Nación y Memoria en Zavaleta Mercado

Enrique SANDOVAL*

Recibido: 10/02/2026
Aceptado: 25/03/2026

Resumen

En este artículo examinamos la propuesta de René Zavaleta sobre la cuestión nacional. Frente a las lecturas economicistas y esencialistas sobre el tema, Zavaleta concibe a la nación como fuerza productiva de organización social que reproduce la vida, genera contradicciones y abre posibilidades de emancipación. En nuestro análisis, distinguimos tres momentos determinantes y dos decisivos que la fundan: 1) la disolución de las relaciones de dependencia y el surgimiento de sujetos jurídicamente libres; 2) la centralización política y la homogeneidad en torno al mercado interno regulado por el Estado; 3) la captación del excedente económico que permite desplegar una autonomía económica y soberana; 4) la dialéctica Estado-nación cuya forma expresa la tensiones entre los proyectos nacionales que intentan inscribir sus programáticas en el Estado; 5) los momentos constitutivos democráticos que abren la posibilidad de construir proyectos emancipadores nacionales. Pretendemos comprender estos momentos según los grados de unificación que registran con su realización. La nación es transformación y continuidad.

Palabras clave: nación, Estado-nación, excedente, momento constitutivo, René Zavaleta.

Nação e Memória em Zavaleta Mercado

Resumo

Neste artigo examinamos a proposta de René Zavaleta sobre a questão nacional. Frente às leituras economicistas e essencialistas sobre o tema, Zavaleta concebe a nação como força produtiva de organização social que reproduz a vida, gera contradições e abre possibilidades de emancipação. Em nossa análise, distinguimos três momentos determinantes e dois decisivos que a fundam: 1) a dissolução das relações de dependência e o surgimento de sujeitos juridicamente livres; 2) a centralização política e a homogeneidade em torno do mercado interno regulado pelo Estado; 3) a captação do excedente econômico que permite desenvolver uma autonomia econômica e soberana; 4) a dialética Estado-nação cuja forma expressa as tensões entre os projetos nacionais que tentam inscrever suas programáticas no Estado; 5) os momentos constitutivos democráticos que abrem a possibilidade de construir projetos emancipadores nacionais. Pretendemos compreender esses momentos segundo os graus de unificação que registram com sua realização. A nação é transformação e continuidade.

Palavras-chave: nação, Estado-nação, excedente, momento constitutivo, René Zavaleta.

Nation and Memory in Zavaleta Mercado

Abstract

In this article we examine René Zavaleta’s proposal on the national question. Against economicist and essentialist readings of the topic, Zavaleta conceives it as a productive force of social organization that reproduces life, generates contradictions and opens possibilities for emancipation. In our analysis, we distinguish three determining moments and two decisive ones that ground the nation: 1) the dissolution of rigid relations of dependence and the emergence of legally free subjects; 2) political centralization and homogeneity around the internal market regulated by the State; 3) the capture of economic surplus that enables the development of economic autonomy and sovereignty; 4) the dialectic of State-nation, whose form expresses the tensions between national projects that attempt to inscribe their programs in the State; 5) democratic constitutive moments as historical events that open the possibility of emancipatory projects. We aim to understand these moments according to the degrees of unification achieved through their realization. The nation is both transformation and continuity.

Keywords: nation, State-nation, surplus, constitutive moment, René Zavaleta.

Nación y Memoria en Zavaleta Mercado

De vuelta a la cuestión nacional

En el marco de la historia de las ideas, el término “nación” comenzó a ser de uso corriente después de la Revolución francesa, como noción referente a las agrupaciones humanas y a las comunidades políticas. La centralización estatal y las entidades regionales enmarcan algo de su concreción social. Pero solo hasta finales del siglo XIX la idea adquirió el significado más contemporáneo a nosotros, como fundamento natural (de sangre y/o tierra) del poder político: lo que abrió el horizonte para la voz “Estado-nación”. La nación da cuenta de una modalidad histórica de la comunidad social, unificada internamente –lo que involucra una referencia estatal precisa– y diferenciada respecto al exterior. Desde su origen semántico, el tema imbricó ámbitos económicos, políticos y culturales, cuyas formas de articulación, jerarquías y sobredeterminaciones dan lugar a los problemas teóricos que se enmarcan en la cuestión nacional.

Hablar de la cuestión nacional en el siglo XXI podría parecer anacrónico, sobre todo si tenemos en cuenta que el desarrollo del capitalismo ha tendido a transformar y sobrepasar la fase de las escalas nacionales, donde el tema de la soberanía tenía más peso que el del mercado global financiero y digital. Las viejas y nuevas capacidades estatales están siendo reorganizadas territorial y funcionalmente en los niveles supranacional y translocal. Los cuerpos internacionales, transnacionales y panregionales poseen una larga historia, pero lo significativo en la actualidad es el impresionante aumento en su número, su ensanchamiento y su adquisición de nuevas e importantes funciones. Sin embargo, el dominio mundial del capitalismo, lejos de uniformar las estructuras económico-sociales, las especifica. Las clases dominantes no han erguido un “Estado global” –a menos que renunciemos al significado mínimo de territorialización de la autoridad política centralizada. Las burguesías, sean estas transnacionales o internacionales, no han accedido a refundar su dominación sobre otra base más general y coherente que la forma nacional-trasnacional que constituye la dinámica global del capitalismo mundial. La forma nacional constituye hasta el presente, en medio de todas las intenciones por sobrepasarla, la modalidad más estable del sistema de dominación.

En su último libro, Poulantzas (2014 [1978]) dijo que “incluso en la fase actual, caracterizada por la internacionalización del capital, la nación moderna –ciertamente transformada– sigue siendo para la burguesía el foco de su reproducción, que toma precisamente la forma de una internacionalización o transnacionalización del capital” (p. 139). La emergencia de nuevas fracciones burguesas, cuya dominación supone la eliminación de varias conquistas populares y la profundización del sometimiento, tanto de los sectores subalternos a nivel nacional como de las naciones dependientes a nivel global, no implica la supresión de la nación, sino la destrucción de las bases sobre las que se había constituido el sistema hegemónico anterior. La tesis sobre el dominio global del capital queda incompleta si no admitimos la densidad del mundo de los Estados nacionales exacerbados, en donde la soberanía del más fuerte nos remite a la idea de un mundo que tal vez nunca desapareció por completo. El proyecto de la dominación global se mueve de manera contradictoria en el marco de los Estados nacionales, y es en este rubro donde también se desarrollan las resistencias, las derrotas y las esperanzas.

Marx y las coordenadas de la cuestión nacional

José Aricó (2010) afirmó que para el marxismo la cuestión nacional es el punctum dolens (p. 106). En su revisión sobre el itinerario teórico de Marx y la cuestión nacional, el argentino exploró los senderos teóricos del Moro relacionados al desarrollo desigual del capitalismo y a la valoración de las resistencias nacionales frente a esta dominación. Según Aricó, ya desde el propio Marx es posible detectar las tensiones, desarrollos y retrocesos en lo concerniente a la teorización de la cuestión nacional. En la perspectiva inicial de Marx, expresada en el Manifiesto Comunista, la cuestión nacional implica la articulación entre la sociedad civil capitalista y el Estado político que constituye una comunidad formal y abstracta, cuyo contenido reside en la dominación clasística de la burguesía. La revolución proletaria se encuentra orientada a la supresión del dominio burgués y su superación en una comunidad social efectiva que supone la desaparición de las clases y la disolución de las naciones. La lógica clasística, que se funda en el examen económico, apuntala una concepción universalista que tiende a desestimar las líneas nacionales y a situar de manera inmediata el horizonte internacional. La dinámica de la expansión capitalista revolucionaria sienta las bases de esta historicidad universal, teleológica y centrada en el progreso. Así, los intereses del proletariado adquieren sin mediación el rango de intereses generales de la sociedad.

No obstante, a partir de los años 60 del siglo XIX, Marx relativiza y cuestiona esta perspectiva inicial. Sus estudios sobre la expansión del capitalismo en Asia, Irlanda y Rusia le hacen valorar los movimientos nacionales como fuerzas sociales de transformación revolucionaria, al tiempo que vislumbra el carácter específico de la expansión capitalista en su desarrollo desigual. Esto le lleva a poner en cuestión la universalidad inmediata de los intereses del proletariado, su homogeneidad y la racionalidad de la historia como un bloque. Desde esta perspectiva, funda la denuncia del corporativismo y del nacionalismo burgués, y tiende a superar la perspectiva del internacionalismo abstracto, sobre todo en el caso de la clase obrera inglesa. En este contexto recusa de toda filosofía de la historia como teorización de un esquema inexorable del desarrollo de las sociedades, independientemente de sus condiciones históricas particulares. Aunque la cuestión nacional no llega a constituir un núcleo sistemático en su pensamiento, es patente el reconocimiento de la densidad política de la lucha de clases: cuestión que impulsa la necesidad de abrir un amplio horizonte de investigación respecto a la cuestión nacional.

Los dos marxismos y la cuestión nacional

Después de Marx, las Internacionales comunistas y los debates sobre el tema tuvieron una larga historia que sería muy difícil resumir. No obstante, la filósofa Ana María Rivadeo propuso una forma inteligente para esquematizar estos derroteros. En lo que concierne al pensamiento marxista como teorización viva de los procesos históricos, Rivadeo (1994) detecta al menos dos vías generales de tratamiento de la cuestión nacional. La primera da lugar a la cancelación de la densidad nacional y la segunda insiste en una tendencia nacionalista. A continuación explicaremos el contenido de ambos tratamientos con la finalidad de situar las contribuciones alternativas que en este ámbito elaboró Zavaleta Mercado.

El argumento central de la primera vía estriba en pensar la constitución de las clases sociales como resultado unívoco de las contradicciones económicas. La estructura económica tiende a constituirse independientemente de los contenidos políticos e ideológicos. Es cierto que desde el Manifiesto Comunista fue establecido este vínculo entre el desarrollo de la burguesía y el desarrollo de la nación. Sin embargo, cuando esa articulación es pensada de forma mecánica y unidireccional, suele conducir a la tesis de la creación de la nación por la burguesía. De manera clara, esta posición fue formulada por Mandel (1984):

La nación es creación de la burguesía. El mercado nacional es el marco necesario para el despliegue productivo del capital. Cierto que el modo de producción capitalista crea, al mismo tiempo que las naciones modernas, el mercado mundial que arrebata a las naciones toda posibilidad de desarrollo independiente (p. 12).

Esta posición liga los fundamentos de la nación a las necesidades económicas de la burguesía, sobre todo al mercado unificado y a la avidez de la eliminación de los obstáculos precapitalistas, semifeudales y regionalistas con el fin de lograr la libre circulación de mercancías. Por una parte, Mandel (1984) acierta al señalar la dimensión moderna y burguesa del tema nacional, pues sin burguesía no hay nación. Se trata de la nación moderna que implica históricamente el auge de la burguesía como clase expansiva. Pero, por otra parte, Mandel presenta a la nación como un instrumento de la burguesía y producto unívoco de su voluntad; como si no existiera también una determinación de la nación sobre la burguesía y de la lucha de clases sobre la nación. Por tanto, la consideración de Mandel resulta ser externa, en el sentido de que la nación es un resultado exterior a las clases y a la lucha de clases. Si la burguesía produce a la nación de una forma instrumental, lo hace en un espacio prepolítico, anterior a la interacción entre las clases y a sus luchas. La nación queda expresada como un efecto unilateral del economicismo sin historia.

Si la burguesía “crea” a la nación (lo que derivaría en el hecho de que existiría antes de la nación), entonces también puede prescindir de ella al desbordar sus límites en su expansión económica. De nuevo, algo de esto encontramos en el Manifiesto. Sin embargo, mientras en el itinerario de Marx la densidad nacional es revalorada en los textos sobre China, Irlanda y Rusia, en Mandel se estanca como cubierta pasiva. Queda reducida a una palabra sin contenido. Termina siendo una ilusión. En todo caso, la auténtica comunidad nacional queda reducida a la comunidad de intercambiantes de mercancías: comunidad clasística, constituida de manera autónoma y tendencialmente supranacional. Si la nación constituye una instrumentación de la burguesía, la lucha de la clase obrera debe producirse por fuera de las líneas nacionales: en un horizonte cosmopolita que funda el paradigma del internacionalismo abstracto.

En esta línea de ideas, cuando el tema nacional es vaciado o reducido a una instancia exterior, puede concebirse el impulso de la búsqueda de una supuesta “esencia” nacional que dé sentido al conjunto de prácticas previamente volatilizadas. Es aquí donde encontramos la segunda vía de tratamiento de la cuestión nacional. En esta segunda consideración, la nación es determinada de manera inductiva, como suma de cualidades generales que se mantienen juntas. Se trata de su ubicación como comunidad cerrada y cuyo paradigma suele hallarse en los residuos culturales de las sociedades preclasísticas o arcaicas, donde la diferenciación social se desarrolla de manera insuficiente o de una forma no moderna. Esta perspectiva intenta identificar las características nacionales propias de una temporalidad intermedia entre el capitalismo y las comunidades tribales.1 Cuando la nación es volatilizada debido al reduccionismo económico, se abre este camino para ubicar su densidad sustancial en la comunidad étnico-cultural. Esta línea de interpretación halla su culminación en Stalin (1938):

¿Qué es una nación? Una nación es, ante todo, una comunidad, una determinada comunidad de hombres [...] Nación es una comunidad estable e históricamente formada de idioma, de territorio, de vida económica y de hábitos psicológicos, reflejados en una comunidad de cultura (p. 12).

La definición es ontológica. Drena la historia al excluir a las clases y a las contradicciones de clase al interior de la formación nacional. La sustancia de la nación se encuentra aquí en el carácter cerrado de sus elementos, que son identificados de una forma empírica y resumidos sin el mayor procedimiento teórico. No obstante la simplicidad de la fórmula, en ningún momento explica por qué estos elementos, y no otros, son propiamente nacionales, y por tanto, qué es aquello que los articula. Se trata de una definición que da por sentado lo que debe explicar y que solo da cuenta de una enumeración que oscurece el significado articulador de estos elementos que conforman la nación. Al tratarse de elementos empíricos, y situados en un periodo de tiempo impreciso, son postulados como transhistóricos: nación intemporal y vaciada de la lucha de clases. En general, estas dos vías de comprensión de la cuestión nacional desde el pensamiento marxista han sido constantemente reutilizadas política y teóricamente sin mucho reexamen o valoración crítica.

Contexto de René Zavaleta

Dentro del circuito de discusiones marxistas sobre el tema nacional, la perspectiva del sociólogo René Zavaleta Mercado (1937-1984) ha sido marginal, tanto en las academias como en el acervo teórico con el que cuentan los movimientos sociales. Además del menosprecio por el marxismo, y la instalación de pensamiento débil, pensamos que este desconocimiento se liga a una cuestión relativa a que en América Latina la realidad nacional no ha sido regular o constante. De hecho, los enunciados sobre la falta de autonomía nacional, como efecto del desarrollo incompleto del capitalismo, suelen remitirnos a las nociones que proyectan la historia europea sobre nuestro continente, o a las que atribuyen un carácter feudal de nuestras sociedades, aun cuando se haya demostrado que las relaciones de producción no capitalistas estuvieron subordinadas y se orientaron hacia las capitalistas. La perspectiva sobre la necesidad del desarrollo de la revolución democrático-burguesa para luego arribar al socialismo, o sobre la inaprehensibilidad teórica de las particularidades latinoamericanas, son muestra de la incapacidad para producir un marxismo específicamente latinoamericano que vincule la singularidad de las tareas nacionales con las socialistas. Dicho de otra forma, cuando la cuestión nacional es deducida de axiomas y explicaciones mecánicas, ello revela una aproximación empobrecida del marxismo a las realidades latinoamericanas.

Antes de indagar en la aproximación de René Zavaleta, vale la pena pasar lista a ciertas generalidades históricas de su vida para dar algo de luz al desarrollo de su pensamiento sobre la cuestión nacional. Zavaleta nace en 1937, en Oruro, Bolivia, donde la producción minera estratégicamente relevante articula las actividades productivas y las del poder político en el país. Luego es importante destacar la labor periodística durante su adolescencia, a la que imprimió un marcado interés por la vida cultural, lo que le condujo a indagar en las herencias autóctonas que podían y debían formar parte de un proceso de transformación de los sectores oprimidos. Ya desde esta época (1955), es posible rastrear la influencia del nacionalismo revolucionario que lo orientó hacia la programática de la construcción de una nación que la burguesía no produjo y que solo era posible crear por la vía de la construcción socialista y del reconocimiento de las fuerzas locales que la forjarían. Su participación en el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) le confirmaría la necesidad de situar la presencia popular como columna vertebral de la vida social, cultural y política del país. Posteriormente, cuando estudia Derecho y llega a ser Agregado Cultural de la embajada de Bolivia en Uruguay (1956-1957), ahonda en un compromiso en el que experiencia y pensamiento se entrelazan para la revolución nacional. Unos años después es electo Diputado Nacional (1962) y Ministro de Minas y Petróleo (1964). Signa así su compromiso con el nacionalismo revolucionario.

A finales de los años 60 toma cierta distancia de este nacionalismo que marcó como ideología fundante al país. El nacionalismo ya no era suficiente para explicar la historia de la formación boliviana. En este periodo se interesa mucho por el tema de la centralidad proletaria, y ello le permite afinar la orientación estratégica que, como clase, debía participar en el marco de las tareas socialistas, cuyo cumplimiento el nacionalismo no pudo consumar. La nación es complejizada en su historia, y la construcción socialista liga a la clase que resuena en el pasado y el futuro. Finalmente, el pensamiento zavaletiano arriba a un último periodo de maduración crítica y heterodoxa, en los años 70, cuando funge como Director de La Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) en México. A este periodo corresponde la formulación teórica de las categorías más propias del autor (“momento constitutivo”, “estado aparente”, etc.), con las que le será posible elaborar una lectura muy enriquecida de la cuestión nacional.

La nación: entre la estructura y la superestructura

En las primeras páginas de uno de sus textos de madurez, “Las formaciones aparentes de Marx”, Zavaleta intenta dar cuenta de la densidad inmersa en ciertas proposiciones de uso corriente del materialismo histórico. Su procedimiento no establece la figura hermenéutica del binomio “falsa interpretación-auténtica interpretación”. El boliviano encuentra la genialidad de Marx en un acto previo: al reconocer en la densidad expositiva la oportunidad para hacer varias lecturas y reconocer la posibilidad creativa de los diversos marxismos. No obstante, las “desviaciones”, “corrupciones” e “impurezas” existen en la medida que una interpretación silencia los problemas esenciales, pues únicamente la crítica hace avanzar la teoría marxista. Es en este contexto que Zavaleta parafrasea aquel viejo malentendido relativo a las relaciones entre estructura y superestructura: “la falacia de suponer que la economía existe antes y la superestructura después o, al menos, que una y otra existen por separado, aunque la una determinada por la otra” (Zavaleta, 2015c [1978], p. 80).

Zavaleta llama a diferenciar el momento analítico de la proposición (que puede ser formulada legítimamente con finalidades didascálicas), respecto de su referencia orgánica al capitalismo, en donde no existe una parte desintegrada de la otra. El punto de partida no es, entonces, la diferencia, externa y apriorística, que postula una relación de origen de economía a política, sino la totalidad o simultaneidad de estas instancias: siempre específicas pero no cortadas. No niega las sintetizaciones reductivas implicadas en la proposición. Lo que objeta, más bien, es el olvido de que estas portan cualidades orgánicas o de totalidad. Con este preámbulo, Zavaleta pasa a explicar el significado no falaz que puede tener entonces la relación entre estructura y superestructura. El boliviano reconoce que en El capital, Marx obtuvo un modelo de regularidad específica al modo de producción capitalista en tanto que una parte de la sociedad está sujeta a leyes sociales a la que se aplican principios de reiterabilidad. Zavaleta infiere que el grado de cognoscibilidad de una sociedad hace referencia a la instalación del capitalismo en una formación. El capitalismo totaliza y el marxismo aprovecha esta situación para conocer de manera totalizante. La regularidad de la reproducción ampliada, que implica la reproducción de la plusvalía producida por la fuerza de trabajo de sujetos jurídicamente libres, establece la inteligibilidad de esta forma, e incluso indica la manera en la que la superestructura participa en la lógica de la reproducción estructural; o sea, la simultaneidad se expresa en la libertad jurídica del ámbito productivo y político históricamente engarzada.

Sin embargo, en esta exposición referente a la regularidad del conocimiento, Zavaleta constata dos hechos importantes. Primero: que es posible, en el marco de esta tendencia de totalización histórica del capitalismo, referir a la superestructura como si fuera independiente de una totalización pendiente o que simplemente no se ha realizado. La nación sería incompleta. Segundo: la carencia de una superestructura democrática y burguesa es una anomalía continua, incluso en las formaciones que mejor se han ajustado al modelo de regularidad estructural. La nación incompleta sería una cuestión que asedia como anomalía a la regularidad. Históricamente, esta proporción nos ayudaría a reconocer la iterabilidad latinoamericana de las supervivencias servilistas o esclavistas en el marco de la explotación capitalista. Con estas observaciones el boliviano postula que, aunque las superestructuras puedan servir al modelo estructural, su forma corresponde al curso de la historia abierta, la cual es custodiada por el pasado: a la heterogeneidad histórica, geográfica, política, social, ideológica, cultural y al peso del azar. Decir que un Estado es de “tipo” capitalista puede ocultar mucho del secreto de su historia y de su transformación. Por tanto, no es pertinente reclamar un método de conocimiento general para comprender el ámbito superestructural. Las sociedades deben ser analizadas en su historia, habitando los lugares inesperados que aguardan las sociedades nacionales. Zavaleta se sitúa, pues, en unas coordenadas teóricas muy diferentes a las de los dos marxismos que exploramos más arriba.

La nación como fuerza productiva

Vale la pena tener en cuenta que Zavaleta (2015d [1983]) pensó a la nación “considerada como fuerza productiva” (p. 358). Las fuerzas productivas poseen un telos común: la capacidad de reproducir la vida. La energía vital, la reproducción social y la capacidad de los pueblos para crear y sostener sus mundos, implican el desarrollo de las fuerzas productivas. Estas tienen como medida a la potenciación de la vida, ya sea para crearla, cuidarla o reproducirla (incluso en su dimensión biológica). “La clave de todas las fuerzas productivas es siempre el hombre en relación con el hombre para producir su vida” (Zavaleta, 2015c, p. 90). Si existen diversas formas de organización de la colectividad social (partidos, sindicatos, cooperativas, etc.), estas tienen su medida de fuerzas productivas en cuanto su telos sea el de la reproducción de la vida. La nación es fuerza productiva en cuanto reproduce la vida. Pero las fuerzas productivas no son neutrales, sino dialécticas: producen riqueza y miseria, cohesión y exclusión, emancipación y opresión. Y dado que pueden acoger históricamente un haz amplio, pero limitado, de relaciones sociales, con su desarrollo suelen generar contradicciones que impulsan crisis y transformaciones históricas; sobre todo cuando entran en contradicción con las relaciones sociales de producción vigentes. Así pensada, la nación forma parte de la historia del ser humano como uno de sus órganos productivos. En su dialéctica se enmarca la historia humana como posibilidad de barbarie o emancipación. Pensar la nación como fuerza productiva le permite a Zavaleta comprender a las comunidades humanas, sintetizadas por el capitalismo y la historia, como comunidades históricas abiertas. Al ser fuerza productiva, la nación no tiene fase de “consumación final”. Con ello se abre la vía para quebrar sus adherencia inexorable a la burguesía y para entramar un proyecto nacional fundado en configuraciones anticapitalistas y socialistas. La nación es la dialéctica en la que se enmarca la máxima vida política en el marco de la modernidad.

Primer momento determinante: la nación como libertad

Para que exista la nación, “se requiere que se dé un acontecimiento que contenga la disolución de las ‘rígidas relaciones de dependencia personales’ y la aparición de un nexo transpersonal o, al menos, un acontecimiento que equivalga a ello en sus pretensiones de validez” (Zavaleta, 2013b [1984], p. 277). Sobre esto debemos tener presente que los modos de producción precapitalistas se organizan en torno a un orden económico fundamentalmente natural respecto a las condiciones del trabajo. En estos órdenes, el productor también es un presupuesto natural para el desarrollo de la comunidad, de forma que existe solamente en calidad de miembro inmediato de una raza, un pueblo, una familia o una corporación determinada como parte inmediata de un todo mayor. Sobre este asunto dice Marx (2011): “Cuanto más lejos nos remontamos en la historia, tanto más aparece el individuo –y por consiguiente también el individuo productor– como dependiente y formando parte de un todo mayor” (p. 4). El productor no puede ir más allá de estas relaciones que él mismo produce. De ahí que cuando emerge la conquista de un pueblo, al hombre se le conquiste junto con el suelo. Aquí, las actividades económico-sociales son al mismo tiempo actividades políticas, en la medida en que estas funciones se hallan determinadas por su contenido social. Como fuerza productiva, la nación constituye un paso adelante frente a estas relaciones de dependencia.

Con el despliegue del capitalismo todo límite al desarrollo productivo es considerado como barrera a superar. En este marco, las condiciones del momento productivo son ahora puestas como producto histórico del trabajo humano. La vida humana tiende a reproducirse en la medida en que el proceso de producción y consumo sirve de soporte a la valorización del valor. Esto implica la separación entre las condiciones objetivas y subjetivas del proceso productivo y, con ello, la disolución: 1) del comportamiento hacia la tierra como condición natural de la producción, como cuerpo inorgánico; 2) de las formas bajo las cuales el trabajador es propietario del instrumento de trabajo; 3) de la posesión por parte del trabajador, antes de la producción, de los medios de consumo necesarios para vivir, que se da tanto en la comunidad como en el trabajo artesanal; 4) de las relaciones en las cuales los trabajadores mismos están incluidos inmediatamente en las condiciones objetivas del trabajo y son, por tanto, esclavos o siervos. Cuando Zavaleta dice que la nación requiere de la disolución de las rígidas relaciones de dependencia, se refiere a una idea que delimita el marco histórico de su desarrollo: hablamos de la nación moderna precisamente porque es con el capitalismo que los sujetos quedan libres de sí mismos.

Segundo momento determinante: la nación como mercado

No debemos pensar que el proceso de la desintegración de las comunidades precapitalistas se dirige de manera automática a la constitución del Estado nacional. Si ello fuera así, la cuestión nacional estaría resuelta desde la Conquista. Por ello, además de la desintegración de las relaciones de dependencia, vinculamos un segundo componente: “por nación se entiende por lo común la construcción de un yo colectivo, es decir, la construcción compleja de cierto grado de centralización y homogeneidad en torno al mercado interno” (Zavaleta, 2015d, p. 358). El tema del mercado no se refiere únicamente al establecimiento de relaciones económicas en una sociedad. En la vida histórica, el librecambismo debe ser introducido por ley, esto es, por intervención del poder político, ya que es un acto de voluntad y no la expresión espontánea o automática del hecho económico. No hay ninguna racionalidad económica universal e independiente de las determinaciones políticas e internas a la sociedad. El mercado remite a una totalidad de relaciones de fuerzas sociales que integran lo político y lo ideológico como momentos imprescindibles del Estado que legisla la propiedad privada sobre la que se concentran los intercambios mercantiles. En este sentido, el mercado interno se conforma por el nexo entre las actividades económicas y su relación con el Estado.

El mercado refiere, en primer lugar, al ámbito de las actividades económico-sociales que se presentan como relaciones no condicionadas por vínculos políticos, cuya modalidad excluye toda forma de dominación extraeconómica. Se trata de una comunidad de individuos iguales –en cuanto propietarios–, que intercambian libremente sus mercancías. Estas relaciones sociales suponen el establecimiento de una dependencia objetiva, mutua y generalizada de los individuos recíprocamente indiferentes que constituye su nexo social. Se presentan bajo una forma autónoma, independiente y externa respecto de cada individuo. A cada “yo” le interesa la reciprocidad en la medida en que satisface su propio interés, de manera que el yo colectivo económico es algo así como la generalidad de los intereses egoístas.

En segundo lugar, las relaciones políticas o lazos colectivos del mercado aparecen colocados en una esfera exterior, de forma que el Estado resulta separado de esta vida material. El Estado centraliza la gestión política y la presenta como exterior y separada del mercado. Sin embargo, esta escisión se encuentra supeditada a dicha estructura, de la que resulta inescindible. El Estado se auto-sustenta en la formalización jurídica de la vida política, cuya unidad con el mercado se presenta bajo la forma de separación; es decir: la separación constituye la forma de la unidad del Estado con el mercado. El Estado pone como fundamento de la sociedad política a las categorías formales que surgen del mercado (libertad e igualdad), y en virtud de esta operación, vacía a la esfera política y jurídica de todo contenido social efectivo. No obstante, el Estado es político en tanto que la fuente de su poder no se basa en la voluntad directa de los actores privados, sino en la unidad consensual de la sociedad que se expresa en la ley. Esto es justamente lo que posibilita que presente sus intereses como los intereses comunes a todos los miembros de la sociedad. Finalmente, el desamparo ideológico que produce el estado de separación o individualización moderna, es sustituido por la cosmovisión de la “libertad” e “igualdad” sobre las que se levanta el edificio de ideas que conforma el capitalismo y la visión nacional del mundo.

Sin embargo, en América Latina no siempre se desarrolló, o solo de forma insidiosa, la separación entre el productor directo respecto de los medios de producción. Las estructuras de poder patrimonialistas, así como las de la autoridad comunitaria, impidieron la síntesis estatal que implica el monopolio de lo político para desarrollar la nación. La persistencia de la producción de subsistencia y del trabajo servil frenan el desarrollo de la fuerza productiva de la nación, y sin la separación entre el campo económico y político no es posible lograr la unidad estatal que es una condición para el desarrollo nacional. Como dice Zavaleta (2015d): “la profundidad de las formas de vida económica en común pre mercantiles es a veces el obstáculo más formidable para la nacionalización de tipo capitalista” (p. 362). Esto hace que en ciertas formaciones latinoamericanas la eficacia de la síntesis estatal-nacional se limite solo a ciertas regiones del país y a ciertos periodos. El Estado intenta sintetizar a la sociedad para culminar a la nación: pero falla. Con ello, llegamos a los Estados aparentes, o sea, a los Estados formalmente presentes (con poder político), pero cuya población y territorio no responden a la lógica de igualación formal que las unificaría en el medio. El Estado es aparente cuando su población y su territorio son restos inasimilables y por tanto fundamentalmente no cognoscibles nacionalmente. El drama del Estado aparente es que si no puede unificar por la vía nacional del mercado interno y la democracia, lo intentará hacer, fallidamente, por la vía del autoritarismo y la sangre.

Tercer momento determinante: la nación como captación del excedente

El Estado tiene razones económicas para infundir el orden autoritario. Si tenemos en cuenta que la nación es la base de la conexión con el mercado mundial, el minifundismo le resulta una rebelión que le impide captar el excedente económico. La relación que las clases sociales establezcan con el excedente determinará mucho de la orientación constructiva o destructiva de los Estados hacia sus naciones. Como es sabido, en América Latina existe una tradición estructural que refiere a la poca capacidad o indisponibilidad para captar el excedente. En Bolivia, el excedente económico se obtuvo de manera capitalista, pero se consumió improductivamente de forma señorial. Con esto, la clase dominante destruyó las condiciones para conformar un mercado interno e indirectamente destruyó la nación. Pero también puede ocurrir, en el marco de Estados más modernos, que los gobiernos absorban la dirección de los movimientos populares y entreguen gran parte del excedente económico a la burguesía, tal como sucedió en México.

Solo una cierta disposición del excedente a nivel de las instituciones le da a los gobiernos un margen para conducir los asuntos políticos sin subordinarse inmediatamente a los intereses desintegradores de las clases dominantes. En esta tesitura, el papel de las nacionalizaciones de ciertas actividades económicas, la gestión propia de la renta de recursos estratégicos locales, el establecimiento de unidades productivas internas y la desconexión parcial de una buena masa de capital que circula por la región por medio de la gestión de instancias transestatales –aun en el margen del capitalismo– continúan siendo imprescindibles. Gran parte de la vida política de Zavaleta estuvo vinculada a estas luchas dentro del Estado y a favor de la nación. Sobre esto, podemos decir que no hay excedente sin lucha. No se trata simplemente de una generación o apropiación del excedente, sino de una disputa por la manera en la que circula, se capta y se utiliza. A mayor mediación nacional habrá mayor capacidad para regular el excedente bajo un principio popular: “mientras mayor sea la participación del Estado en el control del mercado, es decir, en la captación de la plusvalía (dato social o general), mayor será la nacionalización” (Zavaleta, 2015d, 362). Si las estructuras productivas de una formación se orientan principalmente hacia el mercado mundial y dependen en gran medida de la división internacional del trabajo, la defensa de los principios nacionales tiene la tarea de imponer un límite a los intereses de las clases dominantes, tanto hacia adentro como hacia afuera. Las actividades para generar excedente no solo amplían el margen de maniobra fiscal del Estado nacional hacia adentro, sino que pueden limitar las decisiones de las clases dominantes más allá de las fronteras nacionales.

Ya hemos revisado tres condiciones para el desarrollo de la nación: la desintegración de las relaciones de dependencia, el surgimiento del mercado y la captación del excedente económico. Podríamos decir que estos componentes son determinantes o necesarios estructuralmente para la formación nacional. Sin embargo, nuestra aproximación no debe hacernos pensar que, por sí mismos, estos componentes son suficientes para la formación nacional, pues de hecho, el capitalismo puede desarrollarlos sin que llegue la articulación nacional. “Puede haber también desarrollo capitalista sin que exista la nación en la forma de su paradigma” (Zavaleta, 2015d, p. 359). El boliviano distingue, además del momento económico, el momento ideológico o cultural: “El momento económico de la formación nacional y su momento ideológico o cultural son paralelos y se fundan ambos en el contexto dado por el momento constitutivo” (Zavaleta, 2015d, p. 363). Este momento “ideológico o cultural” tiende a ser decisivo en la formación nacional, al grado de que puede “reemplazar” la fuerza unificadora que se despliega en los momentos determinantes.

Primer momento decisivo: La nación como Estado-nación

Por sí mismo, el momento económico no dice mucho sobre las cualidades de la voluntad popular que puede conformar la nación. Es necesario identificar si el Estado condensa esa voluntad. En este sentido, dice Zavaleta (2013b):

El Estado nacional es lo que ocurre cuando la sociedad se ha convertido en una nación o sea cuando el Estado quiere en nombre de la nación lo que ésta quiere que se quiera por ella. El Estado puede ser la condición de la nación, su previedad y es lo que ha ocurrido casi siempre pero también la inversa, que la nación preexista al Estado (p. 279).

En el Estado se configuran, primeramente, las relaciones sociales y los intereses de clase que el modo capitalista de producción configura. El Estado nacional es capitalista, y por ello mismo, de clase. Este es un dato estructural. En segundo lugar, entre el Estado y la sociedad hay un hiato o no correspondencia: “puede haber una sociedad civil no nacionalizada o unificada en el sentido nacional, y aun una sociedad civil unificada sin un poder unificado a su turno” (Zavaleta, 2015d, p. 359). Este es un dato histórico variable. En tercer lugar, el Estado puede ser “condición” de algo más, o sea, cuando “quiere en nombre de”. Cuando llega a ser Estado nación, encuentra su núcleo fundante en la codificación política que la sociedad inserta en el Estado. Este es un dato político de correspondencia que verifica que en el Estado han impactado las relaciones sociales que este recodifica. No se trata de hacer del Estado una zona neutral en la que los diversos proyectos de la sociedad operan y compiten libremente, en términos de igualdad económica y política. La proposición de Zavaleta implica que, si hay un hiato entre el Estado y la sociedad, entonces el primero puede y debe ser un campo de confrontación en el que se desarrollan resistencias, victorias y derrotas de las luchas que intentan subvertir la dominación. La conformación del Estado nacional hace referencia a un Estado capitalista que no es meramente un instrumento de las clases dominantes o un recipiente vacío, sino una relación en la que se inscriben voluntades y en el que nunca está decidido de antemano el peso de las diferentes clases en el espacio formado por ese tejido social. Se trata de un Estado que no agota las luchas de su sociedad, pues si las agotará no existirían conflictos de clase, cambios en la forma del Estado o de las fuerzas políticas que operan en él. Cuando es un Estado nacional, está llamado a conjurar los problemas que las fuerzas sociales le demandan resolver. De esta manera, define su núcleo por su competencia hegemónica verificable en la relación de correspondencia entre Estado y sociedad. El Estado define y hace cumplir las prioridades y los proyectos que se han establecido hegemónicamente como voluntad de la nación. Aquí, el yo colectivo supera su momento económico.

Es necesario tener presente que la conformación del Estado nacional es polarmente opuesto al de la dominación política del Estado de las oligarquías, carentes de voluntad para organizar la hegemonía. En el caso boliviano, no es posible hablar de Estado nacional antes de 1952, mientras que en el caso mexicano la datación es de 1910. La desorganización límite de los sectores populares posibilita la dominación sin el revestimiento hegemónico y reduce el desarrollo nacional. Se trata de una situación en la que los sectores poderosos se sienten tan dueños del poder que omiten la codificación hegemónica. No se trata de una cuestión teórica, sino del reconocimiento de ciertos periodos históricos, ligados sobre todo a la acumulación originaria, y que parecen no haber concluido en América Latina. El Estado funciona, en esencia y apariencia, como una junta para administrar los negocios comunes de las burguesías. Y como el poder político no está ahí separado de sus fuentes militares, económicas o ideológicas, fulgura su temperamento antimoderno y a veces totalitario, que es comparable al de las épocas pre estatales (por no decir feudales). En este punto, llegamos de nuevo al Estado aparente, formalmente presente pero cuya sociedad le resulta ajena e incognoscible. Cuando una oligarquía se interesa únicamente en la salvación de su estirpe, renuncia a la construcción de un verdadero Estado y con ello vuelve más endeble la continuidad de su poder.

Segundo momento decisivo: La nación como momento constitutivo democrático

Contrario a este destino, Zavaleta (2015d) nos explica una forma de determinación política que convoca la presencia originaria de las fuerzas populares democratizadoras y del autorreconocimiento en la formación nacional. Para el boliviano vale mucho identificar qué sujeto lleva adelante las tareas nacionales que sellan la articulación constitutiva entre sus múltiples elementos. “Quien ocupe el centro hegemónico del momento, o sea quien ‘interpele’ a la nación, definirá su suerte por un largo período” (Zavaleta, 2015d, p. 370). El momento constitutivo refiere a la situación originaria en la que una sociedad se funda a sí misma al irrumpir y redefinir el funcionamiento y los marcos de lo social y lo estatal. Este momento articula la forma que metabolizará la producción y reproducción del orden social, en términos políticos y culturales, durante un periodo de tiempo relativamente extenso. Dicho momento sirve para que los sujetos reproduzcan las condiciones que dan continuidad a su praxis, según el sentido de aquella circunstancia fundacional. Por eso, dice Zavaleta (2015d), “es incorrecto definir a la nación por el momento en que concluye, o sea por su paradigma; en cambio es fundamental el momento originario del proceso de lo nacional” (p. 365).

En el orden de la exposición de los componentes de la formación nacional que hemos revisado, el del momento constitutivo democrático es superior en el sentido de que puede desplazar algunas de las funciones de unificación de los anteriores, o potenciar su fundamento histórico por la vía política. Decimos “momento constitutivo democrático” porque existen momentos constitutivos autoritarios y sin la participación de aquellas grandes mayorías que exigen el autorreconocimiento. Esta idea es relevante en nuestro marco latinoamericano, pues hemos visto que a cada componente nacional le corresponden muchos obstáculos que impiden tal o cual aspecto de la conformación nacional. Sobre todo, en América Latina las relaciones serviles, los Estados instrumentales y el subdesarrollo de las fuerzas productivas han desordenado las condiciones de la formación de los Estados nacionales en la región. Sin embargo, vamos a sostener que aun con un fuerte mercado interno, pero sin un momento constitutivo democrático, la formación nacional se reduce; en cambio, aun en el marco de un subdesarrollo productivo, el momento constitutivo puede ser el más fuerte incentivo para la formación nacional.

En la Argentina posterior a 1930, por ejemplo, es posible observar un amplio desarrollo capitalista: urbanización, homogeneización social, cobertura infraestructural, distribución del ingreso, altos niveles de consumo, etc. Pero la inestabilidad estatal, los golpes de Estado y los continuos gobiernos militares expresan un atraso político incuestionable. Aunque se trata de una sociedad muy culta y combativa, la hegemonía es algo ocasional, y por ello el peronismo debe entenderse como una excepción. En cambio, en Chile, desde una estructura social atrasada, y con una distribución del ingreso extremadamente regresiva, fue posible constituir un entramado estatal bastante avanzado. La forma partido y la forma sindicato se instauraron de manera consistente como verificaciones del sistema político. Como dice Zavaleta (2015a [1984]), el que los comunistas llegaran dos veces al poder en cincuenta años habla del caso más terminante de autonomía del Estado en América Latina (p. 343). En Chile, la Guerra de Arauco fue el momento de la constitución, en el marco del capitalismo, que marcó la historia del país, y por ello, posteriormente, cuando las masas de la Unidad Popular presentían su autodeterminación sin el Estado, el núcleo de este desarrolló una correlación autoritaria para preservar su ultimidad clasística. En el caso Argentino, la constitución de la formación moderna no tuvo como premisa la autodeterminación nacional comprendida en el Estado porque, aun cuando los migrantes tuvieran costumbres democráticas, el momento de su constitución como sujetos libres fue previo a la ocupación del nuevo continente. Los casos anteriores nos muestran una no correspondencia entre el desarrollo de las fuerzas productivas y la conformación política; pero en ambas formaciones los períodos democráticos se desarrollan sobre la base de la captación del excedente. En el caso chileno por vía del salitre y del cobre posterior a la Guerra del Pacífico, y en el caso argentino por el Estado posterior a Roca que dura hasta 1929. Esto último nos reenvía a subrayar el papel determinante del momento económico en la conformación nacional.

Sin embargo, el excedente económico también puede ser un componente destructivo para la nación. Ejemplo de ello es el Boom petrolero en el México de los años 80, cuando el descubrimiento de la riqueza súbita, al no integrarse a un proyecto colectivo de nación, se transformó en un espejismo. La administración como renta fácil, aunado al colapso, derivó en una crisis que marcó el tránsito hacia el neoliberalismo y la pérdida de la soberanía. Caso contrario sucedió con la Revolución mexicana, cuando la potencia popular alcanzó a generar poderosas estructuras de mediación estatal (Zavaleta, 2015b) que suplieron el papel del excedente. En la Revolución se funda lo nacional-popular, o sea, se erige el poder sobre los hombros de las masas populares. La Revolución se torna en: 1) respuesta a los por qué del presente; 2) morada de la conciencia colectiva y, 3) condición de credibilidad política. Este momento vive en nosotros como un fantasma, porque pensamos a partir de ella, actuamos con o en contra de ella, la indagamos e incluso sobre ella parangonamos nuestro futuro. Como fantasma, nos asedia. Si este pueblo es uno que no olvida tan fácilmente las lecciones de la historia, si posee una especie de instinto para las reivindicaciones claras y oportunas, es porque la revolución nos inyunge en el recuerdo formativo de nuestra nación. “Inyungir” (emparentado con “yugo”) quiere decir imponer una cosa a alguien (Derrida, 1995, p. 12). El fantasma nos susurra: nada es sin la participación de las masas. Esto baliza al Estado y por ello el pueblo sabe que es fuente de todo poder establecido. Lo que cuenta aquí no son tanto los hechos en sí, pues el fantasma nos hace apropiarnos de la historia como un mito proyectado como utopía. Tal como en los pueblos de Rulfo, donde los muertos dialogan con los vivos, el pueblo mexicano sabe de fantasmas. La revolución es una presencia insistente que nos habla desde su espectro y nos obliga a elegir. Con el fantasma trabajamos una política de la memoria. Esto nos conduce a plantear la comprensión del carácter de los momentos constitutivos según la dirección hacia la que se encaucen las lealtades: ¿hacia el fantasma o hacia el excedente? Para Zavaleta (2013b), “América es un continente conservador porque cree más en la transformación por vía del excedente que por la vía de la reforma intelectual” (p. 177).

Con esto, vemos que la acción de una clase se confirma históricamente cuando supera el plano económico y alcanza al nacional. En la formación nacional es necesario producir y consumir un estado de disponibilidad social donde las grandes masas estén dispuestas a comprometerse con la erección de nuevas creencias colectivas. Cada momento determinante y decisivo en la formación nacional produce modalidades de acción social para aglomerar e interpenetrar a la sociedad en tanto que el Estado es el poder en acción. Pero solo cuando las masas inscriben su programa democrático en el Estado, lo nacional-popular alcanza sus grados terminantes en lo concerniente a la dialéctica entre el programa social y el poder. No obstante, incluso aquí, la formación nacional siempre tendrá ese carácter conflictivo e incompleto. En suma, la construcción hegemónica sin excedente puede aún ser algo; mientras que el excedente sin construcción hegemónica no solo no es nada, sino que puede restar a los términos organizativos de su sociedad. De esta manera, el momento constitutivo democrático es decisivo en la formación de los estados naciones.

Palabras de cierre

El abordaje sobre la cuestión nacional en Zavaleta Mercado resulta rico en sus momentos determinantes y decisivos. Al interior de la historia del marxismo, su posición se consolida como una alternativa crítica y fundamentada frente a las visiones que reducen la nación a sus sedimentos transhistóricos o a la comunidad ilusoria que es subproducto de las burguesías. Zavaleta tuvo una fuerte sensibilidad por los temas de la economía, el Estado, el territorio, la ideología o el lenguaje, pero tales elementos, concebidos externamente como vínculos de unión empírica, no explican por sí mismos la integración histórica de la nación. Tal como hemos visto en nuestra exposición, la nación moderna es sobre todo un metabolismo articulatorio de constitución social que puede lograrse por el entrelazamiento de la libertad política, la separación economía/Estado, el control del excedente económico, la dialéctica sociedad/Estado y el sello decisivo de los momentos constitutivos democráticos. En términos generales, estos momentos comparten el principio de la unificación política de su sociedad, en diversos grados y con variadas sobredeterminaciones, sin lograr nunca un cierre nacional definitivo. La formación nacional siempre es constante e inacabada. Pero sus más altos grados de unificación se registran en los momentos constitutivos democráticos, es decir, cuando una fuerza hegemónica logra inscribir su programática nacional y democrática en el Estado. Esta unificación no es escatológica, pues supone una integración contradictoria de los distintos grupos y clases, producto de incesantes luchas económicas, políticas e ideológicas, que arrojan como resultado diversas configuraciones nacionales de fuerza materializadas en el Estado, y en el límite de la estructuración clasística de la sociedad.

La nación involucra un incesante proceso de transformaciones y un campo de estabilidad social que articula las diversas programáticas nacionales que alberga su sociedad. Condiciona el despliegue de las luchas clasístico-nacionales en el sentido de que estas habrán de moverse, configurarse y entramarse dentro de su lógica: reproduciéndola y desarrollándola. De ahí que “el marxismo como tal no ha producido nunca una revolución. Ello ha ocurrido, en cambio, cuando el marxismo ha leído en la historia nacional la formación subterránea de la revolución” (Zavaleta, 2013a [1983], p. 609). Nación es otra forma de decir continuidad: sobre la que se asienta y presupone. Su transformación continua se presenta como un permanecer idéntica a sí misma (Rivadeo, 1994). La nación determina la continuidad y la continuidad siempre es expresión del poder. La nación es memoria del pasado en el presente y condición de elaboración del porvenir. Es una posibilidad inscrita en la memoria de las sociedades y sitio donde encontramos la potencia de los mitos y las utopías. En este sentido, el destino y éxito de los proyectos nacionales se jugará mucho en la capacidad que tengan para estimular la adquisición de la historia y encender la memoria de los pueblos que luchan. En esa historia que se transmite como memoria y desafío, se encuentra la fuerza que puede sostenernos.

Referencias

Aricó, J. (2010). Marx y América Latina. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Derrida, J. (1995). Espectros de Marx: El estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional. Madrid: Trotta.

Mandel, E. (1984). Sobre la historia del movimiento obrero. Barcelona: Fontamara.

Marx, K. (2011). Elementos fundamentales para la crítica de la economía política. (Grundrisse) 1857-1858. México: Siglo XXI Editores.

Poulantzas, N. (2014) [1978]. Estado, poder y socialismo. México: Siglo XXI Editores.

Rivadeo, A. M. (1994). El marxismo y la cuestión nacional. México: Escuela Nacional de Estudios Profesionales Acatlán.

Stalin, J. (1938). El marxismo y el problema nacional. Barcelona: Ediciones Europa-América.

Zavaleta Mercado, R. (2013a) [1983]. Acercamientos a Marx: Ni piedra filosofal ni suma feliz. En Obra completa. Tomo II: Ensayos 1975-1984 (pp. 605-609). La Paz: Plural Editores.

Zavaleta Mercado, R. (2013b) [1984]. Lo nacional-popular en Bolivia. En Obra completa. Tomo II: Ensayos 1975-1984 (pp. 143-379). La Paz: Plural Editores.

Zavaleta Mercado, R. (2015a) [1984]. El Estado en América Latina. En L. Tapia (Comp.), La autodeterminación de las masas (pp. 321-355). México: Siglo XXI Editores y CLACSO.

Zavaleta Mercado, R. (2015b) [1977]. El problema agrario y la formación del Estado: Los casos de México, Argentina y Bolivia. En Obra completa. Tomo III: Volumen 2. Otros escritos 1954-1984 (pp. 389-403). La Paz: Plural Editores.

Zavaleta Mercado, R. (2015c) [1978]. Las formaciones aparentes en Marx. En L. Tapia (Comp.), La autodeterminación de las masas (pp. 77-120). México: Siglo XXI Editores y CLACSO.

Zavaleta Mercado, R. (2015d) [1983]. Notas sobre la cuestión nacional en América Latina. En L. Tapia (Comp.), La autodeterminación de las masas (pp. 357-371). México: Siglo XXI Editores y CLACSO.


  1. * Mexicano. Doctor en filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y educador popular. Contacto: quique_cobain@hotmail.com

  2. 1 Aunque Marx destacó el carácter revolucionario del capitalismo sobre las “antiguas nacionalidades” (en términos del desarrollo del cosmopolitismo, la centralización política y la constitución de los mercados nacionales), casi no exploró el asunto de estas “nacionalidades”; a diferencia de Engels que, en el Anti-Dühring, acentuó la idea de las “nacionalidades” arcaicas en sí, como sustrato persistente de las modernas naciones.