. Porque al mirar el rostro de esa Gorgona no veremos las pataletas habituales (corrupción en la obra pública, déficit fiscal, falta de creación de empleo genuino, autoritarismo señalado en cadenas nacionales innecesarias), sino una fervorosa pasión anti-estatal de quienes creen en el señorío metafísico sobre todo lo que los circunda. Quien hace eso con la profundidad y la lucidez necesarias, es un libro que aparece en la bibliografía de Eiff, pero notablemente ausente en las generosas discusiones que da con sus contemporáneos −y coterráneos− La línea de sombra: hablamos del texto de Gisela Catanzaro (2021).

En su La democracia en América, Tocqueville decía que luchar contra la democracia era enfrentarse prácticamente a un Dios. El libro comienza con un epígrafe de Tocqueville, y cierra con la generación del 37, lectora aguda, incipiente y acaso inigualable del francés en tierras americanas −el libro de Gabriela Rodríguez Rial, citado por Eiff, da testimonio de ello−. Siendo una pregunta permanente del libro, respondida con su propio ejercicio, sobre cómo escribir políticamente, acaso falta en el libro esa observación viva, sabiendo que no es posible ni deseable restablecer una aristocracia ordenadora, pero pensar qué se hace con lo inevitable, las derivas, las fuerzas políticas y sociales en curso. Al final de su libro sobre la Cábala y la crítica, Harold Bloom cuenta la historia del Shabbetai Zevi que “solía decir del rabí Isaac Luria que había construido en su época un espléndido carro [merkabah], pero que había olvidado decir quién lo montaba” (1992, p. 127).

Es decir, se entienden las razones del paso propuesto de un Estado partidizado a uno neutral y autoritativo (cuya propuesta institucional se sintetiza en la separación entre jefe de Estado y jefe de gobierno). Pero no está vista la seducción de esa propuesta a los poderes en pugna. Entonces, por momentos, la inquietante propuesta de Eiff (lo neutro estatal en este mundo, en este país), recuerda al pesimismo heideggeriano, donde solo un Dios puede salvarnos. A su favor, sin embargo, este lúcido ensayo abre una compuerta, una línea de sombra, que tendrá que ser tenida siempre presente en la conversación más dramática en curso desde el retorno de la democracia en Argentina.

Referencias

Bloom, H. (1992). La Cábala y la crítica. Monte Ávila Editores.

Catanzaro, G. (2021). Espectrología de la derecha: Hacia una crítica de la ideología neoliberal en el capitalismo tardío. Las Cuarenta.

Eiff, L. (2024). La línea de sombra. Pensar el Estado, reformar la democracia. Ediciones UNGS.

Perelmiter, L. (2016). Burocracia plebeya: la trastienda de la asistencia social en el Estado argentino. UNSAM Edita.


1 Argentino. Doctor en Filosofía. Universidad Nacional de Córdoba, Argentina. Contacto: gvazquez@unc.edu.ar