La emancipación del Sur Global y de la humanidad

Superar el occidentalcentrismo a través del polilogo intercultural. Entrevista a Marek Hrubec

Jan SVOBODA*

Recibido: 18/04/2026
Aceptado: 30/04/2026

Marek Hrubec, PhD, es un filósofo, sociólogo y experto en estudios globales que se centra en cuestiones sociales, culturales y políticas relacionadas con el diálogo intercultural, la justicia global y el Sur Global. Su publicación más reciente es un libro en el que expone su teoría social y política de la justicia, superando las teorías tradicionales y críticas ocidentalocéntricas y formulando alternativas que surgen del Sur Global, publicado el año pasado en inglés, español y checo: Towards Justice (Boston y Leiden: Brill); En Aras de la Justicia (Santiago de Chile: Ariadna; Praga: Filosofia). El año pasado también se publicó otro libro del que fue coautor y coeditor: Social and Political Experiments. Latin America in the 21st Century (Leiden y Boston: Brill). Esta entrevista se realizó con motivo de la publicación de estos dos libros.

Marek Hrubec es originario de Checoslovaquia, que formaba parte del Bloque del Este, y ahora es la República Checa, que él considera una zona periférica de Occidente. Es investigador senior en el Instituto de Filosofía de la Academia de Ciencias de la República Checa (ACRC) y la Academia Europea de Ciencias y Artes. Desde 2001, fue jefe del Departamento de Filosofía Moral y Política y, de 2006 a 2021, director fundador del Centro de Estudios Globales en la ACRC. En 2014, se convirtió en el primer Rector de la East Africa Star University para estudiantes de zonas en conflicto y postconflicto en las fronteras de Burundi, la República Democrática del Congo y Ruanda. De 2016 a 2021, fue Coordinador fundador de un Programa de Investigación Estratégica llamado Conflictos Globales e Interacciones Locales. Desde 2022, es Miembro del Consejo de la Asociación de Estudios Globales. Ha dado conferencias e investigado en México, Brasil, Cuba, Uruguay, China, Kazajstán, Irán, India, Vietnam, Burundi, Nigeria, Etiopía, numerosos países de la Unión Europea, Gran Bretaña, Estados Unidos de América y Nueva Zelanda, entre otros.

Jan Svoboda (J.S.): En su teoría sobre la sociedad y la política en la actual era de conflictos globales, usted analiza varios temas importantes: los conflictos sociales, la explotación económica, el dominio político y las disputas culturales. En esta entrevista, pretendo centrarme principalmente en uno de los aspectos clave de su teoría, a saber, la importancia de las culturas y las complejas relaciones interculturales en un mundo cada vez más tenso políticamente. ¿Podría explicar qué importancia cree que tienen estos aspectos hoy en día? Comencemos con un análisis empírico, que es más comprensible, y luego pasemos a un análisis teórico complejo.

Marek Hrubec (M.H.): Todos los tipos de conflicto mencionados son relevantes y los analizo principalmente en el contexto de los distintos tipos de sociedades en las interacciones políticas y económicas globales. Al mismo tiempo, es importante comprender estos temas dentro del marco más amplio de las culturas individuales del mundo. El actual aumento de la influencia y la importancia del Sur Global, que intenta liberarse de su marginación eurocéntrica y occidentalista histórica y contemporánea, no es solo una cuestión económica o política, sino que también revela patrones sociales y culturales significativamente más profundos que las regiones individuales y las macro regiones del mundo llevan consigo. Por ejemplo, la postura actual de Estados Unidos de América (EUA) hacia América Latina en sus esfuerzos por revitalizar la Doctrina Monroe y hacia otras partes del mundo son actividades problemáticas que tienen muchos aspectos y que EUA combina en un marco global al que debe enfrentarse toda la civilización humana. Se trata de un encuentro de diversos enfoques culturales, o más bien de un choque entre el expansionismo de una potencia y otras culturas. Por lo tanto, la tendencia general de emancipación del Sur Global es prometedora, pero también contiene obstáculos complejos que deben superarse.

Esto también se refleja de manera multilateral en las humanidades y las ciencias sociales, donde los investigadores del Sur Global están cobrando cada vez más relevancia, mientras que los investigadores occidentales –que hasta ahora han dominado el mundo y han querido marcar el discurso dominante– están, esperemos, perdiendo importancia mayor.

J.S.: Usted reflexiona sobre los cambios revolucionarios que se han producido, especialmente en los últimos cincuenta años. El bipolarismo de la Guerra Fría y el unilateralismo de la década de 1990 han ido siendo sustituidos gradualmente por un orden mundial multipolar y multilateral. Por otro lado, se registra un aumento sin precedentes en el número de conflictos, el más alto desde el final de la Segunda Guerra Mundial, que, sin embargo, no pueden considerarse separadamente de la migración y la crisis climática, el problema de la pobreza mundial, etc. ¿Qué nos dice esto?

M.H.: Estas características, resaltadas por los prefijos uni-, bi- y multi-, determinan el grado de pluralidad en la política mundial dominante. Sin embargo, me gustaría destacar que también es necesario tener en cuenta al mismo tiempo el segundo nivel, que puede revelar tendencias históricas y contemporáneas paralelas y persistentes, así como su extrapolación a las tendencias futuras.

Por un lado, sí, se puede decir que, durante la Guerra Fría, el orden mundial era efectivamente bipolar, es decir, dominado por dos superpotencias, EUA y la Unión Soviética. Por otro lado, en segundo plano, se estaba formando un movimiento de Estados no alineados, que no querían pertenecer abiertamente a Occidente ni a Oriente, aunque se sintieran más cercanos a este último. Detrás del escenario principal, este movimiento estaba sentando silenciosamente las bases del enfoque multilateral actual, del que me gustaría hablar con más detalle más adelante.

En la era del unilateralismo que se extendió desde la década de 1990, fuimos testigos del enfrentamiento entre Occidente y el mundo islámico tras el 11 de septiembre de 2001, incluyendo las guerras en Afganistán, Irak, Libia, Siria, Yemen, Palestina, Irán, Líbano y otros países. En estos casos, las disputas ficticias se han convertido en conflictos reales que reflejan un problema más profundo: la ausencia de un diálogo intercultural justo y de esfuerzos por alcanzar un consenso transcultural. EUA se dio cuenta tardíamente de que se había centrado en disputas secundarias y había pasado por alto las principales tendencias de desarrollo. Esto nos lleva a las tendencias actuales. En comparación con el discurso ingenuo y simplista del choque de civilizaciones tras el 11 de septiembre, ahora se trata de un significado diferente, transformado y más complejo del término culturas, esta vez en relación con el multilateralismo de diversos sistemas políticos y económicos de países individuales y el auge del Sur Global.

J.S.: ¿Podría decirnos si ve algún paralelismo entre la rápida transformación multipolar y multilateral del panorama mundial actual y el enorme aumento de los conflictos y las crisis que vivimos hoy en día?

M.H.: Recientemente hemos sido testigos de cambios rápidos derivados del fortalecimiento económico de los países en desarrollo, que han sabido aprovechar su mano de obra, las nuevas tecnologías y unas interacciones globales más intensas. Por un lado, estos países han sido explotados por los países occidentales, pero, aún así, algunos países del Sur Global han logrado, de manera admirable, reservar gradualmente fondos modestos para su desarrollo estructural. Los cambios en el equilibrio de poder provocan tensiones entre el antiguo unilateralismo hegemónico y los nuevos centros multilaterales más igualitarios de los países en desarrollo, principalmente los BRICS+.

Las tendencias multipolares y multilaterales son una respuesta a la necesidad de un orden más equitativo que refleje la pluralidad de las sociedades, los sistemas político-económicos y las culturas en su conjunto. Dentro de este nuevo marco, los Estados pueden abordar sus necesidades e intereses a través del diálogo y la creación de normas comunes, es decir, mediante un camino hacia el consenso transcultural que respete tanto la pluralidad de culturas y sistemas como la búsqueda de las necesidades e intereses comunes de la humanidad en una sola civilización.

Pero, una vez más, esta no es la única tendencia. Los esfuerzos de EUA bajo el mandato de Donald Trump por ampliar su influencia unilateral continúan, pero solo de forma limitada y deslegitimada. Ya no se trata de un proceso de homogeneización económica global como en la década de 1990, sino del mantenimiento de la hegemonía por medios armados autoritarios, a mediano plazo especialmente contra China, a quien EUA considera el único rival a su altura. Sin embargo, eso ya sería otra historia que podría derivar en una guerra mundial, aunque quizás solo fuera una guerra nuclear limitada.

J.S.: El reconocimiento de las diferencias específicas de las distintas culturas presupone la identificación de las normas existentes y la creación de otras nuevas. Esta es la única forma de alcanzar un consenso transcultural. Pero este esfuerzo no será posible sin un debate crítico bien fundamentado y una mayor interacción entre las culturas. En primer lugar, ¿cómo definiría usted la diferencia entre las categorías de cultura y civilización?

M.H.: Antes de definir estos términos, me gustaría presentar el marco de reflexión. Si bien después de 2001 los debates se centraron en el simplificado choque de civilizaciones y culturas, en la última década la reflexión sobre las culturas se ha convertido más bien en un reconocimiento de un marco civilizacional y cultural más profundo, en cuyo contexto tienen lugar las disputas actuales entre diferentes concepciones de sociedad con sus instituciones políticas y económicas específicas.

La distinción entre cultura y civilización no es del todo nítida, ya que ambos términos suelen emplearse de manera intercambiable. Algunos autores consideran la cultura y la civilización como sinónimos, aunque de manera condicionada y con conciencia de sus diferencias. La divergencia entre cultura y civilización radica principalmente en el modo en que estos conceptos describen la sociedad humana. La cultura suele entenderse como el conjunto de costumbres, intereses, normas, expresiones artísticas y otras características que definen a un determinado grupo humano. Por su parte, la civilización alude generalmente a un desarrollo más amplio y complejo de la sociedad, que abarca no solo elementos culturales, sino también avances técnicos y organizativos, tales como la escritura, la planificación urbana, el sistema estatal y la división del trabajo complejo. Desde esta perspectiva, la civilización se distingue de la cultura por una mayor complejidad en la organización social y de sofisticación tecnológica.

Otra forma de entender estos términos es el enfoque que consiste en concebir una única civilización humana junto a una pluralidad de culturas humanas. De este modo, puede respetarse la singularidad de las diversas entidades culturales, al tiempo que se promueve la búsqueda de valores comunes susceptibles de ser compartidos entre culturas en el marco de un diálogo civilizatorio. Más precisamente, se trata de reconocer tanto la existencia de diversas culturas y civilizaciones como la posibilidad de su interconexión dentro de una única civilización humana. Entre ambas dimensiones se configura un continuo que va desde la pluralidad cultural hasta un nivel civilizatorio común a toda la humanidad, en el que ciertos intereses y normas pueden compartirse sin ser impuestos a las culturas particulares.

J.S.: Desde un punto de vista filosófico, si se hace demasiado hincapié en las diferencias incomparables e insuperables entre las distintas culturas, a menudo se llega a una visión de la cultura que resulta segregada y ajena al contexto histórico. ¿Cómo se conciben las culturas individuales como esencias individuales? ¿Cuáles son las implicancias de este esencialismo para el debate intercultural y transcultural, especialmente en lo que respecta a los propios esfuerzos por alcanzar el consenso normativo al que aspira el reconocimiento mutuo?

M.H.: Es bueno ver las diferencias interesantes entre las distintas culturas, pero el esencialismo cultural concibe las culturas como unidades inmutables y cerradas que poseen una “esencia” fija que determina sus valores, normas y formas de actuar. Este enfoque resulta problemático, ante todo, porque ignora la fluidez histórica y la dinámica de los procesos culturales. Además, el esencialismo impide la autorreflexión crítica dentro de las culturas individuales, ya que da por sentada su inmutabilidad y su carácter cerrado. Sin embargo, basta con un conocimiento básico de la historia para percibir esa fluidez constante.

Como resultado, puede conducir a una percepción rígida de las diferencias entre culturas y a la incapacidad de entablar un diálogo intercultural y transcultural suficiente, lo que se traduce en una incapacidad para encontrar normas comunes y, a menudo, alimenta la intolerancia, la xenofobia, la segregación y el conflicto, incluida la guerra.

J.S.: Por lo tanto, existe el peligro de que, bajo la bandera de la civilización, se promueva una cultura a expensas de otras, tal como usted ha señalado. La historia del colonialismo es uno de los lamentables ejemplos de ello. Sin embargo, los esencialistas creen que es bueno imponer sus valores como norma universal.

M.H.: En efecto, el problema fundamental del esencialismo radica en su potencial para ser instrumentalizado con el fin de legitimar la superioridad cultural o justificar desequilibrios de poder. El enfoque esencialista suele funcionar como base ideológica del expansionismo y del imperialismo, en los que una cultura se presenta falsamente como universal e intenta imponer sus valores a otras bajo la apariencia de una misión civilizadora. Tales prácticas conducen a conflictos culturales que, lejos de resolver las disputas, tienden a intensificarlas y polarizarlas. La expansión colonial de las potencias de Europa occidental hacia América, África y Asia constituye un ejemplo paradigmático de estos conceptos y prácticas.

En el contexto del diálogo intercultural, o más precisamente del polilogo, el esencialismo representa un obstáculo para la consecución de consensos entre culturas, los cuales se fundamentan en la apertura y en la capacidad de las distintas culturas para tolerar al menos algunas normas ajenas y, en su caso, redefinir parcialmente las propias en favor de un objetivo común. Cuando las culturas se conciben como esencias, resulta a menudo imposible identificar los puntos de intersección que podrían dar lugar a normas compartidas por una humanidad capaz de vivir sin guerras ni otros conflictos. La equidad intercultural implica la capacidad de preservar elementos de la propia cultura, al tiempo que se acepta la noción de cultura como un sistema dinámico y abierto a medio y largo plazo. Ello permite la tolerancia hacia otras culturas y facilita la búsqueda de acuerdos sobre las condiciones de convivencia y, eventualmente, de cooperación.

J.S.: Volvamos en nuestra reflexión a un caso concreto, el de Eurocentrismo, que ha sido el más infame en materia de conquistas. ¿Cuál ha sido el mayor fracaso de Europa en este ámbito?

M.H.: Se pueden identificar numerosos y graves fracasos en la actuación de las potencias europeas. Entre ellos destaca, sin duda, la conquista de América, que implicó un genocidio masivo de las poblaciones indígenas, la expropiación de sus territorios, la captura y deportación de esclavos africanos, así como la instauración de un sistema esclavista y colonial de carácter brutal. Las potencias española, portuguesa, británica, francesa y otras difundieron de manera fanática sus respectivas versiones de un supuesto modelo único y correcto, es decir, sus propias variantes de esencialismo cultural, que impusieron violentamente como paradigma pretendidamente universal en los territorios conquistados.

En algunos casos, los europeos procuraron, al menos en un inicio, simular un cierto respeto hacia los pueblos indígenas, con quienes intercambiaban oro, plata, otros bienes y territorios a precios extremadamente bajos. Sin embargo, en la mayoría de los casos, consideraron con arrogancia que los territorios carecían de habitantes dotados de cultura y civilización, y por ello procedieron a su ocupación por la fuerza, sin intentar entablar diálogo alguno con las poblaciones originarias. El colonialismo británico, que se extendió a escala global, recurrió al término latino terra nullius (tierra de nadie, tierra deshabitada) en Australia, por ejemplo. Con ello no se pretendía reconocer la ocupación y la agresión, sino más bien sostener una autopercepción hipócrita como sujeto moralmente íntegro. La historia de la expansión global europea se extiende desde el feudalismo, pasando por el colonialismo y el capitalismo, hasta la actualidad.

J.S.: Es precisamente esa particularidad esencialista, en la que se basa el universalismo esencialista –o quizá sería mejor decir, el pseudo-universalismo–, la que constituye el blanco de las críticas de los llamados relativistas culturales. Estos respetan la pluralidad de las culturas. ¿Dónde ve los límites de su crítica positiva al esencialismo?

M.H.: El relativismo cultural, basado en la premisa de que cada formación cultural posee un sistema de valores inconmensurable, no susceptible de ser evaluado desde parámetros externos, constituye un importante mecanismo de defensa frente al imperialismo cultural. No obstante, su radicalización entraña problemas significativos. En su versión extrema, el relativismo imposibilita la crítica de injusticias manifiestas en el seno de culturas y Estados, al negar la existencia de criterios normativos compartidos. De este modo, puede convertirse en un instrumento de legitimación de prácticas como la discriminación, la opresión, la explotación o la violencia, en la medida en que estas se inscriben en un determinado contexto cultural que se pretende incuestionable. En ocasiones, el relativismo recurre implícitamente a la tesis de que así es como se hacen las cosas y, por tanto, es correcto, con el fin de justificar formas de injusticia, incluyendo el fascismo, las guerras expansionistas ilegales o incluso el genocidio.

El escollo opuesto al relativismo cultural radica a veces hacia el aislacionismo. Cuando cada cultura se aferra exclusivamente a sus propios valores y rechaza la posibilidad de normas comunes, el diálogo deviene inviable. En este sentido, el relativismo converge con el particularismo cultural, que niega la posibilidad de valores compartidos y de un telos común para la humanidad. Esta postura limita de manera sustancial la capacidad de cooperación intercultural y la resolución pacífica de conflictos, al carecer de un marco normativo común sobre el cual fundamentarse.

De ahí la necesidad de articular un equilibrio entre el reconocimiento de la especificidad cultural y la exigencia de normas compartidas por la humanidad. El polilogo intercultural aspira a preservar la diversidad cultural y, al mismo tiempo, a formular principios normativos comunes sobre la base del respeto mutuo. El relativismo cultural absoluto rechaza esta posibilidad y, en consecuencia, se erige en un obstáculo para la construcción de una convivencia global más justa y sostenible, libre de guerras y de pobreza.

J.S.: Tomemos el ejemplo concreto de la macrorregión, el continente africano, tema que usted también trata. El panafricanismo se originó en la diáspora africana y se contextualizó en el África continental a mediados del siglo XX. ¿No fue esta idea continental absorbida en parte por el relativismo cultural que observamos en África tras el colapso del colonialismo y en la era poscolonial? Y de ser así, ¿qué papel desempeñó la Unión Africana para superar este relativismo?

M.H.: Se trata de cuestiones fundamentales que remiten a la problemática de identificar y respetar las normas comunes necesarias en los distintos niveles intermedios entre lo local y lo global. Si bien ciertas normas poseen una validez estrictamente local y, por tanto, pueden caracterizarse como particulares, solo algunas de ellas resultan susceptibles de ser compartidas en el ámbito regional y, de manera análoga, en el nivel macro regional. Una fracción aún más reducida puede ulteriormente proyectarse al plano global como normas comunes. Asimismo, es preciso concebir una red globalmente interconectada de normas compartidas que atraviese regiones y macro regiones. Las normas regionales, macro regionales y en red no se reducen ni al particularismo local ni al universalismo.

Estos conceptos pueden aplicarse al caso del panafricanismo. La idea de la integración africana surgió como reacción frente al colonialismo occidental: en primer lugar, en un sentido crítico, como respuesta al pseudo-universalismo occidental impuesto en África y como intento de articular la unidad de múltiples entidades fragmentadas frente a un adversario colonial poderoso; en segundo lugar, en un sentido positivo, como esfuerzo por instituir un orden poscolonial basado en las necesidades, intereses y normas propias de las sociedades africanas. En este marco, cabe interpretar los esfuerzos de numerosos pueblos y comunidades africanas por identificar intersecciones entre sus diversos sistemas normativos culturales, a fin de formular principios comunes de alcance panafricano. Aunque tales aspiraciones distaban de haberse materializado plenamente, las tendencias panafricanistas desempeñaron un papel significativo e inspirador, que contribuyó a la creación de la Unión Africana. En la actualidad, la Unión Africana desempeña un papel relevante, si bien su potencial permanece aún insuficientemente desarrollado.

J.S.: A pesar de la diversidad cultural y política de África, ¿es posible encontrar un denominador común y afirmar que fue la necesidad de superar el esencialismo cultural occidental lo que abrió, paso a paso, esta macrorregión al mundo multipolar y multilateral de hoy?

M.H.: Sí, el denominador común africano –o el conjunto superpuesto de necesidades, intereses y normas comunes– se basaba en una crítica al esencialismo occidental impuesto y se constituyó posteriormente de manera positiva a partir de normas africanas comunes, tanto autóctonas como de reciente formulación. Con el tiempo, estas tendencias podrían revitalizarse de nuevo, ya que África es el único continente del mundo que está experimentando un fuerte crecimiento demográfico y, según los estudiosos, se prevé que su población alcance varios miles de millones de habitantes, lo cual va acompañado de una economía en expansión. Por lo tanto, África necesitará y podrá aprovechar su potencial, moldeado colectivamente por sus partes.

En la era multipolar y multilateral actual, África es una de las macrorregiones que tiene un potencial considerable no solo para la integración, sino también para la relevancia en el mundo. Hasta ahora, puede verse obstaculizada por su pasado, a saber, los efectos del colonialismo y los impasses locales y nacionales, así como por los vestigios actuales del unilateralismo occidental, pero la comunicación y la cooperación con otras partes del mundo están creciendo de manera constante.

J.S.: En la actualidad, la responsabilidad de hacer valer los derechos recae principalmente sobre los distintos Estados. Sin embargo, es evidente que, un contexto post westfaliano y mundial marcado por las disputas, estos ya no pueden asumir plenamente la responsabilidad de garantizar su cumplimiento.

M.H.: Puede que ya no vivamos en una era de pequeñas ciudades-estado, pero sí en una en la que los Estados-nación están demostrando ser demasiado débiles, incluso cuando intentan hacer valer su poder frente a las corporaciones transnacionales y las superpotencias. En América Latina, por ejemplo, hemos visto que, en algunos países, las políticas de la marea emancipadora terminaron por golpes de Estado constitucionales o inconstitucionales que no solo tuvieron causas internas, sino en los que la injerencia extranjera también tuvo un impacto significativo.

La dinámica del complejo desarrollo actual incluye tanto el fortalecimiento como la fragmentación de las uniones regionales y globales. Aún no existe una organización planetaria suficientemente desarrollada, ya que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) no es una institución adecuada para resolver guerras, la pobreza extrema y otros problemas. Esto se corresponde con el grado de comunicación, transporte, comercio, organización política, derecho, conocimiento y madurez cultural de la humanidad.

J.S.: ¿Cuál es la alternativa más adecuada en la época actual?

M.H.: Puedo responder de manera sucinta que el enfoque óptimo busca una postura que no caiga en los dos extremos inadecuados mencionados anteriormente. Un enfoque adecuado reconoce las culturas individuales y la diversidad cultural y, al mismo tiempo, busca crear consenso entre las culturas a través del diálogo para evitar guerras y resolver problemas graves. A través del diálogo intercultural, o más exactamente, del polilogo que respeta la pluralidad, se puede alcanzar un consenso transcultural, es decir, un consenso entre culturas y un consenso en el conjunto de la civilización humana. El consenso puede adoptar muchos niveles, desde un simple acuerdo sobre principios básicos que garanticen la coexistencia mutua sin guerra, hasta diversos acuerdos más amplios sobre el reconocimiento de la justicia social, económica, política, cultural y ambiental básica, pasando por un consenso sobre la exigencia de cooperación y solidaridad. Esto no surge de forma natural, sino que requiere mucho esfuerzo. Esperemos que el próximo colapso no sea demasiado profundo y no elimine muchos de los elementos positivos que hemos logrado como culturas diversas y como humanidad a lo largo de la historia.


  1. * Checo. PhD. Este artículo fue escrito como parte de las actividades de investigación del Instituto de Filosofía de la Academia Checa de Ciencias. (This paper was written as part of the research activities of the Institute of Philosophy of the Czech Academy of Sciences). Contacto: svobodaj@flu.cas.cz ORCID: https://orcid.org/0000-0002-6672-4832. Correo electrónico del entrevistado: marek.hrubec@gmail.com