Jaime ORTEGA*
Recibido: 02/03/2026
Aceptado: 09/04/2026
Resumen
El presente texto problematiza la existencia de una corriente de tipo nacional-revolucionaria que convive con los planteamientos del socialismo. A partir de la consideración de que es la nación el elemento fundamental para pensar las estrategias revolucionarias, se problematiza la presencia de esta corriente en la historia latinoamericana. Se evoca una primera emergencia del nacionalismo-revolucionario y sus componentes generales; su ocaso tras el advenimiento del neoliberalismo y las posibilidades de un nuevo crepúsculo. Respecto al marxismo, se denota el acompañamiento y competencia con dicha corriente y se sugiere que, tras la crisis del socialismo, un tentativo resurgimiento del nacionalismo-revolucionario podría considerar las evaluaciones marxistas respecto a las fuerzas productivas, toda vez que estas han ganado centralidad en el despliegue de ejercicios o planes de soberanía.
Palabras clave: marxismo, nación, revolución latinoamericana, fuerzas productivas, soberanía.
O nascimento, o ocaso e o crepúsculo do nacionalismo revolucionário
Resumo
O presente texto problematiza a existência de uma corrente de tipo nacional-revolucionária que coexiste com os postulados do socialismo. Partindo da consideração de que a nação é o elemento fundamental para pensar as estratégias revolucionárias, questiona-se a presença dessa corrente na história latino-americana. Evoca-se uma primeira emergência do nacionalismo revolucionário e seus componentes gerais; seu declínio após o advento do neoliberalismo e as possibilidades de um novo crepúsculo. Em relação ao marxismo, destaca-se o acompanhamento e a competição com essa corrente e sugere-se que, após a crise do socialismo, um tentativo de ressurgimento do nacionalismo revolucionário poderia considerar as avaliações marxistas sobre as forças produtivas, uma vez que estas ganharam centralidade no desenvolvimento de exercícios ou planos de soberania.
Palavras-chave: marxismo, nação, revolução latino-americana, forças produtivas, soberania.
Abstract
This text questions the existence of a national-revolutionary movement that coexists with socialist ideas. Based on the consideration that the nation is the fundamental element for thinking about revolutionary strategies, the presence of this current in Latin American history is problematized. It evokes a first emergence of revolutionary nationalism and its general components; its decline after the advent of neoliberalism and the possibilities of a new twilight. With regard to Marxism, the accompaniment and competition with this current is noted, and it is suggested that, after the crisis of socialism, a tentative resurgence of revolutionary nationalism could consider Marxist assessments of the productive forces, since these have gained centrality in the deployment of exercises or plans of sovereignty.
Keywords: Marxism, nation, Latin American revolution, productive forces, sovereignty.
El alba, ocaso y crepúsculo
del nacionalismo-revolucionario
Los fenómenos políticos modernos suelen ser persistentes en el tiempo, pese a los cambios constantes en su fisonomía. Cuando se les piensa en el largo plazo y se procura superar su aislamiento inmediato de su aparición, es palpable que la matriz que les otorga sentido, es decir, los vuelve relevantes para la configuración histórica, tiene un núcleo común. Esto quiere decir que, aunque su presencia primaria sea fragmentaria a la manera de una constelación, viéndolo desde más distancia es tan continua como lo sería un sistema. Esta condición nos obliga a revisarlos constantemente, tratando de comprenderlos a partir de sus puntos de contacto, más allá de sus diferencias específicas y calibrando sus efectos, sean estos empíricos o ideológicos. Las teorizaciones canónicas del fenómeno revolucionario en el siglo XX, especialmente aquellas que son deudoras de una crítica radical de la forma moderna de reproducir la vida, es decir, el socialismo marxista y el anarquismo, no siempre comprendieron la cualidad específica de experiencias populares fuera del ámbito europeo. Es decir, los herederos de estas miradas políticas, definitorias para el transcurrir de la centuria anterior dada su irradiación global, suelen considerar que el núcleo socialismo-anarquismo era el motor principal e incluso monopólico de la reflexión crítica y, si bien estas corrientes fueron sumamente relevantes, no fueron las únicas y muchas veces tampoco las más importantes en América Latina y el Caribe.
Aquellas herencias ideológicas de la Ilustración europea al cruzar el Atlántico sufrieron un proceso de entrecruzamiento, mestizaje, confusión, lo cual resulta correcto y pertinente de ser señalado, pero insuficiente, pues es preciso atinar la mirada sobre la condición revolucionaria latinoamericana resultado de una negociación entre formas primordiales, tradiciones europeas y nuevas creaciones de los pueblos y los intelectuales. Es preciso también superar la noción de que el drama histórico latinoamericano en su montaje revolucionario era deudor exclusivo de la confrontación de la Guerra Fría, pues ello tampoco permite comprender fuertes tramas históricas de enraizamiento de las posiciones políticas. Por tanto, es posible observar derivas que, si bien no eludieron la cuestión social, caminaron por senderos diversos al de la expresión socialista europea.
Un internacionalismo que lleva en su entraña el amor y la lucha por los valores auténticos de la patria y del pueblo de que se forma parte, su independencia real, su libertad, su cultura, su justicia social, conjugados en indisoluble armonía con las metas más altas y los grandes avances de la liberación de la humanidad (Roces, 2024).
En América Latina y el Caribe, el siglo XX fue testigo de la irrupción mayoritaria de expresiones revolucionarias que, en un modo u otro, evocaban a la constitución de la nación como un hecho político a conquistar, lo cual la diferenciaba en la búsqueda inmediata con el socialismo marxista cuya perspectiva se encontró en el horizonte clasista y de superación del modo de producción y se colocaba en el extremo de la trayectoria anarquista, que en los hechos terminó perdiendo vitalidad y desapareciendo en la segunda década de la centuria anterior. Ello no quiere decir que, en esfuerzos decimonónicos por conseguir las independencias políticas, formas larvarias de socialismo y anarquismo no hayan participado activamente en este proceso, así como en los procesos de politización de las nacientes clases subalternas. Si seguimos las indicaciones de Enrique Dussel (2007) en este camino, podríamos decir que el socialismo fue posible gracias a las inspiraciones utópicas arrancadas en el gesto interpretativo de la función del nuevo continente y, amén de ello, tendencias igualitaristas son palpables en espacios de confrontación por la independencia: la obra de José María Morelos o de José Artigas (Sala de Touron, 1978) son tan solo dos ejemplos primarios ubicados en extremos de la geografía del combate por la primera independencia; a la cual podríamos sumar casi medio siglo después el pulso ardiente de la obra y presencia simbólica de José Martí (Castro, 1983), por mencionar solo algunos.
Sin embargo, la problemática central de la construcción política, dadas las condiciones específicas del despliegue del mercado mundial, tendía a ser el de la construcción de la nación. Ello no es exclusividad del continente latinoamericano, pues si se observa atentamente Europa es la excepción en el siglo pasado: Asia y África vivieron, con sus propios lenguajes políticos, el mismo sendero. Esto es, la cuestión nacional fue el entramado esencial de la mayor parte del globo, pese a que su teorización haya sido deficitaria bajo el paraguas de las interpretaciones eurocentradas, para quienes dicha temática tendió progresivamente a ser secundaria e incluso un problema adverso dada la aparición de los nacionalismos expansionistas y reaccionarios.
Es por ello que escarbar en la modalidad específica del nacionalismo revolucionario, en sus amplias simpatías con el socialismo marxista, es una de las obligaciones al momento de caracterizar lo que Adolfo Gilly (2002) llamaba el siglo del relámpago. Esta consideración, en buena medida, permite reformular alguna de las grandes interrogantes por las cuales ha transcurrido el devenir histórico de la región latinoamericana. Así, en América Latina la conquista de la nación transcurre, esencialmente, como una lucha en el Estado, contra el Estado y más allá del Estado. Desbordada aquella figura tradicionalmente burocrática, encontramos la obligación de mirar otras formas de socialidad, aunque, indudablemente, el Leviatán criollo siga siendo el gran artífice de la política en la vida moderna y todo apunta que su reivindicación como otorgadora de sentido no sólo no se ha agotado, sino que parece estar en proceso de relanzamiento y de consiguiente disputa entre poderes imperiales y formas de autodeterminación de abigarradas comunidades nacionales.
Podría decirse que la mayor parte de las naciones latinoamericanas experimentaron esta forma política, aunque sus nombres, referentes míticos y configuraciones organizacionales fueron diferenciadas. En México y Bolivia asumió la forma de revolución nacional; en Cuba de ortodoxismo; en Perú, Ecuador y Panamá recibió una característica militar; en Argentina se le denominó populismo; en Colombia encarnó momentáneamente en sectores del liberalismo radical; en Venezuela en la primera etapa de Acción Democrática en tanto partido del pueblo; etc. Tuvo líderes como Lázaro Cárdenas, Juan Domingo Perón, Luis Carlos Prestes, Jorge Eliécer Gaitán, César Augusto Sandino, Juan Velasco Alvarado, Omar Torrijos, entre otros, explorados en la obra de Rafael Rojas (2021). En dado caso, independientemente de la referencia puntual, ya sea de un líder, partido o movimiento, la cuestión resulta con el paso del tiempo más clara: el acto revolucionario era, por definición, lograr la independencia de la nación mediante algún tipo de movilización popular. La revolución no era destruir el Estado en abstracto, sino su versión de aparato al servicio de la oligarquía y de construir la nación como espacio de autonomía y autoorganización popular.
¿Cuál era el origen del nacionalismo revolucionario? El intelectual conservador mexicano Luis Pazos (1983) decía que, en el origen, la acepción y programa de esta corriente política provenían de Lenin y, siguiendo la elucubración de Eudocio Ravines, que se trataba, de hecho, de la forma específica del comunismo en la región. En el furibundo anticomunismo que aquel autor profesaba, ubicaba a esta vertiente como parte de una gran estrategia del socialismo, es decir, que la forma de conquista de lo nacional era apenas una táctica en los países periféricos, pero que lo que se tramaba en el fondo eran proyectos más ambiciosos de socialización del poder. Y es que Lenin, al calor del despliegue de las capacidades políticas de la Internacional Comunista, efectivamente demandaba que a los movimientos en el mundo periférico fueran considerados como nacional-revolucionarios y no democrático-burgueses, que era la acepción dominante para el espacio europeo. Este cambio de denominación no era menor, pues respondía a una sensibilidad política de lo que en ese momento se llamaban los pueblos coloniales. A la postre, las historias de revoluciones en el siglo XX confirmarían este hecho: independientemente de su acepción socialista o no, todas conquistaban algún grado de soberanía, es decir, su derecho a existir. Si Ravines sostenía que la cuestión nacional no era más que una forma táctica del comunismo, Pazos recurría a la obra del economista marxista Oskar Lange, quien en la década de 1950 había sostenido que la forma nacional-revolucionaria era, de hecho, una tercera posibilidad de comprensión de los modelos de desarrollo. En dado caso, para ambos era claro que el nacionalismo-revolucionario fungía como el gran catalizador de la impugnación a las formas del capital dominante.
Volviendo a Lenin, podemos decir que la hipótesis política y teórica del líder revolucionario-ruso era que, ante la emergencia de las formas imperiales y coloniales, la figura política del nacionalismo revolucionario era una respuesta necesaria (en su lenguaje, objetiva), porque el capitalismo en su despliegue global era decisivamente desigual, dividido entre países centrales y coloniales. Si en estos últimos las revoluciones democrático-burguesas habían permitido la gradual ampliación del mercado, el funcionamiento básico de la ley del valor (que supone la igualación que habilita el intercambio de equivalentes, tal como se expone en la sección primera de El capital) y posteriormente algún tipo de industrialización, en el resto del mundo se limitaba a proveer de materias primas a los países modernizados, fueran éstas plata, azúcar, oro, tabaco, guano o minerales variados. Esta división marcó la distancia entre segmentos de países: si en unos la democracia igualitaria de tipo liberal se imponía de manera tendencialmente armoniosa con el capital, en otros, había que arrancar los mínimos derechos, conquistando espacios nacional-estatales y desalojando selectivamente al capital de algunos resquicios que el Estado ocuparía o bien, manteniéndolo en su capacidad expoliadora de territorios y cuerpos.
La teoría y práctica nacional revolucionaria no era, así, una anomalía en el entramado del mundo moderno, antes bien, era la manera en que los pueblos lograban volverse fuerzas políticas que les colocaba tanto en la órbita del capitalismo global como en la de los principios básicos de la racionalidad política moderna, aunque muchas veces excediendo a esta e incluso cuestionándola. Conquistar la nación se volvió el requisito para lograr la integración al mercado mundial, pero, paradójicamente, se trataba de un acto revolucionario, de irrupción sobre las formas de dominación interna y de reordenación de la configuración societal que abrió las puertas para ganar espacios de libertad y, sobre todo, de igualdad.
Esta es la característica más compleja frente al horizonte decimonónico heredado por el socialismo y el anarquismo, al menos en sus expresiones clásicas: no se trata de un acto premeditadamente anticapitalista, ni pretendió serlo, aunque en su paso logró avances frente a esa forma de producir la vida. Antes bien, es el resultado del reconocimiento de la necesidad de participar del proceso civilizatorio dominante, pero en condiciones de igualdad, es decir, como nación. Esta característica es la que ha marcado las principales tensiones y dilemas respecto al camino paralelo entre formas ideológicas: nacionalismo-revolucionario y socialismo coinciden en tanto convicciones de la necesidad de igualdad y libertad; pero difieren en su objetivo último. Su encuentro táctico es parcial, pero su desencuentro estratégico suele ser contundente; aunque cuando se le ha saldado ha resultado productivo en sus efectos de largo plazo.
El filósofo Carlos Oliva (2025) ha señalado que la identidad (y ello atañe a la nación inequívocamente) es una construcción de la forma mercantil moderna y la razón le asiste al consagrarse que se trata del espacio predilecto para el acto revolucionario o de transformación. La cuestión es que, al ser una expresión política de la forma de socializar el trabajo humano (es decir, de esa predilección mercantil) hay posibilidad de disputar su forma. En tanto que no hay destino último, ni garantía histórica de superación del capitalismo, lo que constatamos es el constante dar forma a la manera de vincular a los trabajos organizados bajo el amparo de la forma nacional de manera privilegiada. Es por ello que, paradojas de la historia, la vida y la razón, conquistar la nación es el preludio para superar el capital, aunque su resultado inmediato sea instaurar una forma homogénea de producir y reproducir la vida. Como lo ha señalado John Tutino (2016) en el estudio de las comunidades del Bajío Mexicano, fueron ellas las que sostuvieron la gran expansión del capitalismo y quienes, más tarde que temprano, lo desafiaron.
En el alba del nacionalismo-revolucionario, este tendió a configurar una noción de pueblo que remitió directamente a un tipo de romanticismo que, si bien no rechazaba la noción de progreso, lo veía con cierta sospecha o bien admitía la necesidad de su gestión. El progreso tenía que ser tutelado pues el corazón de la nación era el pueblo. En contraposición a las formas ideológicas del capitalismo del progreso sin sentido de las que Max Weber (2007) habló en El político y el científico, no aspiraba a la sumatoria de individualidades posesivas; pero tampoco deducía de la existencia del trabajo asalariado una forma única de clasificación social ni rector de la configuración del futuro. Es decir, aceptaba la necesidad de la premisa liberal del individuo, sin colocarla en el centro; y mantenía distancia sobre la ordenación privilegiadamente de la clase social al estilo marxista, aunque las aprovechaba cuando estas eran una realidad material, aspirando a forjarse como repúblicas del trabajo. En buena medida, el nacionalismo revolucionario de cuño radical tenía un fuerte componente campesino, en el que la cornucopia de la abundancia no existía como horizonte de liberación del trabajo, sino que más bien existía la aceptación de que este, es decir el trabajo, era un horizonte igualador por el cual había que luchar incesantemente.
Fue de esta manera que la realidad de la conquista de la nación atravesó varias avenidas ideológicas. Bajo el manto de la figura del pueblo se tramó una noción de una política plebeya, que es el corazón del nacionalismo-revolucionario y que se configuró en buena medida como la oposición por excelencia al régimen liberal-oligárquico. Lo plebeyo (García Linera, 2008) aparece como el punto esencial de la disrupción subalterna, al no tener un programa definido y único, pero sí una predisposición a luchar contra los privilegios, se construyó como un horizonte asequible por variados sujetos sociales, mismos que poblaron las insubordinaciones políticas y sociales a lo largo y ancho. Su carácter amorfo, propio de la renuncia a cualquier filosofía de la conciencia, del progreso o de la garantía última, nos remite a su cualidad de materialismo aleatorio, siempre abierto a la contingencia, el avance y el retroceso.
Bajo la égida plebeya se articuló una diversidad de sujetos, tanto agrarios como urbanos; y permitió que el nacionalismo-revolucionario tendiera alianzas con las clases medias ilustradas o en aspiración de serlo. Lo plebeyo como condición, apuntaló un espacio social y político en el que se cruzan los elementos tradicionales del artesano devenido proletariado, del campesino despojado de sus medios de vida, del estudiantado que ingresa al mundo universitario o al entorno educativo por primera ocasión en generaciones, de las mujeres que reclaman satisfacción de su demandas inmediatas vinculadas al espacio del oikos, de los cristianos que se politizaron al amparo de formas teológica igualitaristas y colectivas, o bien de los pobladores o vecinos que irrumpen en el espacio urbano como avanzada de un proceso de urbanización violento y desorganizado. Lo plebeyo aparece, en su radicalidad, como una mediación frente a la blanquitud del capital y sus formas de explotación del trabajo. Más allá de las diferencias de tiempo y espacio, el plebeyismo es lo que distingue el alba del nacionalismo revolucionario porque se coloca como el arma de confrontación de los privilegios oligárquicos, extractores de materias primas.
Es preciso reconocer este elemento plebeyo, porque es al mismo tiempo el eje central de una política que no se ciñe a supuestos intereses de clase inamovibles (aunque estos existen en coyunturas específicas), ni mucho menos a teleologías o filosofías de la historia, pero que evocan la existencia de un modo de producción que alberga una gran cantidad de ecuaciones sociales además de la capitalista. Si algo destaca en la configuración capitalista latinoamericana, en su carácter abigarrado y heterogéneo, en donde lo plebeyo aparece como una negatividad absoluta del capital. Ese carácter de economía barroca de lo plebeyo termina trastornando y fagocitando a la forma de reproducción del capital, para hacer, como señaló Bolívar Echeverría, “vivible lo invivible” (1998, p.162).
La condición plebeya cubre una condición propia de un capitalismo en una modalidad específica -barroca o abigarrada, según la acepción que más guste- y una modalidad social donde existen límites a los procesos de igualdad social, incluso en el límite formal, ante la preeminencia oligárquica que impulsa el ambicioso proceso de despojo de materias primas de manera masiva. El despliegue de la forma capital y de la pugna por la conquista de la nación encuentra su máximo potencial y límite en la forma plebeya, que es inseparable de un capitalismo no totalizado, pero que representa una condición de interpelación y crítica. Lo plebeyo es entonces confundido con lo popular: una forma de hablar, de expresarse, un lenguaje y una semiótica, una condición que es producto del particular capitalismo pero lo excede y al hacerlo, lo desquicia y lo niega parcialmente.
Esta adscripción supera la dicotomía tradicional de la política europea entre izquierda-derecha y se vuelve transversal al conjunto de la sociedad. Que lo plebeyo sea la condición esencial de la conquista de la nación demarca una condición cultural y política, en donde un sujeto evanescente aparece subrepticiamente para disputar o ganar espacios, pero cuya condición de cristalización institucional no logra nunca ser permanente: de tal manera que lo plebeyo transmutado en osificación burocrática es intento fallido de estabilización por aquí y por allá. El mundo agreste de lo plebeyo suele acompañarse de la presencia carismática (Weber, 2016) del liderazgo que, disruptivo o revolucionario, deviene en forma codificada de Estado y este es quizá uno de los elementos más problemáticos a la hora de caracterizar al continente, no siendo casual que se hayan producido cientos de páginas a este respecto. El predominio de la forma carismática es materia de análisis, pues su transición hacia codificaciones burocráticas no siempre es entendida de forma heterogénea.
Esto nos obliga a pronunciarnos por la forma estatal, pues si la nación como comunidad de personas libres en condición de igualdad, es decir, es aspiración, su materialidad como forma social se expresa en el Estado. Pero aquí, de nuevo, la configuración espacial-temporal del capital vuelve a obligar a revisar los presupuestos teóricos. Así, ya hace algún tiempo José Aricó (2009) descifró la discordancia entre la hipótesis hegeliana (heredada por el marxismo) del Estado y la realidad latinoamericana cuyo orden social capitalista difiere en lo que se consideraba el orden conceptual y cronológico. Si en el viejo continente había sido la sociedad civil la que había creado al Estado, en América Latina era el Estado el que creaba la sociedad civil. Este elemento ha sido clave para el derrotero del nacionalismo-revolucionario, pues en sus intersticios se ha logrado consolidar una tendencia plebeya que arremete contra la oligarquización del formato dominante de la sociedad civil. Más allá de ella, lo plebeyo ha inventado la nación y en no pocas ocasiones dinamizado al Estado en su dimensión de integradora a partir de la política de masas.
En un momento reciente y con ánimo polémico, el historiador venezolano Germán Carrera Damas mencionó que la forma “militar-bolivariana” se había convertido en una ideología del “reemplazo” (2017, p. 2) de las otrora formas ideológicas en competencia. En realidad, puede pensarse que la vida del nacionalismo revolucionario siempre fue la de ser amalgama o síntesis, espacio predilecto de encuentro entre formas ideológicas discordantes, muchas veces encontradas y confrontadas, pero unificadas temporalmente por el eje totalizador de la nación. Esto no era una anomalía si se comprende la conjunción ideológica que Aricó (1980) señaló: siendo el estado el creador de la sociedad civil, el destino político ha encarnado a esta figura institucional como eje rector y, a diferencia de otros espacios políticos, colocó a dimensiones militantes como los ejes centrales.
A lo largo del siglo XX podemos mirar que el nacionalismo revolucionario, en sus más perdurables experimentos, operó a partir de la destrucción y construcción de formas estatales como en los casos de la revolución mexicana y la revolución boliviana. Fue débil ahí donde los ejércitos no se poblaron del elemento plebeyo. Y en los casos de Perú, Ecuador, Venezuela y Panamá, fue ese núcleo duro-militar de los Estados el encargado de nacionalizar la vida de las sociedades. Es esta condición la que nos permite pensar que el nacionalismo-revolucionario es una lucha dentro del Estado.
Su articulación popular y plebeya permitió conquistar espacios para las clases subalternas, ello sí en alianza con otras discusiones como las planteadas por el socialismo. La trama entre socialismo y nacionalismo-revolucionario fue compleja, pero es parte vital del alba de la conquista de la nación. No bastaba procurar la existencia de Estados soberanos, sino que estos debían tomar su legitimidad interna y externa sobre el eje de la incorporación de dichas clases a su rango de ciudadanía productiva, con plenos derechos. No es casualidad que Antonio Gramsci sea tan referido en la región latinoamericana, pues el transcurso de su pensamiento da muestra de la ampliación del Estado, que es ese proceso de incorporación. Pero más aún, el choque entre formas nacional-populares y oligárquicas es el ejemplo perfecto de la construcción de hegemonía, como lo mostró en su tiempo René Zavaleta (2008).
En ese sentido, es que convergieron el marxismo en tanto inspiración de las clases subalternas con las formas nacional-populares y los métodos de gobierno de carácter nacional-revolucionarios. El horizonte se signó por la llamada a la liberación nacional como el gran horizonte político: lograr soberanía nacional implicaba una modificación profunda, consistente y perdurable de las articulaciones clasistas de la sociedad, de la distribución del poder social y del horizonte simbólico de reconocimiento de los grupos de la sociedad. Liberación nacional es el nombre que tomó, en la segunda mitad del siglo XX, esta convergencia entre formas nacional-revolucionarias y socialistas.
Hace unos años el investigador mexicano Enrique Montalvo (1986), pionero en el estudio del socialismo yucateco, denominó a la suerte del régimen posrevolucionario mexicano como el de un: nacionalismo contra la nación. Reformulando aquella idea, podemos acercarnos a la comprensión de la muerte temporal del nacionalismo revolucionario a partir de cuatro momentos claves. El primero, cuando el Estado definitivamente se separa de la nación y procedió a atacarla en sus fundamentos populares y, el segundo, cuando el mercado asedió y debilitó la función reguladora del Estado. El tercero, cuando las ideologías que amalgamaba, como el socialismo, el comunismo o el liberalismo radical, entraron en crisis hacia finales de la década de 1980. Finalmente, el triunfo de una opción ideológica tecnócrata y mercantilista se impuso como horizonte: la nación misma corrió el riesgo de ser privatizada.
El proceso de despojo a la nación, un verdadero recorrido de la “desnacionalización” que fue la reinvención de la “desacumulación originaria” (Semo, 1973, p.232), fue encubierto bajo un programa amplio que se reconoció como el del neoliberalismo, suavizado por las tersas “transiciones a la democracia”. En algunos casos, resultó que los que antiguamente habían participado de elites políticas forjadas por el nacionalismo revolucionario (el peronismo de Carlos Menem, Acción Democrática venezolana con Carlos Andrés Pérez, el socialismo chileno, el priísmo mexicano de la mano del exmaoísta Carlos Salinas) fueron los encargados de desplegar aquel proyecto económico-político. Fue el Estado el destructor de la nación construida en el proceso anterior de forjamiento de las sociedades.
Albert Hirschman (1986) en su recuento de experiencias de economía popular latinoamericana en la década de 1980 argumentaba que uno de los principales incentivos para que estas formas de supervivencia aparecieran era la agresión estatal. Si la nación se vuelve Estado para conquistar un ejercicio soberano mediatizado, en un momento de la temporalidad política adversa que anuncia el proceso de oligarquización, este se vuelve contra la nación. El Estado se independiza, se vuelve figura burocrática, se conforma a partir de una elite política que lo patrimonializa y se asume que el destino político es la modernización por encima de los intereses de la población y se configura como forma de dominación. Si esto ocurrió en el proceso modernizante a través de figuras de dictadura militar, el proceso condujo a la muerte del nacionalismo revolucionario cuando el mercado desordenó a la sociedad y condujo a una precarización del Estado.
Aparecieron entonces “Estados nacionales de competencia” como le ha denominado un autor alemán con mucha fortuna entre los lectores latinoamericanos (Hirsch, 2001, p.100) o bien, como dice el filósofo político mexicano Gerardo Ávalos, Estados “subveranos” (2022, p. 147). El fenecimiento del ciclo nacional-revolucionario atrajo una nueva concepción, donde la nación fue desplazada, el Estado maniatado definitivamente y se constató la emergencia de la forma neo-oligárquica que reprimarizó a las economías latinoamericanas, condenándolas a que su autonomía dependa de los precios del mercado mundial. La derrota de todas las opciones revolucionarias y reformistas que colocaron como centro el ejercicio de la soberanía nacional, orillaron a la forja de nuevos instrumentos por parte de los pueblos y sociedades: la autonomía apareció en el horizonte.
Sin embargo, esa vereda no será recorrida en este ensayo, pues lo que interesa es sobre los destinos de la forma nacional y el desprestigio del apellido revolucionario. Ello tuvo como consecuencia inmediata su desvanecimiento en medio de los procesos de transición democrática, que fueron formas de expulsión del campo popular de las decisiones de gran calado en la vida de las sociedades. Las transiciones democráticas que ocurrieron en la década de 1980 y que fueron profusamente celebradas, sustituyeron al autoritarismo, pero impusieron formas tecnocráticas que abrían espacio para un nuevo campo de poder: el mercado.
El alba nacional revolucionaria encontró entonces un nuevo elemento en el dominio pleno de la forma mercantil: el orden del mercado era el desorden de la nación. Esta sentencia se corroboraba por aquí y por allá en la región: pérdida de derechos, debilitamiento del trabajo para negociar sus condiciones de vida con el capital, fragmentación de unidades políticas en pos de una falsa pluralidad democrática, invasión generalizada de la cultura mercantil y de aspiración dineraria del American way of life, desprestigio de las historias nacionales en favor del cosmopolitismo mercantil. Al relato épico de la construcción de las naciones, siguió la versión estandarizada de los superhéroes hollywoodenses; contando esto con la complicidad de sectores intelectuales en los campos de la historia y las ciencias sociales, que se sumaron gustosos al engaño de que toda presencia del Estado era autoritaria y que toda forma de nación era siempre homogeneizante. Las elites intelectuales neoliberales produjeron el mecanismo comprensivo e institucional de una democracia acorde a los intereses de las nuevas oligarquías. El alba nacional revolucionaria desplazó, también, los esfuerzos de igualdad y de libertad y estas aspiraciones fueron condenadas a lo que Karl Marx llamó en los Grundrisse “el poder del dinero” (2001, p. 84).
El ocaso tuvo otras operaciones, como la de adoptar el modo liberal en lo político como el único horizonte razonable, generando en realidad procesos de antidemocracia dada la concentración de poder en elites, proceso embellecido tras la fachada de las promesas de las transiciones a la democracia. También operó para confundir la estatalidad necesaria para regular la vida social con estatismo como sinónimo de disfuncionalidad burocrática. Adoptó medidas de enajenación cultural, entregando al dominio del mercado la puerta abierta para configurar la mirada pasada, presente y futuro de las sociedades, en un proceso de descomposición de formas éticas o morales en favor del poder del dinero.
De tal manera que, el ocaso nacional-revolucionario, abrió el paso a procesos de neo oligarquización con todo lo que ello significó para las sociedades latinoamericanas, especialmente tras el signo cruento de las dictaduras y autoritarismos durante buena parte del siglo, muchas como expresión del dominio panamericanista en el marco de la Guerra Fría. Este proceso debe ser reconsiderado de nuevo, pues si bien la represión abatió parte del espíritu de cambio y condenó a generaciones entradas a la violencia, sólo fue la democracia liberal de corte neoliberal la que canceló definitivamente a la nación como un espacio de disputa. El liberalismo realmente existente de nuestra región fue anti plebeyo, anti popular y profundamente anti estatal; coronando con ello en realidad el sentido del cosmopolitismo del capital.
La llamada globalización o tiempo neoliberal pareció sepultar la herramienta nacional revolucionaria que los pueblos, sus liderazgos y organizaciones cultivaron durante décadas. Por allá y por acá cuestionada, desechada como idea regulatoria o desmembrada como forma estatal, fue reducida y precarizada en sus capacidades de gestión, fue reducida, como gusta decir la academia, a “pura administración”, palabra que calcada del lenguaje estadounidense remite al sinsentido de la política. Sin embargo, ya a inicios del 2026 el signo parece al contrario de los últimos lustros: el tiempo de la soberanía como logro, como espíritu compartido y como ficción movilizadora aguarda su ascenso. Por supuesto, quienes la denuestan o la preferirían sepultar como un recuerdo arqueológico encuentran la paradoja de que el tiempo político se satura de la noción de soberanía.
Estamos frente a una curiosa resurrección del espíritu del nacionalismo revolucionario, no sólo como un horizonte político que contemple las dos patas de la soberanía, es decir, la condición popular democrática y la nacional como autodeterminación; esto es así porque si esta había sido limitada por el imperio del mercado, los usos de la fuerza por parte de formas imperiales la rehabilitan en su momento de mayor debilidad. Como en su alba, es el capitalismo el que llama a esta forma revolucionaria como una de las alternativas plausibles para los pueblos. Y como en aquel momento, serán los elementos plebeyos los que dicten los términos del alcance soberano posible y no, por supuesto, las elites.
La principal idea que se ha venido configurando en los últimos años es la de revertir la precarización de los Estados. Esto fue intentado, con muchos problemas y dificultades, por los llamados progresismos. Muchas veces, bajo el manto del antiimperialismo se forjaron opciones políticas que terminaron corruptas, negando el aspecto popular democrático (por la vía del autoritarismo) y a la postre también la soberanía nacional. De enfoques constituyentes para superar el neoliberalismo, no en pocas ocasiones recayó en soberanías acotadas por clases políticas. Y ahí es en donde el entronque con el marxismo resulta clave, pues esta herramienta política e intelectual habilita un proceso más radical de cuestionamiento de las divisiones y clasificaciones sociales.
Por lo pronto, más allá de ese deseo de fe de cruzar las tradiciones marxistas con su radicalismo igualitarista y la potencia política de una resurrección del espíritu nacional-revolucionario, valdría la pena hacer un cierre preguntándonos sobre las condiciones contemporáneas de la política latinoamericana. ¿Qué muestran las experiencias del siglo XX y la de los progresismos? Dos son las lecciones principales, aunque resultan contradictorias en su despliegue. La primera es que la dinámica de concentrar las energías en la gestión estatal, termina dilapidando las posibilidades de configurar horizontes más amplios, pero aquella sigue siendo fundamental, horizonte obligado. Al final, la razón de estado se impone como el leitmotiv. La segunda, es que, pese a esa concentración en la dinámica de la gestión, las formas políticas del progresismo del siglo XXI no lograron rebatir la precarización del Estado: no construyeron más ni mejores formas institucionales, pese a que en algunos espacios esto se intentó. Y aún más, cuando la revancha derechista y neoliberal se impuso, no tardó en desmontar el precario andamiaje de los progresismos.
La terrible paradoja de la segunda vida de escarceos cercanos al nacionalismo revolucionario de la centuria pasada es que encuentra menos condiciones para desarrollarse y los mismos candados para acceder a dinámicas más amplias. Si bien el nacionalismo-revolucionario no puede repetirse como en su primera vida, lo cierto es que existen condiciones para una nueva gesta por la soberanía que, a diferencia de la primera, quizá deba poner más énfasis en las premisas marxistas sobre la concentración del poder económico y en el desarrollo de las fuerzas productivas. Si bien la pulsión plebeya de igualación es pertinente, el gran defecto del primer ciclo del que hablamos, fue que no deformó la fisonomía del poder económico, especialmente del conjunto de las fuerzas productivas, a las que dejó en un automatismo que no puede volverse a repetir.
La posibilidad de una nueva oleada de formas de carácter nacional-revolucionario debe pensarse en los umbrales del gran cambio geopolítico tras el fin del neoliberalismo. Ahí, la nación vuelve a ser el espacio predilecto de la disputa política, las mediaciones de la soberanía popular y de la soberanía nacional, los horizontes estratégicos, y la pulsión de igualación de lo plebeyo pueden fungir como catalizadores de escenarios novedosos. Por supuesto que los retos, aunque similares a los de la centuria pasada, tienen retos y complejidades mayores. Ya no se trata sólo de industrializar, sino de lograr que una gama tecnológica que habita en la sociedad pueda ser producida y gestionada desde ámbitos soberanos: las fuerzas productivas, en su totalidad, están convocadas a ser pensadas de manera mucho más profunda. Lo mismo pasa con sus incidencias en los rubros que contemplan a la mayoría de la sociedad: la salud y la educación. Pero, además, la gran contradicción entre forjas industriales propias y necesidad de comercio externo también representa un reto. A ello se suma el reto de la crisis climática, misma que no elude a ningún territorio y que, de hecho, es el fenómeno global por excelencia. En dado caso, estos problemas pueden ser recibidos en las sociedades por dos vías, una es la de la fragmentación soberana que impone la forma del protectorado contemporáneo, bien señalado por García Linera (2026) en un nuevo vasallaje o bien en la reinvención de las miradas nacional-populares.
En el panorama intelectual contemporáneo no existen sino acercamientos esporádicos al nacionalismo-revolucionario. Es preciso realizar ejercicios de genealogía programática y de historización de sus conflictos. Especialmente frente al marxismo y sus diferentes corrientes, pues, si bien hay repulsión y contradicción, también hay convergencia y unidad. El pasado inmediato, aún en reconstrucción intelectual, debe contemplar esta acción, bajo una mirada no de fronteras ideológicas cimentadas de manera inamovible, sino como variaciones de aspiraciones entre núcleos politizados de la sociedad. Finalmente, respecto a la izquierda, sería bueno recordar lo siguiente: si bien no todo nacionalismo es de izquierda, toda corriente de izquierda, si aspira a transformar las condiciones económicas y políticas, debe ser nacional.
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* Mexicano. Doctor en Estudios Latinoamericanos. Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco (UAM-X), Departamento de Política y Cultura. Contacto: jaime_ortega83@hotmail.com ORCID: https://orcid.org/0000-0002-8582-1216