Repensando el Nuevo Orden Internacional. La crítica marxista dependentista y lo político en la teoría anticolonial estadounidense*

Inés VALDEZ**

Recibido: 01/03/2026
Aceptado: 18/04/2026

Introducción1

Recientemente, el Nuevo Orden Económico Internacional (NOEI) ha surgido en la teoría política estadounidense como un modelo de proyecto anticolonial. Este artículo argumenta que esta recuperación es problemática y síntoma de un doble provincialismo de la teoría anticolonial en su tratamiento de la economía política. Primero, la teoría anticolonial carece de análisis de los modos de producción, circulación y reproducción capitalista que le permita evaluar los límites del NOEI. Segundo, la teoría anticolonial ha analizado este programa sin considerar su genealogía intelectual en América Latina.

En consecuencia, cuando Adom Getachew invoca el NOEI como un ejemplo de worldmaking2 anticolonial, o cuando Samuel Moyn lo bautiza como el mayor logro legal del anticolonialismo, lo hacen sin examinar el programa que tanto celebran o sus implicancias domésticas para los países postcoloniales (Getachew, 2019, pp. 5, 24; Moyn, 2020, p. 25). Si bien estas implicancias fueron estudiadas por los críticos de la tradición marxista de la dependencia, cuyo análisis del capitalismo dependiente demostró que el NOEI era limitado, este grupo es excluido de la reconstrucción del programa.3 Este artículo reconstruye esta tradición crítica y su respuesta al desarrollismo de Raúl Prebisch. La tradición desarrollista alcanzó gran visibilidad durante su directorado de la Comisión Económica para América Latina de las Naciones Unidas (CEPAL) y su período como secretario general fundador de la Comisión de las Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo (ONUCD), que propició el NOEI. La crítica de Ruy Mauro Marini y Theotônio Dos Santos al NOEI señaló su falta de investigación de las formas capitalistas dependientes y su fe en que las burguesías latinoamericanas liderarían proyectos progresistas de redistribución. Marini y Dos Santos demuestran que los términos desiguales de intercambio forzaban a las economías subdesarrolladas a super-explotar a sus trabajadores para que las burguesías pudieran recuperar el valor que debían transferir a las economías centrales. De acuerdo con ellos, la solución propuesta por el NOEI–incluyendo la reforma de las instituciones internacionales y el aumento de las transferencias de tecnología a través de la inversión extranjera–no sólo resultaba en el fortalecimiento de las burguesías reaccionarias locales responsables por la explotación, sino que también restringían las posibilidades de alcanzar la autosuficiencia. Sin incorporar estas herramientas teóricas, los pensadores que hoy recuperan el NOEI corren el riesgo de replicar el esfuerzo de Prebisch de posicionar un proyecto moderado de industrialización como alternativa a las críticas más radicales del desarrollo que surgieron en esta época en América Latina.

La teoría marxista de la dependencia conecta las dinámicas imperiales globales con la política de elites en países dependientes y sus patrones de acumulación de capital, incluyendo la superexplotación, y así corrige la teoría anticolonial, que se enfoca exclusivamente en la acción de los estados en la esfera global y olvida la economía política doméstica. A pesar de su relevancia, esta tradición ha sido dejada de lado. Esto puede ser debido a la importancia del imperio británico en este debate y a la centralidad de la lengua inglesa en relación al español y portugués. Puede ser también debido a la predominancia de análisis políticos (en lugar de análisis de economía política) en el estudio del colonialismo y el imperio. Esto deja de lado el análisis de los fundamentos económicos de las jerarquías globales y el rol de lo global y lo nacional en la estructura de opresión. Más específicamente, los proyectos anti-imperiales apoyados por el estado y las elites domésticas fueron un foco central de la crítica de los dependentistas, una crítica a la que vale la pena volver dadas las similaridades entre estos proyectos y el NOEI.

En este artículo, primero reseño las contribuciones recientes a la teoría política anticolonial que se sirven del Nuevo Orden Económico Internacional y noto la falta de teorización del capitalismo en estos marcos. En segundo lugar, reconstruyo el pensamiento del autor intelectual del NOEI, Raúl Prebisch. Luego retomo las críticas de los dependentistas marxistas al desarrollismo de Prebisch para demostrar su carácter no emancipatorio. Finalmente, examino los argumentos de la teoría política anticolonial y su provincialismo, que explican que haya consagrado al NOEI a pesar de sus problemas.

Anticolonialismo y la recuperación del NOEI

Para Samuel Moyn, las conquistas legales del anticolonialismo en la década de los 60 representan el “momento de izquierda Hegeliana de la descolonización,” un proyecto postcolonial para obtener “libertad universal a través de los estados y la ley internacional” (Moyn, 2020, p. 7). Esta visión poscolonial defendía una soberanía reforzada para los Estados poscoloniales y solo admitía su menoscabo frente a los avances (neo)imperialistas típicos del período poscolonial (pp. 18-19). Moyn cree que estas batallas fueron equivalentes a la revolución francesa, y representan un “nuevo período en el itinerario de la subjetividad emancipada y las formas institucionales de la libertad y la igualdad” logradas por los estados del sur global, que horrorizó a los países del norte global (pp. 7-8). Dentro de este movimiento, Moyn identifica la declaración del Nuevo Orden Económico Internacional por las Naciones Unidas como el momento cumbre en términos económicos, dado su objetivo de garantizar la igualdad soberana a través de medidas como la ayuda internacional, la regulación de las empresas multinacionales, y el establecimiento de controles de precios para las materias primas, medidas que fueron bloqueados por los poderes occidentales (p. 25).

Adom Getachew también elogia el NOEI, al cual asocia con la “fase final y más ambiciosa del worldmaking anticolonial” liderado por Michael Manley y Julius Nyerere, a través del cual los líderes “nacionalistas y anticoloniales desafiaron las jerarquías económicas de la esfera internacional” (Getachew, 2019, pp. 5, 24; see also Prashad, 2007, p. 12). El NOEI fue concebido por estos pensadores-estadistas como la continuación de proyectos socialistas de construcción de la nación, ya que habilitaba una política progresista en su interior a través de la “eliminación de relaciones jerárquicas que facilitaban la dominación” en la esfera internacional, abordando dos “círculos concéntricos e interdependientes” (Getachew, 2019, p. 154). A nivel global, el NOEI era afín a una “refundación de la sociedad internacional” que la transformaría al establecer derechos efectivos y deberes alineados con los objetivos de worldmaking anticolonial. Esto significaría terminar con la pretensión de la igualdad legal, que “enmascaraba la desigualdad material a través de la cual los estados poderosos reproducían su dominancia” (p. 163).

Este sondeo de la literatura indica que la teoría anticolonial estadounidense ha empezado a prestar atención al capitalismo global y retorna al NOEI como un momento de logros anticoloniales que es promisorio para el mundo contemporáneo. Este artículo pone en cuestión la promesa anticolonial de este programa y atribuye la percepción errada de los pensadores que lo celebran a dos aspectos limitantes o provinciales de la teoría política anticolonial estadounidense. Primero, los autores que se han remitido al NOEI lo han hecho sin prestar atención al capitalismo en tanto sistema, tanto en su funcionamiento general como en términos de cómo debería haber funcionado acorde al programa del NOEI. Esto es un problema porque la celebración de la promesa anticolonial de la ley internacional, en el caso de Moyn, debe primero evaluar si los cambios legales abordan la raíz del subdesarrollo. Lo mismo aplica a Getachew, quien se enfocan en los efectos del capitalismo en lugar de su funcionamiento. Getachew, por ejemplo, subraya el problema de la soberanía desigual, los términos de intercambio desigual, y el endeudamiento externo. Pero ni los efectos ni los vicios del capitalismo constituyen una concepción del capitalismo propiamente dicho. Esta tendencia a enfocarse en los resultados del capitalismo es lo que Carol Gould critica por “prestar poca atención a las relaciones de poder dentro de las instituciones que estructuran las prácticas sociales y gobiernan su operación sistémica” (2024, p. 431). Se trata, en consecuencia, de hechos que no vienen acompañados de un análisis de los procesos globales de acumulación y reproducción capitalista y que no pueden orientar a los actores políticos hacia la transformación de este sistema. Cómo mínimo, es necesario prestar atención a las leyes de acumulación y las relaciones de producción para poder evaluar adecuadamente el NOEI y las soluciones que propone. Sin esto, los autores arriesgan tergiversar las estructuras que los grupos y movimientos que luchan contra la injusticia del neocolonialismo deben atacar.

La concepción del capitalismo implícita en el NOEI fue un punto central de contención para los dependentistas marxistas que criticaron la noción de subdesarrollo y las soluciones ofrecidas por Prebisch en 1949 y desarrolladas durante su liderazgo en las Naciones Unidas en las siguientes décadas. Como demuestro en el resto de este artículo, un examen del funcionamiento del capitalismo es necesario para evaluar el NOEI políticamente–incluyendo interrogar si las medidas para equilibrar el intercambio internacional propuesto por este programa tendrían reverberaciones anticoloniales y democráticas al interior de los países, en el sentido de generar mejoras significativas para los grupos desposeídos y los trabajadores explotados.

Esto se relaciona con el segundo aspecto provincial de la literatura: su omisión de la genealogía latinoamericana del NOEI y las críticas que recibió de los intelectuales marxistas de esta región. Un argumento central de la teoría marxista de la dependencia es que la economía política interna de los países ya había sido significativamente moldeada en direcciones regresivas por el capitalismo global, haciendo los proyectos de worldmaking insuficientes dado que se limitaban a cambiar las relaciones exteriores. Esto implica que el refuerzo de la soberanía y la autodeterminación para reducir la desigualdad internacional son insuficientes para eliminar las estructuras coloniales. Esto pone en cuestión la idoneidad de la caracterización del NOEI como un gran logro anticolonial por parte de Moyn y Getachew. Incluso la invocación más temprana de este programa por Charles Beitz, quien lo vio como “un presupuesto de que existe algún principio de justicia distributiva internacional,” no capta lo principal (Beitz, 1999 [1979], pp. 8, 123). Este libro, que inauguró la teorización de la justicia internacional como complementaria o analógica con la justicia doméstica, presume implícitamente que los estados postcoloniales y las elites industriales actuarán como agentes intermediarios de justicia, lo cual contrasta con el análisis dependentista, que los veía como los “socios menores” del capitalismo imperial (Bambirra, 1974, p. 20; Valdez, 2023, p. Chapter 5).

Para enmendar estas deficiencias, en este artículo reconstruyo la crítica marxista latinoamericana del desarrollo. Estos teóricos plantearon objeciones importantes al diagnóstico e implicancias del marco centro-periferia inaugurado por Prebisch (Dos Santos, 1970; Marini, 2022 [1972]). Los críticos marxistas notan que el análisis de Prebisch no contiene una evaluación crítica del rol de las burguesías domésticas en el empobrecimiento y la superexplotación que subyace la dominación neocolonial. Por esta razón, los autores marxistas dependentistas argüían que las críticas nacionalistas y anti-imperialistas del orden internacional muchas veces terminaban fortaleciendo a las burguesías domésticas que se oponían a reformas progresistas y estados de bienestar. El marco que propongo complementa críticas existentes de este programa por parte de Blakrishnan Rajagopal, por ejemplo, quien reconoce que el NOEI no desafió “las categorías de modernidad y racionalidad occidental… inherentes en los sistemas políticos y económicos de la ley internacional.” En última instancia, Rajagopal, el NOEI no es muy diferente de la teoría de la modernización (2003, pp. 74, 86). Vijay Prashad agrega que el NOEI erró al basarse en la ayuda internacional y una estrategia liderada por el crecimiento, ambas medidas con baja probabilidad de alterar los intereses parasíticos de las elites (2007, p. 12). Pero estos análisis críticos del NOEI no han arraigado el programa en el milieu intelectual de América Latina, y en consecuencia han asociado erróneamente este program con la teoría de la dependencia en lugar de examinar esta tradición como fuente de críticas al NOEI.

Prebisch, Centro y Periferia

Raúl Prebisch fue un académico y tecnócrata en su Argentina natal y líder de la Comisión Económica para América Latina de las Naciones Unidas (CEPAL) entre 1950 y 1963 y la Comisión de las Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo (ONUCD) entre 1964 y 1969. En 1949 acuñó la influyente tesis de los términos de intercambio desiguales. Acorde con esta propuesta, y contra las expectativas de los modelos estándares de ventaja comparativa, los países periféricos cuyas exportaciones se concentraban en los productos primarios experimentaban una caída de precios, mientras que los bienes manufacturados producidos por los países centrales mantenían sus precios.

Prebisch atribuyó esta disparidad a la apropiación desigual de ganancias de productividad durante los ciclos expansivos. Las ganancias crecientes durante estos ciclos eran absorbidas por los empresarios y trabajadores del centro en lugar de resultar en una baja de precios de los bienes producidos. Esto es debido a la “presión de los sindicatos,” quienes oponían resistencia contra cualquier “reducción en salarios” durante la racha negativa de los ciclos (Prebisch, 1962 [1949], p. 6). Prebisch concluyó que, dado que el ingreso no se “contrae en el centro,” se debe contraer en la periferia, a través de la baja de los precios de los bienes primarios. Esto es debido a la “falta … de organización” de los trabajadores de la industria primaria, que les impide obtener incrementos salariales comparables a los de los trabajadores en países ricos y los sujeta a reducciones de ingreso (Prebisch, 1962 [1949], p. 6).

Prebisch sugiere que la solución al problema del deterioro de los términos de intercambio es la industrialización basada en inversión extranjera, financiamiento externo y un mecanismo de compensación para las fluctuaciones cíclicas que afectan a los países que dependen de las exportaciones (pp. 13-14, 21-22, 37). Estas medidas incrementarían la productividad, que Prebisch ve como central para el crecimiento económico y el incremento en los ingresos de los trabajadores en el sector primario. Prebisch sostiene que este “reajuste… corregirá la disparidad en el ingreso generado por distribución desigual de los beneficios del progreso técnico entre los centros y la periferia” (p. 16).

Basado en su diagnóstico de las causas de los términos de intercambio desiguales y sus propuestas para solucionar el desbalance, Prebisch desarrolló la substancia del Nuevo Orden Económico Internacional (Margulis, 2017, p. 4). Es más, como el secretario general fundador del ONUCD, fue el encargado de implementar este orden, que fracasó en última instancia por la oposición de los países ricos. La misión principal del ONUCD fue el establecimiento de un “fondo de estabilización de precios” para sostener los precios de los commodities, pero su visión sobre el rol del comercio en el desarrollo era más amplia. Incluía la creación de nuevas técnicas de financiamiento, programas de ayuda internacional y la promoción del comercio entre países del sur (Anghie, 2015, p. 148; 2019, p. 431).

Las prescripciones clave del NOEI se pueden discernir ya en la propuesta de Prebisch, incluyendo como privilegia la integración (vía préstamos e inversión internacional), industrialización, y mecanismos compensadores de la volatilidad de los precios de los productos primarios y las recesiones. Para Prebisch, la inversión extranjera era la única forma de salir de los ciclos de baja productividad en los países periféricos, porque la baja productividad era el resultado de la escasez de capital, que no podía crecer por la falta de ahorros (pp. 13-14). Para Prebisch, el capital extranjero proveería “ayuda temporaria” para romper con el “ciclo vicioso” sin “restringir el [ya muy bajo] consumo de las masas, eventualmente permitiendo que los “ahorros se acumularan” para sustituir al capital extranjero (pp. 13-14).

Incluso antes del lanzamiento del NOEI, el marco centro-periferia de Prebisch ya había generado investigaciones adicionales y críticas. El mismo término centro-periferia fue adoptado por teóricos marxistas de la dependencia y por autores del sistema-mundo, pero esta fue una adopción crítica, que venía junto a una crítica más radical del capitalismo proveniente del marxismo, que estaba ausente del marco de Prebisch (Bambirra, 1978, p. 30; Kay, 2019, p. 608; Love, 1980, p. 45; Wallerstein, 2004, p. 222).

La coherencia del proyecto de Prebisch dependía de la exactitud de su diagnóstico y la capacidad de las medidas propuestas de influenciar la trayectoria del desarrollo. Las transferencias tecnológicas y la industrialización eran fundamentales para él, porque esperaba que incrementaran la productividad y llevaran a la corrección de los términos de intercambio. Una vez que la productividad más alta se volviera autosostenible, la paridad tecnológica corregiría la desigualdad en la remuneración de los trabajadores entre el centro y la periferia. Las críticas de los dependentistas marxistas apuntan a estas cuestiones. Mientras que Ruy Mauro Marini demuestra que la circulación y reproducción capitalista en la periferia es diferente a la del centro, lo que impide una mejora de los salarios y condiciones de los trabajadores, Theotônio Dos Santos explica las dificultades para superar la brecha tecnológica y la distribución salarial desigual en la periferia a través de la industrialización.

Centro, periferia y teoría marxista de la dependencia

La dependencia es la situación en la cual “la economía de ciertos países se encuentra condicionada por el desarrollo y expansión de otra economía a la cual los primeros se encuentran sujetos” (Dos Santos, 1970, p. 231). La dependencia, en particular, resulta de un contexto en el cual ciertos países se “desarrollaron” como exportadores de materias primas a la misma vez que, en el siglo diecinueve, los países europeos desarrollaron las manufacturas comerciales. En lugar de ser un caso de “atraso” con respecto a una progresión linear universal del desarrollo, la dependencia implica evolución junto y en relación con las necesidades del desarrollo de los países centrales. En otras palabras, el subdesarrollo resulta de la “expansión del capitalismo” y su influencia desigual en diferentes partes del mundo y no de la falta de capitalismo en los países subdesarrollados (p. 25). La dependencia, sin embargo, no es solamente el resultado de una fuerza externa sino que resulta de la articulación entre los “intereses dominantes en los centros hegemónicos y los intereses hegemónicos en las sociedades dependientes” (Dos Santos, 1972 [1968], p. 33). Esto quiere decir que el contexto internacional no determina la situación nacional desde afuera, sino que opera a través de las estructuras socioeconómicas locales –o sea, las elites domésticas que comparten los intereses de las elites en la metrópoli y que también operan en un contexto histórico y político particular.

Esta estructura impone límites a las estrategias propuestas por el NOEI, que confía en que el empoderamiento de las elites industriales domésticas y el apoyo a la industrialización doméstica es el camino hacia una mayor productividad y la mejora del bienestar de los trabajadores. Pero, si estas elites son “socios menores” del capitalismo monopólico, es dudoso que vayan a liderar la salida de una situación de subdesarrollo que sirve a los intereses de los países centrales.

Capitalismo dependiente, capitalismo sui generis

El libro Dialéctica de la Dependencia, de Ruy Mauro Marini, publicado en 1973 y traducido al inglés casi medio siglo después, teoriza el capitalismo dependiente que él define como un capitalismo sui generis. Esta obra contiene dos innovaciones: la conceptualización de un modo particular de reproducción del capitalismo (i.e., producción y circulación) en países dependientes y la concomitante superexplotación que existe en tal sistema.

Para Marini, estudiar América Latina como si fuera precapitalista o un modo deficiente de capitalismo resulta de un malentendido sobre las relaciones entre países ricos industrializados y países dependientes. Incluso si las relaciones capitalistas estuvieran insuficientemente desarrolladas en América Latina, esto no implica que una trayectoria futura afín a las “economías capitalistas supuestamente avanzadas” sea posible (Marini, 2022 [1972], p. 114). Esto se debe a que los países subdesarrollados ya están integrados al sistema capitalista liderado por los países avanzados, cuyos requerimientos de recursos naturales orienta la trayectoria de las economías dependientes en direcciones diferentes a la industrialización. Por esta razón, mirar hacia las economías industriales y esperar que los países subdesarrollados las imiten es un error. Lo que hace falta es estudiar el capitalismo dependiente, porque ilumina características inadvertidas del sistema capitalista alrededor del cual gravitan (pp. 115-117). Así, Marini se aparta de una visión progresiva del desarrollo y propone un entendimiento del capitalismo global que contiene y restringe las unidades subdesarrolladas a su interior, que no son deficientes sino moldeadas por las formas más “avanzadas” (p. 115). Al caracterizar de este modo la dependencia, Marini se distancia de Andre Gunder Frank, quien definía la situación de dependencia como equivalente al colonialismo (p. 119). En contraste, Marini enfatiza que es sólo después de la independencia de las colonias latinoamericanas de España y Portugal y en tándem con el boom industrial inglés que el capitalismo dependiente se forma por primera vez (pp. 117-118).

Esto es porque sólo con la “industria a gran escala… [se consolida] división internacional del trabajo” (Marini, 2022 [1972], p. 118). Esta división del trabajo posiciona a los países dependientes como oferentes de los medios de subsistencia para los obreros industriales y las materias primas para la industria (p. 119). Estos factores posibilitaron, primero, el giro de Europa hacia la industria; segundo, el abaratamiento de los “bienes salario” para la creciente clase trabajadora en los países centrales; y, tercero, la industrialización y crecimiento de la productividad en Europa, lo que aceleró la demanda de materias primas de ultramar (pp. 119-120). Este incremento cuantitativo en las exportaciones latinoamericanas hacia, predominantemente, Inglaterra, modifica cualitativamente el eje de acumulación en Europa, de plusvalor absoluto a plusvalor relativo (pp. 120-121).4 La creciente productividad característica de la industrialización podría haber llevado a una disminución de las tasas de ganancias, dado el menor uso de trabajo y relativamente más altos costos de materia prima. Pero, al reclutar a los países latinoamericanos como proveedores de alimentos y materias primas, los capitalistas británicos evitaron esta contradicción. Al asegurarse costos menores de reproducción del trabajo (alimentos) y del capital constante (materia prima), los capitalistas pudieron incrementar el plusvalor extraído de los trabajadores y controlar los costos relativos de las materias primas, cuyas cantidades crecieron en proporción a los incrementos de productividad (pp. 122-124). Dado el rol primordial del costo de los alimentos y materias primas para evitar crisis de acumulación, los países ricos tenían un interés central en mantener o incluso reducir los costos de estos insumos. Y así es como surgen los términos de intercambio decrecientes cuyo análisis está al centro de la intervención de Prebisch a mediados del siglo veinte.

Los términos de intercambio decrecientes ocurren cuando “la suba en la oferta mundial de alimentos y materias primas [es] acompañada de una baja en los precios de estos productos, relativo a los precios de los bienes manufacturados” (Marini, 2022 [1972], p. 125). Acá Marini se aleja de los análisis enfocados en el intercambio internacional y en un gesto afín al giro de Marx hacía el taller oculto de la producción, nos lleva de la esfera de intercambio internacional a las relaciones domésticas de producción y circulación en los países dependientes. Pero primero debe refutar las explicaciones existentes sobre los términos de intercambio desiguales, para lo cual sugiere descartar argumentos centrados en la “ley de oferta y demanda” porque estos no explican el incremento de la oferta a pesar del declive de los precios (p. 125). Marini también explica que los términos de intercambio decrecientes no se deben a las presiones diplomáticas o militares, sino a una base económica pre-existente que lo permite (pp. 125-126).

Los países latinoamericanos, emergiendo de una situación colonial, fueron integrados a un mundo en proceso de industrialización liderado por Inglaterra. La debilidad de estos países los expuso al abuso, es decir a convertirse en productores de productos primarios–insumos clave para la industrialización europea–a precios bajos y decrecientes, que los forzaron a producir incluso mayores cantidades (p. 126). Para Marini, un sistema internacional basado en el intercambio capitalista oculta estas formas de desigualdad, fundadas en factores que subyacen la esfera del intercambio internacional. Este análisis es necesario para entender las transferencias de valor porque la forma capitalista de los países dependientes no replica la experiencia de los países industrializados. Esto no es porque sean “atrasados” sino porque se desarrollaron en paralelo y fueron subyugados por los proyectos de industrialización de los países centrales. En consecuencia, son parte integral de las economías avanzadas y del capitalismo global, pero de una forma tal que su desarrollo está orientado a facilitar la acumulación a través de trabajo y materias primas baratos.

Estos entrelazamientos no son recíprocos, sino que resultan en una doble transferencia de los países dependientes hacia los centrales. Primero, la mayor productividad de los países industriales les permite quedarse con mayores ganancias, dado un precio único internacional de las mercancías (Marini, 2022 [1972], p. 127).5 Segundo, cuando se intercambian mercancías diferentes, el mero hecho que los países centrales producen bienes (manufacturas) que otros no producen les permite “evadir la ley del valor” y hacer que las naciones en desventaja “cedan libremente parte del valor que producen.” Esta transferencia ocurre tanto a través de los precios excesivos de los bienes de consumo e industriales como mediante la reducción forzada de los precios de los alimentos y las materias primas (p. 128).6

Enfrentados a esta situación, las burguesías dependientes que transfieren valor no buscan (o no pueden) corregir el desbalance y deben recurrir a un “mecanismo compensatorio” que Marini llama “la superexplotación del trabajo” (Marini, 2022 [1972], pp. 130-131).7 Al superexplotar el trabajo, los capitalistas en naciones desaventajadas pueden compensar el valor que se ven forzados a transferir a los países dominantes (experimentado como una reducción del plusvalor, ya que el intercambio desigual reduce artificialmente el valor de cambio de sus productos). Esta compensación se logra a través de la intensificación del trabajo, la prolongación del día laboral, o la reducción de la remuneración de los trabajadores por debajo de lo que es necesario para cubrir el consumo básico.8 Entonces, en lugar de hacer una transición hacia una mayor productividad, las relaciones de producción en los países desaventajados garantizan el plusvalor a través del agotamiento del trabajador causado por la intensidad del trabajo, la extensión del día laborable y/o los salarios menores a los medios de subsistencia que reciben (Marini, 2022 [1972], pp. 130-132).

Mientras que los teóricos marxistas de la dependencia evitan abordar cuestiones de raza y racialización, su enfoque en la superexplotación como determinante del destino de los países centrales y periféricos casi requiere una explicación de este tipo para justificar la transferencia forzada de valor. De otro modo, ¿por qué se volvería el “afán de ganancia … tanto más desenfrenado cuanto más atrasado es el modo de producción existente”? (Marini, 2022 [1972], p. 130). Con la noción del tecno-racismo que desarrollo en otros escritos, argumento que el valor desigual del trabajo manual y la tecnología está asociado al racismo (Valdez, 2023, pp. 133-168). En esta lectura, el racismo que asocia a la raza blanca con la tecnología, surge cuando las necesidades tecnológicas de Occidente demandan más trabajo manual y más materias primas para alimentar a los trabajadores y las máquinas. Esto funciona junto a una división global del trabajo que asocia a la tecnología con los países blancos industrializados y lo natural y el trabajo manual con los países racializados. Esto le agrega al marco de superexplotación de Marini un componente ideológico que conecta la devaluación de la naturaleza y el trabajo manual a la legitimización de la transferencia de los excedentes de la periferia al centro. En consonancia con la aseveración de Marini sobre la violación de las leyes del valor, mi crítica del tecnoracismo postula que el bajo costo del trabajo racializado y lo natural es determinado arbitraria y forzadamente por los poderosos estados industriales contra poblaciones concebidas como inferiores, en lugar de ser determinada por leyes racionales o económicas (Valdez, 2023, pp. 133-168).9

El marco de la superexplotación es central para la derivación de las formas de acumulación de capital que prevalecen en los países dependientes y para explicar su persistencia. Dadas las condiciones de superexplotación prevalentes en la periferia, hay poca posibilidad de realizar el capital en el mercado de consumo doméstico. Mas bien, los capitalistas realizan capital en el mercado de exportación. En consecuencia, la tendencia natural del sistema será la de explotar al máximo la fuerza de trabajo del obrero, sin preocuparse de crear las condiciones para que éste la reponga” (Marini, 2022 [1972], p. 139). Esta situación contrasta con la de los países industriales, donde la contradicción entre el carácter dual del trabajador (que es productor y consumidor) se soluciona cuando el consumo individual de los trabajadores privilegiados (requerido para reemplazar su fuerza de trabajo) se expande y mejora su bienestar y, en el proceso, ayuda a que los capitalistas realicen sus ganancias domésticamente. El consumo masivo restaura “la forma que le es necesaria (al capital) para comenzar un nuevo ciclo” (p. 138). Pero como los países dependientes son devaluados por su atraso tecnológico, su inserción en el sistema capitalista global como proveedores de trabajo barato y superexplotado encaja naturalmente con los términos desiguales de intercambio. Este arreglo presiona los salarios hacia abajo y sabotea las posibilidades de que los trabajadores se conviertan en una clase consumidora viable, lo que lleva al capital circular y realizarse exclusivamente en el extranjero, que a la vez que facilita el proceso de realización capitalista en el centro.

Así, el ciclo del capital reproduce la dependencia, en lugar de contrarrestarla, y “acentúa las contradicciones inherentes al capitalismo hasta el límite” (p. 139). En palabras de Marini:

La armonía que se establece, a nivel del mercado mundial, entre la exportación de materias primas y alimentos, por parte de América Latina, y la importación de bienes de consumo manufacturados europeos, encubre la dilaceración de la economía latinoamericana, expresada por la escisión del consumo individual total en dos esferas contrapuestas (Marini, 2022 [1972], p. 140).

Estas esferas opuestas son las necesidades de consumo de la clase capitalista exportadora enriquecida a través de la superexplotación y las necesidades de las masas racializadas. Mientras la primeras son satisfechas a través de las importaciones de lujo, que refuerzan las conexiones con la economía global, las segundas se abastecen domésticamente y son limitadas por la burguesía, cuyo esfuerzo por extraer plusvalor es a la misma vez un esfuerzo por restringir la esfera de consumo de los trabajadores.

Esta derivación teórica del capitalismo dependiente también contiene una historia política: las elites capitalistas orientadas hacia la exportación sólo están interesadas en los trabajadores en tanto población a ser superexplotada para producir plusvalor que pueda contrarrestar los términos de intercambio desiguales que enfrentan en el mercado global. En consecuencia, los proyectos políticos populares, que contienen demandas de bienestar y redistribución, enfrentan límites estructurales asociados a las dinámicas del capitalismo imperial y la circulación del capital en la periferia.10 Es más, las dinámicas de superexplotación son causadas por la orientación hacia el exterior que el NOEI no puso en cuestión, sino que intentó reformar. Esto quiere decir que incluso si los términos de intercambio mejoraran, estos podrían continuar coexistiendo con la superexplotación siempre que la orientación hacia afuera se mantuviese. Esto es porque la orientación determina que la burguesía realiza sus ganancias en el mercado de exportación, lo cual la vuelve indiferente al bienestar de los trabajadores.

El fracaso de los proyectos de industrialización

Los teóricos de la dependencia extienden su crítica a los proyectos de industrialización defendidos por el NOEI, que se alinean con la ideología de desarrollo nacional que fue dominante en América Latina y el tercer mundo en general en este período. Theotônio Dos Santos distingue entre dos formas de desarrollismo. El “desarrollismo de derecha,” por un lado, favorecía el desarrollo no como transformación estructural sino como reformas para incrementar la racionalidad del estado y los actores privados a través de la “modernización” de la economía, facilitando el avance tecnológico e incentivando la inversión extranjera (Dos Santos, 1972 [1968], p. 12). El “desarrollismo de izquierda,” por otro lado, enfatizaba el carácter colonial de la economía y la necesidad del cambio estructural, admitiendo inversión extranjera sólo de manera controlada y favoreciendo una perspectiva desarrollista latinoamericana (p. 12). Dos Santos atribuye la prevalencia del desarrollismo a los intereses de la burguesía industrial, que se formó durante los años 30 y durante la segunda guerra mundial, un período de crisis en los centros industriales que resultaron en el retroceso del capital extranjero (1972 [1968], p. 13). Este retroceso, junto con la depresión en la demanda de los productos exportados por los países dependientes, abrió la puerta a la industrialización en la periferia. Este momento, sin embargo, fue explotado por la industria pesada de los países ricos, que le dieron la bienvenida a los nuevos mercados para sus productos en los países en proceso de industrialización, que también se convirtió en una forma de deshacerse de tecnologías anticuadas (Marini, 2022 [1972], pp. 147-160). Esto lleva a lo que Dos Santos llama “la nueva dependencia,” en la cual la industrialización en cooperación con el capital extranjero, que se suponía iba a liberar a los países dependientes, en cambio incrementó su dependencia (Dos Santos, 1969, pp. 24-27) En un “extraño juego dialéctico de progreso y atraso,” la industrialización acompañada de integración–en la cual los defensores del NOEI habían puesto sus esperanzas–resultó en cambio en una nueva división mundial del trabajo. El mundo ya no estaba dividido entre productores de bienes primarios y productores de manufacturas, sino entre productores de industria pesada de alta tecnología y productores de bienes de consumo de baja tecnología, llevando a la transformación–en lugar de la superación–de la dependencia (Dos Santos, 1969, pp. 22-25).

Así, mientras se esperaba que la industrialización creara independencia de los mercados internacionales a través del desarrollo de la capacidad de producir las manufacturas más necesarias localmente, la dependencia reapareció río arriba, dada la necesidad de importar bienes de capital como maquinaria y materias primas procesadas para la industria nacional (Dos Santos, 1972 [1968], pp. 15-16). Esto reforzó a las oligarquías orientadas a la exportación de materia prima, en tanto actores con la capacidad de obtener las divisas necesarias para adquirir las maquinarias importadas. De este modo, los países siguieron siendo vulnerables al deterioro de los términos de intercambio (Dos Santos, 1970, p. 233; 1972 [1968], p. 18). Por otra parte, si bien la ayuda extranjera, los préstamos extranjeros, y la inversión extranjera directa pudo haber contribuido inicialmente divisas para el proceso de industrialización, el alivio fue de corto plazo y terminó por empeorar los déficits de balanza de pagos. Esto es porque la ayuda extranjera estaba y aún hoy está atada a la compra de bienes importados o a la aceptación de inversión extrajera, y porque la inversión extranjera está asociada con egresos vía el pago de regalías o la repatriación de ganancias (Dos Santos, 1970, p. 233; 1972 [1968], pp. 15-16). En consecuencia, incluso cuando los países dependientes se industrializaron, el desbalance en la circulación del capital que recapitaliza a las economías industriales y descapitaliza a los países subdesarrollados se mantuvo (Baran & Sweezy, 1966b; cited in Dos Santos, 1969, p. 31). Así, los supuestos beneficios de la integración global, que mejoraría la distribución, uso, y acceso a los recursos no aparecen porque la integración, orientada por intereses privados y extranjeros es perjudicial (Dos Santos, 1969, p. 24). En otras palabras, la inversión extranjera, la ayuda extranjera y la integración al capitalismo global con las burguesías domésticas como intermediarias (en alianza con el capital monopólico internacional) limitan, en lugar de amplificar, los proyectos progresistas domésticos.11

En consecuencia, programáticamente, el NOEI fracasó porque confió en que la integración e industrialización llevarían a la superación de los términos de intercambio desiguales y de la dependencia de las exportaciones primarias. En cambio, debido a como los intereses de los Estados Unidos y del capitalismo monopólico orientaron la integración, estos esfuerzos transformaron la dependencia en lugar de superarla. Incluso Prebisch, una década después de abandonar la ONUCD, admitió que las operaciones de las empresas multinacionales se limitaron a los mercados locales en lugar de orientar sus actividades hacia la exportación de manufacturas al centro y que esas actividades con frecuencia estaban basadas en “innovaciones menos recientes, que han cesado de ser novedades en los centros” (Prebisch, 1979, pp. 2-3). Prebisch también admitió que las empresas multinacionales que operaban en la periferia incentivaron la imitación de los patrones de consumo de los países ricos, drenando los réditos de la mayor productividad, cuyos beneficios, de todos modos, excluían alrededor del 40 por ciento de la población (p. 6).12 Esta autocrítica surgió luego de que la ONUDC misma re-evaluara su trayectoria al mando del sucesor de Prebisch, el venezolano Manuel Pérez-Guerrero, quien escrudiñó las fallas de la industrialización y propuso medidas informadas por las críticas dependentistas. Pero esta fue una apropiación selectiva, enfocada en medidas orientadas a regular los flujos de inversión, comercio, y otras formas de intercambio desigual (Frank, 1973, p. 204).

Respecto de las implicancias de esta reconstrucción para autores contemporáneos que recuperan el NOEI como un proyecto anticolonial, lo importante es ir más allá de si la industrialización fue exitosa o no para preguntar si este programa tiene el potencial de reparar los daños (neo)coloniales como la superexplotación de los trabajadores y su exclusión política. En este sentido más expansivo, el NOEI como un foro político que reunió a los estadistas anticoloniales en el escenario internacional, como Moyn y Getachew argumentan, e impulsó el pensamiento latinoamericano a la arena mundial, como demuestra Fajardo, no debe ser celebrado tan rápidamente. Sin duda la industrialización tiene valor dentro de la estrategia de Prebisch si es que eleva los niveles de productividad y contrarresta los términos desiguales de intercambio, pero su valor como proyecto anticolonial debe ser juzgado más directamente en términos de sus efectos sobre los sujetos postcoloniales que luchan por los avances políticos y materiales que la autodeterminación y la democracia deberían traer. Y en este caso su lucha no es contra las elites domésticas y extranjeras, como si fueran entidades separadas, sino contra ambas elites que–como los teóricos de la dependencia remarcaron–se asociaron con el objectivo de defender intereses imperiales, en parte a través de la implementación de regímenes de superexplotación del trabajo a nivel doméstico. Si los estadistas anticoloniales de los que hablan Getachew y Moyn hubiesen logrado un mundo de intercambio igualitario, su propia lucha contras las elites domésticas hubiera continuado, ahora no centrada en la cuestión de intercambio sino en la cuestión de la superexplotación al servicio de la división global del trabajo y otros modos de acumulación a costa de la marginalización de la mayoría de la población (Quijano, 1977 [1970]). Es decir, lo que es decisivo para identificar un proyecto como anticolonial no es la esfera global o la industrialización per se, sino la capacidad de los beneficios de estas transformaciones de alcanzar a las masas. Esto es lo que pone en cuestión las críticas a las teorías de la dependencia que aducen el éxito de experiencias de industrialización en el este asiático, que fueron lideradas por dirigentes autoritarios aliados con las elites y basadas en la represión de los trabajadores (Geddes, 2003, pp. 16-17).

La desconexión entre las expectativas del NOEI de que la industrialización, la inversión extranjera, y las medidas compensatorias llevaran al “desarrollo” (Prebisch, 1962 [1949], pp. 13-14, 19, 21-22) y la realidad del estancamiento y la distribución regresiva del valor que los dependentistas describen es lo que la teoría anticolonial debe enfrentar. Incluso si el NOEI hubiera superado la oposición de los países ricos, los teóricos marxistas de la dependencia proveyeron las bases teóricas para predecir que estas transformaciones no mejorarían drásticamente las condiciones para la mayoría de la población debido a las formas internas de circulación capitalista y formaciones políticas regresivas. Si la teoría política anticolonial se asocia demasiado con proyectos de integración global e industrialización sin escudriñar la economía política y las luchas domésticas, corre el riesgo de apoyar esquemas que reclutan a las masas de trabajadores para proyectos que no los benefician.

En este sentido, la atención a los proyectos de emancipación debe ser acompañada por una sobria teorización de los límites que encontraron y los fracasos de estos proyectos y sus reemplazos por regímenes autoritarios. Para empezar, los nexos entre el intercambio internacional, las elites latinoamericanas y las instituciones políticas que median el conflicto es clave para entender los autoritarismos de la América Latina de los años sesenta y setenta. La continua influencia de las oligarquías terratenientes, a lo que se agrega la integración creciente entre el estado, las burguesías domésticas y el capitalismo monopólico explica porque los proyectos desarrollistas de izquierda que surgieron en los años cincuenta y sesenta liderados por Juan Domingo Perón en Argentina y Getúlio Vargas en Brasil y sus sucesores pronto cayeron debido a golpes de estado que centralizaron el poder y reprimieron a trabajadores rurales y urbanos con la ayuda de técnicas de contrainsurgencia propiciadas por los Estados Unidos (Bambirra, 1974; Dos Santos, 1969, p. 129; 1972 [1968], p. 13).13

La teoría marxista de la dependencia y la teoría política anticolonial

La reconstrucción del trabajo de Prebisch, Marini y Dos Santos demuestra que el Nuevo Orden Económico Internacional fue un proyecto burgués orientado a las elites industriales en el período postcolonial, cuyo estatus en la esfera global (si hubiese mejorado) no hubiese beneficiado a los pueblos postcoloniales en una forma directa. Este proyecto no puede ser llamado anticolonial, ya que son las infames “elites postcoloniales” de Fanon o los “socios menores” de la dependencia que se beneficiarían de esta transformación, y no los trabajadores oprimidos y desposeídos del mundo postcolonial.

Que este proyecto burgués haya sido recuperado como una política prometedora de worldmaking anticolonial nos dice algo sobre la teoría política anticolonial y su provincialismo en dos sentidos. Primero, la teoría política anticolonial excluye el capitalismo y la economía política como temas a teorizar. Esto se relaciona con la concepción estrecha de “política” en la teoría política más en general, donde el contexto económico se reduce a una estructura o resultado que se disputa políticamente en lugar de conceptualizarlo como un sistema de acumulación que distribuye el poder en la sociedad y da forma a las estructuras de opresión y condiciona asimismo las posibilidades de emancipación. Segundo, a pesar de las afinidades entre la teoría política anticolonial y la teoría marxista de la dependencia, la primera sólo se ha referido a la segunda de forma confusa y limitada. Por un lado, los teóricos ignoran completamente la teoría de la dependencia o incorporan la teoría de la dependencia no marxista sin un entendimiento robusto de la genealogía de esta tradición y sus divisiones internas. La teoría marxista de la dependencia, por otro lado, ha estado hasta el momento ausente de la teoría política anticolonial producida en los Estados Unidos.

Este provincialismo limita la recuperación del NOEI que Moyn y Getachew proponen. Adom Getachew, debe notarse, vacila significativamente en su reconstrucción de esta agenda. Por ejemplo, reconoce la distancia entre “las raíces del worldmaking anticolonial en el marxismo negro [de C. L. R. James y George Padmore]” con quienes ella empieza su narrativa y el NOEI que ella termina identificando con worldmaking. Mientras que el primero demanda una “revolución mundial tanto contra el capital como contra el imperio”, el segundo es un programa firmemente liberal (Getachew, 2019, p. 145).14 Getachew también menciona brevemente que Nyerere creía que privilegiar la industrialización podía tener el efecto de exacerbar las desigualdades a nivel doméstico (Getachew, 2019, p. 154), una cuestión que ella no examina pero que es parte de la crítica de los dependentistas marxistas que reconstruyo en este artículo. Finalmente, Getachew admite que si bien el NOEI está articulado dentro de un paradigma liberal de economía política, la visión de Manley y Nyerere requería, adicionalmente, un proyecto paralelo de socialismo doméstico para superar la dependencia (Getachew, 2019, pp. 145, 154).

Si Getachew no explora estas tensiones, es en parte porque hacerlo requeriría teorizar la acumulación y reproducción capitalista característica de la condición neocolonial, pero su marco de worldmaking carece de tal conceptualización dado el provincialismo en economía política que diagnostiqué más arriba. Una alternativa hubiera sido centrar estas tensiones y usarlas para considerar seriamente las críticas del carácter burgués del NOEI. En el caso del socialismo deseado por Nyerere y Manley, es claro que el compromiso del NOEI con el capitalismo los hubiera hecho impracticables en combinación, como lo demuestra la salida de la CEPAL de Cuba en 1960 (Fajardo, 2021, p. 115) y los boicots de las empresas multinacionales contra las nacionalizaciones de los recursos naturales en Jamaica y Chile, entre otros. Esto habría llevado a Getachew a explorar las contradicciones entre los proyectos nacionales, socialistas y anti-elite y el worldmaking del NOEI, resaltando los riesgos de identificar proyectos de autodeterminación liderados por estados o estadistas con el anticolonialismo sin escudriñar con qué proyectos domésticos están asociados.

Pero estas tensiones no son resueltas, incluso si, como demuestro en este artículo, los teóricos marxistas de la dependencia que estaban escribiendo al mismo tiempo, desarrollaron estas tensiones en toda su magnitud para animar críticas de las supuestos teóricos y soluciones ofrecidas por la agenda del NOEI (Bambirra, 1978, p. 31). Getachew menciona esta tradición muy brevemente, en la misma oración en que erróneamente la descarta al afirmar que el liberalismo del NOEI estaba en conflicto con sus raíces en “la teoría de la dependencia y el sistema mundo” (Getachew, 2019, p. 145). Al ubicar la teoría de la dependencia en las “raíces” del NOEI, Getachew invierte el registro histórico. Tal como se reconstruyó en este artículo, la tesis del centro-periferia de Prebisch lo lleva a desarrollar el NOEI para abordar el problema del intercambio desigual. Esta tesis, separadamente, también abre un camino crítico que lleva a los diagnósticos más radicales de los problemas del desarrollo por parte de la teoría de la dependencia (y los analistas del sistema-mundo). En otras palabras, los teóricos marxistas de la dependencia no inspiraron el NOEI. En cambio, los términos desiguales de intercambio y la tesis del centro-periferia inspiraron tanto el NOEI como las críticas radicales del desarrollismo de los marxistas dependentistas Marini, Dos Santos y Bambirra. Esta cronología es confirmada por el hecho de que varios teóricos marxistas de la dependencia desarrollaron sus críticas luego de asistir a cursos de la CEPAL sobre el tema.15 Es más, el mismo Prebisch, al irse de Santiago de Chile para fundar y liderar la comisión de comercio y desarrollo de las Naciones Unidas, vio en el NOEI la oportunidad de impugnar “el giro hacia la teoría de la dependencia” a través de un “internacionalismo no occidental” más moderado (Fajardo, 2021, pp. 177-178).

En consecuencia, lejos de ser una sutileza cronológica, cuando Getachew reposiciona la teoría de la dependencia como una inspiración para el NOEI, la teoría de la dependencia desaparece como una corriente crítica separada del NOEI. Esto tergiversa la genealogía intelectual al disminuir el carácter contencioso del NOEI y ocultar la existencia de la teoría de la dependencia en tanto tradición rival de anticolonialismo y emancipación. Poco después de esta intervención, Getachew menciona brevemente la crítica del economista egipcio educado en Francia Samir Amin, quien se movía en círculos similares a los teóricos de la dependencia. Getachew se refiere brevemente al argumento de Amin sobre la integración, que él creía “exacerbaría la dependencia económica y … empoderaría a la burguesía postcolonial” (Getachew, 2019, pp. 168-169). Estos son exactamente los puntos que se originan y son desarrollados en la crítica sostenida del proyecto de Prebisch de los críticos marxistas latinoamericanos que reconstruyo en este artículo.

Al reinsertar la crítica marxista dependentista en la genealogía intelectual del NOEI, este artículo cuestiona las conclusiones de Getachew sobre la originalidad y “significancia política y normativa” de la visión del NOEI. Esta significancia, ella afirma, es “revelada en contraste con el modelo de desarrollo que lo precedió y los programas de ajuste estructural y debates sobre justicia global que vendrían después” (Getachew, 2019, pp. 145-146). Dicho de otro modo, la significancia política y normativa resulta de la comparación del NOEI con una noción de desarrollo que minimiza la jerarquía y el colonialismo, por un lado, y con el neoliberalismo y los marcos filosóficos abstractos sobre la justicia, por el otro (Getachew, 2019, p. 147). Pero el NOEI no es ni tan original ni tan significativo política y normativamente en comparación con sus críticos marxistas latinoamericanos. Estos resaltaron la persistencia de la superexplotación en las economías orientadas hacia el exterior, impuestas por las mismas elites domésticas que se hubieran beneficiado de la industrialización patrocinada por el NOEI, que no hubiese llevado a la superación de la dependencia de las economías postcoloniales de las exportaciones a países centrales. Estas son objeciones serias a la expectativa de Prebisch de que el valor capturado por las burguesías en una esfera global más igualitaria junto a la ayuda e inversiones extranjeras resultaría en incrementos salariales debido a mejoras en la productividad. Los teóricos dependentistas basaron esta afirmación en la teorización de una forma de capitalismo dependiente distintiva, que usaron para refutar el optimismo de Prebisch sobre las mejoras de la productividad y complementar su falta de un análisis sostenido del capitalismo periférico como tal.

Samuel Moyn también apuntala el NOEI a través de comparaciones. Él nota el “marcado contraste” entre la priorización anticolonial de la “libertad colectiva en y a través del estado” y “el legado de Immanuel Kant,” el paradigma del alivio de la pobreza y los derechos humanos (Moyn, 2020, p. 26). Lo que hace falta en esta evaluación relativa es la teoría marxista de la dependencia en tanto dinámica tradición contemporánea. Los teóricos marxistas de la dependencia señalaron la insuficiencia de las reformas globales sin transformaciones domésticas y estuvieron más dispuestos que los defensores del NOEI a reconocer las ambiciones revolucionarias de los pueblos postcoloniales.

Al destacar el NOEI de Prebisch en detrimento de otras tradiciones emancipatorias, Moyn cae en el mismo error que él denuncia en los liberales de la guerra fría. Moyn critica la insistencia de este grupo en poner “estrictos límites al potencial humano” y su “aborre[cimiento] de la política de masas” y la emancipación (Moyn, 2023, pp. 3-5), una tendencia personificada por el internacionalismo latinoamericano moderado de Prebisch. Este es un internacionalismo que, a diferencia de los teóricos marxistas de la dependencia, no criticó la explotación de los trabajadores ni reivindicó sus demandas de reforma o revolución en América Latina, sino que se mantuvo dentro del lenguaje técnico de intercambio y diferenciales de productividad, y como mucho, apeló al bienestar [welfarism] y la redistribución.

Dado la falta de una mirada crítica al programa capitalista del NOEI y la ausencia de una atenta genealogía de su milieu intelectual latinoamericano y su recepción crítica entre los teóricos de la dependencia, este programa es confundido con un “momento político” prometedor. Este tipo de recuperación, si bien no es novedosa,16 es problemática porque eleva al NOEI como modelo de política anticolonial a la vez que evade indagar sus compromisos substantivos en términos de economía política. Los cuestionamientos de la interdependencia y el comercio desigual valen la pena si contienen una postura anticolonial substantiva. Esta postura requeriría contrarrestar la conscripción del trabajo racializado y de la tierra para un proyecto de acumulación capitalista que canaliza su explotación hacia proyectos nacionales de integración global. Esto requiere teorizar no sólo la resistencia política sino también el capitalismo como un fenómeno histórico y político (como lo hicieron los dependentistas marxistas), para poder evaluar qué proyectos de emancipación son más capaces de derribar las estructuras políticas y económicas que deben transformarse (Forst, 2024, p. 172; Vázquez-Arroyo, 2014, pp. 52-54).

Conclusión

Este artículo critica la reciente recuperación del Nuevo Orden Económico Internacional por parte de Adom Getachew y Samuel Moyn. Lo hace a través de una conceptualización del capitalismo dependiente como un sistema distintivo de acumulación, lo cual clarifica que el NOEI no fue un proyecto anticolonial, sino que se enfocó en las elites industriales como vía de modernización capitalista. Le presto particular atención a la forma de circulación y reproducción del capital en los países dependientes, conceptualizada por teóricos Ruy Mauro Marini y Theotônio Dos Santos. Estos críticos refutaron el marco simplista de Raúl Prebisch y su expectativa de que las elites industriales se comportaran como actores progresistas. Marini demuestra que los términos desiguales de intercambio forzaron la emergencia de sistemas laborales de superexplotación que le permitieron a las burguesías locales recuperar el valor que debieron transferir a las economías centrales. Es más, la superexplotación está asociada a la orientación externa de los países dependientes, que el NOEI promovía. Theotônio Dos Santos demostró que a pesar de que hubo cierta industrialización en América Latina durante la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial, seguida por proyectos de movilización laboral, la integración entre las burguesías domésticas y las empresas multinacionales resultó en una “nueva dependencia” en la cual los países siguieron siendo dependientes de los mercados de exportación y los estados fueron llamados a reprimir demandas laborales. En este contexto, los proyectos de desarrollismo de izquierda fueron abandonados y se impusieron proyectos autoritarios apoyados por Estados Unidos y las burguesías domésticas y extranjeras.

Dado el apoyo del NOEI a la integración global que los dependentistas diagnostican como dañina, ¿a qué se debe la recuperación de este programa por parte de lo teoría anticolonial contemporánea? Este artículo sugiere que se debe al provincialismo de esta literatura en cuestiones de economía política, que quiere decir que no teoriza el sistema capitalista postcolonial y presta escasa atención a la tradición marxista dependentista. Esto lleva a errores en las genealogías intelectuales del NOEI y a no enfrentar las tensiones entre proyectos socialistas y la propuesta del NOEI. Lo que es más importante, el provincialismo acota los horizontes de la teoría política al separar la política de las lógicas capitalistas del (post)colonialismo. Solo cuando la teoría política anticolonialista esté fundamentada en una teorización del capitalismo será posible conceptualizar la política con más precisión y distinguir entre los proyectos que son emancipadores y los que no lo son.

La relevancia de la teoría de la dependencia se extiende a la teoría política del desarrollo. La defensa del desarrollo liderado por las exportaciones por parte de las instituciones financieras en Washington en las últimas cuatro décadas y la re-primarización de las economías latinoamericanas se hacen eco de los modelos de desarrollo que los dependentistas marxistas criticaron. Además, análisis empíricos recientes demuestran que la extracción desigual de la fuerza de trabajo y las materias primas del sur global continúa sin tregua. Estudios recientes muestran que a pesar de contribuir con la abrumadora mayoría de la fuerza de trabajo en la producción global (90-91%), el sur global recibe sólo un 44% del ingreso total, y sólo 21% del ese monto le llegó a los trabajadores de esta región en el 2021 (Hickel et al., 2024, p. 2). Lo mismo es cierto en el uso de la tierra requerida para las necesidades de Europa, de las cuales más de la mitad son satisfechas por países extranjeros, lo cual lleva al agotamiento de los bosques de los países dependientes y la explotación de sus tierras para el consumo extranjero en lugar de las necesidades locales (Yu, Feng, & Hubacek, 2013, pp. 1180-1181, 1184-1185). Esto quiere decir que la sofisticada infraestructura y organización social de los países ricos se basa en las economías extractivas del sur global, lo cual lleva a la apropiación de la capacidad de carga y absorción del medio ambiente de otras regiones (Rice, 2007, p. 44). Como Marini y Dos Santos lo explican, estas condiciones de explotación dependen de la forma particular de acumulación capitalista en países dependientes y las elites políticas domésticas y transnacionales, todos aspectos que es prioridad continuar teorizando.

Este enfoque podría complementar (y de-provincializar) la atención que la teoría política del desarrollo les ha prestado a la observación de actores externos y marcos democráticos de progreso (Bose, 2024; Temin, 2023). Teorizar la acción política emancipatoria en el mundo poscolonial es fundamental, pero ello carece de fuerza crítica si no incluye las estructuras capitalistas que estos actores enfrentan. Este análisis es central para comprender las implicancias políticas de estos proyectos en el complejo período postcolonial y en la crisis contemporánea del capitalismo.

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* Este artículo es una traducción, realizada por Inés Valdéz y Gilberto Valdez Herrera, ligeramente adaptada del capítulo “Reconsidering the New International Economic Order: The Marxist Dependency Critique and the Politics of Anticolonialism” que aparecerá en 2027 en el volumen de NOMOS sobre la injusticia estructural, editado por Chiara Cordelli.

** Estadounidense/Argentina/Peruana. PhD, Johns Hopkins University y Princeton Institute for Advanced Study. Contacto: valdez@jhu.edu. ORCID: https://orcid.org/0000-0002-8834-809X

1 Agradezco a New York University Press por otorgar los derechos de traducción. Por conversaciones y comentarios sobre este artículo agradezco a Sarah Bianchi, Chiara Cordelli, Margarita Fajardo, Gabe Gorre, Rainer Forst, Carol Gould, Juliet Hooker, Tomi Kolapo, Matthew Landauer, Ainsley Lasure, Juana Lorena, Darrel Moellendorf, Davide Panagia, Tejas Parasher, Natasha Piano, K. Sabeel Rahman, Geneviève Rousselière, Matías Vernengo, Sam Schmitt, Joel Wainwright, Heloise Weber, y las audiencias de Brown University, Goethe Universität, Johns Hopkins University, Ohio State University, Queen Mary University London, UCLA, the University of Chicago, the Duke/UNC Political Theory Colloquium y SOAS. Por el apoyo durante la escritura, revisión, y traducción de este artículo agradezco al Leuven Institute for Advanced Studies y al Princeton Institute for Advanced Study (Fondo Richard B. Fisher). Finalmente, este artículo se benefició de la excelente asistencia de investigación de Taís Sousa-Carareto, Mufasa Cruz Moreno, y Oliver Gao.

2 La noción de worldmaking implica la actividad de (re)hacer el mundo, sea vía proyectos tecnológicos, políticos, o teóricos que no buscan simplemente reflejar una realidad sino transformarla (Bell, 2013, p. 267). Adom Getachew usa worldmaking para explicar cómo los estadistas postcoloniales “reinventaron la autodeterminación al expandirla más allá de su asociación con la nación, insistiendo que el logro de este idea requería instituciones jurídicas, políticas, y económicas que garantizaran la ausencia de dominación [nondomination]” (Getachew, 2019, p. 2).

3 La teoría de la dependencia marxista incluye a los pensadores que adoptaron críticamente y expandieron el pensamiento de Marx para entender la dependencia. Este grupo incluye a Ruy Mauro Marini, Theotônio Dos Santos, Vania Bambirra y Aníbal Quijano, entre otros. Excluyo de este grupo a Andre Gunder Frank, Fernando Henrique Cardoso, y Enzo Faletto, más conocidos en los Estados Unidos como representantes de la teoría de la dependencia pero que no trabajaron dentro de un marco marxista.

4 Mientras que el plusvalor absoluto resulta del valor extraído a través de la intensificación de la explotación del trabajador, el plusvalor relativo resulta del incremento de la capacidad productiva.

5 El marco centrado en la productividad, el exceso relativo de mano de obra en países en desarrollo y la falta de un efecto multiplicador en economías desarticuladas, son factores citados por otros investigadores del desarrollo para explicar el intercambio desigual. (Evans, 1979, p. 28) Marini agrega a estos marcos un entendimiento del intercambio más político, que explica la evasión de las leyes del valor en base a una posición dominante global y enfatiza las formas extremas de explotación que son un paso necesario de las burguesías dependientes que deben recuperar el valor excesivo que tuvieron que entregar a los países. Arghiri Emmanuel se expande sobre esta distorsión, que él atribuye a las leyes de valor de la “posición … monopólica ocupada por los trabajadores de los países avanzados [que] no es una necesidad estructural del sistema capitalista”. (Emmanuel, 1972, pp. 168-169) Emmanuel se hace eco del modelo de Prebisch que describe salarios rígidos en occidente como consecuencia de los mercados de trabajo competitivos y la presión de los sindicatos y también emula a Mamadou Dia, quien afirma que los trabajadores occidentales se apropian de las ganancias del intercambio desigual. (Prebisch, 1962 [1949], p. 6) and (Dia, 1960, p. 7)

6 El trabajo de Paul Baran sobre “la extirpación del plusvalor económico de los [países subdesarrollados] por el capital extranjero” es citado explícitamente en los trabajos de la teoría de la dependencia. (Bambirra, 1978, pp. 15-16; Baran, 1957, p. 184).

7 Se puede encontrar evidencia contemporánea de la extracción del plusvalor en el trabajo de Jason Hickel y coautores (2024).

8 In su teoría, Marini se apoya en el tercer volumen del Capital, en particular los capítulos 13 y 14 sobre la intensidad de la explotación, los salarios devaluados, y el abaratamiento de los elementos del capital constante. (Marx, 1991 [1894], pp. 317-348, cited in Marini, The Dialectics of Dependency, 124, 330, 335n).

9 En mi libro Democracy and Empire también discuto la cuestión ecológica en relación con el desarrollo, cosa que también complementa el marco de superexplotación de Marini. Las lecturas de Marx en clave ecológica consideran el trabajo como una “relación metabólica… esencialmente dependiente de y condicionada por la naturaleza.” Entonces, la acumulación implica, a cada paso, la combinación del trabajo con materiales naturales, ya que “el trabajo por sí mismo no puede crear substancias naturales; sólo puede moldearla… [y darle] ‘forma externa.’” (Marx, 1973 [1857-58], p. 360; Saito, 2017, p. 101). Así, la aceleración tecnológica que Marini asocia con la incorporación de los países periféricos a los circuitos del capitalismo global y la intensificación de la explotación del trabajo son acciones ecológicamente destructivas porque aceleran el uso de los recursos naturales por definición. Esto quiere decir que la atención al agotamiento del trabajo racializado de los teóricos de la dependencia se corresponde con el agotamiento de la tierra y la naturaleza en la periferia.

10 Como explico en otros trabajos, los límites son estructurales porque surgen de la división internacional del trabajo. Es decir, las necesidades de alimentos y materias primas de los países industriales que son satisfechas por los países dependientes implican que proyectos políticos de redistribución amenazan ese arreglo. Las elites domésticas, en tanto socios menores en este proyecto, tienen incentivos a prevenir estas amenazas a través de regímenes políticos que aseguren que se mantengan condiciones de superexplotación, lo cual les permite continuar la realización del capital en el mercado de exportación. Dicho de otra forma, los proyectos de emancipación en los países dependientes pueden ser vistos como esfuerzos de limitar y desmantelas las estructuras capitalistas descritas en este artículo, lo cual explica la firme resistencia por parte de las corporaciones, países industriales, y tanto las elites como las fuerzas armadas domésticas (Valdez, 2026).

11 “Capital monopolista” es el nombre que Paul Baran y Paul Sweezy le dieron a lo que hoy llamamos empresas multinacionales (1966a). El trabajo de Baran y Sweezy influenció a los teóricos de la dependencia, y los primeros prestaron también mucha atención a los debates latinoamericanos, sobre todo con “el desplazamiento del epicentro de la revolución del Primer al Tercer mundo tras la estabilización de los equilibrios políticos en Occidente en 1947/48” (Manigat, 2021, p. 184; Bambirra, 1978, pp. 15-16).

12 Esto en contraste con el joven Prebisch, quien, como funcionario de las Naciones Unidas, confiaba en que el crédito extranjero y las compras del exceso de productos durante el ciclo recesivo le permitiría a los países en desarrollo recuperarse de las crisis y aseguraría la continuidad de la demanda de productos de los países centrales (p. 21).

13 Esto es lo que llamo “la paradoja de la democracia dependiente” (Valdez, 2026).

14 Para otro comentario sobre el cambio de énfasis en Getachew, ver la reseña de Paul Cammack (2022).

15 Este es el caso de Dos Santos y Bambirra, quienes se “registraron en uno de los cursos de formación sobre desarrollo económico de la CEPAL en el Banco Nacional do Desenvolvimento en Brasil, antes de distanciarse de sus maestros (Fajardo, 2021, p. 146).

16 Críticos del NOEI como Balakrishnan Rajagopal reconocen que el NOEI proveyó un campo de batalla político para países del Tercer Mundo y contribuyó a desplazar el consenso sobre la interdependencia global y el desarrollo, a pesar de que, en última instancia, el programa comparte muchos aspectos de la teoría de la modernización (2003, pp. 86, 88)