Hacia una revisión crítica de los usos del concepto de hegemonía en el neoliberalismo contemporáneo

José Pablo SEGURA ROMÁN*

Recibido: 22/12/2025
Aceptado: 20/02/2026

Resumen

Este breve ensayo explora la teoría de Antonio Gramsci con respecto al concepto de hegemonía. El propósito de ello es revisar que, dentro de este, existe la posibilidad de estudiar algunos fenómenos que ocurren dentro del neoliberalismo. Para ello, el texto se detiene en dos puntos principales: el primero es revisar la riqueza que puede ofrecer un concepto que en apariencia puede parecer viejo y arcaico como lo es el de hegemonía. En un segundo momento, se trabaja en torno a cómo es que el neoliberalismo puede ser estudiado a partir del concepto de hegemonía, así como de otros conceptos derivados, tales como el de crisis de hegemonía y el de revolución pasiva. Finalmente, se hará un señalamiento explícito sobre el porqué de nuestra insistencia en el uso del concepto y recapitularemos aquello que se gana con ello.

Palabras clave: hegemonía, crisis de hegemonía, revolución pasiva, Antonio Gramsci.

Para uma revisão crítica dos usos do conceito de hegemonia no contexto do neoliberalismo contemporáneo

Resumo

Este breve ensaio explora a teoria de Antonio Gramsci no que diz respeito ao conceito de hegemonia. Seu objetivo é examinar se, no interior desse conceito, existe a possibilidade de estudar alguns fenômenos que ocorrem no neoliberalismo. Para isso, o texto se detém em dois pontos principais. Em primeiro lugar, revisa-se a riqueza analítica que pode oferecer um conceito que, à primeira vista, pode parecer antigo ou arcaico, como o de hegemonia. Em um segundo momento, analisa-se como o neoliberalismo pode ser estudado a partir do conceito de hegemonia, bem como de outros conceitos derivados, tais como o de crise de hegemonia e o de revolução passiva. Por fim, faz-se um apontamento explícito sobre as razões de nossa insistência no uso desse conceito e recapitula-se o que se ganha com isso.

Palavras-chave: hegemonia, crise de hegemonia, revolução passiva, Antonio Gramsci.

Toward a Critical Reassessment of the Concept of Hegemony in Contemporary Neoliberalism

Abstract


This brief essay explores Antonio Gramsci’s theory with regard to the concept of hegemony. Its purpose is to examine whether this concept makes it possible to study certain phenomena that take place within neoliberalism. To this end, the text focuses on two main points. First, it revisits the analytical richness offered by a concept that may appear, at first glance, old or archaic, such as that of hegemony. Second, it examines how neoliberalism can be analyzed through the concept of hegemony, as well as through other related notions, such as the crisis of hegemony and passive revolution. Finally, the essay explicitly addresses the reasons for insisting on the use of this concept and recapitulates what is gained by doing so.

Keywords: hegemony, crisis of hegemony, passive revolution, Antonio Gramsci.

Hacia una revisión crítica de los usos del concepto de hegemonía en el neoliberalismo contemporáneo

Introducción

Este trabajo de investigación tendrá por objetivo presentar una postura filosófico-teórica que se sostiene en el trabajo de Antonio Gramsci y, más específicamente, en el concepto de hegemonía y el de revolución pasiva. El propósito de retornar a dichos conceptos es explorar si, dentro de ellos, existe un marco explicativo lo suficientemente fuerte para hacer una revisión descriptiva del neoliberalismo prescindiendo, de esta forma, de cualquier pretensión prescriptiva que pueda escaparse a la hora de utilizar un aparato teórico que proviene de la tradición marxista.

Para ello, revisaremos primero en dónde radica la riqueza del concepto de hegemonía y por qué es posible retornar a él. Esto, por supuesto, respondiendo a las críticas de algunos autores contemporáneos que se suscriben en la teoría de la poshegemonía y que ven en Gramsci a un “perro muerto”, tal y como sucede con el caso de escritores como Jon Beasley-Murray o Alberto Moreiras, por nombrar solo a algunos. Sin embargo, el propósito del texto no será detenernos en la discusión con ellos, sino solo partir de ahí para revisar las posibilidades teóricas que se ganan si conservamos el marco teórico gramsciano.

Para revisar dichas posibilidades, haremos énfasis en dos consideraciones que nos parecen clave: la primera será que la hegemonía nos permite pensar en la relación entre clases dirigentes y dirigidas sin quitarle su parte activa en la decisión de decidir ser dirigidas a las clases subalternas y la segunda será que el concepto de hegemonía nos permite pensar en la finitud de los sistemas políticos basados en la producción de consenso sobre las clases dirigentes, anunciando, dentro de sí, la posibilidad siempre latente de su propio final.

Posteriormente, observaremos cómo es que del concepto de hegemonía derivan nociones tales como su propia crisis y la revolución pasiva, las cuales permiten estudiar al neoliberalismo desde una perspectiva crítica, al mismo tiempo que se complementan otra serie de teorías. Para ello, nuestro argumento central será que es posible hacer lecturas parciales del neoliberalismo prescindiendo del concepto de hegemonía pero que con su uso podemos ganar perspectiva para revisar el plano de inmanencia dentro del cual el neoliberalismo se desenvuelve. Diremos, ya para la parte final del trabajo, que bien podríamos estudiar la parte psicológica, sociológica y ética de los procesos bajo los cuales el neoliberalismo se reproduce, pero que nos faltaría la parte que atiende a la esfera política, donde se desarrolla la tensión entre los afectos de dominar y de no querer ser dominados.

La hegemonía en tensión: posibilidades de uso

¿Por qué seguir pensando en una teoría de la hegemonía para pensar las dinámicas del presente? ¿No es acaso Gramsci un perro muerto al cual más bien debemos dejar descansar? ¿Por qué resucitar una teoría que parece que es más bien de los viejos intelectuales de izquierda para hacer una revisión crítica de los problemas que se generan cada vez que el modo de producción en el que vivimos muta y nos hace estremecer? ¿Qué tiene de especial la teoría de Gramsci y de la hegemonía? Estas son, muy seguramente, las inquietudes que uno deba atender primero si es que se quiere someter al duro juicio que, muy probablemente, puedan tener los lectores más escépticos de este trabajo y, por eso mismo, es que es imprescindible comenzar por ahí.

La teoría de Gramsci parece que, conforme pasan los años, queda más bien como un recuerdo de los intelectuales de izquierda que fueron contemporáneos a la gran generación de Argentina en la que se encontraban autores del calibre de Ernesto Laclau, Juan Carlos Portantiero o José Aricó y, en general, de todo aquel grupo que heredó las enseñanzas del filósofo Héctor P. Agosti. Esto, debido a que muchos intelectuales de actualidad (especialmente aquellos que se suscriben en teorías afines a intelectuales como Alberto Moreiras o Jon Beasley-Murray) creen agotada la teoría de la hegemonía para dar respuesta a las inquietudes políticas del presente. De hecho, a todo el paradigma teórico que se suscribe bajo la idea de que ya no podemos hacer de la vida un medio para el ejercicio de la política y que más bien hay que atender a la vida misma, ve con malos ojos a los gramscianos que, desde su perspectiva, replican muy insistentemente las enseñanzas de Gramsci: tomar por las propias manos la vida política, preocuparse y ocuparse por una militancia o una vida que toma partido y que ve como prioritaria una labor de trabajo de formación de cuadros, o bien, de articulación orgánica entre elementos de una sociedad que en un primer momento se encuentran dispersos. Sin embargo ¿esta, en realidad, no es una caricaturización reduccionista de los argumentos de Gramsci? ¿No hay aquí una lectura muy pobre, no en el sentido de que se le lee mal o poco al autor, sino en el sentido de que se rescata lo menos poderoso y sustancioso que este nos ofrece?

A esto hay que añadirle que, en el ojo del huracán de las críticas, está bajo la mira el concepto de hegemonía, el cual es criticado por todas las trincheras, ya sea por los usos que le da Ernesto Laclau y por su falta de definición clara para determinar si es un concepto para hablar de una de muchas otras formas de articulación política, o como la política misma (Arditi, 2007, pp. 159-193); o bien, las críticas al estilo de Alberto Moreiras o Beasley-Murray que creen que el paradigma de la hegemonía, al pensar la política desde la lógica de la equivalencia y del discurso, no logra ver aquello que está más allá de eso, como el hábito y el afecto (Beasley-Murray, 2010), o bien, la vida misma más allá de la producción de lazos libidinales con alguna figura unificadora como la de un líder (Moreiras, 2013).

Sin embargo, a nuestra consideración, la riqueza del concepto de hegemonía supera con creces a esta interpretación que parte más de las críticas a Laclau que al propio Gramsci. Creemos que, si nos apegamos al autor italiano, lo que está en el fondo, el locus de la cuestión, no sería el cómo incorporar la vida y articularla orgánicamente a la esfera política. Tampoco estaría en cuestión si se trata de una forma del poder político que cree ingenuamente en que la producción de panfletos y de discursos va a producir una unión de distintas demandas populares para tomar el Estado y hacer gobierno, sino que, en el fondo, habría una inquietud mucho más simple, más profunda. El concepto de hegemonía, en realidad, surgiría a partir de la pregunta sobre por qué existe consenso por parte de los grupos subalternos en pertenecer como subalternos.

La hegemonía sería entonces una respuesta a las viejas tradiciones marxistas que respondían con el manual en la mano que se trataba de una falta de conciencia de clase, que la ideología burguesa adoctrinaba a las clases dominantes, que la clase proletaria estaba sometida por el yugo del capitalismo y que, por ello, no se revelaban. Así como se respondía a los argumentos que esperaban mágicamente a que las fuerzas de la economía cambiasen la situación al acentuar dentro de un determinado proceso histórico las contradicciones entre las clases sociales.

Con respecto a este tema, Gramsci es completamente escéptico y sospecha de la hipótesis que existe detrás de estos supuestos, a saber, que la clase trabajadora es un mero resultado pasivo que sufría en su propia carne a las fuerzas del capitalismo. Para Gramsci, las masas, clases populares o clases subalternas –tal y como les nombra en distintos cuadernos–, tienen un papel activo en la relación que se produce con las clases dirigentes.1 Es cierto que ellas reaccionan casi siempre de manera dispersa a las distintas fuerzas que ocurren en el devenir de la historia y de ahí que tengan su condición de pasividad, pero también accionan y toman decisiones. Son ellas, por ejemplo, las que ven conveniente aliarse con el partido socialista o el fascista.

El mismo Gramsci, por ejemplo, señala en el Q25, §5 que para estudiar a los grupos subalternos se necesita revisar su adhesión pasiva o activa a las formas políticas dominantes (1986, p. 182) y son estas clases las que pueden tomar, en última instancia, decisiones políticas que son claves. Inclusive, en el mismo cuaderno, pero en el §1 se nos señala que los grupos subalternos tienen cierta tendencia a unificarse y que, aunque sea de manera fragmentaria y dispersa, esta tendencia existe (1986, p. 175). Esta afirmación que, además, se conserva a lo largo de los años y que también aparece desde el Q3, §48 cuando dice que:

Existe, pues, una ‘multiplicidad’ de elementos de ‘dirección consciente’ de estos movimientos –refiriéndose a los grupos subalternos–, pero ninguno de ellos es predominante o sobrepasa el nivel de la ‘ciencia popular’ de un determinado estrato social, del ‘sentido común’, o sea de la concepción del mundo [tradicional] de aquel determinado estrato (1986, p. 186).

Y, de igual forma, llega hasta el Q15, §10 cuando habla de que las clases dirigentes “logra obtener un consenso activo de los gobernados” (1986, p. 186).

Vemos, pues, que hay un papel pasivo en tanto que disgregación, pero también que existen elementos de “dirección consciente”; que hay una condición activa en la subordinación que, aunque sea de menor grado, existe y hay que tomar en cuenta, pues, solo así, podríamos entender el por qué no es posible que exista dirigencia política sin dialogar con las clases dirigidas, así como tampoco comprenderíamos cómo es que los grupos subalternos, cuando tienen la oportunidad de razonar con respecto a su papel receptivo, son conscientes de la dirección frente a la cual ellos se subordinan.

Sin embargo, este no es el único punto y quizás ni siquiera sea el más importante que se encuentra detrás del concepto de hegemonía. Más allá de que sí existe un reconocimiento del papel activo de quienes ceden a la dirección de un grupo social, es interesante que el concepto de hegemonía nos da luz verde para pensar en que la dominación, aún en grandes grupos de gente que incorpora elementos dispersos de distintas formas de pensar el mundo, nunca se da de manera total, pues las clases dirigentes se ven constantemente necesitadas de entrar en un espacio de negociación con las clases dirigidas. De no ser así, no tendría mucho sentido que Gramsci planteara a lo largo de sus cuadernos la posibilidad de que la hegemonía entre en crisis, así como tampoco tendría pensar en el proceso de la revolución pasiva.

La crisis de hegemonía se plantea siempre como un efecto o como un reflejo de algo que en la teoría gramsciana es más de fondo: una crisis orgánica (Frosini, 2017, p. 47). Para Gramsci, dentro de ella, las clases dirigentes comienzan a perder el control sobre la dirigencia de su proyecto histórico-político y surge alguna otra propuesta contrahegemónica, frente a la cual, si no se logra producir un nuevo modo de vida enraizado de manera orgánica, se termina por reaccionar violentamente mediante prácticas cesaristas (Frosini, 2017, p. 47) como respuesta a la disgregación de las distintas fuerzas sociales que se conjugan. Así, se explicarían muchísimas de las crisis de Occidente y, especialmente, se podría comprender el ascenso al poder de personajes como Benito Mussolini.

Asimismo, este diagnóstico sobre el ascenso del fascismo, podría traducirse al contexto de nuestro presente y explicara, por ejemplo, que frente a una crisis de legitimidad como la del neoliberalismo woke o “progre” que señalarían autoras como Nancy Fraser, resurjan con fuerza reacciones como la representada por Donald Trump. En este contexto, se buscan liderazgos que se presenten como una respuesta fuerte ante crisis que los grupos subalternos apenas no logran asimilar del todo y aparecen ataques ante grupos que se ven como amenaza, tales como los inmigrantes, los musulmanes o la corrección política (2017).

Pero, regresando a Gramsci y al concepto de revolución pasiva, habría que añadir más elementos. Dicho concepto lo que buscaría explicar es cómo es que, tras la latencia de la llegada de estas crisis, las clases dirigentes encuentran medios para evitar los enfrentamientos directos con las clases subalternas mediante la concesión parcial de algunas demandas que esta clase exige. En el Q19, §24 Gramsci es claro al respecto:

De la política de los moderados –refiriéndose a los moderados en la etapa del Risorgimento– resulta claro que puede y debe existir una actividad hegemónica incluso antes del ascenso al poder y que no hay que contar solo con la fuerza material que el poder da para ejercer una dirección eficaz: precisamente la brillante solución de estos problemas hizo posible el Risorgimento en las formas y los límites en que se realizó sin “Terror” como “revolución sin revolución”, o sea, como “revolución pasiva” para emplear una expresión de Cuoco en un sentido un poco distinto del que Cuoco quiere decir (1986, p. 388).

Si no hubiese tensión dentro de un proceso económico, es decir, si la hegemonía no tambaleara por estar en un piso que siempre está bajo la amenaza de desmoronarse, no tendría por qué inventarse una estrategia para mantener la calma y apaciguar las fuerzas sociales disruptivas. Sin embargo, como sabemos, el esfuerzo constante de las clases dirigentes por mantenerse en el poder es algo que se mantiene presente y que sale a la luz de manera más explícita en los momentos de crisis orgánica. Las clases dirigentes suelen mostrar en una mano una serie de medidas agradables mientras con la otra se aferran a su condición para conservar su poder, teniendo dentro de sus modos de organizarse, ejercicios deliberados de consenso, de fuerza y de control provenientes de este estado de inestabilidad latente. Sería un disparate suponer que esto ocurre de algún otro modo, que en las formas de organización social solo existe hábito, afecto y multitud (Beasley-Murray, 2010), que las relaciones de poder dependen de pura afectividad y que los movimientos políticos se provocan solo por la fuerza del conatus. Que los grupos subalternos concedan cierto grado de subordinación con tal de preservar en su ser y que las clases dirigentes hagan lo propio por los mismos motivos es una respuesta verdadera, pero incompleta. Es cierto que se busca la conservación, pero también hay medios hegemónicos y de revolución pasiva para lograr sus objetivos.

De la misma manera, como complemento a este argumento, podemos decir que en este movimiento de las clases dirigentes hay ejercicios de restauración y renovación (Coutinho, 2012). Restauración en la medida en que con el choque de fuerzas sociales hay tendencias a buscar recuperar el terreno perdido mediante políticas securitarias y punitivas para volver al orden (Catanzaro, 2021) que se pierde cuando aumentan las demandas de las clases populares y que, por ello, vemos claramente un giro conservador; pero también un movimiento de renovación en el sentido de que busca satisfacerse desde arriba a distintas demandas populares (Coutinho, 2012) con, por ejemplo, los programas de Bienestar en el México gobernado por Morena o, anteriormente, con programas gubernamentales creados por el PRI como el de Solidaridad, invención del mismísimo Carlos Salinas de Gortari en el momento de mayor auge del neoliberalismo en México y, de los cuales, se busca obtener un grado de consenso de las clases populares para preservar los intereses del partido, de ciertas familias enquistadas en el poder político y, en general, de las clases sociales que toman el papel de dirigentes.

Sin el concepto de hegemonía, del cual también se desprenden los conceptos de crisis de hegemonía y de revolución pasiva, tendríamos una lectura bastante parcial del neoliberalismo. Podríamos leer algunos problemas como los que señalan Laval y Dardot (2013): que estamos en un modo de producción que genera sujetos inmersos en el discurso del rendimiento y del goce; que se trata de hombres hipermodernos, inciertos, flexibles, precarios, fluidos o sin gravedad; que las relaciones sociales se perciben ahora solo en términos de asociación de personas dotadas de derecho; que hay un amaestramiento del cuerpo para hacer sujetos hiperproductores; que se dio un cambio del estímulo de las fuerzas pasivas por las fuerzas activas para crear un modelo de negocios que atraviesa toda la subjetividad de quienes viven en el neoliberalismo y que las nuevas prácticas del cuidado de sí ahora están envueltas bajo el régimen discursivo del management. Empero, no podríamos leer la otra parte: el cómo se genera un consenso por pertenecer a una clase subalterna; la renuncia o la desesperanza por tomar un papel activo en la dirección de las fuerzas económicas y políticas; el retorno cada vez más cínico de fuerzas conservadoras y el aumento de su fuerza en términos de consenso; o bien, el arrastre de las fuerzas políticas que guían el escenario del espacio público.

Es verdad que nos encontramos en un contexto de atomización, de un individualismo rapaz y en un contexto de sujetos hipernarcicistas, deprimidos y desinteresados en la política, pero esto no quita o desaparece a la política misma, ni tampoco los afectos por el deseo de dominar o de no ser dominados (Maquiavelo, 2014, p. 271). Hay condiciones de producción y de reproducción de la vida social que atraviesan esta esfera y en donde no hay únicamente una mutación de carácter psicológico o ético, sino de consenso y coerción. El neoliberalismo no se desarrolla únicamente en la instancia de su naturalización en quienes se suscriben a sus prácticas, sino también en el terreno donde estos habitan y trazando sus límites bajo mecanismos de organización y de dirección, pues no vivimos una vida abstracta y libre de determinaciones. Por el contrario, el desarrollo de la cultura globalizada tiene el sello de una clase, se sostiene bajo las aspiraciones de esta y mediante la reproducción de un marco cultural particular que, hoy en día, podemos enmarcar en un paradigma blanqueado y anglosajón.

De no incorporar estas consideraciones, reiteramos, corremos el riesgo de caer en reduccionismos o lecturas incompletas del problema. De hacer del neoliberalismo una serie de puros efectos en el habitus, de ver puros efectos sociológicos, o bien, de mirar únicamente las mutaciones psicosociales sin contemplar el plano de inmanencia en el que este se desarrolla. Las formas de producción y de reproducción de ciertos modos de vida, así como su carácter contingente que debe de actualizarse de manera permanente, están sostenidos todavía por una fuerte relación política entre clases dirigentes y clases dirigidas, así como por los distintos mecanismos de diálogo que se formulan dentro de estas clases, dentro de los marcos de la hegemonía.

Conclusión

Con esto, es necesario recapitular ahora cuál ha sido el propósito de estos párrafos anteriormente redactados. A lo largo de este breve ensayo hemos defendido la hipótesis de que el aparato conceptual de Gramsci, centrado especialmente en los conceptos de hegemonía y de revolución pasiva, mantiene una potencia teórica capaz de explicar algunas de las dinámicas del neoliberalismo contemporáneo que, de otra forma, quedarían revisados de manera parcial. Asimismo, hemos planteado una crítica a la posición de la poshegemonía y hemos reafirmado el valor del enfoque gramsciano al insistir en que tendría que hacerse un uso estratégico de Gramsci para revisar algunos elementos que podrían faltar como complemento a otra serie de teorías que buscan explorar los procesos productivos y reproductivos del neoliberalismo.

De igual manera, buscamos establecer con los conceptos gramscianos los trazos para poder revisar una teoría sobre cómo se produce y reproduce el consenso, inclusive, cuando estamos en un espacio de fragmentación social, individualismo y despolitización, apelando a que, pese a ello, no desaparecen los afectos por dominar y ser dominados y, del mismo modo, existe una función activa de las clases subalternas en el momento de aceptar un papel como subordinados.

Por otra parte, cuando hablamos del concepto de revolución pasiva, vimos que, gracias a este, podría entenderse cómo es que en el neoliberalismo se activan y desactivan tensiones sociales mediante la absorción de ciertas demandas, o bien, mediante procesos de restauración con un giro conservador. Así, vimos que es posible plantear una teoría que explica uno de los varios mecanismos de adaptabilidad de este modo de producción y vimos por qué existen ciertos retornos autoritarios con figuras como la de Donald Trump.

Finalmente, nos gustaría concluir este trabajo diciendo que una vuelta a las categorías gramscianas no proviene de un gesto nostálgico o dogmático y, por el contrario, se trata de hacer un esfuerzo por sembrar ideas en un terreno que todavía nos parece fértil para comprender las inquietudes de nuestro presente. Nuestra insistencia se da en poner atención en aquello que todavía nos puede servir para comprender lo que a otras teorías se les escapa y en poder hacer con ello un trabajo mucho más rico en análisis, no para quedarnos contemplando lo que pasa, sino para pasar a un segundo momento en el que podamos preguntarnos por el qué hacer y respondamos encontrando los medios para actuar de la misma forma en que Gramsci nos enseñaría al final del Q28, §11 o de sus cartas de la cárcel: con pesimismo en la inteligencia, pero optimismo en la voluntad.

Referencias

Arditi, B. (2007). Poshegemonía: la política fuera del paradigma post-marxista habitual. En H. Cairo y J. Franzé (Eds.), Política y cultura (pp. 159–193). Biblioteca Nueva.

Beasley-Murray, J. (2010). Poshegemonía: teoría política y América Latina. Paidós.

Catanzaro, G. (2021). Espectrología de la derecha: hacia una crítica de la ideología neoliberal en el capitalismo tardío. Cuarenta Ríos.

Dardot, P. y Laval, C. (2013). La fábrica del sujeto neoliberal. En La nueva razón del mundo: ensayo sobre la sociedad neoliberal. Gedisa.

Fraser, N. (2017). The end of progressive neoliberalism. Dissent. https://bresserpereira.org.br/terceiros/2017/fevereiro/17.02-End-of-Progressive-Neoliberalism.pdf

Frosini, F. (2017). ¿Qué es la crisis de hegemonía? Las Torres de Lucca, (11), 45–71.

Gramsci, A. (1986). Cuaderno 15. En Cuadernos de la cárcel. ERA.

Gramsci, A. (1986). Cuaderno 19. En Cuadernos de la cárcel. ERA.

Gramsci, A. (1986). Cuaderno 25. En Cuadernos de la cárcel. ERA.

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Maquiavelo, N. (2014). Los discursos de la primera década de Tito Livio. Gredos.

Moreiras, A. (2013). Poshegemonía, o más allá del principio del placer. Ciencia y Cultura, (31), 189–209. http://www.scielo.org.bo/pdf/rcc/v17n31/v17n31_a15.pdf


  1. * Mexicano. Maestro en Filosofía. Universidad Iberoamericana Ciudad de Mexico. Contacto: jose_pablosr@hotmail.com

  2. 1 Recordemos cómo es que Gramsci define a las clases dirigentes al hablar del Risorgimento. En el Q19, §24 se dice textualmente que “un grupo social es dominante de los grupos adversarios que tiende a ‘liquidar’ o a someter incluso con la fuerza armada y es dirigente de los grupos afines y aliados” (1986, 387).