Reseña

Wilkis, A. (2024). Una historia de cómo nos endeudamos: créditos, cuotas, intereses y otros fantasmas de la experiencia argentina. Buenos Aires: Siglo XXI, 216 p.

María Florencia Labiano

CESE-EIDAES-UNSAM. Correo electrónico: mflabiano@unsam.edu.ar

En Una historia de cómo nos endeudamos, Ariel Wilkis realiza apuestas, una teórica en torno a la sociología del dinero como una posibilidad de la sociología política; una metodológica, que considera que no solo hay que “seguir el dinero” sino las deudas; y una histórico-política, que toma a las deudas de los hogares para comprender el derrotero de la democracia argentina reciente. En este sentido, dialoga claramente con las otras dos grandes investigaciones previas del autor sobre el dinero en la economía popular (2013) y el dólar en la historia nacional (Luzzi y Wilkis, 2019).

En esta ocasión, recopila y articula una serie de intervenciones que el autor ha producido en los últimos años y, al hacerlo, propone una clave de análisis que excede los resultados particulares de esas investigaciones. Construye una historia desde la transición democrática de las deudas “desde abajo” que complementa y posibilita otras lecturas de la deuda (pública externa), la (macro) economía y la política (partidaria). Y convence. A lo largo del libro, figuras conocidas –como el “voto cuota”–, y otras no tanto, permiten descubrir rupturas y continuidades inadvertidas en los vínculos entre usos del dinero y la efectividad de las interpelaciones políticas. A partir del análisis de fuentes primarias propias y secundarias de diferente naturaleza, se muestra un desplazamiento de las “deudas de inversión” asociadas a los créditos hipotecarios en los años setenta del siglo pasado, a las “deudas de empobrecimiento”, que crecieron fuera del radar de las estadísticas oficiales y se volvieron tan rutinarias como indispensables desde la pandemia por el covid-19. El libro está estructurado en cinco capítulos que periodizan las deudas, los sujetos endeudados y las promesas políticas atadas a esos endeudamientos.

En el primero, se reconstruye la doble crisis de la deuda soberana y la inflación heredada por Raúl Alfonsín. Gira en torno al drama de la Circular 1050 y nuevas formas de endeudamiento. La primera, al modificar el esquema de indexación de las deudas, dejó un tendal de hogares al borde de la ejecución de sus viviendas. En la segunda forma, planes y círculos de ahorro para la compra de bienes durables (desde electrodomésticos hasta autos y casas), hay que leer las deudas en una trama de indexaciones que contagiaba cualquier aumento a todo el sistema de precios y exacerbaba su suba. En 1985, el Plan Austral trajo un cambio de moneda y un desagio con una tablita de conversión decreciente entre el peso argentino en retirada y el austral. “Pagar y esperar” parecía ser la alternativa a las cuotas para quienes no tenían para el contado. El retorno de la inflación afectó el pago de licuadoras y televisores color que aún no se habían encendido en las casas.

El Plan Primavera, en agosto de 1988, tuvo una vida más efímera. La brecha autoimpuesta entre dólar oficial y libre resultó insostenible y la incertidumbre de pago de compromisos de la deuda alimentó una corrida contra el austral. La inflación mensual alcanzó los tres dígitos en el primer semestre de 1989. La asunción de Carlos Menem se dio entre una dolarización de hecho y el estoqueo y saqueo de alimentos. A la salida de los años ochenta gran parte de la clase media había caído en la pobreza, que ascendía al 40%. Las deudas, dice Wilkis, “dieron forma y contenido, cálculo y malestar” a ese desclasamiento (p. 53).

El segundo capítulo analiza la convertibilidad vigente entre 1991 y 2001. En un principio, la paridad cambiaria consiguió bajar la inflación y la pobreza y restaurar la oferta y el acceso al crédito. Pero ya en 1994, la crisis de la deuda mexicana impulsó la huida de capitales, la caída de los depósitos y el crédito junto el aumento de la mora, agudizando las incipientes alarmas que mostraban varios sectores y el encarecimiento del costo de vida. La regla monetaria trajo un oasis de estabilidad y un frenesí de consumo, pero una década después mostró su verdadero costo.

Tal como lo mostró el humor gráfico, las compras en cuotas sellaron un compromiso económico y político con la convertibilidad que se expresó en la reelección de Menem en 1995. Pero, también, esta fue una manera de responder a esa crisis, al cubrir los baches que generaba la caída de los ingresos. Despedidos de las empresas privatizadas y jubilados empobrecidos se dirigían al presidente en sendas misivas para pedir algún alivio. Las mujeres agropecuarias, insertas en economías regionales jaqueadas por la apertura comercial y el dólar barato, convocaban a la organización y movilización ante los remates de sus terrenos. En 1998, la recesión azuzó el malestar y la creatividad necesaria para sostener la convertibilidad y pagar las deudas. La victoria de De la Rúa en 1999 profundizó el programa menemista y rápidamente cosechó reacciones cada vez más virulentas. Los pesos ya habían desaparecido de las economías populares cuando escasearon en los bancos: los hogares pasaron de “administrar las cuotas a administrar la falta de cash”, vendiendo bienes que en muchos casos habían comprado con esas mismas cuotas. “Del crédito al consumo, del empeño a la deuda, el circuito se cierra diez años después” (p. 89).

Si bien hasta aquí el autor construye un argumento en torno a las promesas de la política y su (des)encuentro con la experiencia de las economías domésticas, es en los siguientes tres capítulos en los que se aprecia con mayor nitidez la lectura del lazo político y las formas que adoptan las deudas y la circulación del dinero.

En el tercero, explora lo que sucede en los gobiernos kirchneristas y observa cómo cambió el discurso económico al recentrarse en torno al consumo interno promovido por el Estado y dotando a las transferencias monetarias de diversa índole de nuevos sentidos. Según Wilkis, tras la crisis, estas serán presentadas como una “política de rehabilitación” de la economía y de la participación de los ciudadanos pobres en el mercado. Su éxito se observa en la reducción de la desigualdad. Y acá vale destacar que, en el análisis de esta última, hay una consideración especial del gasto doméstico. Mientras el gobierno se concentró en el consumo popular y la popularización de medios de pago e infraestructuras comerciales, en la vereda de enfrente, a través de una serie de publicidades bancarias icónicas, el mercado apelaba a las aspiraciones de la clase media. Las tarjetas de crédito y débito conectaban estas infraestructuras monetarias con las infraestructuras de bienestar.

La incorporación masiva de beneficiarios y beneficiarias por diferentes políticas sociales produjo una bancarización “desde arriba” y posibilitó el acceso “por abajo” al crédito formal. Sin embargo, durante este período los horizontes de la deuda cambiaron, y expresaron los límites de la política kirchnerista, que no logró dar cuenta de la articulación práctica del dinero estatal y la inserción financiera de sus receptores. Esta última traducía las desigualdades preexistentes en tasas de interés y los plazos de repago, a la vez que se volvía otro espacio de su reproducción. La reducción de la brecha consumo se sostuvo en una ampliación de la de endeudamiento. A medida que el crecimiento se detenía y la inflación reaparecía en escena, “las cuentas” y los malabares se volvieron permanentes en los hogares.

El cuarto capítulo aborda el gobierno encabezado por Mauricio Macri entre 2015 y 2019. Haciéndose eco de un reclamo antiestatista, estuvo caracterizado por la apertura financiera para el combate a la inflación. La estabilidad macroeconómica de los primeros dos años se sostuvo a partir de un esquema de valorización especulativa que entró en crisis presionando sobre el mercado cambiario. Ante esto, el gobierno finalmente respondió con un nuevo endeudamiento ante el FMI en 2018. Antes de “volver al fondo”, aumentó el endeudamiento en unidades de valor adquisitivo (UVA), que se indexaban por inflación. Pero en pocos meses se dispararon las cuotas y, en muchos casos, debieron deshacerse de sus bienes, pero retuvieron la deuda contraída.

Parte del ajuste, elevó las tarifas de servicios y transportes, que ganaron lugar en la estructura de gastos de los hogares a costa de bienes básicos. En consecuencia, se registró una reinformalización de la deuda, el consumo de ahorros y la venta de bienes. Como parte de la lucha contra la pobreza, mediante la fusión de las “ventanillas” de la política social y la oferta financiera, se otorgaron créditos para receptores de transferencias monetarias y pensiones. Así, el Estado endeudado internacionalmente “devino acreedor de sus ciudadanos más pobres”. Wilkis se refiere a paradojas mellizas al comparar la promesa de mercado de Cambiemos que excluyó a muchos por su incapacidad para garantizar las condiciones de esa participación, con la del período kirchnerista que, a pesar de la centralidad discursiva del Estado, habilitó un desarrollo del mercado y el crédito.

Sequía y suba de las tasas de la “Fed” mediante, el crédito del FMI no fue suficiente para contener fuga de capitales, la suba del dólar ni la inflación. La victoria de Alberto Fernández se hizo patente ya en las primarias de ese año. El nuevo gobierno ya tenía desafíos importantes cuando a tres meses de su asunción, estalló la pandemia de covid-19. El último capítulo se aboca a las deudas en este contexto.

En 2020 y 2021, el aislamiento preventivo trastrocó las dinámicas de las economías domésticas. Una serie de desigualdades toleradas, pero que ya deterioraban las condiciones de vida, como el hacinamiento, la informalidad, la falta de conectividad, la precariedad de los servicios de salud y cuidado o la exclusión del sistema bancario, se volvieron determinantes del acceso a bienes y servicios básicos. La pandemia aumentó la velocidad con que esas desigualdades erosionan las oportunidades de vida, el “contagio” con que se propagan por los diferentes ámbitos vitales y la profundidad del daño que causan. En ese contexto, las deudas se consolidaron como una nueva cuestión social.

Las medidas dispuestas para contener la propagación del virus supusieron un primer quiebre entre quienes tenían ingresos asegurados (asalariados protegidos) y quienes no (autónomos y cuentapropistas). Mientras los últimos se endeudaron por la falta de ingresos y aumento de los gastos, los primeros ahorraron. La vida doméstica cotidiana se volvió incierta y problemática, a la vez que la “familiarización” de las deudas fue la solución: la venta de bienes y el recurso al dinero prestado por familiares y amigos fue crucial y masivo. La interrupción de las cadenas de pago expuso a los hogares a una vulnerabilidad financiera inédita y pagar el fiado o refinanciar las deudas fue indispensable para acceder a alimentos o sostener la educación de los hijos. Además, la reconcentración de la vida familiar en las viviendas expuso la crisis de cuidado que sobrecargó a las mujeres y la fragilidad de los hogares inquilinos. Por último, la monetización de las infraestructuras de bienestar chocó también con una renovada aceleración inflacionaria. El desacople entre el ritmo de los ingresos y de los gastos derivó en la rutinización de la deuda para consumos corrientes.

Según Wilkis, esta relación inadvertida entre trabajo y deuda hizo naufragar el reconocimiento que se esperaba de la política de transferencias monetarias durante la pandemia. Fue “la familia” y no el Estado quien efectivamente cuidó a las personas. Parte de esta experiencia se condensó en un consenso fiscalista en torno a la inflación. El ajuste de las cuentas nacionales traducía en términos económicos el malestar contra la casta que llevó a Javier Milei a la presidencia: si la política no ayuda, que no moleste.

El libro concluye reflexionando sobre la capacidad de la democracia para promover la movilidad y la integración social a más de cuarenta años de su recuperación. En paralelo, reafirma la apuesta sociológica de atender a las deudas para comprender no solo la llamada microeconomía, sino también la política pasada y futura, y el lazo social: “Si el bienestar de las personas está atado a las deudas, es mucho más posible que ellas se conviertan en vectores de múltiples formas de violencia […] que se profundicen las desafecciones y los desencantos con la política […]” (p. 203).

Bibliografía

Luzzi, M. y Wilkis, A. (2019). El dólar: historia de una moneda argentina (1930-2019) (1a reimpresión). Buenos Aires: Crítica.

Wilkis, A. (2013). Las sospechas del dinero: Moral y economía en la vida popular, primera edición). Buenos Aires: Paidós.

Wilkis, A. (2024). Una historia de cómo nos endeudamos

María Florencia Labiano