Nación y revolución desde el marxismo chileno. El caso del Partido Comunista

Alexia MASSHOLDER*

Recibido: 26/02/2026
Aceptado: 09/04/2026

Resumen

Si bien pueden rastrearse en diversos autores marxistas de América Latina tempranas reflexiones sobre lo nacional, la temática, en el caso de los Partidos Comunistas, tuvo una estrecha relación con los análisis de la estructura económica y social de la nación en pos de pensar las vías para la lucha revolucionaria en cada país. Diferentes partidos comunistas tuvieron a lo largo de su historia diferentes itinerarios para pensar dicha problemática, pero indudablemente la irrupción de la Revolución Cubana en nuestro continente en 1959 puso nuevamente en agenda el debate sobre la vía revolucionaria. Cómo parte de una investigación más amplia, el presente trabajo rastrearemos las reflexiones sobre la nación, la revolución y sus vías en el caso específico del Partido Comunista de Chile, que una década después de la experiencia cubana llegaría al gobierno en un frente que plantearía la vía parlamentaria como posible punto de partida para la transición al socialismo.

Palabras clave: nación, vías, revolución, comunismo, Chile.

Nação e revolução na perspetiva do marxismo chileno. O caso do Partido Comunista

Resumo

Embora seja possível encontrar em vários autores marxistas da América Latina reflexões iniciais sobre o nacional, esta temática, no caso dos Partidos Comunistas, esteve intimamente ligada às análises da estrutura económica e social da nação, com o objetivo de refletir sobre as vias para a luta revolucionária em cada país. Ao longo da sua história, diferentes partidos comunistas seguiram percursos distintos para abordar essa problemática, mas, sem dúvida, a irrupção da Revolução Cubana no nosso continente, em 1959, colocou novamente na agenda o debate sobre o caminho revolucionário. Como parte de uma investigação mais ampla, o presente trabalho irá traçar as reflexões sobre a nação, a revolução e os seus caminhos no caso específico do Partido Comunista do Chile, que, uma década após a experiência cubana, chegaria ao governo numa frente que proporia a via parlamentar como possível ponto de partida para a transição para o socialismo.

Palavras-chave: nação, caminhos, revolução, comunismo, Chile.

Nation and revolution from the perspective of Chilean Marxism. The case of the Communist Party

Abstract

Although the reflections on the nation can be traced through many latinamerican marxists, communist parties have addressed the problem regarding economic and social structure in order to think about the path for the revolution in each country. Different communist parties had throughout its history different itineraries to approach the subject, but undoubtedly the irruption of Cuban Revolution in our continent in 1959 brought to the agenda the debate about the revolutionary path. As part of a wider research, the present work focuses on the reflections about nation, revolution and its paths on the specific case of Chilean Communist Party, which a decade later would come into government as part of a political front that raised parliamentary democracy as a starting point for the socialist transition.

Keywords: nation, paths, revolution, communism, Chile.

Nación y revolución desde el marxismo chileno. El caso del Partido Comunista

Introducción

Si bien pueden rastrearse en diferentes autores marxistas de América Latina tempranas reflexiones sobre lo nacional, la temática, en el caso de los Partidos Comunistas, tuvo una estrecha relación con los análisis de la estructura económica y social de la nación en pos de pensar las vías para la lucha revolucionaria en cada país. Diferentes partidos comunistas tuvieron a lo largo de su historia diferentes itinerarios para pensar dicha problemática, pero indudablemente la irrupción de la Revolución Cubana en nuestro continente en 1959 puso nuevamente en agenda el debate sobre la vía revolucionaria. Cómo parte de una investigación más amplia, el presente trabajo rastrearemos las reflexiones sobre la nación, la revolución y sus vías en el caso específico del Partido Comunista de Chile, que una década después de la experiencia cubana llegaría al gobierno en un frente que plantearía la vía parlamentaria como posible punto de partida para la transición al socialismo.

Contexto internacional

Si bien en todo análisis socio histórico el contexto internacional es relevante, en el caso particular de los partidos comunistas éste adquiere una importancia mayor por tratarse de partidos insertos en un entramado internacional que tuvo hasta 1943 a la Internacional Comunista como centro aglutinador y orientador. Hasta las revelaciones de los llamados crímenes de Stalin en el XX Congreso del PCUS en 1956 el liderazgo indiscutido de la URSS en el movimiento comunista internacional (MCI) casi no fue cuestionado por los PC del resto del mundo. Los hechos dados a conocer en congreso iniciaron un proceso de discusión y replanteo para los comunistas que, en la mayoría de los casos, no fueron visibles ni pueden ser reconstruidos prescindiendo de los testimonios de militantes de aquella época. Con todo, si bien hubo quienes atravesaron entonces un proceso de desencanto, la mayor parte de los militantes comunistas siguieron considerando a la URSS como guía y referente central del MCI. Esta tolerancia a lo ocurrido en la URSS se debió, según Tomás Moulian, a la convicción de que era inevitable una fase de dictadura positiva para la purificación y el fortalecimiento de la unidad frente a las potencias capitalistas (Moulian, 1992, p. 10).1 Y en definitiva el mundo seguía, como desde inicios de la llamada Guerra Fría, dividida en dos grandes bloques: el capitalista liderado por los Estados Unidos y el socialista liderado por la Unión Soviética. Luego de la ya mencionada disolución de la III Internacional en 1943, la URSS había decidido impulsar en 1947 la Oficina de Información de los Partidos Comunistas y Obreros (Kominform), articulando los partidos comunistas de las zonas de mayor influencia soviética, Bulgaria, Checoslovaquia, Hungría, Polonia, Rumania, Yugoslavia. Desde su primera reunión el miembro del Buró Político del PCUS, Andrei Zdhanov, insistió en el papel decisivo que la URSS había tenido en la derrota del fascismo poniendo en cuestión la pretendida hegemonía representada por los Estados Unidos, y ratificó la existencia de dos campos opuestos: el campo imperialista y antidemocrático, de una parte, y el campo antiimperialista y democrático, de otra. Los Estados Unidos representaban el primero, ayudados por Inglaterra y Francia, mientras que las fuerzas antiimperialistas y antifascistas forman el otro campo con la URSS como su principal portavoz.2

En el caso de los Partidos Comunistas de América Latina, se sumaban las históricas evidencias del accionar del imperialismo estadounidense y que intentó particularmente en nuestros países mantener alejada toda posible influencia soviética. En ese marco, los PC de América Latina se inclinaron indudablemente al apoyo a las posiciones soviéticas. Y no era un temor infundado. Según sostiene Fernando Claudín, América Latina pasó de tener 90 comunistas organizados en partidos en 1939 a 500.000 en 1947 (Claudín, 1970, pp. 281-286).

Respecto a las vías revolucionarias, si bien los comunistas tuvieron siempre una línea de preparación de cuadros para una posible ofensiva armada, a partir de 1956 se plantea la idea de mayores posibilidades de tránsito pacífico hacia el socialismo, dados los cambios en las correlaciones de fuerza mundial y la creciente atracción que las ideas socialistas despertaban en obreros, campesinos y trabajadores de la intelectualidad. Se alentaba la idea de lograr la conquista del poder sin guerra civil, aunque sin descartar la posible necesidad de una vía no pacífica. Y la posibilidad real de una y otra vía de paso al socialismo, afirmaba la declaración, venía determinada por condiciones históricas concretas de cada nación (Arismendi, 1976, p. 193).

Estas posiciones buscaron ser reforzadas por la organización de sucesivas Conferencias Mundiales de los Partidos Comunistas reunidas a partir de 1957. En ellas se intentó construir cierta homogeneidad dentro del MCI, luego de los polémicos sucesos de Hungría en 1956 y el emergente conflicto chino-soviético. Las divergencias con en PC de China comenzaron a intensificarse a partir de entonces, con críticas cruzadas entre el PCCH y el PCUS. Los chinos criticaban duramente la vía pacífica por considerarla una traición a la vía desarrollada por la Revolución de Octubre, y afirmando que

Definir con criterio unilateral la línea general del movimiento comunista internacional como “coexistencia pacífica”, “emulación pacífica” y “transición pacífica” significa infringir los principios revolucionarios de las Declaraciones de 1957 y 1960, arrojar por la borda la misión histórica de la revolución mundial proletaria y apartarse de la doctrina revolucionaria del marxismo-leninismo (Comité Central del Partido Comunista de China, 1963).

El PC de China proponía en cambio la teoría de las dos piernas, que implicaba estar preparados para la lucha pacífica y para la lucha armada, debate que se reabriría y profundizaría en América Latina tras el triunfo de la Revolución Cubana. Esta última provocó en los partidos comunistas latinoamericanos diferentes reacciones que oscilaron entre la simpatía y la crítica por aventurerismo pequeño burgués, sobre todo hasta que se declarara el carácter socialista de la revolución poco tiempo después, principalmente porque además de la incertidumbre, la vía cubana implicaba poner en cuestión las concepciones estratégicas imperantes en el comunismo latinoamericano, por lo menos en lo referente a la toma del poder y a las formas para lograrlo. Desde el Partido Comunista de la Argentina, por ejemplo, la articulación con la problemática de la nación era expuesta por el dirigente Rodolfo Ghioldi en los siguientes términos:

La Revolución Cubana representa la vanguardia de todos los movimientos de liberación latinoamericanos. La causa de Cuba es la independencia económica y política de cada nación en América Latina. De ahí que en la Argentina, las fuerzas vayan concentrándose en dos frentes, el frente democrático antiimperialista, de la liberación nacional y social, que tiene como ejemplo la Revolución cubana; y el frente anticomunista y proimperialista, que tiene como ejemplo a la contrarrevolución cubana (Nueva Era, 1962, p. 8).

En ese marco, y con el innegable impacto que la experiencia cubana tuvo en tanto en los posicionamientos públicos de los partidos comunistas como en la subjetividad militante3 de esos años, el Partido Comunista de Chile conjugó su posicionamiento internacional, su valoración de la experiencia cubana y su posición específica sobre las vías revolucionarias teniendo en cuenta el análisis de la nación y su historia. Pondremos especial énfasis en las intervenciones del histórico dirigente partidario Luis Corvalán.

El caso chileno

A través de la revista Principios, revista teórica y política del Comité Central del Partido Comunista de Chile, pueden obtenerse claves para la reconstrucción de la idea de “nación” que el Partido manejó por lo menos desde la década del 50, y que tendrían vínculo con la lucha por el socialismo y las vías para alcanzarlo.

En primer lugar, y en términos cronológicos, la noción de nación se problematizaba en relación a los procesos emancipatorios de principios del siglo XIX en nuestro continente. Así, se argumenta, desde el proceso independentista iniciado en Chile el 18 de septiembre de 1810 “se encuentra trabada una contienda decisiva por la eliminación de las vallas que le impiden a Chile crecer, constituirse en una verdadera nación y hacer efectiva su independencia” (Principios, 1951, p. 1).  Más de 140 años después, se escribía en 1951, Chile había pasado de la opresión de la corona española a la opresión de la oligarquía terrateniente y el imperialismo de los Estados Unidos:

Al igual que en 1810, también están en juego, en la actualidad, la independencia y la dignidad de nuestra República. El imperialismo yanqui ha destruido en los hechos la soberanía nacional, atropella desvergonzadamente todas las formas de autodeterminación de los chilenos (Principios, 1951, p. 2).4

La principal disyuntiva entonces se daba entre nación e imperialismo. Siendo la lucha antiimperialista la principal tarea de quienes bregaban por los verdaderos intereses de la nación,

Se requiere la formación del frente nacional anti-imperialista y antí-oligárquico por el pan, la paz, la democracia y la independencia de Chile. Ese frente ha de ser una expresión política del desarrollo de las luchas revindicativas de la clase obrera y de los demás trabajadores y dé la resistencia de las otras capas nacionales contra la política de servilismo a los preparativos de guerra imperialistas. Impulsar el frente nacional anti - imperialista y anti - oligárquico significa actuar conforme a la tradición de los proceres de la Independencia, llevando adelante el movimiento contra los enemigos de la Patria y contra los vendepatrias (Principios, 1951, p. 3).

En un texto de la misma revista titulado “Sobre el problema nacional” se desarrolla más profundamente la argumentación de la centralidad el antiimperialismo, como una lucha que no responde a las formalidades del pensamiento burgués de comprender la dependencia o la opresión como un tema jurídico, sino al hecho de que

Bajo el imperialismo, en que un grupo de naciones (la minoría) vive a expensas de la explotación de otro grupo de naciones, hablar de “igualdad de las naciones” es burlarse de los pueblos oprimidos. Hoy, este punto de vista jurídico-burgués sobre el problema nacional debe considerarse como desenmascarado. El leninismo ha hecho descender a ras de tierra, desde las alturas de las declaraciones grandilocuentes, el problema nacional, afirmando que las declaraciones sobre la “igualdad de las naciones”, si no van reforzadas por un apoyo directo de los partidos proletarios a la lucha de liberación de los pueblos oprimidos, no son más que declaraciones hipócritas y hueras. Con ello, el problema de las naciones oprimidas se ha convertido en el problema de apoyar y ayudar de un modo real y constante a las naciones oprimidas en su lucha contra el imperialismo, por la verdadera igualdad de las naciones, por su existencia independiente como Estados (Principios, 1951, p. 4).

El frente antiimperialista tuvo diferentes etapas pero en todas estaba convocada la llamada pequeña burguesía, perjudicada también por la opresión económica, y opuesta a la gran burguesía, alineada con los intereses imperialistas.

Los años de estas publicaciones citadas son importantes porque marcan un punto fundamental en la estrategia frentista que llevaría a Allende al gobierno casi 20 años después, y fue elaborada, según afirma el investigador Carmelo Furci, al interior del Partido Comunista de Chile (Furci, 2008). 

En estos mismos años, particularmente en 1952, se consolida la estrategia del Frente de Liberación Nacional antiimperialista, antifeudal y antioligárquico. Frente a esta posición, la cuestión de los medios para llevar adelante esta política reabriendo el tema de las vías. En los partidos comunistas de todo el mundo el tema transitó por diferentes etapas y argumentaciones, pero en el caso particular del Partido Comunista de Chile, la discusión no había estado en agenda discutir la vía pacífica hasta que en 1950 el entonces secretario de organización del Partido Luis Rinoso plantea, sin eco en la mayoría de la dirección, la vía armada.

En efecto, en el caso chileno, la tradición de defensa de la vía no armada contaba con antecedentes definidos, incluso antes de las resoluciones del XX Congreso del PCUS. Con todo, partidos con una arraigada tradición pacifista como los casos chilenos y uruguayos, comandados por Luis Corvalán y Rodney Arismendi, reconocieron la legitimidad del proceso cubano aunque sin apoyar los intentos de extrapolación a otros países como sostuvieron no pocos teóricos de la izquierda en aquella época, alentados por los mismos cubanos.5

El PC de Chile tenía una larga tradición de alianzas fuerzas reformistas y valoración de la democracia representativa provenientes, según señala Olga Ulianova, “de su pasado autónomo, precomiterniano, de la experiencia del POS [Partido Obrero Socialista]”6 (Ulianova, 2007, p. 279. Reforzada por la línea del MCI de Frentes Populares desde 1935, a principios de los años ’50 la posición del comunismo chileno tuvo en su interior fuertes debates sobre la vía revolucionaria protagonizados nada menos que por el Secretario General del Partido entre 1949 y 1956, Galo González, y el Secretario de Organización, Luis Reinoso. El primero sostenía los planteos del llamado Programa de Emergencia, es decir, la necesidad de conformar un gobierno democrático de liberación nacional a través de un frente de amplia coalición. Su objetivo principal no era combatir al capitalismo sino liberar a la nación de la dominación imperialista y feudal, para luego encaminarse hacia el socialismo. El segundo, era partidario del empleo del brazo armado contra la dictadura desarrollando la guerrilla urbana. Pero la comisión política apoyó la posición de González y la discusión quedó cerrada. A partir de entonces, el Frente de Liberación Nacional se desarrolló con el Partido Socialista en lo que se llamó Frente del Pueblo y que se presentó en las elecciones presidenciales de 1952 con Salvador Allende como candidato.

Aunque, como dijimos, la estrategia de las alianzas recibió un impulso especial luego del XX Congreso del PCUS, debe tenerse en cuenta que la elaboración de la línea del PC chileno tuvo siempre una especial contemplación por la propia realidad nacional. En palabas de Alonso Daire:

Habría una fuerte dependencia del PC de Chile en relación a las políticas del MCI. Una “ágil obsecuencia” para seguir las líneas de la política exterior de la URSS y del PCUS. Pero esto no hay que entenderlo sólo como un seguidismo y fuerte solidaridad con “el país del socialismo” en el escenario internacional, sino que esto traspasa, aunque no directamente, el ambiente político nacional […] Es decir, hay una autonomía creadora del PC de Chile en el diseño de estrategias políticas que obedecen a una asimilación realista del estilo y vida política chilena, considerada históricamente, y que por otro lado, existe una fuerte dependencia en cuanto a acudir a los llamados de la política exterior de la URSS y del PCUS (Daire, 1988, pp.160-161).

En este sentido, es importante subrayar que la estrategia de la vía pacífica sostenida en el XX Congreso del PCUS, no hacía sino fortalecer la línea que el propio Partido chileno había enunciado en su IX Conferencia Nacional de 1952 y fortalecido en el X Congreso de 1956.

La experiencia armada en Cuba que culminará con la victoria revolucionaria, se había recrudecido tras el golpe de estado en Cuba en marzo de 1952, ante el evidente triunfo del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo), cuando Batista inició su política de restablecimiento del orden a través de una brutal represión, que los acontecimientos que siguieron al asalto del Moncada evidenciaron aún más. Frente a esto, y además de las declaraciones oficiales hechas por la dirección del PC chileno, muchos de sus miembros expresaron su preocupación y su solidaridad con los acontecimientos cubanos a través de las redes de relaciones personales que se habían establecido entre, por ejemplo, sus intelectuales. Tal fue el caso de Volodia Teitelboim y de Pablo Neruda, quienes, a través de su amistad con Juan Marinello, dirigente del PSP, obtenían información sobre las horas decisivas que vivía el pueblo cubano. Así, en una carta de Teitelboim de febrero de 1954 puede leerse:

Querido Juan:
Hemos vivido días inquietos por las noticias de Cuba. Se han recibido, por uno y otro camino, las cosas enviadas. En la prensa chilena han aparecido adhesiones y protestas. Esperamos que hayan llegado a tus manos. Hay una formada por personalidades muy significativas que será entregada al Embajador en Santiago. Está en marcha una gestión para que el organismo representativo de todas las universidades americanas también diga su palabra. Aquí se ha dado amplia difusión a los acontecimientos de Cuba, pero tenemos que hacer mucho más (Teitelboim, 1954).

También Pablo Neruda escribió, en esa misma carta, para preguntar “sobre los cambios y perspectivas de la situación que a menudo se nos confunde”. Y agregaba: “He pensado en escribir una carta a F. B [Fulgencio Batista]. Pero pública? O privada? O sería inútil? En caso de pública, el tono? Todas esas cosas son para hablarse largo, y hay cosas que uno no hace para no agravar.”(Teitelboim, 1954).

La progresiva participación del PSP y el desarrollo mismo de los acontecimientos terminaron por sellar muchos de los lazos de activa solidaridad y apoyo a la Revolución. Sin embargo, en la Conferencia de los 81 Partidos Comunistas de 1960 el delegado del PC chileno José González reafirmó la desconfianza hacia la “herejía cubana” y la posición de los chinos (Daire, 1988, p. 188). Y a pesar de la creciente atención que despertaba la Revolución Cubana y la incidencia que ésta tuvo en sectores de la izquierda chilena, entre ellos el ala izquierda del Partido Socialista, el PC chileno siguió manteniendo su posición respecto a la vía pacífica, que mantendría hasta la victoria de la Unión Popular que llevó a Salvador Allende a la presidencia del país.

La Revolución Cubana, además, se presentaba como un ejemplo de revolución que no cuadraba con el modelo leninista. En 1961 El Che publica en la revista Verde Olivo un artículo sobre las particularidades del caso cubano, que contribuyeron a la victoria de la Revolución. Una de las conclusiones centrales del artículo era que

aunque no esté excluida la posibilidad de que el cambio en cualquier país se inicie por vía electoral, las condiciones prevalecientes en ellos hacen muy remota esa posibilidad (Verde Olivo, 1961, p. 27).

El Che agregaba que en caso de un movimiento popular ocupara el gobierno e intentara avanzar en grandes transformaciones, el ejército intentaría derribarlo mediante un golpe de estado iniciando inevitablemente un conflicto armado.

Pero sin duda el texto que más desarrolla estas ideas es Guerra de guerrillas, en donde el Che niega la necesidad de esperar a que las condiciones estén dadas, sino que pueden ser creadas por un foco guerrillero, esbozando una crítica a los “pseudorevolucionarios” que “se sientan a esperar a que, en una forma mecánica, se den todas las condiciones objetivas y subjetivas necesarias, sin preocuparse de acelerarlas”. (Guevara, 1961, p. 4). El Che proponía además la centralidad del campesinado frente a la primacía casi absoluta que la teoría leninista otorgaba al proletariado urbano. Esto resultaba claramente apartado de la propuesta del PC chileno, que no se remitía solamente a las directivas del XX Congreso del PCUS, sino que contaba con una larga tradición respaldada, además, por la posibilidad del PC chileno de actuar en la legalidad.

Sumada a la tradición de vía pacífica sostenida por el PC chileno, la expectativa chilena respecto a lo que acontecía en Cuba se debía, según Daire, a que el PSP no sólo no estaba comandando aquella lucha, sino que había mantenido hasta poco antes de 1959 posiciones poco definidas. Como el propio Marinello recordara años después:

Existían diversas opiniones. Finalmente, logramos imponernos lo que teníamos confianza en Fidel y en su victoria. Y apoyamos la lucha guerrillera. […] En primer lugar, Blas [Roca], que con esa gran visión que tenía vio en Fidel al gran Líder. También Carlos Rafael –en 1958 subió a la Sierra enviado por el partido […] Flavio Bravo, Lionel Soto, Osvaldo Sánchez y otros compañeros que apoyaron la lucha guerrillera (Báez, 1995, p. 165).

La posición oficial del PC Chileno en este punto puede sintetizarse en un artículo de Luis Corvalán publicado en 1961 en Principios con el título de “Acerca de la vía pacífica”. Allí escribía:

La preparación para la alternativa violenta no consiste, donde hay posibilidad de la vía pacífica, en empeños como el de crear ya destacamentos armados. Esto conduciría en la práctica a tener una doble línea, a marchar simultáneamente por dos caminos, con la consiguiente dispersión de fuerzas, y podría exponer al movimiento popular, o a una parte de él, a la aventura, a la provocación putschista, a una línea de izquierda y sectaria (Corvalán, 1971, p. 28).

Esta crítica a la doble línea remite sin dudas a la posición del PC chino y su postura sobre la necesidad de dos patas que comentábamos anteriormente, aclarando además que la defensa de la vía pacífica no implicaba pasividad, reformismo, legalismo o conciliación de clases, sino una forma concreta en la que el proletariado, a través de las luchas por reivindicaciones democráticas de soberanía nacional, libertades públicas y la paz, va aislando a sus enemigos principales y acumula fuerzas para el apoyo de las transformaciones hacia el socialismo. Rolando Álvarez Vallejos señaló que la reducción de la experiencia histórica del PC chileno al “parlamentarismo” con una connotación claramente peyorativa, deja afuera todo un conjunto de prácticas de lucha que pueden ser entendidas como “violentas”, e incluso “ilegales”, como tomas de terrenos, luchas campesinas, huelgas y otras manifestaciones callejeras (Álvarez Vallejos, 2007, p. 323). Las lecturas sobre la experiencia chilena, en efecto, no han escapado a los esquemas bidimensionales de “reforma” o “revolución”, de larga data en los debates en la izquierda internacional, y han entendido el “parlamentarismo” chileno como algo desligado de la “lucha de masas”, sin la cual “el parlamentario, alcalde o regidor comunista nada podía hacer” (Álvarez Vallejos, 2007, p. 324). Estos temas cristalizaron en buena medida durante el XIII Congreso partidario en 1965, cuando se introdujo la idea de la vía no armada que de alguna forma abarcaba tanto las luchas pacíficas, asociadas generalmente a la actividad parlamentaria, y las experiencias revestidas de cierto grado de violencia.

Con todo, se valoraba el proceso cubano, como puede observarse en otro artículo titulado “La vía pacífica y la alternativa de la vía violenta”, aparecida en el número 86 de Principios. Corvalán señala allí que la Revolución cubana abría una nueva perspectiva al incorporar la guerrilla como vía revolucionaria. Aunque el autor sostiene que aquella vía no era trasladable a otras realidades latinoamericanas, representaba una demostración de que la revolución era posible en cualquier país. Y así,

Surgirán una segunda Cuba, una tercera Cuba y otras más, tantas como países hay en el continente. Conforme a sus propias características nacionales, con métodos y formas que correspondan a cada realidad particular, todos los pueblos latinoamericanos seguirán el ejemplo cubano (Corvalán, 1982, p. 12).

Este último, había demostrado que los esquemas prestablecidos podían ser alterados por los mismos procesos, y que “pueden llegar al socialismo fuerzas que en los primeros pasos de la revolución sustentan en algún grado una ideología burguesa” (Corvalán, 1982, p. 18).

A mediados de 1967, Corvalán publicó en Revista Internacional un artículo convocando a solidarizarse con la lucha de los movimientos antiimperialistas del continente y especialmente con Cuba y Vietnam. Escribía entonces:

En la medida que el imperialismo, con la complicidad de las oligarquías del continente, logra pasar por encima del principio de no intervención, hace caso omiso de la soberanía de cada país, no respeta las fronteras geográficas y se guía por la doctrina de las fronteras ideológicas, los revolucionarios se ven obligados a llevar su solidaridad a nueva altura, incluso participando directamente en las luchas liberadoras de otros pueblos hermanos, siempre, claro está, que así lo requiera el movimiento revolucionario de esos pueblos y que se coloquen a su servicio y actúen bajo su dirección […] son los revolucionarios de cada país los que determinan, en todos sus aspectos, el rumbo y las tareas concretas que conduzcan a su propia revolución. Ellos conocen más que nadie la realidad en que actúan y están en mejores condiciones para trazar sus objetivos y los métodos para alcanzarlos (Corvalán, 1982, p. 34).

El dirigente chileno aceptaba que en algunos países de América Latina pudiera repetirse la experiencia del foco guerrillero, pero aclaraba que para ello no era suficiente la voluntad de un pequeño grupo si no contaban en su país con condiciones medianamente favorables, en proceso de maduración. Recordaba además la advertencia de Lenin sobre el sacrificio inútil de vidas cuando no se analizaba correctamente el momento de acción armada y el costo que esto podía tener para el movimiento revolucionario. Para Corvalán, la unión de los movimientos antiimperialistas no debía basarse en la imposición de una u otra forma de lucha, ni en una polémica pública que

Lleva generalmente consigo la adjetivación innecesaria y la arbitraria calificación de actitudes. El resultado principal de la polémica llevada en esta forma es el agravamiento y no la superación de las dificultades […] El mejor método para llegar al entendimiento es, indiscutiblemente, el contacto directo, el encuentro bilateral y multilateral, el diálogo fraternal y no ofensivo y, paralelamente y sobre todo, el desarrollo de las acciones comunes (Corvalán, 1982, p. 37).

Incluso luego de la Conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS) impulsada y presidida por Salvador Allende, en donde se cuadraron muchas de las agrupaciones que reivindicaban la vía armada para nuestro continente, Corvalán seguía sosteniendo que “cada país llegaría al socialismo conforme a sus propias características nacionales” (Yopo, 1988, p. 385). Corvalán consideraba que los comités de OLAS de los diferentes países debían jugar un rol fundamental en el desarrollo de acciones comunes en el marco de una amplia lucha contra el enemigo común. De alguna forma, el artículo de Corvalán alertaba sobre las divisiones que, de hecho, se estaban sucediendo en los sectores de izquierda desde inicios de los 60. Frente a las crecientes divisiones entre los revolucionarios que, por diferentes motivos, se inclinan a posiciones contrarias a los partidos comunistas y a la Unión Soviética, los comunistas debían adoptar una posición de permanente búsqueda de la unidad y no de confrontación. Porque la pugna por la dirección del movimiento revolucionario, y una comprensible batalla ideológica, significaba un obsequio al imperialismo, que, en estrecha relación con las oligarquías locales, desplegaría todas las armas posibles para la división del movimiento revolucionario. Este planteo no era simplemente declamatorio. El PC chileno venía insistiendo en la necesidad de unidad sobre todo con el Partido Socialista, como columna central de un Frente de Acción Popular, uno de los antecedentes de la Unidad Popular que triunfaría en 1970. Algo que Galo Golzález había planteado en 1956 durante el X Congreso del PC chileno: “cada vez que socialistas y comunistas marchamos unidos la clase obrera salió ganando y cada vez que nos apartamos o peleamos entre sí, el enemigo obtuvo ventajas” (Corvalán, 1982, p. 42).

Posteriormente, los debates se alimentarán por el fracaso de las experiencias guerrilleras en la segunda mitad de los años ´60, y el progresivo estrechamiento de las relaciones entre Cuba y la URSS a partir de 1968. La idea de que los propios revolucionarios de cada país eran lo que debía definir las vías de acción revolucionaria volvió a resonar, cuando los intentos de lucha armada, que seguían la inspiración cubana, enfrentaron condiciones adversas y fueron aislados y eliminados por los ejércitos estatales.

Comentarios finales

A pesar de la gran e indiscutida influencia que la Unión Soviética tuvo en el movimiento comunista internacional, y el profundo y disruptivo impacto de la Revolución Cubana para el marxismo latinoamericano, no puede perderse la complejidad que brinda el estudiar casos particulares. En este caso, este trabajo buscó una aproximación al caso del Partido Comunista Chileno y el abordaje que éste hizo sobre su propia historia y tradición nacional. La cuestión de lo nacional en clave antiimperialista fue fundamental para el desarrollo de la opción política del Frente de Liberación Nacional, fuertemente impulsado por el Partido Comunista de Chile. Desde 1959, los debates del comunismo chileno se moverán entre el apoyo a la experiencia cubana y la defensa de la histórica línea de vía pacífica, hasta que el triunfo de la Unidad Popular en 1970 inaugura un nuevo período de discusiones.

En ese sentido, la gestación de la experiencia chilena inaugurada en 1970, al igual que la revolución cubana en 1959, tuvieron como centro el análisis de las condiciones nacionales para la conformación de un movimiento revolucionario que condujera al socialismo. El caso abordado permite observar una particular conjugación del análisis del contexto internacional conjugada con un anclaje en la política y la tradición de la propia nación que permitió a los comunistas chilenos sostener la necesidad de una convergencia frentista que allanan el camino del proceso de transformación revolucionaria.

Al igual que en otros casos, el Partido Comunista chileno acordaba con los objetivos generales que llevaron al proceso revolucionario en Cuba, pero el señalamiento de las condiciones nacionales específicas de Chile, la experiencia acumulada en los procesos de construcción de masas de los comunistas, los diferenciaron de otras corrientes de izquierda, y los llevaron a sostener la construcción de la estrategia electoral, parlamentaria y frentista del proceso de transformación socialista. Indudablemente, la idea de nación, sus particularidades y desarrollo histórico fueron un elemento decisivo para el trazado de la política concreta, que esta porción del marxismo chileno se dio para sus planes revolucionarios.

Referencias

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Yopo, Boris. (1988). Las relaciones internacionales del Partico Comunista. En A. Varas, El Partido Comunista en Chile (pp. 373-402). Santiago: CESOC-FLACSO.

Documentos/fuentes

Revista Nueva Era N° 11, diciembre de 1962.

Revista Principios:N° 6 septiembre (1951), N° 77 enero (1961).

Revista Verde Olivo, 9 de abril (1961)

Teitelboim, V. (2 de febrero de 1954). [Carta a Juan Marinello]. Fondo Juan Marinello, Biblioteca Nacional José Martí, Cuba.


  1. * Argentina. Doctora en Ciencias Sociales. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET). Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (IEALC-UBA). Contacto: fmalexia@gmail.com ORCID: https://orcid.org/0009-0000-0978-5471

  2. 1 También Fernando Claudin refuerza esta interpretación sosteniendo que el poderío mostrado por la URSS tras la Guerra reforzó su liderazgo frente al movimiento comunista internacional, y todos sus errores sería leídos como “exigencias inexorables” del proceso de su avance. Véase Claudín, Fernando, La crisis del movimiento comunista, París: Ediciones Ruedo Ibérico, 1970, pp. 281-286.

  3. 2 Es importante señalar que los PC de Italia y de Francia se sumaron a la Kominform sosteniendo con sus posiciones la hegemonía soviética dentro del MCI. Así, no sólo países como Yugoslavia contribuyeron al “cierre de filas” impulsado por la URSS a través del Informe Georghiudej, que ponía fin a los conflictos con Tito, y su “camarilla fascista”, sino que también Togiatti postuló que la interpretación marxista-leninista de una situación es correcta si se acerca a la emanada de la URSS. Véase, Daire, A. (1988) pp.141 y ss.

  4. 3 Sobre la subjetividad política de esos años puede verse nuestra posición en El partido Comunista y sus intelectuales. Pensamiento y Acción de Héctor P. Agosti, Buenos Aires: Ediciones Luxemburg, 2014.

  5. 4 Revista Principios, N° 6 septiembre 1951, p. 2.

  6. 5 No nos detendremos en este trabajo en el debate sobre la excepcionalidad o no del caso cubano. Digamos simplemente que en todo caso, los EEUU, luego de la derrota en Playa Girón y Vietnam, tendieron a aplastar sin miramientos todo intento de sublevación social, como muestran los casos de República Dominicana y los inicios de una política mucho más agresiva y hostil que respaldó las dictaduras genocidas en muchos de nuestros países.

  7. 6 El POS se fundó en 1912 y se convirtió en Partido Comunista luego de la adhesión a la Internacional en 1922.