Liberación, clase y nación. El legado de Ricaurte Soler revisitado

Gerardo OVIEDO*

Recibido: 2/3/2026
Aceptado: 3/3/2026

Resumen

El ensayo se propone reconsiderar los aspectos centrales que anudan el sentido normativo del proyecto intelectual de Ricaurte Soler, tematizando su propósito de construir una filosofía política de la liberación latinoamericana a la luz de una perspectiva valorativa general centrada en la clásica cuestión nacional. Se intenta mostrar cómo la obra del filósofo panameño consuma su intención práctica bajo el lema de la creación de los Estados Unidos Socialistas de América Latina. A tal efecto se aborda su concepción marxista de la idea de nación como dualidad constitutiva de problema y promesa y su misión emancipatoria en una sociedad socialista. Nuestra lectura procura ilustrar sumariamente estas premisas axiológicas sobre el plano narrativo abocado a la reconstrucción del período de descolonización hispanoamericana del siglo XIX, reconectándolo con la dimensión crítico-utópica atinente a la tesis de las virtualidades vigentes del proceso independentista en tanto modelo inspirador de la praxis revolucionaria obrera y popular del siglo XX. La presente revisita hermenéutica querría incitar a futuro nuevas lecturas actualizadoras del archivo de ideas del autor en conjunción con otros nombres y herencias de los marxismos periféricos del Sur.

Palabras clave: Nación, Estado, clases, liberación, Hispanoamérica.

Libertação, classe e nação. Revisitando o legado de Ricaurte Soler

Resumo

Este ensaio visa reconsiderar os aspectos centrais que sustentam o significado normativo do projeto intelectual de Ricaurte Soler, concentrando-se em seu propósito é construir uma filosofia política da libertação latino-americana à luz de uma perspectiva avaliativa geral centrada na clássica questão nacional. Busca demonstrar como a obra do filósofo panamenho cumpre sua intenção prática sob a égide da criação dos Estados Socialistas Unidos da América Latina. Para tanto, aborda sua concepção marxista da nação como uma dualidade constitutiva de problema e promessa, e sua missão emancipadora em uma sociedade socialista. Nossa leitura procura exemplificar em resumo essas premissas axiológicas no plano narrativo dedicado à reconstrução do período da descolonização hispano-americana do século XIX, reconectando-o com a dimensão crítico-utópica pertinente à tese das potencialidades atuais do processo emancipatório de independência como um modelo inspirador para a práxis revolucionária da classe trabalhadora e do povo no século XX. Esta revisitação hermenêutica visa incentivar futuras leituras atualizadas do arquivo de ideias do autor, em conjunto com outros nomes e legados dos marxismos periféricos do Sul.

Palavras-chave: Nação, Estado, classes, libertação, Hispanoamérica.

Liberation, class, and nation. The legacy of Ricaurte Soler revisited

Abstract

This essay aims to reconsider the central aspects that underpin the normative meaning of Ricaurte Soler’s intellectual project, focusing on his purpose of constructing a political philosophy of Latin American liberation in light of a general evaluative perspective centered on the classic national question. It attempts to demonstrate how the Panamanian philosopher’s work fulfills its practical intention under the banner of creating the United Socialist States of Latin America. To this end, it addresses his Marxist conception of the nation as a constitutive duality of problem and promise, and its emancipatory mission in a socialist society. Our reading seeks to summarily illustrate these axiological premises on the narrative plane dedicated to reconstructing the period of 19th-century Spanish American decolonization, reconnecting it with the critical-utopian dimension pertaining to the thesis of the current potentialities of the emancipatory independence process as an inspiring model for the revolutionary praxis of the working class and the people in the 20th century. This hermeneutical revisitation would like to encourage future updated readings of the author’s archive of ideas in conjunction with other names and legacies of the peripheral Marxisms of the South.

Keywords: Nation, State, classes, liberation, Hispanic America.

Liberación, clase y nación. El legado de Ricaurte Soler revisitado

Consideración preliminar

La más escueta semblanza biográfica sobre el filósofo marxista panameño Ricaurte Soler (1932-1994) no podría dejar de consignar su trayectoria académica. Se graduó en Filosofía y en Historia por la Universidad de Panamá como discípulo del filósofo argentino Ricardo Resta, doctorándose en París con dirección del filósofo y sociólogo franco-ruso Georges Gurvitch. Completó sus estudios de posgrado, también en Historia, en la Universidad Nacional Autónoma de México con orientación de Leopoldo Zea, quien devendría un interlocutor permanente de sus estudios, especialmente sobre el positivismo latinoamericano.

Profesor de Filosofía de la Universidad de Panamá, Soler publicó numerosos libros y artículos, muchos de ellos dedicados especialmente a indagar la historia y el presente de su país (Jalif, 2009; Prado Franco, 2019). Por mencionar unos pocos, cabe destacar entre otros: Pensamiento panameño y concepción de la nacionalidad durante el siglo XIX (1954); El positivismo argentino (1959); Estudio sobre historia de las ideas en América (1961); Formas ideológicas de la nación panameña (1963); Estudios Filosóficos sobre la Dialéctica (1973); Cuatro ensayos de historia (1987); El pensamiento político en Panamá en los siglos XIX y XX (1988); Panamá, historia de una crisis (1989); La invasión de Estados Unidos a Panamá. Neocolonialismo en la postguerra fría (1991).

Apresurémonos a añadir que Soler fundó en 1960 la revista Tareas, importante órgano difusor de la historia de las ideas y el pensamiento crítico latinoamericano que dirigió hasta su fallecimiento y sigue aún vigente como publicación periódica. Fue militante del Partido Socialista de Panamá y miembro activo del Instituto de Amistad Panameño-Cubano. Por lo que respecta a su participación en la vida pública panameña, baste mencionar que tomó parte, como docente universitario, del levantamiento estudiantil del 9 enero de 1964 (conocido como Día de los Mártires) contra la policía militar del ejército estadounidense en la zona del Canal. También brindó su apoyo –no incondicional– al gobierno del General Omar Torrijos desde comienzos de la década del setenta, por considerarlo de carácter antioligárquico y proto-socialista (Fernández Nadal, 2001). Se consolida así, en Soler, una posición fuertemente ligada a la tradición del antiimperialismo latinoamericano, en particular a las corrientes de denuncia y repudio del expansionismo norteamericano. Su obra puede inscribirse cabalmente, por consiguiente, dentro del vasto período histórico latinoamericano que Alberto Moreiras y José Luis Villacañas Berlanga definen como “poscolonialidad moderna” (Moreiras y Villacañas 2017, p. 22).

Dada la riqueza analítica y amplitud de miras –filosófica, historiográfica, sociológica, moral, política– desplegada en los estudios de Soler, es notorio que sus investigaciones trasponen cualquier frontera disciplinaria preestablecida (Allard Olmos, 2007). En el plano metodológico, el filósofo cubano Pablo Guadarrama supo acotar que toda “la aportadora obra intelectual del pensador panameño destila constantemente su clara intención de enfatizar el activo papel de las ideas como promotoras de las acciones emancipadoras de diferentes líderes sociales y políticos en la trayectoria de las luchas de los pueblos latinoamericanos” (Guadarrama 2023, p. 98).

Precisamente, creemos que el legado de Soler puede revisitarse desde la perspectiva teórico-metodológica de una historia de las ideas latinoamericanas autocomprendida en términos de filosofía práctica. Esto a su vez reclama la presencia del modelo de investigación hermenéutico-crítico que proporciona Arturo Roig cuando al subrayar lo que concibe como “la vocación práctica del filosofar latinoamericano”, recupera un linaje de intelectuales políticos –en cuyo canon el pensador panameño también se ve reflejado–, atinente a “lo práctico en el sentido de despertar potencialidades humanas en relación con todas las manifestaciones sociales, culturales y espirituales, línea ésta que se comprenderá con sólo mencionar a José Martí, a Eugenio María de Hostos y a José Carlos Mariátegui”, quienes confluyeron, con diversos matices, en “la necesidad de poner en marcha una ‘Segunda Independencia’”, y cuya “tarea sigue abierta, tanto por su interés teórico como por su perentoriedad” (Roig, 2000, p. 16).

Precisamente puede encuadrarse el sentido práctico-normativo del proyecto intelectual de Soler bajo la premisa de que la Segunda Independencia continental es todavía –entiéndase, también en nuestro siglo XXI– perentoriamente una tarea abierta.

Una tarea abierta: la creación de los Estados Unidos Socialistas de América Latina

Digamos para empezar que el hito narrativo organizador del conjunto del programa historiográfico-filosófico de Soler parte de la constatación de que la emergencia del imperialismo a finales del siglo XIX es el acontecimiento que cierra el ciclo de la historia del nacionalismo latinoamericano en su fase inicial. El hecho dramático al que asistimos en esta etapa –período análogo al que Arturo Roig denominó, con menos entusiasmo que el marxista panameño, “el interregno”–1 reside en la interrupción del amplio ciclo independentista, que aun tardíamente, en sus fracciones de clase con aspiraciones autonomistas más avanzadas, signaba la apertura de un horizonte emancipatorio de factibilidad real a escala continental. Ciertamente, dentro de un frágil espacio de posibilidad inherente a las pretensiones de autodeterminación soberana de los Estados nacionales en fase de formación, y cuyas tensiones estructurales de clase explican la cronicidad de sus guerras civiles. Contraído a clarificar esta circunstancia, pues, Soler deja entrever que, pese a sus limitaciones y contradicciones, el liberalismo en sus distintas aristas ideológicas y modulaciones filosóficas, constituyó originalmente un poder social nacional.

No se ha de insistir lo suficiente en el hecho de que para Soler existe una especificidad propia de las condiciones hispanoamericanas de surgimiento y constitución de los Estados nacionales. De cualquier modo incita a reconsiderar una temática que debe apreciarse a la luz de un aspecto central; el mismo radica en que esos Estados embrionarios, por impulso de sus clases más esclarecidas y progresistas, fueron liquidando poco a poco los centros de poder locales y aboliendo las formas de propiedad precapitalistas. Dichos sectores, en consecuencia, son los que definen la etapa en la que las clases socioeconómicas impulsoras del cambio organizan sus instituciones reformadas y luchan contra la fragmentación feudal. Una dimensión importante de este argumento es que la acción de estos grupos delimita así un período de nacionalización progresiva del que posteriormente defeccionarán. Por su parte, hace ostensible a primera vista que se trata de un primer momento en el que, incluso, algunos de sus representantes –y esto depara la atención de Soler en especial– exigieron la organización nacional a nivel de la unidad hispanoamericana. En realidad, en esta preocupación se funda su lectura filosófico-política del siglo XIX y la consiguiente propuesta de hacer de la revisión crítica de esta herencia liberal del nacionalismo independentista una lección práctica a retener en el horizonte de problemas propio de la revolución socialista-popular del siglo XX en América Latina.

Se comprende, ahora, por qué en la visión de Soler, la expansión transnacional del imperialismo dio término a este primer proyecto de autodeterminación nacional y continental de unos Estados hispanoamericanos cuya soberanía efectiva estaba aún en ciernes, pugnando por realizar la voluntad popular nominalmente democrática bajo el manto formal –débil y restrictivo– del republicanismo liberal. Una vez consolidada la emergencia del capitalismo neocolonial desde 1890 en adelante –singularmente agresiva con América Latina en el caso norteamericano desde comienzos del siglo XX, y facilitada desde el riñón mismo de la república de los notables–, se dio la amalgama de extraversión económica y posterior cooptación política de las clases y capas sociales que en una primera etapa de la organización nacional lucharon por homogenizar la sociedad civil en una dirección relativamente soberanista, promoviendo la transición a un modo de producción capitalista capaz de sostenerse por sí mismo al insertarse ventajosamente en la división internacional del trabajo impuesta por el capitalismo industrial incipiente.

Esta forma de encarar la historia del imperialismo en América Latina explica que el proyecto de investigación de Soler tome clara distancia frente a la Filosofía de la Liberación en su vertiente populista, más allá de haber participado junto a numerosos miembros de ese grupo en el Encuentro de Morelia de 1975 (Ramaglia, 2020). Pues esta perspectiva –sostiene el filósofo panameño, empero, sin personalizarla en firmas autorales–

Intenta sustituir la metodología marxista en el enfoque teórico de la cuestión nacional-hispanoamericana”, con lo cual, si bien “algunas de sus críticas parecen correctas, las premisas idealistas de que parten, y que no podríamos compartir, nos obligan a replantearnos, desde nuestras propias perspectivas, el problema nacional-hispanoamericano, el de su historia y el de su liberación (Soler 1981, p. 71).

Entre los rasgos comunes a ambas posturas –o sea las críticas que a Soler le parecen correctas de la Filosofía de la Liberación–,2 con todo, se pueden mencionar sus respectivas denuncias del imperialismo euro-norteamericano como variante geopolíticamente desnacionalizadora del desarrollo capitalista en la periferia del sistema, en general, y su impacto regresivo y distorsionante en las capas sociales más vulnerables de sus sociedades, en particular. Esto de un lado del frente polémico que recorre sus indagaciones, también por su costilla europea (Hobsbawm, 1977). Porque del otro lado del flanco de esta discusión interna al marxismo a nivel regional (Hernández Arregui, 1973), también el intelectual panameño busca romper –y ello en primer término– con las trabas interpretativas impuestas por lo que percibe como el internacionalismo ortodoxo de los partidos comunistas oficiales –euromarxismo– y su insatisfactoria estimación del papel histórico de las clases, estratos y personalidades que durante el siglo XIX enfrentaron en América Latina las relaciones de producción y formas de propiedad precapitalistas en función de la construcción de un Estado nacional. Soler tuvo viva conciencia de que fueron estos actores quienes diseñaron un proyecto de organización estatal auténticamente portador de los atributos de la soberanía y la independencia. La apropiación histórica de las modalidades del nacionalismo hispanoamericanista del siglo XIX, constituye entonces para el marxista panameño un instrumento legítimo de inspiración histórica al servicio de las luchas liberadoras del siglo XX. Esta primera aproximación –ya sugerida– debe ser replanteada más despacio.

A nivel semántico, la postura programática historiográficamente desplegada por Soler viene precedida de una aclaración terminológica que suministra él mismo. Efectivamente, cuando emplea el término Hispanoamérica, lo justifica debido a que este alude preferentemente a las naciones antes colonias españolas, mientras que los vocablos América Latina o Latinoamérica solo a finales del siglo XIX comenzaron a utilizarse con relativa frecuencia. Como quiera que sea, la expresión hispanoamericanismo –que aquí nada concede a las manipulaciones ideológicas de un panhispanismo de definición conservadora o reaccionaria–, y que notoriamente es la que prefiere empleare el autor, antecede –siendo posteriormente reabsorbida– a la voz latinoamericanismo, tal vez la que actualmente justificaría mejor su posición valorativa y metodológica general a nivel lexicográfico-conceptual.3

Su enérgico apartamiento del internacionalismo abstracto se comprende mejor si se tiene en cuenta quizá su rol de intelectual comprometido4 con su entorno, empezando por el inmediato de su propio Panamá y el mediato de la América nuestra. En el caso concreto que estamos analizando, el desplazamiento temático hacia la idea nacional como problema –que Soler efectúa críticamente al interior del marxismo latinoamericano–, surge de una idea de la formación de la voluntad revolucionaria rigurosamente atenida a la interpretación histórica de las herencias estatales postindependentistas y sus frustrados anhelos de modernización capitalista en condiciones relativas de autodeterminación soberana. Al evocar dicho período comprendemos que había entonces en Soler la necesidad de justificar esta concepción afirmativa de lo nacional científicamente, y no solo axiológicamente. Pues más allá de la densidad política que comporta este debate, siempre se trata para el autor de una convicción obtenida inductivamente, conforme a las leyes tendenciales de un materialismo histórico que se referencia en un corpus textual clásico, centrado principalmente en Marx, Engels, Lenin y en particular Trotsky, ciñéndose al concepto de desarrollo desigual y combinado, que explicaría las disparidades asincrónicas del desarrollo histórico y las contradicciones concretas presentadas por la realidad de la región (Olmedo 2023).

No es este el lugar para tratar la recepción del marxismo en la obra de Soler –pues ello requeriría un estudio pormenorizado–, pero no hay que olvidar que es su concepción y empleo de la metodología dialéctica la que configura su labor científica y práctica de prosecución en clave socialista de los –históricamente frustrados a la vez que pendientes– procesos de nacionalización democrático-radical de los Estados latinoamericanos. Por ello es destacable el acento puesto por Soler en un modo que busca reafirmar la pretensión de emancipación anticapitalista y autonomía soberana de los Estados nacionales en las sociedades periféricas dependientes del siglo XX –su promesa– como una conclusión racional que procede objetivamente de una explicación materialista y no solo del pathos subjetivo de una opción de valor por parte del escritor político que por cierto también el panameño era. Mucho menos se trata de una escisión entre ambas dimensiones –científica y ética–, sino de reconocer el inusitado esfuerzo de este filósofo Calibán5 por integrarlas en su desempeño público como intelectual cívicamente responsable. Lo que está en el fondo de estas preocupaciones concierne a la primacía de la praxis, y puntualmente al rol a asumir por la clase obrera en la formación de una voluntad revolucionaria legitimada en términos de realización ulteriormente comunista de la soberanía popular. Esta perspectiva se dirime – escribe Soler– por “la creación de la nación socialista latinoamericana”, conforme a la “convicción de que a los objetivos de la liberación nacional” se llega únicamente a través de “la socialización de los medios de producción y cambio, y de la creación de los Estados Unidos Socialistas de América Latina” (Soler 1976, p. 14).

Esta forma de entender las relaciones entre marxismo y nacionalismo –la construcción revolucionaria de los Estados Unidos Socialistas de América Latina– supone en el filósofo panameño quebrar un prejuicio hondamente arraigado en la cultura de izquierdas. Para comprender esta forma de vinculación es importante referir primero la importancia que tiene en las investigaciones historiográfico-intelectuales de Soler la distinción, para toda América Latina, entre nación y anti-nación, y correlativamente, entre clases nacionales y clases antinacionales. Una vez aclarados estos aspectos, Soler busca determinar las estrategias y métodos por cuyo auxilio las clases sociales negaron y niegan –tanto como de las que promovieron y promueven– un proyecto de afirmación y consolidación estatal-nacional. Así pues, suscitando otra implicación polémica en el frente interno del debate marxista, Soler cuestiona vigorosamente lo que caracteriza como la mirada sobre lo propio desde afuera. Se trata de una perspectiva sobre la idea nacional, dice, restringida por obstáculos “ideológicos, que pueden disfrazar los intereses ceñidamente nacionales de cualquier Estado que a sí mismo se presente como ‘auténtico’ realizador del socialismo” (Soler, 1981, p. 78). Se trata de una visión estrecha y prejuiciada, que se resiste obcecadamente a admitir que en la facticidad histórica, si efectivamente “la socialización de los medios de producción y cambio se ha realizado dentro de los marcos de los Estados nacionales, esto mismo hace imperativa la tarea de realizar la teoría y la práctica de la internacionalización desde adentro”, asumiendo –inmanentemente– “la apropiación, racional y discriminada, de toda la experiencia humana surgida de la aparición y desarrollo históricos del ser nacional” (Soler 1981, p. 78).

La postulación de un enfoque localizado desde dentro de la cuestión nacional hispanoamericana tiene como propósito rector alcanzar una mejor aproximación al tema de la legitimidad del proyecto de integración regional, y al carácter, forma y contenido de la revolución socialista del siglo XX como legítima heredera de las revoluciones independentistas del siglo XIX. En virtud de esta meta valorativa última, es preciso delinear y amparar el carácter específico de la nación frente a las clases e individuos que la integran. Ciertamente –admite Soler–, el hecho de que los primeros Estados Nacionales exhiban un contenido burgués debido al agente histórico que promovió su organización, ha conducido a la ilegítima equiparación entre ser-burgués y ser-nacional. Empero, tal ecuación –nacional=burgués– olvida un dato decisivo de la modernidad capitalista periférica. A saber, la variada gama de mediaciones a través de las cuales las naciones se han constituido, y siguen constituyéndose, en la historia contemporánea y actual excediendo los intereses antifeudales de la burguesía triunfante. Por ello el autor señala que en “identificar la comunidad nacional con los agentes históricos de su organización en Europa consistió el primer error de una investigación que se creía marxista cuando, en verdad, sólo asumía premisas euromarxistas” (Soler 1981, pp. 136-7).

Tales objeciones –de profundas raíces mariateguianas (Candanedo, 2019)–, conducen a Soler a la certeza de que solo dentro de los parámetros filosóficamente realistas de una concepción socialista de la emancipación hispanoamericana, resulta asequible la comprensión y valoración adecuadas de la revolución nacional cubana de 1959, siendo la primera concreción plena de aquella utopía de Nuestra América que expresó Miranda en 1783 y que Martí reclama, revolucionariamente, desde 1889 para una Segunda Independencia. A la vez, el filósofo panameño considera que aún en su propio presente –décadas del setenta y ochenta del siglo XX– se estaba lejos de haber agotado las posibilidades revolucionarias ofrecidas por esa dialéctica concreta, válida todavía en el modelo socialista cubano, aunque pronto cancelada en la vía chilena de transición al socialismo. Por lo que respecta a esta malograda experiencia, Soler –que, como tantos intelectuales latinoamericanos de izquierda, abrigó férreas ilusiones sobre el gobierno de Allende– manifiesta que semejantes “reveses del movimiento revolucionario latinoamericano hacen pensar que graves errores y desenfoques teóricos” son lo que “han impedido formular una estrategia correcta que permita transformaciones radicales o, al menos, avances irreversibles”, debido a lo cual, el “ajuste focal obliga a una consideración especial del análisis del problema nacional hispanoamericano y, dentro de ese marco, del análisis histórico y actual de las clases sociales y sus luchas” (Soler 1981, p. 15). A sus ojos, sin embargo también es preciso plantear autocríticamente, y siempre desde un punto de vista rigurosamente materialista-histórico, que si se supuso al cabo que el “civilismo y el institucionalismo históricos de la nación chilena permitiría la transformación revolucionaria de la sociedad mediante reformas legales progresivas” –pues “Chile no era, efectivamente, «una república bananera»”–, sin embargo “el colonial-fascismo, y la tragedia de hoy, enseñan que el dato primero para una política, incluso si aspira a evitar la sangre, no radica en ninguna especificidad institucional, sino en las condiciones reales ofrecidas por las clases y sus luchas” (Soler 1981, p. 17).

Mirado de este modo, en el plano teórico Soler juzga que en nuestra región no es aplicable la tesis de que el Estado moderno es nacional por su forma y burgués por su contenido, como en Europa. Antes bien, en los Estados del mundo subdesarrollado –en los que sus clases progresistas han de enfrentar simultáneamente la absorción capitalista externa y la disolución precapitalista interna–, si bien las formas, institucionalidad y superestructura burguesas son condiciones necesarias para su supervivencia, en rigor la afirmación nacional es el sujeto y el objeto de estas. Pues en las sociedades periférico-dependientes latinoamericanas, al revés de lo que acontece en los centros, el Estado es burgués por su forma, pero nacional por su contenido. Esto obedece a sólidas razones históricas. En el proceso independentista, el proyecto de constitución de la democratización formal hizo que las instituciones republicanas permitieran a la pequeña burguesía urbana alcanzar un papel socialmente significativo, gracias a su inserción en el aparato estatal. Diacrónicamente, ella será el principal agente histórico en la formulación, tanto de la teoría local centralista como del posterior nacionalismo federativo de la unificación continental. De aquí procede, entonces, la legitimidad histórica de la conciencia nacional-estatal; y de esto también se deriva el carácter nacional integracionista que necesariamente debe adquirir el proyecto de la revolución socialista hispanoamericana. Sincrónicamente –a través de un acompañamiento crítico de la llamada Teoría de la Dependencia–, Soler interpreta que las particularidades del mundo subdesarrollado conllevan definir como nacional sus objetivos revolucionarios más asequibles. Se debe ello a la dialéctica específica que rige las relaciones entre el Estado y las clases sociales en situaciones neocoloniales. Eso significa, en su opinión, que si en “los países dependientes el imperativo de la afirmación nacional –en nuestro caso, incluso, el de la afirmación nacional-hispanoamericana– no es independiente sino expresión heterónoma de las clases que lo promueven”, empero, “en cada momento su proyecto nacional –y con mayor razón, entre nosotros, el nacional-hispanoamericano– sobrepasa las posibilidades reales ofrecidas por una economía subdesarrollada”, de modo tal que, insoslayablemente, el “fortalecimiento del aparato estatal se convierte así en el instrumento inmediato de la afirmación nacional” (Soler 1981, p. 139).

Una primera consecuencia de este planteo de Soler –fortalecer el Estado es el modo inicial y central de afirmar la Nación– consiste en reponer para el presente el ideal hispanoamericanista del proyecto de liberación bolivariano –y de gran parte de la conciencia republicana del independentismo revolucionario–, donde, en ausencia de una burguesía nacional poderosa, cada cambio importante transforma al propio Estado en mediación autónoma frente a las clases sociales. De aquí que Soler proclame –siempre con miras a legitimar la dimensión socialista del nacionalismo liberacionista a escala continental– que, si históricamente queda comprobado que “en cada momento de su despliegue la idea nacional-hispanoamericana ha sido trascendencia, a una esfera más amplia, de las fuerzas sociales que realmente actuaban renovadora y revolucionariamente en el seno de cada recortado fragmento del continente”, corresponde interrogarse entonces si cabe “renunciar a esta herencia histórica”, precisamente por ser ésta “una pregunta que importa hacer a los sustentadores actuales de abstractos internacionalismos” (Soler 1981, p. 137).

Independientemente de la validez de este diagnóstico histórico y sus implicancias coyunturales, puede advertirse que Soler, al mantenerse siempre distante de las variantes del marxismo que permanecen ciegas ante la incidencia crucial del fenómeno nacional en las sociedades periférico-dependientes, despliega un particular interés científico en mostrar los potenciales emancipatorios del bonapartismo y del populismo en la legitimación de los Estados latinoamericanos. Efectivamente, el pensador panameño considera que, si bien no se puede desconocer el carácter espontáneamente conciliador entre las clases explotadas y explotadoras que el populismo y el bonapartismo asumen respectivamente en sus primeras fases de surgimiento, sí es menester admitir las posibilidades nacional-revolucionarias de ambos modelos políticos en el largo plazo. Soler entiende por bonapartismo la conformación de un poder estatal relativamente autónomo frente a las clases y sus luchas, que en determinadas situaciones históricas orienta el proceso económico arbitrando los conflictos sociales. Tampoco pierde oportunidad de subrayar que en el mundo subdesarrollado, dada la debilidad estructural de las clases dominantes, el Estado tiene por sí mismo un carácter bonapartista que con frecuencia se manifiesta en gobiernos populistas o en dictaduras plebiscitadas, abriendo así la posibilidad, en ambos casos, de su transformación en regímenes nacional-revolucionarios que conduzcan a la efectiva socialización de los medios de producción y cambio mediante la movilización activa de los sectores populares.

En este sentido, hay que tomar en consideración que en el caso de los países periféricos el Estado es débil frente al poder extranjero, aunque relativamente fuerte frente a las clases internas. Pero en Soler se trata de algo más: de esta fuerza interior del Estado surge la centralidad que en América Latina asume el fenómeno del populismo y de lo nacional-popular. De esta forma, mientras que el autor define un primer matiz, en América Latina, teniendo en cuenta “movimientos políticos de masas que desbordando coagulados esquemas partidarios enfrentan el poder antinacional oligárquico e imperialista sobre una base social en la cual confluyen clases con intereses distintos, e incluso contradictorios”, a su vez destaca una variante terminológica suplementaria que expresa la “necesidad táctica de considerar los rasgos positivos del movimiento en su carácter antioligárquico y anti-imperialista”, tal como sucediera en la “coyuntura de la gran depresión de los años treinta y de la segunda guerra, con el impulso industrial a que dio lugar en Latinoamérica”, cuando “la clase obrera nuevamente evidenció su misión nacional al concurrir a los clásicos movimientos populistas de Lázaro Cardenas, Vargas, Chibás y Perón” (Soler 1976, p. 40).

Por razones indisociablemente teóricas e históricas, creemos que debe mencionarse que esta conceptualización nos remite a la íntima ligazón que entabla Soler entre la exposición diacrónica de las modalidades ideológicas periféricas de legitimación del poder estatal y el análisis sincrónico de sus funciones y potencialidades en los horizontes políticos nacionalmente singularizados del presente. De ahí su conclusión, a la vez metodológica y axiológica, respecto a que “la historia cultural, en particular la historia de las ideas políticas en Nuestra América, constituye la materia a partir de la cual intentamos aproximarnos a una filosofía política de la liberación hispanoamericana”, al resultar “claro que sin materia histórica sólo podríamos esbozar el diseño de una fantasía política” (Soler 1981, pp. 71- 72).

La nación, medio de formación del mañana

Pero hay algo más, y en este punto, vital para su argumentación. Como ya se ha advertido reiteradamente, Soler considera que el énfasis exclusivo en los condicionamientos externos de la dependencia económica reproduce una imagen de los países periféricos latinoamericanos unilateralmente definida como reflejo pasivo de la dominación neocolonial de las sociedades centrales o de capitalismo avanzado. De ahí que un motivo insistente sobre el que gira el autor pase por sortear los escollos del reduccionismo economicista que en su opinión aqueja a ciertas variantes marxistas de las Teorías de la Dependencia. El determinismo de la base material de la sociedad, en cuanto invalida la fuerza explicativa de la autonomía relativa de las superestructuras institucionales e ideológicas, opone obstáculos insalvables a todo estudio serio de la especificidad del fenómeno nacional en contextos periféricos. Este error –que para Soler es la vez teórico y práctico– estriba en diluir su autonomía cualitativa en la red de relaciones, complementarias o contradictorias, de las clases que lo integran y de los conflictos estructurales que protagonizan. En este sentido no puede extrañar el rechazo de Soler a la tesis de que la desaparición de la nación es tarea imperativa de cualquier proyecto revolucionario. Pues ello implica desconocer que la nación es una realidad eminentemente política.

No se trata de atenerse unilateralmente a las evidencias ofrecidas por la historia de las luchas políticas para desentrañar la articulación social interna de la vida nacional con la historia económica; con ello solo se ha conseguido que lo político desaparezca como fenómeno sometido a su propia dinámica y avatares. Siempre según Soler, al incurrir en una evaluación mecánicamente materialista del problema, es la negación de la especificidad de lo nacional la que condujo, alguna vez, a la previsión, no confirmada por la historia finalmente, de que la liquidación de las relaciones de producción capitalistas daría lugar, en el corto plazo, a la instauración de una sociedad socialista a escala internacional, y ello sin contar los traspiés que en la práctica política inducía aquella premisa filosófica. En palabras del autor, si es “a la desaparición de los Estados nacionales, y no de las naciones, a lo que preferentemente se apunta cuando se alude al freno que aquéllos implican en cuanto al desarrollo de las fuerzas productivas”, aun así, “la proposición sigue siendo economicista y censurable por lo que elude considerar en cuanto al aspecto ético y filosófico de todo auténtico humanismo marxista” (Soler 1981, p. 76); antes bien, se trata de entronizar la imagen del “hombre que nace de la heterogeneidad concreta de las diferencias nacionales, que es apenas una entre las muchas formas a través de las cuales se da en el individuo la manifestación de una riqueza de personalidad”, ya que la “nación no es, pues, el vehículo para la formación del hombre personalmente indiferenciado del futuro” –o sea de un socialismo abstractamente cosmopolita–, sino más bien “uno de los más ricos medios para la formación del mañana” (Soler 1981, p. 77).

El alcance de la polémica se evidencia al constatar que, en las condiciones propias de la historia hispanoamericana, las clases empeñadas en la organización estatal-nacional no lograron la formación de naciones a través de un esquema a la larga monárquico-parlamentario, como en Europa, sino a través de un diseño republicano-bonapartista. Para el autor, en esto consiste lo específico de la cuestión estatal-nacional hispanoamericana durante el siglo XIX y durante su presente en el siglo XX, pues es también lo que explica la centralidad política y cultural de los gobiernos populistas en la región. Tendencia secular –con sus respectivas variantes– que las primeras dos décadas del siglo XXI en países como Venezuela, Brasil, Bolivia, Ecuador, Uruguay y Argentina no hizo más que confirmar. También es necesario advertir que para Soler, si bien el fenómeno nacional es históricamente inseparable del período de transición al capitalismo –pues cobra su plena significación precisamente en cuanto crea la comunidad económica que lo hace posible–, ello no implica que cualquier unidad económica asegure la existencia nacional. En la visión de Soler, únicamente es nacional la comunidad económica que hace posible el desarrollo capitalista, más allá de su grado de despliegue interno.

En este punto se hace necesario traer a colación otra implicación normativa decisiva de la narrativa historiográfica de Soler. Según su evaluación, las guerras de independencia constituyeron un marco dentro del cual todas las clases de la sociedad hispanoamericana expresaron, con mayor o menor conciencia, sus intereses y aspiraciones. Así, es en este período que las clases dominadas lograron avances relativos en cuanto a la democratización real de la sociedad, sobre todo en lo que concierne a la gradual eliminación de la esclavitud y a la igualdad política de las razas y de las castas, ellas mismas, en dicho proceso original de descolonización, imposibilitadas de proponer un concepto propio de república o de nación. De aquí que correspondiese a las fuerzas que objetivamente representaban el progreso económico, social e ideológico, realizar el diseño de la organización de los distintos Estados nacionales hispanoamericanos, tanto como intentar la representación conceptual o justificación filosófica de su trascendencia en la solidaridad regional y la integración continental. Se trata de las fuerzas sociales que políticamente se expresaban en las distintas organizaciones del liberalismo, particularmente las que asumían formas democrático-revolucionarias. Por ello es que el proyecto hispanoamericanista del liberalismo postindependentista se concretó finalmente en la idea de una federación, liga o confederación de Estados.

Ello puede prestarse a confusión si se perdiera de vista la especificidad del nacionalismo independentista, subsumiéndolo tipológicamente en el nacionalismo europeo de las revoluciones burguesas. La ambigüedad desaparecería si se designara como nacionalismo a fenómenos más amplios y heterogéneos que los que acontecieron en el teatro europeo. A este respecto, Soler reconoce que si en Europa, evidentemente, las naciones surgen en relación directa con la disolución de las relaciones de producción feudales, en cambio, al analizar la particularidad histórica de los procesos de descolonización hispanoamericana postindependentista, debe conferírseles a las clases medias –pequeña burguesía urbana y agraria– un papel trascendente en el proceso de conformación de los Estados nacionales. Esta historización del fenómeno nacional articula sincrónicamente sus condiciones diferenciales de aparición con el capitalismo ascensional (Rodríguez Patiño 2010). Al evocar dicho período comprendemos que había entonces una participación decisiva de estas capas medias, urbanas y rurales, junto al componente de los caudillos militares. Pues fueron estos actores sociales los que, desde la cúspide del Estado, forjaron las modernas naciones americanas y constituyeron la democracia radical por oposición a las expresiones más conservadoras y reaccionarias de la democracia liberal instituida principalmente por la burguesía comercial.

Las virtualidades vigentes de la praxis independentista como modelo de democracia revolucionaria

En este momento ya debe ser evidente que el interés de Soler por definir el alcance histórico y práctico de la idea de democracia radical surgida en la etapa independentista hispanoamericana, constituye para su enfoque historiográfico-intelectual un tema de capitales consecuencias prácticas en el estado de la discusión ideológica y política. Y es posible sospechar que las valoraciones concernientes al proceso independentista asumen en este autor un estatuto programático; originaron un modelo de formación radical de la voluntad democrático-popular cuya realización en la praxis aparece como una tarea pendiente aún a finales del siglo XX. En el fondo de esta postura late un estímulo político de recuperación sistemática del ciclo de la descolonización independentista estatal-nacional como proyecto revolucionario inacabado de la liberación latinoamericana reconfigurada en clave socialista. Será oportuno detenerse, siquiera brevemente, en lo que podríamos considerar el núcleo normativo rector de esta narrativa histórico-política.

La manifestación más acabada de esta apreciación resulta visible en el hecho de que Soler considera que desde la época de la independencia, la democracia liberal en sus variantes más contrarias al orden colonial había expresado los intereses, proyectos e intenciones de diferentes protagonistas sociales de la revolución independentista, pese a sus límites notorios. No se entiende si no por qué junto a ella se ven surgir estilos de una democracia radical de cuño agrario, urbano-jacobino y de grandes jefes revolucionarios. Convergieron estos tres agentes históricos, según ello, en el contexto ideológico más amplio de la democracia liberal, pues su objetivo último era la implantación de Estados nacionales dotados de formas jurídicas e instituciones democrático-burguesas. Sin embargo, este cuño liberal no debe entenderse erróneamente en términos simplistas como reforma librecambista, ideología europeísta o promoción refleja de un federalismo norteamericanizante. Sobre estas bases, pero a distancia, se instalará una nueva concepción de ese universo político liberal cuando presente modalidades propias, americanas, inherentes a las fuerzas sociales realmente existentes en la hasta entonces América ibérica.

Conviene observar que, para Soler, en el proceso histórico latinoamericano se debe entender por democracia radical, principalmente, todos aquellos movimientos populares –con reivindicaciones sociales definidas– que obtuvieron avances en la articulación nacional respecto del orden heredado de las formaciones sociales precapitalistas. No se trata, pues, de cualquier insurgencia que, desde abajo, implique un cuestionamiento del orden establecido desde facciones territorialmente estrechas o vindicaciones puramente sectoriales, sino sólo de aquellos movimientos que, aun contradictoriamente, definen un proyecto de organización nacional empeñado en superar las relaciones de producción precapitalistas. En este empeño, los grandes dirigentes de la revolución, en particular Bolívar, lo mismo que los máximos exponentes del radicalismo pequeñoburgués y jacobino, optaron por el centralismo como forma de gobierno, puesto que en la etapa de las guerras de emancipación ésta era la alternativa que más convenía al imperativo de estructurar las emergentes nacionalidades en función del objetivo prioritario de liberar al Estado de las ataduras coloniales. Solo en este margen coyuntural es que el federalismo se constituía en un obstáculo para el establecimiento de un aparato estatal que pudiera afirmarse con independencia y por encima de los intereses locales y regionales.

Según lo acabamos de insinuar, mientras el aparato estatal revolucionario estuviese a merced de los acontecimientos bélicos, queda puesto de manifiesto que el centralismo se erigió contra el federalismo a favor de las fuerzas históricas operantes del cambio social revolucionario. Es así que, en interés de su propia conservación, imponer un límite a la fragmentación federalista y lograr un consenso entre los antagonismos raciales y sociales, se convirtió en objetivo fundamental e inmediato de las clases dominantes y de los mandos revolucionarios. En consecuencia, es preciso identificar como demócratas-radicales únicamente a aquellos procesos de raíz popular que a partir de la independencia procuraron realizar en forma centralista el proyecto de la organización nacional desde las demandas sociales de las clases subordinadas. Si las luchas de liberación nacional, al crear el marco adecuado para el despliegue de todas las fuerzas sociales latentes, establecieron también el escenario dentro del cual han de nacer las principales tendencias de radicalización democrática, éstas no desaparecieron, sin embargo, en el transcurso del siglo XIX. La legitimación del modelo federal se nutre de una instancia posterior a la del período centralista bélico-revolucionario, en el cual empero abreva su vena democrática popular.

Sin embargo, la cuestión de la democracia radical en relación a la formación de una voluntad nacional, sobre la que gira Soler, registra una matización sociológica no menor con referencia a la energía impulsora de las ideas políticas que la mediatizan en un comienzo. Pues como adelantáramos, en esta época revolucionaria, la democracia liberal de inspiración ilustrada se constituyó en el vehículo ideológico de las clases propietarias más avanzadas, que combatieron la explotación colonial y contribuyeron a forjar los primeros fundamentos institucionales del Estado-nación. Soler percibe en ello el aporte fundamental del radicalismo agrario, que, desde abajo, concurría a la formación nacional. Pero la lucha armada estimuló también la tendencia a construir desde arriba la organización nacional, utilizando, a tal efecto, el poder del aparato estatal en formación y la garantía de la unidad y disciplina de los ejércitos insurgentes ya a nivel de una coalición entre Estados frente al enemigo exterior. Ello señala el momento en que la Confederación Hispanoamericana –aspiración de todas las clases revolucionarias– apareció como esquema posible de organización. Recién entonces, como ya dijimos, es que para Soler resulte falso que el federalismo proceda de una simple importación del modelo norteamericano, sin adecuación alguna a la lucha de clases endógena. Claro que en la fase independentista demoradical, primó una forma de nacionalismo hispanoamericanista que fue declinando paralelamente con el desvanecimiento de los potenciales progresistas de las clases que lo sustentaron a través de un frente policlasista, en el cual la pequeña burguesía y las capas medias asumieron un papel protagónico en las instancias ideológicas y políticas. Más, este tipo de nacionalismo económico y cultural, si bien perdió apoyo entre los comerciantes librecambistas y los hacendados apegados al monocultivo, quedó mitigado pero no extinto en muchos sectores de aquellas capas medias y de la pequeñaburguesía. Es esta permanencia lo que permitirá, a finales del siglo XIX y principios del XX, un reordenamiento de clases que enarbolarán, con otra significación social –continuidad y ruptura– las mismas aspiraciones nacionalistas e hispanoamericanistas, forzadas al repliegue por la democracia liberal decadente asociada al capital extranjero. Ya que son precisamente aquellas banderas –apunta Soler– las que “cobrarán forma, políticamente, en movimientos populistas, partidos radicales y socialismos nacionales”, y lo que explica por su parte que en “el mundo antillano estas tendencias, directamente enfrentadas a la emergencia del imperialismo”, lleguen a adquirir “las características de un nacionalismo revolucionario, o de lo que desde 1912 Lenin denominaba democracia revolucionaria” (Soler 1986, p. 189).

Una dimensión importante de este argumento crucial indica que en América Latina las formaciones nacionales surgen enfrentando simultáneamente el colonialismo externo y las fuerzas disociadoras del precapitalismo interno. Esto obedece a que los factores espontáneos de unificación presentes en el capital mercantil no bastaron, muchas veces, para consolidar la unificación de la sociedad nacional. De ahí que sea la coerción estatal el agente nacionalizador por excelencia. Semejante misión coercitiva del Estado explica cómo en la historia latinoamericana del siglo XIX, el surgimiento de naciones haya ocurrido incluso cuando ya no era posible la convergencia propicia del absolutismo político y del mercantilismo económico. Nunca se desempeñó el Estado como agente pasivo en la constitución de las naciones; ni siquiera cuando apareció en la escena histórica, a principios de la modernidad. Jamás dejó de ejercer su función coactivamente integradora de la población civil, en esto sí de un modo análogo a uno y otro lado del Atlántico. Esa nacionalización coercitiva, en la sociedad burguesa –señala Soler–, “da la medida de su carácter progresista lo mismo que la de sus límites y contradicciones”, pues desde el “punto de vista del fenómeno nacional la principal de estas contradicciones se reveló en aquellos casos en que la coerción homogeneizadora era implantada por un solo Estado a una pluralidad de naciones existentes en su seno” (Soler 1986, p. 17).

A su vez, este esfuerzo en pro de un registro que permita comprender el fenómeno de la pluralidad de naciones conduce a Soler a insistir en que las solas determinaciones de comunidad territorial, relaciones económicas, lengua y cultura, son insuficientes por sí mismas para explicar la conformación de una unidad cívica nacionalizadora sin tener en cuenta la centralidad de su aparato de fuerza estatal, que en el largo siglo XIX latinoamericano siguen alimentándose de sus ejércitos. No deja de ser interesante que Soler procure retener analíticamente para el entendimiento historiográfico la dialéctica entre los aspectos materiales y los institucionales y eidéticos en los procesos de construcción de naciones. Desde su visión, de lo que se trata en América Latina en la época de la construcción de sus Estados nacionales es de solidarizar la estructura y la superestructura sociales como la vocación esencial de toda comunidad nacional. Aquí reside la función clave del Estado posrevolucionario como instancia estratégica de transformación histórica.

Siendo fiel a los principios esgrimidos, Soler bosqueja un análisis donde muestra cómo en nuestro continente, desde el período independentista, las distintas clases sociales que participaron en las guerras de liberación anticolonial diseñaron su propio concepto de lo nacional, ajustado a sus específicas reivindicaciones locales y regionales. Lo mismo aconteció respecto a su propia percepción de la idea de nuestra América. Así pues, si bien la dirigencia revolucionaria, en interés del éxito de la causa emancipadora, hubo de atender a diversas y contradictorias aspiraciones en un primer esfuerzo de organización de la unidad nacional, con todo, ya el mismo proceso políticamente descolonizador había permitido despejar las distintas fuerzas sociales que también terminarían aceptando que el objetivo indelegable de todas sus luchas era la creación e integridad de la Nación. Así, mientras que de la democracia radical agraria surgieron las primeras formulaciones que vinculaban lo nacional con la redistribución de la tierra, del jacobinismo urbano y pequeñoburgués emergió la tendencia a erigir el Estado en fuerza propulsora y árbitro supremo de la organización nacional. Si coyunturalmente, dice Soler, “los grandes caudillos americanos, Bolívar en especial, resumieron e interpretaron la diversidad social esbozando un proyecto nacional de alcance hispanoamericano”, no hay que olvidar que ese “proyecto tenía como fundamento el hecho de que cada clase se percibía a sí misma como americana y conocía de su existencia en toda la extensión de los pueblos «antes colonias españolas»”, de modo que no es “de extrañar, por ello, que aun los sectores empeñados en preservar modos de producir y formas de propiedad precapitalistas se apresuraran a proponer una institucionalidad supuestamente ‘nacional’ que se extendería, incluso, al ámbito continental hispanoamericano” (Soler 1986, pp. 267-268).

Esta mirada está situada en un presente capaz de juzgar normativamente la proyección hispanoamericanista incardinada en la raíz de los idearios demoradicales que serán retomados con un sentido antiimperialista desde fines del siglo XIX. Las guerras de independencia se desarrollaron en el marco de una conciencia americana diferentemente ajustada a las diversas exigencias ideológicas de las clases insurgentes. No obstante, pese a que esa conciencia americana perdió ímpetu y consistencia en la práctica y la teoría de la organización nacional del siglo XIX, en verdad nunca, como decíamos, desapareció. En este sentido, tampoco perdió validez el ideario de la nación hispanoamericana –y latinoamericana, incluyendo el Brasil y a los otros países de habla no española– como proyecto utópico. Los análisis de Soler, así, están centrados en la premisa de que las naciones latinoamericanas se constituyeron históricamente a partir de la independencia al calor de procesos que nunca podemos pensar definitivamente clausurados. Y no parece, en verdad, improbable que, si bien estas motivaciones ideológicas integracionistas fueron tildadas de pequeñoburguesas, lo mismo las del siglo pasado que las del presente, su radicalismo democrático siga siendo una tarea pendiente y prioritaria en el diseño de nuestras políticas de la emancipación. Puesto que –como dice Soler– aunque no “hay una nación latinoamericana ‘desaparecida’ en el pretérito que es preciso ‘restaurar’ en el presente” –en tanto la “continuidad histórica no excluye, por cierto, las fracturas y las discontinuidades”–, empero, “la nación latinoamericana, como proyecto empeñosamente reiterado desde la emancipación hasta nuestros días”, pese a todo “sólo podría encontrar su posibilidad real, y su racionalidad histórica, en cada uno de los recortados fragmentos del continente que, constituidos ya como naciones, no podrían dejar de aportar a la comunidad latinoamericana el caudal de cada irrenunciable memoria colectiva y de cada específica autoconciencia” (Soler 1986, p. 29).

Una lectura atenta, sin embargo, muestra el exacto alcance de esta aseveración. En ello cabe tener en cuenta que la igualdad de los integrantes de la nación española era el postulado a partir del cual se planteaban las reivindicaciones americanas públicas, inmediatamente anteriores a las declaraciones de Independencia. Esto es, que no revelaban el propósito independista como tal, más bien presente en la forma y el contenido de los documentos y requisitorias clandestinos. En consideración de los puntos de partida de la conciencia nacional hispanoamericana, ésta es ya perceptible en el concepto de que América, y por tanto los americanos, forman parte esencial de la unidad del imperio y, más concretamente, de la unidad de la nación española. Es así que a la patria de los españoles europeos enfrentará la patria de los españoles americanos. En consecuencia, la patria no es percibida, en primer término, en los estrechos límites de cada audiencia, presidencia, capitanía general o virreinato, sino en los más amplios del continente hispanoamericano en tanto tal. Lo que explica precisamente el contenido programático de la expresión Nuestra América de Martí en su texto de 1891, asimismo deudora del patriotismo político. Éste se afirma en defensa de los derechos americanos conculcados por los españoles peninsulares, a su vez fundados en los derechos universales del hombre, y por tanto del hombre americano, negados por el despotismo monárquico. De este modo, no es la historia de los distintos pueblos del continente la que asumen los españoles-americanos, sino la propia historia americana. Como explica Soler, “la apropiación de la historia de América se realiza en función de una patria continental (la de los españoles americanos) concebida como unidad totalizadora”, ya que incluso “cuando se establecen distinciones geográficas entre ‘ambas Américas’ –América Septentrional o ‘Nueva España’, América Meridional o del Sur– éstas se hacen en el supuesto de la unidad social y nacional primigenia” (Soler 1986, p. 42).

Suprimidas las delimitaciones de ilusorias identidades nacionales preexistentes –étnicas o culturales–, Soler vuelve una y otra vez, desde distintos ángulos, a constatar que durante el período de las guerras independentistas se abrió cauce la idea de que existía una nación hispanoamericana que legitimaba la erección de varios Estados, incluso tendencialmente uno solo, adecuando su organización al supuesto de la nacionalidad continental heredada del orden colonial como complexión formal no sustancial. De ahí que, en rigor, los particularismos regionales eran más bien vistos como obstáculos transitorios, artificiales, que impedían la natural reunificación de las sociedades anteriormente identificadas por la red de vínculos políticos establecidos por el Imperio español. Como quiera que sea, Soler insiste que al “culminar las guerras de independencia la idea de un ‘ser’ de la nación hispanoamericana tendió a desplazarse en favor del concepto de su deber ser”. Y ello “sin que, por otro lado, desapareciese por completo una difuminada presunción en el sentido de que la realidad del ser nacional hispanoamericano de alguna manera, no comprendida, había sido velada por fuerzas sólo transitoriamente predominantes”, lo que no impidió, empero, que “en las inteligencias más lúcidas” se elevara “a primer plano la convicción de que organizar la nación hispanoamericana constituía un imperativo político, y aun ético, frente a las extendidas prácticas absorbentes de europeos y norteamericanos”, dado que los “márgenes más flexibles del deber-ser facilitaban, por otra parte, la extensión de la idea hispanoamericana”, y porque la “noción de una comunidad latinoamericana, que explícitamente comprendía al Brasil, comenzó entonces a aparecer como factor indesligable del imperativo de nuestra integración continental” (Soler 1986, p. 199).

Soler buscó sin cesar, al desplegar esta reconstrucción narrativa a escala continental, demostrar que la irrupción del imperialismo hacia las últimas dos décadas del siglo XIX tuvo como efecto inmediato la pérdida de la dirección pequeñoburguesa en el bloque liberal, con su consiguiente giro conservador. Desde entonces –como adelantáramos–, serán otros los frentes de clases que resistirán la desnacionalización imperialista. Las clases que se mostraron limitada y contradictoriamente nacionales durante el siglo XIX comenzaron a partir de ahí a adquirir un cariz cada vez más antinacional en la medida en que estrechaban sus vínculos de dependencia a través de los préstamos privados, y en proporción directa con el entrelazamiento de sus intereses y el incesante acrecentamiento de las inversiones extranjeras. La burguesía comercial fue cada vez menos propensa a la unificación económica territorial con miras a hacer expedito el circuito de la circulación y vincularse cada vez más a la distribución limitada a los centros urbanos, en franca expansión demográfica pero relativamente desconectados de la sociedad agraria de las vastas zonas interiores. Los terratenientes, por su parte, sólo excepcionalmente habían logrado desarrollar relaciones de producción capitalistas en sus haciendas que, en tanto productoras de bienes primarios destinados fundamentalmente a la exportación, dependía de las fluctuaciones internacionales de los precios. En este período, la expansión imperialista no significa simplemente un eslabón más en la cadena de dependencia y subordinación, sino, aún peor, la desnaturalización de la significación nacional de las clases que con anterioridad promovían la organización del Estado.

Por todo esto y en fin, en el relato hispanoamericanista (Altamirano 2021) de Soler –vale la pena volver sobre ello una última vez aquí–, esta gran mutación epocal entraña una fractura dramática en la historia del desarrollo de las fuerzas materiales y sociales emancipatorias de América Latina. Las masas populares, a su vez, ya no serán objetos manipulados por caudillos regionales o por los proyectos políticos de personalidades liberales o conservadoras, en tanto la consolidación del Estado oligárquico implica más bien una redefinición de su composición de clase. A partir de entonces –explica el autor– “el ‘pueblo’ comienza a diseñar un proyecto político propio de liberación”, donde la “conducción ideológica de los movimientos nacional-populares por parte de la pequeñaburguesía, y la participación eventual de la incipiente burguesía industrial, complicará al máximun la caracterización política de aquellos movimientos”, dando así “origen al variado espectro de ‘populismos’ que surgen en la América Latina durante el siglo XX” (Soler 1986, p. 208).

Conviene enfatizar que Soler valora sobremanera el papel de los intelectuales orgánicos del nacionalismo demoradical pequeñoburgués del siglo XIX, que supieron cumplir aquellos pensadores consustanciados con su causa. El autor recupera el hecho de que si en “el mayor peso específico de la pequeña burguesía antillana, y en la conjunción de su lucha anticolonialista y antimperialista, radica el marco general, abstracto, del desarrollo de una teoría y praxis específica y concreta”, se debe a que Luperón, Hostos, Betances y Martí expresaron “una situación incomparable y original”, la cual, normativamente, “prefigura en el tiempo histórico «el destino de un continente»”, pues de “la correspondencia entre las posibilidades progresistas que emergen de la realidad, y la acción y el pensamiento que sobre ella se ejercen, depende la libertad, deber-ser y responsabilidad histórica de una clase” tanto como “la de los individuos que la representan”. Y es en este preciso contexto, según Soler, que “Martí realizó a cabalidad el papel que al individuo corresponde en la historia del pensamiento y la acción revolucionarias: establecer la correspondencia entre la realidad y sus potencialidades inherentes”, y cuyas “virtualidades aún están vigentes” (Soler 1986, p. 261).

A modo de conclusión

Hemos considerado hasta aquí, a la luz de una perspectiva valorativa general –y sobre la base de un corpus textual sumamente acotado–, en primer lugar, los aspectos centrales del sentido normativo del proyecto intelectual de Soler, atinente a la construcción de una filosofía política de la liberación latinoamericana, la cual corona su intención práctica bajo el lema de la creación de los Estados Unidos Socialistas de América Latina. Esta conceptualización axiológica es utilizada con miras a efectuar una interpretación marxista-latinoamericanista de la cuestión nacional en contextos periférico-dependientes. Posteriormente intentamos revisar sucintamente su concepción marxista de la idea de nación –en su dualidad constitutiva de problema (ser) y promesa (deber ser)–, fundamentalmente en lo que respecta a su funcionamiento sincrónico en la lucha de clases y su misión futura en una sociedad socialista. Finalmente, hemos ilustrado sumariamente estas premisas valorativas en el plano narrativo abocado a la reconstrucción del período de descolonización hispanoamericana del siglo XIX, reconectándolo con la dimensión crítico-utópica atinente a la tesis de las virtualidades vigentes de este proceso emancipatorio independentista en tanto modelo inspirador de la praxis revolucionaria obrera y popular del siglo XX.

En esta revisita hermenéutica a la obra y trayectoria de Soler nos ha movido el empeño de incitar nuevas lecturas actualizadoras de su archivo de representaciones conceptuales y posturas axiológicas en conjunción con otros nombres y herencias de los marxismos periféricos del Sur. Creemos que el temple heterodoxo a la vez que situado de la recepción del marxismo que propone el autor –justificado inmanentemente en su concepción dialéctica de la investigación histórica–, representa una vivificante manera de seguir pensando/imaginando la teoría crítica latinoamericana y su angostado pero persistente margen de incidencia en aquellos debates del presente que opten por no despedirse –inadvertidamente o no– del potencial de liberación que aún portan los acechados nombres de los Estados nacionales de nuestra América.

Para culminar, permítasenos poner nuestra lectura en contexto. En la actual coyuntura de reemergencia del imperialismo norteamericano bajo el segundo mandato de Donald Trump (Katz, 2025) y la reconfiguración de fuerzas geopolíticas a escala regional y hemisférica que dicha acción expansiva conlleva, la recuperación del legado de Soler no se agota de ningún modo en una tarea historiográfico-intelectual; define una operación académica –en el sentido de argumentativamente fundada y documentalmente justificada– de intervención política en vistas de reconsiderar críticamente la cuestión de la virtualidad vigente de las soberanías estatal-nacionales en América Latina, entendido este ideal –en los términos de Soler– no como restauración pretérita sino como proyección emancipatoria.

Si como se ha señalado, el nacionalismo en general sigue vigente en nuestro continente (Colom González, 2017), y en particular los populismos de izquierda antiimperialistas (Kozel, Grossi y Moroni, 2015; Martínez Lillo y Rubio Apiolaza, 2017; Svampa, 2018) –hoy en una etapa de parcial reflujo–, la recuperación y revisita de la obra de Soler adquiere una actualidad inusitada a la hora de suministrar claves de análisis y criterios normativos con que repensar estrategias de resistencia y liberación en la grave coyuntura neoimperialista-belicista que toca atravesar a nuestra región (Morgenfeld 2023) y al resto del sistema mundial desde este segundo lustro del siglo XXI, con dramática intensidad en el subcontinente Sur desde el secuestro del Presidente Nicolás Maduro en enero del corriente año. La tarea de liberación latinoamericana que Soler sentía como tarea perentoria, hoy parece sencillamente urgente.

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  1. * Argentino. Doctor en Estudios Hispánicos. Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y Universidad Nacional de Lanús (UNLA), Argentina. Contacto: gerovied@yahoo.com.ar ORCID https://orcid.org/0009-0000-3288-9041

  2. 1 “En algunos de nuestros trabajos hemos sostenido que el siglo XIX se dio entre dos momentos, el primero, el de la quiebra del ‘colonialismo clásico’ y, el segundo, el de los inicios del ‘imperialismo’. Entre ellos se nos muestra lo decimonónico como una especie de ‘interregno’ en el que se vive la ilusión de una cierta autonomía, se ‘olvida’ la ‘teoría de la colonia’ que habían elaborado –aun cuando de un modo incipiente– las generaciones ilustradas y se elabora un discurso justificador de la ‘independencia’ dentro de la ‘dependencia’, como necesidad inevitable para alcanzar la ‘civilización’ y el ‘progreso’. Aquel estado, propuesto como reemplazo del estado colonial hispánico, frente a aquella ‘nación’ que quedó al ‘descubierto’ luego de las Guerras de Independencia, representó la juricidad de las clases dominantes, convertidas –como se lo ha dicho repetidamente y con verdad– en burguesías subsidiarias o dependientes de los grandes centros de poder mundial” (Roig 1984, p. 158).

  3. 2 Dado que los textos de Soler que abordamos aquí no exceden el segundo lustro de la década del ochenta del pasado siglo, presumiblemente una figura central del movimiento de la Filosofía de la Liberación como Enrique Dussel sólo podía ofrecerle al pensador panameño una imagen de su obra anterior a su dedicación a los escritos de Marx, esto es, todavía deudora de Hegel, Heidegger, Lévinas y Ricoeur en lo filosófico. Sin embargo, el vuelco marxista de Dussel ya es ostensible en el primer lustro de los años ochenta (Dussel, 1983; Dussel, 1984; Dussel, 1985).

  4. 3 Según Marcela Croce, el “tergiversar la metodología que los centros imperiales pretenden imponer a los estudios culturales marca una diferencia clara del latinoamericanismo con otro tipo de abordaje”, puesto que si “desde el predominio occidental la idea misma de América Latina es instalada como homogeneidad elemental, desde el continente se restituye una heterogeneidad basada en diferencias cuyo reconocimiento y aceptación mutuos ofrecen una perspectiva enriquecedora que reclama reunión y de ningún modo supresión de idiosincrasia”, conforme a lo cual, la “idea de Latinoamérica producida en el espacio mismo al cual se pretende aplicar”, concita “otra forma de reacción frente a las pretensiones imperiales” ejercidas “sobre una geografía demasiado inabarcable como conjunto y a la vez demasiado variable en su presentación como para someterla a una particularización siempre empobrecedora y simplificadora, y sobre una serie de grupos humanos que se resisten a la mirada aplanadora que les deparan las potencias” (Croce 2010, p. 8).

  5. 4 La figura y trayectoria de Soler se corresponde nítidamente con la descripción tipológica del “intelectual” en sentido moderno proporcionada por Neiburg y Plotkin, quienes al distinguirlo del “experto”, refieren del primero, como rasgos diferenciales, el ser “individuos que reclaman como fundamento de legitimidad para sus intervenciones públicas una forma de pensamiento crítico, independiente de los poderes, y sustentada en el uso de la razón”, y que en su actuación pública dicen “anteponer un conjunto de valores y un tipo de sensibilidad” (Neiburg y Plotkin 2004, p. 15).

  6. 5 Pese a que el filósofo colombiano Santiago Castro-Gómez emplea irónicamente la metáfora latinoamericanista de Calibán, el contenido descriptivo del siguiente juicio también se aplica coherentemente al perfil ideológico y existencial de Soler, si lo leemos en un sentido positivo en vez de adversativo: “La teoría de la dependencia, la pedagogía freiriana, la teología de la liberación y la filosofía latinoamericanista, todas estas corrientes buscaban una sola cosa: la realización del proyecto de la modernidad para América Latina. Solo que ahora sería una modernidad humanística, liberadora, capaz de incluir en su dinámica a los sectores marginados de la sociedad. Para dejar de ser colonias, para salir de la ‘periferia’ y el subdesarrollo, era necesario alcanzar la verdadera modernidad. El lenguaje en el que se articula este proyecto es el mismo de la episteme moderna europea: la postulación de un sujeto único y de un saber universal, la centralidad de la política, el carácter especular de las ciencias, la necesidad de la industrialización, el convencimiento en una progresiva ‘humanización de la humanidad’, la función mesiánica de las vanguardias intelectuales, el logro de la ‘mayoría de edad’ a través del conocimiento, la autonomía del estado-nación. Y el símbolo de estas teorías fue, por supuesto, Caliban, el esclavo que se rebela contra su amo utilizando su propio lenguaje para maldecirle” (Castro-Gómez 1997, p. 540).