Francisco Javier SAINZ PAZ*
Recibido: 15/02/2026
Aceptado: 23/03/2026
Resumen
Este artículo propone una lectura de la obra ensayística y narrativa de José Revueltas como una intervención en los debates del marxismo latinoamericano, centrada en la relación entre enajenación, nación y forma partido. Frente a las lecturas que lo reducen a un escritor comprometido o a un disidente del comunismo mexicano, se sostiene que su pensamiento articula estas tres dimensiones como mediaciones constitutivas de la crisis del marxismo en contextos periféricos. A partir del análisis de sus ensayos políticos y de su narrativa, el trabajo muestra que la enajenación opera en Revueltas como una forma de mediación social que atraviesa no sólo la economía, sino también la ideología, la organización política y la experiencia cotidiana. En este marco, la nación aparece como un campo de disputa hegemónica, mientras que el partido es problematizado en sus formas históricas de burocratización y dogmatismo. Finalmente, se argumenta que la literatura no funciona como ilustración de estas problemáticas, sino como un espacio de producción de conocimiento en el que dichas tensiones se encarnan en cuerpos, subjetividades y conflictos narrativos. Desde esta perspectiva, la obra de Revueltas permite repensar las mediaciones históricas de la conciencia revolucionaria en América Latina y ofrece herramientas conceptuales para comprender sus crisis contemporáneas.
Palabras clave: enajenación, nación, forma partido, ideología, narrativa política.
José Revueltas e o Marxismo Periférico: Nação, Alienação e Crítica do Partido na América Latina
Resumo
Este artigo propõe uma leitura da obra ensaística e narrativa de José Revueltas como uma intervenção nos debates do marxismo latino-americano, centrada na relação entre alienação, nação e forma partido. Em contraposição às leituras que o reduzem a um escritor engajado ou a um dissidente do comunismo mexicano, sustenta-se que seu pensamento articula essas três dimensões como mediações constitutivas da crise do marxismo em contextos periféricos. A partir da análise de seus ensaios políticos e de sua narrativa, o trabalho demonstra que a alienação opera em Revueltas como uma forma de mediação social que atravessa não apenas a economia, mas também a ideologia, a organização política e a experiência cotidiana. Nesse quadro, a nação aparece como um campo de disputa hegemônica, enquanto o partido é problematizado em suas formas históricas de burocratização e dogmatismo. Por fim, argumenta-se que a literatura não funciona como ilustração dessas problemáticas, mas como um espaço de produção de conhecimento no qual tais tensões se encarnam em corpos, subjetividades e conflitos narrativos. A partir dessa perspectiva, a obra de Revueltas permite repensar as mediações históricas da consciência revolucionária na América Latina e oferece ferramentas conceituais para compreender suas crises contemporâneas.
Palavras-chave: alienação, nação, forma partido, ideologia, narrativa política.
Abstract
This article proposes a reading of the essayistic and narrative work of José Revueltas as an intervention in the debates of Latin American Marxism, focused on the relationship between alienation, nation, and party form. Against interpretations that reduce him to a committed writer or a dissident of Mexican communism, it argues that his thought articulates these three dimensions as constitutive mediations of the crisis of Marxism in peripheral contexts. Through an analysis of his political essays and narrative works, the article shows that alienation operates in Revueltas as a form of social mediation that traverses not only the economy, but also ideology, political organization, and everyday experience. Within this framework, the nation appears as a field of hegemonic struggle, while the party is critically examined in its historical forms of bureaucratization and dogmatism. Finally, it is argued that literature does not function as an illustration of these problematics, but as a space of knowledge production in which these tensions are embodied in bodies, subjectivities, and narrative conflicts. From this perspective, Revueltas’s work makes it possible to rethink the historical mediations of revolutionary consciousness in Latin America and offers conceptual tools to understand its contemporary crises.
Keywords: alienation, nation, party form, ideology, political narrative.
José Revueltas y el marxismo periférico: nación, enajenación y crítica del partido en América Latina
El pensamiento de José Revueltas ocupa un lugar singular dentro del marxismo latinoamericano. Aunque su obra ha sido frecuentemente leída desde la literatura o desde la militancia política mexicana, menos atención ha recibido su aporte a la reflexión sobre la relación entre marxismo, nación y periferia. En un contexto marcado por la hegemonía del nacionalismo revolucionario posrevolucionario, la subordinación cultural frente a los centros hegemónicos y las tensiones internas de los partidos comunistas latinoamericanos, Revueltas elaboró una crítica persistente a las formas dogmáticas del marxismo, a la burocratización partidaria y a las modalidades específicas que adquirió la enajenación política en sociedades dependientes.
Este artículo propone leer su obra ensayística y narrativa como una intervención en los debates sobre el marxismo desde América Latina, donde la cuestión nacional no se resuelve en la afirmación identitaria ni en el internacionalismo abstracto, sino en una tensión permanente entre Estado, cultura política y conciencia crítica. Sostengo que la reflexión revueltiana sobre la enajenación –informada por su lectura temprana de Marx, pero también por su experiencia militante, carcelaria y literaria– permite pensar el marxismo latinoamericano desde la derrota histórica, la crisis del partido y la persistencia de imaginarios nacionales contradictorios.
Este trabajo no busca ofrecer una revisión exhaustiva de la obra política de Revueltas, sino centrarse en ciertos núcleos problemáticos que atraviesan distintos momentos de su reflexión. Más específicamente, este artículo sostiene que la originalidad de Revueltas no radica sólo en su crítica al dogmatismo comunista, sino en haber pensado de manera articulada la enajenación, la nación y la forma partido como problemas constitutivos del marxismo latinoamericano. Esta hipótesis permite ir más allá de las lecturas que lo reducen a un escritor comprometido o a un disidente partidario, y situarlo como un pensador que elaboró, desde una condición periférica, una crítica de las mediaciones históricas de la conciencia revolucionaria.
En este marco, la literatura no es aquí un simple objeto de análisis ni un soporte ilustrativo de problemas previamente definidos en el plano teórico, sino una práctica ideológica específica en la que se producen, reproducen y transforman formas de la conciencia social. Siguiendo a Françoise Perus (1982), puede entenderse como parte de una “formación ideológica estético-literaria” (p. 23), es decir, como un campo en el que las obras no sólo expresan una realidad, sino que generan efectos ideológicos determinados en el interior de un contexto histórico concreto. La forma narrativa no constituye un elemento secundario ni un mero vehículo de contenidos, sino una configuración histórica que condensa y problematiza las contradicciones sociales de su tiempo. La literatura no refleja la realidad: la refracta, la reorganiza y la vuelve experiencia sensible, en un nivel en el que lo vivido, lo percibido y lo pensado se entrecruzan (Perus, 1982). La narrativa de José Revueltas no debe leerse como ilustración de una teoría previa, sino como un espacio de producción de conocimiento en el que las tensiones del marxismo latinoamericano –enajenación, nación y forma partido– se encarnan en su complejidad histórica.
Revueltas no sólo fue un escritor comprometido o un militante disidente, sino un pensador que anticipó problemas centrales para el marxismo contemporáneo en América Latina: la relación entre nación y socialismo, la crisis de representación política de las izquierdas y la necesidad de una crítica permanente de las propias formas organizativas emancipatorias.
José Revueltas nació en 1914, en el estado de Durango, aunque persiste el debate sobre si fue en la ciudad capital o en Santiago Papasquiaro. Desde muy joven se trasladó a la Ciudad de México, donde cursó brevemente estudios en el Instituto Alemán, pero abandonó pronto la educación formal para formarse como autodidacta (Sainz, 2021). A diferencia de muchos de sus contemporáneos, su entrada en el mundo intelectual no provino del aula, sino de un aprendizaje autodidacta que se enriqueció con el activismo político , el contacto directo con la cultura obrera y la experiencia carcelaria.
Su apellido ya resonaba en la escena artística de los años treinta: Fermín Revueltas, muralista y grabador, fue miembro fundador de El Machete y colaborador de revistas como Crisol y Radiador; Silvestre Revueltas, compositor de La noche de los mayas, representó a México en la Guerra Civil Española con la delegación de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios. Asimismo, algunos años más adelante, su hermana Rosaura Revueltas, actriz y bailarina, consolidaría también su figura artística (Pacheco y Sainz, 2016). Es decir, José Revueltas creció, en un entorno de efervescencia cultural profundamente politizado, donde la relación entre arte, propaganda, Estado y militancia no era un tema teórico sino una experiencia cotidiana.
Su militancia comenzó a los 13 años con su ingreso al Socorro Rojo Internacional. A los 16 fue encarcelado por participar en un mitin, y en 1930 se afilió al Partido Comunista Mexicano (PCM), en pleno periodo de ilegalidad. Esta adhesión marcó su vida y, a la vez, fue fuente de tensiones, expulsiones y rupturas (Fuentes, 2001). Su paso por la colonia penitenciaria de las Islas Marías, su relación con figuras como Vittorio Vidali y su participación en el VII Congreso de la Internacional Comunista configuran el retrato de un joven radical, comprometido y en constante conflicto con las estructuras burocráticas del partido (Mateo, 2014).
Desde sus primeras novelas –Los muros de agua (1941) y El luto humano (1943)– hasta sus guiones cinematográficos y ensayos filosóficos, Revueltas fue tejiendo una crítica cada vez más aguda a los límites del marxismo de la época, articulada desde una experiencia de represión, cárcel y disidencia. Su expulsión del PCM en 1943, la fundación de nuevas organizaciones como la Liga Leninista Espartaco, y su involucramiento en el movimiento estudiantil de 1968 muestran una trayectoria marcada por la insubordinación teórica y práctica. Ese itinerario, lejos de ser anecdótico, ilumina el modo en que su pensamiento se construye desde una tensión persistente entre la necesidad de organización política y el rechazo de sus formas clausuradas.
Para abordar la noción de enajenación en la obra de José Revueltas, este trabajo parte de los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 como un primer punto de entrada. No obstante, esta elección requiere una precisión: en Marx, la enajenación no constituye un concepto circunscrito a su etapa temprana, sino un problema que atraviesa su obra y que alcanza formulaciones más complejas en textos como los Grundrisse y, de manera más sistemática, en El capital, particularmente en el análisis del fetichismo de la mercancía (Musto, 2021). El problema no consiste en ampliar el concepto marxiano, sino en examinar sus modos de manifestación en registros históricos y estéticos específicos.
La enajenación opera como una forma de mediación social generalizada, en la que las relaciones entre los individuos se encuentran estructuradas por fuerzas que se les presentan como ajenas, autónomas y dominantes. Esta perspectiva coincide con desarrollos del marxismo crítico que han insistido en el carácter no economicista del pensamiento de Marx. Como señala Aureliano Ortega (2019), el marxismo no puede reducirse a una descripción positiva de la realidad, sino que constituye una práctica crítica orientada a la transformación de las relaciones sociales en su totalidad.
Esta comprensión ampliada del concepto resulta fundamental para entender la apropiación que realiza José Revueltas. Como ha señalado Jorge Fuentes Morúa, Revueltas fue uno de los primeros lectores en México de los Manuscritos económico-filosóficos de 1844, a los que accedió a través de la edición alemana traducida por Otto Rühle (2001). Sin embargo, su reflexión no se limitó a esta obra. Como muestra su propia trayectoria intelectual, Revueltas volvió posteriormente a textos como La Sagrada Familia, en donde Marx y Engels desarrollan una crítica a la ideología y a las formas de conciencia que resultan centrales para comprender la relación entre enajenación y conocimiento.
En este marco, la enajenación no sólo remite a la pérdida del producto del trabajo, sino a una estructura de relaciones en la que los sujetos se encuentran separados de su propia actividad, de los otros y de sí mismos. Como señalan Marx y Engels, tanto la clase poseedora como el proletariado participan de esta enajenación, pero de manera distinta: mientras la primera se afirma en ella como poder, el segundo la vive como desposesión y como condición inhumana (Marx y Engels).
La obra de Revueltas constituye una elaboración situada –y particularmente estética– de un problema central en la crítica de la economía política. En lugar de desarrollar una teoría abstracta de la enajenación, Revueltas la despliega en registros donde ésta se vuelve experiencia vivida: cuerpo, deseo, lenguaje, organización política y vida cotidiana.
En Revueltas, la enajenación no se restringe a una dimensión económica, sino que se manifiesta como una forma compleja de mediación social que atraviesa los cuerpos, los deseos, las ideas, los partidos y las prácticas cotidianas. Sus personajes –militantes, burócratas, lúmpenes o prostitutas– no se sitúan fuera de la enajenación, sino que están inmersos en ella como parte constitutiva de su experiencia.
Esta dimensión corporal de la enajenación ha sido señalada también por Jorge Fuentes Morúa, quien advierte que en la obra de Revueltas la dominación no opera únicamente en el nivel de las ideas o de las estructuras económicas, sino que se ejerce directamente sobre los cuerpos. Figuras como las prostitutas, los obreros, los enfermos o los presos aparecen como sujetos sometidos a una red de mediaciones que desorganiza sus posibilidades de vida, afecto y comunidad. Como señala Fuentes Morúa, la violencia social se expresa en “los cuerpos de las prostitutas golpeadas”, sometidos, al igual que otros sujetos, a la “fuerza corrosiva del dinero”, que invade y reorganiza las relaciones humanas en su totalidad (Fuentes, 2001, p. 256).
La prostitución no constituye un caso aislado, sino una condensación particularmente visible de la lógica general de la enajenación. En este punto, resulta significativo que Revueltas entienda la enajenación no sólo como una condición pasiva, sino como una relación activa en la que los sujetos participan en su propia reproducción. Como él mismo señala, “la suprema enajenación del hombre es la enajenación del sexo en la prostituta” (Torres, 2001, p. 135), subrayando así el carácter extremo de esta forma de cosificación.
Esta formulación introduce un matiz particular en relación con la tradición marxiana. En los textos de Marx, la prostitución aparece como una expresión de la cosificación mediada por el dinero, análoga al trabajo asalariado. Sin embargo, el desarrollo posterior del concepto –especialmente en la teoría del fetichismo– permite comprender estas relaciones como formas de mediación social en las que las relaciones entre personas se presentan como relaciones entre cosas. Más que distanciarse de Marx, la lectura de Revueltas puede entenderse como una exploración concreta y situada de estas dinámicas en el ámbito de la experiencia cotidiana.
No obstante, esta perspectiva no se agota en la denuncia. En la narrativa revueltiana, incluso en los espacios más degradados aparece la posibilidad de una forma de reconocimiento. En consonancia con la idea de que la desenajenación comienza en la conciencia –y que ésta no es únicamente individual, sino también histórica y colectiva–, algunos de sus personajes son capaces de reconocer la enajenación propia y ajena, aun cuando no logren superarla plenamente.
Un ejemplo particularmente significativo puede observarse en Los errores (1964), donde la figura de Elena condensa varias de estas tensiones. Su experiencia no sólo revela la profundidad de la enajenación, sino también la posibilidad –limitada, pero real– de una conciencia que emerge desde el interior mismo de las relaciones que la producen. De este modo, la narrativa de Revueltas no se limita a representar la enajenación como un estado, sino que la explora como un proceso contradictorio, en el que la pérdida de la humanidad convive con la persistencia de formas fragmentarias de reconocimiento y solidaridad.
Uno de los aportes más radicales de José Revueltas al pensamiento marxista en México –y quizá el más incómodo para cierta tradición comunista– fue su cuestionamiento profundo a las formas históricas que ha asumido el partido –particularmente en contextos de burocratización y dogmatismo– en su pretensión de encarnar la conciencia proletaria. Esta crítica se presenta como una reflexión sobre las circunstancias históricas que permitieron su existencia y sobre el papel que desempeña en el proceso revolucionario, especialmente en cuanto a su función de conocimiento. Como ha señalado Arturo Anguiano, el pensamiento de Revueltas se caracteriza por su carácter antidogmático y por una elaboración crítica permanente que busca reconstruir las mediaciones políticas del marxismo en contextos concretos (Anguiano, 2019).
La crítica de Revueltas no se dirige a la forma partido en cuanto tal, sino a sus deformaciones históricas, particularmente aquellas asociadas al estalinismo, al dogmatismo y a la burocratización de las organizaciones comunistas. Su reflexión constituye una intervención crítica desde el interior del movimiento comunista.
Esta problemática no emerge de manera repentina en Ensayo sobre un proletariado sin cabeza, sino que encuentra uno de sus primeros desarrollos en México: una democracia bárbara (1958), donde Revueltas analiza la función ideológica del Estado posrevolucionario como una forma de mediación que produce y organiza la conciencia social. En este texto, la ideología no aparece como simple falsa representación, sino como una forma operante que articula dominación y consentimiento, configurando un horizonte en el que los sujetos reconocen como propias relaciones que los subordinan. El problema del partido, en sus formas históricas concretas, no puede reducirse a su estructura interna, sino que debe entenderse como parte de un campo más amplio de mediaciones ideológicas que atraviesan tanto al Estado como a las organizaciones políticas.
La crítica de Revueltas se articula en varios niveles –histórico, filosófico y práctico– y atraviesa su obra desde los primeros ensayos militantes hasta su madurez teórica en Dialéctica de la conciencia (1982). El texto clave en esta trayectoria es, sin duda, Ensayo sobre un proletariado sin cabeza (1962). La tesis de fondo en este ensayo es provocadora: el PCM, en sus formas históricas concretas, ha contribuido a la enajenación del proletariado. Esta afirmación no asume que el partido sea innecesario, sino que su mera existencia no garantiza la constitución de un sujeto histórico revolucionario.
Para que el partido sea históricamente existente –es decir, para que sea el instrumento teórico y práctico de la clase obrera– debe organizarse con, por y para el proletariado. Revueltas enfatiza estas tres preposiciones para señalar una diferencia crucial entre la ideología comunista y su realización histórica concreta: Pensar con el proletariado implica que el partido sea parte orgánica de su experiencia de vida, de sus luchas cotidianas, de sus saberes y sufrimientos. Pensar por el proletariado significa asumir una posición de compromiso teórico que no se sitúe por encima ni fuera de la clase, sino que se construya desde su interior. Pensar para el proletariado señala una orientación estratégica clara: todas las decisiones y prácticas deben tener como horizonte la emancipación proletaria, no el ascenso de los cuadros partidarios ni la reproducción burocrática de la organización (Revueltas, 1987).
Si estas condiciones no se cumplen, el partido se convierte en una conciencia deformada del proletariado. No desaparece, pero su función se pervierte: ya no emancipa, sino que reproduce la enajenación. Esta idea encuentra una formulación teórica más precisa en “La disyuntiva histórica del Partido Comunista Mexicano”, incluido en la compilación Escritos políticos II, donde Revueltas (1984) define al partido como “conciencia organizada” o “cerebro colectivo” de la clase obrera, es decir, como el instrumento mediante el cual ésta puede conocerse a sí misma y transformarse en sujeto histórico (p. 11). El problema fundamental del Partido Comunista Mexicano no radica en su existencia formal, sino en su incapacidad para cumplir esta función.
Este punto permite desplazar la crítica desde el plano institucional hacia el plano gnoseológico. El partido no es únicamente una organización política, sino un dispositivo de conocimiento: un sujeto que tiene por objeto a la clase obrera y cuya función es producir conciencia en ella. Como señala Revueltas (1984), el partido es el “instrumento del conocimiento” de la clase, en una relación donde el sujeto (partido) y el objeto (proletariado) se constituyen mutuamente (pp. 16–17). Cuando esta relación se rompe –cuando el partido deja de conocer y, por tanto, de producir conciencia– se genera una forma específica de enajenación política. En este punto, el problema del partido aparece como una extensión del problema de la ideología ya planteado en México: una democracia bárbara.
La crítica de Revueltas se dirige, por un lado, contra el estalinismo como forma histórica específica de organización política que suprime la democracia interna y convierte la teoría en dogma; por otro, apunta a las formas dogmáticas del marxismo cuando se convierten en estructuras burocráticas incapaces de interpretar la realidad concreta. El problema no es el marxismo en sí mismo, sino sus formas históricas de deformación, aquello que Anguiano describe como la “deformación burocrática y totalitaria del socialismo” (Anguiano, 2019, p. 15).
También en el ensayo “La disyuntiva histórica del Partido Comunista Mexicano”, esta crítica se articula a partir de una reflexión sobre el dogmatismo como una aberración del proceso del conocimiento: una ruptura entre la formación del concepto y su verificación en la práctica, que sustituye la relación dialéctica con la realidad por esquemas rígidos (Revueltas, 1984). Este practicismo dogmático convierte a la teoría en un conjunto de verdades inmutables y a la práctica en una repetición mecánica, lo que impide la producción de conocimiento real sobre la situación histórica concreta.
La noción de inexistencia histórica del partido comunista nace de esta constatación. El partido puede existir físicamente –tener sede, militantes, órganos de difusión–, pero si no cumple su función de producir conciencia de clase, es como si no existiera históricamente. Esta idea, heredera de ciertas lecturas de Lukács pero también radicalmente original, se sitúa en un umbral: en el interior del marxismo, como una reformulación crítica de sus mediaciones históricas; entre la militancia y una posición crítica al interior de sus propias tradiciones.
Para Revueltas, la enajenación política alcanza su forma más intensa cuando el partido simula luchar por el socialismo mientras reproduce prácticas opresivas: verticalismo, culto a la personalidad, represión del disenso, dogmatismo ideológico. No es que todos los militantes sean hipócritas, sino que el aparato mismo está estructurado para ocultar su distancia respecto al proletariado real. En este punto, la crítica se enlaza con una reflexión más amplia sobre la ideología como forma de falsa conciencia operante –ya presente en México: una democracia bárbara–, donde la dominación no se impone sólo por la coerción, sino por la producción de sentido.
Este diagnóstico no se quedó en el terreno teórico. Revueltas lo vivió en carne propia: fue expulsado del PCM en 1943, posteriormente se vinculó a otras organizaciones de izquierda y finalmente fundó la Liga Leninista Espartaco. Sin embargo, incluso estas experiencias fueron objeto de su crítica, lo que confirma el carácter no dogmático de su pensamiento y su constante revisión de las formas organizativas de la izquierda.
Es en ese marco donde Revueltas elabora su concepto más innovador: la democracia cognoscitiva. Esta propuesta, desarrollada sobre todo en los fragmentos de Dialéctica de la conciencia, parte de una crítica al centralismo democrático, al que considera un mecanismo que tiende a anular el momento democrático en favor de una unidad impuesta (Revueltas, 1986). Frente a ello, propone que la toma de decisiones políticas debe estar precedida por un proceso colectivo de conocimiento: análisis, debate, confrontación de perspectivas.
La democracia cognoscitiva no es una simple forma organizativa, sino una concepción del conocimiento político como proceso dialéctico. Las contradicciones no deben suprimirse, sino integrarse en la producción de verdad. La propuesta de Revueltas lo acerca a las críticas de Rosa Luxemburgo (1978) al centralismo partidario, particularmente en lo relativo a la supresión de la iniciativa de las masas, e incluso –aunque él nunca lo formule en esos términos– a ciertas tesis de Mao Tse-tung (1968) sobre la contradicción y la práctica como motores del conocimiento revolucionario. Su propuesta puede leerse, así, como un intento por repensar la forma política del marxismo desde la experiencia histórica de sus fracasos, desde la persistente no realización del socialismo y desde la necesidad de reconstruir las mediaciones entre conocimiento, organización y praxis.
El pensamiento de Revueltas sobre el partido es, en última instancia, una teoría de la posibilidad: posibilidad de que el comunismo deje de ser un ideal abstracto y se convierta en praxis concreta; posibilidad de que el conocimiento político no se separe de la vida, del cuerpo y de la historia. Es, también, una advertencia: sin crítica, sin autoconciencia, sin transformación interna, el partido deja de ser mediación revolucionaria y se convierte en una estructura que reproduce aquello que pretende combatir.
El pensamiento de revueltiano no se sitúa fuera del marxismo, sino en su interior, como una crítica radical a sus formas históricas de deformación y como un intento por restituir su carácter crítico, dialéctico y no dogmático.
El problema de la nación ocupa un lugar central en la reflexión de José Revueltas, no como una categoría abstracta ni como una identidad ya constituida, sino como una mediación histórica compleja en la que se articulan Estado, ideología y lucha de clases. Su pensamiento se inscribe en una problemática más amplia del marxismo latinoamericano: la dificultad de pensar la nación no como una etapa superada ni como una mera ilusión ideológica, sino como un proceso contradictorio en el que se condensan relaciones de dominación y posibilidades de acción política.
Diversas tradiciones del pensamiento crítico latinoamericano han señalado que, a diferencia de las formaciones europeas, en América Latina la nación no precede plenamente al Estado, sino que se configura a través de él, en un proceso desigual y conflictivo. De ahí que la nación deba entenderse como una construcción histórica inestable, atravesada por mediaciones ideológicas y disputas por la hegemonía. En este punto, la noción de lo nacional-popular resulta clave, en tanto permite pensar la nación no sólo como forma de dominación, sino también como un campo de articulación política donde se construyen –de manera siempre conflictiva– formas de voluntad colectiva.
Sin embargo, es en la obra de Revueltas donde este problema adquiere una formulación particularmente aguda. Desde sus textos tempranos, el autor concibe la nación como un proceso histórico en formación, no como una entidad fija. En Ensayos sobre México, la constitución de las nacionalidades aparece como un devenir abierto, comparable a un proceso orgánico en el que las formas sociales emergen, se transforman y entran en conflicto. Esta concepción impide pensar la nación en términos esencialistas y la sitúa en el terreno de la historia.
Ahora bien, esta dimensión histórica no puede separarse del problema de la ideología. En México: una democracia bárbara, Revueltas muestra cómo la ideología del Estado posrevolucionario –incluida la ideología nacional– opera como un mecanismo de mediación que reorganiza la realidad social bajo formas aparentemente unitarias. En este marco, conceptos como el Estado-nación, la nacionalización o la alianza popular funcionan como dispositivos que presentan las contradicciones de clase como si estuvieran superadas, ocultando así el carácter conflictivo de la sociedad .
No obstante, la originalidad de Revueltas consiste en no reducir la ideología –ni, por extensión, la nación– a una simple falsificación de la realidad. En un pasaje clave, el autor señala que toda ideología contiene un núcleo racional, es decir, un contenido que remite a necesidades históricas efectivas . Este señalamiento resulta decisivo: la ideología no es pura ilusión, sino una forma deformada de lo real que, precisamente por ello, puede adquirir eficacia material y política.
La nación aparece como una mediación ambivalente. Por un lado, funciona como una forma ideológica que contribuye a la reproducción del orden social, en tanto oculta las relaciones de dominación bajo la apariencia de una unidad nacional. Por otro, expresa necesidades reales de articulación social, en la medida en que los sujetos buscan formas de comunidad y pertenencia dentro de condiciones históricas específicas. En este punto, la nación aparece como un campo de disputa hegemónica:1 un espacio donde se construyen y confrontan distintos proyectos de sociedad. En este sentido, lo nacional-popular puede entenderse como el espacio en el que se articula una “voluntad colectiva nacional-popular”, es decir, una forma histórica de construcción hegemónica que no elimina las contradicciones, sino que las reorganiza en un plano político (Portantiero y de Ípola, 1981, p. 7).
Esta ambivalencia se vuelve particularmente evidente en los textos políticos de Revueltas de finales de los años treinta. En “Una ruta a discusión” (1938), el autor afirma que la revolución mexicana no debe ser concebida como un proceso ajeno al horizonte comunista, sino como parte de la misma dinámica histórica en la que intervienen las fuerzas revolucionarias: esa revolución es también nuestra. Esta afirmación desplaza radicalmente la discusión: la nación y la revolución no son simplemente estructuras ideológicas que deban ser denunciadas, sino campos históricos en los que se juega la práctica política.
De este modo, la nación en Revueltas no puede entenderse ni como una síntesis reconciliadora ni como una mera forma de falsa conciencia. Se trata, más bien, de una mediación histórica contradictoria en la que se entrecruzan dominación, identificación y posibilidad política. La ideología nacional-revolucionaria produce cohesión simbólica y, al mismo tiempo, encubre las relaciones de poder; pero también abre un espacio en el que es posible intervenir, disputar el sentido de lo nacional y reconfigurar sus contenidos.
En suma, la nación no constituye en Revueltas un horizonte de integración logrado, sino un campo conflictivo en el que se condensan las tensiones propias de la sociedad mexicana. Lejos de resolver las contradicciones sociales, la nación las reorganiza bajo formas específicas, convirtiéndose en una de las mediaciones fundamentales a través de las cuales se configura la conciencia social. El problema de la nación no puede separarse del problema de la conciencia: ambos remiten a un mismo proceso histórico en el que los sujetos, lejos de situarse fuera de la ideología, actúan dentro de ella, la reproducen y, potencialmente, la transforman.
La narrativa de José Revueltas no es un complemento ilustrativo de su pensamiento político, sino uno de sus espacios más profundos de elaboración crítica. A diferencia de otros autores militantes de su tiempo –que reservaban para la literatura una función edificante o alegórica– Revueltas convirtió la novela y el cuento en laboratorios de conflicto, contradicción y descomposición ideológica. Sus personajes no encarnan ideales, sino desgarramientos; no ilustran una doctrina, sino que ponen en crisis toda forma de certeza. En ese sentido, su literatura puede leerse como una prolongación –más intensa, más oscura, más visceral– de su reflexión sobre la enajenación, el partido y la conciencia.
Su crítica a la política comunista no se expresa sólo en ensayos como Un proletariado sin cabeza o México: una democracia bárbara, sino sobre todo en el modo en que construye personajes, voces narrativas y estructuras de relato. En novelas como Los días terrenales (1949) y Los errores (1964), Revueltas lleva al extremo una apuesta estética: representar a militantes comunistas no como héroes, sino como sujetos frágiles, ambivalentes, a menudo dominados por el miedo, la traición o el autoengaño. Esta decisión literaria no fue gratuita: le costó el repudio de la izquierda comunista nacional e internacional, que le reprochó haber ensuciado la imagen del militante revolucionario.
En Los días terrenales, por ejemplo, Revueltas narra la historia de una célula comunista traicionada desde dentro. La figura de Gregorio Saldívar condensa la crisis de una subjetividad partida entre el deber partidario y la duda existencial. El narrador no escatima en mostrar su confusión, su miedo, su inseguridad. El personaje no está seguro de estar obrando bien, ni siquiera está seguro de que el partido al que pertenece merezca su lealtad. Esa figura del comunista que duda es central en la poética de Revueltas: se opone tanto al militante heroico como al traidor caricaturesco; es alguien que padece su tiempo, lo piensa, lo sufre, y cuya acción política está marcada por la incertidumbre (Sainz Paz, 2011).
En Los errores, esa línea se radicaliza. El personaje Jacobo Ponce aparece enfrentado a la estructura degradada del partido. Mientras tanto, figuras como Mario Cobián o Elena –un proxeneta y un enano alcohólico, respectivamente– muestran una densidad moral que pone en entredicho los estereotipos del compromiso revolucionario. Elena, en particular, es un personaje extraordinario: grotesco, dependiente, consciente de su alienación y, sin embargo, capaz de sentir empatía y tomar decisiones éticas que los personajes comunistas no pueden siquiera formular. Al asesinar a un prestamista para vengar a un indígena humillado, Elena encarna una forma precaria, pero concreta, de justicia. Lo hace no desde un programa ideológico, sino desde la experiencia encarnada del dolor (Sainz Paz, 2017).
Este desplazamiento del centro ético desde los militantes hacia los parias, los lúmpenes, los marginados, constituye una de las rupturas más significativas de la narrativa revueltiana respecto al realismo socialista (Sainz Paz, s. f.). Si este último exigía personajes en ascenso, transformándose en sujetos conscientes al calor de la lucha, Revueltas elige mostrar cuerpos caídos, fragmentados, atrapados en pasiones destructivas o rutinas sin sentido. Sus novelas son relatos de la derrota: no como claudicación, sino como forma de acceso a una verdad más honda, más incómoda.
Lo grotesco –categoría clave en su estética– opera como desnaturalización. En sus relatos, la realidad no aparece como un orden coherente, sino como un conjunto de desechos simbólicos: cuerpos deformes, deseos imposibles, violencias repetidas. La condición humana no se idealiza: se exhibe en sus pliegues más oscuros. La prostituta, el traidor, el alcohólico, el lumpen, son personajes centrales no por exotismo, sino porque concentran –y hacen visible– el núcleo degradante de la enajenación social.
Revueltas no busca conmover ni escandalizar. Busca desenmascarar. Su narrativa se presenta como una forma de realismo crítico-dialéctico desbordado por una sensibilidad cercana al existencialismo. En lugar de mostrar a los personajes como portadores de tesis, los muestra como sujetos atrapados en contradicciones irreductibles. La conciencia no es un punto de llegada, sino una lucha interna, siempre en riesgo de ceder ante la desesperanza o el autoengaño.
En el contexto latinoamericano, esta dimensión estética adquiere una relevancia particular. La representación de cuerpos degradados, militantes derrotados y subjetividades fracturadas no sólo expresa conflictos individuales, sino también tensiones históricas de sociedades atravesadas por procesos incompletos de modernización, nacionalismos contradictorios y experiencias reiteradas de violencia política.
En esa línea, su literatura puede leerse como una crítica cultural del Estado posrevolucionario: frente a la retórica de la integración nacional, sus personajes encarnan la marginalidad, el desamparo, el desencanto político. Esa es una de las razones por las que su narrativa resulta incómoda tanto para el nacionalismo cultural como para el realismo socialista: no estabiliza identidades ni ofrece horizontes redentores claros; insiste, en cambio, en la contradicción como condición constitutiva de la experiencia histórica periférica.
Por eso, incluso cuando aparecen personajes más luminosos –como Natividad, el zapatista muerto en El luto humano– estos no actúan. Están muertos: son parte del pasado, del recuerdo, de una utopía que ya no tiene cuerpo. La acción queda reservada a personajes mutilados por la historia, enfrentados a una realidad sin épica. En ese contexto, la literatura no es consuelo ni promesa: es campo de batalla.
Así entendida, la narrativa de Revueltas es un espacio donde se cruzan todas las tensiones de su pensamiento: la crítica a la ideología, la necesidad de una ética no dogmática, el sufrimiento como lugar de verdad, la imposibilidad de separar la vida de la política. Si sus ensayos formulan preguntas incómodas, sus novelas las convierten en materia viva. No nos dicen qué hacer, pero nos impiden seguir pensando como antes. De esta manera, la enajenación no sólo se representa, sino que opera como una forma de conocimiento en la que se hacen visibles las mediaciones históricas entre sujeto, ideología y política.
La obra de José Revueltas plantea una herejía que sigue siendo incómoda no para el marxismo en sí, sino para sus formas institucionalizadas y dogmáticas: pensar desde la derrota, desde la cárcel, desde la enajenación persistente, sin renunciar a la posibilidad de emancipación. Revueltas no fue un marxista académico ni un intelectual de gabinete. Fue un militante radicalmente implicado en su tiempo, que vivió en carne propia las contradicciones de la política revolucionaria y que –en lugar de disimularlas– las convirtió en el centro de su reflexión teórica y literaria.
A través de su biografía, sus ensayos y su narrativa, Revueltas llevó al extremo una idea fundamental: la conciencia no se construye fuera del mundo, sino en su interior más desgarrado. No hay pureza, no hay exterior absoluto. La enajenación atraviesa los partidos, las ideologías, los afectos, los cuerpos. La tarea del pensamiento no es encubrir esa condición, sino exponerla, asumirla y trabajar políticamente a partir de ella.
Su crítica al Partido Comunista Mexicano como conciencia deformada del proletariado lo llevó a formular la tesis de su inexistencia histórica, un concepto tan radical como necesario. En un momento en que la izquierda latinoamericana reproducía estructuras burocráticas y centralistas, Revueltas propuso la democracia cognoscitiva: una forma de organización donde el saber político no estuviera escindido de la experiencia, la reflexión y la autocrítica. Su propuesta no fue un modelo cerrado, sino una apuesta ética y epistemológica que sigue interpelando las formas actuales de militancia. La crítica de Revueltas no se dirige a la forma partido en cuanto tal, sino a sus deformaciones históricas, particularmente aquellas asociadas al estalinismo, al dogmatismo y a la burocratización de las organizaciones comunistas.
En el terreno de la literatura, Revueltas rompió con las convenciones del realismo socialista y con las tentaciones del testimonialismo plano. Su realismo crítico-dialéctico –más método que estética– le permitió construir personajes complejos, profundamente humanos, que no encarnan una moral revolucionaria, sino que padecen su tiempo y se enfrentan a los límites de su conciencia. A través de figuras como Elena, Gregorio Saldívar, Jacobo, Polonio o la Tortuguita, su obra narra la lucha –inacabada y muchas veces fallida– por desalienarse: no desde un lugar de superioridad ideológica, sino desde la exposición descarnada de la contradicción.
En este marco, la nación en Revueltas no constituye una síntesis reconciliadora, sino un campo conflictivo donde se inscriben la enajenación y la imposibilidad de una comunidad plenamente integrada. Lejos de resolver las tensiones sociales, la nación aparece como uno de los espacios donde éstas se condensan y se reproducen, evidenciando las dificultades históricas para articular un proyecto nacional-popular capaz de integrar de manera efectiva a los sujetos subalternos.
Por todo ello, José Revueltas no puede reducirse al lugar de autor marxista, escritor comprometido o disidente del PCM. Fue un pensador de la crisis, un narrador del sufrimiento, un militante de la contradicción. Su legado es, ante todo, una invitación a pensar contra la comodidad del dogma, a leer las derrotas no como final sino como punto de partida, y a concebir el marxismo no como una ortodoxia cerrada, sino como una tradición crítica en permanente revisión. Su obra no se sitúa fuera del marxismo, sino en su interior, como una crítica radical a sus formas históricas de deformación y como un intento por restituir su carácter crítico, dialéctico y no dogmático.
Hoy, en un momento en que la izquierda mundial oscila entre la gestión tecnocrática y el voluntarismo vacío, volver a Revueltas es más que un ejercicio de memoria: es una urgencia teórica y política. No para repetir sus respuestas, sino para retomar sus preguntas. Preguntas que siguen abiertas, que siguen doliendo, que siguen exigiendo un pensamiento a la altura de su tiempo. Así, la literatura de Revueltas no sólo representa la enajenación, sino que la convierte en una forma de conocimiento, en la que los límites de la política, de la nación y de la conciencia se hacen visibles en su carácter histórico y contradictorio.
Referencias
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* Mexicano. Posgrado en Letras. Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Contacto: fjsainzp@gmail.com. ORCID: https://orcid.org/0000-0001-9143-1540
1 Sobre la articulación histórica entre izquierdas y nación en México, véase Ortega Reyna, J. (2024), quien reconstruye la tradición nacional-popular como un espacio de confluencia conflictiva entre movilización social e identidad nacional.