En tierra yerma. Apuntes sobre la relación entre marxismo y nación en René Zavaleta Mercado

Diego GILLER*

Recibido: 10/02/2026
Aceptado: 27/03/2026

Resumen

Este trabajo busca reponer y repensar las siempre complejas relaciones entre marxismo y nación a partir de la obra del boliviano René Zavaleta Mercado (1937-1984). En función de ello, se revisa su biografía para marcar tres momentos en los que esa relación se funda y se transforma: 1) su etapa como militante del nacionalismo revolucionario, entre 1955 y 1969; 2) su época como marxista, entre 1969 y 1979; y 3) su fase como marxista abierto –donde el sujeto de cambio tiene el nombre de la multitud–, entre 1979 y 1984. El hecho de haber participado de una revolución nacional protagonizada por el proletariado (minero), le otorgó a Zavaleta la posibilidad de explotar un mirador privilegiado para pensar en esa categoría que a los marxismos siempre le resultó esquiva: la nación.

Palabras clave: René Zavaleta, marxismo, nación, Bolivia.

Em terra árida. Considerações sobre a relação entre marxismo e nação em René Zavaleta Mercado

Resumo

Este trabalho busca recuperar e repensar as sempre complexas relações entre marxismo e nação a partir da obra do boliviano René Zavaleta Mercado (1937–1984). Para isso, revisa-se sua biografia a fim de destacar três momentos nos quais essa relação se funda e se transforma: 1) sua etapa como militante do nacionalismo revolucionário, entre 1955 e 1969; 2) seu período como marxista, entre 1969 e 1979; e 3) sua fase como marxista aberto – na qual o sujeito da mudança recebe o nome de multidão –, entre 1979 e 1984. O fato de ter participado de uma revolução nacional protagonizada pelo proletariado (mineiro) conferiu a Zavaleta a possibilidade de explorar um ponto de vista privilegiado para pensar aquela categoria que sempre se mostrou esquiva aos marxistas: a nação.

Palavras-chave: René Zavaleta, marxismo, nação, Bolívia.

On Barren Ground. Reflections on the Relationship between Marxism and Nationhood in René Zavaleta Mercado

Abstract

This article seeks to recover and rethink the invariably complex relationship between Marxism and the nation through the work of the Bolivian thinker René Zavaleta Mercado (1937–1984). To this end, his biography is examined in order to identify three moments in which this relationship is established and transformed: 1) his period as a militant of revolutionary nationalism, between 1955 and 1969; 2) his phase as a Marxist, between 1969 and 1979; and 3) his stage as an open Marxist – in which the subject of change is named the multitude – between 1979 and 1984. Having participated in a national revolution led by the proletariat (the mining working class) granted Zavaleta a privileged vantage point from which to reflect upon a category that has always proved elusive to Marxist thought: the nation.

Keywords: René Zavaleta, marxism, nation, Bolivia.

En tierra yerma. Apuntes sobre la relación entre marxismo y nación en René Zavaleta Mercado

Yo soy también hijo verdadero de ese país,
la peor de cuyas tragedias es ahora
que no se hable nada de la verdad de su tragedia.
René Zavaleta Mercado, “Carta a Augusto Céspedes”

Una vida, muchas vidas

René Zavaleta Mercado nació en Oruro, Bolivia, un 3 de junio de 1937. Ya en sus años como estudiante secundario deja asomar un interés por la poesía y por la política, quizá, en ese orden. El contexto histórico lo acompaña, acaso lo empuja y lo inspira: luego de un sexenio de luchas campesinas, en abril de 1952 las milicias obreras derrotaron al ejército regular abriendo las puertas de la llamada Revolución Nacional. Se vienen tiempos interesantes. Una recién creada Central Obrera de Bolivia (COB) inicia un co-gobierno junto al Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), que había sido fundado en 1942 por figuras como Carlos Montenegro, Augusto Céspedes, José Cuadros Quiroga, Walter Guevara Arze, Hernán Siles Zuazo y quien será su líder histórico, Víctor Paz Estenssoro. En sus dos primeros años la Revolución Nacional decreta el Voto Universal, la Reforma Agraria y la Nacionalización de las Minas, que ahora dejan de ser propiedad de los barones del estaño (Simón Iturri Patiño, Mauricio Hochschild y Carlos Víctor Aramayo) y pasan a control obrero a través de la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL). En la experiencia del co-gobierno ya se esbozan los temas sobre los que orbitará la obra y la militancia de Zavaleta: los cruces entre nacionalismo revolucionario y marxismo, entre lucha nacional y lucha de clases, entre lo local y lo universal.

El proletariado minero, ese sujeto político que protagoniza las jornadas de abril y al que Zavaleta le confiará las futuras transformaciones del país, lleva en su nombre esa encrucijada: proletario como sustantivo de carácter universal; minero como adjetivación de un color local, de una forma única y singular que es “una contribución de la geografía” (Zavaleta, 1963, p. 69). Es todo un tema de la historia intelectual y política de Bolivia la relación entre el medio, el carácter y el destino de sus habitantes. De Alcides Arguedas a Jaime Mendoza, pasando por Fernando Diez de Medina y Franz Tamayo, se había pensado la geografía como factor determinante de la cultura y la psicología de los bolivianos. El fatalismo geográfico servía para deducir sus desgracias y frustraciones (la imposibilidad del país como resultado de lo que alguna vez el español Carlos Badía Malagrida llamó un absurdo geográfico) tanto como su milagro o, lo que es lo mismo, pensar al territorio como una elección de los dioses (el país podía existir porque ya se había formado un carácter nacional en la lucha contra una geografía hostil). Si bien ese pasaje en el que Zavaleta señala al proletariado minero como “una contribución de la geografía”, o aquel en el que lo describe como un “ser mítico, beligerante con lo desconocido”, dueño de un “heroísmo áspero y sin palabras” y que, por todo eso, estaba aportando a la “formación del espíritu nacional boliviano” (Zavaleta, 1963, p. 69), o ese otro en el que el indio aparece definido como “Huraño, hosco, fuerte como la tierra misma”, donde “es indio todo lo creado por acción del paisaje” (Zavaleta, 2015a, pp. 36-37), si bien ese pasaje y los otros, decíamos, podrían inscribir a Zavaleta en esa larga estela que terminó asentando la teoría del medio en Bolivia, lo suyo parece ir en otra dirección. Es que frente al determinismo de la naturaleza, Zavaleta (1967) opone primero el espíritu y luego la historia. Pero es sobre todo en la historia donde los hombres derrotan a la geografía, sometiendo a la naturaleza a sus fines políticos. Miradas así las cosas, la minería ya puede ser despojada de sus características humanas, esto es, fetichizadas, y pasar de las manos del demonio y las desgracias a las de la liberación nacional. Solo así el proletariado minero puede convertirse en dueño de su destino.

Este tipo de reflexiones, entre telúricas y nacionalistas revolucionarias, conforman la primera etapa de su derrotero político-intelectual, cuya característica saliente parece ser la de pensar a Bolivia a partir de la contradicción nación/anti-nación. En esos años, que van de 1955 a 1969, Zavaleta tiene un andar movedizo. Vive en La Paz, prueba suerte en Buenos Aires (no la encuentra), pasa un par de años en Montevideo, regresa a La Paz, se va a Santiago de Chile, retorna nuevamente a La Paz, se exilia en Montevideo, vuelve a Bolivia y cae preso, por lo que se vuelve a ir, esta vez, a Oxford, Inglaterra. Escribe y publica mucho: poemas (gana un concurso municipal), reseñas de libros (en Signo), artículos periodísticos en diversos medios del continente (en los bolivianos El Diario, Última Hora y La Nación –órgano de prensa del MNR, y del que pronto será subdirector–, Khana, Temas sociales, Cultura Boliviana, Nova. Revista de información y cultura, La Calle (segunda época) y Clarín Internacional; en los montevideanos El País y La Mañana y en el mítico semanario Marcha que dirige Carlos Quijano; en la revista cubana Casa de las Américas de Roberto Fernández Retamar; en el periódico mexicano El Día), un folleto (“El asalto porista. El trotskismo y el despotismo de las aclamaciones en los sindicatos mineros de Bolivia”, de 1959) y tres libros (Estado nacional o pueblo de pastores (El Imperialismo y el Desarrollo Fisiocrático), de 1963; La Revolución Boliviana y la cuestión del poder, de 1964; y Bolivia. El desarrollo de la conciencia nacional, de 1967, publicado en Uruguay pero también por Casa de las Américas, aunque con un ligero cambio de título: Bolivia. Crecimiento de la idea nacional). También trabaja como diplomático, siendo Agregado Cultural de la Embajada de Bolivia en Uruguay y primer secretario de la Embajada de Bolivia en Chile, y comienza la carrera de abogacía en la Universidad de la República (UDELAR) de Montevideo, culminándola en 1968 en la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) de La Paz.

Un nombre es muchos nombres y una vida, en algunos casos, también es muchas vidas, todavía más cuando transcurre en la atmósfera de una revolución que se cree inminente e inevitable. Es así que Zavaleta también se hace tiempo para la política profesional. En 1962 es elegido diputado nacional por el MNR en representación de Oruro y en 1964 es nombrado Ministro de Minas y Petróleo en el tercer gobierno de Paz Estenssoro. Pero a solo diez meses de haber asumido, y siendo el ministro más joven de la historia del país, un golpe de Estado comandado por el vicepresidente del gobierno nacional, el general René Barrientos Ortuño, y apoyado por militares y parte del movimiento campesino –el tristemente célebre pacto-militar-campesino– termina con su experiencia ministerial y con el cuarto gobierno del MNR.

La segunda etapa de la vida y obra de Zavaleta parece comenzar en 1969 en Inglaterra y culminar a finales de 1979 en México. Esto de las etapas es apenas un decir, una construcción estética de momentos que se contraponen artificialmente en algún punto fundamental para ordenar el desorden que mueve a una vida. Pero, se sabe, ningún proceso vinculado al mundo de las ideas puede ser fraccionado con tanta claridad, aun cuando se puedan reconocer interrupciones o desplazamientos conceptuales. Quizá a esto se refería Cesar Aira al contar el chiste del campesino normando que le dice a su vecino: “¿Te enteraste? Hoy empezó la Edad Media” (Aira, 1995, p. 25). Como sea, lo que es seguro es que a partir de su estancia en Inglaterra comienzan a madurar sus incursiones en el marxismo, tradición con la que ya se había conectado durante su juventud a través de la lectura de Marx y de Engels, de Lenin y de Trotsky, pero que ahora se profundiza con sus encuentros con las obras de Gramsci y de Lukács, de Althusser y de Poulantzas, de Paul Baran y Karel Kosik. Pero eso no es lo importante. Porque lo que importa, o lo que es en todo caso determinante, es que su vínculo con el marxismo deja de estar regido por las coordenadas del nacionalismo revolucionario y su militancia en el MNR, movimiento al que renuncia de manera oficial en 1971 tras definirlo como un movimiento anticomunista y proimperialista, pero que venía siendo meditada al menos desde 1967 cuando participa de la creación de una corriente de izquierda interna que llevó por nombre Coordinación de la Resistencia Nacionalista. Fuera ya del MNR, en 1971 forma parte de la fundación del Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR), un partido marxista-leninista en el que confluyen elementos de la Democracia Cristiana Revolucionaria, el grupo Espartaco, un segmento del PCB, marxistas independientes y marxistas disidentes del MNR. Aunque breves, el contexto también arroja nuevas coordenadas: los tiempos de la Asamblea Popular durante el gobierno del general Juan José Torres –una suerte de parlamento o de comando político conformado por sindicatos y partidos de izquierda que proclaman el socialismo y la dirección política de la clase obrera– generan suficientes esperanzas y expectativas como para que la realidad siga siendo leída con la vieja biblioteca. Pero todo es tan vertiginoso que en ese mismo 1971 Zavaleta también abandona el MIR (por considerar que había realizado un viraje nacionalista) para participar de la conformación del MIR-Causa Obrera, cuya adjetivación viene a expresar sin ambigüedades su nueva posición teórica. A partir de entonces, Zavaleta deja de interpretar la historia a partir de la contraposición nación/anti-nación –esa que le permitía ilusionarse con una alianza de las clases nacionales contra las clases extranjeras– para comenzar a indagarla desde el punto de vista de la contradicción de clases. La lucha de clases ocupa así el lugar que antes tenía la lucha nacional en tanto que contradicción principal del modo de producción capitalista. Pero esto significa menos un abandono del problema nacional que la ubicación del carácter clasista de la sociedad como el enfoque principal y decisivo para entender y transformar a Bolivia.

Estos también son años movidos, turbados, agitados. Entre 1969 y 1971 realiza una estancia de investigación en el Centro Latinoamericano del St. Antony ‘s College de Oxford. En marzo de 1971 vuelve a La Paz, pero tras el golpe de Estado liderado por el general Hugo Banzer Suárez, en agosto de ese año, se exilia en Chile. Un nuevo golpe, esta vez comandado por el general Augusto Pinochet en septiembre de 1973, apura un nuevo destierro. México es el nuevo y definitivo destino. En esta etapa finaliza La caída del MNR y la conjuración de noviembre (Historia del golpe militar del 4 de noviembre de 1964 en Bolivia), libro que permanecerá inédito hasta 1995 y en el que junto a acontecimientos de la historia larga de Bolivia se narran las intrigas palaciegas y la psicología de los personajes que protagonizaron la noche en la que se consumó el golpe de Estado contra Paz Estenssoro –y de la que Zavaleta fue testigo privilegiado, participando incluso de las discusiones y negociaciones sobre las condiciones de salida del gobierno–. En 1972 publica en Chile “Por qué cayó Bolivia en manos del fascismo”, trabajo que le da cierto renombre internacional al ser traducido al inglés por la New Left Review de Perry Anderson y al francés por la célebre Les Temps Modernes de Jean Paul Sartre. Había aparecido el año anterior en la revista chilena Punto Final para luego ser replicado en Perú en una publicación del Centro de Estudiantes de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Católica (PUCP) y en Buenos Aires como parte del libro América Latina: economía y política, compilado por James Petras. También escribe su cuarto libro, El poder dual en América Latina. Estudios de los casos de Bolivia y Chile, que había circulado en 1973 como Documento de Trabajo del Centro de Estudios de la Realidad Nacional (CEREN) y que ve la luz, a comienzos de 1974, bajo el sello editorial de Siglo XXI México. Antes, en esos pocos meses en los que estuvo de regreso en Bolivia, Zavaleta había retomado el oficio de periodista trabajando como columnista-editorialista de Jornada. Diario del Pueblo y haciéndose cargo de la dirección del semanario Vanguardia, órgano de prensa del MIR. Continuará esta labor en México, llegando a publicar alrededor de cuarenta notas sobre coyuntura política latinoamericana en el diario matutino Excélsior y algunos artículos en la revista semanal Proceso.

Si bien en el Chile de Salvador Allende su ocupación principal es la de diplomático, desempeñándose como consultor de la Oficina de Planificación de la Presidencia (ODEPLAN) y como Encargado de Asuntos Sociales de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) de la Organización de Naciones Unidas (ONU), lo que por sobre todas las cosas profundiza Zavaleta es su vínculo con el mundo universitario, ejerciendo la docencia en la Universidad de Chile (UCH) y ocupando el cargo de Coordinador del CEREN de la Pontificia Universidad Católica (PUC). Inicia así un tránsito desde el campo de la militancia política, la diplomacia y el periodismo hacia el de profesor, escritor y gestor académico, desplazamiento que en México, aunque por razones ajenas a él, acabará siendo definitivo.

Es que a diferencia de Uruguay o de Chile, el artículo 33 de la Constitución Nacional de los Estados Unidos de México le impide a los extranjeros y/o exiliados inmiscuirse en los asuntos políticos del país. Es así que, sin posibilidad de armar nuevas estructuras militantes, Zavaleta se recuesta en el trabajo académico –lo que no supone que la política como campo de sentido de su vida sea abandonada–. En 1974, cuando apenas tenía unos meses de estadía en las tierras de Villa y Zapata, lo nombran investigador del Instituto de Investigaciones Sociales (IIS) y profesor del Centro de Estudios Latinoamericanos (CELA), ambas instituciones dependientes de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). En 1976, y por el transcurso de los siguientes cuatro años, es investido como primer director de la flamante sede mexicana de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), donde además imparte clases y dirige una decena de tesis en el marco de la Maestría en Sociología y Ciencia Política. Y a comienzos de 1979, a instancias del argentino José Nun, viaja a Canadá como profesor-invitado de la cátedra rotativa de Ciencia Política de Latin American Residence en la Universidad de Toronto. Se destacan de esos años en México al menos seis artículos importantes: “Clase y conocimiento” (1975), “Las luchas antiimperialistas en América Latina” (1976), “El fascismo y la América Latina” (1976), “La burguesía incompleta” (1976), “Las formaciones aparentes en Marx” (1978) y “Notas sobre fascismo, dictadura y coyuntura de disolución” (1978).

El tercer y último momento de su trayectoria transcurre entre 1979 y 1984, también en México. ¿Qué es lo que muta en relación con la etapa anterior? El modo en que concibe al sujeto de cambio a partir de la crisis política de noviembre de 1979 en Bolivia, hecho que supone la adquisición del reclamo democrático como consenso de masas y como autodeterminación. No es que la centralidad proletaria pierda su lugar, sino que lo que aparece como fundamental es la noción de irradiación intersubjetiva de la clase obrera hacia clases no proletarias (campesinos, comerciantes, mineros independientes –pequeño burgueses mineros– y asalariados no productivos), que surge a partir de su acumulación y de su acervo como clase, esto es, de su historia. Con este decorado, Zavaleta subraya la importancia de categorías como masa, nacional-popular o multitud, sopesada esta última más como forma modificada de la clase que en su carácter espontaneísta, esto es, como multitud en acto o como plebe en acción.

En este tiempo su labor como docente tampoco cesa. En 1980 trabaja en la División de Posgrado de la Facultad de Economía de la UNAM y en el Departamento de Relaciones Sociales de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco (UAM-UX), donde forma parte de las discusiones en torno a la fundación del doctorado en ciencias sociales. A excepción de un par de notas publicadas en Uno más Uno, lo más notable en estos tiempos es su producción académica. Presenta ponencias, dicta conferencias, escribe prólogos, capítulos de libros y más de una decena de artículos, en los que las intervenciones más militantes y ortodoxas del pasado ceden a otro tipo de rigor analítico. Incluso, se deja ver una mutación en su escritura, menos poética y más abigarrada, que supone, por lo mismo, un cambio en su pensamiento. Porque escribir no es nunca un acto exterior de la reflexión, un instrumento o un medio para transmitir una idea ya concebida –se piensa mientras se escribe, y también viceversa–. De la producción de estos años destacan los artículos “De Banzer a Guevara Arze: la fuerza de la masa” (1979), “Cuatro conceptos de la democracia” (1981), “Notas sobre la cuestión nacional América Latina” (1981), “Problemas de la determinación dependiente y la forma primordial” (1982), “Forma clase y forma multitud en el proletariado minero en Bolivia” (1982) y “El Estado en América Latina” (1983). También sobresalen la revista Bases. Expresiones del pensamiento marxista boliviano, que él mismo dirige y de la que apenas se imprime un solo número; su quinto libro, Las masas en noviembre, publicado en 1983 por la editorial Juventud de La Paz; y Bolivia, hoy, obra colectiva que coordina para Siglo XXI por encargo de Pablo González Casanova.

En 1983 había retomado una investigación que llevaba por título “Elementos para una historia de lo nacional-popular en Bolivia” y que ambicionaba transformar en una tesis doctoral para ser presentada y defendida en la Universidad París 8. Pero una repentina y complicada enfermedad apenas le permite escribir una introducción y tres capítulos. Así y todo, ese trabajo va a ser publicado póstumamente en 1986 por Siglo XXI México como Lo nacional-popular en Bolivia. Quizá esa investigación inconclusa haya sido su obra maestra y merezca ser reconocida como un verdadero clásico del pensamiento latinoamericano.

Al morir Zavaleta, Eduardo Galeano escribió que según una leyenda Maya “al principio de la historia, cuando los dioses nos dieron nacimiento, nosotros los humanos éramos capaces de ver más allá del horizonte. Entonces estábamos recién fundados, y los dioses nos arrojaron polvo a los ojos para que no fuéramos tan poderosos” (Galeano, 1993, p. 162). Galeano leyó en ese polvo una envidia de los dioses. En el cáncer de cerebro que terminó con la vida de Zavaleta un 23 de diciembre de 1984, también.

El chiste y su relación con la lectura

“Barrientos habla con letra de médico” dice Mansilla (2006, p. 62) que le dijo Zavaleta cuando corrían los años del Pacto Militar Campesino en Bolivia. En el chiste, el general Barrientos habla pero no escribe. Y si no escribe es porque no lee. Y si no lee es porque no piensa. Y si no piensa es porque no entiende. ¿Qué no entiende Barrientos? El lugar en que se ha puesto en la historia en tanto representante militar de una contrarrevolución preparada por el Pentágono e instrumentada por unas clases dominantes que después de la guerra del Chaco se nublan ante el nuevo espíritu de un pueblo que ahora sí se pregunta “en qué consistía su vida” (Zavaleta, 1977, p. 74) y que por eso comienza a interesarse en decir la nación, adorar al territorio, compartir una bandera, símbolos, canciones, comidas, vestimentas, literaturas. Nada nuevo bajo el sol, podría haber dicho Zavaleta. Es que esas clases dominantes, bajo la figura de la paradoja señorial o de la burguesía incompleta, nunca han podido –y si no han podido es, en parte, porque no han querido– vertebrar la dispersión del país evitando que cada valle sea una patria. Y si no han querido –y aquí sí no es porque no han podido: hubo una decisión de ser, para decirlo con la jerga de esa época, una lumpenburguesía– es porque eligieron ser doblemente no nacionales, esto es, no ser nacionales ni en su proyecto ni en su existencia (Zavaleta, 2013a). La aversión al macizo andino, esa geografía alucinada y enclaustrada, o alucinada por enclaustrada y habitado por indios, llevó a Alcides Arguedas (1996), uno de sus principales escribas, a delinearla como una región en la que “nada convida a las expansiones ni a la alegría” y a definir a los indios como “ebrios”, “holgazanes”, “egoístas”, “rencorosos”, “crueles”, “parcos”, “miserables”, “rapiñescos”, “desapasionados”, “vengativos”, “desconfiados” (pp. 31-56). Para Arguedas, el medio incide en el carácter de la gente, y el carácter se convierte en destino. Y el destino, en fatalidad. Con ese esquema, el diagnóstico se le aparece incontestable: Bolivia es un pueblo enfermo. El silogismo es sencillo: si, como dice Zavaleta, “el territorio es lo profundo de un pueblo” (Zavaleta, 1986, p. 37), y ese pueblo está enfermo, entonces el mayor de los problemas está en el territorio. Ergo, no queremos ese territorio. Por eso no dudaron en entregarlo toda vez que pudieron: la salida al mar con Perú en la Guerra del Pacífico, los casi 500.000 km2 del Amazonas con Brasil entre la Guerra del Acre y los tratados diplomáticos, los más de 200.000 km2 con Paraguay en la Guerra del Chaco. Y en el mientras tanto de la entrega permanente las clases dominantes se recluyen a comer “galletas inglesas y chocolates suizos” (Zavaleta, 1974, p. 193). Si no se puede ser Suiza o Inglaterra, nada impide jugar a serlo.

Pero eso no es lo único que Barrientos no entiende. Tampoco comprende el lugar en el que Zavaleta lo ha puesto en su propia lectura de esa historia. En ella, ese “generalillo jaranero” (Zavaleta, 1965, s/n), de “voz atiplada, en la que se había instalado una ganga de seminarista” (Zavaleta, 2011a, p. 280), “que no ha leído [ni] el Código Boy Scout” (Zavaleta, 2011b, p. 569) y que “solo tiene la culpa de ser estúpido” (Zavaleta, 1965, s/n), representa el papel del que se jacta no ya de no “hablar con letra de médico” sino de un más modesto no escribir con esa grafía atolondrada. Por su “esencial falta de capacidad de captar las proporciones del mundo y de sí mismo” y “porque la realidad era un dato ajeno a él” (Zavaleta, 2011a, p. 281), Barrientos es el que cree estar por fuera de esas marañas y distorsiones que, antes que obstáculos, son la forma misma del lenguaje. Es el que presume que un enunciado se corresponde cristalinamente con su objeto. Pero Zavaleta sabe que eso no existe. Sabe también que el hecho mismo de que eso no exista es la condición de posibilidad de toda obra. Porque una obra es siempre lo otro de la aparente transparencia del ser social. Lo otro: una incertidumbre, un misterio, un temor y, de algún modo, la causa de una soledad profunda y constitutiva. ¿Qué es una obra crítica? Hacer algo con la incertidumbre que nos habita, rodear ese abismo pero haciendo piruetas para no caer en él. Maiakovski explicaba así la popular regla para fabricar cañones: “se toma un agujero, se cubre de hierro fundido y se obtiene un cañón” (Maiakovski, 2015, p. 120). Quizá toda obra crítica, para ser realmente crítica, deba partir de la misma regla: se toma el abismo de la existencia, se lo recubre de un conjunto de pensamientos e hipótesis que intenten explicarlo –prescindiendo siempre de la voluntad de llenarlo– y se obtiene una teoría.

En La tempestad, Shakespeare le hace decir a Próspero, el duque legítimo de Milán y expresión de la civilización, que fue él quien le enseñó a hablar a ese “monstruo pequeño, rojo y horrible” (Shakespeare, 2004, p. 36) llamado Calibán (obvio anagrama de “caníbal”), que hasta entonces apenas “balbuceaba como una bestia” (p. 39) y que, por lo mismo, no podía poner sus pensamientos en palabras. Un par de lustros antes de que Rubén Darío y José Enrique Rodó relean La tempestad en clave latinoamericana, José Martí retoma ese verbo con el que Shakespeare describe el modo de hablar en estas tierras y anota: “No somos aún bastante americanos: todo continente debe tener su expresión propia: tenemos una vida legada, y una literatura balbuceante” (Martí, 2011, p. 43). Nuevamente, “la letra de médico” como efecto de un continente al que le habían arrebatado la palabra. A la manera de Maiakovski, Zavaleta leyó la historia política de Bolivia y de América Latina sumergiéndose en la tarea de desentrañar esa letra y ese habla, punctum dolens del conocimiento en estas tierras, pero sabiendo, quizá, que había ahí algo constitutivamente indescifrable. Intentó esa lectura maridando dos tradiciones que habitualmente se sientan en, y se sienten de, mesas distintas: la nacional-popular y el marxismo. Desde allí, eligió pensar cómo decir la nación en formaciones sociales abigarradas tratando de sostenerse en el dilema de la conflictiva relación del marxismo con América latina.

Construir la nación en tierra yerma

En los fecundos campos de la tradición marxista, el problema de la nación ha sido un terreno baldío. Pocos, o casi nadie, se animaron a surcarlo o a cosechar algo en él, esto es, a definirlo teóricamente. Más allá del conocido trabajo de Stalin de 1913 sobre la cuestión nacional –y que tantos problemas le ha traído a la propia tradición–, la excepción quizá haya sido La cuestión de las nacionalidades y la socialdemocracia de Otto Bauer, quien en 1907, y en el contexto del excepcional desarrollo cultural de la Viena de comienzos de siglo, quiso creer en el “despertar de las naciones sin historia”, esas en las que las clases “dominadoras” eran extrañas al pueblo. Bauer definió a la nación como el “conjunto de los seres humanos vinculados por comunidad de destino en una comunidad de carácter” (Bauer, 1979, p. 142, cursivas originales): no cosas congeladas ni datos inamovibles o metafísicos amparados en sustancias o elementos espirituales, sino “un proceso del devenir” como efecto de las luchas de los seres humanos con la naturaleza tanto como del modo en que organizan su trabajo para satisfacer sus necesidades. La nación, entonces, aparecía como “manifestación del hombre socializado” (Bauer, 1979, p. 133, cursivas originales), pero, sobre todo como “imagen especular de las luchas históricas” (Bauer, 1979, p. 145) que hacía de cada nación un fenómeno singular y peculiar, siempre distinto de otra nación.

La otra excepción lleva el nombre de José Carlos Mariátegui, cuya obra en general y 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana en particular, orbitó en torno a la pregunta de qué es y de cómo se constituye una nación en América Latina. Oscar Terán (1985) supo precisar que lo que estaba en juego en Mariátegui (y en Bauer) era la cuestión de la nación antes que la cuestión nacional. Si la primera remitía a la identidad nacional, la segunda, a la manera de la Internacional Comunista (IC), reflexionaba “sobre la autonomía de las nacionalidades o el derecho de los países coloniales a la independencia nacional” (Terán, 1985, p. 84). El asunto, decía Terán leyendo a Mariátegui, es que la IC no planteaba el problema de manera adecuada para nuestra región, porque aquí, y, a diferencia de Europa, la pregunta por la nación se apoyaba en el difícil suelo de eso que algunas décadas después la jerga crítica latinoamericana llamará heterogeneidad histórico-estructural, cuyo plus, además, venía dado por el hecho de que lo heterogéneo no estaba conformado por diversas naciones con una tradición larga y fuerte sino, por el contrario, por un bagaje sociocultural poco denso. Si no hay nacionalidades previamente constituidas que reclaman su independencia es porque en América Latina, antes que nada, la nación es una falta. Y si se deja ver como problema, es justamente porque como tal no existe. Por eso aquí la nación se encuentra en el futuro, como tarea a realizar, pero no en el pasado.

Pero ni Bauer ni Mariátegui fueron anomalías bienvenidas en su época o en las siguientes. El propio Bauer escribió en 1924, en el prefacio a la segunda edición de su libro, que su definición de nación “chocó con fuertes resistencias en el campo de la escuela marxiana” (Bauer, 1979, p. 7), con Karl Kautsky como principal portavoz. Los efectos de esa resistencia nos los hizo saber José Aricó (1979) al relatar, no sin cierta sorpresa, que la primera traducción a otro idioma de La cuestión de las nacionalidades y la socialdemocracia recién aparece en… 1979.

7 ensayos… de Mariátegui tuvo un derrotero similar: publicado originalmente en 1928, conocerá en Perú apenas tres reediciones en los siguientes veinticinco años, tendrá una primera edición en otro país del continente (Chile) en 1955 y una primera edición argentina en… 2004. Las razones de ese desajuste se dejan ver, casi completas, en una anécdota que Alberto Flores Galindo (1982) narra en La agonía de Mariátegui. Cuenta allí que durante la Primera Conferencia Comunista Latinoamericana de la IC, celebrada en junio de 1929 en Buenos Aires, los delegados del Partido Socialista del Perú se acercan y le obsequian a Vittorio Codovilla un ejemplar de 7 ensayos.... Lo hacen con orgullo y afirmación, pero el hombre fuerte del comunismo latinoamericano recibe el libro de Mariátegui con desdén y les grita que esa obra tiene muy escaso valor. La interpretación de Flores Galindo (1982) no puede ser más precisa: “A Codovilla le incomodaba, le resultaba insoportable, un libro en cuyo título se juntaran las palabras ‘ensayo’ y ‘realidad peruana’” (p. 27). El ensayo suponía un ejercicio intelectual –y los intelectuales para Codovilla eran peligrosos– que se movía a tientas, siempre provisional, alejado del marxismo científico. Y la realidad peruana, algo inexistente. Porque antes que piezas nacionales singulares o específicas, en América Latina lo que había eran países semicoloniales que se definían por su dependencia al capital imperialista. De modo que el esquema teórico de la IC no admitía diferencias sustantivas entre nuestros países.

En los mismos años en que Flores Galindo pensó estas cosas, Zavaleta (2018) leyó a Mariátegui como el ideólogo de la cuestión nacional, como esa brújula intelectual que permitía adentrarse en los complejos mundos (y submundos) nacionales, y que acaso podrían curar al marxismo de su pavor por la tierra yerma. En 1980, durante una mesa redonda en la UNAM a propósito del cincuenta aniversario de la muerte de Mariátegui, Zavaleta lo eligió como ese intelectual marxista preocupado por reorganizar la unidad nacional en términos materialistas. Su punto de partida no parecía ofrecer lugar a ambigüedades: la pregunta por la construcción de la nación es siempre una pregunta por las razones de su fracaso, un interrogante que surge en “pueblos en estado de colapso (…) de fluidez negativa, esto es, de desagregación” (Zavaleta, 2018, p. 102). Zavaleta creyó que una de las claves del fracaso nacional afincaba en esa burguesía que Mariátegui había llamado virreinalista y que él adjetivó como incompleta, una burguesía extranjera atrapada en un país al que no pertenece y, fundamentalmente, al que no quiere pertenecer (Zavaleta, 2013b). En Lo nacional-popular en Bolivia, esa vida contradictoria de la clase dominante boliviana fue imaginada por Zavaleta bajo la figura de una “paradoja señorial”. Paradoja, porque pese a que es incapaz de auto transformarse en una burguesía moderna y así cumplir con las tareas históricas para las que fue convocada –esto es, organizar un Estado fuerte y un mercado interno para construir la nación, que, en definitiva, son las tareas que hacen de la burguesía una burguesía–, es sin embargo tenaz en su esfuerzo por ratificarse “qua clase dominante a través de las distintas fases estatales, de cambios sociales inmensos e incluso de varios modos de producción” (Zavaleta, 1986, p. 15). Y señorial, como el nombre de la invariante de la historia del país.

Pero por su forma misma, Zavaleta creía que esa paradoja podía representar una doble ventaja para el proletariado, que “por un lado puede asumir su papel de portador de lo universal en lo nacional, y de otro lado el papel de caudillo nacional, de caudillo de clases nacionales” (Zavaleta, 2018, p. 106). La consigna mariateguiana de “peruanizar al Perú” aparecía a sus ojos como “una consigna burguesa dirigida contra una burguesía antinacional” (Zavaleta, 2018, p. 102), siendo el proletariado la clase encargada de llevar adelante las tareas burguesas de construcción de la nación, pero en un sentido socialista, tramándose como proyecto de los excluidos.

En sus años como nacionalista revolucionario Zavaleta escribió más de una vez que “los hombres siguen la suerte del lugar en que viven y es inútil huir” (Zavaleta, 1967, p. 15). Ese apotegma, que lo acompañó como la sombra al cuerpo, no hará de su lectura de Mariátegui una excepción. Pero antes que la postulación de un exotismo o de una singularidad irreductible, lo que se pone en juego ahí para “los hombres latinoamericanos en general –pero quizá, sobre todo [para] los hijos de aquellos países que han quedado más atrás en la constitución de sus Estados nacionales y de sus naciones en un sentido capitalista moderno” (Zavaleta, 2018, p. 96) es el complejo asunto de la relación entre lo universal y lo local –o de eso que en otro lugar había llamado la lógica del mundo y la lógica del lugar (Zavaleta, 1974)–. Complejo, porque “cuando tratamos de ser universales perdemos nuestro modo de ser local, que se traduce en una pérdida de identidad” y “cuando insistimos en nuestra identidad, perdemos lo que debe tener de universal el pensamiento” (Zavaleta, 2018, p. 96). Se trata de un equilibrio complicado, pero posible, siempre y cuando se parta del suelo nacional. Así lo había hecho por ejemplo Tamayo, “el único poeta nacional boliviano y, consiguientemente, el más sólidamente universal” (Zavaleta, 2015b, p. 141). Y por supuesto Mariátegui, el traductor de la contradicción entre lo universal y lo local como una contradicción entre lo colectivo y lo individual, esto es, entre el proletario y el ser nacional, entre “la sumisión racional del mundo como algo que está ocurriendo a manera de historia universal y lo indígena como un dato evidentemente local” (Zavaleta, 2018, p. 97).

Pero antes de haber pasado por el filtro mariateguiano, Zavaleta ya había pensado en esos dilemas. Los rastros pueden seguirse en un escrito que sigue otros rastros, los de un guerrillero argentino en tierras bolivianas. Cuando habían pasado dos años exactos de la caída de Ernesto Che Guevara en La Higuera, Zavaleta publica desde Oxford “El Che en el Churo”, donde anuncia sin demora que su posición representa “solamente la de un nacionalista revolucionario” (2011c, p. 621). Desde ese mirador intenta entender qué es lo que pasó con la guerrilla de Ñancahuazú. Frente a las interpretaciones que sostenían que la derrota del Ejército de Liberación Nacional (ELN) fue el producto de la delación de sus desertores, de la falta de seguridad de la guerrilla o de un pasaje a la acción demasiado apresurado, o aquellas otras que la explicaron como una consecuencia del poder represor de Barrientos, de las pretensiones de la CIA o de la evasión política del Partido comunista de Bolivia (PCB), Zavaleta le opuso una lectura cuyo punto de apoyo fue el conocimiento local. O la falta de él.

La hipótesis fundamental es que el Che boliviano desestimó los cánones del “Che como teórico general”, y que “este Che negaba las teorías generales del Che”. En una perspectiva más cercana a un marxismo dogmático, exclusivamente internacionalista, y que, por lo mismo, parecía negar las diferencias entre las distintas formaciones económico-sociales del continente, el Che boliviano de Zavaleta no supo ver lo que alguien formado en el nacionalismo revolucionario sí era capaz de advertir: la importancia de la historia del país, de los factores estructurales de la geografía, del dato demográfico, de su situación sociológica. Así, pecó de “una visión exacerbada de la historia del continente y de una visión abreviada de la historia de Bolivia” (Zavaleta, 2011c, p. 624). Por ese exceso y por ese defecto, no alcanzó a comprender que la Revolución Nacional y sus medidas habían tenido efectos sobre sus sujetos políticos, en particular sobre el proletariado minero y el campesinado, y que de ese acontecimiento no habían salido impunes. Pocos años después, en El poder dual en América Latina, Zavaleta escribirá que si la nacionalización de las minas le había dado a los mineros una poderosa organización institucional como la COMIBOL, la Reforma Agraria había hecho que el campesinado, con el reparto de tierras y los sindicatos, adquiriese una relación de dependencia con el aparato estatal como tal y no con la clase obrera que lo había liberado, esto es, una identificación con la máquina estatal que le garantizó “la posesión de la tierra, que ha sido su objetivo político secular, su programa único y su identificación” (Zavaleta, 1974, p. 223). De modo que si Guevara confió en la potencialidad revolucionaria del campesinado y no en la del proletariado minero fue por no haber sabido leer la historia local. De haberlo hecho, se habría chocado con el dato de la desconexión entre el proletariado y el campesinado y con el de la alianza de este último con el gobierno dictatorial de Barrientos, quien sería, finalmente –y fatalmente–, el organizador de su propio asesinato. Aunque en su diario de Bolivia el Che escribió más de una entrada caracterizando al campesino como un delator, como un individualista con ambiciones capitalistas o como un miedoso mucho más cercano al ejército que a las filas de la guerrilla (Guevara, 1969), lo cierto es que cuando las sospechas dejaron de ser sospechas, ya era demasiado tarde. Por eso Zavaleta pudo escribir, cáusticamente, que Guevara “no tenía nada que ofrecer a los campesinos sino la perturbación de su vida” (Zavaleta, 2011c, p. 628).

La abreviada historia de Bolivia que manejaba Guevara lo condujo a otro error: el de escoger la selva como escenario de lucha. ¿Error estratégico? Sí, porque la historia de un país es también la historia de su territorio. Y la historia del territorio de Bolivia no es la historia de la selva. Si es un país tropical, lo es en términos de extensión, pero no en términos históricos, en el sentido de que “la historia de los hombres no ha sucedido allá donde está la selva” (Zavaleta, 2011c, p. 627). Bolivia era un país minero y no una república pastoril. Su historia sucedió en las minas. Pero como la guerrilla estaba “Alucinada por la grandeza de su misión” (Zavaleta, 2011c, p. 630), no consiguió lo que un movimiento “heterogéneo al máximo y de una gran hibridez ideológica” (Zavaleta, 2011c, p. 623) como el MNR sí: explotar de manera efectista la historia del país, el dato demográfico del sujeto político minero y el del espacio andino como territorio histórico y mitológico.

En sus contrapuestas lecturas de Mariátegui y Guevara, Zavaleta conjugó las enseñanzas de la escuela nacionalista revolucionaria con una mirada materialista de la historia. Al marxismo como teoría universal y totalizante, le grabó el estudio de la historia local. Pero al hacerlo, trazó desvíos: no hay más espacio para un marxismo como piedra filosofal y summa feliz, esto es, como universalidad abstracta que lee al modo de producción capitalista apenas como un modelo de regularidad que termina abonando a una imposible gramática universal (Zavaleta, 1983; 2013c). Pero tampoco lo hay para un nacionalismo revolucionario que se piense a sí mismo como siendo ajeno a los problemas del mundo. De lo que se trata, entonces, es de analizar la articulación entre la mundialización de la ley del valor y su capacidad de homogeneizar las relaciones sociales capitalistas y el modo de expresión local y singular de esas relaciones, esto es, de razonar la relación entre lucha de clases y lucha nacional, porque

La nación no es una simple mediación entre las clases y el mundo; la clase no es una simple mediación entre el individuo y la nación; pero los individuos son clasistas y nacionales, las clases son nacionales (que la clase se haga nacional es la señal de que la nación existe) y las naciones, de algún modo, son también clasistas. Una clase las ha hecho (Zavaleta, 1978, p. 15).

En “Las masas en noviembre” Zavaleta continuó intentando envolver las razones del fracaso en la construcción de la nación en Bolivia. Esta vez lo abordó a partir del debate sobre los modos de producción, discutiendo la generalidad del concepto de formación económico-social. En la tradición marxista, la formación económico-social designa la coexistencia articulada de diversos modos de producción que se encuentran subordinados a un modo de producción dominante o hegemónico, que los unifica en torno de sí. Pero hay casos, sostenía Zavaleta, en que esa unificación no se produce. Para analizarlos, bosquejó la categoría de formaciones sociales abigarradas. En ellas la superposición de tiempos históricos y etapas económicas no se han logrado combinar demasiado. Es “como si el feudalismo perteneciera a una cultura y el capitalismo a otra y ocurrieran sin embargo en el mismo escenario o como si hubiera un país en el feudalismo y otro en el capitalismo”; sin unificación ni superposición de tiempos históricos, “cada pueblo viste, canta, come y produce de un modo particular y hablan lenguas y acentos diferentes sin que unos ni otros puedan llamarse por un instante la lengua universal de todos” (Zavaleta, 1983, p. 17). Si en la lectura de Aricó que hace Martín Cortés (2016) la formación económico-social, en tanto espacio de encuentro entre universalidad y singularidad, podría ser equivalente al concepto de nación, en Zavaleta la formación social abigarrada lo es de su imposibilidad. Porque donde no hay unificación ni superposición de tiempos históricos, no hay nación. Por eso no se trata de celebrar lo abigarrado como una simple aceptación de las diferencias, sino de entender, como lo sugería Marx en el prólogo a la primera edición de El capital, que además de las miserias modernas nos persiguen también –y con Zavaleta habría que agregar: sobre todo– las miserias heredadas, “resultantes de modos de producción vetustos, meras supervivencias, con su cohorte de relaciones sociales y políticas anacrónicas” (Marx, 2006, p. 7). Con el concepto de formación social abigarrada nuevamente estamos ante una cuestión de método que recorre la obra de Zavaleta de punta a punta: es la sociedad la que “define la línea de su conocimiento (…) Cada sociedad produce un conocimiento (y una técnica) que se refiere a sí misma” (Zavaleta, 1983, p. 19). Así, la pregunta por la nación en Bolivia se responde con categorías propias.

¿Qué es entonces una nación? No un agregado de elementos cuantificables a la manera de Stalin, que la definía como “una comunidad estable, históricamente formada, de idioma, de territorio, de vida económica y de psicología manifestada en la comunidad de la cultura” (Stalin, 1977, p. 40, cursivas originales). Si bien Zavaleta (2013b) acepta que toda nación contiene esos elementos, ninguno de ellos alcanza para explicarla. La nación, en todo caso, es resultado de un continuum que va desde el mercado interno a la democracia representativa, pasando por el Estado nacional (Zavaleta, 1975). El mercado interno es la base material del Estado, y el Estado lo es de la democracia representativa (Zavaleta, 2013d). Hay nación, entonces, cuando una clase social produce una ideología capaz de llevar adelante la continuidad mercado interno-Estado Nacional-democracia representativa. Pero puede ocurrir, y esto es lo que ha sucedido en nuestra región, que esa clase no exista y que sea el Estado el encargado de llevar adelante el proceso de construcción nacional en un sentido capitalista (Zavaleta, 2013e). El problema es que el Estado, al menos en formaciones sociales abigarradas, tampoco puede cumplir esa tarea porque se trata de una forma de unidad de lo que no está unificado realmente porque no se han dado los procesos de igualación y homogeneización propios del capitalismo. Es un Estado que existe, pero de un modo aparente, donde el territorio, la población, el poder político y la democracia representativa se poseen pero de manera ilusoria. Así constituido, ese Estado no tiene nación.

Quizá merodear la nación y descifrar la letra de médico hayan sido las formas que eligió o heredó Zavaleta para volver a casa. Tal vez resulte algo más que un dato de color recordar que su padre había sido médico de profesión y que como tal había participado de la guerra del Chaco, ese doloroso acontecimiento en el que una buena parte del país quiso encontrar sus fondos nacionales enterrados.

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  1. * Argentino. Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), con sede en el Instituto del Desarrollo Humano de la Universidad Nacional de General Sarmiento (IDH-UNGS). Contacto: diegogiller@gmail.com. ORCID: https://orcid.org/0000-0001-7117-9608